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dimecres, 25 febrer de 2015

TC 35 Hasta que llegó su hora


Hace dos días coincidíamos en destacar el numeroso conjunto de secundarios que comparecen en una de las mejores películas del pasado año, en actuaciones que casi podrían denominarse con esa palabra específica y rara de "cameo" y mira por donde resulta que siendo de advertir, no es ninguna novedad.

En el lejano 1968 pude ver en el mismo cine una película que con el tiempo ha devenido para algunos en obra maestra y que para mí siempre ha sido una gran película con algún que otro exceso: uno, evidente, es llamar a colación en intervenciones de artista invitado a grandes, enormes secundarios de la época del cine clásico, tipos que ya entonces pertenecían por méritos propios a la Historia del Cine.

El apasionado Sergio Leone, fagocitador de westerns de todas las épocas pretéritas y creador con un estilo propio reconocible, agarró el teléfono y convenció nada más y nada menos que a Jack Elam y Woody Strode para que calentaran el patio de butacas en la escena inicial de una de sus películas más ambiciosas, conocida entre nosotros con el título de Hasta que llegó su hora.

La sangre adolescente que ya tenía un hervor cinéfilo se revolvía con esos planos sostenidos y calmados y la tensión que esos malditos ladrones de escenas procuraban atrayendo el interés de un patio de butacas que gritó asombrado coreando el primer tiroteo de la sesión:

Si esto empezaba así........

........ la cosa prometía...

N.B.: Escena inicial, tamaño grande o más grande, aún

La película, que supongo todos habrán visto ya (y si no, pueden verla aquí) cuenta con un reparto fantástico en el que sorprendió, lo que son las cosas, no la belleza de Claudia Cardinale (que también, claro) sino la gélida mirada de Henry Fonda en la primera ocasión que recuerdo haberle visto en color, porque antes lo había visto en muchas películas, pero siempre en la tele y en blanco y negro....

El póster lo tuve en la pared durante años: siempre me gustó.




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diumenge, 22 febrer de 2015

Esa copita




Uno se sienta en la oscuridad del patio de butacas y abre los ojos para absorber todo lo que la pantalla es capaz de ofrecer.

En algunas, pocas, escasas ocasiones, hay un festival de imágenes bien entrelazadas que de inmediato producen una especie de euforia en el cinéfilo que, hambriento de cine, se frota los dedos porque percibe que quien está al mando se ha decidido por una vez a presentar gráficamente ideas que habrá que ir desgranando lentamente, con fruición.

Uno, que se alinea con los cinéfagos ya sin recato alguno a estas alturas, atisba de repente algo que llama la atención por insólito, desconocido: mecachis en la mar, porque el torbellino acaba de empezar, como quien dice y queda en la retina y en el ánimo suspenso una sensación que algún día habrá que aclarar: hay por ahí una copa diminuta que no ha pasado desapercibida al mirón empedernido, ojo avizor, empecinado en que todo lo que sale en pantalla tiene su porqué...

Esta ha sido la primera ocasión en que quien suscribe ha visto -y degustado- una película de Wes Anderson, del que se tenía noticia leída pero no vista, así que las sensaciones que produce (en realidad, produjo, pues los hechos primigenios acontecieron meses ha) su última película son nuevas absolutamente y ha sido un plato de buen gusto, reconfortante al extremo que, hallándose al alcance el dvd con la versión original, el bis estaba asegurado.

Me refiero, claro está, a The Grand Budapest Hotel (El gran hotel Budapest) que, visto lo visto (que no ha podido ser todo lo deseado) del año pasado, posiblemente sea una de las mejores, sino la mejor producción estadounidense de 2014 (esta noche, si nada falla, veré The Imitation Game) y desde luego una verdadera sorpresa para este cinéfilo que no esperaba cosa semejante.

Dice Anderson en los comunicados mercadotécnicos que se inspiró en sendas novelas del ahora semi desconocido Stefan Zweig para pergeñar un guión que él mismo se ha ocupado en dirigir y no hay porqué desconfiar de su palabra ya que desde el inicio la literatura está presente en esta buena pieza que no puede faltar a ningún cinéfilo que se precie: nos hallamos ante un esquema literariamente conocido por su solidez: en el inicio una jovencita homenajea al "escritor" ante su efigie y de colofón se dispone a leer su novela que será lo que en imágenes veremos, recuerdos de recuerdos de vidas vividas con pasión lo que no quiere decir apasionadamente ya que las formas educadas marcarán la diferencia entre gentes cultas, educadas y tolerantes y bárbaros despóticos y dictatoriales.

Cuando vi la película en el cine me quedé pasmado y declarado incapaz de escribir una sola línea coherente porque la multitud de sensaciones que la misma produce en un ánimo calmado pero atento a la pantalla es parejo a la embriaguez dichosa de quien asiste por primera vez a una bacanal.

Ha tenido que ser la disposición de la tecla de pausa, parar y revisar, la que ponga las cosas en su sitio mínimamente, como (me) ocurre con los libros bien escritos: y entonces, ¡ay! ha aparecido como no podía ser otra forma, el vivo recuerdo de la copita.

No una copichuela, un chupito, no; nada de eso: una copa pequeña, diminuta, delicada, de cristal, que aparece de repente cuando puestos ya en materia, Mr. Moustafá ha invitado al Joven Escritor a cenar para contarle los avatares de su vida: la ofrece cuidadosamente el maître soumiller para que Mr. Moustafá, dueño del hotel y su historia, cate la bebida que va a acompañar los suculentos manjares escogidos para la ocasión, una de esas cenas pulcramente literarias en las que un comensal cuenta a otro riquísimas anécdotas que conforman una azarosa vida y a tal efecto, además, le invita a degustar una bien dispuesta mesa.

Una copita que me llamó la atención en el cine y que me hizo levitar en la seguridad que el director se disponía a regalarnos los sentidos, porque yo jamás había visto servicio semejante.

Porque no lo hay: buscando afanosamente en la red, hallé lugares interesantes que hablan del protocolo de la sumillería y me quedé patidifuso pero no solventé la cuestión fílmica, así que cuando lógicamente me dispuse a repasar la pieza en su versión original el alto en la escena estaba garantizado y mira por dónde resulta que en la misma se observa un fallo de ràcord escandaloso porque la servilleta que protege la manga del sumiller aparece y desaparece como por arte de ensalmo en dos sucesivos saltos de eje, lo que me llevó a declararme tonto por fijarme en detalles nimios que no sirven al conjunto.

(Que digo yo que igual Anderson encargó a su ayudante que filmara el ir y venir de esa copita y luego pasó lo que pasó, que algunos no pasan nunca de ayudantes y es por algo)

Lo que cuenta, no obstante, es la intención y el desarrollo del conjunto: asistido como está Anderson de un elenco que quita el hipo (vaya pandilla de secundarios: dan miedo) se dedica a poner en imágenes una trama que bebe directamente de las fuentes de la novelística clásica de mediado el siglo pasado y medio en risa medio en serio dispone una aventura rocambolesca que sin alterar el ánimo lo mantiene en un breve suspenso interesado por el devenir de un relato que siendo clásico no es caduco, trufado de dobles lecturas y guiños que se van descubriendo lentamente, repleto de referencias ciertas o inventadas que harán las delicias del espectador que, atónito, siente las cosquillas que a su intelecto produce una película que no parece tener más -ni menos- pretensión que la de avivar la imaginación del público.

Alguien, al salir del cine, decía que resultaba una exageración increíble y fuera de toda razón la continuada referencia al pastelero Mendl al igual que los aromas del Air de Panache, pero hete aquí que, meses después, me encuentro con la irrefutable prueba: "cómo hacer la Courtesan au chocolat de Mendl's" lo que demuestra que esta buena pieza de Anderson no tan sólo por una muy eficaz mercadotecnia consigue trascender la pantalla, como ocurre, por ejemplo, con las recetas que nutren a los mafiosos al servicio del clan de los Corleone, pero eso ya si acaso, sería otra entradilla la mar de nutritiva, también.

El cuidado riguroso de Anderson con esta película, el mimo excesivo por los detalles, con la excepción que confirma la regla del fallo de ràcord hallado casualmente, produce una sensación de plenitud en el espectador que de inmediato es consciente de hallarse ante un trabajo bien hecho y medido rigurosamente por el director que incluso se permite jugar con la memoria gráfica del veterano cinéfilo: no hay más que percatarse de la forma en que corren los protagonistas, elevando ostensiblemente las rodillas, exagerando el gesto, recordando su silueta los grandes mimos del cine silente usando su cuerpo para expresarse.


En el apartado interpretativo Anderson, que cuenta como ya he señalado con una banda de secundarios dispuestos a partirse un diente para robar la escena, demuestra tener las ideas muy claras de lo que pretende y desea comunicar y descansa todo el peso de la función en un infra valorado Ralph Fiennes que hay que disfrutar, sí o sí, en versión original y a todo trapo, una demostración -por si había alguna duda- de la enorme panoplia de recursos al alcance del muy versátil británico que nos regala un trabajo perfecto, idóneo al personaje ciertamente complejo y disparatado que lidera toda la aventura, secundado -y nunca tan oportuno el adjetivo- por el joven Tony Revolori que se hace imprescindible y verdadero co-protagonista de una trama por momentos alocada, romántica y siempre maravillosamente irreal que pasa en un suspiro.

