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dilluns, 8 de febrer de 2016

Salvad a los actores




Hace muy poco repasaba la filmografía de Jack Gilford, muy honorable secundario que aparecía en aquella película de 1971 de la que hablamos el mes pasado, veinte días atrás, y constataba que muy poco después aparecía en una película de la que había leído mucho pero que no recordaba haber visto jamás:

Save the tiger (Salvad al tigre (1973)) es una película dirigida por John G. Avildsen basada en un guión escrito por Steve Shagan en el que se narran las peripecias que vive un empresario del mundo de la confección pret-à-porter situado en la ciudad de Los Angeles de primeros de los setenta del siglo pasado.

Harry Stoner, que así se llama el personaje interpretado por Jack Lemmon, junto con su amigo de toda la vida Phil Greene, interpretado por Jack Gilford, está en los días previos a la presentación de una nueva temporada de moda, preparando todo con el ansia de conseguir las ventas suficientes aunque consciente que por el éxito puede hallarse en serios problemas de tesorería pues la suya es una empresa que ya hizo algunos arreglillos contables en el período anterior y carece de fondos para soportar los gastos inherentes a una producción que satisfaga los pedidos que su nueva colección, muy buena, seguro va a conseguir. un pez que se muerde la cola.

Harry está muy angustiado y cae en un aparente círculo vicioso en el que la memoria de sus compañeros de la segunda guerra caídos en las playas de Anzio, en cuyas playas años después no ha visto más que jovencitas en bikini, es un brote recurrente significativo de la angustia económica en la que ha caído por causas que no llegaremos a saber.

La trama ideada por Steve Shagan, narrando minuto a minuto lo que acontece a Harry en apenas dos días con la intervención de su socio y amigo de treinta años Phil como contrapunto de su voluntad al tiempo que reclamo de la propia conciencia, está servida con unos diálogos ácidos y una cámara bien movida por Avildsen en uno de sus mejores trabajos pero las cuestiones éticas y de fondo de todo lo que se nos cuenta no afloran con la fuerza requerida y uno se queda a medias porque se atisba pero no se alcanza una crítica potente al sistema en el que Harry y su socio Phil se hallan más que inmersos, prisioneros.

Diríase que hay una cierta autocensura en el propio guionista que, a las puertas, no acaba de entrar en lo que en aquella época era conocido como cine - denuncia.

A pesar del esfuerzo de Avildsen, las limitaciones del guión no le permiten ir más allá, con lo que el director, con buen criterio, decide construir una plataforma idónea para gentes con talento: el trabajo interpretativo de Jack Lemmon le reportó su único premio Oscar como protagonista: el actor, nacido en tal día como hoy hace 91 años, consiguió el premio con una película que podríamos considerar menor en una filmografía con grandes titulares. El bueno de Jack Gilford, pese a haber sido nominado como candidato en su calidad de secundario no obtuvo igual consideración y ahora, visto su trabajo, me parece una injusticia total, una más de la dichosa academia.

Ésta es pues una película que puede recomendarse para disfrutar del trabajo de dos actores que exhiben una naturalidad asombrosa: ambos Jack dan la impresión que se conocen íntimamente: son dos tipos que llevan años tratándose y se reconocen en los gestos, las inflexiones, las afirmaciones y las negativas. Ambos Jack era la primera vez que trabajaban juntos en una película y nunca más volvieron a hacerlo. Pero realmente parecen dos socios enfrentando día a día la misma aventura durante más de treinta años. Una lección de vocalización, gesticulación y control del tiempo. Una maravilla. Vale la pena.


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divendres, 29 de gener de 2016

Oxímoron e hidra




De entrada la idea de presentar dos amigos que en su senectud mantienen actitudes distintas frente a su momento vital mientras comparten recuerdos comunes, verdades a medias y mentiras inocentes por la desmemoria imputada al envejecimiento podría dar origen a un guión que, filmado con seriedad, conduciría a una película inteligente e interesante.

De una parte, Fred Ballinger es un compositor y director de orquesta que da por finalizada su actividad pública regodeándose en una apatía que le embarga y le sitúa en el polo opuesto al ansia frenética de su amigo de la infancia Mick Boyle, director de cine y guionista que está empeñado en ultimar el guión de la que será, dice, su testamento cinematográfico, su última película.

Ambos se encuentran en un lujoso pero envejecido y mal mantenido balneario suizo cabe los Alpes, paisajes hermosos, tranquilidad y reposo para Fred y reuniones de trabajo de Mick con un grupo de jóvenes ayudantes para conseguir el final perfecto a un guión que llevan meses pergeñando.

Fred y Mick, aparte de amigos del alma, son consuegros: el hijo de Mick, Julian, está casado con Lena, hija de Fred, que se despide de su padre para ir al aeropuerto, pues con su esposo se van de viaje de vacaciones: Lena volverá hecha un mar de lágrimas pues Julian la ha plantado, en el mismo aeropuerto, diciéndole que se va a vivir con la cantante Paloma Faith. Fred y Mick quedan estupefactos y Mick, además, avergonzado y cabreado por la estupidez de su hijo.

Este breve planteamiento deja mucho por contar del ingente material que maneja Paolo Sorrentino en su última película que usa un título inglés, Youth (La juventud) probablemente porque la intención era acaparar repercusión mediática y comercial aprovechando el tirón de la excelente La grande Bellezza, e la que hablamos en su momento, reclamo muy potente que ha devenido en craso error para este cinéfilo que suscribe.

Acaso Sorrentino pretendía con su película reflexionar una vez más sobre la gente que cuenta con más años y basar su relato en el oxímoron que se huele en el aire cuando Fred, después de recibir la atención del médico del balneario, que le asegura está perfectamente, le inquiere: ¿Y ahora qué? "La juventud" le responde el taimado galeno, dejando perplejo a Fred y decepcionados a nosotros constatando la impresión de hallarnos ante una parafernalia hueca de contenido, propia de charlatanes de feria o mercadillo.

Sorrentino emplea dos horas de nuestro tiempo para crearnos confusión mental pretendiendo convencernos que nos está transmitiendo una idea cuando en realidad, meditada con un poco de perspectiva, uno acaba por descubrir que en esta película el guionista y director -no tiene escapatoria: es responsable- se dedica a tirar cohetes artificiales todo el rato.

La trama está adornada por una serie de personajes colaterales de los cuales el mejor y más sustancioso es el del actor Jimmy Tree pero que no aportan casi nada a la narración, siendo casi prescindibles, como desechables son muchas escenas que Sorrentino nos presenta supuestamente porque han quedado bien fotografiadas, son resultonas, guays, chulas, pero que no conducen a ningún lado, como, por ejemplo, todas las que tienen como protagonista a un Diego Maradona en horas bajas o a una masajista eslava mientras hace gimnasia ante su televisor. Claro que igual se me escapó el significado.

Pero la impresión es el de una hidra de siete cabezas, una por cada elemento distorsionador, cabezas que no vamos a cortar no sea que se multipliquen y acabemos en un pandemonio porque a diferencia del ser mitológico, todas las cabezas, los distintos ramales del guión de Sorrentino, cada uno parece ir por su lado sin una fijación en el objetivo que debería ser aportar unidad a un relato en el que la película aparenta basarse y ése se me antoja un oxímoron que Sorrentino no buscaba ni pretendía y que a la postre deja el conjunto en algo parecido a una feria de vanidades acumuladas sin orden ni concierto, las más excluibles sin merma del conjunto, algunas directamente errores capitales que rompen la lógica pretendiendo quizás una imaginería surrealista que en la anterior ocasión tenía su razón y aquí pesa como una losa turbando el ritmo del cuento. La cantidad de desnudos en lugares públicos del balneario y la prostituta que acude al trabajo en compañía de su mamá hasta las puertas del establecimiento nos quitan cualquier atisbo de realismo y me hacen dudar de las intenciones de Sorrentino al incluir esas escenas tan gratuítas como buscando directamente una calificación "moral" determinada en el circuito estadounidense. Aquí, en Europa, ni nos escandalizamos ni nos las creemos.

Detengámonos en otras cuestiones no tan literarias para observar que la caligrafía cinematográfica de Sorrentino resulta preciosista en exceso, barroca sin sentido ni objetivo y sin que la demasía de imágenes bien fotografiadas haga más que molestar al ritmo; los devaneos esteticistas más que estéticos de la cámara servida por Luca Bigazzi son como las fotografías nítidas pero faltas de emoción y composición, instantes de una cotidianeidad que a nadie importa, obstáculos a una trama que no precisa discurrir en un retablo de las maravillas.

Michael Caine como Fred Bellinger realiza una interpretación fría, pausada, muy de bajo nivel: diríase que el actor no está muy seguro de lo que siente su personaje en cada momento, como si le estuviesen dando el guión por partes, técnica nada novedosa que al efecto no sirve a su propósito: resulta difícil mencionarlo sin señalar escena alguna pero baste indicar que, por ejemplo, cuando sabe del súbito abandono de su hija, casada precisamente con el hijo de su mejor amigo, queda como pasmarote, falto de realidad y lógica. Le han otorgado algún galardón, tal como lo veo, injusto.

Harvey Keitel como Mick despliega su sabiduría de veterano en todas las lides y se le siente emocionado, aliviado, cabreado y disgustado cuando toca y roba todas las escenas salvo cuando aparece como un torrente una Jane Fonda que aprovecha sus cinco minutos de gloria sin miramientos, ya que su papel está bien escrito.

El joven Paul Dano sigue pisando fuerte, resistiendo los embates de la cámara sin inmutarse, en un papel que tiene más de escuchante que de verborreico, dibujado apropiadamente como un secundario de lujo, un mirón que hubiera debido ser representante del patio de butacas para aclarar conceptos y queda en oportunidad para que Dano siga demostrando que no le tiene miedo a ninguna estrella del firmamento cinematográfico mientras actúa más con la mirada que con el gesto, siempre impasible.

