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dissabte, 12 de gener de 2019

(B) Roma (B)





El pánico de la hoja en blanco me asalta y no sé ni cómo empezar ni siquiera cómo titular este sucinto comentario de una pieza que pretendía castigar con la indiferencia que merece pero que por méritos propios adquiridos en la perseverancia de aparecer día sí día también en los medios provocando un ruido exasperante acaba con mi paciencia y lo que iba a ser una callada por respuesta torna en análisis más o menos detallado del cúmulo de pifias que incomprensiblemente han pasado desapercibidas para algunos escribidores que supongo de buena fé.

Aceptado ya a estas alturas del juego que uno es un puñetero tiquismiquis aficionado al cine desde hace varios decenios a nadie sorprenderá que la memoria cinéfila asome y sirva de agarradero precisamente cuando se oyen y se leen parrafadas elogiosas que se tienen por inverosímiles y así, medio en broma medio en serio aparece en el título la letra (B) rodeando la palabra Roma, aceptando el interesado juego toponímico del espabilado mexicano de buena familia burguesa que siempre quiso ser director de cine y que apunta descaradamente a un clásico de 1972 y la fecha tampoco es ninguna casualidad.

Así, el cinéfilo veterano habrá sin duda reconocido al inefable Bronski asomando la jeta acompañando el reclamo introductorio de esta entradilla y lo cierto es que aparece porque sigue viviendo en unos minutos gloriosos de buen cine al que suelo acudir cuando me he aburrido considerablemente con una película producto de unas ínfulas desmesuradas a repartir entre directores ineficaces y ejecutivos semi analfabetos en lo que al arte cinematográfico se refiere: efectivamente, es ése Bronski que está en la imagen a punto de ser derribado de su pedestal, lo mismo que el emperador en pelota picada, por una inocente criatura que le pide un autógrafo mientras deja en evidencia a unos ciudadanos convencidos de hallarse ante el mismísimo Hitler. Ese Hitler de broma de Bronski nos provee de una (B) que convierte la eufónica Roma en la sarcástica BRoma suponiendo que hubiese talento suficiente.

También podríamos agarrar esa (B) y sufijarla a ese título copiado consiguiendo así que el cinéfilo impenitente admitiera como más oportuna una adjetivación o calificación de una película que está recibiendo inmerecidos honores y lo que está por venir, me temo, de la mano de don dinero, evidenciando una vez más que la industria del cine ha determinado apartarse del arte cinematográfico como expresión, quedando en mero negocio.

Alfonso Cuarón escribe un guión (ojo: que lo cuento todo) que necesita una película de dos horas y cuarto para explicarnos los avatares de una familia de la alta burguesía mexicana que en 1970 afronta dos graves problemas: una mucama de las dos que les sirven queda embarazada de un novio que pertenece a las milicias paramilitares anticomunistas y la señora de la casa, madre de cuatro hijos, ve como su esposo se va a un congreso médico y no vuelve, mientras una tarde en la calle hay un poco de follón no se sabe muy bien porqué. Eso es todo. ¡Ah, no! Que la pobre sirvienta, a la hora de dar a luz, pare un niño muerto. Ya está. No hay más.

Alfonso Cuarón se está especializando en presentar globos hinchados de helio que se levantan con una rapidez inaudita: ya nos aburrió sin conmiseración alguna con Gravity hace cinco años y claro, al comprobar que su discurso inane y autocomplaciente le proporcionaba un montón de premios, publicidad y dinerito fresco, ha vuelto a las andadas.

Un día debió ver la película de Fellini y se dijo: ¡coño! pero si en mi ciudad tenemos un barrio que se llama Roma y yo vivía por allí, en una zona residencial: es el destino que me llama a contar mi historia y ¡tomar el relevo!. Haré una película y la llamaré Roma.




Lo malo es que por lo visto el niño pijo Cuarón (vivir en una casa enorme con dos criadas y un chófer no es de clase media trabajadora ni ahora ni tampoco en 1970) tiene una memoria modificada, rectificada, que intenta ser políticamente correcta y no molestar a sus paganos, a los que les engaña en un supuesto ahorro al encargarse él mismo también de la fotografía.

Ya los títulos de crédito iniciales avisan de lo que vamos a encontrarnos: un intermitente baldeo de unas grises, sucias baldosas, sin que ni por un momento asome la acción de fregar un suelo que lo amerita, nos introducen en una casa de muy amplios aposentos, varias plantas servidas por una ancha y luminosa escalera que Cuarón no sabe filmar y pasamos de una planta a otra de golpe, cortando el plano: lo de las secuencias cinematográficas lo explicaron un día que Cuarón faltó a clase y tampoco se ha cuidado de visionar y revisar alguna película de Wyler o de Welles o si acaso del pobre Hitchcock, al que la rácana academia jamás le concedió un premio por su trabajo, a diferencia del gran Cuarón, que ya lleva dos y todo huele (apesta, mejor) a tercero por un trabajo que no resiste comparación alguna.

Cuarón se harta de transitar malamente las escaleras de la casa, lo mismo que demuestra haber hecho novillos también el día que explicaban los saltos de eje y los contraplanos: por ejemplo, vemos a la criada Cleo abrir el cajón de una cómoda cabe una ventana y de repente la cámara salta fuera de la ventana para mostrarnos a la fámula de frente mientras a su espalda ni sucede nada ni aparece ningún otro personaje, con lo cual ese movimiento de cámara se revela inútil, superfluo, innecesario y ocupa un metraje que no nos cuenta nada de nada.

En una época en la que el cine es digital (lo que conlleva unas facilidades enormes en la fotografía, especialmente la sensibilidad o respuesta a la luz, permitiendo jugar fácilmente con la profundidad de foco) y las cámaras pueden moverse por los interiores sin necesidad de complicados raíles, el amigo Cuarón se mueve a golpe de plano en unos interiores que suelen ser en su mayoría muy amplios, incluso en la habitación que usan Cleo y su novio para fornicar y desde luego no podemos acusarle de emplazar mal la cámara pero tampoco demuestra un virtuosismo ni un acierto que alcancen la excelencia, cumpliendo con los mínimos exigibles, no faltaría más: ya que no sabe mover la cámara, por lo menos que la deje quieta en algún lugar donde no moleste ni cause dolores de cabeza.

El guión no alcanza más allá de lo expuesto y cualquier consideración que se pueda producir respecto a significados y simbolismo, representaciones y demás, obedecen a causas que se pueden debatir con toda tranquilidad pero que seguro no aparecerán jamás en los medios de comunicación, empeñados en convertir esta castaña digital en un surtidor de manjares para paladares exquisitos: lo mismo que ocurre en la fábula apuntada al principio, cuando una niña apea al bueno y amable Bronski de su semblanza con el pavoroso Hitler, dejando clara la falsa percepción de los concurrentes. La idea no pertenece a Lubitsch, desde luego, pero señala una cultura clásica que proviene incluso de los más famosos cuentos árabes del siglo IX. El maestro berlinés sabía leer y sabía escribir y Cuarón, no.

Su guión no tiene nada de interés, nada nuevo, nada punzante. Incluso diría que es mendaz porque me resulta harto difícil creer que unos millonetis mexicanos de 1970 no despacharan ipso facto a una servidora soltera embarazada y en cambio la cuidaran al extremo de hacerla atender por sus médicos particulares. ¿Cómo puede explicarse que Cuarón nos presente un México de finales de los sesenta y apenas aparezca una sola secuencia que, de refilón, muestra los alborotos que hubo en la capital, pidiendo libertades, duramente reprimidos por las autoridades, y ni siquiera se detenga un minuto a explicar qué es lo que pasa en las calles?

Cuarón usa ciento treinta y cinco minutos para no contarnos nada de interés de una forma que ni siquiera estéticamente es atractiva. El amigo Bronski, al servicio de Lubitsch, en hora y media, sin apenas hablar, acomete acciones que se valen de las falsas apariencias, pero no nos engaña y nos tiene en vilo con sus compañeros de reparto, todos muy bien dirigidos.

Porque para rematar, Cuarón se evidencia como un pésimo director de intérpretes. O de supuestos intérpretes. Intentando emular a maestros neorrealistas como De Sica, se sirve de una aficionada de buena voluntad y escasos méritos, Yalitza Aparicio que en su primer largometraje ya está oyendo elogios que la sitúan en un pedestal, cuando la triste realidad es que no expresa ni emoción ni sentimiento alguno con su cuerpo y que su arte declamatorio es tan pobre que ha provocado la aparición de subtítulos provistos por la propia productora, Netflix, para que en España (y supongo que en otros países, inclusive en México) sea más fácil entender lo que dicen.

