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divendres, 31 de juliol de 2009

John, James y para de contar



Hace justo una semana dediqué mi atención, apoyada por mis ilustres lectores / comentaristas, a un dueto de películas con una extraña circunstancia: existía un "remake", una revisión, que era mejor que el original.

Esa excepcionalidad, por desgracia, viene refrendada una y otra vez por la inveterada ineptitud de los guionistas (¿guionistas?) y directores que actualmente basan sus éxitos en una campaña mediática más que en el talento propio que se les debería suponer.

Desde que dirigió Top Gun, el hermanísimo Tony Scott me ha parecido siempre poco más que un hacedor de imágenes vertiginosas, un videoclipero (no busquen ese palabro inventado; busquen videoclip) recalcitrante, capaz de engatusar almas bienpensantes y poca cosa más.

Saber que iba a afrontar la revisión de una película conocida me puso los pelos de punta, porque, no me importa reconocerlo, dudo mucho que el Sr. Scott sea capaz de realizar ni media copia de un original con fuerza.

Meterse pues Scott a productor y director de Asalto al Tren Pelham 123 (The Taking of Pelham 123 , 2009) ha sido un nuevo error en la decadente industria cinematográfica hollywoodiense, que, huérfana en la mayoría de los casos de historias originales, persiste, cabezona, en masacrar obras anteriores.

La precedente, el original, no es una obra maestra, lo cual otorga una cierta ventaja al momento de plantearse una revisión; pero así como en el caso de la semana pasada esa ventaja se aprovecha, en la presente, es una demostración más de la inane capacidad cinematográfica de algunos concurrentes en el producto final.

Así, sabiendo de antemano las escasas luces de Tony Scott, no deja de sorprender la comprobación del declive de actores como John Travolta y Denzel Washington que, sin grandes trabajos en su ya larga trayectoria, en la ocasión perecen irremisiblemente tanto por la estúpida construcción de sus personajes como por el poco esfuerzo que ambos dedican a intentar levantar el vuelo.

Ryder (Travolta) es un tipo que ha estado en prisión, con una especie de esquizofrenia (más bien empanada mental) que le hace cometer actos sanguinarios de forma pareja a la de un fanático religioso. Se apropia con unos cómplices de los que nada sabremos, ignorados personajes pésimamente dibujados, a diferencia del original, de un tren suburbano, el Pelham 123 del ya conocido título.

Quiere la casualidad que en ese momento esté al control de vías Walter Garber (Denzel), un empleado del servicio que está proscrito en las catacumbas a causa de una sospecha de haber aceptado un soborno. Cuando empieza la acción, bien presentada por Scott (no sabe hacer otra cosa) Ryder entabla contacto con Garber y ya querrá tener siempre el mismo contertulio.

Ambos caracteres, que "chupan cámara" a placer, están dibujados de forma estereotipada y paupérrima; uno siente vergüenza ajena cuando en una escena, Ryder consigue arrancar de Garber una confesión de su fraude, como si el ascendente del delincuente fuera omnipotente sobre el desgraciado funcionario que le ha tocado bailar con la más fea.

Porque Ryder rechaza la intervención del mediador de la policía, Carmonetti (John Turturro ) que, comprobando la realidad de la situacion, parece ser el único con cerebro capaz de afrontar el desastre.

La petición de Ryder de una elevada suma a pagar por el Ayuntamiento de Nueva York fuerza la intervención del Alcalde (James Gandolfini) que, cosas de la vida, se halla desplazándose en el suburbano a un apunte de su agenda, ya que, según asegura, "con el metro llegamos antes".

Los gruesos trazos con que están dibujados ambos protagonistas chocan indefectiblemente con los personajes secundarios.

Saber que a Denzel Washington le encantó engordar para hacer su último papel, como si fuera necesaria esa transformación física, es un enigma para este comentarista.

Porque en realidad, esos dos protagonistas dan pena; mucha pena, porque en cuanto aparecen John Turturro y James Gandolfini en escena, son los pocos momentos en que la cinta alcanza cotas mínimas de interés. Uno, en su ignorancia, llegó a pensar que ambos actores secundarios, con la voraz idea de zamparse todas las escenas en que aparecen, se cuidaron de escribir por ellos mismos sus frases: son las únicas interesantes y con la fuerza necesaria para delinear un personaje. Dudo mucho que el ¿guionista? Brian Helgelhand haya tenido nada que ver, visto el desarrollo de toda la trama, conocida como es la original.

En definitiva, una revisión más que añadir al saco de inutilidades, salvo la introducción del personaje de Turturro y la mejora ostensible del personaje secundario del Alcalde, siendo la presencia de ambos actores secundarios lo único reseñable en favor de una cinta que pasará a engrosar, tiempo mediante, la interminable lista de despropósitos de la industria hollywoodiense de este siglo que vivimos.


Tráiler:







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dimecres, 29 de juliol de 2009

ESD 16 THE SEARCHERS





Se dice, en el batiburrillo cinéfilo, que Spielberg adora la escena que sigue.

Vista, sola, sin todo lo que le antecede, precede y conduce hasta ese mágico momento, puede parecer sencilla.

Pero el cinéfilo "pata negra", aquel/la que sabe y conoce, ha paladeado y disfrutado los minutos anteriores, no podrá menos que coincidir conmigo en que el Cine con mayúsculas rara vez ha tenido un colofón tan digno.

Tenía intención de presentarla a fin de mes, pero las urgencias de esta semana loca me han robado tiempo y resulta más liviana la tarea de presentar una escena que, sin los señores de youtube no se ponen las pilas, puede que sea también despedida de esta sección, porque lo que se dice buscar, uno busca, pero lo que halla, muy a menudo, no resiste el paso del tiempo. En fin.

Dejémonos de palabrería y abandonemos nuestros sentidos a la belleza creada por el Insigne Tuerto, el grandísimo John Ford:







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dilluns, 27 de juliol de 2009

Examen de Cinefilia (Parte XX)



En esta ocasión ni el más díscolo, protestón y revolucionario de mis queridísimos lectores, reconvertidos puntualmente en examinandos, podrá formular queja alguna, por dos simplísimas razones:

Primera, porque ya el viernes pasado advertí que, hoy lunes, iba a ser día lectivo, con lo cual nadie puede darse por desprevenido.

Segunda, porque las protestas, por razonadas que sean, por espectaculares que pretendan ser, nunca conseguirán ablandar a este bloguero que se lo pasa de lo lindo proponiendo cuestiones cinéfilas de vez en cuando.

Así que, de nuevo, ahí viene una pregunta elaborada en partes iguales con el cariño que profeso a los examinandos y con las ganas de menear sus muy respetables neuronas dedicadas a su patente cinefilia, para comprobar qué tal andan su memoria y su conocimiento de ese Séptimo Arte que sustenta la mayor parte del contenido de este bloc de notas.

Y sin más preámbulos, vayamos a la cuestión que hoy se propone:

Se trata de averiguar, sin consultar ninguna fuente, sólo agitando las neuronas, el título de una película; una película muy, muy conocida, un verdadero ¡boom! en su estreno, y no digo más porque ya sería casi ofensivo. Si además los examinandos son capaces de dar más datos, como por ejemplo, el nombre de Director e intérprete principal, ¡aleluya!

En esta ocasión, para descifrar el acertijo -pues de eso se trata: un divertimento más- deberán aplicarse dos virtudes: el buen oído musical y la memoria que el mismo traiga.

Hoy, sólo una pista. esta:







¿Como? ¿Que es muy difícil? Pues yo pensaba que lo acertarían fácilmente.

