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diumenge, 31 de desembre de 2017

Aquí está el vendedor de hielo (The Iceman Cometh)






Izquierda y derecha, las del espectador.

Esta sencilla indicación, archiconocida por los lectores de obras de teatro, suele encabezar los prolegómenos de cualquier pieza teatral; son unas pocas líneas destinadas a componer la escenografía e incluso contienen breves descripciones de los personajes: su edad, su profesión o dedicación principal, su apariencia; usualmente se describen conceptos generales, meras indicaciones que luego el espectador de la función teatral jamás conocerá salvo que pertenezca al escaso porcentaje de aficionados a leer teatro.

Cuando Eugene O'Neill empezó a escribir a finales de 1939 lo que acabaría siendo un clásico del teatro estadounidense a partir de su publicación, en 1946, quizás no lo hizo con el preámbulo: pero cuando decidió facilitar información fundamental para vestir su obra de teatro evidentemente dió por sentado que los lados, como siempre, serían los del espectador y no hacía falta declararlo.

Desde luego no se trata de un olvido y mucho menos de una brevedad mal entendida porque de todas las obras de teatro que este comentarista que suscribe ha leído hasta el momento nunca se ha encontrado con un cuidado y meticulosidad semejantes al exhibido por Eugene O'Neill en el prolegómeno de su pieza The Iceman Cometh. Y que además repite, incansable, en cada uno de los cuatro actos de su drama y también en alguna que otra acotación intercalada en el texto dramático. Conforme iba leyendo me sorprendía una y otra vez la voz del autor situando mobiliario, luces, cortinas, enseres, en unas descripciones pictóricas, detallistas, imaginativas, al punto de sugerir procedencias de lugares ignotos, que nunca aparecerán en la representación, como cuando señala unos "viejos manteles prestados por un cercano restaurante barato" (prolegómeno Acto II).

Esa labor evidentemente no concierne en modo alguno al espectador último de la pieza: la escribe Eugene O'Neill para que el escenógrafo, el director y los intérpretes tengan un agarradero, una orientación clara que identifique la escena, el escenario y los personajes: yo creía por momentos que había perdido la costumbre de leer teatro -de hecho es la primera de O'Neill que leo- hasta que leyendo en último lugar el análisis escrito por la traductora y editora Ana Antón-Pacheco para Ediciones Cátedra [2ª edición, 2017] (recomendable posponer el análisis, presentado en primer lugar, hasta leer la pieza principal: contiene chivatazos ineludibles y obviamente el lector que no conozca el drama se perderá fácilmente: es un error de la edición, en mi opinión: mejor el análisis detrás de la obra: más lógico y conveniente y en definitiva, el número de interesados en leer el análisis sin duda aumentará finalizado el drama) constato que ella también, remarca como extraordinaria esa parte literaria creada por el autor, bien diferenciada de la principal pero no por ello carente de interés más allá del descriptivo.

No puedo ni me corresponde glosar la figura de Eugene O'Neill, máxime cuando en la red hay datos suficientes pero por no ser tachado de vago y para situarlo brevemente, apuntaré que, aparte de ser un mal suegro para Charles Chaplin, cultivó amistades un poco revolucionarias de principios del siglo pasado cercanas a las teorías anarquistas, comunistas y socialistas, sin que O'Neill terminara por definirse claramente en ninguna de sus obras teatrales lo que convierte sus dramas en clásicos imperecederos al fijar la atención en los individuos que viven en sus historias, dotadas, eso sí, de un fortísimo contenido social.