El resto del elenco cumple con el encargo, encabezados por Rachel Weisz como la hija de Fred; un paquete de secundarios en el que hay de todo, muchos de ellos felices por los minutos que tienen en pantalla -cuando deberían ser apenas segundos en el mejor de los casos- gracias a la rocambolesca forma de narrar de Sorrentino, apoyado por Cristiano Travaglioli que como jefe de la sala de montaje alguna responsabilidad tendrá, digo yo, por el estropicio final, repleto de escenas que las tijeras deberían haber liberado.

La debacle la termina Paolo Sorrentino gracias a una banda sonora de la que únicamente puede salvarse el videoclip que nos endilgan de Paloma Faith, pues ni los "cover" (ahora llaman así a las versiones) que ofrece el lamentable grupo The Retrosettes dan para más ni las "composiciones cultas" de David Lang -por mucho que lo hayan nominado a premios- tienen carácter para levantar la función: más bien lo contrario, porque los números musicales, excesivos, son otro lastre -otra cabeza de la hidra- más para una historia que a priori podía tener atractivo pero que por falta de alguien que le llamara al orden (aquí es cuando aparecen los defensores de los Productores de antaño) el señor Sorrentino escribe mal y dirige peor.

Si les sobran dos horas, siempre pueden leer un libro. O ver otra película. Una que sea imperdible.










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dimecres, 20 de gener de 2016

Ettore Scola






Vaya mes de enero que llevamos: la parca parece que tiene mucho trabajo, esperemos que atrasado.

Se ha llevado ahora a Ettore Scola, excelente guionista y director italiano que en un siglo XX en el que Italia puede presumir de grandes cineastas, él tuvo su sitio.

En 1977 nos asombró con Una jornada particular de la cual dejamos constancia; de su labor como guionista dan fe todas sus películas y muy especialmente la que a primeros de los ochenta supuso un atrevimiento artístico sin miras comerciales, una obra, El Baile, que causó estupor y admiración por partes iguales, un encadenamiento de escenas en torno a una pista de baile sin palabra alguna.

Veamos una de ellas, el tango:




En 1997 el cineasta italiano escribió y dirigió un cortometraje titulado significativamente 1943-1997, apenas nueve minutos, del que no hay que decir nada más que véanlo:





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Descanse en paz.






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Esos deben ser gigantes






En el otoño de 1960 Harold Prince, que el próximo día treinta va a cumplir ochenta y ocho años, era un joven productor teatral de reconocido éxito cuando uno de sus eventuales colaboradores, un escritor llegado de Boston a Broadway para ayudarle a retocar detalles del musical Tenderloin, le dejó leer su primera obra teatral, en la que, aseguraba, había estado trabajando durante dos largos años.

Prince, que ya había recibido tres galardones Tony por su labor en The Pajama Game (1955), Damn Yankees (1956) y Fiorello! (1960) y dos nominaciones por New Girl in Town (1958) y West Side Story (1958), leída que fue la obra del novel autor, decidió adquirir los derechos de representación de la pieza.

Y se la guardó en un cajón.

Tiempo después, Prince acababa de obtener un éxito con la comedia Take Her, She's Mine (que permaneció en los escenarios prácticamente un año representada en más de cuatrocientas sesiones antes de ser trasladada, cómo no, a la pantalla grande con el mismo título, debido precisamente a su éxito de público) y mientras la comedia iba funcionando Harold viajó hasta los escenarios londinenses y allí quedó prendado por los modos escénicos de la directora Joan Littlewood, triunfadora en los escenarios del East End con Oh! What a Lovely War (que luego llevaría al cine Richard Attenborough) y se le ocurrió que la británica muy bien podía dirigir aquella pieza que un día compró, estrenarla en el East End, foguearla bien, pasarla al West End y de allí a Broadway, saltando el charco.

Es decir, que Harold Prince, el productor teatral de éxito, estaba convencido de la bondad de la obra de teatro del autor novel.

A Joan Littelwood la pieza le gustó y aceptó como propias las ideas de Prince: la obra, con ser de un novicio, al parecer estaba llena de notas y acotaciones y a falta de menos de una semana para el estreno Harold Prince, que viajó adrede a Londres para ello, se percató que la cosa no funcionaba: los intérpretes todavía estaban haciendo ejercicios de aproximación a los personajes, pero no se sabían las líneas de diálogo. Litlewood había trabajado como de costumbre, creyendo en la improvisación y Prince tuvo el pálpito que aquello acabaría mal.

Así fue. La crítica se cebó en un elenco a todas luces inadecuado y falto de preparación, una dirección que no parecía entender la comedia, pero salvaba el texto asegurando que era divertido y que era una pérdida presentarlo de esa forma.

Litlewood aceptó el fracaso, reconociéndolo amargamente y cerrando el Theatre Royale por tiempo indefinido y Harold Prince se volvió con la obra a Broadway como perro con rabo entre las piernas, encontrándose con el autor quien le pidió que fuese él mismo quien dirigiera la obra en Broadway. Ante el comprensible deseo del autor de ver su obra representada en escenario, Prince, que ardía en deseos de estrenarse como director, antes que nada, acudió a una pareja de intérpretes para que le hicieran una lectura de la pieza, para ver cómo sonaba: George C. Scott y Colleen Dewhurst (en aquel momento matrimonio) se mostraron encantados con los personajes protagonistas de la pieza y la lectura fue un verdadero éxito.

Pero a Harold Prince, convencido de la calidad del texto, por mucho que se esforzaba, no le llegaba la inspiración: no tenía ni idea de cómo afrontar la obra: él, productor reconocido en Broadway, atorado por una historia en la que, someramente hablando, Justin Playfair, un neoyorquino bienestante, viudo reciente, se cree que es la personificación auténtica de Sherlock Holmes y su hermano, acosado por deudas de chantaje, encomienda a una psiquiatra que le firme los papeles para internarlo en un manicomio y así hacerse con los bienes de su hermano como administrador.

Claro que ésa sinopsis es muy esquemática.

A George C. Scott, avezado pisa escenarios, el personaje le parecía un bombón para interpretarlo.

Y a la que entonces era su esposa, Colleen Dewhurst, le encantaba la idea de representar a la Dra. Mildred Watson.

Pero no pudo ser.


Watson : Es usted como Don Quijote, cree que todo es distinto de como es.

Holmes: Bueno, el tenía su punto de razón, pero lo llevó demasiado lejos: pensaba que cada molino era un gigante: eso es una locura, pero si el creía que podían serlo, porqué no...

Seres más inteligentes creían que el mundo era plano. ¿Pero y si no lo era? Podía ser redondo...

Y el pan enmohecido ser medicina.

Si nadie se fijara en las cosas, y pensara lo que podría ser, todavía estaríamos en la selva, con los monos.




En realidad, no pudo ser para Colleen Dewhurst.

Puede que George C. Scott se quedara con un ejemplar de la obra teatral guardado en su carpeta de pendientes y entre representación teatral y película de resonante éxito, primero coincidió con Paul Newman en la celebrada El buscavidas (1961) y luego obtuvo fama internacional al obtener el premio Oscar al mejor actor por su interpretación del general Patton (1970) y desechar públicamente ir a recogerlo, demostrando, por si hubiera dudas, que los del Atlántico (New York) se sentían muy alejados de los del Pacífico (Hollywood) e iban a su bola.

No perdería mi apuesta si fiara el todo a que, quizás en una cena, George C. Scott se pusiera a leer aquella comedia que tanto le gustaba en la que él se veía siendo un Sherlock muy especial, y resultara que la esposa de Paul, cenando a su lado, quisiera darle la contra réplica leyendo al personaje de esa Dra. Mildred Watson que, de repente, atrapó su ánimo y la enamoró. Seguro que Paul abrió los ojos, George le aseguró que ni en broma cedía el trato, pero Newman lo acababa poniendo sobre la mesa unos billetes, como productor asociado, sin figurar mucho, para complacer a Joanne Woodward, su querida esposa, dejando que George, descubridor al fin y al cabo, se quedara con el plato fuerte.

Colleen y George se divorciaban por última ocasión en febrero de 1972.

La película que produjo Newman junto a otros se tituló, igual que la pieza de teatro, They Might Be Giants y se basaba en el guión que sobre su propia obra realizó James Goldman, que tuvo que esperar once años para ver en pantalla la que fue su primera obra teatral, pieza que, como se ha relatado, jamás se ofreció al público en un teatro, más allá de quince días de fracaso londinense.

Cuando Goldman recibió el encargo de escribir el guión sobre su propia obra, ya había sido aclamado por la posterior El Leon en Invierno, como vimos hace muy poco. Seguramente fue el propio Goldman el que recomendó la contratación de Anthony Harvey como director, ya que sin duda y por mucho que lo pretendiera el propio Harvey, la profusión de notas y acotaciones de Goldman -junto con la flaqueza de Harvey- aseguraban un resultado cercano a las pretensiones del autor.

Con lo que no contaba Goldman era con los gerifaltes de la Universal, que, probablemente espantados al visionar una película que poco tenía de comedia romántica, decidieron cercenarla y remontarla a su gusto: incluso el pánfilo de Harvey, posteriormente, despacharía muy brevemente su experiencia con esta pieza de Goldman, relatando intromisiones de la Universal.

Si sería nefasta la intromisión que Goldman capturó sus derechos y la obra, que se sepa, nunca más ha sido representada e incluso apenas hay rastro de su temprana edición de 1961: dos ejemplares en amazon, yo diría que fotocopias de libretos de actores (a $80), pero ni rastro del guión cinematográfico del que hay que suponer una vez más su pulcra redacción y minuciosa acotación por parte de Goldman, marca de la casa.

No resulta sorprendente que George C. Scott permaneciera tanto tiempo prendado de ése protagonista, antiguo abogado de prestigio y luego famoso juez neoyorquino que, hallándose de repente viudo, pierde la cabeza y se reinventa o renace como el propio Sherlock Holmes, pero no un Sherlock que sea una paráfrasis o un homenaje al invento literario de Conan Doyle, si no, como el propio título apunta, émulo del caballero andante Don Quijote, viendo gigantes donde los demás, vulgo normales, sólo ven molinos.