Precisamente ha sido la última escandalera provocada por el propio Cuarón, quejándose del uso de esos subtítulos, lo que me ha impelido a escribir acerca de una pieza sobre la que no vale la pena esforzarse: imagino que consciente que el director es el máximo responsable de lo que se presenta en pantalla, sea grande, sea chica, el amigo Alfonso ha querido reivindicar el trabajo de su "estrella" y de paso el propio, cuando lo cierto es que el problema real no reside en la forma de hablar del pueblo mexicano, con un acento, una melodía y unos vocablos que distan mucho de los que se usan en la península ibérica e incluso en cualquier lugar de centro y sudamérica: no es un problema ni nuestro ni de los mexicanos, Alfonsito, a ver si te enteras: es un problema tuyo y de tu protagonista, que no hay dios que la entienda sin esforzarse, porque no sabe declamar. Y para muestra, un botón: tú, Cuarón, no eres más mexicano de Cantinflas y a Cantinflas jamás nadie le puso subtítulos en España. Para que te enteres, majo. Ya está bien de chulear barato y sacar pecho con arrogancia cuando debería darte vergüenza presentar al público esas mamandurrias gracias al apoyo de las gentes de Netflix.

Y ya puestos y brevemente, un pensamiento relativo a Netflix: hace años, en intercambio postal con el amigo Manuel Márquez, contemplábamos la inminente aparición en la industria cinematográfica del mundo digital: aún siendo un apasionado de las novedades tecnológicas, le mostraba a Manuel mi desconfianza en un futuro que el preveía más halagüeño, pensando, con razón, que el abaratamiento del coste que el digital presuponía iría en beneficio del arte del cine. Jamás se me hubiese ocurrido que primero obligarían a las salas de todos los cines a reconvertir sus costosos proyectores en los nuevos digitales (lo que provocó algún que otro cierre, por la inversión a practicar) y luego surgiría un emporio encaminado a eliminar de hecho las salas de cine al promover que las películas se exhibieran on line sin necesidad de intermediarios. De ahí a un monopolio (si acaso, un oligopolio) que en nada beneficiará al cine en sí mismo, sólo queda un paso. Ojalá me equivoque.







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dijous, 10 de gener de 2019

El índice vuelve a funcionar




Después de mucho tiempo, de diversas intentonas fallidas, de abandonarlo desanimado, por fin he conseguido que el índice, al que se puede acceder directamente desde el botón bilingüe que está a la izquierda, funcione como es debido y naturalmente, está al día.

Soy consciente que es un detalle de poca importancia pues ya blogger ayuda en la búsqueda de contenidos, pero habiéndolo creado hace años y cesado en su eficacia por culpa de "novedades técnicas" ajenas a mi intervención, era una cuestión que sólo podía zanjarse de dos formas y la otra, eliminarlo, me parecía una rendición inaceptable.

Y es una buena forma de empezar un nuevo año.

Nada como lo auténtico ¿no?












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dilluns, 31 de desembre de 2018

Adeu 2018





Despedimos un año en el que cinematográficamente hablando ha habido una especie de resurrección del blanco y negro, apuesta interesada de algunos intentando, presumo, epatar y maravillar a toda una generación que apenas ha podido tener contacto con la fotografía en B/N al punto que voces mercenarias lo presentan como síntoma de calidad, lo que es absurdo e irreal.

Para aquellos recién llegados al friquismo cinéfilo, he añadido en las etiquetas una señalando las películas en B/N que entre todos hemos comentado: la mayoría, son muy interesantes; su único defecto es que su recuerdo empaña la visión de las castañas que pretenden hacernos pasar por obras maestras....

Como muestra, dejo unas pocas fotografías de gentes ya conocidas en este sitio: el blanco y negro se ha usado para eliminar una iluminación incorrecta al punto que mis pobres conocimientos en el procesado digital no pueden subsanar la mala mezcla de colorines que usaron.

Como blogger, en aras de una supuesta seguridad, ha empezado a dar la lata poniendo trabas a elementos y gadgets que antes nos permitían alguna virguería visual, podéis ver todas las fotos en un tamaño adecuado simplemente ampliando la primera y luego pasándolas todas con el teclado o el ratón o simplemente y de forma más fea, haciendo click aquí







Como todo no van a ser fotos y son momentos en los que una buena canción sirve de acompañamiento mientras degustamos comercio y bebercio, ahí dejo un par de sugerencias:

Una en B/N





Y otra, en colorines:





¡Feliç Any Nou!¡Feliz Año Nuevo!






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divendres, 28 de desembre de 2018

Bewitched Bothered and Bewildered




Hoy hace ocho años que con la complicidad de mi amigo Antonio y con motivo de la fecha, día de los Santos Inocentes, entre ambos ejecutamos una amable inocentada a los lectores del blog de ANRO, Las puertas de Babilonia, y los de este sitio.

Los más veteranos puede que se acuerden: ambos, Antonio y yo, escribimos un comentario de la misma película, Pal Joey, pero mientras procuramos coincidir incluso en el minuto, intercambiamos el escenario de aparición, y así, aquí apareció el comentario de Antonio: El champagne, el whisky y el coñac mientras que mi comentario, titulado Nadie recuerda a Larry aparecía en el blog de ANRO.

Nos reímos un poco, Antonio y yo, a costa de nuestros amigos lectores, aunque pronto se dieron cuenta del cambiazo.

Hace unos meses, en verano de este 2018 que andamos finiquitando, me dispuse a escuchar el disco que en 1956 grabó para la Verve de Norman Granz la maravillosa Ella Fitzgerald The Rodgers and Hart Song Book (que forma parte de una colección imprescindible para el amante del jazz clásico) y en los dos discos, como es lógico, hay canciones que sustentaron el éxito de Pal Joey.

Esas canciones ya las conocíamos, entre otras cosas porque tanto Antonio como yo mismo disponíamos del disco de la banda sonora de Pal Joey en la que Sinatra canta por sí mismo y las guapas Rita y Kim fueron a su pesar dobladas: mil veces las habíamos escuchado hasta casi saberlas de memoria.

Incluso habíamos escuchado la versión de la primera protagonista teatral, Vivien Segal, que la cantó en Broadway en 1940 de un modo más lírico que el ofrecido en la película de 1957; diecisiete años son bastantes como para cambiar los gustos musicales del público.

Lo que me sorprendió este verano fue la versión de la canción Bewitched, Bothered and Bewildered que interpreta de forma superlativa, inigualable, la diva del jazz en compañía de Paul Smith (piano), Barney Kessel (guitarra), Joe Mondragon (bajo) y Alvin Stoller (batería).

Tanto, que después de haber releído el comentario de ANRO y el mío propio, me dispuse a buscar una explicación y tan sólo la encontré a medias cuando acudí a los fantásticos, imprescindibles, archivos de IBDB y comprobé la lista de las canciones de la comedia musical: si se fijan, hay lo que se denomina un "reprise", un remate, diría yo.

Cuando Norman Granz diseñó la canónica colección de libros de canciones que iba a desarrollar contando con Ella Fitzgerald a la que daba carta de libertad absoluta para que cantara como quisiera las canciones, tuvo la colaboración de Buddy Bregman y entre él y Ella decidieron que su versión de Bewitched, Bothered and Bewildered iba a sonar así:





Nadie más, nunca, ha vuelto a cantar la canción de esa forma.


Cantarla como Ella Fitzgerald, con ese fraseo, musicalidad e intensidad interpretativa no está, obviamente, al alcance de cualquiera.

Pero no deja de llamar la atención que, desde 1956, nadie se haya atrevido a cantarla con ése cierre tan rotundamente feminista, tan diferente de la película de 1957 y de las muchas versiones que de la canción luego se han hecho y se siguen haciendo, incluyendo (déjenme ser un humorista malévolo por un día) la de la gran estrella del momento

Estoy seguro que a mi amigo Antonio le hubiera encantado, porque la versión de la Fitzgerald no es ninguna broma: es una aguja fina y punzante en un montón de alfileres y hallarla es una casualidad: ahora ya no tanto.

¿No se han dado cuenta?

Vuelvan a disfrutar de la canción o simplemente lean los últimos compases que han quedado escondidos en la versión de la gran Ella Fitzgerald, que hizo justicia a un letrista, Lorenz "Larry" Hart, que nos deja una vindicación feminista que se escondió en la citada película y que tampoco aparece en ninguna otra versión que este comentarista haya podido hallar.