En Aquí está el vendedor de hielo la preocupación de O'Neill por cuidar la estética de la dramaturgia consigue un texto muy rico, poliédrico, lleno de matices y significados: a cada uno de los personajes le asigna una historia propia -que se nos ha indicado en el prolegómeno- que de alguna forma condiciona la expresión verbal en un amplísimo abanico que va desde el habla propia de un extranjero que no sabe conjugar los verbos a la dialéctica propia de un licenciado en derecho de Harvard pasando por formas dialectales propias de los negros y de los inmigrantes italo-americanos y de las mujeres que se han visto abocadas a la prostitución en el verano de 1912 que es donde O'Neill sitúa la acción, cuando anarquistas, rojos y semejantes eran perseguidos pero bastante antes que fuesen furiosamente condenados en la caza de brujas coetánea con el estreno del drama que nos relata las relaciones de una docena de personas que están casi escondidas más que alojadas en un antro mezcla de pensión barata, bar de copas y casa de (malas) comidas, toda una fauna humana a cual más peculiar.

El texto de O'Neill explayado en cuatro actos transcurre en la planta baja de un viejo y andrajoso edificio propiedad de Harry Hope, desconcertante tipo que hace veinte años no sale a la calle y se lamenta que sus dos camareros le sisan y son unos chulos de putas, que son en realidad los únicos inquilinos de la pensión que pagan su alojamiento, porque el resto, todos ellos viejos conocidos por una causa u otra, hace mucho no pagan el alquiler y además el poco dinero que consiguen se lo beben trasegando el güisqui de garrafón hijo de padre desconocido que Hope sirve en sucias botellas: todos se conocen de años, salvo un joven recién llegado, Don Parritt, llegado de la Costa Oeste para hablar con uno de los huéspedes, Larry Slade, antiguo activista, a quien presume pueda ser su padre.

Todos ellos, huéspedes, camareros, dueño e incluso el negro encargado de la limpieza, Joe Mott, que se comporta como si fuese blanco, están a la espera de un tal Theodore Hickman, apodado Hickey, porque al día siguiente es el cumpleaños de Harry Hope y cada año aparece Hickey con su dinero para pagar el güisqui necesario a fin que todos agarren una descomunal curda.

Y Hickey llegará y nada será igual. El viajante, el vendedor de lavadoras, de lo que sea, llegará y les hará una propuesta que pondrá patas arriba su sistema de vida, atado a una claustrofobia enfermiza, malsana, con la muerte rondando en algunas mentes, expectantes de una solución que no aparece.

O'Neill desnuda el artificio de la sociedad rebatiendo con la presentación de estos individuos la idea del triunfo al alcance de la mano; la colección de dipsómanos que llena la escena no tiene otro futuro que llevarse al gaznate el amargo licor para permitirse entre sueños llenos de efluvios espirituosos jurarse a sí mismos que mañana tomarán una decisión y saldrán adelante. Todos menos Larry, que se auto-compadece a sí mismo mientras muestra compasión y cierta comprensión para sus vecinos de mesa, deseando en el fondo que le llegue el último suspiro y le otorgue el descanso final. No hay atisbo de esperanza para ninguno de ellos en el inicio y tan sólo la intervención de Hickey modificará su forma de afrontar la vida, ya en el tercer acto.

De cómo transcurre todo y de cómo acaba, dejaremos que cada quien lo descubra por sí mismo: baste para animar la lectura saber que O'Neill toca todos los palos: desde la problemática social a los desengaños sentimentales, desde los derechos raciales al maltrato y desprecio injustificado a las mujeres, destilando el conjunto una notabilísima crítica a la sociedad estadounidense de mediados el siglo pasado, perfectamente extrapolable al momento actual.

La obra es densa y compleja, fuerte como un tornillo que va aplastando, giro a giro, el ánimo del lector, insistiendo, machacando, exprimiendo, el mismo giro, una vuelta más y otra, ofreciendo unos monólogos intensos, fulgurantes, puntuados por frases, casi alaridos alocados no desprovistos de razón, en un conjunto que para cualquier intérprete representa un verdadero bombón, una oportunidad de lucimiento ante un público que será exigente porque de otro modo no se sentará en una platea para paladear semejante drama por casi cuatro horas: del mismo modo que se advierte ser una pieza suculenta para cualquier profesional del teatro, se advierte que precisa de un público preparado para semejante festín.

