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dilluns, 30 d’abril de 2012

Unos minutos para los demás



Este es un bloc de notas de un aficionado al cine que aprovechando la tecnología intenta comunicarse, con mejor o peor fortuna, con gentes de otros lugares, de otros paises, diversas en edad, mentalidad y sexo y nunca he pedido nada a cambio.

Hoy haré una excepción y pediré unos minutillos de tiempo, de vuestro tiempo de ocio, amigos míos, para que os detengáis en unas páginas que descubrí hace ya bastante tiempo, cuando anduve por internet buscando referencias de la película Avatar después de haberla padecido.

Páginas que me han vuelto a la memoria gracias a la decidida actuación de este actor:



El conocido intérprete británico Colin Firth se ha mojado; se ha prestado a encabezar una campaña en favor de gentes a las que la suerte no ha favorecido; y lo ha hecho hablando a cámara con su profesionalidad y desde el pasado miércoles ha conseguido, con su presencia, provocar el ruido que la organización Survival buscaba, deseaba y necesitaba.

Lo ha hecho con esta campaña, en favor del pueblo AWA

Resulta reconfortante comprobar que internet y el cine se pueden dar la mano para intentar, por lo menos, ayudar a gentes que están totalmente al margen de ambos medios, pueblos que ven convertirse en maldición incluso el mineral sobre el que siempre han dejado sus huellas a lo largo de toda su historia.

Puede que ya todos conocierais a Survival pero aún así creo necesario ayudar a expandir en la red esas movidas realmente interesantes.

Ante las dudas relativas a su eficiencia, recuerdo cómo llegué a las páginas de Survival hace tiempo y dediqué unos minutillos a ver este mini documental relativo a La mina de bauxita

El movimiento en pro de ése pueblo indio todavía prosigue, manteniéndose hasta el momento detenido el avance de la maquinaria industrial.

No estaría nada mal que alguien con capacidad y medios rodara una película que, entreteniendo, supiera transmitir el mensaje necesario para cambiar un modo de vida que cercena otros...



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divendres, 27 d’abril de 2012

Examen de Cinefilia (parte LV)



Justo acabo de darme cuenta que ésta es la parte 55 de este examen que se está prolongando más de lo que nunca imaginé, y habría podido muy sencillamente dedicarlo a recordar la famosa película de Nicholas Ray rodada en parajes madrileños, pero mira por donde ya tengo realizada la mitad de la tarea de búsqueda de pistas falsas adecuadas a la resolución de un enigma que se me antoja demasiado fácil para un largo fin de semana, pero es lo que hay y no me apetece ponerme a rehacer el camino andado, así que mis queridos examinandos deberán agitar sus neuronas para esclarecer una muy sencilla preguntita:






¿Debo ir al cine este fin de semana?

¡Ey! ¡No se precipiten!

Primero, sepamos algún antecedente, ¿no les parece?

Bien: aprovechando las tecnologías, veamos lo que seguro que no veré:


Pistas para sobresalientes:

Espero que ya todos hayan acertado, aunque para ello deberían dejar a sus neuronas trabajar tranquilamente, sin prejuicios.... y si no, siempre les queda lo que sigue:

Pistas para notables:

Seguramente el acertijo estará resuelto, pero para los dubitativos, siempre queda el recurso de rebajar la nota y asegurar el tiro quedando en un simple....

Aprobadillo justito:

Ya lo siento, ya, pero seguro que algún despistado, pensando más en "el puente" que en lo que debe, se hallará, sin remediarlo, aceptando la posibilidad de ser...

Suspensos, suspensos:


Espero que el acertijo no haya resultado demasiado fácil aunque me temo que me estoy volviendo benevolente en exceso: estaré esperando sus respuestas a mi correo y ya saben que en el cajetín de comentarios pueden depositar, deponer y declarar todas las quejas, maldiciones y deliciosos comentarios que les venga en gana.




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dilluns, 23 d’abril de 2012

MM 63 COME AND GET IT



Aura Lea es una de esas canciones que perteneen a la historia de un pueblo: o quizá de dos; pero olvidemos la parte histórica y real y centrémonos en lo que de verdad interesa, que, por donde estamos, es en la aparición de esa canción en una película.

La canta la guapa Frances Farmer en dos ocasiones y precisamente dirigida por dos directores muy famosos.

