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diumenge, 30 d’abril de 2017

La Calumnia (La primera)





Esta entrada viene, ocho años más tarde, a completar una serie de tres comentarios en torno a la versión cinematográfica de la obra teatral de Lillian Hellman titulada The Children's Hour y que se conoció por estos lares como La Calumnia, ajustándose de hecho y por derecho a la intención de su autora que había introducido con valentía unos sentimientos lésbicos que para la época de su estreno en Broadway, 20 de noviembre de 1934, eran arriesgados. Para el cine, absolutamente impensable.

Sin embargo, Samuel Goldwyn, viendo que la pieza teatral era un éxito total (691 representaciones, hasta julio de 1936), decidió adquirir los derechos cinematográficos. Otra cuestión era la posibilidad de llevar adelante tal empeño, porque la censura inmediatamente estableció todos los requisitos necesarios para conseguir que la futura película en nada recordara a la "escabrosa" pieza teatral.

Uno no puede menos que admirarse ante el valor de Samuel Goldwyn armado de constancia, tesón y férrea decisión de ganarse sus buenos emolumentos llevando a la pantalla obras literarias de reconocido y sólido prestigio, sin importarle los escollos que la muy timorata administración, pensando en el bien moral de la ciudadanía en general, o sea, aquellos estadounidenses que no podían por cualquier razón asistir a las representaciones teatrales, más libres, iba a disponer como cumplimiento de su alto mandato moralista.

Goldwyn, además de comprar los derechos cinematográficos, se aseguró la colaboración de Lillian Hellman como guionista al servicio de sus estudios; por allí tenía en plantilla a Miriam Hopkins, Merle Oberon y Joel McCrea; este último llevaba tiempo intentando que su patrón fichara a su esposa, Frances Dee y a tal efecto le instó a que viese su última película, The Gay Deception, de la Twentieth Century-Fox, que gustó a Samuel Goldwyn bastante: lo malo, para McCrea, es que se interesó no por su estrella femenina si no por su director, William Wyler, a la sazón terminando contrato y en busca de nuevos aires más permisivos y favorables a sus intereses artísticos.

De hecho, cuando Goldwyn se interesó por contratar a Wyler ya Lillian Hellman había elaborado algún esbozo de guión, lo que indica claramente que el productor estaba muy determinado a llevar al cine la pieza, aunque no pudiese ni siquiera titularla The Children's Hour para evitar cualquier conexión con el texto teatral. Al saber Wyler por su agente que Goldwyn quería contratarle para encargarle una película basada en el famoso drama, pensó que Goldwyn había perdido el buen juicio pues estaba seguro que la oficina censora ejecutora del famoso Código Hays no iba a permitir tamaña osadía. Wyler no imaginaba que ya Lillian Hellman estaba trabajando en ello, modificando el original hasta pulirlo para que pudiese ser exhibido en pantalla.

Lillian Hellman y William Wyler congeniaron de inmediato por cercanía intelectual que les permitió trabajar sin apenas desencuentros: la escritora se sintió liberada cuando el cineasta le aseguró que no le hacían ninguna falta indicaciones relativas a las acciones físicas ni emplazamientos, con lo que la literata pudo dedicarse de pleno a crear la psicología de los personajes.

Wyler se encontró con el reparto hecho en base a las tres estrellas del estudio, Hopkins, Oberon y McCrea, pero, lejos de ser un novato, aprovechó la oportunidad para responsabilizarse de la elección de la niña que causará todo el estropicio: eligió a Bonita Granville, a la sazón una jovencísima veterana de trece años de edad en su décima película. Wyler, entendiendo perfectamente que la intención de Hellman era remarcar la maldad intrínseca de la calumnia, cuidó con esmero el personaje de la pequeña Mary Tilford y por lo tanto dirigió como él sabía a Bonita Granville, que, años más tarde recordaría el espléndido trato que le dió el director, siempre atento y cariñoso, enseñándole cada día aspectos de la interpretación, cómo moverse, cómo escuchar a otro personaje, etc., siempre con amabilidad y paciencia, sin alzar nunca la voz.

El resultado, obvio, fue que Bonita Granville obtuvo su única nominación al Oscar como actriz secundaria y que Merle Oberon echara pestes contra Wyler quejándose de atender con excesiva atención a "esa renacuaja", consciente que la niña robaba las escenas con facilidad gracias al apoyo explícito de Wyler.

Wyler, además del elenco, se encontró con un director de fotografía asignado: Greg Toland tardó poco en manifestarle que ni le hacían ninguna falta ni le gustaban las indicaciones del director: usa el objetivo de 45mm, coloca la cámara de ese modo, etcétera, habituales en Wyler cuando trabajó anteriormente: Toland sabía lo que se hacía, porque se había leído el guión y había tomado notas. Wyler quedó encantado de trabajar con un cámara al que no tenía que enseñarle nada, con el que preparaba de antemano los rodajes diarios comentando los diferentes aspectos técnicos: Toland era tan meticuloso como Wyler, así que se entendieron de maravilla.

El escritor Dashiell Hammet -compañero sentimental de Lillian Hellman- leyó, buscando inspiración, un libro que compilaba casos de los tribunales británicos: llamó su atención la historia de dos jóvenes maestras, fundadoras de una escuela para señoritas, acusadas de mostrarse "especialmente afectivas" frente a sus alumnas, según aseguró una tal Jane Cumming, joven alumna, que corrió a decírselo a su abuela, Helen Cumming Gordon, señora de prestigio social, que en dos días consiguió que todas las familias retiraran de la escuela a sus niñas, provocando la ruina de la escuela: hubo un juicio por calumnia que perdieron las profesoras hasta que en posterior apelación ganaron, pero no recibieron satisfacción hasta once años más tarde.

Hammet pensó que la historia daba para una buena pieza, pero sintió que se ajustaba más al estilo de su compañera Lillian.

Hellman ya llevaba tiempo fascinada por la fuerza de los conceptos malévolos y procedió, como sabemos, a escribir su famosa obra, The Children's Hour, sin otorgar a los aspectos lésbicos preponderancia, pues lo que a ella interesaba era, fundamentalmente, la insólita maldad de la pequeña Mary Tilford.

Wyler se encontró pues con una versión remozada por la misma autora sin perder un ápice de potencia en la descripción de lo principal: si acaso, hay un refuerzo en un personaje que en esta primera versión (no podemos olvidar jamás la magistral segunda) concita también los peores deseos del espectador: la tía Lily (Catherine Doucet, espléndida) es casi tan odiosa en su puro egoísmo e hipocresía como la malvada Mary.

Titulada -por imperativos legales- These Three (1936) (Esos tres, 1940) esta primera versión de la obra de Lillian Hellman a manos de William Wyler fue un éxito considerable en su momento, por varias razones:

Wyler, compinchado con Toland, empieza a mostrar una forma de filmar las historias melodramáticas que se aleja de la mera ficción, buscando un realismo en todos los aspectos que trata de reflejar en pantalla una trama que resulte cercana al espectador consiguiendo su identificación por empatía sin que haya rastro de admiración por los personajes y por supuesto de los intérpretes que los representan, lo cual comporta cambios en la forma de trabajar: se acabó la costumbre de buscar el plano que favorezca más a la estrella de cine: la cámara al servicio de la historia, ya que la historia que se cuenta es lo principal: ello conduce a la búsqueda del naturalismo sin que represente, ni mucho menos, el olvido de la caligrafía cinematográfica y el aprovechamiento de los elementos físicos para reforzar la trama.

Naturalmente, tratándose de Wyler, ya existe en These Three el uso de unos interiores elaborados y especialmente las escaleras que refuerzan el poder y la sumisión según el emplazamiento en ellas y la cámara se moverá en distintas alturas según la estatura del personaje y sus sentimientos: Wyler cuida mucho la forma de filmar a Bonita Granville y también a Marcia Mae Jones, la sufrida Rosalie Wells, acorralada anímicamente y filmada de forma que parece prisionera de sus propios errores, casi que falta de aire: Wyler monta unos decorados perfectos en todos los interiores sin que nada en absoluto delate el origen teatral del texto, aunque es forzoso admitir que el guión de Hellman es una maravilla en cuanto a ritmo y a diálogos.

Por adolecer -y no pudiendo olvidar la segunda y definitiva versión- de algo, esta película falla en su inicio, un poco moroso, y en su final, acomodado al "final feliz" tan propio de la época, quizás impuesto por Samuel Goldwyn, conocedor de su público, al que, no obstante, ofreció la oportunidad de ver una película rompedora para su época, una buena muestra de cine que ningún cinéfilo que se precie debería desechar si acaso la tiene a su alcance, lo cual es casi tan difícil como leer la obra de teatro en que se basa, o el guión literario, que debe existir en alguna parte ignota de momento.









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diumenge, 23 d’abril de 2017

Sant Jordi y la UNC




El día de hoy, 23 de abril, se celebra la festividad de Sant Jordi, San Jorge, Saint George y como quiera que se denomine en la lengua de cada quien y, además, se ha convertido con el paso de los años y la inestimable colaboración y ayuda desinteresada de las editoriales en el día dedicado a los libros.

Hubiese preferido que fuera el día de la lectura, pero eso es porque soy un quisquilloso. Me lo digo yo mismo y así ahorramos...

El caso es que hace unos días, buscando otra cosa en internet, acudo a mi archivo de páginas interesantes y me traslado hasta la web archive.org y, ya que estoy en ella, sintiendo próxima la efemérides de Sant Jordi, me digo a mí mismo: ¿Y si por aquí hay algo de libros libres interesante?

Así que, ni corto ni perezoso, hago click en el icono de los libros y bajando hasta la página 2 me voy al apartado titulado Spanish Drama comprobando que hay contabilizados a esta fecha 11.542 volúmenes y me quedo más que sorprendido, pasmado, al comprobar que la muy eficaz y eficiente Universidad de Carolina del Norte se ha dedicado a digitalizar un buen número de piezas escritas en castellano y en catalán, ediciones algunas que son inalcanzables en los libreros de viejo de Barcelona y que si acaso existen en alguna facultad de por aquí los deben tener en algún recóndito espacio, bien guardadas, no vayan a constiparse.