Desde su estreno en octubre de 1946, la obra se ha representado cuatro veces en Broadway; baste decir que en 1973 la repuso James Earl Jones, que en 1985 la representó Jason Robards, que en 1999 fue Kevin Spacey quien interpretó a Hickey y que el papel lo debe estar ya ensayando Denzel Washington, pues la va a reponer en Abril de 2018, empezando los pre estrenos el 22 de Marzo, así que si algún afortunado piensa ir en primavera a New York, ya puede ir pidiendo entradas, suponiendo que sea muy, pero que muy, capaz de entender el inglés americano.

La obra, como clásico del teatro estadounidense, ha aparecido en alguna ocasión en la televisión: en 1960 Sidney Lumet dirigió una versión encabezada por Jason Robards como Hickey contando con Robert Redford como Don Parritt: para quien no precise subtítulos, es fácil adquirir el dvd de la edición británica de la ocasión, por demás memorable, según he podido leer.

La última ocasión que se llevó a imágenes grabadas el drama fue en 1973 (las razones por las que ha transcurrido tanto tiempo nos llevarían a una conversación que sin mesa por en medio resultaría triste) y el encargado de dirigirla, por encargo del American Film Theatre, fue John Frankenheimer, apoyándose en un guión escrito por Thomas Curtiss que denota cierta censura en el lenguaje pues los tacos existentes en mi libro no aparecen en parte alguna y además ha podado un poco el texto, al punto de eliminar un personaje secundario, también, seguramente, en aras de conseguir reducir un poco la duración de la representación, que aún así se sitúa en las tres horas.

La versión, titulada como el original The Iceman Cometh la podemos ver traducida como El repartidor de hielo y está encabezada por Lee Marvin como Hyckey, pero cuenta con dos notables actores, Fredric March y Robert Ryan, precisamente erigiéndose en la última película rodada por ambos, trágica coincidencia que la empareja con otra pieza escrita por un dramaturgo, que ya vimos hace un tiempo aquí.

Ciertamente, ver la versión de Frankenheimer después de leer el texto original causa dos sensaciones: una de extrañeza porque los tipos no coinciden ni físicamente ni por edad con los que O'Neill se ha esforzado en describirnos en sus célebres prolegómenos y otra de admiración porque en lo fundamental el texto está salvado sin miedo ni pánico escénico cinematográfico, sin rehuir los densos y extensos parlamentos que requerirán dos conceptos a cumplimentar:

De una parte Frankenheimer demuestra haber estudiado muy bien la descripción minuciosa de O'Neill pues recrea el ambiente como se parió consiguiendo una atmósfera cerrada en la que únicamente faltaría el humo de unos cigarros que O'Neill tampoco sitúa, extrañamente, mientras la cámara se mueve con soltura usando los cambios de eje muy fluídos para alimentar el ritmo pausado, firme y agobiante de la acción que no rechaza en absoluto su origen teatral, pero aprovechando todos los recursos cinematográficos para puntuar y enaltecer los sentimientos soterrados en unas frases que reciben todo el espacio requerido para llegar al espectador con fuerza, manteniendo, llegado el cuarto acto, un monólogo en una sola secuencia gracias a un estudiado guión técnico en el que el travelling entre las mesas (en 1973 la steady cam era una utopía, un sueño de camarógrafo) acompaña a Hickey mientras cuenta a sus queridos amigos toda su historia.

De otra parte, la presencia de un elenco de intérpretes que quita el hipo: Lee Marvin se aprende de memoria un parlamento cercano al cuarto de hora y lo declama con naturalidad magnífica un pelín lastrada por su habitual hieratismo pero atrapa la cámara y la domina mientras ella le persigue por doquier captando todos los matices en una actuación sobresaliente sin corte alguno, un verdadero tour de force al alcance de pocos privilegiados y tiene que poner el amigo Marvin toda la carne en el asador porque ahí están, frente a él y dispuestos a todo dos verdaderos monstruos, en su último trabajo, Fredrich March y Robert Ryan, magistrales ambos, de quitarse el sombrero y rebobinar porque ya nadie sabe escuchar como lo hace Ryan frente a un joven Jeff Bridges que como Don Parritt cerca una y otra vez al viejo anarquista Larry Slade hasta conseguir de él lo que no le quiere dar.