Aquí tenemos un vídeo que recoge ambas interpretaciones, con escenas sacadas de la película Come and Get It en la que luego nos detendremos un poco.

Veamos el vídeo musical:



Su mejor virtud es la de proporcionar un momento de lucidez en el que la Farmer interpreta a dos personajes, madre e hija, sucintamente escritos, bien diferenciados en manos de un par de geniales cineastas: Howard Hawks y William Wyler.

La película, cuyo título se tradujo al castellano en la acostumbrada síntesis repleta de idiotez como Rivales, nos presenta a lo largo de varias décadas las relaciones entre un ambicioso leñador que acaba convertido en potentado maderero y su viejo amigo del alma que se casa con el amor de la vida del anterior y tiene una hija que es absolutamente idéntica a su madre, fallecida.

Una trama melodramática filmada por esos dos artistas citados, el primero casi que expulsado del set de rodaje a causa de sus desavenencias con Samuel Goldwyn -que ponía el dinero- al modificar una y otra vez el guión pre-establecido -y hay que reconocer que motivos no le faltaron- intentando proponer un cierto contenido social más allá del romanticismo que puede comportar la pervivencia de un amor abandonado a través del tiempo cayendo en las redes de una jovencita ambiciosa: línea que acaba por ser desechada, como todas las que iniciara Hawks, debiendo advertir que, sin ser exacto el punto de intervención de Wyler, formalmente resulta harto difícil reconocer diferencias a pesar de acompañarse ambos de directores de fotografía de su confianza (nada menos que Rudolph Matté y Gregg Toland, ahí es nada) pero presta la atención en el desarrollo de la historia, uno piensa que Wyler se plegó a las instrucciones del amo del estudio porque ya andaría pensando en sus propios melodramas y no quiso complicarse con un medio encargo.

Porque se echa mucho de menos la complejidad psicológica que debería aparecer en la segunda parte de la película cuando el leñador-potentado Barney (estupendo Edward Arnold) cae rendida y locamente enamorado de la hija de su amigo del alma Swan (Walter Brennan consiguiendo el primer Oscar al mejor actor secundario) y acaba sintiendo enormes celos de su propio hijo que siento lo mismo por la joven. Esa joven, interpretada por Frances Farmer, debería haber realizado un doble juego con el muy maduro Barney y al mismo tiempo con su hijo Richard (interpretado por la estrella Joel McCrea en un papel que resulta escaso de contenido) pero acaba por presentarse como una modosita y dulce muchacha, pese a que en su presentación en pantalla se la ve admitiendo haberse dado cuenta de la fuerza erótica que dispone sobre el embobado Barney, quedando al conjunto debilitado en grado sumo.

Una película que se ve con cierta dificultad: mejor dicho se oye doblada con cierta dificultad, por envejecimiento de la banda sonora, lo cual es una ventaja al obligar a verla en v.o.s.e.; interesante comprobar que el tono visual se mantiene a pesar de los diferentes estilos de cada cineasta que se ocupó de dirigirla a las órdenes de un productor omnipresente y todopoderoso.




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divendres, 20 d’abril de 2012

39 Paradas (y fonda)





De viaje entre el cine y la vida.

Esta acotación, este subtítulo vital, define y certifica claramente más que la intención, la forma en que el aragonés Alfredo Moreno Agudo se sitúa ante la pantalla de Cine dispuesto, siempre, a contar sus sensaciones, aquello que nace en su interior durante y después del visionado de una película.

Alfredo, asiduo visitante de este sitio al que honra además con sus atinados comentarios, es, como muchos ya sabrán, autor del interesantísimo blog 39escalones, lugar donde disecciona películas con ojo certero y seguramente reprimido por las auto restrictivas normas que llevan a un bloguero a no excederse, un buen día decidió que lo mejor era publicar lo que sabía y sentía de muchos aspectos del Cine: no tan sólo películas: también grandes nombres de la interpretación, de la dirección, de la escritura...

Y así nació -o de otra forma, porque el autor es tan excesivamente humilde que apenas lo menciona- un libro que en treinta y nueve capítulos se detiene en tantos aspectos de la cinematografía que todos podemos recordar, treinta y nueve puntos de partida para una interesante conversación.