Es cuando ya has acabado de verla que te percatas de la estupenda banda sonora, de la acertadísima caligrafía cinematográfica que usa todos los planos imaginables sólo para reforzar la casi surrealista historia y una fotografía que permanece al servicio de la película recreando con esas luces opalinas un ambiente que se identifica como añejo al instante.

Un conjunto absolutamente imperdible que reconcilia la alegría de la fantasía bien hecha con las ideas transitando desde la pantalla hasta el patio de butacas, absorto, sorprendido hasta que la vuelta a la realidad propicia el fin con el cierre del libro que se nos ha leído.

Plus: La página de la película

post-data: dándole vueltas y vueltas, compruebo que el fallo de la servilleta quizás no lo sea exactamente de ràcord, porque lo que se ve es cambiar la botella de champagne de mano derecha a izquierda, permaneciendo la servilleta en la mano, dejando desnuda la botella en la mano izquierda, algo inusual, ciertamente, pero no estrictamente fallo de ràcord, tal como lo entendemos. Un mal servicio del sumiller, en todo caso, pues con la servilleta desplegada roza el plato del comensal, algo que Mr. Gustave hubiera deplorado profundamente...






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diumenge, 8 febrer de 2015

Don Pedro, Don Manuel y yo





Hoy, amigos, no vamos a hablar de cine: bueno, un poquito sí, pero sólo como referencia vital.... ¿os parece bien?


Norman Tealby (1928)


Tengo en mi colección de vinilos, desde hace muchos años (la grabación es de 1977, pero seguro que lo compré en los ochenta primerizos), una versión del ballet El sombrero de tres picos basado en la célebre novela corta de Don Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) reducido convenientemente a libreto por el hoy casi desconocido Don Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) (del que con malicia aventurera se podría hacer una película semejante a Big Eyes) y musicado por el no menos célebre internacionalmente Don Manuel de Falla (1876-1946)

El disco en cuestión, versión de Seiji Ozawa dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Boston con la intervención de Teresa Berganza (la mejor mezzosoprano que jamás ha existido) lo escuché tantas veces que casi me sé de memoria las notas.

Cuando leí en la contraportada el artículo de José Luis García del Busto, hice lo que entonces podía hacer de inmediato: comprar y leer ávidamente la novela de Don Pedro Antonio, del que ya había leído, cuando hice el bachillerato, El Capitán Veneno.

El sombrero de tres picos no me lo hubiera recomendado mi profesor de Literatura de cuarto porque se habría ganado una bronca y sin ser especialmente beligerante ni atrevida, sigue siendo una pieza corta muy bien escrita que, formando parte como es natural del acervo cultural, puede obtenerse legalmente en diversos enlaces:

El sombrero de tres picos (facsímil, con el prefacio del autor ) (En formato html sin prefacio)

Facsímil de la edición norteamericana de Simon & Schuster (traducida en 1928) con unas magníficas ilustraciones de Norman Tealby

Los facsímiles se pueden descargar: hay un icono en lo alto de la columna izquierda.

Como es natural, lo mismo que me ocurre con el Preludio a la siesta de un Fauno (de Debussy), o el Bolero (de Ravel), por citar dos ejemplos coetáneos o casi, cuando escucho la música me gustaría ver también el ballet.

Ha querido la casualidad que andando por el éter a raíz de haber visto Whiplash buscando ejemplos que se adecuaran a la pasión compulsiva de los protagonistas, hallara, como ya quedó enlazada, una afirmación de la bailarina española Aída Gómez en la que hacía referencia a su relación con el bailarín Antonio, al que de adolescente veía en la televisión en blanco y negro constantemente adulado y de una cosa a otra fui a parar al ballet de El Amor Brujo, también de Falla, que ya vimos hace muy poco, en una película curiosa, Luna de miel. (Esta tediosa explicación se la debía al amigo Víctor, que se preguntaba el porqué, y espero que quede satisfecho con ello)

En la coreografía de El Amor Brujo comparece, coprotagonista, el gran Leonide Massine, que, mira por donde, fue quien, trabajando en los Ballets Rusos de Diaghilev, se encargó de realizar la coreografía, en 1919, del ballet de El sombrero de tres picos, con una escenografía y figurines realizados, a tal efecto por Pablo Picasso, hecho que yo ya conocía, por haber leído en muchas ocasiones la contraportada de mi preciado vinilo.

El mundo es un pañuelo, sí.

Ahora que tenemos internet, que menos que buscar por ahí esa coreografía de Léonide Massine, para la ocasión interpretada por el francés patrick Dupond : La Farruca, Danza del molinero

Lo que pasa es que uno es lo que vulgarmente se llama "culo de mal asiento" y no me quedé muy satisfecho que digamos, así que, volviendo al más reciente origen de todo el tinglado, repasé una vez más la entrevista a Aída Gómez y efectivamente ahí estaba una buena pista para lo que yo quería, justo en el primer párrafo, antes de empezar: hubo un ballet en 1997 y tenía que haber alguna grabación.

Cabe suponer que las relaciones entre grandes bailarines son todo lo fáciles que el momento permita pues los genios tienen su pronto, pero sin duda les caracteriza el trabajo intenso: en el ballet, probablemente el Arte más físico, el esfuerzo será más agotador y el paso del tiempo un lastre a la perfección del empeño: Antonio, sin duda conocedor de la coreografía del colega Massine, decidió realizar la suya propia teniendo en mente la escenografía y los figurines de Picasso y sobre todo la fuerte raíz flamenca de la composición del maestro Falla. La coreografía de Antonio triunfó en 1958, justo un año antes de estrenarse Luna de miel.

La coreografía de Antonio se basa en la llamada danza bolera que exige formación especializada y un más que considerable esfuerzo físico para dar esa sensación tan engañosa de fácil ligereza.

Después de todos estos avatares acabé hallando lo que buscaba y puedo afirmar que desde que lo encontré, hará quince días, lo he visto por lo menos cuatro veces.

Aquí tenéis, por si no lo conocíais, el ballet de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla, escenario y figurines de Picasso (éstos realizados en ¿Birmingham?), según la coreografía de Antonio, con el que se reinauguró el Teatro Real de Madrid en 1997, retransmitido por TVE y que, tonto de mí, no ví en su momento.

Pablo Picasso (1919)

La compañía de Antonio Márquez con Aída Gómez , ballet completo (40 minutos que pasan en un suspiro) El sombrero de tres picos (1997)

Me faltan palabras para expresar los sentimientos que me produce ésa representación, para mí una obra maestra, redonda, perfecta, increíble: un verdadero regalo para todos los sentidos que me encantaría poder comprar en un dvd con la resolución y el sonido que se merece, porque piezas como ésta no suelen verse a menudo. Espero que os haya gustado tanto como a mí.

Del ballet, de los escenarios y figurines, de la propia novela corta de Alarcón, sin duda hallaréis en la red decenas de sitios donde informaros mejor que aquí, contento con haber proporcionado el aviso de la existencia de esta memorable pieza de arte español por los cuatro costados.

Y ya que estamos en un día especial con excepciones, añadamos un par de propinas:

La versión que con motivo del festival anual BBC PROMS presentó la compañía de Antonio Marquez con Sara Martin en unas condiciones harto difíciles, con un resultado sorprendente que dejó a los británicos entusiasmados: El sombrero de tres picos (2013)

Es de advertir alguna pequeña diferencia entre la velocidad estratosférica de 1997 y la de 2013, no en vano, amigos, transcurren dieciséis años, lo que significa que el gran Antonio Márquez contaba ya con cincuenta tacos de nada que, visto lo visto, hace pensar en Mefistófeles, porque el bailarín, en el mismo festival, lleva adelante la coreografía del Ballet del Bolero (2013)





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dijous, 5 febrer de 2015

Whiplash




Pablo Picasso desvelaba el secreto del genio: procurar que la inspiración, cuando llegara, le encontrara a uno trabajando.

Ladislao Kubala fue un maestro en el lanzamiento de balones de fútbol a balón parado, consiguiendo con aquellos borceguíes de hace más de medio siglo y aquellas pesadas pelotas de cuero atado unos efectos que sorprendían a los cancerberos enemigos y su arte no era casual: cuando los demás se iban a casa, él quedaba en el campo ensayando una y otra vez, con la izquierda, con la derecha, con la izquierda, con la derecha.

A William Wyler le apodaban "99 takes Willie" porque, en su loco afán por conseguir la toma perfecta, repetía una y otra vez el mismo corte: luego los actores que dirigía obtenían el premio Oscar, pero decidían que era insufrible trabajar de aquella forma y algunos rechazaban repetir con el maestro.

La gran bailarina española Aída Gómez suele recordar su aprendizaje bajo la tutela de Antonio Ruiz Soler y expresa el alto nivel de exigencia del bailarín y coreógrafo que ella comprendió y admitió a sus catorce años porque se dió cuenta que era un genio de la danza y tenía la suerte de aprender de él, directamente.

El talento sólo no basta: hace falta trabajar duro.

El joven Damien Chazelle tenía una idea y a falta de fondos, consiguió convencer al veterano J.K. Simmons para que protagonizara un cortometraje a modo de ensayo general: un profesor de música y su relación profesional con un estudiante: el proyecto, una reducción de un guión más amplio, consiguió triunfar en el festival de Sundance 2013 y como consecuencia obtener fondos para filmar un largometraje, cabe suponer que siguiendo el original.