Esta versión de Frankenheimer para la televisión, de tener algún defecto, sería más de carácter técnico que cualquier otro, porque la filmación de la época en televisión no disponía de los medios que ahora conocemos y la imagen se resiente un poco, con un color desvaído en el conjunto que se nota impuesto, no deseado, a pesar que no le va nada mal al ambiente creado por O'Neill. Frankenheimer no busca aparentar que no se trata de una obra teatral pues incluso se permiten unos letreros señalando los cuatro actos, lo que lleva a imaginar inmediatamente que son momentos idóneos para insertar pausas publicitarias, pero la extensión de los parlamentos y su densidad, que revelan automáticamente el origen escénico, en buena parte ceden y son compensados por la técnica del director que además de dirigir de forma sobresaliente a un elenco en estado de gracia (no puedo dejar de citar a Bradford Dillman como Willie Oban) sabe mover la cámara huyendo del estatismo teatral pero sin usar ángulos extravagantes ni ópticas inadecuadas, como en la época algunos ponían en práctica con claro abuso del zoom, más propio de la tele que del cine, consiguiendo Frankenheimer que la cámara se convierta en el ojo ávido del propio espectador que pudiera entrometerse con todos esos personajes que toman vida gracias a una revisión magnífica, imperdible para el cinéfilo y absolutamente imprescindible su visión en v.o.s.e. para el amante de las grandes actuaciones, aquellas que consiguen sobrecoger el alma.

De verdad de la buena. ¡Y Feliz Año Nuevo!











12 comentaris :

  1. Esta peli la tenía apuntada desde hace años (pero no la he visto). Tampoco he leído la entrada (mi mujer y yo nos vamos, que hay mucho agobio en este bar). Paso para desearte un feliz 2018... Ya te comentaré cuando lea la reseña y si veo la peli.

    Un abrazo!!

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    1. Feliz Año, David: esta película la tienes que ver y además, por si no has leído la pieza de O'Neill, deberías leerla, porque te va a encantar, fijo.
      Un abrazo.

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  2. Menudo texto te has marcado, sire.
    Desconozco la novela y la adaptación. Poco puedo añadir, salvo tomar nota.

    Y ante todo desearte un feliz año y la posibilidad de que esto sea (ya no el comienzo, obviamente) sino el camino, recorrido y por recorrer, de una gran amistad bloguera, Loui.;)

    Besos. Milady

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    1. Hago lo que puedo, Milady: hago lo que puedo.

      Toma nota y apúntate que tanto la pieza como su versión en imágenes rebosan de seriedad y dramatismo sin un ápice de humor que permita aligerar el conjunto.

      Por supuesto una relación bloguera de tanto recorrido está bien consolidada, sin dudas, Milady. Si queda mucho o poco camino, es algo que ya se irá viendo...

      Besos.