Una vez más, el texto de Goldman excede las posibilidades cinematográficas de Harvey que se mantiene en una forma de filmar acomodaticia y lejana de todo riesgo, otorgando a esta fábula fantástica un tratamiento de comedia romántica extraña pero nada irreverente ni caótica, apenas excéntrica. El guión bebe de las fuentes clásicas y nos presenta un caballero juicioso, lleno de razones, convencido de ser el famoso Sherlock Holmes, ataviado al punto de gorro de cazador y pipa de espuma de mar, empeñado en dar caza a su archienemigo Moriarty: no hay en la trama misterio alguno más allá de la imposibilidad de hablar de un enfermo psicosomático de la Dra. Watson y el empecinamiento del autoproclamado Holmes alberga aires quijotescos que la facultativa apunta en la frase resaltada más arriba no siendo obstáculo para que ella, partiendo de una conciencia científica, acabe por sucumbir a la magia imaginativa del paciente que le imponen no para que le provea de sanación : para que firme y declare su insania mental: precisamente la veracidad de lo que la mente conoce como cierto es el punto de inflexión del héroe, dispuesto a dudar de una realidad quizás impuesta por una sociedad que no ve más allá de lo que le interesa desdeñando los deseos y ensoñaciones de los ciudadanos: uno se queda embobado, como el protagonista, escuchando las ganas del bibliotecario de ejercer como la Pimpinela Escarlata: ¿por qué no?

El buenísimo trabajo de todos sus intérpretes, encabezados por magistrales composiciones de George C. Scott y Joanne Woodward, permite al aficionado disfrutar de una comedia que de romántica tiene un deje, y de surrealista inocente con puñalada directa al materialismo imperante un mucho más; un texto rico en intenciones, imaginativo, fecundo de ideas mágicas y ensoñaciones de un mundo mejor, una bocanada de optimismo un punto subversivo que al parecer no acabó de complacer a los testaferros del capital que, prestos, procedieron a mangonearla a su antojo, dejando al público una película brillante por momentos y confusa puntualmente, como mal acabada.

Una vez más, John Barry se apunta a la empresa con una banda sonora que sin ser tan especial como la anterior, sigue muy bien la estela marcada por la escritura de James Goldman.

Conociendo la forma de trabajar de Goldman y sabiendo que ni Scott, ni Woodward ni tampoco Newman eran intérpretes dados a renunciar a sus propias ideas, resulta comprensible que, a la postre, esta película, como ocurrió con la obra teatral, haya caído en el más lamentable olvido porque la distribuidora jamás ha tenido la más mínima intención de sacarle partido. En España se estrenó, con el más que lamentable título de El detective y la doctora, directamente en la televisión. El retitulador, una vez más estúpido, ni siquiera se dió cuenta del homenaje cervantino que Goldman nos propina y lo fácil que es su traducción.

¿Vale la pena ver, entonces esa película? Mal que esté cercenada y remontada con inopia, el cinéfilo no debería perdérsela, porque en ella se mantienen escenas bien compuestas y mejor interpretadas, el guión sigue manteniendo su brillantez con algún punto de incoherencia y no tan sólo vale la pena por ver a los protagonistas: los secundarios están muy bien y en grupo se puede intentar reconocer algunas caras que han sido muy populares. Una película maldita, hija de una obra teatral maldita, ambas muy capaces de entrar, por derecho propio, en un menú de rarezas imprescindibles.


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dijous, 14 de gener de 2016

Alan Rickman



Ha fallecido Alan Rickman, actor británico que, según en que trabajo se le recuerde, define la veteranía del cinéfilo, pues su carrera la inició en los setenta del pasado siglo y se extiende hasta la actualidad, pendiente de estreno, todavía.

Cuando dí un repasito a la Gente de Smiley, años después de verla en la tele, comprobé que un joven Alan Rickman ya tenía una breve aparición en un capítulo: coincidir en los inicios con el maestro Alec Guiness fue casi una premonición:




Eso era en 1982: seis años más tarde se dió a conocer mundialmente por el sonoro éxito de La jungla de cristal, en la que compuso el personaje de un villano que traía de cabeza a un Bruce Willis que gracias a un malvado semejante pilló un héroe para muchos años...




Eso fue en 1988 y a partir de ahí el rostro de Alan Rickman y su voz (para los que han tenido la suerte de escucharle en v.o.) dejaron de ser conocidos llegando a convertirse en una figura habitual en todo tipo de películas, siempre ofreciendo contrastada fiabilidad en su trabajo de intérprete, quizás desenvolviéndose mejor en caracteres de malos tipos, incluyendo aquellos que dependen del trazo de un dibujante, no en vano Rickman, gracias a su voz y al dominio de la misma, era de ése grupo de intérpretes que consiguen seducir al cinéfilo sin ofrecer su presencia al cien por cien, en ocasiones, incluso, entonando:





Eso era en el año 2000 y era la primera vez que prestaba su voz a un personaje animado, pero no la que se atrevía a entonar unas notas musicales con más o menos gracia, porque ya lo había hecho en 1990:





Años más tarde, le vimos nuevamente componiendo un malvado en una película que ya tratamos oportunamente aquí y también pudimos comprobar que a pesar que su voz de forma natural había bajado algo de tono, seguía infundiendo ira incluso en los que le acompañaban en un insólito dueto:





Eso era en 2008, en lo que algunos malintencionados llamarían un descanso en las maldiciones varias, pero eso ya es otra historia.

A veces, hace falta que uno se muera para que nos demos cuenta de la bondad de su presencia...

Descanse en paz Alan Rickman.




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diumenge, 10 de gener de 2016

Henri & Peter (y II)





Ya vimos el año pasado que los avatares históricos, reales, del que fue el primer monarca de la dinastía Plantagenet, Enrique II de Inglaterra, merecían recibir la atención del cinéfilo curioso entre otros motivos porque su figura hasta la fecha ha sido incorporada en la forma más brillante por un único actor, Peter O'Toole, en sendas películas estrenadas en la década de los sesenta del siglo pasado y en ambas ocasiones rodeado de un elenco distinguido.

En la segunda película, estrenada cuatro años más tarde, veremos a un Rey Enrique que, trece años (1183) después de haber fallecido Becket, su amigo, consejero y a la postre adversario, debe tomar alguna decisión plausible respecto a la herencia del trono que ocupa ya que el natural heredero, su hijo Enrique, nombrado corregente precisamente en 1170, fallece en el mes de junio de ése año 1183.

Enrique había conseguido componer un reino de considerables dimensiones e importancia y provisto como estaba el monarca de una mentalidad moderna para su época, sostenía que la división de tal reino entre los descendientes supérstites significaría la debacle.

Los datos históricos, que Anouilh modificó un poco a su conveniencia al contarnos magníficamente la relación entre el monarca y su mejor vasallo, sin duda excitaron la imaginación de James Goldman que decidió escribir una pieza teatral refiriendo el encuentro (ficticio) que en el castillo de Chinon (Francia) mantienen durante las navidades de 1183 los miembros de la corte de Enrique II, su esposa Leonor de Aquitania, sus hijos Ricardo (Corazón de León), Juan (Sin Tierra) y Godofredo, así como la supuesta futura esposa de Ricardo, Alais, hermana pequeña del Rey de Francia, Felipe II,también invitado al castillo.

Con todos esos personajes reales James Goldman construye una comedia dramática provista de una densidad psicológica inusitada servida por un lenguaje que sin imitar ni formal ni fonéticamente el modo clásico al que estamos acostumbrados gracias al Bardo sí ofrece una batalla dialéctica dura, frenética, deliberadamente sibilina en la que la choba es arma arrojadiza cotidiana, un escenario difícil de manejar para cualquier dramaturgo que se precie y no digamos ya a quienes se encarga su representación.

La obra teatral se estrenó en Broadway en 1966 contando con Robert Preston y Rosemary Harris (que ganó un Tony por su interpretación de Leonor de Aquitania) y un larguirucho jovenzuelo que atendía por el nombre de Christopher Walken. La crítica se dividió inmediatamente entre partidarios acérrimos y denostadores impertérritos y así ha permanecido hasta nuestros días sin que ello obste a que la pieza sea representada año tras año en diferentes plazas de los aficionados anglosajones, habiendo devenido en un auténtico clásico, como lo demuestra que el mes que viene se represente en Syracusa y durante este año en diferentes lugares de la geografía con idioma inglés.

Como es habitual, de Broadway a Hollywood apenas hay un paso cuando el texto es bueno y un buen día Peter O'Toole recibió la propuesta de incorporar una vez más a Henri II y, como hemos podido comprobar recientemente, el actor ejerció su prerrogativa de estrella protagonista para elegir el elenco que habría de acompañarle en la película que iba a dirigir Anthony Harvey, basada en el guión adaptado que sobre la propia obra escribió James Goldman, uno de cuyos borradores, muy interesante, puede consultarse y obtenerse en este enlace : The Lion in Winter (Second Draft of a Screenplay)

Nada más leer la primera nota complementaria de la mano de James Goldman (hay otros guiones en la red, pero carecen de las inestimables acotaciones y notas) se comprende bien cual es la intención del autor, alejándose de la típica presentación hollywoodiense recreando artísticamente unos ambientes de cartón piedra que en nada se asemejan a lo que debió de ser la Edad Media. Ello a pesar que Goldman no se sujeta a la historia con detalle para tejer su red maledicente en la que transitan los personajes, desechando con buen criterio atenerse a la veracidad histórica del relato para crear una ficción más libre aunque basada en deducciones derivadas de hechos acontecidos, tal como algunos los contaron y dejaron escritos.

Así como en la anterior Becket su autor cambió la nacionalidad de un normando (nacido en Londres, pero de familia normanda) reconvirtiéndolo en sajón para obtener mayor discrepancia, James Goldman insiste en que el personaje de Leonor de Aquitania, como lo fue en la realidad, sea en edad mayor a su esposo (ver página 4 del guión) pero desde luego ése no fue el detalle que movió a Peter O'Toole a llamar a su amiga Katharine Hepburn: él, jocoso, insistía en que sus otras dos elecciones hubiesen sido Vivien Leigh (fallecida el año antes) y Margaret Rutherford que con 75 años acababa de jubilarse.