En fin, por alegrar esas caras que veo, voy a dar más información.

Pista para aprobado justito: sí, hoy no hay notable que valga:


Verla :[+/-]


¿Tampoco? ¡Ay! ¡Ay! ¡Que mal vamos! La siguiente escena, pertenece a la película original y sigue a la de referencia...

Verla [+/-]



A estas alturas, solo queda recordar que la película en cuestión está referenciada en la entrada del viernes pasado, y, por si quedara alguna duda, queridos suspensos,
Vean [+/-]



Supongo que ya todos habrán dado con la respuesta, pero, por si acaso, para que puedan irse de vacaciones en paz, aquí hallarán
La solución[+/-]





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divendres, 24 de juliol de 2009

El pillo de Tomás




El señor Alan Trustman había sin duda estado b
atallando para que sus relatos tuvieran aceptación cuando se encontró con que uno de esos personajes nacidos de su mente suscitó el interés de un cineasta todo terreno, un estajanovista de la industria cinematográfica que se inició en esto del cine en 1962, después de unos años de aprendizaje en la televisión estadounidense.

Un hombre que conoce al dedillo los resortes de
l cine y que, siempre que ha podido, ha actuado como productor y director de sus películas. Norman Jewison, nacido en 1926, pertenece a la "generación de la tele" y su último trabajo como productor y director data de hace seis años, con lo cual su longevidad y amor al trabajo quedan más que patentes.

En la carrera de Jewison el cinéfilo atento hallará películas muy diversas, tanto por el género, la calidad y el éxito comercial, sobre todo en el período que abarca los años 1965 a 1987, veintidós años en los que el amigo Jewison obtuvo grandes beneficios en, por lo menos, diez de catorce películas que en su momento fueron muy populares.

Este comentarista ha visto muchas de ellas, y dos, en concreto, ya han sido comentadas: una de 1967 y la otra de 1971 . Era lógico que apareciera de nuevo en este sitio.

Decía que Jewison se interesó por la historia pergeñada por Trustman: un tipo con la vida resuelta en el aspecto económico se entretiene organizando delitos que le rinden pingües beneficios, amén de proporcionarle momentos emocionantes. El Caso Thomas Crown (The Thomas Crown Affair, 1968) dirigida por Norman Jewison, obtuvo un clamoroso éxito comercial en su estreno; no fueron ni mucho menos ajenas a dicha popularidad las figuras de sus dos protagonistas, Steve McQueen como Thomas Crown y Faye Dunaway como la detective privada Vicki Anderson, al servicio de una importante compañía de seguros.

La trama, seguramente ya archiconocida, co
nsiste en las veleidades éticas que producen placer y riqueza a Thomas Crown, a quien veremos organizar telefónicamente uno de esos atracos perfectos a un banco, sin que ninguno de los autores materiales haya llegado a verlo, procedentes todos de diferentes estados y sujetos al plan ideado por el cerebro de la operación, que se hará cargo del botín limpiamente.

Los más de dos millones de dólares (en la época, una verdadera fortuna) provocan que la compañía aseguradora envíe a su más fiel cancerbero salvaguardia de sus intereses, que resulta ser una mujer, Vicki Anderson, acostumbrada a lidiar con casos irresolubles por la policía. Inmediatamente las sospechas recaen en Thomas y, súbitamente, se inicia una especie de juego de la gata y el ratón, con el aderezo de una tensión sexual entre ambos jugadores, que entre escarceos amorosos se tenderán trampas de las que Thomas irá saliendo airoso.

Ese juego de voluntades constituye el centro de interés de la película, ya que la gatita detective anuncia claramente al ratón ladrón su intención de meterlo entre rejas mientras éste intenta seducirla y ella se deja, en unos lances en los que se entremezclan amoríos con acciones detectivescas.


La idea es muy buena y en ella reside buena parte del atractivo de la película, porque ese juego peligroso lo es para ambos: él puede acabar entre rejas, y ella, que se auto propone como una mujer fuerte, puede acabar rendida de amor por quien sabe es un delincuente de guante blanco.

Pero hay en esa primera versión dirigida por Jewison un par de lastres que, vista la película hace tan sólo semanas, demuestran que ha envejecido bastante mal.

Por una parte, Jewison, director con muchos recursos, como lo atestiguan sus muchas otras películas, cae en la presente en la aceptación de unos modos cinematográficos que en la época eran innovaciones, como la multipantalla, muy laboriosa, creada para ofrecer un montaje multi escénico y economicista, pero que mal empleado, como es el caso, acaba por semejar un simple efecto visual sin mayor interés en la acción, resintiéndose el ritmo por el exceso de tal efecto; porque Jewison sabe contar la historia perfectamente, planificando las escenas de acción muy bien, pero en las descripciones de los personajes se observa un bajón.

Bajón al que no son ajenos ambos intérpretes, estrellas consagradas en la época.

Curiosamente, recuerdo que nunca he sentido mucho aprecio por la labor artística de ambos; hay ciertas excepciones para cada uno, pero, en general, siempre me han parecido faltos de expresividad, aunque dotados de una buena presencia cinematográfica, una fotogenia indudable, reforzada en esta ocasión por los ve
stidos que confeccionó Alan Levine, aunque los de ella han quedado bastante desfasados y muy "setenteros".

Soy consciente que me van a caer palos, pero no debo callar mi opinión relativa a la imposibilidad que ni McQueen ni Dunaway representen dignamente esa pareja con perfiles psicológicos tan complejos, amantes del riesgo, de sí mismos y del otro en particular.

Esa pulsión arrebatadora no se hace diáfana y tan sólo se podría justificar el hieratismo de ambos intérpretes por el deseo de ocultar al otro la verdad de un sentimiento o quizás tan solo su realidad, pero es un aspecto que no acaba de comparecer en la pantalla y el final rodado por Jewison no deja dudas, por lo menos en cuanto a la posición firme de cada cual respecto a su propio interés, despertando la simpatía y la
complicidad amical en partes iguales en el espectador, que tomará partido por quien prefiera según sus actos, pero que habrá quedado frío ante unos personajes que no alcanzan a despertar pasión, permaneciendo el resultado en un mecanismo eficiente, bien trabajado, y poca cosa más.


Uno de los espectadores que asistió de joven al estreno de la película de Jewison acabó desarrollando su vida como actor, y, después de iniciarse con éxito en la televisión (como hiciera muchos años antes Jewison), consiguió ganar bastante dinero en una serie de películas que, sin ser de gran calidad, sí fueron muy comerciales; que un actor se meta a productor ya no es tan raro, pues resulta lógico que reinvierta en lo que mejor conoce.

Ese es el caso de Pierce Brosnan, que un buen día decidió que ya era hora de revisar la historia ideada por Trustman, a cuyo fin contrató a Leslie Dixon y Kurt Wimmer, quienes recrearon la historia con el aderezo de nuevos diálogos y nuevas situaciones, en la consecución de una revisión respetuosa con el original, pero alejándose de una simple copia o plagio.

Brosnan como productor eligió a John McTiernan, director menos ecléctico que Jewison, ya que sus cintas suelen ser productos en los que la acción prima por encima de todo.


Curiosamente, McTiernan deja de lado su nervio y rueda las escenas de acción con una elegancia y simplicidad no habituales en él, con un ritmo pausado pero firme, que nos provocará no poca sorpresa por los resultados obtenidos por el nuevo Thomas Crown (Pierce Brosnan) que, sin despeinarse casi, se lleva -él mismo- un valiosísimo cuadro de Monet de un museo con una argucia muy ingeniosa.