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  3. Estupendo, amigo Josep. Me encanta Eugene O'Neil, tanto como Ibsen o Samuel Beckett, por nombrar solo a tres tipos muy pesimistas.
    Oona, que fue novia de J. D. Salinger y luego se casaría con Charlie Chaplin, mucho más viejo que ella. Sí, puede que fuera Chaplin un mal suegro para O’Nell, pero el cómico dijo una vez: “Una vida se compone de cuatro o cinco episodios fundamentales, todo lo demás es solo una copia de esas jornadas claves”. Esto lo podría haber dicho también O’Nell. En lo esencial se complementaban. Te recomiendo el precioso libro de Frédéric Beigbeder titulado Oona y Salinger, donde habla de todas estas cosas, incluido a Eugene O’ Neil, entre otras cosas. Por otro lado, sé de tu pasión por las lecturas teatrales; algún día hablaremos de todo esto, mi querido amigo. Si tuviera que hacerte una lista de las cinco o seis obras de teatro que más admiro y releo sería estas: El misántropo, de Moliere, El enemigo del pueblo y El pato salvaje, de Ibsen, Medida por medida y El rey Lear, de Shakespeare, Luces de bohemia, de Valle-Inclán y Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, que inauguraría para siempre el teatro del absurdo, luego vendrían Ionesco y Beckett con aquellos dos idiotas esperando en un camino junto a un árbol raquítico a un tal Godot, que como es evidente, nunca llegaba. ¿Por dónde iba? Ah, sí, O’Nell y Aquí está el vendedor de hielo y Hughie. Antes de todo quiero anticipar que cuando vi de niño en el programa Estudio 1; Doce hombres sin piedad, me quedé patidifuso ante la atmósfera cerrada y agobiante de aquel verano. Aprendí lo mucho que se podía decir en un solo espacio. Qué interpretaciones y qué maestría de dirección por parte del gran Gustavo Pérez Puig. Desde aquí mi más sentido pésame al actor recientemente fallecido Pedro Osinaga. Luego, también me gustó mucho la versión de Sidney Lumet, pero ya me pilló más grande y con la retina llena de aquellos maravillosos actores españoles. ¡Bien por Reginald Rose, el padre de la criatura! Tengo el librillo de esta sensacional obra y lo guardo como oro en paño. ¿Por dónde iba? ¡Malditas digresiones! Ah, vale, O’Nell también es un maestro de los ambientes claustrofóbicos en el que una serie de personajes de debaten infructuosamente, atrapados en sus propias fantasías. Sus sueños ilusorios son producto del fracaso absoluto de las expectativas alimentadas por los personajes, o por la opacidad de un mundo que no alcanzan a entender. O’Nell ha creado personajes sumidos en un estado de completa entropía, y, ahí está esa maravillosa edición de Cátedra con una portada que le viene la mar de bien; Noctámbulos, del poeta Edward Hopper. Hay que ver lo bien que narraba Hopper en sus cuadros, mi querido Josep. Y de la película de Frankenheimer (siempre he dicho que este apellido me suena a Frankenstein), te la comentaré en otro momento. Lee Marvin está genial.

    Se acabó, en el recuadro del comentario ya no me deja seguir escribiendo.

    Un fuerte abrazo y un feliz 2018, amigo mío.

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    1. Tomo nota, amigo Paco, de tu recomendación libresca referida a Beigbeder: tengo en lista ya El pato salvaje de Ibsen , que no he leído, y que es referenciada en abundancia por la traductora de la pieza de 0'Neill que causa estas líneas tuyas y mías como una influencia notoria en lo dramaturgo, así que ha de caer un día u otro. Tengo en la estantería las obras completas de Molière y también del Bardo y van cayendo poco a poco, algunas en placentera relectura: es apasionante comprobar el desarrollo de la dramaturgia a lo largo de los siglos, empezando por los griegos y constatar que las mejores piezas siguen conservando las propiedades que las han convertido en perennes.

      Tengo también esa pieza de Reginald Rose, justo al lado de las dos de Frederick Knott, Crimen Perfecto y Sola en la oscuridad: algunos dramaturgos tuvieron la suerte de cara en las versiones filmadas, está claro. Aunque sin duda, una buena historia bien fundamentada y escrita, ayuda no poco a la hora de pergeñar un guión, como bien sabes.

      Un abrazo y Feliz Año 2018: que el cine nos sea grato en abundancia.

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    2. El misántropo de Molière es la obra de mi vida. Todavía se sigue estrenando en cualquier teatro del mundo. La obra arranca en una fiesta falsa e hipócrita, y allí estoy yo, perdón, el personaje, totalmente desubicado, tanto por el entorno como por su época. Sencillamente magistral. Y El pato salvaje te gustará porque sigue siendo de rabiosa actualidad. El personaje es una persona tan herida que se compara con el ave que es abatido por una perdigonada y lo deja sin alas. No muere, pero jamás podrá emprender el vuelo.