Letra completa, incluyendo el añadido del reprise final:

After one whole quart of brandy
Like a daisy, I’m awake
With no bromo-seltzer handy
I don’t even shake

Men are not a new sensation
I’ve done pretty well I think
But this half-pint imitation
Put me on the blink

I’m wild again, beguiled again
A simpering, whimpering child again
Bewitched, bothered, and bewildered am I

Couldn’t sleep and wouldn’t sleep
When love came and told me I shouldn’t sleep
Bewitched, bothered and bewildered am I

Lost my heart, but what of it
He is cold I agree
He can laugh, but I love it
Although the laugh’s on me

I’ll sing to him, each spring to him
And long for the day when I’ll cling to him
Bewitched, bothered, and bewildered am I

He’s a fool and don’t I know it
But a fool can have his charms
I’m in love and don’t I show it
Like a babe in arms

Love’s the same old sad sensation
Lately I’ve not slept a wink
Since this half-pint imitation
Put me on the blink

I’ve sinned a lot; I’m mean a lot
But I’m like sweet seventeen a lot
Bewitched, bothered, and bewildered am I

I’ll sing to him, each spring to him
And worship the trousers that cling to him
Bewitched, bothered, and bewildered am I


When he talks, he is seeking
Words to get off his chest
Horizontally speaking, he’s at his very best

Vexed again, perplexed again
Thank God, I can be oversexed again
Bewitched, bothered, and bewildered am I

Wise at last, my eyes at last
Are cutting you down to your size at last
Bewitched, bothered, and bewildered no more

Burned a lot, but learned a lot
And now you are broke, so you earned a lot
Bewitched, bothered, and bewildered no more

Couldn’t eat, was dyspeptic
Life was so hard to bear
Now my heart’s antiseptic

Since you moved out of there
Romance, finis, your chance, finis
Those ants that invaded my pants, finis
Bewitched, bothered, and bewildered no more




¿Está claro, verdad? Hoy no hay inocentada. Hay memoria, vindicación y recuerdo.












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dijous, 20 de desembre de 2018

Culpable




Presentada por estos lares en la Seminci el pasado 23 de octubre, ha tardado un mes justo en aparecer pantallas comerciales españolas la ópera prima de Gustav Möller y contra lo que sería lógico lleva camino de desaparecer de las carteleras a pesar de su reciente inclusión en la lista de mejor película extranjera para los premios Oscar a entregar en unos meses.

Efectivamente Den skyldige ha resultado una sorpresa de fin de año que ha elevado con creces el paupérrimo nivel de los doce meses precedentes y además delimita claramente las diferencias con lo que nos suele venir del otro lado del atlántico llenando las pantallas de productos infantiles.

El joven Möller al parecer emigró de su Suecia natal a Dinamarca precisamente porque quería ser cineasta y le gusta más el cine danés que el sueco y a falta de ver qué deciden los académicos estadounidenses de momento en su pueblo se la deben tener jurada, porque se ha estrenado en el largometraje con una pieza bastante robusta. Su productora, Lina Flint, debería haberle convencido para rodar la película en un escaso y mínimo 4:3 y sin color alguno y entonces las nuevas hordas convencidas de las bondades y virtudes del B/N le hubiesen ensalzado como el nuevo descubrimiento de la cinematografía europea.

Que lo es por mérito propio, porque Gustav Möller escribe el guión junto a Emil Nygaard Albertsen y cabe suponer que pasó horas, días, semanas, pergeñando un guión técnico que le ha permitido rodar una trama bien escrita limitada por el espacio físico y por la ausencia de personajes visibles en pantalla, un ejercicio minimalista que recae sobre los bien fornidos hombros de Jakob Cedergren que literalmente se come la pantalla durante una hora y veinticinco minutos muy intensos.

Asger Holm es un detective de la policía de Copenhague que por algún motivo que en principio ignoramos ha sido retirado de las calles y destinado a la oficina de atención telefónica primaria, el 112, donde recibe llamadas de todo tipo dándoles respuesta con unos modos que nos van ofreciendo paulatinamente datos relativos a su personalidad; se cala un auricular provisto de micrófono en la oreja derecha y ante las pantallas de su ordenador escucha, aconseja, inquiere, exhibiendo su perspicacia al momento de aprehender los hechos que acústicamente se le ofrecen.

De repente, Asger recibe la llamada de Iben, una voz de mujer llorosa y desesperada y el policía llega a la conclusión que se trata de un secuestro tras un hábil interrogatorio aconsejando a la víctima las formas de disimular su contacto con las emergencias policiales. Luego, sabrá que hay unos menores abandonados a su suerte y poco a poco la trama se irá complicando mientras paralelamente y por conversaciones particulares vamos haciéndonos un mapa de las dificultades personales de Asger y del porqué ha sido trasladado a un empleo teóricamente inferior, que el protagonista, avezado detective, desarrollará con una inusitada intensidad.

Möller nos presenta una historia de suspense que se va complicando conforme pasan los minutos apresando sin compasión la atención del espectador logrando que empaticemos con esa Iben que llora por sus hijos en un ejercicio cinematográfico en el que el sonido es la única fuente de información que se nos ofrece, pues el protagonista, Asger, no abandona la sala de emergencias policiales en ningún momento y la cámara está absolutamente encima suyo cada instante del metraje.

Pero la tensión, la intriga, el misterio creciente y el suspense por un desenlace que deseamos no sea trágico de alguna forma enmascara el juego que lleva entre manos el novel autor, guionista y director cuyo interés se nos hace evidente terminada que ha sido la película y mostradas sus cartas, marcadas todas ellas para ayudarnos a reflexionar sobre la debilidad de nuestras anticipaciones, de unas prisas para señalar culpabilidades, de un ansia por satisfacer el ego personal hasta el extremo de tomar decisiones precipitadas y erróneas al fin y al cabo, quizás con resultados irreparables. Una crítica nada velada a la rapidez de la sociedad en levantar el dedo acusador que logra confundir deseos personales con certezas inventadas, lejanas de la realidad, pretendiendo -y en ocasiones consiguiendo- que los sofismas ganen la lid, venzan la justicia.

Para ello el joven Möller, cineasta a tener en el miradero, se vale de una muy buena caligrafía cinematográfica repleta de planos cortos usando apenas saltos de eje para reforzar muy hábilmente la sensación que estamos ahí, mirando como Asger vive intensamente la última hora de desempeño de su tarea / castigo como receptor de emergencias más la media hora que fuera de su tiempo permanece ansioso y cada vez más frenético hasta que la situación, los acontecimientos y el devenir de Iben llegan a su fin.

Las pocas luces de baja intensidad ofrecen a la cámara usada por Jasper Spanning -casi siempre por debajo de la mirada de Asger- la oportunidad de endurecer la fotografía sin entrar en excesos en una paleta de colores apagados y brillantes cuyo contraste ayuda mucho a la labor de Jakob Cedergren: la falta de intensidad lumínica permite que sus pupilas se dilaten naturalmente o se contraigan cuando se mueve jugando con la luz que le ilumina sin que el objetivo próximo pierda el más mínimo detalle, casi transpirando al unísono con el estupendo intérprete en una composición que se advierte agotadora, merecedora de aplauso.

El espectador, encerrado en la misma habitación que Asger, a pesar de la limitación espacial no siente claustrofobia más allá de las ganas enormes de poder ver las acciones policiales que se desarrollan en la búsqueda de Ibe y su captor, absolutamente enganchado al juego formulado por el astuto Möller que con muy buen criterio se atiene al canon clásico de hora y media escasa con lo que la trama se presenta sin momentos débiles, vacuos e innecesarios y muy al contrario, con buen ritmo visual e histórico en un montaje excelente que evita la tentación de mirar el reloj: hasta el fin, los ojos presos de la pantalla.

En definitiva, una película a no perderse: espabilar, porque me temo que la mercadotecnia del "majestuoso B/N" la barrerá en las américas y ya su distribuidora, que ha tenido la estúpida decisión de presentarla como "The Guilty" en lugar de la más apropiada "Culpable", demuestra poca habilidad en mantenerla donde merece porque en apenas un mes de su estreno está casi desaparecida en carteleras. En v.o.s.e., aunque no se entienda nada del danés, vale la pena.


Tráiler:







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divendres, 14 de desembre de 2018

Un pequeño favor






Desde el primer segundo Paul Feig indica claramente su voluntad de ejecutar un enredo: la rítmica, poderosa y electrizante canción que en 1967 llevó a los primeros números de las listas al francés Jean Paul Keller, titulada Ça c'est arrangé, es una versión acelerada del original que en el mismo año había presentado el mucho más melódico Andy Williams con el título de Music To Watch Girls By y a lo que nos interesa, apunta una intención de presentar algo conocido bajo una nueva apariencia.

Paul Feig ya retuvo nuestra atención hace tres años con una de espías dominada por una hilarante presencia femenina y después de un innecesario refrito retoma un camino en el que las mujeres son protagonistas y los hombres meros comparsas en una trama que sigue el ritmo sonoro de sus títulos de crédito mientras da vueltas como un tiovivo en el que el espectador se siente desconcertado mientras va descubriendo nuevos detalles de una relación amistosa que súbitamente se convierte en un misterio y luego en un enredo con alguna muerte nada natural.

Stephanie es una joven mamá hiperactiva cuya vida gira en torno a su hijo Miles y es la que más destaca en el grupo de padres ocupándose de organizar tareas, celebraciones, eventos, ofreciéndose voluntaria a todo al extremo que la profesora de los críos la tiene que frenar; por si fuera poco, mantiene un video blog en el que da consejos de cocina y de todo tipo a las jóvenes mamás que como ella dedican su vida al hogar y a sus hijos. Más adelante sabremos que es viuda y que con la indemnización recibida del seguro de fallecimiento de su esposo tiene ya segura la universidad para su retoño y también lo necesario para vivir sin carencias...