De inmediato aparecerá su némesis, la detective Catherine Banning (Rene Russo), contratada por la compañía aseguradora del museo, que deberá hallar y devolver la pieza robada a su sitio.


La constatación que Thomas Crown iba a diario a la sala del museo levanta de inmediato las sospechas de Kathy, que, muy segura de sí misma, le advierte que va a por él.

Rodeados de buenos secundarios (entre ellos, a modo de homenaje, Faye Dunaway -desfigurada por el bótox- como psiquiatra de Thomas), de nuevo el peso de la acción recae sobre los hombros de la pareja protagonista.

Los diálogos entre ambos se han cuidado al detalle, así como la descripción de los personajes; se nota que Brosnan es quien pone el dinero. Además, ambos intérpretes, guapo él y arrebatadora ella, destilan una química especial que hace saltar chispas, cuando no llamas, de pasión en su relación.

Me declaro rendido admirador de Rene Russo y en esta película, El Secreto de Thomas Crown (The Thomas Crown Affair, 1999 ) {Se puede observar la larga mano del traductor estúpido tan habitual en España} que, impulsado por mi miedo a los "remakes" no he visto si no hasta hace unas semanas con la idea de escribir un comentario, me parece que borda el papel, porque esa Kathy que incorpora es una mujer extraordinaria, dubitativa, fuerte y enamorada, decidida en el amor y sagaz en sus pesquisas, admiradora secreta de Thomas que, con una elegancia muy british se las da con queso una y otra vez, volviendo las tornas en el juego de la gatita y el ratón, juego que sigue siendo peligroso pero que, gracias a las mejoras en el guión y a la dirección de McTiernan, que sabe mezclar intriga con romance como quien confecciona un cóctel con buenos ingredientes, consigue apresar la atención del espectador, sorprenderle mediante engaños leves que no atentan a la lógica de los personajes y en definitiva, captar su atención.

Es ciertamente esa revisión una excepción que suele confirmar la regla; Brosnan y compañía han sabido eliminar los errores de la primera, magnificando sus virtudes, cuidando mucho más la descripción de todos los personajes, dotándoles de una cierta ambigüedad moral más que ética, haciéndolos más reales y cercanos al espectador; las relaciones de la pareja aparentan muy naturales, inclusive en las escenas de sexo, muy bien tratadas; Kathy despliega sus dotes de seducción irresistible en un baile que deja en mantillas la famosa partida de ajedrez del original y el personaje del policía queda definido de una pieza cuando asegura que poco le importa perseguir a un ladrón de cuadros que sólo disfrutan los elitistas bien estantes mientras en las calles hay tipos matando a niños y ancianas y nadie parece tener tiempo de ocuparse.

Y Thomas, ese Thomas, es un pillo redomado que, burla burlando, al final se queda con la joya, que no es poco.


p.d.: Hay por ahí, en algunas escenas, una modelo española que siempre me ha parecido peculiar, que no habla, pero pinta mucho en la película. Qué cosas.


p.d.2: Después de apreciar en lo que vale este "remake", me siento incapaz de decidir si voy a ver este fin de semana en "mi cine" el trasunto de Pelham 1,2,3. No sé.

p.d.3: Brosnan quedó tan contento, que está preparando una secuela. Tampoco sé.

1968:




1999:





p.d.4: Hagan sus deberes. Háganlos, porque el lunes es lectivo, no lo olviden. Después se quejarán: pistas por adelantado.

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dimecres, 22 de juliol de 2009

MM 27 Thomas Crown



Hay películas que permanecen en la memoria en buena parte gracias a una canción.

No hace mucho, Susy, en uno de sus comentarios, "me pisó" involuntariamente la que estaba prevista para seguir con esta sección.

Para la película de 1968, The Thomas Crown Affair, el hace poco fallecido Michel Legrand compuso una banda sonora en la que destacó, inmediatamente, una canción,
"The Windmills Of Your Mind", cuya letra escribieron al alimón Alan y Marilyn Bergman.

En la película, la canta Noel Harrison (un perfecto desconocido salvo en USA) y la oímos como fondo en la siguiente escena:





Como uno ya es veterano, puedo afirmar sin ambages que la canción, en aquella época, obtuvo gran reconocimiento popular en la versión que de la misma hizo José Feliciano:



De la película se hizo una revisión en 1999, y, aunque de la banda sonora se hizo cargo Bill Conti, a modo de homenaje se ofrece una nueva versión del mismo tema, cantada por Sting:



La suerte de buscar, buscar y buscar datos preparando una entradita sencilla como ésta, es que uno encuentra, sin esperarlo, momentos mágicos (para uno, jazz adicto confeso) como el que sigue:

Windmills of My Mind , versión de Michel Legrand y Claude Bolling, en Canadá, 1984:




p.d.: de las películas, hablaremos el viernes.


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dilluns, 20 de juliol de 2009

Yo también estuve allí




Cumplir años es una cuestión que tiene, como muchas, ventajas y desventajas. En ocasiones uno se lamenta por el inexorable paso del tiempo, pero también hay días en los que se percibe un cierto goce por los momentos vividos.

Hoy, es uno de esos días.

Hace ya cuarenta años ¡cuarenta! ¡cómo pasa el tiempo! que, hallándome en vacaciones escolares, es decir, en plena holganza después del curso escolar, o sea, con todo el tiempo del mundo por delante, solicité permiso a mis padres para ver la televisión a altas horas de la madrugada.

Tú mismo, fue la respuesta: nosotros no vamos a despertarte, así que ya sabes.

El viejo despertador de cuerda y muelles, con dos timbres escandalosos, resonó traqueteando la mesilla de noche y me levanté como un resorte, impulsado por mi curiosidad. En la habitación de al lado dormía mi abuela Dolors, entonces ya con 79 años a cuestas, en su enorme cama de una altura inimaginable; encima de la antigua y robusta cómoda tenía un televisor pequeño, con dos antenas, marca Vanguard, creo, de un llamativo color rojo; pero la pantalla era sólo en blanco y negro.

Mi abuela apenas lo miraba, postrada la mayor parte del día en cama y dormía plácidamente. Ni se enteró. Prendí el aparato y, frotándome los ojos, después de una ansiosa espera, vi cómo un hombre pisaba la Luna.

Al día siguiente, mi abuela se resistía a creerlo.

Pero yo estuve allí: yo soy uno de los muchos millones que vio en directo una hazaña todavía no superada. Y no puedo olvidar la emoción que sentí.

Nueve años más tarde, en 1978, se presentó una película escrita y dirigida por Peter Hyams , en la que hacía eco de las nacientes teorías conspiracionistas que intentaban negar la realidad de lo que yo vi con mis ojos.

Capricornio Uno (Capricorn One, 1978) es una película realizada con escaso presupuesto en la que Hyams recoge por una parte la teoría de la falsedad de las imágenes que vi en la tele hace cuarenta años mientras por otra incide en una trama de trhiller fantástico. El presupuesto, como digo, no debió ser muy elevado, ya que los intérpretes en su casi totalidad pertenecían al mundo televisivo, procedentes de series muy conocidas, actores de segunda fila en el cine.

La trama gira alrededor de una expedición de astronautas que se proponen plantar la huella humana en el planeta Marte, pero por circunstancias ajenas a la NASA -la c
onstatación de un fallo en el sistema para mantener con vida a los astronautas en el largo viaje- el director de la experiencia decide abortar la realidad y ofrecer al mundo una simulación escenificada.