      Más abrazos, amigo mío.

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    3. De Molière prefiero sin duda El enfermo imaginario, quizás máscargado de ironía. Esa de Ibsen me gustará, seguro. Nuestro Fernando Fernán Gómez hizo una extraordinaria versión de El enemigo de un pueblo, años ha.
      Abrazos.

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  4. La década de los 60 correspondió a los realizadores de televisión, que habían empezado su carrera en dicho medio y que luego se habían pasado al cine con armas y bagajes. Sin embargo, el movimiento había comenzado a mediados de los 50, con títulos como Donde la ciudad termina, de Martin Ritt, The Young Stranger, de John Frankenheimer (ambas de 1956), El precio del éxito, de Robert Mulligan, y Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet (ambas de 1957). Pero todo esto es un tema aparte, pero no exento de interés, amigo Josep. ¡Directores que venían de la televisión! ¡Y qué directores, joder! ¡Y qué películas! Ya hablaremos de todo esto en su momento. Por cierto, mucho de lo aquí escrito lo he robado de mi sumergido blog, sobre todo de un artículo que dediqué a toda la obra de Frankenheimer.
    Con la acogida igualmente poco entusiasta a Orgullo de estirpe (1971), Frankenheimer se encontró con cinco fracasos consecutivos en su carrera. El pobre se retiró a Francia y decidió estudiar cocina, pero nada que ver con Chicote y todo el maldito movimiento mediático por parte de estos capullos. Pero allí le surgió la oportunidad de dirigir L' impossible object (1973), un título con grandes aspiraciones artísticas, pero que solo se ha exhibido en festivales de cine. La racha de mala suerte continuó para Frankenheimer. El productor de Chacal (1973) no quiso saber nada de él, y Robert Redford, estrella y productor de Todos los hombres del presidente (1973), pensó en él para dirigirla, pero se decidió finalmente en favor de Alan J. Pakula.

    A pesar de todo, Frankenheimer volvió a Estado Unidos para rodar en 1973 The Iceman Cometh, y demostró que, si contaba con un guion sólido y buenos intérpretes, podía dirigir con mano maestra temas intimistas en los que lo más importante fuese la interrelación entre los distintos personajes. En fin, que, a mi juicio, hay que reivindicar el cine de John Frankenheimer, incluso sus peores filmes, que ya empiezo a encontrarle cosillas positivas que no veía entonces.

    Un abrazo, amigo mío.

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    1. Esa generación de directores que se entrenaron en la televisión ofreciendo obras memorables en algunos casos no acabó de obtener en el cine merecidos logros, quien sabe porqué causa. Creo que el Chacal de Zinnemann es una versión insuperable de la novela de Forsyth y desde luego, Frankenheimer dejó el listón muy alto en 1962 con El mensajero del miedo, otra película que padeció un refrito innecesario en 2004, fíjate, querido Paco, en una cosa protagonizada precisamente por Denzel Washington, justo el que se está preparando para interpretar a Hickey.
      La de vueltas que da la vida, las coincidencias que nos ofrece y las miserias que hay que soportar.... jajajaja...
      Abrazos.

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  5. Muy feliz Año, Josep! Veo que el bueno de Hooper da para muchas portadas de libros, "Los noctámbulos" debe tener el record. Me interesa mucho esa película, de O´Neill sólo he leído "Larga jornada hacia la noche" cuya versión teatral en los setenta fue producida nada menos que por Charlton Heston.
    Saludos!
    Borgo.

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    1. No te lo creerás, Borgo, pero cuando vi la portada me acordé de tí. Siempre prefiero una buena ilustración original que el manido recurso de tirar de archivo, por mucho que sea un Hooper mutilado, lo cual además me resulta una afrenta, pues se debe respetar la obra original y no cambiarla en nada.
      La película es muy interesante, casi tanto como la pieza teatral. Ignoraba que Heston se hubiese dedicado ni someramente al mundo escénico: habrá que investigarlo, por si hay alguna rareza estimulante.
      Un abrazo.

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