Una tarde lluviosa, a la salida del cole, Miles pide a su madre que permita a su colega Nicky ir a su casa a jugar: naturalmente, dice Stephanie, pero habrá que pedirle permiso a tu madre, ¿verdad?.


No conozco a tu madre: ¿dónde está? Allí, dice Nicky: ésa es mi mamá.



Se muestra muy cuidadoso Paul Feig con todos los detalles: vestuario, maquillaje, iluminación, ambiente, sin palabras nos hablan, nos dicen cosas, como debe ser en el cine, aunque sea digital y de este siglo XXI. No contento con una elección irreprochable de la pareja protagonista, resulta evidente que Feig las mima, las cuida y las dirige con acierto, ofreciendo dos versiones distintas -o no tanto- de una feminidad poderosa y sutil capaz de maniobras inesperadas, empezando con una relación casual que deviene en depósito de confidencias personales cuya realidad y significado nos harán titubear sin saber a qué atenernos, todo ello conformando una narración en la que no hay trampa más allá del suministro paulatino de detalles que van construyendo la verdadera personalidad de esas dos mujeres que entrevemos mientras especulamos por sus verdaderos designios y voluntades.

Como resultado natural de la amistad de sus vástagos ambas madres pasarán algunas tardes juntas y la sofisticación y elegancia de Emily conseguirán que Stephanie se manifieste perpleja y en teórica inferioridad: mientras ésta se disculpa constantemente por esto y por lo otro, Emily la reprende por ello y la reconviene asegurando que debe mostrarse más firme y decidida, empezando una relación amistosa en la que las confidencias surgen de una forma elaborada casi tan concienzuda como el modo que tiene Emily de preparar lo que ella asegura es "el martini perfecto" y que desde luego, si no lo es, sí es una llave que puede abrir la caja de los truenos.


A simple favor (Un pequeño favor, 2018), basada en un guión de Jessica Sharzer que adapta la novela homónima de Darcey Bell (publicada en castellano, pero ignota para este comentarista) nos muestra una intriga, por lo menos un misterio criminal que nace a partir del momento en que la sofisticada, elegante y un punto enigmática Emily deja a su hijo Nicky al cuidado de Stephanie porque, dice, su marido Sean está en Londres visitando a su madre y ella, Emily, debe ir por trabajo a Miami y pasar allí la noche.

Naturalmente, la obsequiosa Stephanie le hace el pequeño favor encantadísima de colaborar, pero la cosa empieza a torcerse cuando Emily no vuelve de Miami y nadie sabe donde está ni porqué tuvo que irse a Miami. Y lo que era una zozobra se convierte en certidumbre cuando gracias a las pesquisas que la desocupada Stephanie inicia por su cuenta reclamando ayuda a las seguidoras de su vlog por fin Emily es hallada.

Hay en esta película de Paul Feig una seriedad muy profesional que se observa fácilmente en los detalles que competen al director y están bajo su tutela: el magnífico vestuario de Renee Ehrlich Kalfus refuerza el carácter de ambos personajes protagonistas tanto como el tratamiento fotográfico empleado por el veterano John Schwartzman, pero la guinda está en la forma de filmar manteniendo un ritmo que no decae en absoluto, puntuado por unas canciones primas hermanas de la que nos adentró en la fantasía, todo ello coronado por la química sobresaliente entre Anna Kendrick y Blake Lively que bordan sus composiciones bajo el atentísimo ojo de un director que sabe conducir a sus actrices al punto de ofrecer lo mejor de sí mismas obteniendo unas interpretaciones naturales dotadas de gestos significativos y lenguaje corporal atinado: un trabajo de maravilla.

Ellas dos, magníficas, están bien acompañadas por el guapo Henry Golding que, provisto de una sedosa y seductora voz, seguro veremos en papeles de más enjundia, aunque aquí el marido acaba por ser un elemento coadyuvante y necesario pero poco cuidado por el mismo guión, lo mismo que el grupo de secundarios que de alguna forma acolchan las diferentes secuencias en las que las protagonistas no están juntas, pero, una vez más, a diferencia del cine clásico, esos secundarios carecen de mordiente y quedan en meros comparsas incluso faltos de ocasión para lucirse.

El guión -cabe suponer que siguiendo la novela- se ocupa de presentarnos una trama en la que se mezclan la comedia costumbrista (las relaciones de Stephanie con el grupo de padres), el misterio (la inesperada desaparición de Emily) y la intriga que se construye mediante algunos flashback que muestran episodios del pasado de ambas protagonistas, las mentirijillas de Stephanie, y la conducta romántica -o quizás sólo sexual- que surgirá con una precipitación quizás fruto de un cálculo mal hecho. O no. No avancemos más elementos, pues la evolución de la película, bien medida por su director, nos ha llevado por sendas misteriosas que cada quien debe conocer personalmente, de primera mano.

Tiene sin embargo esta película un defecto objetable que le priva de alcanzar un nivel óptimo: desechando por completo redondear la trama con accesorios que permitieran endurecer el conjunto, se permite una deriva acomodaticia, blanda, infantiloide, con bromas blancas, lo que no le exime de obtener de la intolerante MPAA la calificación R por un par de tetas apenas vistas y un jocoso ¡brotherfucker!, pero en el resto del mundo es considerada apta para menores, alejándose motu proprio de lo que hubiera podido ser una revisitación del clásico "noir" con la particularidad de hallarnos, una vez más, con dos mujeres fuertes en vez de sólo una. Supongo que son signos de los tiempos que corren: hace nada nos referíamos a una ópera prima que acaba como debe y ahora nos hallamos, probablemente contra su voluntad, con una película de un veterano que acaba dejando esa sensación de moralina que algunos cinéfilos detestamos por ilógica y falsa.

Aún así, una película recomendable, muy apreciable entre el marasmo de disfraces hipermusculados que nos rodea por doquier en este año de 2018. La finura de Paul Feig, capaz de mostrar una evolución personal a través del vestuario (no hay más que mirar los diferentes modelos lucidos por Stephanie), como quien no hace nada, permite esperar que en un futuro nos ofrezca piezas más redondas.



Tráiler:












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dijous, 29 de novembre de 2018

Violet





La cámara juguetona moviéndose siguiendo el minucioso guión técnico pergeñado por The Wachowski Brothers se desliza entre cajas de sombreros y accesorios descendiendo entre ropajes hasta que se topa con unos zapatos de trabajo de fontanería y siguiendo un curso horizontal por los pantalones y la camiseta sucia y ensangrentada, llega hasta el rostro de Corky que acaba de recobrar los sentidos y se da cuenta que está en el suelo de un vestidor repleto de vestidos elegantes y zapatos de mujer con tacones inverosímiles y percibe que tiene manos y pies enérgicamente atados y una pieza de ropa a modo de mordaza le permite apenas respirar pero ni siquiera abrir la boca.

Pero puede pensar, puede recordar como ha dado con sus huesos entumecidos y sus músculos doloridos, molidos a golpes, y se acuerda de Violet y de todo lo que le ha pasado hasta llegar al punto en que está.



Violet es una mujer de armas tomar en todos los sentidos imaginables: ahora vive con César que la retiró del prostíbulo hace cinco años ya y se la llevó para sí aunque no se preocupa mucho si algún jefazo de la mafia local se pone cariñoso con ella, esperando que el juego no pase de la raya, porque su trabajo como lavador de dinero negro procedente del juego y la prostitución le permite vivir muy bien siempre que sepa mantenerse en su sitio en el escalafón, cada vez con encargos más importantes: ahora deberá lavar de sangre real dos millones de dólares y empaquetarlos para su entrega personal al jefe mafioso de la zona.

Violet no está ni mucho menos enamorada de César y el día que coinciden en el ascensor con Corky, que va a realizar trabajos de fontanería en el piso vecino, no le quita ojo de encima y mientras se hace la distraída para no levantar las sospechas de César, decide un infalible plan para seducir a Corky:





The Wachowski Brothers fueron conocidos como guionistas de la lamentable Asesinos de la que reniegan al extremo de asegurar que solicitaron no figurara su participación pero por lo menos trabaron conocimiento con Dino De Laurentiis y cuando le presentaron el guión de Bound explicándole a grandes rasgos que en la trama había una mujer fatal que mantenía una relación con un mafioso pero que seducía a otra mujer, tuvieron la suerte que Dino les dijo: ¡Adelante!¡Hagámosla!

Declarándose inspirados por Billy Wilder (entre otros, podrían añadir) nos presentan la conocida trama en la que una mujer fatal atraerá la maldición para quien se deje seducir y el segundo cambio es que en esta ocasión será una mujer la seducida: Corky estuvo encarcelada por cinco años -coincidiendo con el tiempo que Violet lleva viviendo bajo la "protección" de César- cuando la pillaron por un robo que salió mal. Violet, al saber de la afición por lo ajeno de Corky, le propondrá que entre ambas se hagan con los dos millones de dólares que César lava, seca y plancha a conciencia, antes que sean recogidos por el mafioso Gino Marzzone en persona.