La página de archivos generales enlazada por sí misma es un tesoro público a descubrir pues dirige a muchísimos lugares digitales que comparten sabiduría compuesta por datos y conocimiento y la UNC, al parecer la universidad más antigua de los Estados Unidos de Norteamérica, no por antigua es tan roñosa, engreída y cicatera como otros lugares en teoría destinados a fomentar la cultura ciudadana.

Puestos a rizar el rizo y ante la enorme cantidad de piezas a hojear, algunas interesantes y otras para mí no tanto, me digo que, ya que en esa categoría de "Spanish Drama" hay casi que de todo, me dispongo a usar el buscador.

Y voy y me digo: ya que se acerca Sant Jordi, busquemos si tienen algo.

Y mira, sí que lo tienen: Sant Jordi mata l'aranya, un juguete cómico, como se les denomina o casi que mejor denominaba, pues el uso me temo ha decaído.

No es una pieza de fácil lectura para quien no domine el catalán y tampoco es que sea una maravilla: pero me quito el sombrero ante el departamento de literatura de la UNC por disponer de tantos libros interesantes para el estudiante y mi gratitud expresa a grado sumo por ofrecer públicamente ese fondo libresco tan peculiar.

Me quedo con las ganas de saber cómo han conseguido disponer de tales piezas: quizás algún turista avisado tropezó con un contenedor en Els Encants y lo mercó pensando en la UNC, pero luego, evidentemente, hay que escanerlo (y muy bien, por cierto) antes de decidir compartirlo urbi et orbi.

Eso que hace la UNC es CULTURA, con mayúsculas.





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divendres, 31 de març de 2017

Ben y los malditos 130 minutos








O más.

Me ha parecido una desafortunada coincidencia para Ben Affleck el conjunto de tres películas que se estrenaron con fecha de 2016 y que he ido viendo a lo largo de la temporada, alguna con más retraso que otra.

Desafortunada, digo, porque es un terceto irregular que seguramente no dejará marca alguna más allá de los comentarios coetáneos:

Su incursión como Batman en la plúmbea Batman v Superman: El amanecer de la justicia que, además, promete ser la primera incursión, dejó al respetable plácidamente dormido ante las nada respetables ínfulas de Zack Snyder, probablemente uno de los directores más sobrevalorados de este siglo que padecemos -cinematográficamente hablando- y mira que tiene competencia por ocupar tan privilegiado lugar.

La cinta de los dos súper héroes con más pedigrí, con un metraje que alcanza las dos horas y media, o sea, 150 minutos de la vida de cada espectador, acaba por ser un marasmo de ideas pseudo filosóficas mal presentadas con unas pretensiones tan hinchadas que acaban por dar pena. Quizás la pléyade de guionistas que se ocupan de una historia tan endeble hubiese salido victoriosa con un metraje más ajustado, digamos de 90 minutitos y ya vale: total, para lo que van a contar, hasta sobran un par. Affleck y Cavill hacen lo que pueden, pero el conjunto es plúmbeo. El montaje, inexistente.

Después, el amigo Ben se pone a las órdenes de Gavin O'Connor (que amenaza con una nueva revisión del moscardón verde [supuestamente por el fracaso del inmediato anterior]) en una cinta con un guión original de Bill Dubuque, El contable que goza de una premisa a priori interesante que se va destruyendo a sí misma conforme van transcurriendo los minutos y la trama se va complicando hasta caer en el ridículo más absoluto con un encuentro de hondas raigambres familiares: el reencuentro de dos hermanos. Una historia que se la de las manos a Gavin cuando decide someterse a la norma no escrita que una película debe durar más de dos horas: en su caso, ocho minutos de regalo, cuando en verdad, le sobrarían bien contados casi veinte minutos. Una vez más, el guión parece someterse a la supuesta rentabilidad comercial del metraje, llegando al absurdo de repetir por tres veces la misma secuencia, obviando algo tan elemental en cine como es la elipsis. Las virtudes clásicas de la economía cinematográfica desechadas, olvidadas. Affleck realiza un buen trabajo como actor, acompañado de Anna Kendrick y J.K. Simmons como excelentes secundarios, y pare usted de contar: sobran dedos y muchos minutos de metraje, una vez más.

Uno esperaría que cuando al fin y al cabo Ben Affleck toma las riendas y se erige en productor y director, amén de guionista que se apoya en una historia del afamado Dennis Lehane, ofreciendo de nuevo su semblante como intérprete principal en la película Vivir de noche esos "problemillas" experimentados en las precedentes estarían solventados y hallaríamos una agilidad más propia de su ópera prima que de la acomodada oscarizada, pero hete aquí que Affleck cae en varios pecadillos cinematográficos que le dejan un poco fuera de combate:

Seguramente, haberse autoelegido como protagonista no fue una buena decisión y ahora se ha dado cuenta, pues renuncia a dirigir y protagonizar la secuela-precuela-o-lo-que-sea de Batman, quizás aprendiendo de errores cometidos: bien por él, aunque sea tarde para el espectador: le falta un director que le corrija en la personificación de ése gángster que pretende ser complejo y no acaba siendo ni siquiera complicado.

El guión, con ser propio, excusa menos la acumulación de lugares comunes y de situaciones que en nada favorecen el desarrollo de la trama, que huele a pretenciosa desde los primeros diez minutos y se va cargando de ínfulas conforma el metraje se desarrolla, muy lentamente, eso sí, como para cargar las tintas y el peso en los sufridos espectadores, que no ven el momento en que haya transcurrido ya la hora y media, que es cuando parece animarse la cuestión, cerca de los malditos ciento treinta minutos de la vida de cada espectador que está a estas alturas casi frotándose los ojos y tapándose la boca ante inminentes bostezos pues nada nuevo se le ha ofrecido.

Tengo para mí que las distribuidoras de cine, espléndidas ellas para con sus clientes los espectadores, fuerzan la maquinaria rechinante hasta conseguir que todas las películas superen las dos horas de duración, no vaya a ser que alguien, después de haber pagado una pasta, declare haberse aburrido durante hora y media: no alcanzo a comprender qué ventajas se obtienen pagando lo mismo por aburrirse durante dos horas, pero me barrunto que buena parte de las películas, con un montaje más ajustado y una duración de hora y media, ganarían en calidad.

Claro que igual son imaginaciones mías.


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dimecres, 22 de març de 2017

Beethoven & Dudamel





De casualidad en el último otoño, primeros de octubre de 2016, me enteré que Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simon Bolivar de Venezuela iban a ofrecer la integral de las sinfonías de Ludwig van Beethoven en una gira europea que se iniciaba en el Palau de la Música Catalana a mediados de este mes de marzo y de chiripa pude comprar entradas para asistir a la primera tarde, jornada del domingo 12, para escuchar la interpretación de la Sinfonía 3ª "Heroica" y también la Sinfonía 4ª.

Le tenía muchas ganas a esa formación, jóvenes director y orquesta, desde que les descubrí en youtube hace ya bastante tiempo y desde luego la idea de ofrecer las nueve sinfonías de Beethoven en un todo continuo me pareció excelente y excitante, con el único defecto que no iba a poder asistir a todos los conciertos. Supongo que habrá alguien que sí lo hizo asistiendo al Palau en las cinco jornadas, pues el domingo 12 interpretaron las Sinfonías 1ª y 2ª, con el regalo de las oberturas Egmont y Coriolano en una jornada matinal, por la tarde las citadas, el lunes 13 la Sinfonía 5ª y la 6ª "Pastoral", el martes día 14 las sinfonías 7ª y 8ª y el miércoles cerraba el experimento con la Sinfonía 9ª, acompañados los músicos por el Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau de la Música.

Cualquier aficionado a la música clásica será capaz de comprender que, después de asistir al segundo concierto, me entraron unas ganas tremendas de lamentarme por no haber procurado obtener entradas para todo el ciclo y hete aquí que, llegado a casa abro mi correo y me encuentro publicidad invitándome a ver, en streaming, el concierto a que acababa de asistir.

Tiempo me faltó para entrar en es.medici.tv y comprobar que, gracias a que me había suscrito hace un tiempo, simplemente ingresando una dirección electrónica y una contraseña, podía ver en diferido -y durante cien días- y gratis el concierto que acababa de ver y ¡olé! también el que habían ofrecido a mediodía.

Y por menos de diez euros, podía suscribirme por un mes y asistir virtualmente en directo a los cuatro conciertos restantes. Ni lo pensé. Bueno, sí: pensé que, ante una actitud empresarial semejante, lo menos que podía hacer era darme de alta por un mes.

Aparte del inmenso placer experimentado con ése ciclo sinfónico -que me había procurado yo mismo hace años adquiriendo todas las sinfonías interpretadas por Karajan y la O.F. de Berlin, vinilos que todavía escucho- que cualquier melómano tiene a su alcance por tiempo determinado gratis, sólo con proceder a la inscripción en es.medici.tv, hay alguna consideración que me ha estado hirviendo y mareando y que tengo que sacar y llevar al papel:

Es de agradecer a los actuales gestores del Palau de la Música su buen tino en ofrecer la sala para iniciar este ciclo sinfónico que probablemente acabará siendo reconocido como excelente e histórico, pues tamaña empresa no se acomete ni siquiera cada lustro, que yo sepa. No sería mala idea que la temporada que viene se hiciese lo propio con otro compositor...

El Palau, de rebote, obtiene un prestigio multitudinario, porque al acordar la retransmisión en vivo -y luego en diferido, y gratis por cien días,no lo olvide nadie- con la empresa medici.tv, entra merecidamente en el circuito de música clásica de primera categoría, en un sitio dedicado a la cultura musical con una visión que aúna de forma excelente el negocio y la cultura: muchos deberían tomar nota de la forma de proceder de medici.tv.