La elección de Kate, cuyo concurso me chirrió cuando ví la película en "mi cine" en su día porque se la ve demasiado mayor en comparación (no eran diez, eran veinticinco) sigue extrañando todavía al inicio de la película pero desde luego, viéndola como se debe en versión original, al poco uno se olvida de detalle tan nimio.

La película, titulada como la pieza The Lion in Winter (El León en invierno) nos muestra pues lo sucedido en una reunión familiar en la que el monarca Enrique II Plantagenet juega al ajedrez humano contra su esposa, la intrigante Leonor, sus hijos ávidos de herencia, cargos y poder, Ricardo, Godofredo y Juan, el acecho interesado del joven Rey de Francia dispuesto a competir con su vasallo más díscolo y la pobre Alais que, enamorada del padre, ve como es ofrecida al hijo que no la quiere para nada.

Gracias al buen gusto profesional de Peter, son dos buenos actores británicos (cómo no) los que debutan en pantalla: Anthony Hopkins como Ricardo y Timothy Dalton como el joven Rey Felipe II de Francia.

La ambientación artística, tanto escenarios como vestuarios, sujetos a la voluntad de James Goldman, que se me antoja casi moscardón insolente zumbando en el oído del director Anthony Harvey, representa una corte en la que el frío hiela los huesos de monarcas y vasallos y de esos temblores se vale muy bien Peter para humanizar su maiestático personaje al que carga de sentido de la responsabilidad mientras agita sus reales posaderas a la lumbre ardiente de la enorme chimenea y provoca el debate con un primerizo monarca francés al que intenta tratar condescendiente valiéndose de su veteranía: luego le saldrá torcido el regate y obtendrá su horma en una escena que el maestro Lubitsch hubiera filmado de forma magistral, gentes de buen ver que se ocultan presurosas tras cortinajes espesos al albur de puertas que se abren y franquean el paso a invitados inesperados, un punto de comedia perdido en una trágica comedia dramática que en otras manos, más expertas que las de Harvey, hubiese sido más mordaz y cáustica.

La labor de Anthony Harvey resulta irrelevante al texto que acompaña: lo filma con eficacia, sin apenas sentido cinematográfico en lo que se refiere a expresión visual que refuerce el contenido literario, más o menos acertando en el uso de primeros planos y en el movimiento de cámara en los exteriores que evitan la claustrofobia propia de los trasuntos teatrales, pero excede en modos que han quedado trasnochados y suerte tiene del elenco participativo que podríamos dividir en dos grupos, a saber: Peter O'Toole y Katharine Hepburn de un lado, y el resto, del otro.

El resto, según sus propias declaraciones vertidas incluso años después, absolutamente acojonados, no tanto por ser su debut ante cámara cuanto por compartir escenas con Kate y con Peter: son pródigos en anecdotario al respecto pero lo que a nosotros nos importa, ahora, cinéfagos prestos al ágape, es que el trabajo que nos ofrecen es de calidad, cada uno en sus posibilidades.

Quienes exceden -una vez más- lo previsto son Peter y Kate: ella, que fue agraciada con un Oscar, hay que verla al cien por cien, es decir, en versión original, para aquilatar la sabiduría artística de la que, en palabras de su compañero de planos, era la mejor actriz americana. Kate se columpia en las frases, en las miradas, componiendo a la perfección a esa Leonor de Aquitania que merecería por sí sola una película biográfica bien escrita: una mujer avanzada a su tiempo, libre, que, seguramente, fue lo que convenció a Kate a aceptar la propuesta de su amigo Peter: sabiendo cómo las gastaba la actriz, uno tiene la sensación que ni por un momento dudó en que ella y no otra debía ser la que interpretara al personaje: como anillo al dedo.

Peter O'Toole compone de forma soberbia ése Rey Enrique que ha pasado toda su vida luchando por construir un reino lo más parecido a un imperio y se huele que le queda poco tiempo: es consciente de su sabiduría y le encanta jugar a las mentiras, enredando a unos y otros, tejiendo como Penélope por la mañana lo que por la noche deshará, no por alargarlo mas por obtener el tejido que desea: un heredero a su gusto, alguien a quien dejar el fruto de sus desvelos vitales, alguien que no trocee lo conseguido: un adelanto en las leyes y su cumplimiento, ordenada la fuerza coercitiva de los tribunales más o menos independientes, un avance que, dice, asegurará a cada aldeano que su vaca es su vaca.

O'Toole, que ya había dado una lección dando fuerza juvenil a Henri cuando se las tuvo con Becket, remata la función en un despliegue magistral de tonalidades vocales, gestos y miradas electrizantes con una fuerza descomunal que incluso acaba por dominar la energía atómica desplegada por Kate, lo cual define la situación con bastante exactitud: esta película hay que verla por ellos dos: tramas como la presente, en la que una familia se las tiene a mayores en busca de la supremacía, del poder, historias en las que el beneficio personal, la querencia propia prima sobre la propia familia, hay muchas: actores dando el cien por cien a un nivel tan alto, es cosa insólita. Cada vez más.

No sería justo cerrar estas letras dejando al margen la excelente contribución que el compositor John Barry hace presentando una banda sonora ajustadísima a la temática y a la época: pocas veces el refuerzo sonoro ha sido tan notable; cabe citar por ejemplo la llegada del exilio de Leonor, preciosa y útil a un tiempo.

En definitiva, una de esas películas que nadie debería desconocer, poseedora de un texto sólido y bien construido, un ritmo ajustado a la acción templada y mendaz, un elenco sobresaliente capaz de elevar el interés del conjunto, una oportunidad de paladear el arte escénico como pocas hay ya.

Imperdible para quien gusta de ver y oír intérpretes que son artistas de verdad.





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divendres, 8 de gener de 2016

Peter







Andaba buscando entre el galimatías de youtube algún vídeo que me sirviera para un fin concreto cuando de repente me topé con una entrevista que le hicieron a Peter O'Toole en el canal televisivo TCM Classics, bajo la responsabilidad como entrevistador de Robert Osborne.

La entrevista, para un cinéfilo no tiene desperdicio; teniendo la suerte de conocer y lógicamente admirar los buenos trabajos de Peter, el enganche es total: porque además del lujo que supone escuchar a alguien con una voz privilegiada y una técnica vocal excelente, impresionante, el vídeo viene acompañado de unos subtítulos en francés que ayudan bastante.

Sí, ya sé: mejor si los subtítulos fuesen en castellano: es lo que hay, amigos. No nos extendamos, que nos desviaremos de lo que interesa.

Ahí abajo se puede ver el vídeo: una hora, casi, muy suculenta, con unas frases finales del actor que algunos deberían tener enmarcadas en el techo que cobija su cama, para que fuese lo primero que vieren al despertar.




p.d.: para aquellos "críticos sabihondos" que aseguran que Peter y Richard andaban bebidos en el rodaje de Becket, la entrevista es clarificadora....







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dijous, 31 de desembre de 2015

Cambiando de año





No vamos a cambiar de costumbres y por lo tanto dejaremos perder la oportunidad de hacer una lista de lo mejor o de lo peor que hemos visto en la pantalla en este año que finiquitamos hoy.

Ha habido, como siempre, cosas buenas y cosas peores y me parece que quizás lo más apropiado sea olvidar lo malo y esperar con todo el optimismo posible que el año que viene, ése sí, la cosa del cine vaya a mejorar sustancialmente, que ya le toca.

Hoy no vamos a reseñar ninguna película.

Pero no vamos a olvidar del todo el cine.

Hace poco uno de los comentaristas de este bloc aseguraba que iría a ver una película sólo por escuchar la banda sonora y, como su onomástica fue hace dos días, he creído que hacerle a él un pequeño obsequio nos iba a beneficiar en definitiva a todos:

De pura casualidad me topé hace un tiempo con un vídeo en youtube que ofrece, con muy buena calidad de audio, el homenaje realizado al maestro John Williams: Gustavo Dudamel ejerce de director con su brillantez habitual y también de insólito entrevistador: hay algún que otro invitado célebre: estos americanos, cuando se ponen a homenajear, se ponen bien.

Para verlo, basta hacer click aquí

Hay algún trozo gastado, porque lo he repetido varias veces.... ;-)

Y si para después de las campanadas todavía hay ganas de seguir con un poquito más de marcha, propongo que el buen jazz sea el acompañante y que mejor que recordar la celebración del día internacional del Jazz del año 2015





¡Feliz Año Nuevo!







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dimarts, 29 de desembre de 2015

Henri & Peter ( I )






Hoy, cuarto día después de celebrar la navidad, hace exactamente ochocientos cuarenta y cinco años que las piedras del altar de la catedral de Canterbury se tiñeron de rojo por la sangre vertida en el asesinato del que era el Arzobispo titular, un Thomas Becket que como resultado de tan luctuoso suceso alcanzó sitio en el santoral de la Iglesia Católica y manteniéndose asimismo en igual condición en la Iglesia Anglicana, siendo el día de hoy, 29 de diciembre, el dedicado a celebrar su memoria.

Varios siglos más tarde, en 1934, el ya célebre poeta y dramaturgo Thomas Stearns Eliot, nacido en Estados Unidos pero nacionalizado británico en 1927, conocido como T.S. Eliot, recibió, como él mismo relata en el prólogo de la traducción española de su pieza la invitación "a escribir una obra para el festival que anualmente celebran los amigos de la Catedral de Canterbury. Me pareció muy a propósito escoger como asunto algún hecho de la historia de dicha catedral, centro tradicional de la Iglesia de Inglaterra. Y de toda esta historia no hay hechos más conocidos para un público inglés que el asesinato y canonización del arzobispo Becket".

