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dissabte, 28 de juliol de 2007

El Velo Pintado

No siempre, por fortuna, Hollywood yerra al retomar historias que ya nos ha contado, adaptando para la pantalla con éxito, a veces superior, a veces igual, asuntos que ya conocemos; suele coincidir con tramas que parten de una base sólida, que, con un poco de buena voluntad y talento por en medio, dificilmente van a causar tedio en el espectador, cada vez más desasosegado a la búsqueda de películas que le muevan sentimientos plácidos, que no placenteros, alejados de tremendismos, sustos y vorágine ocular.

William Somerset Maugham (1874 - 1965) fue un escritor prolífico del siglo pasado, hombre con una rica biografía personal, doctor en medicina, culto, viajado y refinado, que ejerció como espía en la Primera Guerra Mundial, habiendo dedica
do gran parte de su vida a escribir, al comprobar que podía vivir de ello, y muy holgadamente, por cierto, ya que acarreó la fama de ser el escritor mejor y más pagado por sus obras durante mucho tiempo. Sus relatos, tanto novelas como cuentos, en ocasiones transcurren en paises lejanos de Occidente y a menudo entremezcla en sus historias tramas románticas con labores de espionaje, siempre con un estilo detallado que nos permite revivir lo que, en parte, debieron ser sucesos vividos por él mismo.
Gran conocedor del alma humana y de su desarrollo en diversas civilizaciones, especialmente el Extremo Oriente, pues viajó por la China pre revolucionaria durante 1919 y 1920, ha sido llevado al cine en tantísimas ocasiones que merece más que un tratado una verdadera enciclopedia cinematográfica, tal es el número de películas basadas en sus escritos como basta la temática abordada en las mismas, y la simple búsqueda en Google con su nombre ofrece más de 740.000 entradas, 20.400 de ellas con sede en España.

Uno de sus relatos, El Velo Pintado, ha sido llevado a la pantalla, bien de forma directa, bien como inspiración de la historia, en tres ocasiones:

La primera, conocida en España como El Velo Pintado (The Painted Veil ), de 1934, dirigida por Richard Boleslawski, director de estudio de escaso talento, interpretada por Greta Garbo acompañada de Herbert Marshall ( quien, curiosa
mente, en 1946, actuando en otra película basada en una novela de Somerset, El Filo de la Navaja, encarnó al propio escritor como personaje de la misma ) y George Brent, fue un intento poco elaborado que se salvó por los pelos gracias a sus intérpretes.

La segunda ocasión, en 1957 un mejor artesano, Ronald Neame (dirigió Odessa, basada en la novela de Forsyth, con aceptable resultado), ofreció su versión bajo el título The Seventh Sin , con Eleanor Parker acompañada de Jean Pierre Aumont y George S
anders.

La tercera ocasión, más reciente, de 2006, presentada en marzo de 2007 en España nuevamente como El Velo Pintado (The Painted Veil), dirigida por John Curran e interpretada por Naomi Watts y Edward Norton, con el apoyo de Liev Schriber, es en la que nos detendremos unos instantes, con la venia del amable lector, que ya habrá intuído, sin duda, que nos vamos a enfrentar a una historia triangular, pues en todas las ocasiones es un terceto, o mejor una pareja, con el apoyo de un caballero, quienes encarnan los personajes de la historia.

Nos hallamos ante un melodrama de corte clásico, basado en la historia pergeñada por Somerset, que nos ofrece una relación amorosa precipitada, compleja, rota y recompuesta a lo largo de poco más de un año de la vida de unos personajes que se nos detallan meticulosamente, en la forma en que Somerset solía escribir, ofreciendo la cinematografía con excelente detalle visual todas las vicisitudes que ante nuestros ojos van sucediendo, en un marco natural de belleza incomparable, paisaje agreste, duro, de la China más profunda.

Parece ser que la idea de retomar la historia que se cuenta en El Velo Pintado partió de Edward Norton, quien debió convencer fácilmente a Naomí Watts, ya que ambos constan en los créditos como co-productores de la película.

La trama es simple y puede contarse en cuatro líneas: el doctor Walter Fane (Edward Norton), dedicado al estudio de las bacterias en Shangai, recala en el Londres de principios del siglo pasado en unas cortas vacaciones, entablando más que amistad conocimiento con el señor Garstin, quien le invita a una celebración en su domicilio, donde invita a bailar a la hija mayor, Kitty (Naomi Watts). Súbitamente,al día siguiente, la familia Garstin echa en cara a Kitty su desidia y falta de interés en contraer matrimonio como salida natural para una chica de su clase y condición, y al decidirse ella a salir de la casa para no oir más reproches, se encuentra con el Dr. Fane en la puerta; salen juntos de paseo, entran en una floristería, y Walter le declara su amor y la pretensión de convertirla en su esposa, ante el asombro de Kitty, pues apenas se conocen. El le jura su amor y le promete hacerla feliz en lo que pueda, solicitándole su compañía, casados, en su vuelta a Shangai como bacteriólogo al servicio de Su Majestad en China.
Cuando Kitty vuelve a casa, oye como su madre, por teléfono, sin verla, comenta con alguien su alegría por el compromiso de la hija menor, lamentándose de lo arisca que Kitty resulta frente al matrimonio.



Acto seguido vemos a Kitty y a Walter en Shangai, recién casados. El trabaja incansablemente y ella se aburre, porque las actividades sociales son reducidas, evidentemente, en comparación con Londres. Se deja seducir por un agregado de la embajada, Charlie Townsed, (Liev Schreiber), simpático, mundano, divertido, casado.