Las retransmisiones, producidas por Camera Lucida, con un buen trabajo de Corentin Léconte como realizador, siempre atento a los músicos intervinientes en cada momento, emplazando las cámaras y moviéndolas con agilidad, son un modelo a seguir, con un sonido espectacular, y eso que no puedo verlo ni oirlo en HD a causa de la escasa velocidad de mi conexión a internet.

Chapeau para France Televisions -televisión pública gala- que aprovechando el evidente desinterés de la televisión pública catalana y española aparece como promotora de la retransmisión: aseguraría que apareció el martes, pero no puedo probarlo, porque ya su rótulo está en todos los vídeos.

Y malditos sean por vagos, inanes, ignorantes, todos aquellos que en este país viven supuestamente dedicados a la cultura (y cobran por ello), porque no hay atisbo de interés ni en TV3 ni en TVE, sendas televisiones públicas pagadas con nuestros impuestos, de tomar en consideración un acontecimiento semejante.

Y vagos, ignorantes e inanes todos aquellos politicuchos que se llenan las bocas de la palabra cultura cuando hay elecciones pero que ahora, que se sepa, no han siquiera interrogado ni al Conseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya ni al Ministro de Cultura de España para que nos digan porqué han dejado pasar, como si nada, la oportunidad de apoyar una manifestación cultural que estará durante años siendo vista por miles de melómanos de todo el mundo, porque ése ciclo de Beethoven lo va a ofrecer Dudamel con la Simón Bolivar por tres países de Europa y cabe suponer que luego en América, pero desde luego, la grabación ya está hecha y no va a ser fácil que se repita.

Mucho hablar y poco hacer, como siempre. Y no digo que hubiese sido diferente el tratamiento de tratarse de un partido de fútbol, porque, evidentemente, quien esto lee ya lo sabe sobradamente.

Ya me gustaría ver a quien le corresponde (lo aclaro, por si las dudas: a toda la oposición) requerir a quien manda por una mayor contribución a la cultura. Mucho me temo que ése negociado está vacante, pues no interesa que la ciudadanía sea culta: mejor tonta y maleable, claro está.

Ya lo sabíamos porque pasa con el cine, pero ante oportunidades como la presente, comprobar cómo se desecha tan impropiamente, produce un sentimiento de inenarrable incomprensión, de frustración, máxime cuando el vecino, viéndolas venir, ocupa el lugar que no debería pertenecerle.

Si es que además de ser vagos e inútiles son tontos.

Inexcusable.

Consuélate mientras puedas: Ciclo de Sinfonías de Beethoven











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dimecres, 8 de febrer de 2017

No podrán arrebatármelo




En ocasiones pienso que no lo hacen a propósito y siempre permanece, constante, una duda: ¿tratan de confundirnos?

Uno mira, lee, observa y compara.

Comparar, ¿es malo? ¿es mejor olvidar? ¿siempre?

Depende, dirán; claro, depende. Si comparamos, habrá que establecer unos límites, ¿no?.

Pero resulta que hay mucho ruido, mucha alharaca, mucho buscar el elogio y la admiración para obtener, pura y simplemente, pingües beneficios.

En ocasiones, pienso que me están vendiendo humo. Yo fumé mucho, mucho, mucho, hasta que recibí un toque: no más humo. Y ahora, no trago más.

No sé si es una ventaja o una desventaja pero es indudable que la veteranía conlleva una acumulación de experiencias que, si la memoria no falla, ayudan a conformar una opinión.

Quizás algunos preferirían que no recordáramos cosas que hemos visto.

Por ejemplo, a un tipo flacucho, no muy bien parecido, normalito pero elegante, eso sí, que se ganó la vida con eso del cine. El hombre sabía tocar el piano regulín, regular, cantaba con mucho estilo y swing (según afirmación de Count Basie) y bailaba que parecía flotar.

Claro que tuvo mucha suerte: trabajar con compañeras de tronío y sobre composiciones sólidas como bastiones inexpugnables al paso del tiempo.

Por eso, quizás, se atreve a poner toda su confianza en ella:





I'm Putting All My Eggs In One Basket (Follow the Fleet [Sigamos la flota, 1936])(Irving Berlin)


Pobre tipo, ése Fred: por saber tocar el piano regulín, cantar con swing y bailar como un ángel, ni siquiera le nominaron para un Oscar: los muy estúpidos, esperaron a nominarlo como secundario, en una película catastrófica....

Claro que a Astaire no le hace falta ningún premio: ha quedado como ejemplo de lo que es protagonizar un musical y muy por encima del paso del tiempo y, desde luego, sabe muy bien lo que es poner buena cara a los contratiempos:





Lets Face The Music And Dance (Follow the Fleet [Sigamos la flota, 1936]) (Irving Berlin)

Podríamos estar todo el día así, disfrutando de momentos musicales que pueden ser bien o mal imitados pero difícilmente superados, pero no es tiempo ni lugar... ¿verdad?

Está claro que lo visto y paladeado nadie lo puede arrebatar: Fred se lo cantó a Ginger en 1937, pero no lo bailaron hasta doce años después, cuando ya ella había tomado su camino e incluso, ella sí, había conseguido su estatuilla dorada:




They Can't Take That Away From Me (George & Ira Gershwin)(Shall We Dance [Ritmo Loco, 1937] & The Barkleys of Broadway (Vuelve a mí, 1949])


Otrosí: A Irving Berlin le dieron un Oscar por White Christmas y le nominaron en varias ocasiones; al genial George Gershwin, le nominaron una vez, precisamente por They Can't Take That Away From Me. Al mediocre Justin Hurwitz le acaban de nominar ¡dos veces! por unas composiciones que nadie recordará dentro de tres años.

¿Seguro que no lo hacen a propósito?







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dimarts, 24 de gener de 2017

Matewan




En las estribaciones de los Montes Apalaches, cabe los meandros del río Tug Fork que durante varios kilómetros se erige en frontera natural que marca los límites entre los estados de Virginia Oriental (West Virginia) y Kentucky se halla la aldea, más que municipio, de Matewan, menos de dos kilómetros cuadrados de superficie y medio millar de habitantes que esperan llegue la temporada turística porque otra cosa no queda ya en la zona.

El carbón acabó hace tiempo, dejando amargos recuerdos históricos. La bituminosa antracita situó en el mapa una zona rural distante apenas 700 Kms de la capital Washington, un lugar donde durante el día únicamente se veían mujeres mal vestidas y niños harapientos: los hombres estaban en su mayoría bajo tierra, hurgando las entrañas en busca del negro carbón, luchando en la oscuridad contra los gases y los desprendimientos. De eso hace ya un siglo.

Las condiciones de los mineros, hace cien años, en Matewan como en toda Virginia Oriental, eran lo más parecido a la esclavitud existente en la práctica en las plantaciones de la vecina Alabama cuando terminó la llamada Guerra de Secesión y los esclavos emancipados, liberados de cadenas físicas, se encontraron con que los dueños de las tierras eran también los dueños de las barracas donde vivían y de los establecimientos donde podían comprar lo necesario para vivir, siempre a un precio que acababa por dejarles en deuda con sus antiguos dueños.

Esa barbaridad, ese despropósito que se practicaba en Matewan hace cien años, provocó lo que terminó conociéndose como La Masacre de Matewan, en la que murieron una docena de personas, a tiros. Eran sindicalistas en ciernes acechados por mercenarios disfrazados de detectives al servicio de las compañías mineras, propietarias de las minas, de las tierras adyacentes, de las pocas viviendas y los escasos establecimientos comerciales, donde el precio de las alubias iba acorde con el precio del carbón, siempre superándolo un poco.

Unos hechos históricos conocidos como la Guerra del Carbón, comprensiva de diversos enfrentamientos sangrientos, se iniciaron en ese pequeño núcleo de mineros compuesto de algunos hombres, varias viudas y pocos niños, contando todos ellos con un elegido alcalde (Cabell Testerman) y un agente de la ley (Sid Hatfield) que, conscientes de su responsabilidad para con sus vecinos, decidieron protegerlos frente a los desmanes tiránicos, posesivos, injustos, de la Stone Mountain Coal Corporation. Terminaron con la llamada Batalla de Blair Mountain pero arrancaron en Matewan, el 19 de mayo de 1920. Matewan, un poblacho fundado en 1895, cuando se descubrió que podía haber carbón en la zona.

No fue hasta 1993 que Matewan obtuvo el reconocimiento de lugar histórico, pero antes, el director John Sayles consiguió estrenar una película con el toponímico título Matewan (1987), proyecto personal del autor que llevaba años intentando realizar, siempre aplazado por falta de financiación.

John Sayles escribe un guión basándose en los hechos históricos añadiendo una ficción que los amplía e incardina en el nacimiento de los movimientos sociales laborales, en los primeros momentos en que el trabajador empezaba a ser consciente que la dejación de la individualidad y la construcción de la unión podrían otorgarle la fuerza requerida para plantear el reconocimiento de derechos negados por las mercantiles y los poderosos propietarios.

La aparición de los sindicatos de trabajadores en la minería, con las particularidades propias de la zona, una escasa libertad próxima a una verdadera esclavitud y un despotismo exacerbado, conllevan la prohibición de afiliarse al sindicato so pena de perder trabajo y hogar, todo en uno, quedando además en deuda con la empresa, que substituye mineros blancos por negros y también por inmigrantes italianos, que no tienen ni idea de la minería, pobres desgraciados expertos en coser zapatos.

Sayles introduce dos personajes ficticios sobre los que apoya una trama que sortea muy bien los peligros de un drama social y laboral histórico: consigue no aburrir en ningún momento y mantener la atención en el desarrollo de los acontecimientos. Sus héroes son un joven minero que hace las veces de relator -con lo cual la película toma el carácter de largo flashback al tiempo que se erige en testimonio de la historia- y un sindicalista, un tipo que estuvo en la Guerra Mundial recién acabada y consiguió regresar a casa sin haber matado a ningún trabajador de los que se hallaban combatiendo en el otro lado de las barricadas: en la guerra, dice, sólo vio trabajadores disparando contra trabajadores.