T.S.Eliot escribió Asesinato en la Catedral, pieza dramática en dos actos y un intermedio, corta de extensión, apenas setenta páginas de poesía dramática imposible de traducir en lo que se refiere a la música del texto, con el añadido de una forma elegíaca que bebe en las fuentes más clásicas del teatro griego, sirviéndose T.S.Eliot de un coro de lamentaciones para describir situaciones, hechos y sentimientos, en lo que siempre se ha conocido como una obra hagiográfica dotada sin embargo de unos apuntes históricos que sitúan dudas en el trasfondo a partir de una mirada desapasionada. La obra se sigue representando ante el público angloparlante precisamente por la belleza de su poesía.

Sin duda alguna el dramaturgo francés Jean Anouilh había leído la obra de T.S.Eliot cuando en 1959 publicó su propia versión de los hechos históricos: Becket o el honor de Dios se estrenó recibiendo un éxito extraordinario perfectamente explicable por diversos motivos:

El texto de Anouilh, también corto, es una delicia para los aficionados al teatro: formalmente mucho más moderno, incluyendo acotaciones que tardaron en verse por estos lares, como la intervención de los personajes secundarios moviendo elementos escénicos, ofrece al lector experto una visión estimulante y adictiva de los hechos acontecidos hace tantos años ya, sin que el rigor histórico aprisione el arte del autor, que modifica a su conveniencia dramática detalles que críticos tiquismiquis refieren.

A diferencia de la pieza más rancia, Anouilh sí nos presenta la figura del monarca Enrique II de Inglaterra, de la dinastía Plantagenet: su personaje se llama El Rey. El antagonista, de quien toma título, se llama Becket.

Fuerzo la interpretación de la pieza cuando adjetivo de antagonista a Becket, primero amigo y valido, luego Canciller del Reino y, acabáramos, Arzobispo de Canterbury, mientras que Henri de Plantagenet, siempre es El Rey (de Inglaterra).

Me ha costado media vida darme cuenta que, en realidad, el protagonista no es Becket, por muy santificado que esté.


Cuando en mi adolescencia tuve la suerte de ver en pantalla grande (dichosos reestrenos de antaño) la película dirigida por Peter Glenville titulada simplemente Becket (1964) quedé muy impresionado por las actuaciones de ambos protagonistas, Richard Burton como Becket y Peter O'Toole como El Rey, aún en la condición de asistir a media interpretación por el doblaje, excelente por demás, como los de la época.

Ha sido ahora cuando gracias a los dvd que se pueden hallar en mercadillos de ocasión a precios justos que he podido disfrutar de la versión original y la experiencia me ha movido a saber más.

Peter Glenville fue, más que nada, un excelente director teatral: en 1960 dirigió la obra de Anouilh que se estrenaba en Broadway con unos datos escalofriantes para cualquier aficionado al teatro: Laurence Olivier como Becket y Anthony Quinn como El Rey. Después de gran éxito, hicieron unos bolos, no siguiendo Quinn por problemas de agenda, interviniendo Arthur Kennedy como sustituto: en la extensa gira por el país, como a Olivier le gustaba tanto el personaje, alternaban ambos actores sus personajes: cuentan las crónicas que la gente iba a verles dos veces, para disfrutar del todo.

Para hacerse una idea de lo que es la pieza, baste saber que en Londres la interpretaron Eric Porter y Christopher Plummer y que en España, dirigida por José Tamayo, nada menos que Fernando Rey y Francisco Rabal se encargaron de los protagónicos. Así que la cosa tiene miga y, por descontado, dificultad: un verdadero reto para cualquier actor que se precie.

De la traslación de la obra teatral a la pantalla se ocupó también Peter Glenville y según la ficha consta que del guión se ocupó Edward Anhalt que, a la postre, obtuvo un Oscar por su "labor" que, leída que ha sido la obra, se debió reducir a una mera traducción del texto. Cosas que pasan en Hollywood.

Esta es una película que debe pues su origen al teatro y se puede vislumbrar por la calidad de los diálogos pero no por las formas del conjunto. Aunque haya una cierta claustrofobia anímica en el Real personaje, preso de sus decisiones y sus anhelos dirigidos a satisfacer una visión inédita en su época, no hay modo alguno para que el espectador sienta, visualmente hablando, que se halla ante una adaptación de una pieza de teatro.

Aquí, por desgracia, se acaban los méritos de la labor de Glenville como director de cine, quizás más pendiente de sus actores que de otra cosa, olvidando que existe un lenguaje cinematográfico con el que se puede enfatizar, remarcar, apuntar, mostrar y compartir toda clase de sentimientos. Una dirección plana, sencilla, olvidable. Incluso, leída la obra original, diríase que Glenville sufrió un temor, un pánico escénico al agarrar la cámara, porque el conjunto de la película reviste en su apariencia menos modernidad que el texto teatral y sus acotaciones.

El punto fuerte, fortísimo diría, de esta película, es la oportunidad de asistir a una representación ineludible de un texto estupendo, una recreación de personajes que seducen desde el primer momento, que mantienen la atención sin esfuerzo y el ánimo tenso, maravillado: si hay gusto por las buenas interpretaciones, sin duda, ésta es una película a guardar en primera fila.

Richard Burton y Peter O'Toole, amigos del alma espirituosa, están sobresalientes en un guión que pertenece a Jean Anouilh por méritos propios; Burton, en una interpretación medida y calmada, gesto prieto y voz pausada y cariñosa (siguiendo al pie de la letra las instrucciones que hallamos en el texto teatral) otorga una ambigüedad a su personaje que lo enriquece y le da profundidad; O'Toole, una vez más, expone su magnetismo histriónico y medido, su mirada que hiere como cuchillo al rojo y su voz seductora para componer un Rey que sabe lo que quiere y lo que debe y que no puede olvidar pese a la soledad que le viene impuesta: ambos ejercen su magisterio interpretativo, que les valió a cada uno sendos premios en nuestro país en diferentes certámenes, al servicio de unos personajes que se alejan de la hagiografía mediante una biografía inventada a medias en un conjunto en el que, una vez más, pese a que el título lleva el nombre de uno, el que se lleva la memoria es el otro.

Ese Rey Henri II que siéndolo de Inglaterra apenas hablaba inglés, que durmió la mayoría de sus noches en lo que hoy es Francia y que desarrolló una serie de iniciativas que perduran aunque no en la memoria popular, está representado en el texto de Anouilh con unos ribetes de veracidad que dejan un punto mal parado a su amigo Becket, frente a cuya tumba se inicia y se acaba la narración, en un flashback apenas percibido, ya presente en la pieza teatral, punto de coincidencia entre Anouilh y T.S.Eliot pues ambos, desde un principio, nos anuncian la muerte de Thomas Becket, tal día como hoy.

Los caracteres de ambos personajes, aún sabiendo que hay erratas históricas, cautivan porque siendo como son contradictorios en su fase final, quizás lo son porque ambos sienten la obligación de ejercer un poder que proviene del título para el que han sido ungidos y debido a ello se ven abocados a una confrontación que dinamitará una relación amistosa muy estrecha, íntima. Precisamente esa amistad y la forma en que la misma es observada desde cada uno de los componentes de la misma es el eje sobre el que Anouilh construye su drama: es evidente que para el todopoderoso Rey la amistad es sincera y nada interesada aunque por momentos dominada por la autoritas real que se impone por ejemplo en caprichos carnales sin mediar más razón que la lascivia inmediata mientras que en el lado más débil, sea cortesano, sea Canciller, hay una astucia calmada que procura una supervivencia interesada mezclada con una sincera lealtad y comprensión de la grandeza del desempeño del otro: dicha calma se torna en resistencia pasiva cuando ya las necesidades mundanas se han olvidado y abandonado en un pasado de juventud alegre exenta de responsabilidades que ahora ciñen imaginariamente la cabeza del que se contempla a sí mismo como protomártir de una causa que, de veras, tampoco acaba de merecer el estatus que se le otorgará.

Frente al autocontrol de Becket, que se aleja, el Rey clama, grita, se exaspera, doliéndose de sus errores: mientras el uno es un antecedente de la resistencia en pasividad, el otro ruge como león herido y sus zarpazos infunden terror; pero ambos siempre son conscientes de su cargo, de su potestas y de las obligaciones que ello conlleva.

La pieza de Anouilh, aparte de ser un desafío para cualquier actor capaz de afrontar con garantías obras mayores, constituye un estudio psicológico de caracteres que, en el fondo no son tan diferentes, porque ambos se hallan con gusto sometidos a las servidumbres del poderoso imbuido de un deber destinado a satisfacer a quienes dependen jerárquicamente y esperan no verse defraudados. No entra mucho Anouilh en los detalles, pero lo suficiente se nos ofrece con claridad a fin de que podamos aquilatar las disyuntivas; el autor prefiere cargar el peso en la relación de ambos personajes y en el inexorable cambio que la misma sufre con los acontecimientos, con una brevedad y concisión que ofrece, en pocas páginas, hechos realmente acontecidos a lo largo de más de una década.

Esta película, deudora absoluta del autor teatral francés, aparte de ser una gozada para los sentidos del aficionado a las excelentes interpretaciones, es un acicate para que el ignorante en historia como este que firma abajo sienta curiosidad por la personalidad de un rey lejano que, al parecer, merecería más películas que las que se han ocupado de parte de sus hazañas vitales.

Imperdible, por supuesto, en v.o.s.e.





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dilluns, 21 de desembre de 2015

Laureano, ¿no has aprendido nada?




En la noche dominical del estruendoso multi estreno y por la gracia de la dueña de "mi cine" he asistido por primera vez a una exhibición en v.o.s.e. de una película de la saga galáctica más popular desde que en 1977 inicié mi relación particular con el invento de George Lucas, a partir de entonces reconvertido en una especie de tío Gilito, amante del dinero que, mira por donde ha acabado en las fauces de la Disney.

Curiosidades de la vida, fíjate.

Una buena amiga me advirtió que, ya que pensaba verla en v.o.s.e., no se me iban a cansar las retinas de leer. Pero que por caña, no iba a faltar. Un buen aviso, un resumen magnífico.

Las he visto todas. Ni una de la saga me he saltado. Ni una, tampoco, ha conseguido satisfacer totalmente mi cinefilia: ya en la primera, vislumbré demasiados "homenajes" y por mucho que busqué tan sólo hallé originalidad en los trucos técnicos, asombrosos para la época.

