Carregant el Bloc...

dimecres, 24 desembre de 2014

Noche de paz...











Y Feliz Navidad




Y para quienes prefieran algo más.... ¡foráneo! aquí dejo una versión muy.... ¡foránea! dedicada especialmente a todos aquellos, foráneos o no foráneos, que esta noche, además de procurar que haya paz entre los humanos, también procurarán que haya alegría para ese cuerpo que en definitiva van a comerse los gusanos y que .... esto.... mejor ven la muy especial versión del clásico Santa Baby



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dilluns, 22 desembre de 2014

TC 34 Captain America - The Winter Soldier




Entiendo que la probabilidad de que los amables visitantes de este bloc de notas hayan visto la película que saco a colación es muy remota; pero se me ocurre que de ser el caso, cabe la posibilidad que no vieran los títulos de crédito que gracias a youtube se pueden ver, porque como yo hice, se levantaron rápidamente del asiento y abandonaron la sala con prisa, en busca de aire fresco y puro, quizás por el agobio del tedio padecido.

La cuestión es que vistos ahora, después de haber transcurrido meses desde que me aburrí con la película, aparte de comprobar que perpetúan el truco de anunciar posibles aventuras futuras en una corta escena imprevista, observo que, no siendo los créditos finales una maravilla ni mucho menos, sí que alcanzan lo que otros iniciales no saben ofrecer: una condensación, por la vía de la imagen -quizás mejor diríamos del logotipo- del sustrato ideológico real, no aparente, de la historia, o, dicho con más desconfianza, de la propagación subliminal de una tesis nada moderna ni edificante.

¿A ustedes qué les parecen?





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dijous, 18 desembre de 2014

El Doctor se relaja....








.... cuando a Lucien le da el bajón, se relaja a base de wisky y aporreando el piano, incluso a altas horas de la noche....


pero cuando Craig vuelve al camerino, a veces, se acuerda de sus habilidades propias, se concentra en su memoria no textual pero sí armónica, agarra su telefonino, le da a la tecla y luego, simpático él, se dedica a sorprender a propios y extraños:

Con un ukelele:


Con la eléctrica, una celebración:


Con una acústica, su versión de Mona:


Y a todo tren, Destroyer:



Eso es una muestra de talento polifacético que yo ignoraba absolutamente hasta hace pocos días...




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divendres, 5 desembre de 2014

Magia a la luz de la luna




Felicitaciones. Lograste enemistarte con todos en una sola tarde.

Ha vuelto. 

No estoy muy seguro de la bondad de la afirmación, pero puede decirse que Woody Allen ha vuelto con su estilo personal, su forma de escribir rápida y brillante, ligera y con segundas lecturas sabrosas. Después de algunas variaciones que no han acabado de funcionar con la legión de cinéfilos que esperan cada año degustar una película de Woody, en este triste año 2014 podremos decir que al final nos hemos sacado la espinilla que nos incordiaba con un Allen auténtico.

En su última película, Magic in The Moonlight (Magia a la luz de la luna) parece haber una cierta recapitulación, una vuelta a la costumbre, a la rutina que funciona en la pantalla y satisface al espectador y más al cinéfago que esta temporada ha podido salir en escasas ocasiones satisfecho de la sala oscura.

La doble condición de Allen de escritor y director le confiere sin duda la titulación de autor y su abundante filmografía permite al cinéfilo avezado mantener fácilmente en su memoria unos rasgos definitorios y esperables, lo que quizás ocasionalmente haya producido en el estajanovista judío neoyorquino una sensación de agobio que, según dijo, apaciguaba tocando el clarinete con sus amigos, su declarada pasión, el jazz.

Como músico Allen no es sobresaliente pero se me ocurre que su afición de alguna forma ha trascendido en su obra cinematográfica y más allá de las excelentes bandas sonoras con que acompaña sus historias y sus imágenes podamos concluir, mirando el mapa histórico de sus trabajos, que como buen amante del jazz de vez en cuando experimenta nuevas sensaciones y también, de vez en cuando, vuelve a los conceptos clásicos, como quien ejecuta un solo a la búsqueda de un lamento original y acabado, retorna a la melodía básica.


La envidiable sencillez aparente de la tradicional escritura de Allen vuelve a sus fueros en esta comedia de corte clásico inspirada claramente en las piezas románticas del teatro londinense de principios del siglo pasado, gloriosos años veinte, con unos protagonistas de clase acomodada que observan cuidadosamente a dos intrusas que provienen, cuidado, de clases bajas desconocidas de origen pero dotadas de poderes sobrehumanos, inexplicables: Stanley es un británico arisco, escéptico y racional que se dedica con gran éxito a la magia profesional presentando su espectáculo caracterizado del mago chino Wei Ling Soo y le vemos triunfar en el teatro de Berlín cuando su amigo Howard, tan británico como él y casi que igual excelente mago, le requiere a fin que ambos se trasladen al sur de Francia, a la lujosa Costa Azul, con el objetivo de proceder a desenmascarar una espabilada jovencita que asegura tener contacto con los muertos y se dedica, naturalmente, a comunicarse con los fallecidos más acaudalados que encuentra a su paso, recalando en la mansión de la viuda de un financiero de Pittsburgh: la joven Sophie, también estadounidense, va acompañada de su madre y tiene completamente enamorado al joven Catledge, así que Stanley, acuciado por Howard, se trasladará a Francia, donde aprovechará para saludar a su querida tía Vanessa, rica solterona que también pasa la temporada de verano en Francia. El mago, científico racional y ateo emprende una vez más su cruzada contra los espiritistas.

Lo que sigue a continuación, desarrollo de la trama ideada por Allen, es una excusa para ofrecer con cierta hilaridad e ironía la acostumbrada muestra ideológica del autor, no por conocida falta de interés. Si el resultado fuese una película aburrida, no dolerían prendas achacando la falta de novedad en el planteamiento ni la escasa originalidad de la propuesta, pero lo cierto es que cualquier amante de las comedias bien escritas hallará gozo en la forma que Woody domina como pocos en esta época mediante diálogos que precisan el oído presto y la atención despierta: para la ocasión, diríase que el autor se ha inspirado directamente leyendo a Wilde, porque en diversas ocasiones adorna su vitriolo al uso del célebre escritor, seguramente con toda la intención para reforzar el entorno en el que nos presenta su historia.

El talento de guionista avezado de Allen le permite condensar en poco más de hora y media (la medida aúrea cada vez más escasa por incapacidades manifiestas)asuntos tan dispares como las diferencias de clases sociales, la credulidad y el escepticismo, saludables y agónicos a un tiempo, la imposibilidad de resistirse racionalmente al amor sobrevenido y la necesidad perentoria de replantear una visión de la vida en aras de la prosecución de una felicidad incierta perteneciente a un futuro desconocido, todo ello con la ligereza oportuna para no caer en disertaciones analíticas propias de psicoanalistas de salón ni lamentaciones desesperadas como en otras ocasiones ha formulado el carismático director que en esta ocasión se dedica con todas sus fuerzas a dirigir un elenco entregado a su causa como suele ser habitual.

Los británicos Colin Firth como Stanley y Eileen Atkins como la tía Vanessa y Simon McBurney como el también mago Howard ofrecen juntos los momentos que más recuerdan la clásica comedia wilderiana y la intrusión de la joven Emma Stone como la espiritista Sophie, junto con la siempre eficaz Marcia Gay Harden como su madre aportan ese aire americano popular un punto fuera de lugar en la Costa Azul, tanto como excesiva se antoja la realidad de los ricachones Catledge, interpretados por Jacki Weaver y Hamish Linklater.

Emma Stone es la apuesta arriesgada de Woody como lo fueron antes otras actrices, siempre atractivas más que bellas: Emma está un poco verde para el papel que le ha caído en gracia aunque sus ojazos la salvan y cabe esperar al año que viene porque repite; sus envidiables veintiséis años (seguramente veinticinco en el rodaje) son un obstáculo para el papel que representa según algunos comentarios, pero es bien cierto que una actriz con más veteranía otorgaría una proyección más poderosa y creíble pero también menos ligera y más cuerda y tengo para mí que Allen no alberga dudas al respecto.