El libro, titulado 39 Estaciones, editado por Eclipsados en su Colección Prosas, (perfecto libro de bolsillo) se halla a caballo entre la recolección de críticas concernientes a una película y el ensayo bien documentado (incluye bibliografía) versando en distintos temas cinéfilos en los que el autor demuestra a partes iguales su amor y su sapiencia: conjugar de forma estupenda y amena el conocimiento y la pasión por el cine es la principal virtud de Alfredo Moreno que gracias a una prosa cuidada y medida consigue enganchar al lector avisado y aún así, provocarle el ansia de llegar a casa y agarrar ese devedé en el que estará aquella película que quizás nunca encontramos tiempo de ver o que ha caído en el olvido, renacida por el vigor de uno de esos treinta y nueve capítulos que, en mi opinión, más que estaciones, son parada y fonda, porque el tiempo debe detenerse para poder disfrutar plenamente de la gentil provocación del autor: leamos un capítulo y veamos una de esas magníficas películas que nos redescubre Alfredo añadiendo tanto datos nuevos, desconocidos, como ecos del sentimiento que su visión calmada produjo en el autor, reflejos vitales de lo que sucede en la pantalla.

Una pieza que no puede faltar en la librería de cualquier cinéfilo que guste leer de cine con la garantía de la independencia de criterio acrisolada en la libertad de opinión. Una buena idea para el próximo lunes, Diada de Sant Jordi



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dilluns, 16 d’abril de 2012

Ladrones de poca monta



Sacarle punta a una situación enojosa y dramática que además ha llegado a causar alarma social puede ser un buen principio, una base, para una comedia corrosiva que sin ofender pero aplicando la sabiduría de años de vitriolo cinematográfico de alguna forma consiga conectar con el patio de butacas y producir esa chispa de complicidad que alegra el ánimo por unos minutos por lo menos.

Brett Ratner debe ser un tipo afortunado, de esos que suelen encontrarse tesoros en las manos sin siquiera haberlos buscado: no es que sea un tesoro, pero la idea de Ted Griffin en torno a las relaciones entre un sujeto que vive en un enorme y privilegiado ático de un rascacielos dedicado enteramente a proporcionar lujosas viviendas a familias adineradas que puedan pagárselo y el numeroso grupo de empleados dedicados a proporcionar comodidades a todos esos habitantes, precisamente porque el potentado del ático parece haber dispuesto a su antojo del fondo de pensiones de todos esos trabajadores, como ha hecho con todos sus clientes, recordando las debacles de algunas famosas pirámides financieras con las que algunos, además de hacerse pasar por sabios economistas acaban por mostrar su verdadera faz de estafadores sin entrañas arruinando incautos de toda clase y condición.

Ése del ático con piscina particular, un tal Arthur Shaw que nos resulta muy conocido por sus maneras y desmanes, se ha pulido los fondos de pensiones de los trabajadores que dirige con mano firme y cariño Josh Kovacs y los ha dejado literal y realmente en la ruina. Josh, que se siente responsable por haber recomendado la tarea de inversión de los fondos al sinvergüenza del ático, decide hacer lo que sea para recuperar el dinero de sus compañeros de trabajo.

Y resuelve tomarse la justicia por su mano.

Y consigue convencer a cuatro pringaos más.

Y como todos son honrados y no saben robar deciden aconsejarse con quien suponen es un experto, el caco del barrio, un tal Slide

Y entre todos, van a acometer un robo, Un golpe de altura (Tower Heist, 2011)



La idea básica ofrece un amplio campo en el que desarrollar argumentos interesantes y además el director de la película que nos lo va a contar, el referido Ratner, cuenta con un elenco de intérpretes que ya han demostrado su solidez en diversas ocasiones y que hacen su trabajo sin aspavientos ni necedades superfluas: con decir que Stiller y Murphy incluso se muestran contenidos ya hay una buena razón para ver la película.

Lástima que Ratner se dedique exclusivamente a rodar con cierta eficacia la trama y seguramente a rebajar el histrionismo de sus estrellas y descuide lo principal que es la trama en sí misma, porque llega un momento en que la irrealidad supera la desesperanza y la tragicomedia se convierte en parodia de acción rebajando ostensiblemente el nivel. Hay en el guión un buen trabajo a medias inexplicable cuando uno se fija y comprueba que en la reunión para aportar ideas fueron tres los llamados y luego uno de ellos y otro se ocuparon de llevarlo todo al papel, porque algunos diálogos tienen chispa, mucha más que la acción del último tercio.