En buena lógica, Chazelle mantuvo a J.K. Simmons para incorporar al educador musical pero, por motivos que él sabrá, cambió al otro Simmons, Johnny, por el también joven actor Miles Teller para interpretar al educando aspirante a baterista.

Parece ser que Chazelle en su juventud más temprana formó parte de una banda de música y debió quedarle el ánimo prendido por la idea de llevar a la pantalla parte de sus experiencias: las relaciones entre maestro y discípulo no son muy originales ni novedosas en su esencia, no en vano podemos fácilmente remontarnos a los verdaderos clásicos y me refiero expresamente a Pigmalion y por supuesto a su versión cinematográfica por excelencia en el musical de My Fair Lady que ya tratamos aquí hace tiempo.

Falto sin duda de la genialidad de Bernard Shaw, el joven Damien Chazelle nos hurta la posibilidad de contemplar la pasión arrebatadora que el arte puede llegar a producir en personajes sensibles y opta, de forma un tanto sorprendente, por emular a través de su protagonista adulto, Fletcher, unos modos y manejos que a los pocos minutos de iniciarse la película traen a nuestra memoria cinéfila el personaje del sargento Foley, dedicado a machacar -con todo el cariño, eso sí- al aspirante a Oficial y Caballero, Zack Mayo.

Sería desconsiderado y quizás excesivo asegurar que una buena traducción - traición- adaptación del título Whiplash (que lo es de una composición jazzística) para el público español podría ser ajustadamente "La nota con sangre entra" pero no andaríamos muy alejados de la sensación que permanece una vez transcurrida la hora y media larga de metraje que probablemente se antojará más larga a todos aquellos cuya sensibilidad por la música de jazz sea nula, porque Chazelle -seguro amante del jazz- se muestra incapaz de filmar casi nada que no sea en torno a la música, su aprendizaje y ejecución, desechando en mala hora la posibilidad de humanizar su relato en torno a personajes que sienten pasión por la música: hay en la película algunos momentos que le otorgan un sentido especial, pero Chazelle inexplicablemente los aborda con brevedad con un pudor que se antoja excesivo, como no queriendo profundizar en la psicología de unos tipos dotados de perfiles básicamente interesantes, dotados de una pulsión artística que domina su forma de entender la vida.

Así, ese profesor de música que lidera la banda de la escuela, Fletcher, se comporta con los modos de un instructor militar de la vieja escuela creyendo que en la desesperación el genio halla la fuerza para seguir adelante y alumbrar un camino mejor sin saber diferenciar trabajo duro de trato inhumano partiendo de una convicción plausible que define muy bien: nada ha hecho más daño al arte que dos palabras: "buen trabajo".

La conformidad está reñida con el camino a la perfección que siempre producirá en el artista la angustia vital de hallarse o no en él: la duda, la incertidumbre, la falta de seguridad nunca han sido ajenas al alumbramiento de obras maestras y únicamente los necios piensan que aciertan siempre a la primera. Chazelle no se atreve a adentrarse y profundizar en sentimientos dolorosos y felices y simplemente sobrevuela una relación de aprecio y odio entre enseñante y aprendiz, unidos ambos por un destino deseado que les supera condicionando su actitud con unos requiebros en su conducta que no acaban de estar todo lo bien escritos que sería de desear: seguro que la concurrencia de algún guionista con más experiencia y oficio (difícil de hallar en la industria del cine actual) hubiera proporcionado a la trama una solidez e interés más firmes así como unos diálogos más seductores y sensibles.

Chazelle filma bien las escenas de la instrucción musical y de los conciertos pero a pesar de ello el ritmo del conjunto se resiente de la reiteración, casi complaciente, del guión: precisamente recordando el conjunto días después, viene a la memoria lo de "buen trabajo" como causa de satisfacción del joven director y guionista que quizás motivado e impelido por la falta de fondos se conforma con lo rodado y aquí hay que incluir el apartado interpretativo: Miles Teller resulta frío en exceso como estudiante y J.K. Simmons se excede en su composición evidenciando una falta de autoridad del director sobre la que en realidad es la estrella de la película, mal que su trabajo le haya reportado premios y nominaciones como actor secundario, que lo es el bueno de J.K., redomado ladrón de escenas.

Siendo uno de los actores secundarios de más prestigio desde hace ya algunos años y habiendo dado muestras de su buen hacer tanto en el cine como en la televisión, J.K. debería haber recibido galardones por otros trabajos, pero no por éste, por dos razones de una lógica aplastante: primero, porque se le nomina y premia como actor secundario, siendo así que prácticamente aparece en todos los fotogramas de interés: hay protagonistas que salen menos, en otras películas; y segundo, porque lamentablemente, con esta película se sitúa en el grupo -nada despreciable- de buenos actores secundarios que no pueden soportar en sus espaldas, anchas, el peso de una película entera: no por lo menos sin la dirección de un buen director, que no es el caso: los aspavientos de J.K. Simmons acaban por cansar: nos recuerdan mucho, muchísimo, al gran secundario Louis Gossett Jr., pero él aparecía menos en Oficial y Caballero, donde, recordemos, había una trama romántica aparte. Es comprensible el afán de un buen actor por constituirse en estrella de la función pero es un error pretender abarcar más de lo que uno puede: que le den premios con esa sinrazón satisfará el ego del actor pero no nos procura a los cinéfilos amantes de las buenas interpretaciones más placer del que somos capaces de degustar, mal que nos pese, vista la mercadotecnia que ha preparado el camino al estreno.

En definitiva, una película que puede resultar insoportable a quienes no sientan gusto por el jazz ya que van a estar hora y media oyéndolo y un entretenimiento pasable para quienes sepan reconocer de inmediato las notas de Caravan aunque la versión sea mejorable y una oportunidad de comprobar cuan cierto es que la conformidad está a menudo reñida con la excelencia.







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dijous, 22 gener de 2015

MM 82 Luna de miel



Navegando tranquilamente en las procelosas aguas de youtube en aras de conseguir algún video musical muy determinado -no de esos que ahora salen en las noticias cuando ¡por fin! algún estudioso ha observado tendencias perniciosas para la dignidad femenina- hete aquí que, una vez más, descubro una pieza que desconocía y que por variados motivos me apresuro a comunicar a los amables lectores porque resulta cuando menos curiosa y si es el caso de no conocerla, probablemente sorprenderá:

Porque es una escena musical que pertenece a una película española de 1959.

Porque se basa en una muy conocida composición musical, ya clásica, sobre la que probablemente se ha visto otra película, muy publicitada, casi treinta años más joven.

Porque a poco que uno se detenga a observar con cuidado la trama y la forma de presentarla, creerá que no se estrenó en España en 1959 y errará.

Donde estaba el censor, queda para los investigadores.

Porque la coreografía (en efecto: es un ballet: ¡no se vayan, todavía!) es del célebre Antonio, al que vimos algunos en la tele muchas ocasiones sin acabar de entender su fama y viéndole bailar su creación se entiende.

Porque aparece de contrafigura el no menos célebre bailarín ruso Leonide Massine, muy ágil para sus más de sesenta años.

Porque la escena es la interpretación de la célebre composición de Manuel de Falla El Amor Brujo que se puede ver mas grande aquí

Ha sido toda una sorpresa descubrir en este siglo XXI una película con más de medio siglo a cuestas, española por más señas, sin que hasta ahora la casualidad siquiera me la haya puesto por delante en una sesión sabatina sestera o quizás ocurrió estando ya en brazos de morfeo.

Como he dicho, andaba buscando vídeos musicales y al hallar este Amor Brujo sin referencia previa, reconocí a Antonio y me pareció que la morena elegante ya la había visto en alguna película americana: pensé de inicio que era una película extrangera lo que estaba viendo y más por la forma tan sensual de producirse el baile.

Comprobar que se trata de una película dirigida por Michael Powell teniendo de coguionista a Luis Escobar en una producción para dos productoras españolas de la época ya me dejó atónito.

Luego, tranquilamente, comprobé que la película fue afortunadamente restaurada hace unos años y que un buen samaritano la ha colgado enterita y con buena resolución en youtube: Luna de miel que puede verse (de momento: chiss) más grande, aquí

La película no es nada del otro mundo, con un guión bien entrelazado para sostener cuatro piezas de baile, siendo la mejor la que da origen a esta entradilla, más un ballet (Los amantes de Teruel) coreografiado por el gran Massine sobre música de Teodorakis, muy interesante también, que cierra el conjunto. El resto, fotogramas de museo en la España de mediado siglo pasado y propaganda turística de Toledo, Granada, etc.

No resulta aburrida: la música es buena, los ballets excelentes y la dirección de Powell eficaz como siempre, con marcado tono onírico en las escenas de danza, muy diferentes del resto con una realidad anodina. Imperdible para los aficionados al ballet.



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dissabte, 17 gener de 2015

Corazones de acero




Los cinéfilos veteranos crecieron en una época en la que en casi cada pueblo había por lo menos un cine y la diversión habitual consistía en llenar las salas las tardes dominicales en sesiones dobles:

¿Qué echan?
Hoy estupendo: una del oeste y una de guerra.
¡Cojonudo! A las cuatro, en la puerta del cine.