Woody se rodea en primer lugar de buena música: para la ocasión añade al jazz escogidos fragmentos de Stravinsky, Beethoven y Ravel usados con inteligencia para acentuar apropiadamente momentos especiales y además cuida con esmero la ambientación y el vestuario: le consta que el entorno ayuda no poco a situar al espectador y más allá del exquisito cuidado con las damas también los caballeros reciben atenciones de Sonia Grande, diseñadora ovetense a la que ya Woody recurrió en tres ocasiones anteriores: un trabajo excelente, notable por la variedad, la elegancia y la modestia. En lo que no es modesto Allen es en la colección de automóviles de época que usa, un divertimento más para la vista que se recrea en todo lo físico sin poder dejar de atender al discurso que se formula con ligereza y sin tiempos muertos.

El tiempo es oro y Woody es plenamente consciente que la condensación requiere un ritmo que él sabe cuidar como pocos: sin atropellarse ofrece su trama y la presenta con fuerza visual estudiada, sin alharacas pero usando cada plano en función de las necesidades procediendo luego a un montaje modélico, propio de los maestros clásicos que no temían a la tijera: el resultado son menos de cien minutos de cuento divertido ofrecido con una fotografía ajustada incluso en el tamaño panorámico que nos devuelve la sensación de asistir a una película clásica, romántica, de aquellas que te hacen pasar un buen rato y que luego, mascándola, te va dando nuevos sabores, siempre muy digestibles.

En definitiva, lo que todo cinéfilo veterano puede denominar "una película de Woody con todas las de la ley" y creo que con esto poco más hay que aseverar: únicamente dar las gracias al viejo director por su perseverancia elevando si cabe un poco el paupérrimo nivel del año. Visto lo visto hasta este último mes del año, diría que, para quien haya llegado hasta aquí, es imperdible.

Se me olvidaba: la luna, es creciente....


Tráiler nada peligroso, o sea, buena publicidad, a elegir:
Doblada
V.O.S.E.


plus: Artículo referido a Sonia Grande y su intervención en esta película.

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diumenge, 30 novembre de 2014

Ñoña




Más allá del habitual pánico ante la hoja en blanco que se incrementa con la ausencia o pérdida de costumbre de enfrentarse al vacío, admito que casi un cuarto de hora me ha llevado decidir el título de este comentario: lo que siga, me ha llevado semanas, así que pueden imaginarse fácilmente la mezcolanza de ideas y la indecisión que tal abundancia de sentimientos produce.

Porque llevamos una temporada huérfana de buenos platos que llevarnos a la vista y al oído como pórticos del camino a la neurona cinéfila y la cinefagia de algunos elementos como el que suscribe no se está saciando precisamente con los arreglos del año que vamos finiquitando poco a poco con tanta o más tristeza que el anterior, aclamado como aciago.

Uno, que inició este bloc de notas con el relato de los pareceres provocados por el díptico pacifista de Clint Eastwood, por un momento, antes del verano, pensó que el viejo Clint iba a proporcionar algo de alegría al panorama.

Pensamientos optimistas que empezaron a decaer cuando la poderosa maquinaria mercadotécnica inició su campaña y llegaron sin necesidad de buscarlas noticias animando al personal e informando -con no mucha imparcialidad- de la trama, su base y su origen.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a la última película de Clint Eastwood, titulada Jersey Boys que se apoya en la música y libreto de una comedia musical de igual título, según dicen triunfadora en Broadway (cuatro premios Tony) aunque no tanto en el Soho londinés, lo que no deja de ser un indicador bastante interesante porque no olvidemos que el precio del espectáculo en vivo es por supuesto muy superior al enlatado, que permite adoptar más riesgos.

Sabiendo que la trama gira alrededor del nacimiento y desarrollo de un grupo musical estadounidense denominado The Four Seasons que sonó principalmente en la década de los sesenta del pasado siglo la chamusquina, el olor a quemado, acudió a mi nariz cinéfila que, además, tiende a desconfiar de los llamados "biopics" tanto como del tomate encerado brillante por fuera y seco por dentro.

Ese grupo, The Four Seasons, liderado por el falsete de Frank Valli, nunca me gustó: ése es un mal principio y a fuer de sincero debo dejarlo claro porque es posible que exista algún prejuicio que perjudique la visión del trabajo de Eastwood. Por decirlo de alguna forma explicable, considero que la forma de cantar y actuar en el escenario de esos chicos era ya, en su época, desfasada. Y no tengo dificultad alguna para demostrarlo, pues gracias a internet no es necesario ser un viejo rockero para darse cuenta que el falsete y los pasitos acompasados de Valli y compañía, a primeros de los sesenta, eran un paso atrás en la libertad escénica que a mediados de los cincuenta había representado Elvis ("The Pelvis") Presley a quien puedo citar como exponente del "rock blanco" más fácilmente admitido por el sistema, porque si me valgo de Jerry Lee Lewis seguro que alguno me tilda de abusón: pero es lo que hay. De Chuck ni hablar, claro. Ni de nadie del Soul.

Claro que, como en todo, los gustos son variados y el rock no lo es todo: por estos lares triunfaba en la misma época el Dúo Dinámico (acabo de enterarme que pretendían llamarse "The Dinamic Boys" : mira tú qué cosas) que, sin ser tampoco de mi gusto, creo que cantaban -y siguen- mejor: quizás algún día alguien (¿Seguro, Segura?)les hará un musical y un biopic al uso.

No obstante y al margen de los gustos la cuestión sigue siendo si relatar los avatares de un grupo que triunfó específicamente en un sector de la sociedad estadounidense puede ser de interés para una amplia mayoría de espectadores y desde luego en el ámbito de la cinematografía la respuesta, como siempre, será: depende.

No podemos atenernos únicamente a los gustos musicales ya que, por ejemplo, el jazz sin duda ayuda a degustar la película Bird del propio Eastwood, como ya vimos hace tiempo, pero no consigue salvar de la mediocridad la intentona de Round Midnight perpetrada por Bernard Tavernier con la inestimable ayuda del gran Dexter Gordon.

El guión cuenta y mucho, como todos sabemos. Y los modos.

Y ahí, entrando al fin en materia, el amigo Clint Eastwood de nuevo falla estrepitosamente:

Parece ser que nos hallamos ante una película de encargo: el propio Eastwood -a posteriori, hay que advertirlo- asegura que fué solicitado para llevar a la pantalla el exitazo de Broadway, como si en la historia de Hollywood sean multitud quienes se hayan negado en redondo a tal bicoca: el viejo director tuvo muchas oportunidades para asistir a las representaciones teatrales y hacerse cabal idea de la empresa antes de aceptarla y disponer todo a su gusto, con lo cual no hay porqué aplicar excusa alguna.

El guión, más perpetrado que pergeñado por los mismos autores del libreto del musical escénico, adolece en primer término de su origen teatral: es pobre de diálogos, carente de ideas e interés y rezuma por todos los lados la apariencia de mero itinerario para presentar uno tras otro números musicales que ya resultan por sí mismos rancios. Que haya para el teatro quien le parezca estupendo asistir a un revival de lo que escuchaban con fruición sus conservadores padres no significa que el conjunto vaya a funcionar en una pantalla de cine a menos que se trate de lo mismo.

La inclusión de un tipo mafioso (recogiendo castañas para el invierno que se avecina frío [hoy, cuando escribo esto, ha nevado en el Sur de California] el bueno de Christopher Walken) no aporta nada de interés melodramático y no hay elementos suficientes para que ninguno de los cuatro tipos que deciden ponerse a lanzar gorgoritos en público merezca siquiera un poquito de simpatía, con lo cual de empatía ni hablamos, oiga. Si la música es la que es y los tipos son intrascendentes, no queda nada.

Ciertamente Eastwood, perro viejo, repite la jugada que ya mostró en El Intercambio cuidando al máximo la ambientación, vestuario, decorado y sonido, aspectos formales que otorgan credibilidad al entorno pero no sirven para reforzar la historia.

Resulta lamentable recordar que se trata del mismo director y actor que hemos visto y disfrutado en películas con guiones férreos como Mystic River y Million Dollar Baby: para quien desee debatir, tengo una pregunta:¿cómo se llaman las tres hijas de Frankie Valli?. Porque vemos tres, pero únicamente se menta a una, Francine, que acaba muriendo, sin que se nos relate ni media circunstancia de tan doloroso trance.

Dicen que la brevedad es una virtud, pero ver a Frankie llegar a casa, discutir con su esposa y al día siguiente sin más, abandonar la familia, resulta excesivo. Sobre todo tratándose del presentado casi que como protagonista: de los otros sabemos mucho menos. ¿Cómo vamos a sentir interés por cuatro tipos de los que no nos informan de nada?