El defecto capital es la falta de originalidad pero podemos obviarlo tranquilamente en esta época de refritos: que un grupito de aficionados pretenda llevar a cabo un golpe delictivo no es novedad, pero sí lo es el nexo causal entre futuros delincuentes y futura víctima en una torna de papeles que podría verse apoyada por aforismos ancestrales: Ratner filma una comedia amable que podría haberse presentado con mala uva hurgando apenas un poco más en los personajes y sus conductas echando unas gotas de ácido sulfúrico y entonces se hubiera encontrado filmando una comedia en la que quizás todos los intérpretes a su servicio hubieran tenido trabajo, porque lo cierto es que Affleck, Alda y Broderick pasan por la pantalla sin esfuerzo y sin dejar huella.

Las interrelaciones entre estafador y estafados con las fuerzas policiales presentes intentando averiguar el paradero de los millones defraudados ofrecen sin duda un terreno de juego abrupto en el que los escondites y las torceduras de tobillos -figuradamente hablando- quedarían empalidecidas por aviesos comportamientos bien razonados, pero Ratner y compañía deciden quedarse en la superficie chapoteando cuando lo interesante está a pocos metros de profundidad y sólo hay que sumergirse un poco para disfrutarlo, pero para ello hay que tener valor. Y una mente dispuesta.

En definitiva, una pieza modesta claramente poco ambiciosa que cumple con su cometido de entretener un rato sin caer en el pecado habitual de las comedias actuales, en su mayoría productos descerebrados; comparada con lo que suele poblar las actuales salas de cine, un producto aceptable: comparada con cualquier comedia clásica, incluso con alguna que otra gamberrada setentera, puede saber a poco, porque el ojo avezado y avisado sabrá percibir lo que hubiera podido ser y no es.

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divendres, 13 d’abril de 2012

Cartier




No descubro nada nuevo si afirmo que el exceso de publicidad es lo primero que me aleja de la pantalla de la televisión y no deja de ser una paradoja o quizás una prueba más de mi inconsistencia neuronal el hecho que cuando veo un espot publicitario bien realizado no me disgusta en absoluto y soy capaz de verlo más veces para observar con detalle el cómo se hizo y la intención de sus mensajes.

Algunos de esos espots son verdaderas películas de apenas cinco minutos, la breve expresión de un cortometraje, y los medios aplicados en su confección no tienen porqué ser parejos en cortedad, pudiendo reflejar una buena inversión, lo que inevitablemente conduce a creer que quien encargó el trabajo tiene mucha confianza en obtener beneficio.

Que los vecinos del norte de los Pirineos son diestros en el arte de la mercadotecnia es cuestión fuera de toda duda y por si la hubiera, podemos remitirnos a la más reciente campaña publicitaria de una de sus empresas más llamativas en el mundo del lujo y la exhuberancia: la muy parisina joyería Cartier ha decidido que en época de crisis lo mejor es gastarse los cuartos en publicidad y propone un repaso a su historia en un corto publicitario titulado L'Odyssée de Cartier

Lo vi en youtube un día que buscaba otra cosa y me enganchó por su banda sonora y por el cuidado cinematográfico con que lo rodaron.

Luego, ya buscando adrede, me encontré con unos comentarios explicativos que aclaran -por si hubiera dudas- la intención de la promotora del mensaje publicitario intentando otorgarse la mayor importancia y seriedad tanto como el orgullo de haber sabido ofrecer un brillante resumen de su trayectoria comercial entre las clases más pudientes del planeta.

Por último, remata el acometimiento mercadotécnico una breve explicación a modo de "cómo lo hicimos" que resulta interesante desde el punto de vista del cinéfilo siempre atento a las explicaciones de su director Bruno Aveillan y las imágenes del rodaje que demuestran muy a las claras que no se trata de un corto realizado sin pensárselo mucho, porque, evidentemente, hay una fuerte inversión detrás.

Creo que si hubiera más anuncios como éste, quizás me animaría a ver la tele.... o no....

¿Ustedes qué dicen?






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dilluns, 9 d’abril de 2012

Nostalgia mitómana



Treinta y un años tenía Marilyn Monroe y una aplastante fama mundial tras el éxito de varias películas con diferentes directores y actores de la primera fila que le proporcionaron a la bella satisfacciones y miedos a partes iguales cuando recibió la llamada del que por entonces era considerado uno de los mejores intérpretes de Shakespeare, un actor de contrastada cultura y solvencia, también director renombrado, a fin de reunirse con él para protagonizar una comedia y para ello tenía que trasladarse a la vieja Inglaterra y unirse a un elenco de británicos intérpretes, todos dominadores de la lengua con una dicción que la joven estrella envidiaba profundamente.