Ahora, en este siglo XXI, muchos cines han desaparecido, las sesiones se han reducido lo mismo que las pantallas y los géneros permanecen como adjetivos usados por gentes extrañas que se fijan en detalles que a casi nadie les importan un comino.

Siendo como es la guerra un acontecimiento económico de primera magnitud que comporta daños colaterales cifrados en la muerte de miles de personas -la mayoría de ellas sin posibilidad alguna de obtener beneficios derivados de la contienda- resulta natural que el cine, como las otras artes, le haya dedicado especial atención; a causa de su gravedad, podríamos decir que hay dos grandes formas de afrontar un relato bélico: en serio y en broma; y no se pueden mezclar.

Tomar el enfrentamiento guerrero en broma abarcaría desde la parodia hasta la cinta de acción maniquea, de buenos y malos, mero pretexto para ofrecer imágenes briosas buscando el impacto visual que entretenga.

Las películas bélicas serias acostumbran a contener mensajes pacifistas aunque algunas derivan en meros panfletos publicitarios que intentan justificar lo injustificable.

Quedarse a mitad de camino, en tierra de nadie, indefinido, no suele dar un buen resultado.

Si damos por sentado que Woody Allen es un autor cinematográfico porque dirige películas basadas en guiones propios, deberíamos aceptar que David Ayer es también un autor cinematográfico, pero esa línea argumental nos llevaría a unos derroteros que quizás devendrían en bizantinos.

David Ayer ha escrito nueve guiones y ha dirigido cinco películas basadas en los mismos y está preparando una nueva fechoría, pero no me vuelve a pillar desprevenido, porque me acordaré de su nombre: David Ayer ejerce de juan palomo en la recientemente multi estrenada Fury cuyo título ha sido adaptado -que no traducido- al castellano como Corazones de acero, por el mismo motivo desconocido de siempre, ya que dudo que el encargado lo haya hecho acordándose de la magnífica Furia de Fritz Lang porque cualquier parecido es pura imaginación lisérgica.

La furia del título original está escrita en trazo grueso en el cañón de un carro de combate Sherman del ejército estadounidense interviniente en campaña guerrera en territorio alemán en el año 1945, o sea, cuando ya las fuerzas germanas estaban acorraladas en su propia casa y como quien dice a un paso de la rendición absoluta, mermadas sus fuerzas y su ímpetu inicial.

Ese vehículo acorazado está comandado por un sargento con cuatro hombres, dos conductores y dos artilleros, conviviendo todos en el reducido ámbito de la máquina.

La situación de partida da campo para muchas líneas que podrían resultar interesantes en manos mucho más ágiles, imaginativas, creativas y cuidadosas que las de David Ayer que ya desde los primeros minutos cae en los estereotipos fáciles mezclando sin compasión ideas sensibleras con actos miserables procurando, eso sí, que las acciones de los malos sean, aparte de inverosímiles, más nefastas que ninguna: así, por ejemplo, resulta que los alemanes todavía pueden bombardear con artillería y obuses, pero cuando dan en el blanco lo hacen sobre sus propios conciudadanos, rizando el rizo del chiste que asegura que cuando en una mala película bélica alguien muestra la foto de su novia, está pronto a morir: cuando un alemán siquiera habla con un estadounidense, fijo que palma: ni te digo si, además, le hace una tortilla y le canta canciones al piano: ruina total.

La inanidad del guión es absoluta, oscilando entre frases sueltas que parecen provenir de alguna revista del Reader's Digest y cambios de actitud de los personajes que apuntan a problemas psicológicos graves, todo ello tratado con una superficialidad propia de un tebeo para críos: no cabe la posibilidad que la película de Ayer esté destinada a público infantil pues la poderosa MPAA la calificó como R, así que su destinatario se supone será adulto y sabrá soportar sin sobresaltos los pobres diálogos trufados de tacos, llenos de palabrotas y huecos de sentido y lógica.

La forma en que se desarrolla la trama es tan ligera que pretender sostener un alegato de cualquier clase sobre ella es pura entelequia: además, el guión de Ayer se queda a las puertas de todo: no toma partido ni presenta hechos correctamente, alejándose conforme avanza el tedioso metraje de la posibilidad de situarse en el grupo de películas serias sobre hechos bélicos.

Colocados pues en la tesitura de considerar el producto como un entretenimiento imaginativo, tampoco el resultado obtenido es satisfactorio: el ritmo se resiente por la construcción cinematográfica del camino que sigue el carro de combate en sus aventuras y el hecho que en dos ocasiones, al menos, sea solicitada su actividad como indispensable para una salvación de gentes anónimas, no salva el ridículo ostensible de comprobar que, de repente, las ametralladoras de cada bando disparan ráfagas de colores distintos, como si de láseres se tratara, lo que mueve a risa: uno espera ver aparecer algún Jedi de repente: nada peor que una trazadora insistente para señalar dónde se oculta el tirador; de pena.

Como añadido, los caracteres de los cinco tipos que viven en el Sherman se nos presentan de forma burda y sencilla: apenas sabemos nada de ellos más allá de cuatro frases cortas y rimbombantes que no alcanzan a crear la empatía suficiente para hacernos sufrir por su suerte, no en vano su vida está discurriendo en una guerra: de los otros, nada se sabe, apenas alcanzado a meros figurantes: la irrealidad de algunas acciones tampoco ayuda y la ausencia de unos villanos definidos y conocidos deja a los supuestos héroes muy solitarios.

David Ayer desprecia la posibilidad de recrearse en la estupenda maqueta interior que seguramente se hizo construir para rodar el habitáculo del Sherman, donde la llegada de un novato inexperto ofrece la oportunidad de mostrar, por ejemplo, problemas de convivencia en tan reducido espacio, por no hablar de sentimiento de claustrofobia y pánico, todo lo cual queda fuera de pantalla.

Es de advertir que el elenco obviamente se esfuerza sobremanera para otorgar credibilidad a unos personajes de poca enjundia, mal construidos: da la sensación que todos lamentan hallarse ante lo que hubiera podido ser una buena historia, conscientes de la pérdida de tiempo y esfuerzo.


Guerra sí, pero no honor ni gloria.

Como director David Ayer sabe emplazar la cámara diestramente pero resulta enfático en exceso y le falta ritmo a su caligrafía: entendiendo que es quien manda a todos, no en vano también ejerce como productor, habrá que darle la culpa del tono grisáceo azulado que impregna cada fotograma, seguramente buscando una seriedad que no alcanza, una frialdad que lo aleje del ya conocido Orange/Blue cayendo en el extremo opuesto seguramente sin la aquiescencia de Roman Vasyanov que no pierde detalle y enfoca de maravilla: desventajas del digital: llega uno, después, y lo repinta a su gusto. Mala suerte para los camarógrafos profesionales.

En resumen, más de dos horas difíciles de digerir por culpa de un guión que no merece la pantalla grande que han puesto a su disposición, porque ni alcanza a ser un drama, ni un alegato, ni un concierto pirotécnico, ni una colección de acciones que muevan la adrenalina y emocionen o asombren al espectador, atónito únicamente por el incremento exponencial de soldados alemanes que acaban muriendo, al punto que se hace difícil considerar la credibilidad del conjunto.


Tráiler





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divendres, 2 gener de 2015

MM 81 Buck Privates y ...... ¿1941?



Interrogantes en un título: mala forma de empezar un curso que se promete incierto pero la cuestión es que dando vueltas por la red me doy de bruces con un vídeo musical que podría pertenecer a una película que ví hace mucho tiempo y apenas recuerdo y hete aquí que, consultada la base de datos y hurgado en lo más hondo que puedo bucear por el éter, quedo en la inopia más supina y con la comezón de la ignorancia no quiero quedar porque me conozco y acabará una cuestión nimia dando la lata durante meses, hasta que la olvide: llevo así desde el año pasado, no son bromas...

Así que me he dicho: de refilón lo pongo como entradilla en momentos musicales, aprovecho que aparece la reconocible jeta de un entonces joven Dan Aykroyd y me siento tranquilamente a esperar que los amables cinéfilos que por aquí aparecen y de vez en cuando opinan me quiten la incerteza de encima.

Porque aunque la música sea adecuada y el grupito más o menos cante sobre fondo musical que intuyo pregrabado, me da en la nariz que esto que se puede ver a continuación:







No es, repito, no es, ninguna escena perteneciente a la película 1941, dirigida por Steven Spielberg en 1979, porque es un vídeo promocional del grupo femenino. ¿Tengo razón?

¿O estoy equivocado y sí pertenece a la película?

¡Sáquenme de dudas, por favor!

Los datos engañan, porque en el elenco aparecen tres hermanas apellidadas Anderson, pero eso, a mi entender, fué una añagaza del espabilado Midas para ahorrarse unos cuartos, porque es evidente que, en el año 1941, sí que estaban triunfando las (auténticas) Andrew Sisters, a la que podemos ver participando en una de esas bobas películas de Abbott y Costello, Buck Privates (Reclutas), precisamente, de 1941:





Como sea, en la época de cambio de decena de 70 a 80 del siglo pasado estas músicas bailables sonaron bastante: ritmos pegadizos y fáciles de recordar, alegres y movidos.