El conjunto, filmado correctamente sin que aparentemente el director tenga nada más a decir aparte de lo que ofrece el guión literario, o sea, que el guión cinematográfico, de haberlo, es meramente funcional, deja en el espectador una sensación de futilidad, de tiempo perdido una vez más dedicado a atender una pieza que no merece recuerdo; posiblemente interesante para los degustadores de las formas musicales de The Four Seasons y del falsete impostado de Frankie Valli: haberlos haylos, no hay duda, no en vano grupos posteriores como Beach Boys y los Bee Gees se ganaron muy bien la vida con semejantes modos: igual para el año que viene -o el otro, no hay prisa- Eastwood nos hace un biopic de los hermanos Gibb.

Eastwood en algunas de sus películas anteriores demuestra ciertas sensibilidades que quizás en realidad le sean lejanas, fruto no tanto de la casualidad como de la confección de guiones escritos por autores con algo que decir: en esta mala pieza y sin necesidad de escarbar mucho se observa un desprecio dirigido a dos grandes colectivos de la sociedad: las mujeres son tratadas con malos modos como meros objetos de placer, haciéndolas callar y apartarse al instante como si fuesen esclavas dando la sensación que en el mundo musical de los sesenta las féminas estuviesen instaladas únicamente como prostitutas y para rematar la excelsa visión de la época, no aparece ni un solo negro en los ambientes musicales (no empiezo a poner nombres porque la lista sería interminable) ni siquiera como músicos acompañantes: Eastwood no puede estar más lejos de la realidad y lo peor es que él, lo sabe.

En definitiva, una película que aparte de insertarse en el grupo de productos fruto de la mercadotecnia yanqui que nos trata a todos como meros consumidores de sus más rancios productos, alcanza la especial categoría de ñoña porque encima de que no cuenta nada interesante ofrece una visión de la vida machista, racista y anticuada... ¿o no tanto? (A ver si va a resultar que, otra vez según alguno, no me he percatado de la fina ironía del gran Eastwood que así pone de relevancia los defectos que observa en su propia sociedad. Para mí, mejor que ya lo deje estar.)


Postdata:

De hecho, se trata de lo que ahora ha venido en llamarse como "precuela" jajaja....
Tengo desde el 4 de septiembre pasado un borrador que al final decidí no publicar y dice así:

Can't Take My Eyes Off You


Viendo el título, seguro que habrás recordado algo en concreto.

A mí la idea de este recopilatorio me la ha dado la mercadotecnia en torno a la última de Eastwood, que habrá que ver en qué queda: es difícil sacar oro de la tierra....

Pero yo te pregunto: ¿esa canción, quien te la ha cantado mejor?

¿Cuántas versiones conoces?

¿Te atreverías a escuchar alguna de las que te propongo?

Vigila, porque algunas parecen ideadas para.....


Las Seventies

Heath Ledger

Frankie Valli and The 4 Seasons

Andy Williams & Denise Van Outen

Boys Town Gang

Misia

Gloria Gaynor

Jersey Boys Soundtrack






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divendres, 5 setembre de 2014

MM 80 THE ROSE






Bette Midler apareció en las pantallas de cine a finales de la década de los setenta incorporando a un personaje que había dejado profunda huella en los aficionados a la música de los últimos quince años y a pesar de ello no quedó marcada, lo que mirándolo a estas alturas del siglo que vivimos otorga una perspectiva que la hace muy respetable.

La película, titulada The Rose (La Rosa, 1979), impactó en su momento principalmente por la extenuante actuación de la entonces desconocida Bette Midler al ofrecer una muy buena interpretación dramática al tiempo que demostraba poseer una estupenda voz e increíble técnica como cantante, no en vano el desgarro era impostado al formar parte de la psicología del personaje principal.

Veamos, si les place, una escena en la que Bette Midler aúna sin aparente esfuerzo técnicas vocales e interpretativas inusuales:




El estupendo trabajo de Bette Midler le comportó ganar los Globos de Oro y ser nominada al Oscar a la mejor actriz justo cuando Meryl Streep conseguía su primera estatuilla dorada como secundaria por una película de cuyo nombre no quiero acordarme a pesar de que resultó la vencedora del año por encima de All That Jazz y Apocalypse Now en una ocasión que ya me hizo replantearme la dicotomía entre premios y justicia; pero es otro tema y estoy divagando: centrémonos, pues.

En mi opinión la película tiene dos defectos: su director, Mark Rydell, al que le falta garra para un tema semejante y el coprotagonista, el insoportable Alan Bates, justamente ninguneado por su intervención -que no trabajo- en una película que, supuestamente, se inspiraba en la reciente defunción de una de esas inclasificables joyas de la música de los sesenta.

Si disponen de tiempo, ahí queda plantado un documental que puede resultar interesante y quizás para algunos sorprendente incluso:








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diumenge, 31 agost de 2014

ESD 37 THE GODFATHER




Nunca es un mal momento para volver al más genuino Coppola, aquel jovencito lleno de inventiva y huérfano de miedos económicos, pendiente únicamente de lo que quería mostrar en pantalla.

Como recordando todo lo que aprendió en sus estudios de cinematografía, ofrece en menos de seis minutos una lección visual sin diálogos que enlentezcan el discurso ideológico, pero sirviéndose de todos los recursos a su alcance que efectivamente, no son pocos; aunque algunos, pasados tantos años, todavía no hayan caído en la cuenta y sigan mareando la perdiz.

Puede que no descubra nada a nadie pero seguro que alguien sentirá la comezón de volver a verla enterita, una vez más, ni que sea para quitarse un mal recuerdo de encima.





Veremos cuanto tardan en sacar de en medio esta prodigiosa secuencia: yo creo que lo hacen adrede, para evitar comparaciones.
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dilluns, 7 juliol de 2014

Calvary




Hace muchos años un desquiciado alteró la tranquilidad veraniega que asolaba mi pueblo en los atardeceres húmedos y calurosos de mi infancia provocando un rumor popular inmediato que alborotó las tertulias callejeras: con una navaja de barbero intentó degollar al Párroco que estaba, como solía, tomando el fresco sentado cabe una mesa provista de refrigerios en buena compañía de algún feligrés: en ausencia de televisores, la conversación se prolongaba entre dimes y diretes y el orate aprovechó la oportunidad de satisfacer su locura: por suerte la abundante papada del cura le salvó la yugular y aquella noche quedó como una anécdota que marcó un verano.

Aquello ocurrió años antes que naciera John Michael McDonagh y estoy segurísimo que el director irlandés no tiene ni idea de lo que yo conocí de oídas pero mi recuerdo ha aflorado de improviso después de haber visto su segunda película, Calvary ,protagonizada como la primera, de la que ya hablamos aquí hace dos años, por Brendan Gleeson en una nueva oportunidad de mostrar que sus anchas espaldas pueden soportar el peso íntegro de una película.

Si el arranque de El Guardia enganchaba, en esta segunda ocasión McDonagh eleva el listón: el Párroco James Lavelle está en su confesionario cuando un confesante le dice:


Probé semen por primera vez a los siete años.
¿No tiene nada que decir?

Como primer comentario, es asombroso

............................

¿Matar a uno bueno?¡Eso sería noticia!
Le voy a matar a usted, padre.
Le voy a matar porque usted no ha hecho nada malo.
Pero no ahora.
Le daré tiempo para que ponga sus cosas en orden.
Digamos que el domingo de la otra semana.
(póster de Tom Moore)



McDonagh, que vuelve a ejercer de guionista y director, urde una trama que bebe directamente de los clásicos del cine negro y ofrece como novedad la profesión del protagonista y el entorno social en el que se mueve. El conjunto llega a desconcertar y puede que provoque interpretaciones diversas según la idiosincrasia o el ánimo del espectador, pero probablemente no dejará indiferente a nadie.

La identidad del feligrés que se anuncia como asesino la mantiene el Padre James en el anonimato pero sabemos que le conoce y que, más allá de su convicción -errónea o acertada- de mantener el secreto de la confesión su decisión se basa en la creencia de poder usar la razón para solventar el dilema fatal. De ese modo, McDonagh rechaza la incógnita y el suspense como sustento de su historia y se centra en la presentación de la mínima sociedad que constituye el entorno del sacerdote, tan peculiar como él mismo, ordenado después de enviudar: tiene una hija treintañera a la que acoge unos días después de un intento de suicidio.