Los astronautas, Brubaker (James Brolin), Peter (Sam Waterston) y John (O.J. Simpson) se verán compelidos, forzados, a aceptar su participación en el engaño, bajo la velada amenaza de la vida de sus familias.

Uno de los técnicos de la NASA se percata que los tiempos de transmisiones de los vídeos dan la apariencia de emitirse desde una corta distancia; se confía a un amigo, casualmente periodista, Caufield (Elliot Gould) y desaparece de repente. Caufield, movido por la curiosidad, iniciará por su cuenta una investigación para averiguar y entender lo que está pasando.

Hyams demuestra tener buen pulso para las escenas de acción que ocurrirán a partir de la segunda parte del metraje, algo más de dos horas excesivas, pero se pierde y demora en detalles que acaban por lastrar el ritmo de la función. La idea original es buena, pero la mayor parte de los diálogos no pasan de anodinos, salvando unas pocas escenas con fuerza.

Aun así, la película, apoyada en una muy buena banda sonora del maestro Jerry Goldsmith , consigue prender el interés del espectador, consciente en todo momento de lo que está ocurriendo; aun más, la información que se ofrece mejora en pasos por delante las pesquisas del periodista que sospecha algo no funciona como debiera. Esa virtud tan añeja en el cine y tan poco habitual hoy, permite la identificación con los héroes en dificultades y en todo momentos sabremos quiénes son los "buenos" y quienes son "los malos", amén de las motivaciones de éstos, aunque ése aspecto es quizás un tanto descuidado por Hyams, tanto como una lógica interna del relato que, revisado fríamente, presenta serias lagunas.

Es en definitiva una película intrascendente, casi un producto de serie B o, por la época, directamente producido para la televisión -con mayores medios, eso sí- pero que, ¡oh sorpresa! aparece en IMDb como anunciada para el año que viene en una revisión que podría ser interesante si se estrenara hoy mismo.

Una cinta de acción que en manos más firmes y expertas quizás hubiera sido más impactante, abundando en aspectos dejados de lado; las escenas de acción, como he indicado son interesantes, y la primera hora, mostrando una ficción de cómo puede ser en la realidad el centro de comunicaciones de la NASA en Houston, mantiene la atención, al presentar el interrogante que sustenta la trama ¿Y después, qué?

A fuer de sincero, no me hubiera detenido en comentar esta sencilla película (que puede resultar con sus defectos más interesante que algún producto de este siglo) si no fuera por la fecha en que nos hallamos.

El recuerdo de lo vivido no queda ni mucho menos empalidecido (tampoco es su intención) por esa pieza, que, digo, entretiene. Y ya es bastante.

Para los que deseen saber más acerca de la historia, pueden acudir a los siguientes enlaces:

La Exploración de la Luna

Las paranoias conspiranoicas al respecto

Y, para quienes además de cinéfilos sean aficionados a la fotografía, un enlace muy curioso que se refiere a la cámara Hasselblad, con toda seguridad, como decía la publicidad de la época: "Si fuera un coche, sería un Rolls Royce".

Sólo pensar que en el suelo lunar aguardan una docena de cámaras Hasselblad, ya dan ganas de ir a recogerlas: me quedaría una, y con la subasta de las otras once, seguro que me jubilaba ipso facto.

Trailer





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divendres, 17 de juliol de 2009

Secundarios de Lujo (16)




Hay un dicho, un refrán, una frase hecha, que viene a decir que no hay, en el mundo de los actores, papeles pequeños para los buenos actores.

Esta premisa se cumple con todos los que aparecen en esta sección, pero hay que remarcar que, en el caso de Karl Malden, cabe añadir la enorme versatilidad y diferencia de caracteres que, a lo largo de su vida representó para goce de nosotros, cinéfilos, de nuevo en luto a causa de la insaciable parca que decidió llevárselo hace pocos días, recién inaugurado este mes de julio.

Nacido en 1912 en el seno de una familia de inmigrantes asentados en los suburbios obreros de Chicago, Mladen George Sekulovich, de padre serbio y madre checa, no empezó a hablar inglés hasta que llegó a la guardería; de joven trabajó en las acererías que proveían la industria del automóvil hasta que, siguiendo su vocación por el teatro, acabó debutando en Broadway en 1937, donde atrajo la atención de Elia Kazan, iniciando una colaboración muy fructífera par ambos, representando piezas de los grandes autores de la época, Arthur Miller y Tennesse Williams.

De ahí a la gran pantalla el paso fue simple pero laborioso, adoptando pronto el nombre artístico de Karl Malden con el que ha pasado a la historia cinéfila.

Once años tardó Malden en ver su profesionalidad recompensada con el Oscar al mejor actor secundario por su representación de Mitch en

A Streetcar Named Desire (1951):



No deja de ser curioso que un actor tan sólido como Karl Malden, usualmente ocupado en papeles secundarios, tan sólo recibiera en toda su carrera una sola nominación más, de nuevo a las órdenes de Kazan, en

On the Waterfront (1954)



Malden demostró ser capaz de afrontar cualquier clase de tipo, alejándose del leve encasillamiento que observamos en otros grandes secundarios: gente de fiar, locos imprevisibles, pillos.

Baby Doll (1956)




Probablemente, la escasa fotogenia de su rostro, con esa nariz tan prominente y mal formada, le alejó de los protagonistas al uso, pero está clarísimo que el gran Karl Malden no desaprovechaba ni una sola de las líneas que le permitían lucirse, incluso en una película "infantil" fruto de la factoría Disney:

Pollyanna (1960)



Prueba irrefutable de su versatilidad, podemos verlo cantando y bailando en una de sus escasísimas incursiones en las facetas musicales de un personaje; sin destacar, pero sin hacer el ridículo, con Rosalind Russell y Natalie Wood en

Gypsy (1962)



A las órdenes de un antiguo actor, Paul Henreid, acompañando a la grandísima Bette Davis en una de sus últimas incursiones cinematográficas, en

Dead Ringer (1964)



No fueron muchos los westerns en los que participó, pero también dejó huella en el género, acompañando a Steve McQueen a las órdenes de Henry Hathaway, en

Nevada Smith (1966)



La carrera de Karl Malden, con casi sesenta largometrajes en su haber, muchas películas alimenticias y otras muy interesantes, era recordada con orgullo por el protagonista de hoy al ser entrevistado por Larry King en su espacio televisivo de gran audiencia. Karl Malden, como no podía ser menos, se muestra verdaderamente orgulloso tanto de su condición de actor secundario en el cine como del éxito que obtuvo en diversos trabajos para la televisión:



Sin duda, motivos sobrados tenía en su orgullo. Uno de los grandes.





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dimecres, 15 de juliol de 2009

A les fosques



Este comentarista se ha explayado en diversas ocasiones maldiciendo los productos que surgen de la televisión y más aun de la televisión pública, que entiendo como un servicio, ya que la pagamos entre todos.

Las maldiciones suelen basarse en el desprecio mostrado hacia la cinefilia en general porque mi (nuestra) afición es minusvalorada desde hace lustros.

Hay excepciones, claro, como en todo; y sería de malnacido ocultarlas, no correspondiendo a mi forma de ser denegar el reconocimiento explícito cuando se ve con agrado el tratamiento de la temática que me interesa.