La situación no por envidiable dejaba de ser causa de preocupación para la joven estadounidense que se hallaba en el trance de digerir una gracia, un don, para el que no tenía explicación siendo como era muy consciente de tenerlo y de ser el motivo por el que todos aparentaban quererla mucho. Una especial virtud que le daba en pantalla una fuerza inusitada, algo que todos los espectadores admiraban y disfrutaban.

Uno de esos admiradores era el joven Colin Clark que gracias a los contactos de su muy influyente entorno familiar decidió aprovechar la oportunidad recibida de incorporarse al grupo de producción de la película que Laurence Olivier iba a rodar co-protagonizándola con Marilyn y se encontró nombrado por su pericia como tercer ayudante del director, o sea, el chico de los recados que se va a encargar de que todo vaya como la seda y muy especialmente que a Marilyn no le falte de nada. El sueño de cualquier espectador, vaya.

Aprovechar la experiencia vivida durante unos días de intenso rodaje para escribir años después dos libros fue una buena idea de Colin Clark cuando ya prácticamente no quedaba nadie vivo capaz de llevarle la contraria y evidentemente para él fue cuestión de mala suerte fallecer antes de comprobar cómo su historia era llevada al cine después que Adrian Hodges escribiera un guión refundiendo esas personalísimas memorias y les diera un título que no engaña a nadie: My week with Marilyn (Mi semana con Marilyn) es una película dirigida por Simon Curtis, su ópera prima en la pantalla grande después de veinte años de experiencia en la televisión como director y productor ejecutivo, faceta ésta que también aplica en la película, junto con otros cuantos más, todos, cabe imaginarse, al servicio de los hermanitos Weinstein, de nuevo un exceso de productores para un producto de apariencia nada complicada.

Esta es una sencilla película que pertenece al género cinéfilo por antonomasia, el del cine dentro del cine: se me ocurre que los Weinstein jugaron la baza por partida doble y así como en la otra el mcguffin se suponía era la propia esencia del cine, en ésta la excusa se centraba en la figura de uno de los mitos más perdurables, no en vano sigue habiendo una mercadotecnia que todavía usa y abusa de la imagen de Marilyn convertida en un icono de los mass-media.

La virtud de la pieza de Curtis es su falta de pretensiones evidente porque como hemos apuntado ya desde su mismo título se muestra una cierta lejanía con el personaje de Marilyn, una temporalidad conectada con la apreciación personal de un extraño, de un individuo afortunado que existió y del que casi nadie tuvo conocimiento hasta hace muy pocos años: nos mostrará lo que sucede durante unos días de 1957 durante el rodaje de El Príncipe y la corista.

Un retazo de la complicada vida de la Monroe en un momento en el que su fama era su beneficio y su maldición: una vez más, el mito de Midas tomaba cuerpo sobre la perfecta osamenta de la joven Marilyn y, como ella misma definió, lo único que conseguía era que la gente se alejara al ver a Norma Jeane. La impresionante fotogenia cinematográfica, ése cúmulo de microgestos que ella disponía de forma natural e inconsciente, a poco que se esforzaba ofrecía un resultado embriagador en la pantalla que se transmitía al patio de butacas de inmediato y lo malo era que todos, luego, esperaban ver lo mismo en la realidad y no. Esa constatación por parte de la propia Marilyn de un cierto descontrol en su virtud, en su don, le provocaba inseguridades que Olivier no alcanzaría a percibir hasta después del rodaje de su película al comprobar que, en sus escenas con ella, no dominaba como de costumbre. La inigualable y enorme técnica frente a la fuerza bruta.