El primer cambio, presentado desde el inicio (siguiendo también al gran Billy en la presentación de Sunset Boulevard) es que de entrada sabemos que algo va a acabar mal: por lo menos para Corky, pues está maniatada en el suelo del vestidor de Violet. ¿Qué habrá pasado?

Han transcurrido ya veintidós años desde que se estrenó Bound (Lazos ardientes {mejor directo del original: Atados}), ópera prima de los antaño conocidos como The Wachowski Brothers, Andy y Larry, que ahora firman como Lana y Lilly, The Wachowski Sisters, y aparte del cambio de género y del estreno en 1999 de su más famosa película, Matrix, permanece como lo más notable de esa pareja.

Quizás la decepción que tuvieron al ver en pantalla su primer guión provocó su firme decisión de cuidarse por ellos mismos de todos los aspectos de la película y ciertamente se manifiesta en una planificación muy cuidada de antemano; la variedad de planos es una demostración de un trabajo concienzudo que bebe sin pudor de las mejores fuentes clásicas, atacando las escenas con travellings imaginativos que empiezan de forma cenital y acaban con primerísimos primeros planos; también planos detalle que se mueven hacia atrás hasta subir a una planta superior y allí desarrollar un nuevo travelling en torno a una cama (para lo cual varios operarios movían paredes por turno) buscando una continuidad que reforzara la sensación óptica de intimidad total, tanto como saltos de eje aplicados con rigor en planos muy cortos, todo ello siempre sin ningún afán de epatar al espectador y al servicio de la trama. Suerte tuvieron al seducir al buen camarógrafo Bill Pope probablemente impresionado al leer el guión técnico al punto de trabajar por un mínimo salarial más porcentaje incluyendo en el trato a su equipo de confianza, porque sin su buen hacer esa muestra de cine negro no hubiera sido posible.

El guión pergeñado por The Wachowski Brothers lo mismo que su excelente forma de filmarlo bebe de los clásicos aportando como novedad una relación lésbica que se presenta como natural, sin pretensiones, dando por establecido que los gustos sexuales de las protagonistas nada tienen que ver en lo que es el meollo de la trama, el ardid ideado por Corky para hacerse con el dinero con la idea de que ambas se libren de sus penurias. ¿Ambas? Bueno, de momento, desde el primer minuto sabemos como ha acabado Corky, atada y amordazada. El resto, que lo vea el interesado, en la seguridad que ése guión, contra lo que viene siendo costumbre en las últimas décadas, es sólido, rocoso diría, en su lógica de los personajes y sus actos que veremos sucederse sin tregua ni bajón alguno en el ritmo, manteniendo la atención durante más de cien minutos en los que los giros y retruécanos argumentales mantienen la tensión del espectador.

La trama, provista de buenos diálogos, es un bombón para Jennifer Tilly que se luce como Violet ofreciendo un recital a base de susurros y movimientos corporales sexys con una calculada ambigüedad (hay que escucharla, como ya dijimos hace años en rigurosa y necesaria versión original) de los que se vale para conseguir con paciencia sus objetivos, construyendo una mujer fatal de la que uno puede enamorarse rendidamente sin olvidar que planea la sensación de hallarse ante una mantis religiosa, idea que no ronda siquiera por la cabeza de César, muy bien personificado por Joe Pantoliano, siempre eficaz secundario que aquí sabe dotar a ese mafioso machista y paranoico de todos los rasgos precisos para sostener a un peligroso petimetre en medio de esa dupla de mujeres fuertes que acaba de componer la siempre estupenda Gina Gershon como la fontanera Corky, esa ex-presidiaria hambrienta del amor de una mujer -la veremos intentando ligar en un bar de lesbianas- sin apreciables aderezos femeninos que se dejará seducir por Violet manteniendo una lejanía cuidadosa cuando se trata de planificar un robo, nada menos que a la propia mafia:"esos no van a la policía: esos van y te matan".

Los tres disfrutan de sus buenas escenas cuidadosamente rodadas por los Wachowski en una ópera prima que por todos los conceptos permanece en mi lista particular como la mejor de su carrera, una película que he visto hace muy poco en casa, porque cuando se estrenó, con el mal recuerdo que me dejó Asesinos, la dejé pasar. Craso error. Si le ocurrió lo mismo, amigo lector, ya sabe que está a tiempo de enmendar la equivocación y saborear durante casi dos horas una buena película. En v.o.s.e., desde luego: la Tilly lo amerita.




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dijous, 15 de novembre de 2018

Pasión polonesa




Ante todo voy a protestar una vez más contra la inopia, pereza, analfabetismo, vagancia y desinterés por nuestra lengua común que demuestran una vez y otra más los distribuidores de cine acusando firmemente al imbécil que decidió mantener como apropiada la expresión inglesa "cold war" como si fuese una aceptable traducción del original polaco Zimna Wojna cuando en nuestro castellano disponemos de Guerra Fría que precisamente se ha usado en miles de ocasiones para designar un período muy concreto de la reciente historia mundial. Ya está bien de intentar meternos a la fuerza vocablos anglosajones como si no tuviésemos los propios para definir los mismos conceptos. Acémilas son y burros nos quieren.

Vamos a entrar en materia disponiendo cuatro nombres de varones nacidos en Polonia en diferentes años, de más antiguo a más joven: Frédéric Chopin, Arthur Rubinstein, Pawel Pawlikowski y Tomasz Kot.

¿Tienen algo que ver entre todos ellos? Pues no, pero me hubiese gustado que sí, porque todos ellos coinciden en ser polacos, artistas y huídos de su país por una guerra, bien que en el caso de Pawlikowski y de Kot la cuestión ya es algo figurativa, sobre todo en el último, protagonista junto con la estupenda actriz Joanna Kulig de la película Zimna Wojna en la que su director y guionista nos ofrece la posibilidad de reflexionar sobre amores y desamores, presentando - según él mismo asegura - una trama inspirada directamente en la relación que durante toda su vida mantuvieron sus padres.

Wiktor (Tomasz Kot) es un pianista que con Irena (Agata Kulesza) viaja por pueblos y aldeas de la Polonia empobrecida después de padecer la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de rescatar, archivar, documentar y luego revivir el folclore polonés, en una organización bajo los auspicios, dirección y férreo control de los "camaradas" del partido comunista. Entre la selección de pretendientes a formar parte del grupo folclórico Wiktor descubrirá a Zula (Joanna Kulig) y el amor pronto surgirá entre ambos con una fuerza volcánica, una verdadera pasión.

El problema surgirá cuando Wiktor, que no admite las injerencias del aparato político en la cultura musical y desconfiando del funcionario Kaczmarek (enamoriscado perseguidor insistente de Zula), decide cruzar la frontera que separa la Europa Oriental de la Europa Occidental y Zula decide súbitamente no acompañarle, por un temor inexplicado, pues no tiene familia alguna.

Wiktor acabará instalado en Paris como músico de jazz mientras Zula se convierte en la estrella de la compañía folclórica del gobierno polaco, lo que le permitirá viajar y encontrarse con Wiktor. El amor entre ambos subsiste, fuerte, apasionado, intenso, tanto como su diferente forma de entender la vida.

La historia escrita por Pawlikowski es una ola tempestuosa formada de altibajos sin que los detalles que originen esos vaivenes nos sean facilitados con la debida claridad y hay que imaginarlos: probablemente ésa haya sido la intención del guionista y director y da la impresión de que se ha quedado algo corto, bien porque como guionista no acaba de pergeñar una trama dotada de un inicio interesante que luego no se desarrolla causando una merma en el conjunto a partir del último tercio en una película de muy escasos ochenta minutos de metraje que destina gran parte a mostrarnos diferentes encuentros de la pareja protagonista y su consiguiente ruptura por alejamiento físico hasta la unión final.

Pawlikowski, como todos sabemos, obtuvo gran reconocimiento por su anterior película, IDA, y naturalmente atendido que hay una corriente de opinión que pretende situar el llamado "formato clásico" 4:3 en una especie de altar, cuando para mí debería estar en un catafalco, casi que se vió compelido a seguir con el mismo formato, máxime cuando contaba con el mismo camarógrafo, Lukasz Zal que en esta ocasión se olvida del triste gris de IDA para trabajar a fondo los contrastes que un buen blanco y negro debe tener. Todo conseguido de forma digital, claro: maestros del celuloide ya no hay. No todo lo antiguo es mejor. Como tampoco el uso del blanco y negro significa nada en particular más allá de una opción que en ocasiones -como el propio Pawlikowski ha confesado- evita los disgustos por no disponer de una paleta de colores que resulten aceptables para el artista.