Walter se entera de la aventura extraconyugal de su esposa y le ofrece un dilema: O se va con él a una aldea perdida para estudiar un brote epidémico o se divorcia de ella acusándola de adulterio. Kitty, ante la alternativa, acude a su amante Charlie, quien se desenmascara, ofreciendo resistencia a divorciarse de su esposa, gracias a la cual está bien situado y visto en la microsociedad diplomática en Shangai.

Y entonces empieza la película, pues la historia hasta ahora se nos ha contado en sucesivos flashbacks intercalados pausadamente, mientras vemos como los protagonistas, Walter y Kitty, llegan a la aldea perdida y se instalan, con la ayuda de un avanzado diplomático en la zona, Waddington (Toby Jones), que les servirá de ayuda y de amigo ocasional de confidencias.

En el primer tercio de la película, Curran nos ha metido de lleno en la historia, con un ritmo pausado, tranquilo, que marcará el desarrollo de la acción, aprovechando una excelente fotografía que sirve a la trama, primero retratando una sociedad en los albores del siglo XX, con sus condicionantes sociales y sus costumbres hoy superadas, luego mostrándonos un paisaje idílico en el que viven unos aldeanos pobremente, maniatados todavía en sus prejuicios fruto de su cultura costumbrista, contra la que deberá luchar Walter con la ayuda del jefe de las fuerzas militares, hombre instruido, codo con codo occidental y oriental para tratar de conseguir erradicar la epidemia que merma, dia sí dia también, la población, que se resiste, por razones culturales ancestrales, a aceptar las medidas de higiene recomendadas por Walter, un intruso a sus ojos, quien mientras trata de combatir la epidemia con pobres medios y escasos resultados, se debate en el sufrimiento amoroso por el desengaño de la actitud de su esposa, que se siente, con razón, desterrada, en el convencimiento que su esposo la ha llevado consigo a un infierno ingrato como castigo por su infidelidad.

El personaje clave del melodrama es la mujer, Kitty, y la historia evoluciona alrededor de ella, primero como niña rica caprichosa, inútil en todo, luego como esposa insatisfecha en sus caprichos y luego como reclusa en un lugar perdido sin más personas con las que hablar que el diplomático Waddington y la Madre Superiora de una misión de monjas (representada por Diana Rigg, lejos ya de su televisiva época de Los Vengadores), única mujer con la que puede hablar, aunque se resista a confiarle sus cuitas.

La bella Watts está perfecta en su papel, lejos de los mohínes que nos deparó en su simiesca aventura, ofreciendo un trabajo interpretativo de alto nivel, con una expresión magnífica que nos hace sentir lo que piensa, soportando los primeros planos con que Curran explora su alma, tratamiento que, como ya es costumbre, Norton resiste sin esfuerzo aparente alguno, no en vano es uno de los actores privilegiados por el talento que podemos disfrutar en la actualidad, siendo opinión de este espectador que Watts acertó al aceptar el desafío que para cualquier intérprete representa compartir escena con el camaleónico Norton, siendo la labor de ambos intérpretes merecedora de elogios.

Curran cuenta con dos bases importantes para conseguir nuestra atención: una buena historia y unos buenos intérpretes. El único obstáculo serio es que lo que se nos cuenta, en su superficie, es que en la sociedad actual dificilmente podría un esposo obligar, bajo amenaza de divorcio, a viajar a una aldea condenada por una epidemia mortal a su esposa infiel. El tratamiento de la historia, acertado, pronto nos hace olvidar tal condición, ya que el director, hábil, alterna las escenas de la misión médica en la aldea, problemática por la angustiosa falta de medios materiales y personales, así como por la resistencia del pueblo frente a unas imposiciones de un extraño proviniente de otra cultura, muy ajena, con las escenas de corte personal, íntimo, en las que vamos viendo de forma paulatina pero inexorable, la transformación interior de Kitty, que, asumiendo la inutilidad de su vida hasta el momento, se esfuerza en ayudar a los demás, consiguiendo en el empeño una autoestima que acabará en la reconciliación con su esposo, al comprender, en su tránsito de niña bonita a mujer, que el amor albergado por Walter no se ha extinguido y que lo puede compartir de nuevo, integrándose en la decisión de actuar en beneficio de su entorno social, aún cuando éste se le manifieste, por la incomprensión, de forma verdaderamente hostil, trance que une a los esposos protagonistas.

Es esta tercera versión de El Velo Pintado una buena ocasión para disfrutar de un género antaño omnipresente en las pantallas, cual es el melodrama, género difícil, porque el director debe cuidar la tentación de caer en la lágrima fácil, huyendo de una sensiblería acomodada y acomodaticia; todo cuanto vemos en la pantalla está al servicio de la historia, equilibrándose los contrastes y las contradicciones, siendo paradigmática la comparación de paraíso perdido el bellísimo paisaje donde la aldea se aloja y los problemas que sufre de enorme mortandad, con la bella figura de ambos esposos, apuestos ambos, en un matrimonio hueco y vacío de contenido, falto de amor, que se recuperará en el titánico esfuerzo de intentar recomponer la armonía rota del paisaje y la gente que en él vive.

Película pues, altamente recomendable, rara avis en un panorama cinematográfico pletórico de acción sin sentimiento, ocasión para recordar las lecturas de William Somerset Maugham o, en su caso, para incitar al afortunado espectador a introducirse en una narrativa que, sobre la forma de una sociedad temporal, explora la condición humana en sus más profundos recovecos.

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