Curtis se centra en ofrecernos a través de la mirada de Colin las dudas e inseguridades de la estrella americana y poco más ya que incluso el evidente estado de excitación del joven Colin aparece como enfriado, visto desde una distancia excesiva, quedándose la narración en un término medio que la perjudica y la sitúa en un terreno baldío de pasión y fuerza, con un tono más cercano al docu-drama que a la interpretación de unos hechos reales con una óptica esclarecedora, rechazando cualquier línea personal precisamente en un entorno en el que no faltan anécdotas en las que sustentar una trama más interesante, desde un retrato más cercano de las virtudes artísticas y conocidos vicios personales de Olivier en su decadente relación con su entonces esposa Vivien Leigh o la más borrascosa relación entre Marilyn y su esposo el gran dramaturgo Arthur Miller, unas parejas con oportunidades insospechadas para vestir una historia que acaba por ser inconsistente a pesar del encomiable trabajo realizado por sus protagonistas: Michelle Williams coincide en sus treinta y un años de edad con Marilyn y ofrece un trabajo excelente: pretender igualar en todo no es su intención y por lo tanto pretender hallar -el espectador- una copia idéntica es una utopía sin sentido: la Williams recrea muy bien la situación psicológica de la estrella, lo mismo que Eddie Redmayne ofrece un creíble retrato del joven Colin; por su parte, Kenneth Branagh no parece esforzarse demasiado en representar a Olivier, seguramente porque lleva años fijándose en él y lo cierto es que, como suele ser habitual, contando con reparto británico, nadie está fuera de lugar.

Una lástima que no se haya podido o querido profundizar siquiera un poco en algún aspecto más jugoso, quedando el conjunto como un amable retrato de las dudas y zozobras personales de la joven Marilyn, esas que, como todos sabemos, cinco años más tarde la llevarían a la despedida final.


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divendres, 6 d’abril de 2012

TC (25) Cotton Club



Todo el mundo está hablando de Coppola porque hace ahora cuarenta años que saltó a la fama mundial y me ha parecido que, ya que algunos títulos de crédito están por las nubes de imposible enganche virtual, aunque no pertenezcan a una de sus mejores películas, sí que tienen efectividad e interés los títulos de Cotton Club que nos introducen como es su obligación en el particular ambiente en el que se va a desarrollar toda la trama, un submundo musical interesante por su calidad artística propia de la época en que el jazz estaba saliendo de la marginalidad, una microsociedad en la que ciertos hampones disfrazados con sus mejores galas no pueden ocultar su villanía...





Después de haber asistido al estreno, llega el punto de hoy en que uno se apalanca para ver esos títulos de crédito que pasaron desapercibidos y uno se da cuenta de un detalle que hace brotar de inmediato la duda y uno se pone a buscar, contrastando fuentes, y uno llega a la conclusión que todo lo que se puede ver aquí [*] es autentico y genuino y uno acaba por entender porqué, desde entonces, Diane ha sido un nombre soñado...



p.d.: Esto [*] podría haber ido a un MM, pero no me he podido resistir...



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dilluns, 2 d’abril de 2012

Los hombres que no tenían ideas nuevas






Ha sido un fenómeno literario -o quizás únicamente social y/o mercantil- la trilogía escrita por el escritor Stieg Larsson que, fallecido de un inesperado infarto, no llegó ni siquiera a imaginar el tremendo éxito de la llamada trilogía Millenium, publicada post-mortem en los años 2005, 2006 y 2007 y que ha originado dos traslaciones al cine: la primera en su Suecia nativa y la segunda en la industria hollywoodiense que parece haber enloquecido de pasión milenaria y ha encargado a David Fincher que dirija tres películas en las que se versionan a la pantalla las tres novelas.

He de reconocer que, a pesar de disponer del primer título de la saga, traducido en España como Los hombres que no amaban a las mujeres, aún no ha llegado el momento en que me sienta inclinado a dedicarle el largo tiempo que requiere la lectura de casi seiscientas páginas: soy un lector lento y me gusta repasar párrafos -siempre que me deleiten- y desde siempre he preferido las piezas más breves a las extensas y si además vienen acompañadas de mercadotecnia demasiado ruidosa me entra el pánico y la estantería se convierte casi que en lugar de archivo definitivo. No se trata de una mala excusa sino de la definición de una postura y bien que siento no poder dedicar ni una línea a la pieza original escrita.

Pero sí he visto recientemente la película dirigida por Fincher y vista que fue, decidí agenciarme el dvd de su homóloga sueca para no hacer el ridículo, porque una cosa es dedicar varios días a leer un tocho y otra desatender la posibilidad de comparar mediante un vistazo de dos horas y media. Un tiempo de metraje excesivo que comparten ambas películas, siendo la de Fincher incluso seis minutos más larga: si en 2009 algunos dijeron que el metraje era un defecto, habrá que buscar ahora críticas de la misma fuente para comparar.