Lo que llama la atención es que, bastantes años más tarde, en 2006, una artista contemporánea se inspire de nuevo en las tres hermanas.






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dimarts, 30 desembre de 2014

Adeu, 2014



Este año que vamos rematando no ha sido desde luego ninguna maravilla desde el punto de vista meramente cinematográfico: con un poco de maldad y bastante mala idea podríamos decir que no han aparecido valores nuevos que puedan sustituir holgadamente el ostentoso declive de algunos denominados maestros que insisten en seguir trabajando en su senectud cuando quizás lo más prudente sería retirarse a los cuarteles de invierno y disfrutar de las mieles al tiempo que se ahorran rebajar cualitativamente el promedio de su producción: sin llegar a extremos como los de Charles Laughton, colapsado por una única obra maestra, algunos deberían aplicarse la doctrina del mutis silencioso...

Mientras tanto, en la pantalla de al lado, cada día que pasa más grande y con mejor sonido, capaz incluso de conectarse al éter, los productos bien escogidos pueden llenar de satisfacción: hay que elegir sabiamente, claro, pero ahí entra como siempre el factor gusto: la pena es que se pierde la magia de la sala oscura: un día, alguien acabará por solventar ése detalle: tiempo al tiempo...

Pero lo que de verdad ha llamado mi atención este 2014 y estoy seguro que no soy el único, es que, pasiones cinematográficas aparte, parece que estamos en una pendiente de todo tipo, con regresión a formas y formulismos que jamás hubiéramos pensado ver en este siglo.

No siendo este bloc de notas el lugar apropiado ni por descontado tampoco quien lo mantiene idóneo a la tarea de profundizar críticamente en la sociedad como ente global, ya hacía días que meditaba cómo poder expresar gráficamente esa sensación.

Ha sido a raíz de mi visita a la casa de un colega del blogerío que se ma ha ocurrido la mejor forma de solventar mi anhelo.

Víctor en su lista me descubre artistas de la música que no conocía y quedo admirado del poderío de Beth Hart, de cuya existencia no tenía ni idea.

Indagando, como de costumbre, me salta de repente la idea de cómo poner sobre el tapete una alegoría de que los tiempos no han mejorado lo que se esperaba de ellos: la cantante, admiradora confesa de Billie Holiday, realiza una soberbia reinterpretación de un tema que ya se trató en este bloc muy detalladamente a causa de la excepcional conjunción de música, letra, interpretación y contenido marcadamente social: que ahora Beth Hart y su colega Joe Bonamassa se empleen tan a fondo con el añejo tema Strange Fruit y a la vista de lo que está sucediendo últimamente, no me parece casualidad y sí buena intención.

Pero no vayamos a ponernos melodramáticos, que ustedes no estarán hoy por la labor y el llamado ya se ha hecho, así que pasemos a considerar que se han portado bien y que merecen pasar una agradable velada de cambio de año, tratando de dejar atrás lo malo esperando, como siempre, que el nuevo sea mejor.

Vistos que han sido algunos anuncios televisivos, me parece que la perspectiva no es muy halagüeña que digamos, y se me ha ocurrido que, ya que lo encontré, pueden aprovecharse del trepidante concierto que el año pasado, todavía 2013, ofrecieron Beth Hart & Joe Bonamassa en Amsterdam (30/6/2013) y así tienen un par de horitas de buena música.

Y para el día siguiente, o el resopón-anti-resaca-subsiguiente, siempre pueden situarse en la sala típica del concierto de año nuevo, en la famosa ópera de Viena, sólo que, en esta ocasión, serán cinco los músicos que pueden amenizar la velada, en un concierto irrepetible




¡Feliz Año Nuevo!










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diumenge, 28 desembre de 2014

De mayor quiero ser....



Dicen que empezar llamando la atención es un arte difícil, pero, a poco que uno busque cuatro vídeos de nada y la esquiva suerte acompañe en su permanencia, no resulta muy arduo confeccionar un ligero artificio, un acertijo cuyos componentes, estoy seguro, por lo menos picarán la curiosidad de mis amabilísimos lectores:

Si de inicios se trata, veamos un par de escenas bien administradas que, habiendo sido ofrecidas en momentos dispares, constituyen un todo y van a servir como una buena primera pista relativa a lo que me gustaría ser de mayor:



- ¿Y a quién le importa lo que quieras ser de mayor?

- ¡Va! ¡Que es broma, que sólo es un entretenimiento!


Aconsejo encarecidamente seguir el ordinal propuesto, o sea, no saltarse las pistas, porque no hay premio ni competición (al final daré la respuesta), pero sí un iter a proponer que espero será del agrado de todos:

1ª a) Primera parte de la primera pista

1ª b) Segunda parte de la primera pista

El inicio habrá resultado estimulante, espero.

2ª Otra escena poco habitual es la inserción de momentos musicales que tienen su importancia dentro de la trama: gracias a que la duración lo permite, podemos disfrutar de una excelente versión de una canción clásica del folclore Silver Dagger cantada espléndidamente por una guapa joven ante un público más que interesado, interesante.

3ª Aunque nada tan placentero como ejercer de mirón y observar, maravillado, los extraordinarios y alambicados sucesos que se producen en un tranquilo paraje a una serie de tipos humanos que, desde la constatación de la ficción, alcanzan cotas inusuales.

4ª Para el ojo avezado del buen fisonomista esta cuarta pista será definitiva y si no fuera ése el caso, desde luego que siempre podrá servir dar un vistazo a esta recolección de escenas que ocurren en la campiña como aperitivo y acicate a llevarse al coleto una pequeña muestra de historias ni espectaculares ni aburridas, con un aliciente extra que produce al tiempo admiración y confianza en el futuro.

5ª Por suerte y por desgracia, todo a un tiempo, podemos comprobar, pasmados, que en nuestro país hay atractivas jóvenes capaces de ejercer con poderío su oficio sin arredrarse un ápice ni dejarse amilanar, aunque ello lo tengan que demostrar allende nuestras fronteras y en un tiempo cronificado con exactitud y en compañía de lobos: amistosos, pero lobos al fin y al cabo, prestos a robar a dentelladas la escena: ojiplático quedé, oigan.

6ª Que la permeabilidad es una virtud, pese a su escasez, no es ninguna novedad, sobre todo cuando uno se mueve en ciertos ámbitos en los que el eclecticismo no es denigrado y así se puede hallar placer en una aventurilla literaria y al fin visual debida a la voluntad de una gran escritora recientemente fallecida a avanzada edad que, casi por capricho y deseo de unir su nombre a una colega admirada, nos dejó un regalo que, como es natural en otros países, podemos ver en pantalla muy bien servido por gentes absolutamente permeables a un buen texto.

7ª Esta va a ser una pista redundante por dos motivos (por lo menos) y me sabe mal ponerlo tan clarito y diáfano, pero es que este año que estamos acabando me ha dejado blandengue, sin brío, con poca alegría, casi como si estuviera un poco perdido o quizás únicamente despistado.

8ª Que por cierto, este año 2014 no habrá sido muy bueno cinematográficamente, pero desde luego que ha estado corriendo por ahí una pandilla de rufianes liderada por un sobrino al que no hay que quitarle un ojo de encima, mientras con el otro se vigila el alrededor constantemente, por si las moscas.

9ª Ya llevamos ocho pistas dispuestas y seguro que la solución la sabrá todo el mundo: esto habrá quedado como la caza de la gata que quiere atrapar al ratón pero en plan mucho más tranquilo y pacífico.

10ª Espero que estas sencillas pistas hayan resultado claras, diáfanas y explicativas y sino, pensemos que se trata tan sólo de un juego espero que estimulante a la par que informativo.

11ª Si no os parece que hay datos suficientes, me quedaré como el amigo George, escuchando gentilmente vuestros comentarios.


¿Eh? Ah, sí: que dije que al final dejaría la respuesta...

Ahí va.



¡Uy! ¡No! ¿En que estaría yo pensando?

Se ha escapado, eso no es, no es.....

A ver... ¡sí! Aquí está ...

evidentemente, yo, de mayor, quiero ser director de casting de la televisión británica, a poder ser, de la mismísima BBC: debe ser un trabajo tranquilo disponer de semejante cartera de veteranos y de una increíble fuente de nuevos intérpretes capaces de sacar adelante cualquier trabajo, sea de héroe, sea de criminal, siempre escuchando con clase, expresando con el cuerpo y pronunciando de una forma absolutamente maravillosa..... la única dificultad, la única actividad estresante, debe ser dejarse convencer por los agentes artísticos y, luego, decidir..... ¡muy duro, sí!







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divendres, 26 desembre de 2014

Pérdida





Todos conocemos aquella frase concerniente a la insensatez humana que produce una vez y otra y otra más la sensación de inutilidad de la experiencia porque acabas de darte tres veces con la misma piedra, pedrusco e incluso pantano cenagoso y asfixiante del que sales con la promesa de que nunca, pero nunca, volverá a atraparte. En vano.

Parece que errar forma parte de la condición humana y, si no fuera porque me ha llevado unas horas ataviarme en la forma más prudente,
ahora mismo me sacaría la cubierta para saludar a un tipo que de sus pifias hace gloriosos negocios en una constante que me resulta incomprensible y diría que fuera del alcance de mis entendederas si no fuese porque de casualidad hallé un alma casi gemela, en lengua sajona, lo que me dió las fuerzas para sacarme de dentro una espina mal clavada.