Ese sindicalista, Joe Kenehan, es un pacifista convencido que la unión hace la fuerza, que el individualismo que se halla en el desprecio por los negros y los italianos no tiene lugar: que el enemigo no son los otros trabajadores traídos por la empresa bajo el mismo trabajo esclavista: el enemigo es quien pretende imponer esas reglas propias de la esclavitud a todos los trabajadores teóricamente libres.

Sayles, autor cinematográfico con ideas propias, no da hilo sin puntada y recrea en unos hechos pasados una parábola aplicable a su tiempo y por desgracia al nuestro. El director se apoya en su propio guión para decir más que insinuar y se vale de todos los medios a su alcance para evidenciar tratos injustos basados en vicios ajenos: señala sin duda el beneficio que la unión aportará a la comunidad y muestra con eficacia el camino que lleva al convencimiento de todos mediante personajes escritos y retratados con suma eficacia: vemos los anhelos y el sufrimiento de cada uno, sus ambiciones y traiciones, su camaradería creciente hasta el fin.

No es ésta una película cómoda, sin embargo, carente de optimismo y dotada de un final trágico aderezado con apuntes del relator que remata la trama como una admonición simbólica. No es extraño que Sayles tuviese dificultades para obtener financiación: se constata en los títulos finales, con un listado casi interminable de agradecimientos.

Sayles aprovecha los escasos medios a su alcance para desarrollar una historia que tampoco precisa de alardes para mantener la atención, presa del discurso del guión: la excelente labor de Haskell Wexler en la fotografía y la banda sonora elegida por Sayles coadyuvan no poco a dar fuerza y cohesión al relato. Los intérpretes, encabezados por el joven Will Oldman -que realiza un excelente trabajo con dieciséis años- y por el entonces novato Chris Cooper (novato en el cine, porque en teatro acababa de trabajar con Lauren Bacall, nada menos que con Dulce pájaro de juventud) que empezó con buen pie su carrera cinematográfica dando cuerpo a ese sindicalista pacifista cuyos ojos vienen a ser los del director y los del público espectador, en suma, apoyados por intérpretes tan conocidos como Mary McDonell y David Strathairn -amigo de juventud de Sayles- componiendo un sorprendente sheriff.

En definitiva, una película ejemplar de lo que debe ser el cine comprometido socialmente, sirviéndose del arte para denunciar y poner en evidencia cuestiones que atañen a todos, sin cargar las tintas, sin buscar efectismos fáciles ni provocaciones que caen en saco roto: un cine que cuenta una dolorosa ficción muy cercana a la realidad y lo hace sin aburrir, sin apologías ni mesianismos, con sencillez pero escribiendo en la pantalla con buena caligrafía y eficacia una trama que trasciende el localismo y deviene en internacional.






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dijous, 29 de desembre de 2016

MM 86 Tammy and the bachelor




Tratándose de una película del año 1957, en primer lugar comprobamos que la existencia de traductores de títulos carentes de toda virtud no es un fenómeno de este siglo XXI: traducido como Tammy, la muchacha salvaje, las expectativas de quien elige una película por el título sin duda diferirán mucho.

Recabamos la atención sobre una inserción musical en una comedia romántica de las muchísimas que se rodaron en el Hollywood de mediados el siglo pasado a causa de su protagonista, la actriz Debbie Reynolds, recién fallecida mientras se hallaba preparando el funeral de su hija, la también actriz Carrie Fisher. Mal acaba este año 2016...

Debbie Reynolds permanece en la memoria cinéfila como la pizpireta coprotagonista de la maravillosa Singin in the rain, su sexta película, del año 1952, donde demostró saber bailar y cantar.

Cinco años más tarde, protagoniza con un compañero que puede verse en el vídeo más abajo, archiconocido también, esa comedia en la que canta una canción fruto de un par de triunfadores, Ray Evans y Jay Livingstone, composición titulada con el nombre del personaje que interpretaba Debbie: Tammy

Veámosla cantar en la película:



La canción fué nominada al Oscar y significó, como single, un disco de oro para Debbie Reynolds y un montón de semanas en los primeros lugares de las listas radiofónicas y de ventas de discos.

En ocasiones, olvidamos que algunos artistas ofrecen más de una faceta con brillantez.

Y algunos, por si las dudas, conservaron sus méritos hasta edad avanzada. Veamos a Debbie cantando Tammy, en un escenario, en el año 2010, en Liverpool:



Debbie nació el 1 de abril de 1932 (April Fools Day) y falleció el 28 de Diciembre de 2016 (Día de los Santos Inocentes).

Descanse en paz.







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dilluns, 26 de desembre de 2016

Contra viento y marea





Un poco a lo loco, parece.

La frenética carrera que los hermanos Howard han iniciado moviéndose de un pueblucho a otro en medio del oeste texano para atracar una sucesión de sucursales bancarias obteniendo botines rápidos y nada escandalosos, allá unos muchos miles, acullá unos pocos, pistola en ristre, torpe máscara y viejos coches robados que entierran en un hoyo una vez usados, despierta un recelo en su acabóse, por cómo se borra toda huella: un cementerio -literal- de desvencijados automóviles que desparecen de la faz de la tierra, tragados por el polvo en el patio trasero de un rancho que vio sus mejores momentos años ha.

Tanner Howard (Ben Foster)no acaba de comprender la manía de su hermano Toby (Chris Pine) por ocultar de inmediato los coches que usan en sus atracos ni tampoco qué es lo que va a pasar con todo ese dinero que, para borrar su rastro, cambian por fichas en el casino que hay en la reserva comanche de la región, vestigios de malos arreglos indígenas del pasado reciente. Fichas que recuperan en otros billetes, pasada la madrugada, nuevo día, nuevo banco a robar, hasta conseguir la meta.

Porque hay una meta: ergo, no tan a lo loco como parecía.

Esto se lo huele el viejo Marcus Hamilton (Jeff Bridges)advirtiendo que va a ser su último caso como servidor de la Ley en su calidad de Ranger de Texas: esos atracos van a acabar siendo predecibles, martillea una y otra vez los oídos de su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham), del que se burla asegurando que le imita vistiendo camisa blanca como él, porque aspira a sentarse en su sillón así se retire, en unas semanas: Alberto, con ascendientes comanches, le llama cascarrabias mientras se pellizca la camisa blanca, uniforme oficial, con su chapa y todo.

Dos hermanos ladrones, atracadores de bancos, perseguidos por dos viejos colegas que disimulan el mucho aprecio que se tienen, no vayan a pasar por blandengues.



Cada uno de los cuatro tiene su personalidad definida en pinceladas que Taylor Sheridan va marcando conforme se desarrolla el guión; mejorando mucho su anterior trabajo, presenta una historia atemporal sin artificios ni trucos en la que la acción se desarrolla con fuerza y la trama avanza proporcionando nuevos datos que permitan entenderla.

David Mackenzie agarra el guión de Sheridan y escribe con la cámara una película del oeste, un western moderno provisto de todos los elementos del género, desde los horizontes interminables, la luz apisonadora, la sequedad del gesto y la mirada entrecerrada, prieta la mandíbula, unos tipos que no por no montar a caballo dejan de ser prototipos del lejano oeste.

El título original, Hell or High Water (2016) hace justicia a la trama y a la forma con que nos la cuentan. Estoy convencido que la decisión de traducirlo como Comanchería (por favor, traductor tontorrón, otra vez, mírate la película antes de meter la pata y también, porqué no, consulta antes porque disponemos de frases más que afortunadas) habrá causado decisiones que son de lamentar.

Porque Mackenzie, como buen europeo, dedica todos sus esfuerzos a retratar con sencillez y pulcritud una historia que se va desarrollando como quien dice ella sola, con naturalidad, provista de una fatalidad que el espectador ya sospechaba, hasta un desenlace apropiado: vista, el cinéfilo veterano inmediatamente aprecia el buen trabajo realizado por un director que sabe exprimir todos los elementos a su alcance, consiguiendo esa engañosa sensación de facilidad aparente: consigue de Giles Nuttgens el que debe ser su mejor trabajo hasta ahora como director de fotografía y en otro aspecto demuestra Mackenzie una finura espectacular, porque obtiene del cuarteto protagonista unas interpretaciones asombrosamente naturales, muy por encima, lo reconozco, de lo que me esperaba en mis más optimistas espectativas: Jeff Bridges aparca varios de sus manierismos marca de la casa e incluso Chris Pine demuestra saber hablar pausadamente y con intensidad.

La simplicidad habitual, ineludible, de las sinopsis que acompañan las promociones cinematográficas, reduce en cuatro líneas leídas mil veces, repletas de tópicos, una historia que como los westerns clásicos, se sirve del escenario, del ambiente, de los tipos, para presentar cuestiones de mayor calado, aquellas que mueven a la gente a tomar decisiones importantes: ésta no es una mera película de acción porque quienes se ven abocados a ella acuden con las alforjas bien llenas, sin que las motivaciones de unos y otros lleguen a influir en la caligrafía cinematográfica adoptada por Mackenzie, que opta por mantenerse como observador privilegiado de la naturaleza humana, sin entrar en valoraciones éticas de ninguna clase, incluso admitiendo una conclusión abierta.

Una trama más compleja de lo que a primera vista se advierte, bien ideada, bien presentada y bien interpretada deviene en una de las mejores películas de este año que vamos dejando atrás: por sacarle un aspecto mejorable, señalaría que los diálogos podrían afinarse para reflejar con más fuerza los caracteres y entonces nos hallaríamos, sin duda, ante una pieza de mayor calado, una rara avis en el siglo que vivimos.

Desde luego, recomendable a cualquier cinéfilo que se haya dejado engañar por el nefasto título y la haya obviado y también, claro, para quien le pasó inadvertida.


Tráiler


Cuidado: en los comentarios puede haber algún chivatazo no deseado por quien no haya visto la película.


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dissabte, 24 de desembre de 2016

Gil Parrondo





Ha fallecido Gil Parrondo, el Decorador del Cine (como a él le gustaba definirse), personaje irrepetible.