Han pasado casi cuarenta años y no ha habido avance alguno en cuanto al guión y lo que es peor, en los avances técnicos apenas hay diferencia. O sea: más de lo mismo: no hay avances. De hecho hay avances si comparamos con las malditas tres precuelas, pero eso, visto lo malas que son, tampoco es ningún mérito.

La aparición de la Disney con sus millones de publicidad ha provocado que, aparte de los enfermos de cinefilia que no pueden resistir la tentación para satisfacer su curiosidad aunque se barruntan que lo van a lamentar, millones de personas han acudido a las salas de cine, incluso comprando las entradas con antelación, como si se tratara de una primicia irresistible, de un hito cinematográfico imperdible.

Nada más lejos de la realidad.

Este nuevo episodio de la saga, Star Wars El despertar de la fuerza apenas supone un simple avance en una trama que se va hilvanando de casualidad sin un plan previo preconcebido. Sorprende comprobar que consta como guionista Lawrence Kasdan quien escribió los guiones de El Imperio contrataca (1980) y El retorno del Jedi ((1983) en unos inicios como guionista y director bastante estimulantes que luego fueron decayendo y su última muestra sirve para constatar que en estos treinta y cinco años su pericia como guionista no tan sólo no ha avanzado mucho sino que, además, ha desaparecido cualquier atisbo de lógica constructiva e imaginación novedosa. Kasdan se copia a sí mismo y lo hace mal.

El otro guionista es el propio J.J.Abrams, director de la película y por tanto su máximo responsable. Del mismo, como director, lamento haber visto en su día Mision Imposible III que precisamente hace una semana "casualmente" la tele nos ofrecía y ya iba avisado con lo que me iba a encontrar: escenas de acción frenética estiradas al límite y escasa inventiva cinematográfica cuando la acción cesa. Lo malo es que incluso la acción está resuelta con una falta de lógica insultante ya desde el ámbito visual, faltando a la pulcritud necesaria en la concatenación de acciones que, aún en la mayor ficción, promuevan un sentimiento de verosimilitud en el respetable que ha pagado su entrada para divertirse, no para que le traten como a un infante inocente de cinco años.

No quiero entrar mucho en materia porque detesto la posibilidad de insinuar siquiera un chivatazo de la trama, pero me gustaría que alguien entendido en la materia, un verdadero frikkie, me dijera porqué:

Ya que uno de los protagonistas es negro (no puede ser afroamericano porque ya no existe ni américa ni áfrica y el eufemismo deja de tener sentido) porqué es el único en toda la película, salvo un extra que aparece en los abrazos finales.

Ya que hay una capitana entre la soldadesca imperial, porqué se nos priva su rostro y se la olvida tan rápido: ¿es que las mujeres sólo pueden ser buenas y heroicas?

De repente resulta que lo que todos intuíamos hace más de treinta años acabó sucediendo y nos meten con calzador (hablo de memoria -poca- pero creo que no hay antecedentes) una familia y una descendencia que ya, ya: fíjense (ojito: dice Milady en los comentarios que esto es un "spoiler", aunque yo sigo creyendo que no, pero....) en este árbol genealógico que, además, está mal diseñado. Es erróneo, pero da pistas.

¿Es prima de E.T. la dueña de ese antro con forma de bar multirracial? ¿Ya lo sabe Steve, esto, George?

Ya no se acuerda Laureano de los ímprobos trabajos que le impuso a Luke, en el que la "fuerza" se hacía ostensible de forma natural, y ahora llega una niñata y en un plis plás controla que te cagas y además de repente se convierte en experta espadachina para la que el sable láser no oculta secretos. Un poco infantil, ¿no?

Hay que reconocer que J.J.Abrams mantiene siempre que puede el ritmo alto y que la mayor parte de la película es visual: todo se entiende fácilmente y el discurso, aún siendo y sonando a falso, tiene la movilidad suficiente como para que los 136 minutos -que son más de dos horas y cuarto- transcurran con alegría y sin provocar cansancio, pero ello, también, puede deberse a la buena voluntad del espectador.

En definitiva: para fans de la saga galáctica y para cinéfilos impenitentes que no se pierden una, así como para quienes son incapaces de explicar el porqué no la han visto.







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dilluns, 30 de novembre de 2015

Espías 2015





La cosa va de espías

No sé si será cosa mía, pero finiquitando el undécimo mes de este año de 2015 y dando vista atrás tengo la sensación que he visto más películas de espías de lo acostumbrado y eso que todavía queda pendiente alguna por falta de ocasión así como por esperar su aparición en nuestras pantallas.

Seguramente saldrá alguien y me dirá que ando perdiendo el tiempo pues las muestras del conocido género, como en otros, han perdido la fuerza y el interés de lo que podríamos llamar “clásicos” y lo entrecomillo adrede porque, evidentemente, cada quien tiene su propia lista de favoritos.

Por si algún amable lector padece del mismo gusto por las aventuras de agentes secretos, me ha parecido que podía simplemente ofrecer unos apuntes de algunas películas, relatados siguiendo el orden con que fueron vistas:




Kingsman: Servicio secreto

Estrenada a primeros de año, con un poco de retraso en España, la película de Matthew Vaughn, basada en guión del propio director y de Jane Goldman, inspirado en un tebeo de Mark Millar y Dave Gibbons, representó, para el que como yo no tenía ni idea del origen ni por tanto siquiera información relativa a la trama, una verdadera sorpresa.

Valga decir que el principal aliciente era comprobar cómo se iba a desenvolver el estirado Colin Firth como agente secreto o espía en una película de acción, vistos los trailers y anuncios.

Lo que no suponía es que precisamente el guión es lo más cercano al surrealismo que uno pueda imaginar, prácticamente al servicio de un humor más que negro macabro, en un ejercicio de parodia llevado a los límites de paroxismo, con toda suerte de inusuales acciones criminales imaginativas en su crueldad sin perder un punto de flema británica como queriendo restar importancia a las masacres.

En este caso, el aficionado a la adrenalina queda satisfecho porque, además, el amigo Matthew demuestra poseer el pulso necesario para mantener con brío la sucesión de dislates que, con toda elegancia y pulcritud, eso sí, irá desgranando, como si quisiera mantener en el respetable la sensación que la cosa va en serio.

Si nos la tomáramos seriamente como ejemplo del género, evidentemente significaría recomponer absolutamente todos los promedios habidos y por haber. Juega en otra liga, pero lo hace taimadamente, porque, además del elegante Colin, se sirve de veteranos como Mark Strong y Michael Caine, conocidos por los amantes del género: la participación de Samuel L. Jackson por momentos tentó la memoria esperpéntica de su delirante Octopus de hace unos años, pero por suerte quien manda supo dosificar y no acaba de destrozar la parte final, pero casi.

Ciertamente, sin llegar a ser una imperdible, sí cabe destacarla por su honradez y construcción sólida: no engaña (por lo menos cuando ya eres consciente de su tono hiperbólico) y mantiene muy alto el nivel artístico cuidando los detalles sin escatimar: un juguete inglés bien acabado, que, según últimas noticias, va a tener por lo menos una secuela protagonizada, claro, por el emergente Taron Egerton.





Spy

Los antecedentes de Paul Feig me impulsaban muy lejos de su última película, escaldado como estaba por experiencias anteriores. En ocasiones -que levante la mano quien disienta- uno se encuentra en la imposibilidad de evadirse y se produce el trágala: así estaban mis ánimos al sentarme a ver la dichosa Spy, con el añadido de saber que estaba protagonizada por una histriónica comedianta estadounidense, Melissa McCarthy, de la que ya había quedado hasta la coronilla en las dos experiencias anteriores, a saber, La boda de mi mejor amiga y Cuerpos especiales. ¡Uff!

La prueba del nueve se rompió casi de inmediato y hete aquí un cinéfilo veterano que, pasmado, debe reconocer que los prejuicios no sirven como prevención para elegir película.

Spy, por mucho que lo diga el título, no es, desde luego, una película de espías: en todo caso, lo es como puede serlo la del Superagente 86 o la de Anacleto -que aún no he podido ver- desde una vertiente absolutamente humorística, aunque al principio, por unos minutos, uno llega a pensar que igual irá en serio y que, desde luego, Jude Law daría el pego como 007.

Es una locura y te partes de la risa, porque Melissa está desatada y una vez has entrado en su juego no hay freno y la montaña rusa está servida. Y para adornarlo, como guinda aparece Jason Statham en un personaje alejadísimo de lo que cabría esperar, con unas locuras y tonterías que aún ahora, tantos meses después de haberle visto, me arranca una carcajada.

Resulta curioso, pero, vista, uno llega a pensar que, de haberla tomado en serio y sin tanta astracanada, una versión de la trama más trágica y seria podría interpretarse como una reclamación al papel protagonista de la mujer en el mundo de los secretos, porque todos los personajes fuertes de la película son femeninos y no deja de haber, en algún momento, cierta vindicación.

Es de esas películas que si no entras, la maldices; pero si entras, te partes el pecho muy a gusto; tuve la suerte de hallarme en medio de la locura hilarante y estoy seguro que si vuelvo a verla de nuevo las risas aflorarán.

Paul Feig, a la sazón guionista y director, ofrece un buen trabajo en ambos aspectos aunque sin duda en el primero habrá chascarrillos, réplicas, morcillas y ocurrencias de los intérpretes, un poco llevados del histrionismo, acompañando las escenas de acción que en ocasiones recuerdan las correrías humorísticas del cine de siempre. El conjunto hubiera ganado con unas tijeras, pero eso ya está siendo un tema recurrente desde hace unos años.

Si no la has visto: ¿a qué esperas? Lo único malo que puede suceder es que no te guste, pero si te gusta, seguro que pasas un buen rato riendo. Que no es poco, a estas alturas del guión.

Acabemos con lo que pretendía ser un homenaje sin sentido:



The Man from UNCLE cuyo título original, idéntico al de la serie que pretendía emular, en España se conoció como El hombre de CIPOL y que el tonto de turno dejó como Operación UNCLE lo que deja diáfana su capacidad. La del tonto, digo.