Los parroquianos, la feligresía que constituye el campo de actividad del protagonista, constituyen un grupo heterogéneo que probablemente no agradará mucho a los irlandeses que pretendan ver su sociedad representada en ese microcosmos, lo cual en mi opinión sería craso error, entre otros motivos porque no creo que McDonagh pretenda autolimitarse a Irlanda como escenario: el calvario del título se refiere al que figuradamente pasa el protagonista por el transcurso de los días que le faltan hasta el fatídico domingo anunciado al inicio y así se nos recuerda en letreros que nos sitúan temporalmente, acrecentando de forma un tanto artificiosa el interés por el desenlace, que será sorprendente.

El aspecto criminal, en mi opinión, no es más que una excusa, un mcguffin del que servirse para acentuar la mirada sobre unas individualidades: el reducido grupo de personajes con los que se entrevista el Padre James en el curso de una semana por distintas razones y motivos acapara la atención del espectador que acuciado por la incógnita del desconocido criminal, procura no perder detalle intentando descubrir quién pueda ser el que ha prometido romper el quinto mandamiento. El truco argumental de McDonagh funciona, aunque intenta abarcar más de lo que puede pues en apenas cien minutos y atendida la amplitud del coro la brevedad debe imponerse y algo queda en el tintero.

Los hermanos McDonagh (hemos tratado ya las dos piezas del otro) son identificables ambos por mantener en sus argumentos conceptos inusuales en la cinematografía más moderna, tales como el honor y el deber incardinados en los preceptos religiosos católicos, principalmente aquellos que atañen a la vida humana: el asesino profesional incorporado por Gleeson en In Bruges se escandaliza y horroriza cuando su colega -al que está pronto a liquidar- intenta suicidarse y el párroco James intenta superar con cariño el intento de suicidio de su hija y se muestra firme al negar que el quinto mandamiento, no matarás, pueda ser obviado ni siquiera en caso de una guerra. Pero la caterva de feligreses del párroco, en realidad, son unas piezas de mal tejer, y lo iremos descubriendo, poco a poco, llegando a pensar que el calvario del pobre cura no es tener anunciada su muerte sino apechugar con esa clientela.

McDonagh dirige sin entrometerse en la acción ni resaltando ni puntuando, manteniendo una cierta lejanía sentimental, como buscando una objetividad, evitando tomar partido, o quizás limitado por su propia condición, pero afinando mucho a la hora de conferir un ritmo firme, avanzando lenta e inexorablemente a un final deseado desde el inicio porque el desenlace está pendiente durante todo el metraje y su forma gustará o no, pero es la que impone el autor en el ejercicio de su libertad de artista.

Precisamente esta película se aparta de la mayoría de la cartelera porque no se sujeta fácilmente y puede ser entendida de formas distintas: es evidente que McDonagh no pretende sentar cátedra ni convencer a nadie de nada y muy al contrario, ofrece un campo abonado a la interpretación, como diciendo ¡ahí queda eso y apañaros con ello! dejando el turno de la palabra al espectador: la última escena refuerza esa sensación pues el final aparece justo antes de pronunciarse la última palabra, quedando ahí una conversación repleta de interrogantes, preguntas que el autor deja en labios nuestros, a nuestro albedrío. Me parece una sabia decisión, además de valerosa, porque estamos demasiado acostumbrados a que nos lo den todo masticado y casi digerido.

En definitiva, una película que podrá gustar o no, pero que no dudo en recomendar a quien sienta que su cinefilia decae por falta de buenas piezas que llevarse a los sentidos.


Tráiler





p.d.: hoy este bloc de notas cumple siete años: a trancas y barrancas, pero sí.






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diumenge, 6 juliol de 2014

Problemas de Comentarios en Blogger desde Linux



Buenas:

Esto no debería aparecer por aquí, pero lo dejo plantado en la remota esperanza que, a través de algún robotico, alguien aparezca y me pueda ofrecer algún dato útil.

Resulta que, habiendo desarrollado este sencillo bloc de notas desde diferentes distribuciones de Linux desde su origen, hace ya algo más de un año que, aleatoriamente, me encuentro con la imposibilidad de insertar comentarios en los blogs amigos e incluso responder en mi propio bloc a los amables comentaristas que, evidentemente, pensarán que no les hago caso.

No sé si se tratará de algún problema con los navegadores, pero uso indistintamente las últimas versiones de mozilla firefox y de chrome y el resultado es que, cuando consigo entrar en mi página como propietario, es decir, con los iconos acostumbrados bien visibles, así que le doy al botoncito para que publique la respuesta, el navegador se va al garete y vuelta a empezar, comprobando que la respuesta no ha quedado publicada.

Una locura. Porque publicar entradas sí puedo hacerlo sin problema. (Que no publique como antaño es otra cuestión, menos técnica)

Cuando intento dejar comentarios en otros blogs, escribo y al publicar luego no aparece nada.

¿Hay un limbo informático para fastidiar al usuario de linux?

¿Le ocurre a alguien más?

He buscado en google desde hace meses y no hallo solución.

Debe ser una chorradita o quizás un fallo de blogger, un tanto abandonado, me parece, desde que google descubrió que las redes sociales rinden más, supongo, o vaya usted a saber qué.

Espero no ser el único damnificado y que alguien haya sabido solucionarlo sin que la opción sea usar windows.

Muchas gracias.



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diumenge, 1 juny de 2014

Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band




De una pieza me he quedado cuando en todo el día de hoy, esperando el dichoso "doodle" de los frikies de google, va y resulta que se acuerdan de gentes extrañas nacidas hace cientos de años pero ni idea tienen que hoy, uno de junio, es el cumpleaños del Sargento Pepper.

Un Lp histórico:

Cara 1
1. Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band
2. With a Little Help from My Friends
3. Lucy in the Sky with Diamonds
4. Getting Better
5. Fixing a Hole
6. She's Leaving Home
7. Being for the Benefit of Mr. Kite!

Cara 2
1.Within You Without You
2.When I'm Sixty-Four
3.Lovely Rita
4.Good Morning Good Morning
5.Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (Reprise)
6.A Day in the Life

Y un extra que provocó no pocos comentarios.... jejeje...

Una colección de canciones que contiene alguna que otra joya, inolvidable para algunos, presentadas en un álbum que, nada más tenerlo en las manos, ya causaba impresión por su poderosa portada, pletórica de imágenes que motivaron cientos de comentarios buscando significados ocultos, una fiebre.

Darle un vistazo a esa Carátula (dos click para ampliar y verla bien) es como dar un vistazo a buena parte del mundo cultural hasta mediados del siglo pasado.


¡Hay que ver el bagaje de algunos olvidadizos.!

Subsanémoslo con prontitud:





Es fácil: darle al "play" y disfrutar...


Si la memoria no me falla, el primer Lp de mi colección.

(Aunque el que tengo ahora es una reposición: el original hace años desapareció, junto con el Abraxas, en un guateque. Nunca más.)







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dissabte, 31 maig de 2014

Fargo, la serie, el folletín.





Ya hace tiempo que se oyen entre los aficionados comentarios relativos al interés que suscitan las series de televisión creadas por las grandes cadenas, insistiendo en el incremento de la calidad del producto televisivo, equiparable en cuanto a resultados y medios a lo que se ofrece en el cine y por lo que hace a la confección de los guiones, obteniendo incluso clara ventaja, atendida la progesiva infantilización de hollywood como referente sin despreciar otras industrias cinematográficas que también se lucen en la inanidad de sus contenidos pese a no tener que competir con series televisivas interesantes, lo que comporta que algunos cinéfilos desengañados aseguren, optimistas, que en general las series de televisión son mejores que las películas.

Ello no es del todo cierto en mi opinión porque hay series que reciben grandes parabienes fruto de la mercadotecnia sin merecimiento: en ocasiones pienso que algunas series se benefician de lo muy aburridas que llegan a ser muchos de los estrenos que asolan las pantallas semanalmente.

Nos referíamos tiempo atrás como de refilón a una serie, True Detective, producida en los USA ciñéndose a la buena costumbre de la BBC de presentar series con pocos episodios y sin dejar nada para luego; una serie bastante cuidada en todos los aspectos, principalmente el interpretativo, cuyo principal defecto quizás sea el declive final: parece que no saben acabar elevando el listón.