Poco más: un guión que no es redondo, un amor apasionado que ya se ha filmado otras veces en melodramas románticos clásicos y un uso de un formalismo que se entiende como clásico porque en la época del llamado cine clásico era el más frecuente en parte por razones económicas, así como el B/N que ahora se consigue a base de dígitos: cualquier día nos aparece una versión en color de la película, como sucedió en el caso de la película de los Coen que en TVE exhibieron en color y en su dvd coexisten ambos formatos.

Ese amor apasionado lo apreciamos en el contradictorio personaje de Zula gracias al trabajo de Joanna Kulig que como ya sabíamos por IDA canta con vibrante voz baladas de jazz y lo que le pongan así como nos hace sentir su locura romántica, sus insensatas decisiones y su forma de entender el mundo en que ha nacido, sufriendo una dicotomía entre lo que ama y lo que debería amar por sus hechos, un personaje carismático que Pawlikowski no ha pulido como se merece porque en ella reside la tragedia y el autor nos obliga a interpretarla con escasos hilos argumentales. A su lado, el apuesto Tomasz Kot resulta demasiado impávido y únicamente las decisiones que adoptará su personaje producen interés y ayudan a avanzar la trama.

Pawlikowski una vez más muestra su preferencia por la música de jazz clásico y a pesar de comprender que precisamente esa música pertenece a los tres lustros que albergan la historia, con sus saltos temporales elípticos, puntuando de alguna forma cada época en particular mucho más que la apariencia de los protagonistas por los que al parecer no pasa el tiempo, a uno, recién vista la película, le vino a la memoria la famosa composición del polaco Frédéric Chopin titulada Polonesa nº6 Op. 53 "Heroica" que ha sonado muchas veces en la interpretación del también polaco Arthur Rubinstein y me parece que se ajusta muchísimo al apasionamiento polonés que hemos sentido más que entendido.

En definitiva, una película interesante (para mí, mucho mejor que la precedente) sin alcanzar la categoría de "obra maestra" que rápidamente ha surgido en críticas y comentarios, pero desde luego imperdible para cualquier cinéfilo que se precie. Ir rápido, porque está desapareciendo de las pantallas, y está ya casi en sesiones especiales. Lo del B/N asusta al ciudadano y cinéfilos no hay tantos.




p.d.: Vean y oigan la pasión polaca de un músico con 89 años a cuestas:








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diumenge, 4 de novembre de 2018

Localista Spike Lee




En algún artículo publicitario disfrazado de plausible interés cinematográfico habré leído que Jordan Peel era el detentador de los derechos cinematográficos de una especie de autobiografía novelada escrita por un tal Ron Stallworth y que habiendo quedado tan satisfecho del resultado de la última película que produjo, escribió y dirigió (que a mí no me impresionó demasiado) acabó acordando con Spike Lee que fuese el conocido director quien se encarga de mantener viva la llama cinematográfica contra el racismo que por desgracia sigue existiendo en los U.S.A. (aunque ellos se auto denominen pomposamente "América" como si poseyeran todo el continente).

Spike lo recibió como regalo de su sesenta cumpleaños: es un veterano que lleva muchos rodajes a cuestas y siempre se ha pronunciado verbalmente con fuerza, convicción e histrionismo sobre cuestiones que aún en el caso de afectarle como perteneciente a un grupo étnico en particular, le exceden, le sobrepasan, porque por mucho que Spike lo diga, lo de ser global le viene grande.

La prueba la tenemos en esta última película basada en "hechos reales" que de entrada se sustenta en una promoción claramente engañosa a pesar de ser difícilmente creíble y baste para ello contemplar el póster que está ahí al lado: vemos claramente que hay un hombre negro oculto bajo una caperuza propia de los estúpidos sujetos que conforman el grupo conocido como Ku Klux Klan. Cierto que hay un tono paródico en la fotografía tanto por el puño en alto como por el peine propio de quien luce una melena "afro" típico en la población estadounidense de color negro en la época de finales de los sesenta y primeros setenta y quien firma lo sabe porque lo veía en los telediarios pero cualquier aficionado al cine lo sabrá por las muchas películas que recaen en esas épocas.

No tengo ni idea de cómo debe ser la novela escrita por Ron Stallworth contando sus inicios como policía en Colorado Springs pero desde luego el guión escrito por Spike Lee, Charlie Wachtel, David Rabinowitz y Kevin Willmott ¡a cuatro manos! más que un dechado de virtudes es un almacén de lugares comunes con muy poca intensidad dramática y momentos supuestamente jocosos que maldita la gracia que hacen dentro de una temática como la que se supone ha de sustentar la película, cual es el racismo existente hace cincuenta años y su lamentable y execrable pervivencia en una sociedad que, además, pretende imponernos como elegible su modo de vivir.

Que nadie se llame a engaño: la propaganda en la que se asegura que un policía negro consiguió infiltrarse en el KKKlan es falsa de toda falsedad: el novato Ron simplemente llama a un número telefónico que ve en un anuncio del KKKlan buscando adhesiones y le admiten y es tan tonto que da su propio nombre, con grandes burlas de sus compañeros policías, por lo que decidirán que un colega, Flip Zimmerman, sea quien dé la cara y vaya a las reuniones del KKKlan. O sea, no va el negro porque no le iban a admitir precisamente y en su lugar mandan a un judío -no practicante, pero judío- como infiltrado. A tener en cuenta que a pesar que entonces los teléfonos no eran tan rastreables como ahora, el novato Ron no tan sólo deja su nombre sino también les da al KKKlan el número de teléfono que tiene encima de su mesa ¡en la comisaría de policía! que, ese sí, era fácilmente rastreable, simplemente mirando un listín telefónico. Eso cualquiera lo ha visto, también, en películas de la época.

A partir de este inicio, que no se ha desarrollado de inmediato, sino que Spike Lee ha necesitado media hora de las casi dos y cuarto que dura la pieza, vemos cómo desperdicia la posibilidad de tomar un camino serio para entrar en una astracanada cuyo aparente fin no es otro que demostrar que los miembros del KKKlan, además de estúpidos racistas son tontos de capirote *
(perdón por el chiste fácil)
con muy escasas luces que les impiden llevar a cabo alguna acción violenta y lo que es más risible, advertir el burdo engaño al que son sometidos por unos policías que tampoco es que sean retratados con un mínimo seso digno de mención.

Hay una derivada inicial lamentablemente desestimada, más seria, en la que el protagonista Ron se infiltra en el movimiento universitario en el que los estudiantes acuden a reuniones, asambleas, manifestaciones, para protestar en contra del racismo en cuyo entorno hay llamadas emocionales a personajes ya históricos como Angela Davis, pero el guión no incide ni profundiza en la dicotomía propia de un negro que es policía y que sintiendo en su interior la lucha entre su vocación de servidor de la Ley y la convicción que el racismo, el supremacismo y los hechos del KKKlan son ilegales, además, por temor a perder la estimación de una joven a la que empieza a amar, no se define y mantiene una apariencia falsa con los de su etnia mientras ha lanzado a su colega judío en brazos de los del KKKlan.

Esto hubiese podido dar un juego dramático considerable pero inesperadamente el director abandona, desestima y rechaza la posibilidad de hincar el diente con fuerza y prefiere dedicarse a chotearse de unos estúpidos que sí, vale, son patéticos en su manifiesta imbecilidad, pero por ello mismo pierden todo asomo de peligrosidad, quedando en meros fachendas que acaban por matarse a sí mismos en el más espantoso ridículo, completando una película que parece dirigida a un público infantil.

Que Spike Lee se dedique a darse autobombo con declaraciones fuera de lugar ya es algo que estamos acostumbrados a leer en los papeles, como cuando se dedicó a denigrar a Tarantino sin siquiera haber visto la película, y ahora asegura enfáticamente que esta castaña que nos ha dejado en época apropiada tiene un carácter global más que meramente "americano" provoca más sonrisas condescendientes que respeto porque el resultado, mal que le pese, es una comedia localista que quizás haga sonreír a algún pueblerino estadounidense pero que a buen seguro cualquiera con un poco de inteligencia y sensibilidad respecto a la injusticia grave que representa el racismo antes y ahora, una situación que llevamos años viendo no saben solventar de ninguna forma, no hace ninguna gracia y reclama a gritos del cine una propuesta seria y formalmente digna denunciando lo que está ocurriendo.

Lo único serio de la película de Spike Lee son las secuencias que ha tomado de los noticieros, imágenes que ya hemos visto en los telediarios: puede que sean necesarias para que los despistados, los que no se preocupan por nada, los que prefieren vivir en la inopia, en definitiva, sepan que la población negra estadounidense está soportando el racismo en diferentes grados prácticamente desde que sustituyó, por así decirlo, a la esclavitud.