La cuestión es que en TV3, la televisión pública de Catalunya, hace unos días se emitió un documental realizado como ejercicio de fin de curso de una especie de master (supongo) y los autores, jóvenes cinéfilos seguramente, tuvieron la ocurrencia de mostrar tres historias que atañen al cine en su faceta de exhibición, relatando las peripecias actuales de tres cines del Bajo Llobregat, territorio natural de este cinéfilo que suscribe.

Apareciendo en dicho documental la sala de "mi cine", no puedo menos que insertar el vídeo de dicho documental, ni que sea como resguardo de mi memoria infantil, pues aparecen escenas en las que bien podría aparecer yo mismo, calles que piso aun hoy día.

Me resulta de enorme interés, por el nexo vital que me une a una de esas salas, y me ha parecido que debía compartirlo con mis amigos lectores, aun constatando la dificultad de su comprensión, ya que la mayor parte de los diálogos están en catalán (una parte pequeña en castellano, lo cual derriba ciertas teorías intransigentes y patibularias respecto al real bilingüismo de nosotros, los catalanes), pero a buen seguro que un oído atento podrá descifrar sin merma el quid de la cuestión, cual es la supervivencia de las salas de cine en poblaciones demográficamente medias: una sala a punto de cerrarse, otra que ha reabierto gracias al movimiento social popular, y otra que por suerte persiste, quién sabe hasta cuando.

Porque el cine, sin exhibidores cinéfilos, puede llegar a extinguirse como acto social consistente en la magia de compartir en la oscuridad (A les fosques {del título del documental} )




p.d.:quien albergue dudas acerca de cual de las tres salas es "mi cine" no tiene más que leerse la primera entrada de este bloc.



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dilluns, 13 de juliol de 2009

Una celada complicada y





Soy un hombre de buena fe, no hay duda, aunque algunos me tacharán de un poco tontorrón, pero esto es lo que hay, y no queda más remedio que aceptarlo y resignarse, porque mejorar, lo que se dice mejorar, a estas alturas, va a ser difícil.

Hace algo más de un año publiqué mis sensaciones relativas a la primera película de Tony Gilroy y ya entonces estuve a punto de clasificarla negativamente, pero me abstuve, entre otras razones, porque, siendo una ópera prima, me pareció que hubiera sido pecar de intransigente.

Parece ser que el desproporcionado cúmulo de nominaciones a los premios Oscar que obtuvo Michael Clayton ha provocado, a pesar del escaso resultado obtenido (una sobre siete no es como para tirar cohetes), una increíble confianza de los ejecutivos de la industria del cine hollywoodiense, que han reiterado su fe en Gilroy, nuevamente actuando como guionista y director, para llevar adelante su última película, Duplicity, con tal título original presentada este año en nuestras pantallas españolas.


El amigo Gilroy debe ser aficionado a jugar al noble arte del ajedrez.

El ajedrez, culminación de las estrategias encaminadas a la destrucción por aniquilamiento del adversario sin compasión alguna, es un deporte de mesa que requiere mucha concentración, inteligencia y memoria visual excelente, entre otras virtudes.

En ese juego, se denominan celadas a aquellas jugadas en las que un jugador aparenta debilidad o error, incluso sacrificando piezas clave, con tal de colocar al adversario en una situación en la que su rey, pieza clave, acabe en jaque mate, es decir, muerto. La celada se basa siempre en la credulidad o desconocimiento de la realidad por parte del adversario.


Las celadas suelen componerse de pocas jugadas, porque la excesiva extensión favorece que el contrario se percate de la trampa y no caiga en ella, resultando un fracaso.

Gilroy, de nuevo actuando como Juan Palomo, escribe y dirige sobre su propio guión: una historia inverosímil en la que dos agentes secretos, ella, Claire (Julia Roberts ) perteneciente a la CIA y él, Ray (Clive Owen) miembro del MI6 británico, abandonan sus respectivos servicios y se alquilan al mejor postor, que son dos multinacionales en beligerante competencia, dirigidas por Tully (Tom Wilkinson ) y Garsik (Paul Giamatti).

La idea, en el fondo, no es mala.

Lo que falla, una vez más y ya de forma estrepitosa, es el guión, más que alambicado repleto de trampas que atentan directamente contra la inteligibilidad de la trama, y la dirección de Gilroy, que no parece querer enmendarse de los defectos hallados en su primera experiencia como director.

Si en Michael Clayton el uso del flashback era bastante lamentable, en Duplicity Gilroy extrema el rompecabezas por un exceso de tal recurso, produciendo confusión y aburrimiento. Los personajes discurren en una serie de acciones con motivaciones ignotas, creando una sensación embarullada de intenciones, complicando la trama con idas y venidas sucesivas; apenas un par de escenas consiguen intrigar y emocionar y el trabajo de los intérpretes se reduce a largar sin demasiada convicción unas líneas de diálogo bastante pobres.

Con decir que los secundarios Wilkinson y Giamatti lucen más que los protagonistas, ya está todo dicho: ver a Owen con esa planta y esa voz a medio gas en un personaje casi que anodino enfrentarse -es un decir- a una Julia Roberts que va en franco declive (perdida su lozanía que la convirtió en "la novia de américa" demuestra carecer de recursos interpretativos) no aporta, precisamente, dosis de interés para el espectador que, a la mitad del excesivo metraje (dos horas largas) ya está deseando que ocurra algo interesante: y no.

El final se convierte en una tomadura de pelo (y nunca tan apropiada la expresión) porque, en apenas dos minutos, Gilroy, siguiendo la estela de Terminator Salvation, nos planta una escena en la que por fin se deja traslucir la realidad de todo lo que hemos visto, con el añadido de incurrir en trampas lógicas aplastantes, dejando en el espectador una sensación de fraude y burla a su inteligencia, dejando pues Duplicity un sabor amargo y decepcionante tan alejado de las grandes películas en las que tanto guionistas como director contaban con la inteligencia del espectador para ofrecer productos imperecederos.

De verdad de la buena que, a partir de ahora, procuraré leer comentarios en la bloguería veraz antes de sentarme a ver cualquier producto que lleve la marca Gilroy, porque nos acaba de presentar una celada complicada y aburrida.


Tráiler:



Si quieren ver una auténtica celada en movimiento, aquí tienen una:
Celada:[ver/ocultar]






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divendres, 10 de juliol de 2009

G.A. (1)


Renovarse o morir, dicen.

Celebrando el inicio del tercer año de este bloc de notas, introduciré una nueva sección en la que me dedicaré a mostrar trabajos interpretativos que en mi opinión merezcan ser recordados, mediante la inserción de vídeos
-con el permiso de youtube- en los que podamos disfrutar de momentos memorables de intérpretes que pueden resultar desconocidos a los actuales cinéfilos, en buena parte por su ausencia en los medios audiovisuales actuales.

El cinéfilo veterano tendrá la oportunidad de refrescar su memoria y si alguien con intención piensa que las comparaciones son odiosas, no puedo más que anticiparme en darle la razón: son odiosas, sobre todo para algunos que cobran una millonada simplemente por mostrar el careto.

La llamaré G.A., acrónimo de Grandes Actuaciones.

Y para empezar, qué mejor que mostrar el trabajo excelente de un actor nacido en la Gran Bretaña y que, pese a una carrera cinematográfica superlativa, nunca recibió un Oscar por ninguna de sus interpretaciones.

Un actor grande entre los grandes, que no pasó por escuela ni academia alguna: lo mucho que supo lo aprendió trabajando muy duro desde jovencito; seguramente albergando en su interior un diamante en bruto de muchísimos quilates, lo fue puliendo con los años y este comentarista no puede menos que elucubrar a qué nivel hubiera llegado si se hubieran cruzado en su vida, en el momento oportuno, buenos maestros de la interpretación que sin duda hubieran incrementado hasta extremos insospechables las innatas y geniales dotes del sujeto, poseedor, como veremos, de un reloj interno ajustadísimo a la réplica y de un lenguaje corporal irresistible.