He de reconocer que aparte de protegerme por si las moscas mi actual atavío me sirve para ocultar mi faz ya que me siento avergonzado de ser tan incauto y confiado, por no llamarme directamente tonto del culo, pues avisado por mis experiencias anteriores debí hacer caso del tilín-tilín que me decía: Josep, que vas al matadero, que es época de matanza, y no te libras.

Mucho insistir en ver en riguroso v.o.s.e. (lo que equivale a un traslado a la capital) la última película de David Fincher, creído de lo que había leído en malditas críticas que ya tengo en la lista negra, para luego encontrarme, una vez más, con que el susodicho sigue sin haber encontrado sus tijeras, suponiendo que alguna vez las tuvo, que ya es mucho suponer: pero vayamos por partes, pues pese a la introducción dudo que haya ablandado voluntades y espero que las razones servirán para poner las cosas en su punto.

Maldiciendo una vez más al retitulador que ha transformado Gone Girl en Perdida y advirtiendo que hay algo más que similitud entre el póster promocional y el que se usó para la película de 2007 Gone Baby Gone (dirigida por Ben Affleck, de la que ya hablamos aquí) y sabiendo que Fincher está detrás del innecesario refrito de una serie televisiva deslumbrante (de la que hablamos aquí) y también de la reiterativa y desperdiciable copia de un thriller nórdico (que también tratamos aquí), llego a la conclusión que no tan sólo he tropezado varias veces sino que, además, en las últimas, ya era consciente de donde me iba a meter. La curiosidad mata al gato dicen, y al cinéfilo tonto, añado yo.

Fincher se basa en lo que parece haber sido un best-seller, o sea, un superventas, escrito por una tal Gillian Flyn que desde luego de tonta no debe tener un pelo porque es la que además se ha cuidado de escribir el guión literario basado en su novela. La escritora sin duda ha sabido seducir al director o quizás es que éste realmente ni siquiera se ha leído dos veces el guión y alguien se habrá cuidado de confeccionar el guión cinematográfico, porque los diálogos de la película dan verdadera pena, tan triviales y vulgares que no suscitan interés alguno por ningún personaje, dejados de la mano de los intérpretes que, esforzados, vienen a constituir el único aliciente de la pieza, sin merecer más galardones que la simple mención, tampoco vayamos a llamar a engaño a un nuevo incauto.

De las trampas y pifias del guión podemos hablar en otro momento con el peligro de desvelar partes de la trama que los charlatanes de turno han pretendido reconvertir en una cumbre más del thriller del siglo.

La historia discurre alrededor de todo lo que le ocurre a un hombre que, advertido por un vecino que tiene al gato doméstico fuera de casa, regresa y se encuentra al minino hambriento en el jardín y a la esposa ausente del hogar, con trazas de haber ocurrido algo violento en el salón, rota una mesa de cristal: llega la policía, su hermana, los suegros, los vecinos, el lío que se monta, y Fincher que deja pasar el rato hasta que uno, que no ve avanzar la acción, mira el reloj como suele y se percata ¡ay madre! que ya llevamos una hora y todavía no ha pasado nada inusual: sólo preparativos. Fincher, como ya me pasó con su aclamadísima Zodiac, vuelve a aburrirme y miro a mi alrededor buscando caras iluminadas por la tensión y no hallo ninguna.

A partir de la hora y pico parece que la cosa se anima un poco, pero en realidad no es sino hasta muy cerca de las dos horas cuando la trama empieza a tener giros interesantes, pero son tan tramposos, falsos, ilógicos, que uno, harto de que le tomen el pelo, ya no está por dejarse convencer por un director que necesita dos horas y media para explicar una historieta que hemos visto más interesante, mejor contada y mejor interpretadas en no pocas ocasiones antes.

Si me dicen que Fincher es el director apropiado para quienes no hayan visto nunca jamás una película en blanco y negro, les aplaudo la afirmación y no necesito mentar nombre alguno. Seguramente, quienes compraron masivamente la novela escrita por la tal Flynn no han leído nada publicado a mediados del pasado siglo en los U.S.A. pero se tragan toda la publicidad que les lanzan desde los medios de comunicación y propaganda masiva.

No hay nada sobresaliente en esta película de Fincher desde el punto de vista meramente cinematográfico. Ni representación visual que refuerce la psicología de los personajes, más allá de los primeros planos que soporta estoicamente Affleck y domina estupendamente su oponente Rosamund Pike (un acierto de casting que hay que reconocerle a Fincher, al apartar a Reese Witherspoon, que permanece como productora) ni ritmo adecuado a la trama que va contando, ya de por sí perezosa y pagada de sí misma, sin tener lo que hay que tener una vez terminado el rodaje: unas buenas tijeras para aligerar un trago indigesto que se alarga en exceso: un día presentan, si es el caso, la versión “uncut” y harán falta tres devedeses para contener todo el desvarío hueco de contenido: Fincher, de nuevo, se muestra encantado de haberse conocido, como esos invitados inesperados que dan la lata estropeando lo que a priori podría haber sido una velada entretenida, poco novedosa pero agradable.

La idea base, el esqueleto que sustenta toda la trama, no aporta novedades al género y se viene a erigir en una amalgama de tópicos que cualquier cinéfilo y más aún lector empedernido de novela negra se sabe al dedillo aunque al momento no sea capaz de señalar orígenes determinados, porque todos son elementos recurrentes: que haya un culpable, un falso culpable, una víctima, alguien con determinación criminal capaz de llegar al asesinato a sangre fría y unos policías que oscilan entre previsibles y estereotipados, no son, desde luego, motivos ni para ir al cine ni para leer una novela: lo importante, como siempre, es la forma, el modo.

Ya se ha convertido casi en una cuestión bizantina, sobada al extremo pero nunca desgastada, la convicción que es muy difícil ser original de las temáticas, porque siglos de cultura y la facilidad de acceso que ahora disponemos para conocerla nos sitúan en la tesitura de aceptar que son muy interesantes nuevas versiones de temas conocidos y que el calificativo de refrito no se debe aplicar en todos los casos, mal que hay piezas modélicas que malmeten cualquier mala copia.

En el caso que nos ocupa, Fincher, mandamás al fin y al cabo, en mi opinión debería haber sometido la arrogancia de la escritora Flynn y la hubiera debido plantar en la puerta de los guionistas, procurándose unos diálogos más apropiados y pertinentes para dibujar la psicología de los personajes que permanecen muy flojos en la pantalla sin acabar de obtener la empatía necesaria ni siquiera el desprecio, lo cual es todavía más fácil. Por no hablar de la estructura lógica de las situaciones, con huecos, agujeros o puntos de fuga que producirían carcajadas sino fuera porque el aburrimiento ya puede con todo y no hay, desde luego, punto de ironía en la presentación. Las formas, en este caso, no ayudan a sobrellevar la sensación que estás asistiendo a una función artificial y artificiosa de una historia que ya has visto en mejores condiciones.

Eso sí: no sé si hay que agradecérselo a Flynn, autora del estropicio o al director, que como siempre digo es el máximo responsable, pero he de reconocer que el final me dejó desorientado, ojiplático, tontorrón y creyente que incluso nos habían colado, sin aparentarlo, una historia contada en un largo -larguísimo- flashback, todo por una melena rubia reconocible...

En definitiva un tropezón más en mi relación de cinéfilo con David Fincher sin que en mi defensa pueda emitir alegato alguno porque ya iba avisado: procuraré enmendarme más por lo que me importa que por otra cosa, advertido como estoy que a pesar de que mis sensaciones son casi que exclusivas (hay cierto crítico estadounidense al que tampoco le gustó demasiado) ello no empece a que después de la pérdida lamentable de dos horas y media, alcance a comprender que ésta no es más que mi opinión, que dejo aquí escrita para recordatorio propio y como advertencia por si alguien, fiado de su coincidencia con mis gustos, decide buenamente ahorrarse el aburrimiento.







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dimecres, 24 desembre de 2014

Noche de paz...











Y Feliz Navidad




Y para quienes prefieran algo más.... ¡foráneo! aquí dejo una versión muy.... ¡foránea! dedicada especialmente a todos aquellos, foráneos o no foráneos, que esta noche, además de procurar que haya paz entre los humanos, también procurarán que haya alegría para ese cuerpo que en definitiva van a comerse los gusanos y que .... esto.... mejor ven la muy especial versión del clásico Santa Baby



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dilluns, 22 desembre de 2014

TC 34 Captain America - The Winter Soldier




Entiendo que la probabilidad de que los amables visitantes de este bloc de notas hayan visto la película que saco a colación es muy remota; pero se me ocurre que de ser el caso, cabe la posibilidad que no vieran los títulos de crédito que gracias a youtube se pueden ver, porque como yo hice, se levantaron rápidamente del asiento y abandonaron la sala con prisa, en busca de aire fresco y puro, quizás por el agobio del tedio padecido.