Que nos venga el engreído Spike Lee a darnos lecciones ahora con una película tan floja y penosa resulta de vergüenza ajena: nadie diría que el tipo ya es sexagenario, lleva tantos años en el cine y se supone que habrá visto, como casi todos, películas que tratan el racismo con más seriedad y respeto, algunas más afortunadas que otras, pero siempre erigiéndose en dedo acusador: el de Spike es un pulgar que acaba señalándole a él mismo como ineficaz cineasta que cae a un nivel penoso, gastando más de dos horas para no dejar huella alguna en el espectador que pronto olvidará una película que puede que sirva para que el cinéfilo joven se interese por otros títulos con más enjundia. Por ejemplo En el calor de la noche, de Norman Jewison y Adivina quien viene esta noche, de Stanley Kramer , tratan más seriamente y mucho mejor cinematográficamente el tema del racismo. Incluso Alan Parker con su Arde Mississippi, resulta más punzante en el retrato de la maldad inherente al negro corazón de los miembros del KKKlan.

Leer que Spike Lee asegura que el nene de su amigo Denzel Washington, John David, va a recibir el oscar por su estupendo trabajo en esta película, aparte de sectario al olvidarse del colega Adam Driver es otra prueba más de que el director se ha quedado en una nube a la que sólo él puede acceder, porque si bien es cierto que ambos actores realizan un buen trabajo, dado el nivel del guión y de los diálogos, nada difícil hay en esas interpretaciones. Da la sensación que la campaña de Spike Lee se ha basado poco en méritos cinematográficos y demasiado en el temor reverencial que causa ir contra corriente, contra lo políticamente correcto, como si apuntar los defectos de la película significara un posicionamiento en favor del racismo y eso ya tiene visos de manipulación intere$ada.

En definitiva, es una lástima que Infiltrado en el KKKlan, dotada de ambición, no cumpla ni con lo que promete la promoción ni desde luego con lo que se merece la población estadounidense y por extensión el espectador que acaba aburrido cinco minutos antes de olvidarse de una película totalmente prescindible.










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dilluns, 29 d’octubre de 2018

La sociedad literaria y el pastel de piel de patata



Para cualquier letraherido (lletraferit, preciosa definición acuñada de origen en catalán) que además sienta pasión por el cine leer en las carteleras publicitarias título como el que encabeza es un reclamo que enciende automática e instantáneamente la curiosidad aún en el caso de quien, como el que suscribe, se halle en la ignorancia de no haber oído jamás mencionar una novela con título idéntico, así que quien ya se halle sobre aviso probablemente la natural prevención surtirá menos efecto y dejará paso a las ganas de acudir a la sala oscura para comprobar si el cine, esta vez, hace justicia al original literario.

En esta ocasión y contra mi natural deseo, dejaré de lado el original literario escrito por Mary Ann Shaffer, novela póstuma escrita en colaboración con su sobrina Annie Barrows. Novela en la que apenas iniciada se observa el amor por los libros vertido en forma epistolar, lo que recuerda inmediatamente la situación de Helen Hanff y su célebre 84 Charing Cross Road que ya comentamos hace once años

Las prisas vienen a cuento porque todos sabemos que algunas películas desaparecen de las carteleras como por ensalmo y la que ha dirigido Mike Newell basándose en guión pergeñado por Don Roos, Kevin Hood y Thomas Bezucha, titulada como la novela original The Guernsey Literary and Potato Peel Pie Society en otra época estaría meses en carteleras y ahora veremos lo que la aguantan, porque, permítaseme la digresión, la industria del cine lo está reconvirtiendo todo en productos de usar y tirar con caducidad instantánea y esta película, amigos, no encaja en la categoría de ninguna manera, porque es sensible e inteligente.



No hace mucho veía un vídeo una entrevista del maestro Kurosawa en el que, a preguntas de un reportero, inquiriendo qué debía hacer alguien para dirigir una película, le contestaba: agarra un lápiz y una hoja en blanco y escribe. Sin guión, no hay película. Para escribir, aconsejaba, primero debería haber leído mucho y variado. A menudo leemos en los papeles declaraciones de cineastas que aseguran haber leído poco y resulta cierto, según lo que muestran.

No es el caso de Mike Newell, desde luego; tampoco del trío de guionistas mencionado; desafiando el pánico que la literatura parece producir en algunos ciudadanos, nos presentan una historia que se inicia y gira alrededor del libro, bien como objeto amado, bien como motivo de encuentro de sensibilidades diversas, excusa de trabazones personales, querencias íntimas, sentidos vitales.

Los guionistas desarrollan muy bien una trama provista de diálogos certeros y actos significativos que dejan traslucir la compleja personalidad de una joven escritora, Juliet Ashton, que bajo el seudónimo de Izzy Bickerstaff ha conseguido obtener popularidad y solvencia económica en la Gran Bretaña que resurge de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y un buen día recibe una carta de un desconocido habitante de la isla de Guernsey, un tal Dawsey Adams, que posee un libro de Charles Lamb en cuya solapa pervive el nombre de su anterior propietaria - lectora, Juliet, solicitando el isleño auxilio para poder hallar, en esa posguerra, una librería de viejo donde comprar por correo más libros de Charles Lamb, pues él y los otros componentes de la "Sociedad literaria y el pastel de piel de patata" desearían leerlos y comentarlos. Imagina recibir carta semejante de alguien que tiene en su poder -y ha leído- un libro que un día tú disfrutaste.

Con semejante arranque Newell ya tiene a la platea enamorada (porque los otros ni siquiera han entrado) y siguiendo la robusta lógica del relato epistolar, evidentemente la protagonista se interrogará por la causa y origen de una sociedad literaria creada en plena ocupación germana (la isla de Guernsey, más cercana a Francia fue invadida fácilmente) y el porqué de tan excéntrico nombre y también, en época de cupones de comida, a qué rayos sabría un pastel de piel de manzana.

La bibliofilia de Juliet y su generosidad natural responderán con el envío a la isla de un viejo volumen de Cuentos de Shakespeare, de Lamb, recibido con alborozo en Guernsey más aún si cabe al conocer que su corresponsal, además, es autora de éxito y pretende viajar para saber su historia y conocerlos.

Más allá del amor a la literatura, naturalmente, el viaje de la joven Juliet -que recibirá y aceptará a pié de escalerilla del buque un anillo de compromiso matrimonial- significará una evolución personal que se reafirma como no puede ser menos en torno a su pasión por la letra y el ansia por averiguar ciertos hechos y circunstancias que los propiciaron en esa isla de menos de 80 kilómetros cuadrados hasta entonces desconocida, acontecimientos que nuestra protagonista -y nosotros con ella- irá conociendo paso a paso a través de conversaciones con los miembros de la sociedad literaria.

Newell se vale de la joven Lily James para conseguir que empaticemos de forma casi inmediata con la protagonista: la retrata con la cámara en primeros planos explorando a conciencia el buen trabajo de la actriz que sabe desarrollar su personaje modulando la voz y expresando con la mirada sentimientos de toda clase, muy bien acompañada, justo es remarcarlo, por un grupo más que sólido en el que disfrutamos de las apariciones de ilustres veteranos como Penelope Wilton y Tom Courtenay, así como Matthew Goode, Katherine Parkinson y Michiel Huisman, un grupo de lujo al servicio de un Newell inspirado que dirige a todos con solvencia en un ejercicio cinematográfico esmerado que durante algo más de dos horas nos tendrá apresada la atención mientras demuestra que una buena película sin acción trepidante también es capaz de suspender el ánimo mientras emociona y deleita.

Su cámara se mueve sigilosamente y con elegancia, emplazada casi siempre más baja que los ojos de los personajes, incluídos los dos niños comparecientes en un afán intencionado de favorecer las expresiones faciales contenidas al tiempo que otorgan importancia y consideración al detalle al mostrar siempre con cariño cualquier libro como apreciable posesión. La fotografía espléndida a cargo de Zac Nicholson resulta notable cuando debe ser, finalizada la visión de la película; y el trabajo de edición de Paul Tothill resulta asimismo encomiable, no en vano gracias a su agilidad con la tijera el ritmo impuesto por Newell se mantiene sin sobresaltos.

No tan sólo el apartado artístico es relevante y magnífico como es usual en el cine de época británico, tan detallista y minucioso; sin haber leído enteramente la novela, cabe suponer que la película, pese a algún pequeño cambio, no deja de contener en sí misma un alegato de reafirmación feminista de buena ley porque insertada la trama en una época pretérita en la que las mujeres sentían la presión social buscando la sumisión, esa Juliet gracias a su talento y esfuerzo propio se rebelará y alzará con su voluntad sin estridencias pero con firmeza y eficacia sin más demérito de quien por un momento pensó que podía decidir por ella, lo cual resulta reconfortante.

Podría escribir muchas letras más alrededor de esta película, pero no quisiera entrar en detalles que sin duda preferirán descubrir por sí mismos: hay que estar atento a los diálogos porque contienen frases sencillas pero potentes de significado, lo que no suele ocurrir muy a menudo últimamente. Baste asegurar que hasta la fecha es una de las mejores películas de este año que he visto (que me faltan algunas, desde luego) y que si la tienen al alcance no dejen de verla, porque es una delicia inusual y más si pueden gozarla en versión original pues el elenco lo amerita.