Una emulación u homenaje que a priori carece de oportunidad y sentido, porque la serie data nada menos que de mediados de los sesenta del siglo pasado lo que claramente señala que la población cinéfila con alguna referencia es más bien escasa y menguante. Quizás por eso -y no por no haberse documentado, como suele- el amigo Guy Ritchie acomete el intento buscando semejanzas con la serie de Bond en lo que se refiere a la trama y planteamiento de la acción.

Por las experiencias habidas con las “traslaciones/traiciones” sherloquianas, saber que Ritchie estaba tanto en el guión como al mando de todo me producía escalofríos, porque me apetecía mucho una revisión moderna de la serie.

(También ví el intento de The Equalizer y andaba escamado. Denzel Washington se está pareciendo cada día más a Nicolas Cage.)

Total, que me pudo la nostalgia seriéfila. Curiosamente, lo peor de esta película, aparte de intentar remedar las pautas bondianas, es que Ritichie, el gran Guy, no domina las escenas de acción, su especialidad, acabando por resultar cansinas por inacabables, agotadoras, más increíbles que inverosímiles, aunque puede que Guy, de tan poco leído, no perciba la diferencia.

Lo mejor, desde luego, el vestuario: esta película está aquí, digámoslo ahora, por el vestuario. Si de esta no le dan el Oscar a Joanna Johnston, ya no se lo dan nunca. Una recreación modélica y fastuosa de las modas pop, apoyada en cuatro modelos que visten la ropa de sus abuelitos como si fuera la propia, porque aparte de las perchas el reparto formado por Henry Cavill como Napoleón Solo y Armie Hammer como un desconocido y reforzado Illya Kuryakin junto con Alicia Vikander y Elizabeth Debicki cumplen sobradamente con los papeles otorgados, mucho más atléticos ellos en una aparente pugna por llevar el mando de la cuestión que, una vez más se refiere a una siniestra voluntad que acabará con la paz mundial y otras lindezas.

O sea, una película de acción que agota en la que lo más interesante es el aspecto visual sin que la trama despierte interés alguno, falta de intriga, emoción y sentido.

La falta de originalidad en el género de espías que ha acabado por ser únicamente de aventuras remite una y otra vez al mismo esqueleto y ya cansa: únicamente las “especialidades” consiguen atrapar el interés y por lo visto en la industria piensan haber hallado otro filón, porque las secuelas parecen promesas y dudo mucho que la repetición de la “especialidad” pueda despertar las mismas ganas. Ya se verá, en todo caso.

¿Ustedes piensan que las que me faltan por ver de este género este año, van a subir el listón?






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dissabte, 31 d’octubre de 2015

La catarsis de Jules







Acostumbrados los ojos de este veterano cinéfilo -no por más viejo más sabio- a combatir la somnolencia que produce la misma historia contada con más ruido, más vértigo, más efectos, más publicidad y menos talento, súbitamente, apenas terminado el clásico metraje destinado a la presentación (para el caso que nos ocupa, diría que un cuarto de hora) de los personajes que pululan por una película estrenada en el lejano 1964, arrancando ya la formación del nudo de la trama, ojiplático permanecí constatando que, contra lo que es uso y costumbre en el siglo que vivimos, estaba recibiendo señales evidentes que acababa de descubrir una pequeña joya adornada con diálogos inteligentes que iban construyendo una sólida acumulación de ideas que sin desmayo alcanzan a elevarse en un guión ejemplar que es sin duda el elemento de más interés de una película rodada en clave de western.

Pero, ya que he hecho los deberes, vayamos por partes:

Hal Goodman & Larry Klein así, tal cual, fueron una pareja de guionistas que trabajaron muchísimo en diferentes producciones televisivas estadounidenses del siglo pasado: estuvieron años trabajando para muy diversos y conocidos cómicos: Bob Hope, Red Skelton, Jerry Lewis, Carol Burnet, etcétera, así como siendo proveedores de humor para Johnny Carson: en definitiva, unos redomados “negros” fabricantes de momentos hilarantes para personajes populares. Unos “negros” bien conocidos y bien pagados, a los que se invitó a participar en un episodio de la serie televisiva Playhouse 90 que a lo largo de cinco temporadas ofreció al público estadounidense 134 historias diferentes con una calidad de contenido y de intérpretes notable. La temática era variable, sujeta únicamente a la voluntad de los guionistas convocados: baste decir que la segunda temporada se inició con un episodio titulado The Death of Manolete.

Hal Goodman & Larry Klein escribieron una historieta titulada Invitation to a Gunfighter, dirigida por Arthur Penn y protagonizada por Hugh O'Brian, Gilbert Roland y Anne Bancroft (¿a que apetece esa serie añeja?) que se emitió el 17 de marzo de 1957, episodio 23 de la primera temporada: la trama, podría resumirse con facilidad: salir de la sartén para acabar en las brasas. Un pueblo se halla sometido a un pistolero: contratan a otro para que lo expulse; hecho, el expulsador les sojuzga a base de bien; acaban por buscar al primero y le convencen para que regrese.

Esta trama, por mucho que he buscado, no he podido averiguar si disponía de tono irónico, quizás sardónico, en su puesta en escena: si algún lector pudiera aclararlo, tendría mi gratitud.

Sobre esa idea, siete años después, el matrimonio Wilson, Richard & Elizabeth, con la ayuda de Alvin Sapinsley más la revisión de los diálogos del también actor Clarke Gordon, confeccionan un guión que sustenta la película cuyo título Invitation to a Gunfighter (1964) fue correctamente traducido como Invitación a un pistolero que es el que consta en el cartel dibujado por el gran MAC como se puede ver.

La película, dirigida por el propio Richard Wilson que asimismo ejerce como productor con la asistencia de su esposa, contó con el apoyo de Stanley Kramer y se realizó en el entorno de la United Artists y en el equipo podemos constatar que, en lo que a elementos humanos se refiere, intervinieron profesionales de la máxima solvencia. Económicamente con toda probabilidad su presupuesto fue adecuado a lo que conocemos como “serie B” y me atrevo a proclamar que la primera prueba de ello la observamos en el propio director, Richard Wilson, que realiza un ejercicio de dirección muy funcional, práctica y efectiva, pero indefectiblemente por debajo de las posibilidades que ofrece el guión escrito por él mismo. Quizá hubiera debido solicitar ayuda a su amigo Orson Welles al momento de confeccionar el guión cinematográfico.

La trama ideada por los Wilson sobre el esqueleto televisivo de Goodman & Klein sobrepasa en mucho la mera anécdota y ofrece diversos itinerarios que exponen al cinéfago atento las muy distintas personalidades de los individuos, mujeres y hombres que conviven pacíficamente -es un decir- en una aldea, Pecos, en el estado de Nuevo México, en 1865, acabada la guerra llamada de la Secesión, donde al mismo tiempo llegan dos hombres avezados con las armas: uno es Matt Weaver, que regresa a su casa después de haberse alistado en el llamado ejército rebelde, lo que significa que pertenece al bando de los perdedores y el otro es un tipo muy moreno, cabeza rapada, elegante de negro, que atiende al nombre de Jules Gaspard d'Estaing pero no consigue que los paletos del oeste le conozcan más allá como Jewel, fonéticamente hablando (Jül).

Matt se encuentra con su granja expropiada y adjudicada a otro y su novia casada con un tullido demasiado aficionado al wiskey. Su airada protesta frente al cacique del pueblo, Sam Brewster, acabará con la contratación de Jules para dar matarile al protestón recién llegado, cuando todos pensaban que con la guerra se habían librado de él. Todos menos los mexicanos que viven en su barrio aparte, como si no pertenecieran a la comunidad.

Para terminar de complicarlo todo, el primer motivo que Jules tiene para quedarse en Pecos es, precisamente, la belleza serena de Ruth, la amada de Matt. En un momento de enfrentamiento, Jules le espetará a Matt: “Te interpones entre mi y lo que quiero”....

Para definir visualmente la sensación que me produce esta película, simplemente diría que, cuando pienso en ella, la recuerdo en blanco y negro. Se rodó y se exhibe en color, por supuesto, como se habrá visto en los carteles. Tal es la capacidad de transmitir ideas del guión con una celeridad apremiante para cumplir con un ajustadísimo metraje de hora y media que uno siente la abstracción que en el blanco y negro pretende alejarse de las florituras innecesarias: es más, seguramente, rodada en blanco y negro en manos del propio Joseph MacDonald, hubiese obtenido mayor intensidad si cabe, reforzando la encomiable labor del elenco encabezado por Yul Brynner como ese pistolero de designios ocultos que se avergonzará de la lastimosa dependencia de los pueblerinos de Pecos, incapaces de protestar siquiera en defensa de su propia estima.

A todos aquellos que ven el género del western como simple oportunidad de pasar un rato de aventuras y acción, de tiros y batallas, esta película les ayudará a comprender que el género no es tan simple como parece y que la metáfora es un arte difícil de pergeñar y acaso, ahora, también difícil de hallar. Ése pistolero letal elegante y culto trae consigo una historia que apenas apunta y pondrá patas arriba la aparente tranquilidad del poblacho, en ocasiones actuando como provocador de respuestas con preguntas interesantes: “¿Porqué eres el único rebelde de un pueblo unionista?”


El guión, lejos de acoplarse a los típicos personajes de los westerns de la serie B, bien delineados usualmente quizás en mérito ajeno debido a la imitación que acaba depurando virtudes y defectos en la prolongada reiteración, alberga intenciones bastante claras que apoya en las frases a cargo de cada elemento del microcosmos que interactúa en una aldea exprimida y expoliada por la reciente guerra viviendo en una aparente normalidad expuesta a la luz por el adjetivado como rebelde cuya decisión ofrece por lo menos interrogantes a la vista de ser prácticamente el único que, no habiendo tenido nunca esclavos, además, es el mejor amigo de los mexicanos alejados en su propio barrio al que además se accede por un puente sobre un lecho polvoriento, más sirviendo ese puente como marca de lejanía y diferenciación que como paso sobre un inexistente curso de agua.