La cuestión es que vistos ahora, después de haber transcurrido meses desde que me aburrí con la película, aparte de comprobar que perpetúan el truco de anunciar posibles aventuras futuras en una corta escena imprevista, observo que, no siendo los créditos finales una maravilla ni mucho menos, sí que alcanzan lo que otros iniciales no saben ofrecer: una condensación, por la vía de la imagen -quizás mejor diríamos del logotipo- del sustrato ideológico real, no aparente, de la historia, o, dicho con más desconfianza, de la propagación subliminal de una tesis nada moderna ni edificante.

¿A ustedes qué les parecen?





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dijous, 18 desembre de 2014

El Doctor se relaja....








.... cuando a Lucien le da el bajón, se relaja a base de wisky y aporreando el piano, incluso a altas horas de la noche....


pero cuando Craig vuelve al camerino, a veces, se acuerda de sus habilidades propias, se concentra en su memoria no textual pero sí armónica, agarra su telefonino, le da a la tecla y luego, simpático él, se dedica a sorprender a propios y extraños:

Con un ukelele:


Con la eléctrica, una celebración:


Con una acústica, su versión de Mona:


Y a todo tren, Destroyer:



Eso es una muestra de talento polifacético que yo ignoraba absolutamente hasta hace pocos días...




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divendres, 5 desembre de 2014

Magia a la luz de la luna




Felicitaciones. Lograste enemistarte con todos en una sola tarde.

Ha vuelto. 

No estoy muy seguro de la bondad de la afirmación, pero puede decirse que Woody Allen ha vuelto con su estilo personal, su forma de escribir rápida y brillante, ligera y con segundas lecturas sabrosas. Después de algunas variaciones que no han acabado de funcionar con la legión de cinéfilos que esperan cada año degustar una película de Woody, en este triste año 2014 podremos decir que al final nos hemos sacado la espinilla que nos incordiaba con un Allen auténtico.

En su última película, Magic in The Moonlight (Magia a la luz de la luna) parece haber una cierta recapitulación, una vuelta a la costumbre, a la rutina que funciona en la pantalla y satisface al espectador y más al cinéfago que esta temporada ha podido salir en escasas ocasiones satisfecho de la sala oscura.

La doble condición de Allen de escritor y director le confiere sin duda la titulación de autor y su abundante filmografía permite al cinéfilo avezado mantener fácilmente en su memoria unos rasgos definitorios y esperables, lo que quizás ocasionalmente haya producido en el estajanovista judío neoyorquino una sensación de agobio que, según dijo, apaciguaba tocando el clarinete con sus amigos, su declarada pasión, el jazz.

Como músico Allen no es sobresaliente pero se me ocurre que su afición de alguna forma ha trascendido en su obra cinematográfica y más allá de las excelentes bandas sonoras con que acompaña sus historias y sus imágenes podamos concluir, mirando el mapa histórico de sus trabajos, que como buen amante del jazz de vez en cuando experimenta nuevas sensaciones y también, de vez en cuando, vuelve a los conceptos clásicos, como quien ejecuta un solo a la búsqueda de un lamento original y acabado, retorna a la melodía básica.


La envidiable sencillez aparente de la tradicional escritura de Allen vuelve a sus fueros en esta comedia de corte clásico inspirada claramente en las piezas románticas del teatro londinense de principios del siglo pasado, gloriosos años veinte, con unos protagonistas de clase acomodada que observan cuidadosamente a dos intrusas que provienen, cuidado, de clases bajas desconocidas de origen pero dotadas de poderes sobrehumanos, inexplicables: Stanley es un británico arisco, escéptico y racional que se dedica con gran éxito a la magia profesional presentando su espectáculo caracterizado del mago chino Wei Ling Soo y le vemos triunfar en el teatro de Berlín cuando su amigo Howard, tan británico como él y casi que igual excelente mago, le requiere a fin que ambos se trasladen al sur de Francia, a la lujosa Costa Azul, con el objetivo de proceder a desenmascarar una espabilada jovencita que asegura tener contacto con los muertos y se dedica, naturalmente, a comunicarse con los fallecidos más acaudalados que encuentra a su paso, recalando en la mansión de la viuda de un financiero de Pittsburgh: la joven Sophie, también estadounidense, va acompañada de su madre y tiene completamente enamorado al joven Catledge, así que Stanley, acuciado por Howard, se trasladará a Francia, donde aprovechará para saludar a su querida tía Vanessa, rica solterona que también pasa la temporada de verano en Francia. El mago, científico racional y ateo emprende una vez más su cruzada contra los espiritistas.

Lo que sigue a continuación, desarrollo de la trama ideada por Allen, es una excusa para ofrecer con cierta hilaridad e ironía la acostumbrada muestra ideológica del autor, no por conocida falta de interés. Si el resultado fuese una película aburrida, no dolerían prendas achacando la falta de novedad en el planteamiento ni la escasa originalidad de la propuesta, pero lo cierto es que cualquier amante de las comedias bien escritas hallará gozo en la forma que Woody domina como pocos en esta época mediante diálogos que precisan el oído presto y la atención despierta: para la ocasión, diríase que el autor se ha inspirado directamente leyendo a Wilde, porque en diversas ocasiones adorna su vitriolo al uso del célebre escritor, seguramente con toda la intención para reforzar el entorno en el que nos presenta su historia.

El talento de guionista avezado de Allen le permite condensar en poco más de hora y media (la medida aúrea cada vez más escasa por incapacidades manifiestas)asuntos tan dispares como las diferencias de clases sociales, la credulidad y el escepticismo, saludables y agónicos a un tiempo, la imposibilidad de resistirse racionalmente al amor sobrevenido y la necesidad perentoria de replantear una visión de la vida en aras de la prosecución de una felicidad incierta perteneciente a un futuro desconocido, todo ello con la ligereza oportuna para no caer en disertaciones analíticas propias de psicoanalistas de salón ni lamentaciones desesperadas como en otras ocasiones ha formulado el carismático director que en esta ocasión se dedica con todas sus fuerzas a dirigir un elenco entregado a su causa como suele ser habitual.

Los británicos Colin Firth como Stanley y Eileen Atkins como la tía Vanessa y Simon McBurney como el también mago Howard ofrecen juntos los momentos que más recuerdan la clásica comedia wilderiana y la intrusión de la joven Emma Stone como la espiritista Sophie, junto con la siempre eficaz Marcia Gay Harden como su madre aportan ese aire americano popular un punto fuera de lugar en la Costa Azul, tanto como excesiva se antoja la realidad de los ricachones Catledge, interpretados por Jacki Weaver y Hamish Linklater.

Emma Stone es la apuesta arriesgada de Woody como lo fueron antes otras actrices, siempre atractivas más que bellas: Emma está un poco verde para el papel que le ha caído en gracia aunque sus ojazos la salvan y cabe esperar al año que viene porque repite; sus envidiables veintiséis años (seguramente veinticinco en el rodaje) son un obstáculo para el papel que representa según algunos comentarios, pero es bien cierto que una actriz con más veteranía otorgaría una proyección más poderosa y creíble pero también menos ligera y más cuerda y tengo para mí que Allen no alberga dudas al respecto.

Woody se rodea en primer lugar de buena música: para la ocasión añade al jazz escogidos fragmentos de Stravinsky, Beethoven y Ravel usados con inteligencia para acentuar apropiadamente momentos especiales y además cuida con esmero la ambientación y el vestuario: le consta que el entorno ayuda no poco a situar al espectador y más allá del exquisito cuidado con las damas también los caballeros reciben atenciones de Sonia Grande, diseñadora ovetense a la que ya Woody recurrió en tres ocasiones anteriores: un trabajo excelente, notable por la variedad, la elegancia y la modestia. En lo que no es modesto Allen es en la colección de automóviles de época que usa, un divertimento más para la vista que se recrea en todo lo físico sin poder dejar de atender al discurso que se formula con ligereza y sin tiempos muertos.

El tiempo es oro y Woody es plenamente consciente que la condensación requiere un ritmo que él sabe cuidar como pocos: sin atropellarse ofrece su trama y la presenta con fuerza visual estudiada, sin alharacas pero usando cada plano en función de las necesidades procediendo luego a un montaje modélico, propio de los maestros clásicos que no temían a la tijera: el resultado son menos de cien minutos de cuento divertido ofrecido con una fotografía ajustada incluso en el tamaño panorámico que nos devuelve la sensación de asistir a una película clásica, romántica, de aquellas que te hacen pasar un buen rato y que luego, mascándola, te va dando nuevos sabores, siempre muy digestibles.

En definitiva, lo que todo cinéfilo veterano puede denominar "una película de Woody con todas las de la ley" y creo que con esto poco más hay que aseverar: únicamente dar las gracias al viejo director por su perseverancia elevando si cabe un poco el paupérrimo nivel del año. Visto lo visto hasta este último mes del año, diría que, para quien haya llegado hasta aquí, es imperdible.

Se me olvidaba: la luna, es creciente....


Tráiler nada peligroso, o sea, buena publicidad, a elegir:
Doblada
V.O.S.E.


plus: Artículo referido a Sonia Grande y su intervención en esta película.

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diumenge, 30 novembre de 2014

Ñoña




Más allá del habitual pánico ante la hoja en blanco que se incrementa con la ausencia o pérdida de costumbre de enfrentarse al vacío, admito que casi un cuarto de hora me ha llevado decidir el título de este comentario: lo que siga, me ha llevado semanas, así que pueden imaginarse fácilmente la mezcolanza de ideas y la indecisión que tal abundancia de sentimientos produce.