Por ello no debería dedicar ni una letra a una serie que todavía está en marcha y que cabe suponer finalizará en tres semanas, pero la verdad es que ya desde el primer episodio (hemos visto ya siete de diez previsibles y anunciados) de inmediato sentí renovadas ansias de escribir cuatro frases para recomendarla a los amigos:






Todos, por aquí, habremos visto (por lo menos una vez) la película homónima que sirve de inspiración a la serie aunque debe quedar muy claro, para que nadie se llame a engaño, que pese a algún guiño, los parecidos son más buscados que reales: efectivamente el entorno helado trae recuerdos, pero mal andaríamos si cada historia que transcurra en parajes nevados forzosamente tenga que reconducir nos a un pasado cinematográfico brillante.

Efectivamente los hermanos Coen transitan por la serie y su influencia es notoria, o eso cabe colegir viendo el cuidado extremo de la producción abarcando todos los aspectos de la misma: su alianza con Noah Hawley que ejerce de guionista principal y productor ejecutivo se extiende en todos los apartados reseñables con una minuciosidad que acaba siendo munífica para el espectador.

Del guión únicamente se pueden decir alabanzas y por partida doble ya que tanto el literario como el cinematográfico hasta ahora rozan la maestría ofreciendo una economía absoluta repleta de conceptos, quizás buscando un clasicismo que ciertamente ha hallado: uno ya tiene ganas de que haya acabado la serie para tener la visión completa del conjunto que se ha ido conformando episodio tras episodio acudiendo a las fuentes literarias más básicas y efectivas al fin de conseguir desmembrar una historia en diferentes capítulos consiguiendo no tan sólo mantener el interés del espectador sino incluso acrecentándolo mediante la incorporación de nuevas ideas y sensaciones que enriquecen la psicología de los personajes: del mismo modo que en los folletines dieciochescos día tras día, como sucede en la vida real, nos vamos haciendo una imagen de cada personaje que vemos en pantalla, suponiendo que el macabro sentido de la trama lo permita.

La dirección ha sido encomendada a cinco expertos del medio televisivo con mucho oficio que saben emplazar las cámaras y sacar partido de las facilidades a su servicio con unos medios diríase que ilimitados: han tirado la casa por la ventana, amigos, y la jugada les ha salido redonda: prueba fehaciente de ello es que la trama se sigue perfectamente en muchas escenas simplemente por lo que vemos y por cómo lo vemos, lo que, como todos sabemos, significa forzosamente que hay un lenguaje cinematográfico inteligible y más aún, casi palpable gracias a una dirección fotográfica encomiable y efectiva pero no efectista.

El máximo cuidado se extiende también a la ambientación y de forma especial al apartado sonoro, espectacular, provisto de una banda sonora perfecta aplicada dando muestra de conocimiento porque refuerza y puntúa pero jamás estorba: da gusto escuchar el conjunto y comprobar cuan cierto es que las nuevas tecnologías, aplicadas de forma inteligente, no pueden ofrecer malos resultados.

Del elenco, de ese grupo de intérpretes que vemos desfilar en la pantalla, podemos sin duda alguna decir que han sido afortunados por haber tenido la oportunidad de trabajar en esta monumental pieza: si esto acaba como parece, les van a llover premios; han tenido la suerte de contar con unos personajes muy bien diseñados y dialogados que dan cancha para realizar una buena labor interpretativa; los secundarios tienen momentos adecuados para lucirse y los protagonistas aprovechan a fondo la oportunidad sin excederse ni pasarse un pelo, ofreciendo unas actuaciones ricas de matices y pletóricas de detalles, un verdadero placer que se prolonga capítulo tras capítulo.

Fargo, la serie, entrará por méritos propios en el Olimpo de las series televisivas y será recordada por mucho tiempo. Esa es una predicción a falta de un tercio del conjunto y todavía me arriesgaré más: seguramente, dos de los protagonistas permanecerán como hitos.

Recomiendo encarecidamente su visión y la huida prudente de vídeos e informaciones que puedan desvelar acontecimientos porque perjudicarían el placer de contemplar el perfecto desarrollo del mejor folletín en lo que llevamos de siglo.

p.d.: Para evitar comentarios que puedan romper la discreción que espero haber mantenido en lo prudente, dejo, sin que sirva de precedente, esta entradilla cerrada momentáneamente. Si alguien quiere comentarme algo, ya sabe donde encontrarme.








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dimecres, 30 abril de 2014

Jep el diletante y su circunstancia






La più consistente scoperta che ho fatto
pochi giorni dopo aver compiuto sessantacinque anni è
che non posso più perdere tempo a fare cose che non mi va di fare.
(Jep Gambardella)








Más de cien días después de haberla visto permanecen en mi memoria no tanto imágenes cuanto que sensaciones inspiradas por la premiada película de Paolo Sorrentino de la que, por lo visto y leído, casi nadie opina de modo uniforme y ello resulta en un acicate para estrujarse la neurona y tamborilear sobre el polvoriento teclado.

Provista de un título engañoso, La grande bellezza (La gran belleza; el traductor aquí no tuvo margen) se inicia con una colección de imágenes arropadas por una música cautivadora y nos remite a la tragedia cultural informada por el Síndrome de Stendhal, también conocido como Síndrome de Florencia y que, ciertamente, podría denominarse Síndrome de Roma, ciudad omnipresente en la cinta de Sorrentino hasta constituirse casi en un personaje más del mosaico que veremos a continuación.

Sorrentino es asimismo autor del guión y por tanto dueño absoluto y máximo responsable de la función y a él hay que darle lo merecido porque en uso de su libertad ha dirigido una pieza que, sin ser original de forma absoluta, ya era hora que apareciera en las pantallas actuales.

No hay que ser muy entendido para percibir la poderosa influencia de Fellini en esta película con claros componentes oníricos, por momentos surrealistas, que remite a una forma de entender el cine que uno había casi olvidado por la ausencia de décadas. Algunas voces se han levantado airadas acompañando dedos acusadores de plagio y me parecen pertenecientes al grupo de bobos que aplauden, entusiasmados, la "performance" de una criatura oprimida psicológicamente ante un lienzo presto a ser manchado y vendido por millones. (No hace tres días leía una cita quizás apócrifa de Picasso: "El gran artista plagia y copia: el genio, roba")

Sorrentino filma su guión literario con unos modos cinematográficos que nos recuerdan a Fellini: ¿Es eso malo? Hace más de veinte años que falleció Fellini y hay una legión de espectadores que apenas saben de su existencia; las mejores películas de Eastwood han recordado a grandes del western y nadie se ha rasgado las vestiduras: ¿a qué vienen esas puyas?

Esta película, provista de un guión que algunos no dudarían en calificar de caótico, remite a los frescos sociales y a las rememoranzas de una vida siendo su conexión el personaje protagonista, ése Jep Gambardella incorporado por el ilustre Toni Servillo que poco a poco va ocupando un lugar importante en un círculo poblado por grandes componentes de la Comedia Italiana: seguramente sin su presencia el resultado final no hubiese sido el mismo: ése diletante perfecto abandona ocasionalmente un comportamiento confortable para sincerarse y dar tajos verbales a diestro y siniestro sin perder compostura aplicando la premura contenida en la frase que encabeza estas líneas.

Ese Jep Gambardella se autodefine constantemente en una suerte de reflexiones que sirven para enlazar una situación con otra, una vivencia que enlaza con el pasado y una aventura de una noche, una multitud enfervorizada por el bullicio y una quietud solitaria del regreso a una casa vacía provista de una terraza de ensueño, cabe el Coliseo, pista de despegue de aves milagrosas.

El entorno social en el que se mueve Jep no es en absoluto el representativo de la sociedad romana en general pero sí se acerca al grupo que pretende ser la intelectualidad, el foco cultural que pretende avanzar, ser moderno. La personalidad del protagonista se desarrolla a lo largo el metraje y a través de sus amantes, amigos y conocidos diversos podemos hacernos una idea cabal tanto de lo que siente como de la realidad subyacente bajo las formas sociales de los actos a los que asistiremos gracias a un cicerone que mantiene una actitud cuando menos circunspecta cuando no asombrada e incrédula.

La virtud de la trama es que seremos nosotros, mirones impenitentes, quienes guiados por Jep en diversos vericuetos físicos y sociales, veremos sitios, lugares y hechos que deberemos aquilatar por nosotros mismos: somos homólogos de Ramona, amante de Jep; nos muestra el camino en silencio, nos deja apreciar, nos deja juzgar lo que vemos: nos sitúa.