Archibald Alexander Leach, más conocido como Cary Grant, acompañado como casi siempre por un elenco que quita el hipo, demuestra que la naturalidad apabullante de su extraordinario trabajo era un don y un saber estar al alcance sólo de los elegidos.

De la escena que sigue, no puedo menos que recordar un comentario -no diría si leído u oído en algún programa de Garci- que resulta certero: Cary mira a su oponente en escena, Jimmy, sabedor que será a este a quien le darán el Oscar, porque desde siempre simular un estado digamos que "anormal" ha gozado de las mayores simpatías de los miembros de la academia hollywoodiense, ciegos ante la dificultad que comporta actuar sin que lo parezca, técnica que Cary Grant dominó como pocos.

Cary, como luego nos enseñaría en sus lecciones filmadas otro gran británico, sabe además "escuchar" como nadie. Fíjese el amable lector en sus manos debajo de la mesa, por ejemplo.

Disfruten de la escena mientras youtube lo permita:




Supongo que pueden alzarse voces reclamando más escenas de Cary Grant, incluso como más apropiadas a su saber; esta me ha parecido siempre grande, porque, aun reconociendo el buen trabajo de Stewart, me reafirmo en que el Oscar debería haber sido para Cary. En cualquier caso, no renuncio en modo alguno a insertar otras más adelante.


p.d.: Segurísimo que Raúl, autor de esta entrada, estará de acuerdo conmigo. (O quizá no: veremos...)

p.d. 2: Ni en esta inaugural ni en las que puedan seguir, es mi intención glosar las películas a las que puedan pertenecer las escenas elegidas. Eso lo dejo para otro momento, ya que mi capacidad de síntesis, como el amable lector no ignora, es nula. Y evidentemente, una pieza como la presente, avalada por tantos genios, no se puede despachar en veinte líneas.

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dimarts, 7 de juliol de 2009

La primera del tercer


En la entrada de ayer escribí una frase que parece haber pasado desapercibida.

Decía:

"....Productor y Director con mayúsculas, todavía no habían aparecido por este bloc de notas en todo este tiempo que hoy acaba. "


Pensé que alguien haría un comentario, pero m
i gozo en un pozo. Tampoco es que la frase tenga un significado muy especial, pero sí es una afirmación muy cierta.

Porque con la entrada de ayer, finalizaba un período que, para este bloguero, tiene su aquel.

La entrada en cuestión, es la que cierra una bienal, porque, hoy, día de San Fermín, coincide con los natalicios de George Cukor y Vittorio de Sica entre otros, y, además, este bloc de notas empieza su tercer año de andadura, porque ya se han cumplido los dos desde que inicié esta aventura.

Así que: ¡Feliz Cumpleaños!





Y para celebrarlo, he decidido, después de dos años, mostrar dos retazos de mi vida, entendiendo que la natural curiosidad de las y los amables visitantes debe satisfacerse un poquito, dejando asomar un par de detalles.

El primero, tiene que ver con mi cinefilia que ya, en el lejano 1972, me impelía a comprar cada semana una revista, extinta, la Gaceta Ilustrada, en la que devoraba los comentarios cinéfilos del filósofo Don Julián Marías.

Quería colgar varios de sus artículos, pero el tamaño de la revista, que no recordaba, totalmente inusual en la actualidad, 27x35 (ancho x alto), me ha complicado de forma increíble su escaneo y sólo puedo dejar uno; releído que ha sido una vez terminado el arduo trabajo de escaneo, me parece un tanto desfasado ideológicamente, pero en mis años mozos las críticas de Marías sobre cine me producían satisfacción por su forma de acometerlas, muy distinta de las habituales.



Regalo de cumpleaños (1) [ver/ocultar]


El rectángulo inferior derecho abre a pantalla completa






Como que no todo en esta vida es cine, me permito mostrar, a continuación, otra de mis aficiones, a la que no puedo dedicar tantos minutos como quisiera:

Regalo de cumpleaños (2) [ver/ocultar]


El rectángulo inferior derecho abre a pantalla completa





A todos, muchas gracias por la compañía y la atención dispensada a este bloc de notas en estos dos años que han transcurrido sin apenas darme cuenta. Espero ser merecedor de la confianza depositada en el futuro que hoy se abre de nuevo, con la primera entrada en este tercer año del Bloc de Josep.

Besos para ellas y abrazos para ellos.

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dilluns, 6 de juliol de 2009

Un único fallo




Empecemos reiterando que, para este cinéfago, el Séptimo Arte consiste en la acumulación de talentos de distinta clase encaminados, bajo la férrea mano del Director, a conseguir emocionar al espectador.

Transmitir sensaciones, provocar otras, penetrar en definitiva en el interior de gentes anónimas que, un buen día, se sientan ante una pantalla a contemplar el resultado de tantos afanes.

Comprobar que uno de los elementos de una película rodada en 1953 consigue un galardón en el año 1990 ya es un indicio que señala nos hallamos ante una pieza de calidad contrastada a lo largo del tiempo.

Las dudas que me asaltaban hace unos días han resucitado porque no acabo de tener muy claro si el resultado de una película pertenece a su Director o a su Productor, habida cuenta que, en el período clásico del cine hollywoodiense, la figura del Productor disponía de una capacidad de decisión que se originaba desde el mismo momento en que solía ser quien elegía a todos los personajes que debían esforzarse para llevar adelante un rodaje y, además, solían entrometerse en la adopción de no pocas decisiones de cabal importancia.


Sea como sea, esta es la primera ocasión (y ya tocaba) que voy a dedicar unas líneas a dos personajes con un historial cinematográfico impresionante: Arthur Freed y Vincente Minnelli , Productor y Director con mayúsculas, todavía no habían aparecido por este bloc de notas en todo este tiempo que hoy acaba.

Dos genios que brillan con luz propia en un género declarado extinto varias ocasiones, el Cine Musical, que a mediados del siglo pasado obtuvo no pocos grandes éxitos tanto de crítica como de taquilla.

En 1952, Arthur Freed convocó en los estudios de la Metro Goldwyn Mayer de California un firmamento de estrellas con la idea de conseguir un nuevo éxito, después de haber triunfado clamorosamente con Cantando bajo la lluvia , rodada en 1951.

Los cinéfilos siempre sacamos a colación a Francis Ford Coppola como ejemplo único de director capaz de realizar una secuela tan buena (o mejor, pero ése no es el debate que aquí importa) como la primera parte de un proyecto, olvidando que Arthur Freed fue el alma de Cantando bajo la lluvia, estrenada en 1952 y que al cabo de un año, presentó otra excelente producción: The Band Wagon


Seguramente Arthur Freed (que tenía en mente la idea desde 1951) se reunió un frío día de febrero de 1952 a cenar con sus amigos Betty Comden y Adolph Green para celebrar el próximo estreno de Cantando bajo la lluvia, alabándoles su trabajo en ella y conseguida su atención, les propuso que confeccionaran una nueva historia en base a una idea que le rondaba: si en la anterior se dedicaron a mostrar los intríngulis del mundo cinematográfico, en esta ocasión el mundo de las tablas escénicas sería la base para una trama en la que el aficionado al teatro cree contemplar pasajes de la preparación de una comedia teatral.