Ver ahora, recuperar, el documental que TVE le dedicó hace tres años, cuando Gil contaba con noventa y dos años, no deja de ser un placer cinéfilo al tiempo que una buena forma de honrar su memoria, la de un hombre que sintió el cine desde una faceta a la que el espectador no suele dar la importancia que sí le otorgan los más afamados directores de cine, como es de ver en el documental.





otros tamaños:

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dimecres, 30 de novembre de 2016

Capitán Fantástico




No estoy muy seguro que empezar una película mostrando cómo unos chiquillos y un adolescente camuflados con barro acaban a puñaladas con el biznieto de bambi, aquel dulce cervatillo, y que para festejar la hazaña y el tránsito de la adolescencia a la hombría devore el matarife crudo, palpitante, el corazón del pacífico rumiante, sea una buena idea para acaparar audiencia. O quizás sí. Depende, claro, de lo que prosiga.

Me parece que Matt Ross en su segunda tentativa de juanpalomismo
(de Juan palomo, yo me lo guiso, yo me lo como)
cinematográfico lleva las cosas a un punto de no retorno proveyendo a una trama teóricamente bien intencionada características que la acercan peligrosamente a la frivolidad más descarnada, a un límite en el que la ironía y la parodia no acaban de cuajar como realidades y acabado el experimento permanece la sensación de fallido.

La propuesta contenida en el guión escrito por el propio director - Matt Ross – remite a la utópica vuelta a la naturaleza como remedio a todos los males de una sociedad cada vez más materialista y sujeta a los designios de un consumismo imparable; quizás porque en los Estados Unidos de Norteamérica ya tienen alguna que otra comunidad que voluntariamente se aparta del resto, constituyendo grupos sociales más o menos numerosos basados en la exclusividad por motivos ideológicos, usualmente dispuestos a proclamar una solidaridad excluyente como virtud a imitar, es porque hay alguna que otra película en la que esos grupos o grupúsculos se constituyen en protagonistas: recordemos, por ejemplo, The Village (El Bosque, 2004) escrita y dirigida por M. Night Shyamalan, en el que un grupo de acaudalados ciudadanos decide construirse su propio pueblo, con sus propias normas, muy cerca de la civilización.

Matt Ross no aspira a tanto como Shyamalan y se contenta con una familia; numerosa, pero una sola familia, que para dar pena después de apuñalar al ciervo, sabemos que, de repente, la madre de los seis hijos acaba de fallecer en un hospital, allí donde la civilización existe. Porque la familia, encabezada por el padre, el Capitán Fantástico del título, vive en plena naturaleza, en un bosque del noroeste. En un bosque propio, eso sí, que se lo compraron el matrimonio con el dinero que juntaron los cónyuges cuando decidieron abandonar la vida consumista, capitalista y mal llamada civilizada arrastrando a la naturaleza a sus seis hijos.

La endeblez del guión no es alarmante porque se inserta en la normalidad de la época que estamos padeciendo: no hace mucho, en alguna parte que no recuerdo, leí la afirmación de alguien relativa a la excesiva y progresiva infantilización del cine fabricado en Hollywood: busque usted la expresión en internet y le saldrán montones de enlaces: no es un concepto novedoso ni original, así que tampoco un ejemplo puede ser motivo de alarma; lo preocupante es que allí donde se producen más películas el nivel vaya descendiendo y en los otros lugares la imitación sea la panacea.

Admitida la idea de Ross de pronunciarse contra la sociedad de consumo, este comentarista, acabada la película, se dió con un canto en los dientes: desilusión total y absoluta; decepción profunda; un cúmulo de ideas absolutamente ingenuas sazonadas con unos toques perversos y de calado que derrotan la ilusión inicial y acaban por erigirse en una especie de advertencia para ilusos optimistas: no hay nada que hacer, rendición total. Resulta decepcionante comprobar cómo la sociedad actual, mayoritariamente materialista y consumista hasta resultar enfermiza para continente y contenido, es capaz de fagocitar y reconvertir cualquier iniciativa que pretenda cuestionarla: el llamado pomposamente “cine indie” en afortunado apócope que oculta, disimula y pervierte la deseada independencia intelectual del artista cinematográfico alberga a cada festival más productos como el presente que se anuncian épicamente deseosos de formular una idea nueva, revolucionaria y acaban por ser remedos actualizados de las tramas propias del añejo “Selecciones del Reader's Digest” y guiones destinados a “entrener y formar” a los infantes según las convicciones mayoritariamente reflejadas en los productos disneyanos de más poca entidad.

La concurrencia de cinco menores de edad y uno que acaba de convertirse en adulto al comerse el corazón de un ciervo, dotados de unas características físicas y saberes intelectuales sobresalientes, enfrentados por decisión paterna a la malvada sociedad de consumo, como si fuese simplemente la bruja fea del cuento; las comparaciones con unos primos desgraciadamente “normales” en franca desventaja; las prestaciones de los abuelitos, parientes del famoso tío gilito, todo, en suma, excede cuanto cabría esperar inclinando la balanza del discurso justo hacia el lado indeseado, como un subliminal giro subrepticiamente efectuado, como quien dice, en un salto de eje que pasó desapercibido.

Durante varias semanas dándole vueltas para intentar entenderla realmente, la confusión se apodera y el desánimo cunde: Ross presenta un cuento deshilvanado, carente de lógica por completo y adornado por chulerías propias de niñatos bien envalentonados por un orgullo de casta mal entendido. Nada nuevo ni original.

No quisiera explayarme en detalles porque es bien cierto que los chivatazos no deben sazonar un comentario y en este caso, además, aparte de sus fallos, pocas virtudes hay para abonar el tema.

Un punto tiene a su favor, ciertamente: se nota que Matt Ross fue monaguillo antes que fraile, porque obtiene muy buenas interpretaciones de todo el elenco: Viggo Mortensen carga en sus buenas espaldas el peso de casi toda la narración, pero los seis jóvenes intérpretes que personifican a los seis hijos realizan un trabajo casi perfecto, sobrio, muy lejos de lo que acostumbramos a ver en productos de corte disneyano que es la sensación que nos quedará al acabar la película, pasados apenas diez minutos, cuando ya la hayamos rememorado toda ella, intentando entenderla. Para mí, que es una tomadura de pelo o un experimento fallido. A elegir. Avisados quedan.



Tráiler










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dilluns, 31 d’octubre de 2016

Por insistir que no quede, Don Juan




Si los otros dan la tabarra año tras año, no veo porqué no puedo también yo dar la brasa.

Me ahorro el texto que se puede leer en este enlace

A lo que vamos: ya que no resulta fácil en directo, veámoslo en diferido:






Para quienes piensen que la pieza sólo tiene un reducido interés local, aquí dejo un texto bilingüe







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diumenge, 16 d’octubre de 2016

Tomar riesgo




giphy.com


Ha sido una relativa sorpresa saber esta misma tarde que ha recibido el máximo galardón del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges el primer largometraje dirigido al alimón por Dan Kwan y Daniel Scheinert que hasta ahora se habían ocupado de cortometrajes y vídeos musicales firmando en ocasiones con el genérico Daniels.

Parece que el éxito conseguido con sus cortos propició el deseo de abordar un largo -cosa habitual por otro lado- con la fortuna añadida de obtener financiación para el empeño a cuya suerte habría que añadir la decisión de intervenir como protagonistas de dos actores, Paul Dano y Daniel Radcliffe, ya veteranos a pesar de su juventud y gozando de un merecido prestigio no dudaron en cargar sobre sus hombros la representación de dos personajes absolutamente extraños y no tan sólo porque uno de ellos es un cadáver.

Precisamente el saber que hay un fiambre chupando pantalla es un detalle que al cinéfilo veterano puede tumbarle las ganas de ver la película si acaso padeció las tonterías de Este muerto está muy vivo y cabe proclamar de inmediato que no hay caso: la pieza dirigida por los Daniels sobre guión propio, salvo el co protagonismo de un muerto, no guarda parecido con la mencionada ni tampoco su intención es la de hacer reír al respetable aún cuando alguna carcajada -o muchas, depende- puede oírse en la oscuridad, si llega el caso.

Swiss Army Man (2016) que se ha proyectado en la Blanca Subur esta semana que acaba probablemente no verá alterado su título si llega a exhibirse en las pantallas españolas, aunque "El hombre navaja suiza" sonaría tan surrealista como merece la pieza: rechácese cualquier adjetivo que se proponga para definirla de otro modo; quede avisado el personal que se hallará ante una obra formalmente mejorable presentando una trama dotada de una fantasía que indudablemente le ha hecho merecedora de recibir el galardón sitgetano con toda justicia.

Ésta es una película que el cinéfilo debería ver ineludiblemente a pesar que es posible que, transcurrida la hora y media de metraje, apenas siete minutos antes del final, me maldiga los huesos por habérsela recomendado. Es lo que hay: un riesgo artístico tomado por la pareja de directores y también por la pareja de actores reclama a voces el riesgo del público que debe abandonar toda idea de comodidad: ésa no es una película comercial al uso: se la han jugado, oiga.

Esa pareja, los autodenominados Daniels, son jóvenes; no tienen miedo al fracaso porque confían en la brillantez de sus propuestas, sus ideas que rozan el surrealismo y se expresan principalmente de forma visual con una inventiva y atrevimiento que se encuentra a faltar en demasiadas ocasiones en otras películas. Diría que huyen de lo plácido y sus hallazgos sorprenden. Lástima que les falte experiencia al momento de construir el ritmo de la narración y que, seguramente ilusionados por lo bien que se les da mover la cámara, no advierten que la reiteración y la redundancia, aunque leves, son enemigas de la agilidad y para rematar la faena ofrecen un final realista que rompe la fábula de mala manera.

La otra pareja, Paul Dano y Daniel Radcliffe, merecen todos los aplausos: a Radcliffe ya le han señalado en Sitges por su representación de ese cadáver tan especial y se han olvidado un poco de Dano cayendo en la costumbre de apreciar los caracteres especiales y raros por encima de los más normales siendo así que estos calificativos únicamente son aproximados porque los personajes de ambos, complementarios, son lo mejor de la película y exigen de los actores un trabajo agotador tanto física como mentalmente porque el ridículo y la farsa están a un milímetro y ellos saben pasearse por ese precipicio saliendo airosos. Hay que tener valor para aceptar esos trabajos, porque ya no se trata de un vídeo más o menos gamberro: es un largometraje con una historia subyacente cuya pretensión no es, no puede ser, comunicar un único mensaje.