El principal defecto de esta memorable pieza es que, realmente, es bella. La forma de filmar de Sorrentino es impecable y contando con la colaboración de Luca Bigazzi al tanto de la fotografía y la tijera manejada por Cristiano Travaglioli, el discurso cinematográfico es coherente, oportuno y plásticamente insuperable, servido por una caligrafía en la que ni falta ni sobra un plano y con un ritmo apropiado a cada escena y circunstancia que son múltiples y variadas, tanto en interiores oscuros como en exteriores luminosos, siempre acompañados y resaltados los momentos por una banda sonora adecuadísima, excepcional, muy cuidada.

La perfección de su plasticidad y el generoso metraje por momentos agotan aunque, a toro pasado, permanece la sensación que Sorrentino quería decir muchas cosas y las dijo al modo italiano (y mediterráneo, a qué vamos a engañarnos) y acabó haciendo mucho ruido y con gran verborrea.

Porque debajo de esa apariencia hay un buen surtido de temas que son tratados casi bruscamente pero nunca con trazo grueso: en este caso la brusquedad se debe a la brevedad pero no hay nada burdo en el planteamiento y uno va recordando momentos y entre todos ellos surge una sociedad romana en particular y occidental en general que se puede contemplar a sí misma como reflejada en un espejo de feria, según como resaltando los defectos que nadie quiere reconocer. El listado de sarcásticos apuntes de Sorrentino crece en la lejanía y seguramente cada espectador tendrá el suyo particular y ahí, en la provocación de la idea crítica, en la llamada a la consciencia individual, es donde está el porqué esta película pertenece al selecto grupo de las imperdibles, aguardando turno para que el paso de los años la suba o no de escalafón.

Me sorprendió leer hará unas semanas en los diarios que los romanos se quejaban y lamentaban el esfuerzo de Sorrentino en presentar una Roma bella formalmente cuando la Ciudad Eterna padece graves dolencias cívicas y ciudadanas y pensé: no se han enterado de nada, esperaban una película neorrealista del genial De Sica y se han encontrado con una maquiavélica película que bajo la gran belleza oculta muchas cargas de profundidad y no pocos torpedos.

Está claro que se trata de una gran película que hay que ver y por supuesto en versión original. Una buena muestra de la pervivencia del cine italiano en particular y europeo en general que busca algo más que un buen resultado en taquilla.


VIDEO










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dissabte, 15 març de 2014

Dallas Buyers Club






En cierto modo resulta una ventaja haber vivido la década de los ochenta del siglo pasado contando con una información (lo más sensato -y sincero- sería llanamente escribir edad) suficiente para aquilatar todos los significados del siguiente diálogo, que supongo no hará falta traducir:


Ron Woodruff: Did ya'll hear that Rock Hudson was a cocksucker? Damn shame, all that fine Hollywood pussy going to waste on a guy who smokes his friends.
Rog: Who the hell's Rock Hudson?
Clint: He's an actor, dumbass. Haven't you seen North by Northwest?

Ignoro si habrá sido idea de Craig Borten o de Melisa Wallack (que probablemente jamás vieron a Hudson en vida y desde luego tampoco la gran pieza de Don Alfred) introducir el chascarrillo cinéfilo maledicente como presentación del personal que más abunda en la última película de Jean-Marc Vallée que, mira por donde, me hace replantear mi ancestral aversión a los llamados "biopics" porque, además, hasta haber visto la película ni sabía que se basaba en datos verídicos, lo que no debe significar forzosamente, que todo lo que cuenta sea cierto.

Es una ventaja, como decía, haber vivido la conmoción que supuso en octubre de 1985 el fallecimiento de Rock Hudson a causa del sida, para entender qué es lo que ocurre en la mente de Ron Woodroof, el personaje protagónico de la película titulada Dallas Buyers Club que por fin, después de haber sido editada -y vendida- en blu-ray, se presenta en España como novedad con un lamentable retraso, ya que estaba anunciada para primeros de febrero: después se quejan.

Ron es diagnosticado de sida y como es lógico su primera reacción es de incredulidad mezclada de pánico: en los tiempos que vivimos el sida es una enfermedad que en occidente se ha convertido en crónica y ha perdido -afortunadamente- la mortandad con que apareció en 1985 llegando a modificar momentáneamente los hábitos sexuales e incluso sociales, convirtiendo en verdaderos apestados a los seres humanos que se veían afectados por la enfermedad, cuya aparición, además, causó no pocas teorías conspiranoicas: para Ron, el sida es un problema de maricones, a los que detesta, y lo peor es que es un problema mortal de necesidad. Y él lo tiene. Y sus amigos empezarán a mirarlo mal, no se sabe si por maricón o por miedo a contagiarse de un virus mortal.

La homofobia vital que destila al inicio el personaje de Ron le identifica con el grupo social al que pertenece y será el curso de los acontecimientos y la propia actitud de sus amigos la causa de un cambio de parecer, pero tampoco se erige en centro de interés del metraje, cuyo foco parece indeciso.

Esa indefinición planea sobre toda la película, que se dedica a mostrarnos las vicisitudes de Ron y su asociación con Raymond "llámame Rayon", un joven que no está conforme con la masculinidad de su cuerpo exterior, en demérito de su feminidad interior, que prefiere, y que también es portador del virus VIH.

Esos dos personajes, Ron y Raymon, han sido dos enormes oportunidades para conseguir premios a doquier y aunque lo parezca, por el sacrificio físico de perder un montón de peso, tanto Matthew McConaughey como Jared Leto son merecedores de los galardones que quieran darles, pues sin ellos la película de Vallée no sería lo mismo.

Hay en la película un cierto aire vindicativo que no quiero aclarar por no levantar informaciones innecesarias que seguramente acierta más de lo que algunos han dicho con acusaciones interesadas y es un aire que tampoco acaba por constituirse en mcguffin ni en centro de interés: el guión no acaba de cuajar con la fuerza que los personajes poseen dando como resultado una película que se ve con sumo interés -naturalmente en v.o.s.e.- por el buen trabajo de todo el elenco (debemos incluir a Jennifer Garner en la primera fila) que se traduce en una creciente empatía con los personajes, no tanto por la desgracia que padecen cuanto por la decidida forma en que afrentan su problema.

Una vez más, sin embargo, el guión acaba decepcionando: en ningún momento hay una formal traslación de lo que representó en 1985 el VIH, el miedo generalizado por la información que se ofrecía, la falta de medicamentos y la trágica asunción de una muerte anunciada para los enfermos afectados: uno tiene la sensación que los guionistas, más que basarse en el impacto social de la noticia del fallecimiento de Rock Hudson, se apoyan en la sorpresa conocida en 1991, seis años más tarde, referida al genial Magic Johnson que afortunadamente sigue entre nosotros: la historia de Ron es casi coetánea y ese "casi" una vez pasados cerca de treinta años se ha convertido en un abismo vital.

Queda para la memoria la relación entre ambos protagonistas sobre todo porque es una oportunidad de lucimiento para dos intérpretes que arriesgan y apuestan fuerte, trabajan duro y se constituyen por ellos mismos en el mayor atractivo de una película que se hubiera debido rodar en 1992 como muy tarde y que ahora queda como un "biopic" extraño, a medio camino de la reivindicación inconcreta e inconclusa, social y económica.

En definitiva, una ocasión para comprobar que todavía hay actores que toman riesgos en el amor que sienten por su oficio, una demostración físicamente evidente de la fortaleza de una vocación artística merecedora de todo elogio: dos personajes muy complejos, llenos de matices, dos obras de arte por las que vale la pena ver esta película.

En v.o.s.e., por descontado.

p.d.: hoy no hay vídeo: todos cuentan demasiado.








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dimecres, 12 març de 2014

Acabó True Detective, pero...







¿Can Anyone Understand "True Detective"?





Este vídeo creado y emitido por The Soup con bastante ironía y un pelín de exageración hace reir pero también hace pensar.

Lo que más me ha gustado siempre de los estadounidenses es su capacidad para mostrarse sarcásticos e irreverentes incluso con sus propios colegas.

¿O no?


Cuestión aparte sería lo enrevesado del guión, artificialmente hinchado, rodando por una pendiente desde casi la mitad de la trama y acabando pletórico de tópicos, malmetiendo una producción notable en otros aspectos.

La sombra de Laura palmer es alargada.....


(Visto por primera vez en Fotogramas)



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dissabte, 8 febrer de 2014

Rossini, Abbado y yo




Ésta no es una nota cinéfila: es algo que tiene más calado personal, un recordatorio, quizás, una rememoranza, un apunte práctico en todo caso.