Los guiones de ambas películas se parecen como gotas de lluvia, no en vano beben de la misma fuente literaria, casi que calcándola, es un suponer: por lo menos, el guión de la versión estadounidense es casi que un plagio de la versión sueca: Un periodista que acaba de recibir un rapapolvo judicial por haberse dedicado a investigar a un personaje público sin haber tomado las debidas precauciones documentales es contratado por un potentado que vive en una gélida isla con el objetivo de averiguar qué pasó a una sobrina suya décadas atrás; el periodista acabará por recabar la colaboración de una extraña joven, una inadaptada social que teóricamente es una hacker muy espabilada, consiguiendo resolver una intriga familiar que comportará también dilucidar sangrientos asesinatos de jóvenes mujeres a lo largo de muchos lustros.

La película de Fincher cuenta con unos intérpretes muy populares gracias a sus intervenciones en películas pertenecientes a la industria hollywoodiense, pero lo cierto es que no pueden causar envidia alguna -más allá de sus emolumentos- a quienes se ocuparon de trabajar a las órdenes del danés Niels Arden Oplev que ya en 2009, dos años antes que Fincher, dirigió la primera película basada en la primera novela.

La principal diferencia va a ser la económica, porque mientras que Arden se dedica a filmar con tonos principalmente gélidos las acciones de sus personajes, con un ajustado presupuesto de trece millones de dólares obtiene unas ventas de ciento cuatro millones, y el amigo Fincher, contando con un presupuesto de entre noventa y cien millones de dólares, hasta el momento, con una mejor publicidad y distribución, lleva recaudados únicamente ciento dos millones de dólares, o sea, que está francamente muy por debajo de las expectativas, de lo que me alegro muy sinceramente.

Porque estamos ante un caso que no sabría si adjetivarlo como de estupidez, de engreimiento, de soberbia, o, quizás más simple, de imposibilidad de trabajar en algo original. Que el admiradísimo Fincher -por algunos, no por mí: debo ser el único al que Zodiac le pareció un latazo con muchos metros a cortar- se dedique a copiar una película europea distribuida apenas dos años antes me parece una sinrazón como me pareció que en su momento Scorsese dedicara su tiempo, antes tan apreciado, a remedar con Infiltrados un reciente éxito de cine asiático, aunque he de admitir que, por lo menos, la película de Fincher está bien filmada, es bastante entretenida a pesar que le siguen sobrando metros y la de Scorsese era sensiblemente inferior a la original.

Porque Fincher prácticamente repite sin aportar nada nuevo, lo que ya muchos vieron hace dos años. No hay excusa para perpetrar un refrito semejante, para demostrar una falta de vergüenza artística tan grande; saber además que están rodando las otras dos películas, que aparecerán este año y el que viene, es una cuestión que, si lo cuentan antes, nadie lo hubiera tomado en serio. Máxime cuando, por lo menos, la primera película, la que dirigió Arden, no cede artísticamente en nada y, además, se hizo con muchísimo menos dinero: vaya castaña comercial ha resultado el reputadísimo Fincher, contando con que en los USA su película ha gozado de una distribución que la europea ni en sueños tuvo.

Si tomamos en consideración el mundo televisivo desde los países nórdicos otras han sido imitadas por los estadounidenses, como Forbrydelsen que originó The Killing y no es más que un ejemplo de una conducta cada vez más extendida en el mundo audiovisual estadounidense que intenta fagocitar cualquier idea válida sin importarle un ardite remachar un clavo que todavía está caliente por su último martillazo allende los mares.

Que luego pretendan colarnos semejante producto ya raya en insensatez y desmesurada soberbia como dando a entender que el paso por su tamiz particular, que el simple añadido de un supuesto marchamo de calidad -que no es tal, que el pescado está muy caro- que le otorga la firma de gentes populares y famosas gracias a la mercadotecnia es suficiente motivo para suponer que se crea un interés por un producto que, en realidad, demuestra que hay una alarmante falta de ideas en la industria audiovisual estadounidense, cada día que pasa más propicia a mirarse complaciente el ombligo y olvidando que un día fue crisol de gentes llegadas de la vieja Europa que aportaron cultura, ideas y ganas de avanzar, además de obtener beneficios.

Si David O. Selznick levantara cabeza, no dejaría títere con la suya puesta.



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