Porque llevamos una temporada huérfana de buenos platos que llevarnos a la vista y al oído como pórticos del camino a la neurona cinéfila y la cinefagia de algunos elementos como el que suscribe no se está saciando precisamente con los arreglos del año que vamos finiquitando poco a poco con tanta o más tristeza que el anterior, aclamado como aciago.

Uno, que inició este bloc de notas con el relato de los pareceres provocados por el díptico pacifista de Clint Eastwood, por un momento, antes del verano, pensó que el viejo Clint iba a proporcionar algo de alegría al panorama.

Pensamientos optimistas que empezaron a decaer cuando la poderosa maquinaria mercadotécnica inició su campaña y llegaron sin necesidad de buscarlas noticias animando al personal e informando -con no mucha imparcialidad- de la trama, su base y su origen.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a la última película de Clint Eastwood, titulada Jersey Boys que se apoya en la música y libreto de una comedia musical de igual título, según dicen triunfadora en Broadway (cuatro premios Tony) aunque no tanto en el Soho londinés, lo que no deja de ser un indicador bastante interesante porque no olvidemos que el precio del espectáculo en vivo es por supuesto muy superior al enlatado, que permite adoptar más riesgos.

Sabiendo que la trama gira alrededor del nacimiento y desarrollo de un grupo musical estadounidense denominado The Four Seasons que sonó principalmente en la década de los sesenta del pasado siglo la chamusquina, el olor a quemado, acudió a mi nariz cinéfila que, además, tiende a desconfiar de los llamados "biopics" tanto como del tomate encerado brillante por fuera y seco por dentro.

Ese grupo, The Four Seasons, liderado por el falsete de Frank Valli, nunca me gustó: ése es un mal principio y a fuer de sincero debo dejarlo claro porque es posible que exista algún prejuicio que perjudique la visión del trabajo de Eastwood. Por decirlo de alguna forma explicable, considero que la forma de cantar y actuar en el escenario de esos chicos era ya, en su época, desfasada. Y no tengo dificultad alguna para demostrarlo, pues gracias a internet no es necesario ser un viejo rockero para darse cuenta que el falsete y los pasitos acompasados de Valli y compañía, a primeros de los sesenta, eran un paso atrás en la libertad escénica que a mediados de los cincuenta había representado Elvis ("The Pelvis") Presley a quien puedo citar como exponente del "rock blanco" más fácilmente admitido por el sistema, porque si me valgo de Jerry Lee Lewis seguro que alguno me tilda de abusón: pero es lo que hay. De Chuck ni hablar, claro. Ni de nadie del Soul.

Claro que, como en todo, los gustos son variados y el rock no lo es todo: por estos lares triunfaba en la misma época el Dúo Dinámico (acabo de enterarme que pretendían llamarse "The Dinamic Boys" : mira tú qué cosas) que, sin ser tampoco de mi gusto, creo que cantaban -y siguen- mejor: quizás algún día alguien (¿Seguro, Segura?)les hará un musical y un biopic al uso.

No obstante y al margen de los gustos la cuestión sigue siendo si relatar los avatares de un grupo que triunfó específicamente en un sector de la sociedad estadounidense puede ser de interés para una amplia mayoría de espectadores y desde luego en el ámbito de la cinematografía la respuesta, como siempre, será: depende.

No podemos atenernos únicamente a los gustos musicales ya que, por ejemplo, el jazz sin duda ayuda a degustar la película Bird del propio Eastwood, como ya vimos hace tiempo, pero no consigue salvar de la mediocridad la intentona de Round Midnight perpetrada por Bernard Tavernier con la inestimable ayuda del gran Dexter Gordon.

El guión cuenta y mucho, como todos sabemos. Y los modos.

Y ahí, entrando al fin en materia, el amigo Clint Eastwood de nuevo falla estrepitosamente:

Parece ser que nos hallamos ante una película de encargo: el propio Eastwood -a posteriori, hay que advertirlo- asegura que fué solicitado para llevar a la pantalla el exitazo de Broadway, como si en la historia de Hollywood sean multitud quienes se hayan negado en redondo a tal bicoca: el viejo director tuvo muchas oportunidades para asistir a las representaciones teatrales y hacerse cabal idea de la empresa antes de aceptarla y disponer todo a su gusto, con lo cual no hay porqué aplicar excusa alguna.

El guión, más perpetrado que pergeñado por los mismos autores del libreto del musical escénico, adolece en primer término de su origen teatral: es pobre de diálogos, carente de ideas e interés y rezuma por todos los lados la apariencia de mero itinerario para presentar uno tras otro números musicales que ya resultan por sí mismos rancios. Que haya para el teatro quien le parezca estupendo asistir a un revival de lo que escuchaban con fruición sus conservadores padres no significa que el conjunto vaya a funcionar en una pantalla de cine a menos que se trate de lo mismo.

La inclusión de un tipo mafioso (recogiendo castañas para el invierno que se avecina frío [hoy, cuando escribo esto, ha nevado en el Sur de California] el bueno de Christopher Walken) no aporta nada de interés melodramático y no hay elementos suficientes para que ninguno de los cuatro tipos que deciden ponerse a lanzar gorgoritos en público merezca siquiera un poquito de simpatía, con lo cual de empatía ni hablamos, oiga. Si la música es la que es y los tipos son intrascendentes, no queda nada.

Ciertamente Eastwood, perro viejo, repite la jugada que ya mostró en El Intercambio cuidando al máximo la ambientación, vestuario, decorado y sonido, aspectos formales que otorgan credibilidad al entorno pero no sirven para reforzar la historia.

Resulta lamentable recordar que se trata del mismo director y actor que hemos visto y disfrutado en películas con guiones férreos como Mystic River y Million Dollar Baby: para quien desee debatir, tengo una pregunta:¿cómo se llaman las tres hijas de Frankie Valli?. Porque vemos tres, pero únicamente se menta a una, Francine, que acaba muriendo, sin que se nos relate ni media circunstancia de tan doloroso trance.

Dicen que la brevedad es una virtud, pero ver a Frankie llegar a casa, discutir con su esposa y al día siguiente sin más, abandonar la familia, resulta excesivo. Sobre todo tratándose del presentado casi que como protagonista: de los otros sabemos mucho menos. ¿Cómo vamos a sentir interés por cuatro tipos de los que no nos informan de nada?

El conjunto, filmado correctamente sin que aparentemente el director tenga nada más a decir aparte de lo que ofrece el guión literario, o sea, que el guión cinematográfico, de haberlo, es meramente funcional, deja en el espectador una sensación de futilidad, de tiempo perdido una vez más dedicado a atender una pieza que no merece recuerdo; posiblemente interesante para los degustadores de las formas musicales de The Four Seasons y del falsete impostado de Frankie Valli: haberlos haylos, no hay duda, no en vano grupos posteriores como Beach Boys y los Bee Gees se ganaron muy bien la vida con semejantes modos: igual para el año que viene -o el otro, no hay prisa- Eastwood nos hace un biopic de los hermanos Gibb.

Eastwood en algunas de sus películas anteriores demuestra ciertas sensibilidades que quizás en realidad le sean lejanas, fruto no tanto de la casualidad como de la confección de guiones escritos por autores con algo que decir: en esta mala pieza y sin necesidad de escarbar mucho se observa un desprecio dirigido a dos grandes colectivos de la sociedad: las mujeres son tratadas con malos modos como meros objetos de placer, haciéndolas callar y apartarse al instante como si fuesen esclavas dando la sensación que en el mundo musical de los sesenta las féminas estuviesen instaladas únicamente como prostitutas y para rematar la excelsa visión de la época, no aparece ni un solo negro en los ambientes musicales (no empiezo a poner nombres porque la lista sería interminable) ni siquiera como músicos acompañantes: Eastwood no puede estar más lejos de la realidad y lo peor es que él, lo sabe.

En definitiva, una película que aparte de insertarse en el grupo de productos fruto de la mercadotecnia yanqui que nos trata a todos como meros consumidores de sus más rancios productos, alcanza la especial categoría de ñoña porque encima de que no cuenta nada interesante ofrece una visión de la vida machista, racista y anticuada... ¿o no tanto? (A ver si va a resultar que, otra vez según alguno, no me he percatado de la fina ironía del gran Eastwood que así pone de relevancia los defectos que observa en su propia sociedad. Para mí, mejor que ya lo deje estar.)


Postdata:

De hecho, se trata de lo que ahora ha venido en llamarse como "precuela" jajaja....
Tengo desde el 4 de septiembre pasado un borrador que al final decidí no publicar y dice así:

Can't Take My Eyes Off You


Viendo el título, seguro que habrás recordado algo en concreto.

A mí la idea de este recopilatorio me la ha dado la mercadotecnia en torno a la última de Eastwood, que habrá que ver en qué queda: es difícil sacar oro de la tierra....

Pero yo te pregunto: ¿esa canción, quien te la ha cantado mejor?

¿Cuántas versiones conoces?

¿Te atreverías a escuchar alguna de las que te propongo?

Vigila, porque algunas parecen ideadas para.....


Las Seventies

Heath Ledger

Frankie Valli and The 4 Seasons

Andy Williams & Denise Van Outen

Boys Town Gang

Misia

Gloria Gaynor

Jersey Boys Soundtrack






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