Hace veinte días falleció el gran maestro Claudio Abbado y tener conocimiento de su tránsito me causó honda pena: en tiempos de estudiante, recuerdo una tarde dominical en que el descanso de la merienda coincidió con un vídeo de alguna televisión alemana en la que el gran Abbado dirigía a la de Berlín en piezas de Beethoven y el realizador se volcaba a una post-modernidad incipiente insertando una especie de láseres (en realidad, creo recordar, hilos de naylon coloreado) entre los músicos de la Filarmónica, realzando los momentos geniales de la composición.

Hoy hace ya muchos años me regalaron un espléndido vinilo que guardo como un tesoro: gracias a él supe que Abbado dominaba como nadie más lo ha hecho la intepretación de la música del genial Rossini, aquel músico italiano, creador de un famoso plato de pasta, desestimado por algunos diletantes durante mucho tiempo a pesar de haber recibido en vida alabanzas envidiosas incluso del propio Beethoven.

Uno, que es flojo también en ópera, se declara admirador confeso de las de Rossini y, ciertamente, seguidor y enamorado absoluto de las interpretaciones del maestro Claudio.




En día como hoy y para que me sirva de recuerdo fácil, quiero dejar plantados algunos enlaces de youtube que me complace compartir con todos los amabilísimos visitantes de este sitio.

Veamos una intempestiva interpretación de la parte más conocida de Guillermo Tell (aunque algunos la confunden con otro titulo famoso que nada tiene a ver) que, justamente, tiene carácter cinéfilo:



Parece que la de Berlín, bajo la batuta del maestro, supo mantener en su sitio a los aficionados estadounidenses a pesar del mal tiempo.

Sigamos con otra pieza de Rossini, la introducción a La Gazza Ladra en versión orquestal, una gozada para los sentidos:



Y por último, la que para mí sigue siendo, pasados más de treinta años, la obra maestra de la operística, el punto de referencia ineludible al que acudir cuando se trata de apreciar el arte de la ópera en su grado máximo: la versión que en los setenta del siglo pasado presentó Claudio Abbado como director -y por lo tanto máximo responsable- al frente de la Orquesta y Coros de la Scala de Milán y con la inigualable Teresa Berganza como Rossina, el insuperable Luigi Alva como Conde Almaviva y el espléndido Hermann Prey como Fígaro, un trío absolutamente perfecto apoyado por una pareja de gigantes como Enzo Dara y Paolo Montarsolo, sigue siendo, a ojos de este aficionado de tres al cuarto, una representación que nadie debería de ignorar, porque si la adecuación artística tiene lugar alguna ocasión, ésta es una de las mejores, mal que, como cinéfilo, lamente una realización que en nada acompaña la maestría musical del conjunto. Su único defecto, aparte de la poco imaginativa realización visual, es que, cada vez que la veo iniciarse, tengo que hacer desesperados intentos de interrumpirla para ocuparme de otros asuntos siempre menos placenteros y más breves. Por lo demás, téngase en cuenta que, vista, cualquier otra versión sabrá a poco.

Ahí va:





Esta belleza sólo podía aparecer por aquí tal día como hoy..... y no porque sea sábado...





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divendres, 31 gener de 2014

Ser (o no ser) fisonomista




¡Ey! ¡Esa es Mariah Carey!

Calla: no digas tonterías y calla, que está empezando la película...

¡Que te digo que esa era Mariah Carey!¡Que no se me escapa una cara!

Que te calles...

¡Y ése es Robin Williams!

¡Calla ya!

Suelo tener buena memoria para las caras y me pierdo con los nombres y la fechas y en ocasiones -contadas, pero reales- presumo de ser un buen fisonomista.

Mal rayo me parta porque cuando después de acabada la sesión acudí ansioso al archivo de archivos comprobé que, en el fragor de la contienda, se me escapó algún careto, supuestamente por obra y gracia de unos maquilladores que se ocuparon más de disimular rostros conocidos que de su trabajo bien entendido.

Centrémonos: me refiero a la película teóricamente dirigida por Lee Daniels, basada en la historia real, contada en un artículo de Wil Haygood, de un tipo que, a pesar de ser negro, o quizás por ello mismo, sirvió de mayordomo en la Casa Blanca, donde reside el mandamás de los U.S.A., ya saben, donde se rodó aquella exitosa serie televisiva.

O sea, The Butler (El Mayordomo) que según la mercadotecnia había de suponer galardones para su protagonista y también para una novata actriz secundaria -por decir algo- personificada en la plenipotente presentadora de televisión más afamada de toda la orbe anglosajona.


El reclamo de la estupenda actuación de Forest Whitaker provocó las ganas de verla en v.o.s.e. y he de admitir que, acabada, me sentí decepcionado; y pasadas que han sido varias semanas del evento, el recuerdo que permanece es de una feria de vanidades a la que la epónima Oprah Winfrey invitó -de aquellas invitaciones que Don Corleone hacía- a un montón de popularidades que en su mayoría algo tenían a ver con el cine, porque la cantidad de "cameos" es tal que quien suscribe no pudo callar en las más de dos horas largas, larguísimas, que dura el invento.

Por lo demás, dejando aparte la posible competición de reconocer antes que nadie al camaleónico personaje real que se oculta tras una narizota (¡válgame Orson!) el talento brilla por su ausencia: el departamento de maquillaje, huérfano de miradas del director, ése que debería ser responsable del todo, se abandona a disfrazar extraños por dos minutos mientras que desatiende la evolución temporal de una familia y a mitad del metraje uno ya no sabe si la cosa va de surrealismo o es que el protagonista envejece más rápidamente que nadie, no vayamos a encontrarnos de repente con otro Benjamín. Un lío, vaya.

Una historia que posiblemente intenta abarcar mucho más de lo que puede y que, alejándose de toda humanidad queda en la mera anécdota de Readers Digest, risible, cómica, triste, mendaraz, desechable, nunca independiente, carente de rigor.

La propaganda que le hicieron resulta así pues engañosa al límite porque ni hay un contenido racial y social estimable ni tampoco hay una gran actuación en parte alguna: Whitaker está rígido como si se hubiera tragado el palo de una escoba, más pendiente de que no se caiga el maquillaje que de otra cuestión, posiblemente porque el guión es tan tramposo y tan esquemático como superficial y carente de interés y evidentemente el personaje central, que seguramente concuerda con la realidad, no tiene ningún punto de interés: seguramente, un director como Don Alfred hubiera mandado a la mierda la realidad y se hubiera esforzado en pergeñar un guión interesante: Lee Daniels no es capaz. Y aburre, pecado maldito, por muy concurrente que sea en este siglo que vivimos.

Si no la han visto ahórrensela.

Si acaso, como campo abonado para competición de fisonomistas, pero si se animan, puede que les echen de la sala antes que aparezca Liv Schreiber haciendo una mala imitación.

Quedan advertidos.









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dimarts, 31 desembre de 2013

Adios, 2013



Ya te quedan pocas horas, 2013, para entrar a formar parte del pasado: no derramaré lágrimas por no haber visto algunas de las películas más "exitosas" que nos han estado anunciando los gurús de la crítica cinematográfica pagada por las majors y brindaré -naturalmente, con cava- por el inicio de un 2014 que con poco esfuerzo podrá ser cinematográficamente mejor.



La noche del día de hoy no es la más adecuada para sentarse a ver películas y habiendo leído por encima las propuestas que hallaremos en la pantalla doméstica, se me ha ocurrido que una buena forma de despedir este curso agradeciendo la confianza de los amabilísimos visitantes sería sugerir una alternativa.

La holandesa Candy Dulfer definitivamente rompe el estereotipo de la mujer rubia, bella y tonta: desde los siete años empezó a dar muestras de su habilidad con el saxofón y en espléndida madurez consigue que todos muevan el esqueleto al ritmo de sus melodías: si la caja tonta os aburre y adocena esta noche, siempre podéis acordaros de agarrar el ordenador, subir el volumen a tope y hacer click aquí




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dimarts, 24 desembre de 2013

Blue Jasmine





Parece ser -según gacetillas informadas- que la última película de Woody Allen ha sido la más taquillera de todas cuantas ha estrenado en las pantallas de su propio país, lo cual, vista que ha sido, me llena de asombro porque desde luego no es, en mi opinión, su obra cumbre y tampoco la más comercial de la abundante filmografía del neoyorquino aunque no me halle en situación de discernir cuáles puedan ser ambas.