Habrá que estar atento a lo que puedan ofrecernos en el futuro esos Daniels. De momento, imperdible para el cinéfilo: dad un visionado a ésta, no sea que, en un par de años, se haya convertido en "una de culto" y no se haya visto.




plus: en este enlace de una pagina en inglés hay -aparte de mucha información- varios vídeos rodados por los Daniels que dan idea inmediata de sus capacidades.



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divendres, 16 de setembre de 2016

Phil Spector, motivo para debate.







Cuando los televisores eran aparatos voluminosos provistos de pantalla en blanco y negro y dotados de un único altavoz que más que sonar diríamos que graznaba, la industria cinematográfica se olió la tostada y procedió a filmar grandes historias en rutilante eastmancolor y pantallas cada trimestre más enormes hasta el desvarío del cinerama y el panavision, todo para situarse a un nivel de espectáculo que consiguiera alejar al público de sus salones domiciliarios y moverlos hasta la taquilla de las salas exhibidoras de películas, donde, incluso, además de hartarse de palomitas podían fumar tranquilamente.

Todo por la taquilla.

Pasados cincuenta años, los televisores son planos y delgados como un periódico, sus pantallas son de proporciones exageradas y el sonido es de alta fidelidad envolvente.

Y el contenido está a un nivel semejante del que usualmente hallamos en el cine.

¿Seguro? No: no tan seguro. Alguien con medios debería pasar a estadísticas entendibles los porcentajes de productos destinados a la pantalla que tienen una intención y no la disimulan ni rebajan lastimosamente para alcanzar audiencias millonarias creyendo que el público está formado únicamente por adolescentes.

Da la sensación -que puede ser errónea por ínfimo el campo del experimento- que en las televisiones que no son deudoras de la publicidad para subsistir, es decir, la BBC británica y la estadounidense HBO (creo, por lo leído, que la FOX está sujeta a una cierta ideología) como ejemplos paradigmáticos, hay un respeto de la libertad creadora y un valor intrínseco que reside en la confianza que la empresa tiene en la inteligencia de sus televidentes, sean de pago o no.

Vienen estos párrafos que preceden a cuento porque tirando del hilo de la curiosidad suscitada por el descubrimiento explicado en la entrada anterior, hace poco pude ver la película que para la HBO (o gracias al interés en ella de la HBO) rodó David Mamet sobre un guión propio en torno al primer juicio que examinó hechos acontecidos en casa del famoso Phil Spector que dieron como resultado la muerte de una ex-actriz.

Un asunto peliagudo que provoca la aparición de un subtítulo verdaderamente particular que aparece en pantalla al inicio diciendo así:


This is a work of fiction.
It’s not ‘based on a true story.
It is a drama inspired by actual persons in a trial, but it is neither an attempt to depict the actual person's, nor to comment upon the trial or its outcome.


(Lo traduzco así: "Esta obra es una ficción. No está basada en historia real. Es un drama inspirado en persona sometida a juicio, pero ni trata de representar a esa persona ni referirse al juicio ni a su resultado.")

Apostaría que el departamento jurídico de la HBO tuvo algo que ver con la inserción del letrero de marras. Digamos que se curaron en salud.

La película (denominarla telefilm únicamente por haber sido exhibida en la tele sería una reducción simplista) está realizada con todos los medios necesarios, empezando por los integrantes de la plantilla: David Mamet como guionista, director y también productor ejecutivo, cargo que desempeña asimismo Barry Levinson. Y en el apartado interpretativo tenemos a Al Pacino y a Helen Mirren. No se puede pedir mucho más para conseguir la atención del espectador.

Aparte de inteligencia y tranquilidad.

Desde la lejanía que otorga un océano puede resultar difícil aquilatar la complejidad latente en el discurso que Mamet, dramaturgo antes que nada, presenta sirviéndose de un personaje, Phil Spector, que seguramente resultará desconocido para la gran mayoría. Ello puede significar que el espectador ajeno a la fama y circunstancias vitales del protagonista perciba sin prejuicios el relato y en consecuencia entienda claramente las invectivas que Mamet desgrana contra aspectos de la sociedad estadounidense mediante diálogos puntualmente brillantes y siempre efectivos, diáfanos y muy bien escritos. Se le nota el oficio.

Hubo una especie de cruzada fanática (el adjetivo es más que apropiado si tenemos en cuenta que el movimiento lo sostuvieron "fans" de Lana Clarkson) en contra de esta pieza así que surgieron las primeras noticias: grupos de fanáticos empezaron a manifestarse públicamente y también en los medios de comunicación denigrando la intención de la HBO de admitir a Mamet rodar esa película; eran admiradores de la fallecida mezclados con activistas feministas, claramente promovidos por una especie de afán de venganza dirigidos por el antiguo representante artístico y también por algún pariente y parece ser que forzaron el temor a la mala publicidad de Bette Midler que renunció alegando dolores de espalda para no hacerse cargo de representar a la Abogada Linda Kenney Baden. Incluso cuando Al Pacino y Helen Mirren acudían a los estudios a trabajar se encontraban con pancartas y gritos.

Estos hechos, constatables, otorgan al empeño de Mamet una dimensión específica y una pátina de veracidad.

Esos fanáticos -y otros que no lo aparentan tanto- despotricaron contra Mamet acusándole de tergiversar la realidad tratando de mostrar a Phil Spector como inocente cuando todos sabían que era un criminal.

En todas las entrevistas Mamet y su esposa Rebecca Pidgeon se refieren a lo que ellos denominan "duda razonable" como eje en torno al cual el dramaturgo construye su dialéctica y añaden que la evidente excentricidad de Spector provoca enormes prejuicios que en nada le favorecen y que obviamente influyen en la correcta percepción de aquella "duda razonable". En estos lares disponemos del principio de la presunción de inocencia, que como el invocado por Mamet descansa en la antigua norma "in dubio pro reo" (aquí un artículo abundando en el tema).

En la ignorancia de cuanto hay de real y cuanto de inventado en el relato que de los hechos ofrece Mamet y sabiendo que las conversaciones entre Spector y su Abogada Kenney han sido inventadas al negarse la Letrada a ofrecer información al respecto, podemos suponer que los datos forenses, por públicos, sí son ciertos. Si lo son, la película resulta ser un dedo acusador de firmeza indestructible contra el sistema judicial estadounidense basado en el jurado popular.

Mamet aprovecha el caso de Spector al comprender que la excesiva, caótica y extravagante personalidad del productor musical ofrece a sus detractores interesados múltiples aspectos circunstanciales en los que basar profundamente todo el peso de sus prejuicios. No se oculta que Spector podía llegar al paroxismo en las grabaciones de sus discos, repitiendo horas y horas el sonido de una pandereta, consumiendo bourbon sin parar y blandiendo un revólver que en alguna ocasión disparó, atemorizando a músicos y personal de estudio e incluso colocándolo en el cuello de Leonard Cohen antes de darle un beso en la mejilla y asegurarle que le quería mucho, pero tenía que conseguir el sonido buscado. Un orate de la música que siempre vistió más que disimuló su alopecia con vistosas pelucas de todo tamaño, color y apariencia en todo lugar incluyendo las vistas judiciales, como se ilustra más arriba.

Un personaje que la gran mayoría silenciosa del pueblo estadounidense no vacilaría en prejuzgar. Más cuando todavía estaba coleando el asunto de O.J.Simpson y su errática conducta. En la construcción que hace Mamet del guión ofrece algún que otro parlamento a Spector para que se despache a gusto protestando por el acoso popular al tiempo que menciona diversos antecedentes históricos con un punto de megalomanía no exenta totalmente de razón.

Mal asunto cuando doce personas componentes de un jurado popular dejan que sus prejuicios de cualquier clase: sociales, artísticos, morales, raciales, sexuales, políticos, etcétera, influyan en su voto. En el momento de su estreno en televisión se alzaron muchas voces, incluyendo críticos profesionales, señalando la mala decisión de Mamet de presentar esta trama en la que se relata la absolución de Spector en 2007 por nulidad del juicio al no pronunciarse el jurado de forma unánime. 10 a 2.

Parece que esos críticos, ese pueblo soliviantado, nunca pudo disfrutar de la excelente obra de Reginald Rose estrenada también en televisión en 1954. Claro que en ella no había nombres reales a los que tener manía o envidia. Además, Mamet estrena su obra en 2013, justo cuatro años después que otro jurado, sobre los mismos hechos, declarara la culpabilidad de Spector.

(Nosotros, los españoles, también vamos bien servidos con el jurado, sus prejuicios y sus lastimosos errores: al que lo dude, que busque en google por Dolores Vázquez Mosquera y comprobará cómo la dejación de un juez ante un ladino fiscal y los prejuicios de nueve ciudadanos ejemplares consiguieron que una lesbiana fuera condenada falsamente por asesina, sin prueba alguna. ¿Donde está el Mamet español?)

El valor de Mamet al denunciar la injustificable influencia de los prejuicios al punto de olvidar un principio general de derecho comúnmente reconocido desde la antigüedad como es el in dubio pro reo pone directamente en la picota la figura del jurado popular en una sociedad en la que resulta muy difícil escapar de las influencias ajenas incluyendo campañas mediáticas bien orquestadas. Me temo que la temática por sí misma la aleja de las salas de cine donde la palomita reina desde hace años: las que antaño se definían como de Arte y Ensayo hace lustros desaparecieron y parece que sólo queda la televisión -y de pago- para recibir propuestas semejantes y atreverse a producirlas y exhibirlas en la tranquilidad del salón familiar. Justo lo contrario que hace cincuenta años...