El guión de Betty y Adolph es magnífico, excelente, y describe perfectamente tanto los personajes como el ambiente que se vive entre bastidores. Hay en él una serie de guiños que son perfectamente reconocibles por el espectador: el protagonista será un bailarín y cantante que está en horas bajas después de haber conseguido grandes éxitos en el cine: Tony Hunter (Fred Astaire que ya había cumplido el medio siglo) desde el inicio de la historia es presentado casi como un astro apagado: los primeros fotogramas muestran el bastón, los guantes y el sombrero de copa que el famoso Tony Hunter usó en su primera película ("Swinging Down to Panama", una clarísima referencia a la real Flying Down to Rio) mientras son subastados y nadie puja por ellos. Baja del tren que le lleva a Nueva York sorprendido al comprobar que hay periodistas aguardando, pero no será a él: será a Ava Gardner, en lo que llamamos cameo.

Tampoco ahorran referencias personales para la bella protagonista, Gabrielle Gerard (Cyd Charisse que empezó como bailarina clásica) que piensa no ser capaz de bailar con el gran Tony, famoso bailarín de claqué. Éste, a su vez, siente pánico de emparejarse con la bella, porque la admira como bailarina y cree que es más alta que él.

Ambos protagonistas serán convencidos por los autores del libreto, Lester y Lily Marton (Oscar Levant y Nanette Fabray ) y por el que va a ser el director teatral, el ubicuo Jeff Cordova (Jack Buchanan), figuradamente alusivo al gran actor José Ferrer, que actuaba en una obra en Broadway y dirigía otras tres.

Con un material tan sustancioso, Arthur Freed no dudó ni un instante que el Director tenía que ser Vincente Minnelli, dotado de una visión cinematográfica esplendorosa y adecuadísima al género musical; Minnelli agarra el toro por los cuernos y da una lección de cómo debe filmarse un musical: con la inestimable colaboración del camarógrafo Harry Jackson, Minnelli más que filmar pinta expresivamente los sucesivos estados de ánimo de todas esas gentes que veremos pulular mientras se debaten en dudas y cuestiones propias de los ensayos: se pelean, se enfadan, caen, se levantan, se enamoran, pero nunca pierden de vista que todo, todo, se hace para conseguir entretener al público.

Aun sin contar con grandes intérpretes de reconocida valía melodramática, Minneli sabe exprimir al máximo las virtudes de su elenco, consiguiendo que los estupendos diálogos escritos por la pareja de guionistas se pronuncien con buen ritmo, obteniendo escenas memorables: el poder de convicción del gran Cordova para conseguir sus fines tiene buen aliado en Buchanan, ante los atónitos ojos de su troupe de actores; las peleas de los autores del libreto, los Marton, seguramente son traslación oportuna de las rabietas de los guionistas; las dudas de los protagonistas, sus miedos, probablemente pertenecen a los corazones de Fred y Cyd; en todo momento tiene uno la sensación que lo que ve es real, o casi.

Arthur Freed, eminente escritor de canciones además de productor, estaba decidido a contar con una serie de composiciones de Howard Dietz y Arthur Schwartz , la mayoría de ellas previas al rodaje de la película.

La colección , espléndida, se adecua perfectamente a la historia, empezando por una tonada, By Myself en la que Tony se muestra conocedor de la soledad del artista que ha conocido tiempos mejores: no por casualidad, volverá a cantarla en otro momento...

De entre ellas, sobresale la que es el alma de la trama:

That's Entertainment, reconocida en 1990 como una de las mejores canciones procedentes del cine:





Para Minnelli rodar escenas de baile no albergaba ningún secreto y sabe dosificarlas perfectamente a lo largo de todo el metraje, insertándolas con una oportunidad envidiable, sirviendo a la trama y al desarrollo de los personajes, que van evolucionando desde un miedo y un escepticismo inicial hasta un convencimiento que será posible levantar el muerto enterrado por las ideas revolucionarias de Cordova, que pretendía recrear musicalmente la eterna historia de Fausto.

El guión nos permite entender directamente y sin tapujos esa forma de vivir de los actores de teatro; durante buena parte del metraje, asistiremos a los preparativos de la función, y Minnelli, dando muestras de su buen hacer, mediante una expresiva elipsis dará carpetazo a las ansias trascendentes del Fausto, verdadera ruina, así como los ánimos de todas esas gentes que deciden no darse por vencidos a la primera:





En una sucesión ininterrumpida, Minnelli nos ofrecerá visualmente y sin diálogos los cambios que la troupe de artistas, bajo la nueva dirección de Tony Hunter, con la colaboración de Cordova hará en la representación; números musicales dinámicos y divertidos, alguno incluso con unas letras que hoy serían tachadas como "políticamente incorrectas", por demasiado "agresivas":





Usando las imágenes de un tren en movimiento, Minnelli nos introduce en el viaje preparativo de esos artistas que van puliendo el espectáculo en su camino a su Meca particular, el esperado y desafiante estreno en la ciudad de Nueva York, donde se decidirá el futuro de todos y se obtendrá, al fin, la bendición o la maldición del público, con la consecuencia de seguir trabajando juntos durante meses o partir hacia otra aventura.

El desenlace, la traca final, se basa en una coreografía de Michael Kidd que ha pasado ya, definitivamente, a la historia cinematográfica, gracias a la dirección de Minnelli, que le otorga una paleta de colores extraordinariamente plásticos, modernos aun hoy, dejando muestra indeleble de lo que realmente es el cine: un conjunto de talentos bien coordinados: música buena, grandes intérpretes, y una dirección al servicio del espectáculo; vean:

(1)



(2)



La pareja formada por Fred Astaire y Cyd Charisse asombra y enamora, bailando los números con una expresividad maravillosa; los tres principales secundarios, Nanette Fabray, Oscar Levant y Jack Buchanan cumplen sobradamente con su cometido, tanto al replicarse como contumaces comediantes e incluso aportando sus dotes de cantantes y bailarines comparsas; la dirección artística de Cedric Gibbons recreando los ambientes y decorados (todo se realiza en estudio) ideados por Minnelli es asombrosa, y el vestuario, digno de mención, especialmente el que luce Cyd, es obra de la siempre eficaz y fantasiosa Mary Ann Nyberg que realza la elegancia natural de Fred y la rutilante belleza pasional de Charisse.

Reconozco que desde hace tiempo soy amante de los musicales; de hecho, antes los rechazaba, incapaz de comprender esas situaciones en las que un actor, un personaje, de hecho, empezaba a cantar y bailar; pero después de ver maravillas como la presente, uno no puede menos que dejar atrás cualquier prejuicio y dejarse llevar en volandas por toda esa colección de genios que consiguen estremecerme, emocionarme, y, lo confieso, hacerme llorar de alegría, satisfecho, al ver como la compañía se despide de uno, asegurando que todo es un entretenimiento:



Para mí, una obra maestra del Cine Musical, sin duda alguna.


¿El único fallo a que hace mención el título?

Ya no me acordaba.....

Es este:



El típico "cuñado de alguien" se cuidó de cambiar el título en España, dando muestra, una vez más, de la gilipollez que ronda en algunas distribuidoras patrias.

Por cierto: en la entrada se puede observar un segundo fallo, garrafal; premio a quien lo acierte. Pista: no es mío, aunque lo parezca; por las dudas...






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divendres, 3 de juliol de 2009

Una boda (in)olvidable




Llevo ya varios días con un fichero de texto que contiene únicamente esas tres palabras que encabezan lo que pretende ser comentario de una película.