Tengo para mí que la paupérrima cartelera de este año que vamos finiquitando y la tardía fecha del estreno ha favorecido el recibimiento de esta Blue Jasmine sobrevalorada evidentemente cuando algunos entusiastas la elevan a un nivel inmerecido incluso dentro de la estadística alleniana que alberga piezas con mucha más enjundia y solidez que esta aventura vital que nos expone el devenir histérico de una mujer que habiendo catado las mieles de una situación más que holgada económicamente obscena en su derroche se encuentra en la necesidad de acudir al amparo de una hermanastra por la que apenas siente cariño.


La trama a grandes rasgos posee actualidad y conecta fácilmente con la audiencia que está muy al tanto de pirámides financieras y otros timos porque en los papeles de envolver el pescado de vez en cuando se pueden leer historias semejantes a la del marido de la tal Jasmine y uno siempre se queda pensando en qué les pasa a los parientes más cercanos: seguro que no lo que le sucede a la protagonista de esta película con la que Allen, quizá cansado de viajar y hacer publicidad de ciudades, trata de ajustar cuentas con una sociedad que empieza a hartar a muchos.

En esta ocasión nos libramos de Allen como intérprete pero sigue siendo director de su propio guión y ello no comporta beneficio alguno al resultado final porque la pericia cinematográfica de Woody no se ha incrementado desde 2005 y como guionista da la sensación de haber perdido gancho en el sentido pugilístico porque su pegada es más suave que demoledora: la comedia melodramática de contenido social precisa para ser efectiva un poco más de ironía, acidez y mala baba; las buenas maneras deben ser como el guante de seda de un puño de hierro y en esta aventura californiana Allen ha dado muchas vueltas y giros para no llegar a ningún lugar que resulte satisfactorio a menos que pretenda suscitar empatía con la protagonista que, francamente, en mi opinión no merece en absoluto: más bien resulta odiosa.

Habida cuenta que en cualquier sociedad ha existido, existe y existirá -los humanos no tenemos remedio- el timo piramidal financiero, Allen podría haber hincado no ya el diente sino los colmillos en una trama que ofreciera líneas argumentales más incisivas y concretas: llega un punto que la subtrama de la hermanastra Ginger (estupenda Sally Hawkins) empieza a tener más interés que el de la propia Jasmine, porque el lío amoroso de la hermanita despierta más curiosidad que la situación de la ricachona venida a menos, una lamentación sin fin que acaba agotando la paciencia.

A fuer de ser objetivo puede que el hecho de haber visto la película en versión doblada haya influído en el aprecio por la labor de ambas intérpretes: me resultó cansina la entonación impuesta a Cate Blanchett, monocorde, carente de fuerza expresiva, máxime confrontada con la más rica en matices del personaje de Sally Hawkins, quizás una broma de Woody acertada en el doblaje, pienso, porque los californianos de cepa parecen dotados de semejante acento bailón.
(Habrá que verla algún día en v.o.s.e., no vaya a ser que le regalen el oscar a la Cate y nos quedemos en la inopia, incrédulos.)

Dejando a un lado cuestiones del doblaje, se evidencia una vez más que el elenco está encantado de trabajar con Allen y conforman un todo bastante sólido al servicio de unos personajes que han sido escritos en su mayoría como meros comparsas: parece que Allen no sabe o no quiere o no puede librarse de esa maldición gitana que asola las mentes de los guionistas estadounidenses provocando que una y otra vez se nos ofrezcan productos en los que la presentación, el oropel, lo accesorio, siempre está muy por encima de lo que debería sustentar una buena película: una trama interesante, unos personajes atractivos, una idea por lo menos fuerte, ya que nueva va a ser imposible, visto el percal.

Lo que le sucede a esa triste Jasmine queda demasiado diluído en la lejanía que el propio autor parece imponerse en la búsqueda de una imparcialidad objetiva que promueva la toma de partido por el respetable público como dejando en su voluntad la condena o absolución del personaje y en esa travesía entre dos aguas zozobra el Woody director de cine que no incide ni remarca ni enfatiza y naufraga el Allen guionista que intentando evadir el momento de ofrecer una opinión permanece inane, falto de fuerza, irresoluto, cobarde, temeroso.

Sin llegar a ser pues la obra maestra que algunos insensatos acelerados aclaman, podríamos decir que Allen ha cumplido su tarea anual con un aprobado y que sin conseguir entusiasmar, por lo menos no aburre.


[y... ¡Feliz Navidad!]



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divendres, 1 novembre de 2013

Buenas costumbres perdidas




En ocasiones como el día de hoy me pregunto por la causa que origina cierto desapego por costumbres culturales antaño muy arraigadas y no me decido a considerar la globalidad y el intercambio intercultural por encima de la presión mediática servidora de mercadotecnias hambrientas de beneficios crematísticos a largo plazo.

No me refiero al debate entre las ibéricas castañadas y la costumbre celta del halloween -que aborrezco y maldigo- porque se ha tornado bizantino y hace tiempo decidí no perder energías en simplezas semejantes.

Me refiero a que uno va viendo pasar los años y hay aspectos que mejoran -y mucho- con el paso del tiempo, pero hay otros que no es que empeoren: es que desaparecen, sin más, y lo peor es que a nadie parece importarle un ardite. Entonces es cuando se me ocurre que quizás sea yo quien está fuera de juego.

Hasta no hace muchos años era una tradición que tal día como hoy los teatros ofrecían una versión de la obra teatral más conocida del dramaturgo vallisoletano José Zorrilla : Don Juan Tenorio

La pieza de Zorrilla, más llevadera que la que en su día escribió Tirso de Molina, El burlador de Sevilla y convidado de piedra, centrándose ambas en la figura del mito de Don Juan, pergeñado por Tirso, que ha dado lugar a sesudos ensayos (leí hace años el de Marañón y me dejó alucinado) y cientos de representaciones tanto teatrales como cinematográficas (mala, pero mala, la de Johnny Depp y Marlon Brando, Don Juan DeMarco), comedias musicales y óperas.

Don Juan Tenorio se estrenó en Madrid en 1844 y es la pieza teatral española que ha sido representada en más ocasiones.

Mal va un pueblo cuando deja perderse en el olvido a sus propios mitos culturales: a día de hoy, con un número excesivo de cadenas televisivas y un teatro que se queja de la falta de público, quizás no sería mala idea recuperar una tradición: antaño, el aficionado al teatro acudía para comprobar si los intérpretes del momento eran capaces de sostener -y no enmendar- los versos románticos escritos por Zorrilla.

O a lo peor es que no hay nadie capaz de afrontar las escenas sin hacer el más espantoso de los ridículos, mal que el listón del respetable está a niveles muy asequibles.

Si el aficionado da un vistazo a esta lista de representaciones rápidamente entenderá que hubo un tiempo en que llenar una platea era relativamente fácil un día como hoy, porque gozar de una Doña Inés a cargo de Margarita Xirgu o un Don Juan a cargo de Enric Borrás era una alternativa a debatir y una decisión muy difícil.

Como quien dice, hasta que no hacía un Don Juan Tenorio, no se tomaba cátedra.

De cuando la tele era en blanco y negro y aparte de buenos ciclos de cine se ofrecían al televidente buenas piezas del teatro universal, vean, si les place, la versión de Don Juan Tenorio que yo ví en 1966:












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dijous, 31 octubre de 2013

20 años sin Fellini




¡Cómo pasa el tiempo!

Se cumplen hoy veinte años del fallecimiento del genial Federico Fellini.

Uno se pregunta de qué hubiera sido capaz el inspiradísimo Federico con los medios materiales que hoy están al alcance de cualquiera.

Ahora que ya se están calentando motores de cara a los premios Oscar, no está de más mencionar que Fellini consiguió en cuatro ocasiones el oscar a la mejor película no hablada en inglés, lo cual, habida cuenta de los guiones que escribía, también nos ofrece una perspectiva de la industria hollywoodiense bastante alejada de la actual.

A modo de recordatorio, disfrutemos de la primera película que le dió renombre a nivel internacional, una emotiva historia que además nos permitirá recuperar las virtudes interpretativas de su esposa y musa, Giuletta Masina, casi siempre con unos acompañantes de lujo, que el amable lector podrá descubrir de inmediato.

Esta noche de muertos, disfruten de La Strada:








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