Mamet, aparte de dramaturgo, es un excelente director de intérpretes: baste decir que Al Pacino ayudado por una caracterización espléndida ofrece un recital perfecto representando a Phil Spector: los habituales excesos del actor van que ni pintados al personaje raro donde los haya y hay que reconocer que en la dicción y en el ritmo Pacino se muestra contenido pero no maniatado y ello lo imputo directamente a Mamet, que de actores y demás sabe un rato largo; otro tanto ocurre con Helen Mirren, caracterizada como la Abogada Linda Kenney Baden con una peluca rubia inabarcable que no le impide ofrecer un contrapunto serio y formal, contenido y firme, a un compañero exigente. El resto del reparto cumple con su cometido y la ambientación se distingue especialmente en la mansión donde Spector vive.

Después del desconcertante subtítulo, veremos a Kenney acudiendo a casa de Spector y Mamet nos introduce en la mansión como si se tratara de la Casa de los Horrores, de habitación en habitación, a cual más extraña: el uso casi fantasmagórico de la mansión de Spector ayuda a entender la personalidad de su dueño y el itinerario pausado de Kenney atravesando estancias a cual más barroca y bizarra es una imagen perfecta del conocimiento psicológico que se formará de su defendido hasta que sus iniciales objeciones y dudas se esclarezcan y se centre en la tarea de evidenciar la realidad de los acontecimientos ocurridos con la frialdad aséptica necesaria para tal labor.

Por otra parte, Spector se muestra convencido de ser la víctima de una conspiración contra él precisamente por su singularidad pero no admite la derrota y demostrará su orgullo exhibiendo las más espectaculares pelucas cada vez que tiene público, tratando de imponer sus extravagancias, seguro como está de ser inocente del crimen que se le imputa.

No hace falta señalar que la banda sonora es totémica para algunos y absolutamente desconocida para la mayoría; el metraje es ajustado, hora y media canónica; lástima que poco a poco Mamet va perdiendo la fuerza expresiva y la cámara acaba por resultar adocenada y previsible, como si la atención dispensada al magnífico texto fuese suficiente para contentar al espectador exigente: no es así.

El guión de Mamet merece un director más atento a lo que se está contando y sobre todo a la forma cómo se cuenta. Hay un cierto desequilibrio en el conjunto: las ideas expresadas a través de los diálogos no alcanzan a ser revolucionarias en una contención que se advierte no impuesta y refulgen como faros en la mar bravía de la mediocridad complaciente con el sistema establecido: las dudas relativas a la intromisión de los prejuicios de toda clase en una sociedad supuestamente libre es una llamada que el Mamet intelectual formula pero que el Mamet director de cine no acaba de remarcar con la debida fuerza.

Como sea, esta es una película dotada de un guión inteligente y muy bien escrito y unos intérpretes brillantes nos lo sirven con entereza y fuerza y aunque su exhibición se haya reducido a las televisiones, no por ello deja de ser una pieza imperdible para cualquier cinéfilo.





Plus: Para que Ben E. King tuviera claro lo que se le pedía, Phil Spector hizo esta demo. Phil sabía lo que exigía.
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diumenge, 11 de setembre de 2016

MM 85







Por cómo se han desarrollado las casualidades que me han llevado de un lado a otro, es ahora que estoy todavía dándole vueltas en mi cabeza al título de esta entradilla que debería dar la información consecuente a su contenido como todas las que le han precedido en esta sección, pero no me decido porque, en un arranque de locura, se me ha ocurrido que podría aprovechar para colocar de rebote un tonto examen de cinefilia.

Que podría ser complicado o demasiado fácil, qué se yo.

Porque uno piensa que ha descubierto el chocolate y luego resulta que hasta el loro de ahí al lado hace días que dio cuenta de la tableta entera y uno se queda con cara de pasmo.

Claro que para pasmo, el que me llevé cuando, escuchando un disco que me prestaron, comprobé que Rebecca Pidgeon, de cuyas cualidades como actriz ya hemos hablado en un par de ocasiones, resulta ser una señora cantante dotada de una prodigiosa voz, un gusto exquisito y una técnica estupenda.

En el disco, titulado The Raven (cuya canción compuso ella con su marido David Mamet dándole a la letra) hay lo que ahora todos conocen como "cover", lo que significa que se trata de una versión, que, estando como estaba asombrado, me dejó absolutamente anodanado, porque el tema me lo sé casi de memoria desde que lo bailaba escuchando la voz de Ben E. King.

Se trata de Spanish Harlem.

El vídeo lo he elegido por ser, de todos los que se hallan en youtube, el que mejor suena.

A disfrutarlo:





La voz de Rebecca Pidgeon cantando esa famosa canción es la que acompaña maravillosamente los créditos finales de una película.

No voy a decir el título, aunque hay datos más que suficientes para saberlo.

En la siguiente, no en ésta, la comentamos, ¿vale?

Como decía "Cifu" : sed buenos.






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dilluns, 22 d’agost de 2016

Adiós, Toots




Acabo de leer que hoy ha fallecido Jean "Toots" Thielemans a la edad de 94 años.

Está en cualquier periódico digital.




Los cinéfilos veteranos puede que hayan olvidado su nombre, pero seguro que no su forma de tocar:




Efectivamente, se trata de la sintonía triste de la película Midnight Cowboy, sobre la que ya tratamos hace casi nueve años aquí

Y ése vídeo, por si hay duda, pertenece al concierto que ofreció con motivo de su conversión en nonagenario.

Sí: hay genios que desafían el reloj...

Para el aficionado al jazz, el bueno de Toots ha sido en toda su vida un referente: un especialista en un instrumento mínimo del que ha sido capaz de sacar melodías fantásticas.

Podemos verlo junto a Quincy Jones en 2010 ofreciendo una estupenda versión de Eyes of Love

Gracias, Toots, por tan buenos momentos.

Descanse en paz.







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dimarts, 9 d’agost de 2016

2016 : Olimpiadas y Cine



Olympic flag


Miro atrás con asombro al comprobar que en este año tan activo deportivamente hablando y en un período inferior a seis meses he visto dos biopics centrados en deportistas. La sorpresa tiene su lógica si consideramos que no soy muy amante de las películas biográficas y que el deporte en una pantalla en pocas ocasiones consigue retener mi atención.

Dos películas que en realidad nada tienen a ver la una con la otra y que coinciden tan solo en que se desarrollan en torno a unos Juegos Olímpicos bien diferentes: los de 1936 y los llamados de Invierno de 1988. Más allá de dicha circunstancia, la de ser un relato cinematográfico que sucede en las olimpiadas, está el subtítulo de basarse el guión en una historia real: diría en ambos que probablemente basado en hechos reales; en lo que no hay duda es en que los protagonistas, varones ambos, fueron deportistas olímpicos y no pasaron inadvertidos en su momento. Curiosamente, tienen en común el hecho que tan sólo participaron en unos juegos olímpicos, aunque por diferentes motivos.

Gracias a unas invitaciones conseguidas por mi ahijado asistimos él y yo al preestreno de la película dirigida por Stephen Hopkins titulada Race (El héroe de Berlín [una nueva muestra de traductor/traidor/tonto] en la cartelera española, con lo fácil y veraz que hubiese sido simplemente Carrera) que desarrolla el guión escrito por Joe Shrapnel y Anna Waterhouse con todos los tópicos propios de una biografía deportiva, concretamente la del famoso Jesse Owens ofreciendo una visión bastante ajustada a la realidad en los aspectos más cómodos para el espectador estadounidense, concretándose a un período de tres años, los que transcurren desde 1933 hasta 1936: Owens acude a la universidad de Ohio buscando el interés del entrenador Larry Snyder y éste le propondrá trabajar duro para luchar por el oro olímpico en las próximas Olimpiadas de Berlín.

La película de Hopkins tiene a su favor una construcción semi documental bien vestida y dotada de escenarios y atrezzo que nos trasladan al final del primer tercio del siglo pasado para contar lo que probablemente sucedió a Jesse Owens con bastante detalle incluyendo toda clase de anécdotas que ayudan a componer la épica del personaje.

A pesar del lastimoso título español resulta evidente que Hopkins no busca enaltecer la vertiente heroica del atleta como gran personaje de aquellos juegos olímpicos: aún centrándose en el personaje principal, no dejan de tener interés los personajes secundarios que no están ahí para reforzar el carácter heroico del protagonista: van a lo suyo, ayudando a configurar una presentación de conjunto de un ambiente olímpico teñido de intereses políticos, sin que la tensión llegue a ser objeto de foco principal: la posibilidad de un boicot estadounidense a los juegos berlineses (que repitieron y ejecutaron en 1980 con los moscovitas, quienes naturalmente, devolvieron la pelota a los angelinos en 1984) propiciado por algunos interesados en politizarlos e incluso la intromisión de movimientos en pro de los derechos de los estadounidenses negros tienen sus momentos de pantalla; diríamos que Hopkins no los rehuye pero prefiere dedicarse al atleta protagonista, quitándole en su mirada implicación en aquellos aspectos; dejándolo en su sitio real, vaya: Jesse Owens no fue a Berlin a combatir a nadie más que a sí mismo y a los récords establecidos.

Hopkins cuenta con Stephan James y Jason Sudeikis para cargar con los dos protagonistas y un buen grupo de secundarios de fuste para completar el escenario; la narración se le cae un poco de las manos en el momento de empuñar las tijeras en la sala de montaje y se alarga el metraje hasta dos horas y cuarto excesivas: parece haber olvidado que casi todos ya sabemos cómo acabaron aquellos juegos olímpicos y que no pueden haber sorpresas en la meta. Hubiera sido mucho más interesante reducir la cantidad de anécdotas previas e incidir seriamente en lo que se nos cuenta telegráficamente al final de la película en letreros sobre impresos: Jesse Owens tuvo que esperar a morirse para recibir públicamente los honores que, de haber sido blanco, se le hubiesen tributado de inmediato a su llegada a los U.S.A. En la actual situación (actual y de hecho parece que sempiterna, pues desde que vemos la tele siempre lo hemos visto) racial estadounidense, no estarían de más un par de escenas que abundaran en la final, cuando el homenajeado en una cena tiene que entrar por la puerta de servicio por ser negro.