No siendo como no soy un escritor profesional y sí meramente aficionado, hasta ahora no me había encontrado con lo que algunos vienen a denominar "el pánico de la hoja en blanco" que, supongo, ejemplifica la indecisión a la hora de plantar unas ideas que no están del todo claras.

Podría evidentemente dejar el asunto de lado y ocuparme de otro tema, pero tiene visos de cobardía aparcar una labor auto impuesta y seguro que aplazarlo no resolverá el dilema.

Dilema que no es obviamente trascendental, ni siquiera peliagudo, porque me hallo dudando entre decidirme por el varapalo o la admisión de una cierta incapacidad de entrar en una historia.

Jonathan Demme es un cineasta, productor, guionista y director con alguna obra interesante en su haber, amén de claros altibajos en su historia, por lo menos en opinión propia: interesantes resultan Something Wild (1986) y The Silence of the Lambs (1991) y un tanto acomodaticios éxitos populares como Philadelphia (1993) y la revisión de The Manchurian Candidate (2004) (por otra parte, como es habitual, totalmente innecesaria, pero ya es harina de otro costal)

Su último largometraje de ficción, basado en un guión de la hija de papá Je
nny Lumet , me ha dejado, como se trasluce de la introducción, claramente anonadado: La Boda de Rachel (Rachel Getting Married, 2008) es una película que, aun ahora, intentando describir unas sensaciones, todavía no sé si me ha parecido un truño infumable o un experimento fracasado.

Lo que sí es seguro es que esta película ha sido la oportunidad esperada durante varios años por su protagonista, Anne Hathaway para cambiar de su habitual registro interpretativo, buscando una transformación de cisne bello a ganso feo y malhumorado. El esfuerzo, según los académicos de Hollywood, le mereció la nominación al Oscar a la mejor actriz en la última ceremonia.

Lapsus: al fin he visto las cinco películas correspondientes y opino que los académicos se equivocaron, porque el trabajo de Meryl Streep en Doubt era merecedor de la estatuilla. Y de ahí no me moverán.


La Boda de Rachel, como se asegura en el encabezamiento, resulta inolvidable: he asistido en mi vida a muchas bodas pero ninguna tan alocadamente aburrida como esa.

No dudo que para el público estadounidense la historia que se relata sea de rabiosa actualidad: Kym (Anne Hathaway) es una chica joven que sale de una clínica de rehabilitación para asistir a la boda de su hermana Rachel (Rosemarie DeWitt que realiza una buena actuación); es recogida por su padre, el emocionalmente inestable Paul (Bill Irvin) acompañado por su actual esposa, Carol (Anna Deavere Smith), ya que al parecer está separado de la madre de sus dos hijas, Abby (Debra Winger).

Kym es una jovencita que se comporta de forma harto egoísta reclamando un protagonismo que no le toca en unos días en que la reina de la función debe ser su hermana Rachel. Esta reclama sin éxito de su padre que ponga orden en la situación, pero Paul se muestra incapaz: está claro que Kym es su preferida.

El guión ¿escrito? por la hijita de Sidney Lumet es una caja de truenos sin orden ni concierto, quizás repleto de segundas lecturas que al espectador ajeno se le escapan, falto desde luego de brillantez en los diálogos y con una estructura que va soltando datos a medida que avanza la trama en un desarrollo tramposo que permite llegar a pensar que no hay planificación ordenada si no ocurrencias para elevar el tono más bien bajo y poco interesante del drama que se nos presenta.

Porque cuando uno ya empieza a estar harto de ver los preparativos de una boda que se advierte pesada y pelma, con unos invitados y partícipes que se dedican a soltar frases grandilocuentes y huecas de emoción, de repente aparece una duda que corroe a Kym respecto a un accidente fatal que comportó la muerte de un hermano pequeño, con una responsabilidad que evidentemente Kym rechaza por las características de los hechos. Esa línea, que podría dar mucho de sí, apenas se entreve y se resuelve a puñetazo limpio, sin más, quedando huérfana de contenido.

La realización cinematográfica de Demme presenta dos vertientes: por un lado, algunas escenas llevan el corte habitual de un profesional (nada brillante, todo hay que decirlo) y por otro lado imita la zafiedad de unas grabaciones de vídeo digital perpetradas por aficionados sin idea de lo que es una cámara, ignorantes de los conceptos básicos del lenguaje cinematográfico.

Esta puede ser la piedra filosofal que permita al espectador identificarse o rechazar el resultado final.

Nada más lejos de mi voluntad que presentarme como un esnob purista del cine, pero reconozco que cuando veo una película supuestamente rodada por profesionales, espero un resultado profesional; me ocurre lo mismo con la literatura: cuando leo algo, me gusta comprobar que el escritor se ha esforzado para ofrecer un resultado óptimo. Igualmente, detesto verme obligado a escuchar peroratas sentimentaloides nacidas de la verborrea inexperta de gentes que ni saben construir un discurso ni gozan de un mínimo vocabulario.

Por decirlo de una forma definida: admito el derecho de cualquiera a grabar un vídeo, cantar una canción, escribir unas frases, soltar un rollo, todo ello sin alcanzar un mínimo estético que haga atractivo el resultado final; lo admito; pero ese derecho no comporta -o no debe comportar- que yo tenga una obligación de aguantar semejante rollo y menos mentir descaradamente alabando una pifia tras otra. Cuando leo algo, me gusta que no haya faltas de ortografía; cuando veo cine, me gusta que la caligrafía cinematográfica sea si no bella, por lo menos, eficaz.

En esta película de Demme, hay muchos, demasiados minutos, que parecen pergeñados por simples aficionados, ignorantes de conceptos básicos. Los parlamentos son aburridos, las canciones malas y mal interpretadas, y la cinematografía es paupérrima.

Si Demme ha pretendido con la inserción de esos lamentables pasajes realizar una aproximación a la vida real, a fe que lo ha conseguido: parece un documental mal hecho de una boda aburridísima, por alguno de los asistentes provisto de una temblorosa e inexperta cámara de mano, recogiendo las narcisistas intervenciones de los invitados a la ceremonia, un montón de gentes que estarían mucho mejor calladitos y sentaditos en su lugar.

Me invitan a una boda como ésa y seguro que apunto a toda la troupe en mi libreta negra así que pueda huir del lugar.

Ya lo he decidido: no me ha gustado. Nada. Colocaré un paréntesis en el título. ¡Hala!

Tráiler:




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dimecres, 1 de juliol de 2009

ESD 15 WHAT'S UP DOC?




Ningún cinéfilo albergará dudas acerca de la cinefagia, más que cinefilia, que hasta los mismísimos tuétanos de sus huesos tiene Peter Bodganovich.

En 1972, fruto de ese apasionante vicio del cine, el bueno de Peter decidió recrear lo que se conoció en tiempos como Screwball Comedy, muy cercano al más puro Slapstick, y no se le ocurrió otra que homenajear directamente a Hawks.

El resultado fue un rotundo éxito comercial, aunque mirada muy friamente la película tiene sus lagunas.

Pero ¡qué caramba! es una película que todavía hoy divierte y, desde luego, a pesar de los muchos años transcurridos, sigue siendo una perfecta demostración de las diferencias entre homenajes y meros plagios.

Una escena con apenas palabras que viene al pelo en esta cada vez más difícil de completar sección: un surtido de risas fruto de las buenas ocurrencias de Peter como guionista y de su buena mano al dirigir y montar con un brío clásico:




La he visto un montón de veces, y todavía me hace reír.




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