Detalles como el relatado enriquecen un discurso que se cobija en el género del western quizás porque en otro hubiese resultado demasiado evidente: el contenido social de la trama ideada por los Wilson se sublima en la apariencia de un western de serie B al punto de provocar un torrente de sensaciones en la mente del cinéfilo que se percata del discurso subyacente con absoluta firmeza reforzado por la lógica de los hechos, incluso los más catárticos.

En el poco tiempo disponible Wilson nos ofrece sin prisas pero sin pausas una visión amplia de las diferentes personas que conviven incluyendo un curiosísimo terceto de lisiados de guerra que, en un imaginario literario, serían los depositarios de la historia que luego irían contando, de pueblo en pueblo, hasta alcanzar los protagonistas, por lo menos, el prototipo.

Yul Brynner ofrece su magnética estampa y su acostumbrada interpretación basada en el hieratismo del gesto y el fulgor de la mirada para componer un personaje que se autodefine a sí mismo como alejado de toda humanidad (los diálogos son muy buenos) lo que algunos posteriormente han conectado con la posterior Westworld que ya vimos aquí hace cuatro años sin caer en la cuenta que mayor semejanza hay en el hecho que, en ambas, director y guionista son la misma persona, lo cual, vistas, parece mayor similitud, por la enjundia del guión y la sensación que la película podría haber tenido más fuerza.

Wilson no tiene como excusa la falta de calidad de sus colaboradores, todos ellos de probada profesionalidad, incluyendo al estupendo compositor David Raksin que además actúa como director de la orquesta interpretando sus composiciones, una banda sonora muy adecuada y al servicio de la historia. Cuando uno ve la película, la sensación es la de un telefilme de calidad, pero no de un largometraje al uso. Partiendo de la convicción mía que el director es el máximo responsable de una película y esto no admite discusión aquí al coincidir con el productor, queda el ánimo dispuesto a pensar que el guión, los intérpretes, la música, todo, en fin, hubiese merecido un jefe con más brío.

A pesar de esa sensación mía, ésta es una película que por sí sola merecería el adjetivo de imperdible: pensar que la estrenaron en 1964 y que en este siglo la puedes ver y sorprenderte con ella y disfrutar del cine como si la hubieran estrenado ayer (¡ojalá!) le otorga de inmediato esa calificación y ninguna otra. No te la pierdas, si no la has visto.










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divendres, 4 de setembre de 2015

Condon: ¿Nadie te habló de Irene Adler?






Parece que la autosuficiencia ha devenido en virtud absoluta del artista contemporáneo que rechaza con orgullo cualquier tipo de influencia de una obra anterior, por célebre que sea, en un afán indiscutido pero muy cuestionable de obtener una originalidad basada en la ignorancia, la estulticia y el desprecio de la historia cultural.

Curiosamente no parece haber tampoco en la pléyade de comentaristas profesionales, antes llamados críticos (porque eran capaces de criticar) y ahora mejor adjetivados como voceros, muchos que opten por expresar libremente un criterio discordante, salvo que, en realidad, esos opinadores se hallen en la misma circunstancia del artista: que carezcan de antecedentes básicos. También puede ser, claro, que sean émulos de Esaú. Quizás sus descendientes.

En este bloc de notas ya estuvimos constatando que, contra lo que muchos pensamos, las estupendas novelas de Arthur Conan Doyle no son leídas por todos con satisfacción y divertimento y, a pesar de que como muchos sabrán, las aventuras del detective Sherlock Holmes son mundialmente famosas y han obtenido incluso prolongaciones extemporáneas de la mano y pluma de muy diversos autores, ello no obsta ¡ay! a que algún facineroso aparezca de vez en cuando, se apropie del mito y malamente haga como que escribe una moderna reinterpretación.

El neoyorquino Bill Condon debe pertenecer a esa clase de listillos que reinterpretan los mitos a su manera sin haberse tomado la molestia de leer. Está claro que lo suyo es basarse en novelistas que del mismo modo, escriben desechando las influencias culturales y así, antes de hogaño, Condon nos presentó cosas como Dreamgirls y los mordisquitos adolescentes del Crepúsculo, reinterpretando a su modo y manera historias ya conocidas.

En su última prueba de esfuerzo innovador, Condon se apoya en la novela de Mitch Cullin que relata momentos de la senectud de Sherlock Holmes, contando ya noventa y tres años de edad, aquejado de una senilidad galopante. Este enfoque hubiera merecido un poco -o un mucho, quizás- de trabajo por parte del escritor y una mayor dosis de lectura de las novelas de Conan Doyle y desde luego una mayor humildad y una menor autosuficiencia que quizás, sólo quizás, le hubiesen permitido sortear con ligereza los obstáculos propios del mito y no caer en el más espantoso de los ridículos.

Porque vamos a ver, señores Cullin y Condon (éste por ser el director y por ende responsable último del todo) : ¿Es que no saben que el amor único de Sherlock Holmes fue Irene Adler? ¿La Mujer? ¿La que lo venció claramente en todos los campos, intelectual y psicológico? Andamos finos...

Mr. Holmes : Poster by Alisa Krutovsky
Bill Condon dirige una película basada en una novela de Mitch Cullin pasada a guión por Jeffrey Hatcher -que tampoco se ocupa en deshacer el entuerto- y la titula Mr. Holmes (2015) al igual que la novelita de marras origen del despropósito.

Reconozco que en esta ocasión me proclamo más subjetivo que nunca, porque como lector y admirador de la obra de Conan Doyle, admitiendo que puede ser reinterpretada en los tiempos modernos (y de ello dan fe sendas entradas, para el caso especialmente ésta) como cualquier clásico, me molesta mucho que se olviden partes básicas de los mitos, que lo son no por nada, sino porque se elevan en iconos de conceptos identificables.

La misoginia de Holmes es un concepto inherente a su personaje únicamente dudoso cuando uno recuerda precisamente a Irene Adler, sobre cuya importancia en el entorno vital del personaje central es tan clamorosa que ha provocado extensa bibliografía; valga como apunte este magnífico artículo que tanto Cullin como Condon deberían haber leído antes de iniciar esta aventura fílmica.

En la trama que Condon nos presenta con buenos modos, eso sí, el personaje de Holmes está en sus últimos días y la poderosa mente del detective se pierde en limbos indeseados. Ése detalle, desarrollado de otro modo, hubiera podido dar lugar a una película dramática con resultados muy distintos y hubiese podido ser una metáfora muy actual porque lo que Sherlock reconoce como senilidad ahora se llama alzheimer y es una preocupación para un amplio espectro de la sociedad y ha sido tratado en otras películas, así que mostrar la terrible realidad de la enfermedad como capaz de anular a un intelecto superior, no es mala idea.

Lo malo es cuando desechando la oportunidad de presentar a un Holmes viejo y acabado intelectualmente se liga toda la trama a un supuesto último caso tan mal resuelto treinta años antes (por tanto con Holmes contando sesenta y tres años) que provocó la huida y el tránsito de la vida en Baker Street hasta una mansión solariega, dedicado a la apicultura con una docena de enjambres para pasar el rato.

Cualquier holmesiano de pro se habrá tirado de los pelos ante tamaña propuesta, máxime cuando, a la postre, Holmes se declara solitario por la falta del amor de esa mujer, una Ann Kelmot que en modo alguno reviste las gracias y virtudes de Irene Adler. La película gira en torno al ímprobo esfuerzo de Holmes por recordar las vicisitudes y detalles de ése último caso, porque está seguro que el relato que del mismo hizo Watson (ya fallecido, oportunamente) así como la ridícula película que sobre el cuento se hizo, no coinciden con la realidad, que se esforzará en desbrozar hurgando, ahora, pasado tanto tiempo, en su memoria llena de huecos temporales.

La película de Condon está bien rodada, dispuesta de medios suficientes en la ambientación, no en vano hay británicos por en medio, así que en lo que hace a la época no hay objeciones; igual ocurre en las interpretaciones, muy medidas: Condon tiene la suerte de contar con Ian McKellen que incorpora perfectamente la senectud del héroe, capaz todavía de ver detalles imperceptibles pero incapaz de recordar donde estuvo ayer, esforzado trabajo con el que afrontar la impecable actuación de Milo Parker, un chaval de trece años que se come la cámara interpretando a Roger, el hijo de la ama de llaves representada por Laura Linney, tan eficaz y comedida como siempre.

Un terceto sin el cual la película acabaría por cansar ya que ni se decanta por el drama que puede representar la senilidad ni consigue emocionar por la intriga acerca de la dama cuyo retrato Holmes atesora, una especie de macguffin que no funciona en pantalla y que además a algunos llega a parecer un auténtico disparate, máxime cuando no hay asomo de las capacidades deductivas del maestro, más allá de cuatro tonterías propias de timadores y engañabobos.

Puede que sea por casualidad, pero Condon, sabiéndolo o no, se vale de Hattie Morahan para incorporar a la tal Ann Kelmot; Hattie, este mismo año, ha sido vista en la pequeña pantalla representando a Jean Leckie, supuesta amante de Arthur Conan Doyle en la serie Arthur & George y también Condon hace aparecer, casi en un cameo, a Philip Davis, que en el primero episodio de la serie televisiva Sherlock a punto está de convencer al detective para que tome un veneno (o no). Dado que no creo en las casualidades, aunque existir, existen, lo apunto por si es de interés. Cualquier holmesiano lo habrá visto ya, por otra parte.

En definitiva, una película que pudiendo haber sido original e interesante como drama en torno al imparable efecto que el tiempo y las enfermedades pueden producir concretados en una senilidad que no distingue en la capacidad del cerebro en el que se asienta, por querer incluir una trama detectivesca propia del protagonista, acaba desarrollando una historia que atenta a la lógica y a la historia del mito en torno al cual se construye toda la película, quedando en consecuencia ésta perjudicada. Con lo fácil que hubiese sido respetar lo que todos damos por sentado...


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