Cinematográficamente, una película de sesión de tarde, cómoda, falta de pegada: para los amantes de los biopics, supongo que algo más que entretenida.

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Para completar esta sesión doble contamos con una película de estreno más reciente, de esas que uno va a ver porque le presupone una idea gamberra, claramente contracorriente.

Porque uno se acuerda del personaje principal, conocido mundialmente como Eddie the Eagle, de verdadero nombre Eddie Edwards, que se dio a conocer en los Juegos de Invierno de Calgary, en 1988. Me acuerdo perfectamente del ruido que se montó en los medios de comunicación, siempre ávidos de sucesos fuera de lo normal.

Así que cuando aparece una película titulada muy justamente Eddie the Eagle (Eddie el Águila [no todos los traductores son tontos traidores, justo es reconocerlo] en España) uno tiene cierta idea y bastante curiosidad por averiguar que habrá hecho Dexter Fletcher con un guión escrito por Sean Macaulay y Simon Kelton, un terceto sin mucho bagaje a sus espaldas.

El guión se basa en la historia de Eddie Edwards tomándose todas las libertades, reinventando en su mayor parte lo que hizo y lo que le pasó a finales de los ochenta del siglo pasado pero guardando íntegro el carácter ilusionado y la tenacidad increíble que le llevaron a ser citado incluso en el discurso de clausura de los Juegos de Calgary.

Eddie siente desde su más tierna infancia la llamada del olimpismo: quiere participar en unas olimpiadas y no ceja en perseguir su sueño luchando contra todos los obstáculos, incluyendo su escasa habilidad como deportista.

Hay una cierta coincidencia en el trasfondo de ambas películas: el olimpismo puro debería pertenecer a los deportistas: sin embargo, como en todo, debe haber cierta organización, ciertos límites.

Eddie supo que había un hueco y lo explotó a conciencia: no habiendo en toda la Gran Bretaña nadie dedicado al salto de esquí, él se convertiría en saltador. En menos de tres años. A riesgo de su vida, naturalmente. Un loco romántico.

Quizás porque Dexter Fletcher ha sido actor antes que director y también porque el joven intérprete Taron Egerton es capaz de ofrecernos muy buenos ratos con su arte, el personaje de Eddie que veremos en pantalla produce una sensación cada vez más insólita en las pantallas actuales: empatía. El tipo está loco de atar y alguien debería cuidarle porque se va a quebrar todos los huesos y cuando le ves que mira hacia el trampolín de cuarenta metros apenas ha saltado del de quince, percibes en la mirada extraviada y el gesto desafiante una determinación que no precisa palabras.

Son momentos de cine en estado puro los que nos ofrecen Taron Egerton y Dexter Fletcher porque los diálogos no tienen nada de espectacular y la concatenación de sucesos pertenece al conocido estilo del biopic deportivo, con entrenador que bebe más de la cuenta (Hugh Jackman en un papelito sin dificultad, pasando el cepillo) y contrariedades que, precisamente por tratarse de un biopic, sabes cómo van a acabar.

Pero la cámara persigue al protagonista en todo momento y sentimos su tenacidad y coraje en una forma que nos lleva a tomar partido en su favor: la forma de filmar es muy adecuada porque mantiene al sujeto en su realidad individual: su soledad aliviada ocasionalmente con llamadas telefónicas a su mamá se percibe intensa y refuerza la determinación y el carácter de ese Eddie capaz de lo que sea con tal de cumplir su sueño, de acariciar un récord, no digamos poseerlo, hacerlo suyo...

El personaje trasciende más allá incluso de lo pretendido por Eddie Edwards que tanto en la realidad como en pantalla posee una cierta ingenuidad desarmante: el público se volcó en su favor al saber que prácticamente se había costeado él mismo toda su aventura y que incluso usaba material anticuado y prestado para sus entrenamientos. Egerton lo representa de modo ejemplar porque todos los datos se nos muestran sin maquillaje y sin añadir melodramatismo barato y el tipo se mantiene erguido, intenso, constante, centrado en su empeño. Saber que luego de Calgary aparecieron normas nuevas elevando el listón para las comparecencias -que descabalgaron definitivamente a Eddie Edwards y a cualquier otro con resultados parejos- puede propiciar un debate muy interesante en estos días en los que, una vez más, podemos ver a algunos deportistas de algunos países muy concretos participar mostrando grandes carencias: pero no todas las que tuvo que afrontar Eddie el Águila con el apoyo de su mamá.

La película tiene un metraje ajustado: una hora y tres cuartos que discurren sin sobresaltos con un ritmo tranquilo, bien filmados tanto interiores como exteriores dinámicos, evidentemente sin sorpresas ya que estamos en un biopic que resalta las virtudes propias de la tenacidad y oculta un poco la evidente temeridad del empeño de ese tipo salido de la clase trabajadora que con sólo sus arrestos logra cumplir su sueño olímpico en una práctica deportiva realmente temeraria y peligrosa. El tono general, además, evidencia el origen británico de la pieza, con un puntillo irónico que no se abandona para reforzar la ejemplaridad del tipo.

Más allá de merecer los parabienes del aficionado al biopic, recomendable para degustar el buen trabajo del joven actor Taron Egerton, muy bien dirigido, sin duda, por Dexter Fletcher.

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diumenge, 31 de juliol de 2016

Squirrels to the nuts



O sea, ardillas a las nueces.

No es que sea una frase surrealista: es cinéfila. Pertenece a un clásico procedente de la magia de Lubitsch que algún día habrá que revisitar.

De momento centremos nuestra atención, si les place, en la última película dirigida por un cinéfilo ejemplar conocido de la casa: Peter Bogdanovich.

Bogdanovich junto con su ex-esposa Louise Stratten escribió un guión muy parecido a aquellos que seguramente él tiene en su mesilla de noche para relajarse en alguna noche de insomnio: una comedia clásica; de enredo; de amores que van y vienen; de procacidades exquisitas; de puertas que se abren y cierran; de la eterna lucha de sexos; ni un vodevil ni una alta comedia, pero con la indispensable dosis de locura.

La pieza la titulan ambos ex-cónyuges y asociados She's funny That Way y recibe como traducción Lío de Broadway lo que dice más acerca del infame traductor que de los autores del guión y del director de la película.

Para el cinéfilo, un cúmulo de tópicos conocidos.

Añejos.

De aquellos que indefectiblemente recuerdas con añoranza después de ver alguna estúpida comedia "moderna".



El guión parece dotado de una sinóptica muy simple: un hombre casado y con dos hijos llega a un hotel donde residirá mientras va a dirigir una obra de teatro y en su primera noche concierta una cita con una profesional a la que, a la mañana siguiente, propone entregarle la nada despreciable suma de 30.000 dólares para que pueda dedicarse a lo que más le plazca. Ella decide por fin presentarse a unas pruebas para ser actriz y ¡vaya coincidencia! él es el director de la obra. El autor se enamora de ella mientras la primera actriz, que es la esposa del director, se entusiasma y todos quieren contratarla, incluso el galán que sabe -porque la vió al llegar al hotel- que no es una desconocida para el director, intentando aprovecharse de la circunstancia. Entretanto, la novia del autor es una psicóloga más ida que bien centrada y es la que atiende a la acompañante aspirante a actriz y también a un juez que en su senectud está loco por la profesional y la persigue por donde sea gracias a los movimientos de un más anciano detective que.....

Es un guión clásico, vaya; no es novedoso; lo novedoso, en este siglo, es que los diálogos están afinados, las réplicas tienen un punto de romanticismo y mordacidad, y, lo más sorprendente, que el tempo de la comedia funciona a la perfección.

No hay momentos huecos ni pérdidas de ritmo y los actores, todos ellos, están de rechupete: Owen Wilson soporta impasible todo lo que le va ocurriendo a su personaje, Imogen Poots demuestra una capacidad ilimitada de dominar la cámara en un primer plano que sería insoportable para muchas actrices y Jennifer Aniston realiza su mejor trabajo en décadas, al punto que roba todas las escenas en las que aparece. Está claro que todo ello se debe a la sapiencia de Peter Bogdanovich que con setenta y cinco años demuestra mantener fresco su pulso y rápida su mente: de otro modo no cabe explicarse que, pasadas semanas de la visión de la película, todavía algunas escenas, en el recuerdo, muevan a la risa.

No alcanzo a entender cómo ha sido posible que esta muy buena comedia ha pasado sin pena ni gloria por nuestras pantallas en muy pocos días de exhibición, porque además de sus virtudes que la sitúan sin duda a un nivel de eficacia y clasicismo alto, deja algunas consideraciones de fondo que podrían ser objeto de debate más serio, aunque eso ya no sería una comedia sino un drama políticamente incorrecto, por calificarlo de forma posmoderna. Las frases aparecen como ráfagas de metralleta y algunas tienen más miga de la que parece a primera vista y no puedes atenderlas porque la vorágine te consume pero acabada la función algo surge del poso de risas. Es lo que tiene la comedia clásica que entre bromas y cachondeos clava alguna que otra puya. Los críticos serios de antaño a esto lo denominaban "segunda lectura" y quedaban como unos señores. Ahora, me temo, ya nadie está para una "segunda lectura" porque apenas si pueden entender la primera.

La pieza, que seguramente será difícil verla en pantalla grande, grande, es un bocado exquisito sin más pretensión que divertir haciendo cosquillas allí donde la inteligencia sobrevive recurriendo a mecanismos clásicos pero no obsoletos porque siguen -y seguirán por siempre- funcionando como un reloj al que, desde luego, no todos están capacitados para dar cuerda.

Si tienen la ocasión, sepan que va a ser una hora y media muy bien aprovechada. Se van a reír, seguro. Y cuidado con los "cameos": se nota que a Bogdanovich le aprecian.

Es de esas recomendaciones que uno da seguro de acertarla. Imperdible.

Tráiler


Por cierto: la frase de cabecera, el truhán protagonista la usa de "muleta". Faltaría más.







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