Absolutamente imperdible: es de esas que con el paso de los años crecen.


¡Ojo! En los comentarios puede deslizarse algún que otro spoiler.







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diumenge, 30 de setembre de 2018

Agatha Christie como síntoma ( y IV)





Sesenta y seis novelas y catorce colecciones de relatos cortos dedicadas todas esas letras a presentar aventuras de intriga -con mayor o menor gracia literaria- convirtieron en superventas cualquier edición en la que apareciera su nombre y como es lógico la industria del cine y la televisión aprovechó a conciencia las piezas fruto de la fecunda pluma de Agatha Christie llegando a fecha de hoy a 159 créditos en imdb contando algún futurible espantoso, varios productos interesantes y algunos verdaderamente sobrantes y estaba el otro día meditando sobre la circunstancia y me pareció que en relación a Agatha y sus versiones, adaptaciones y traiciones, el cine y la televisión han dado muestras de un devenir cuando menos interesante sobre el que podemos detenernos en cuatro recientes muestras.


Ahí va la cuarta:


Crooked House (La casa torcida), estrenada en España hace unos meses, es la primera versión cinematográfica de la novela que más enorgullecía a su autora, Agatha Christie, según ella misma manifestó en su autobiografía. No es extraño: poco más de trescientas páginas que mantienen la intriga mientras definen gracias a los diálogos a una serie de personajes a cual más interesante: una intriga familiar que se inicia con la muerte del patriarca, envenenado, y acaba.......... como acaba, con un final sorprendente pero muy bien construído, sin trampa ni cartón: de esas novelas de misterio que te dejan satisfecho cuando las acabas, rápido, porque su literatura es como siempre sencilla y tampoco da pie a releer párrafos para saborearlos dos veces, aunque ciertamente su autora juega más que nunca con las apariencias ya desde la elección del título, que liga con una cancioncilla infantil popular en Inglaterra:


There was a crooked man
and he went a crooked mile.
He found a crooked sixpence
beside a crooked stile.
He had a crooked cat
which caught a crooked mouse.
And they all lived together
in a little crooked house.

Traducción [+/-]
Erase un hombre torcido
que anduvo una milla torcida.
Encontró seis peniques torcidos
junto a un portillo torcido.
Tenía un gato torcido
que cogió un ratón torcido,
y todos vivieron juntos
en una casita torcida.


La traducción de "crooked" como "torcida", que es la que se eligió de origen y ha marcado también el título de la película, opta por el significado más blando: otras opciones, más ajustadas a la realidad de la trama que nos cuenta Agatha, serían "tortuosa" o "deshonesta", por ejemplo: la literalidad, muchas veces, produce merma en el significado buscado por la autora.

Siendo conocida la predilección de Agatha Christie por dicha novela, ya resulta extraño su tardía adaptación a la pantalla mientras otras piezas han sido repetidamente visitadas; cabe la posibilidad que hubiese alguna limitación temporal en los derechos, cuestión que no he hallado, pero que parece la más lógica, porque conocer el final, como siempre en novelas de esta condición, hace que uno pierda el interés en leerla.

Sea como sea, parece ser que Neil LaBute le echó el ojo hace unos años y empezó a moverse para adaptarla y dirigirla y por suerte la Sony acabó comprando todo lo adquirible, se hizo con los derechos y el amigo LaBute quedó fuera con su propuesta de elenco, bastante acertado, ciertamente. Pero desde que comprobamos lo que fue capaz de hacer con una excelente historia como Wicker Man, perdimos la fe en sus posibilidades.

Así que la Sony encargó al afamado Julian Fellowes, capaz de darnos una de cal y otra de arena, que ya tiene experiencia en crímenes difíciles gracias a su propia serie "Julian Fellowes investigates: A Most Mysterious Murder- etc*etc" y que desde luego está acostumbrado ya desde la muy buena Gosford Park a presentar crímenes en la alta burguesía británica.

Lástima que Robert Altman muriera hace doce años, porque segurísimo que su más que probada experiencia en "películas corales" le hubiese deparado una excelente oportunidad: en su lugar, Gilles Paquet-Brenner, que se las da de guionista y director, acaba por ofrecernos una versión falta de tensión, descafeinada, y, desde luego, esta vez no es por culpa del guión.

Julian Fellowes, perro viejo, aprovecha al máximo lo que escribió Agatha Christie y se ciñe al sentido común que indica que si la novela está abundantemente dialogada y sus descripciones son fáciles de trasladar a la pantalla, con algunos retoques resulta fácil presentar un guión literario de campanillas, sin tratar de hacer inventos ni probaturas en busca de una falsa autoría irresponsable: los elementos de la trama encajan a la perfección, los diálogos tienen chispa y ritmo, sean de índole romántica sean encontronazos familiares, sean como sean; todos los personajes tienen su interés aparte de la mera suposición de su culpabilidad ofreciendo el conjunto un retrato social mas bien ácido, casi irreverente y sin desperdicio para construir una historia endiablada que con muchas dotes de observación puede dilucidarse antes del final, de aquellas tramas que cuando sabes la solución te dices: sí, ahora me acuerdo de aquello que encaja, ¡caramba!¡es verdad! y te satisface porque notas que no te han hecho trampa ni te han engañado con falacias, porque de veras te resultaba increíble.

Diría que del elenco no todos se ajustan a las someras descripciones que Agatha hace del físico de los personajes, pero a priori, como puede verse en el póster de la película, resulta atractivo: los veteranos Terence Stamp y Glenn Close cumplen perfectamente con su cometido: Christina Hendricks, Gillian Anderson, Amanda Abbington y Julian Sands hacen una nueva intentona de sobresalir en un largometraje pero no saben aprovechar la ventaja que supone disponer de escenas cortas para intentar "robarlas" y dejan pasar la oportunidad de forma inexplicable. La pareja compuesta por el atractivo Max Irons (hijo de Jeremy) y la guapísima Stefanie Martini carece de química por completo y ése es un elemento importante en la trama, no en vano él, Charles Hayward, se presenta en casa de su amiga (y prometida en secreto) Sophia Leónides, nieta del asesinado, precisamente para investigar la misteriosa muerte desde dentro de la mansión familiar en la que viven todos juntos, mezclados y revueltos cada uno con su particular interés.

Da la sensación que Gilles Paquet no ha sabido entender con claridad ni la novela ni el guión y en consecuencia transmite esa sensación de embrollo deslavazado que nada tiene que ver con una intriga bien construída: su forma de filmar, técnicamente correcta, está falta de inspiración y fuerza: parece moverse a bandazos como si no supiera hacia donde dirigirse y uno tiene la sensación que los intérpretes miran a cámara como interrogando al que debe estar detrás para saber si lo que hacen está bien o si hay que repetir, o moverse hacia un lado, o qué: y resulta que, en pantalla, el que está justo donde ellos interrogan es el espectador, sentado en su butaca, y lo que siente no es empatía sino desconcierto.

El desamparo que muestran los intérpretes nada tiene a ver con sus personajes en la historia y esa debilidad que se intuye, esa falta de convicción, se deberá, supongo, a que el director no ha sabido manejar el buen grupo de actores y actrices a su servicio, malogrando en buena parte la primera versión de una buena novela que, habiendo sido bien guionizada, hubiera merecido un tratamiento mejor, porque, desde luego, lo que hace a dirección artística y decorados, una vez más, en este tipo de historias británicas, resulta perfecto, recreando la época de la posguerra, mediados del siglo pasado, perfectamente.

Uno, en estos casos, acaba por pensar que el director o carece de la formación necesaria para entender la trama y exprimir su jugo al máximo o carece de la energía cultural necesaria para afrontar una buena intriga con retazos de psicología social y como resultado es incapaz de transmitirnos ninguna energía a través de todos los medios que tiene a su disposición para el rodaje de la película, que son muchos y muy diversos.

En definitiva, una buena película que puede recomendarse, advirtiendo que si hubiese interés en leer la novela, sería preferible irse al rincón de pensar para elegir y no arrepentirse luego.













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dissabte, 29 de setembre de 2018

Agatha Christie como síntoma (III)





Sesenta y seis novelas y catorce colecciones de relatos cortos dedicadas todas esas letras a presentar aventuras de intriga -con mayor o menor gracia literaria- convirtieron en superventas cualquier edición en la que apareciera su nombre y como es lógico la industria del cine y la televisión aprovechó a conciencia las piezas fruto de la fecunda pluma de Agatha Christie llegando a fecha de hoy a 159 créditos en imdb contando algún futurible espantoso, varios productos interesantes y algunos verdaderamente sobrantes y estaba el otro día meditando sobre la circunstancia y me pareció que en relación a Agatha y sus versiones, adaptaciones y traiciones, el cine y la televisión han dado muestras de un devenir cuando menos interesante sobre el que podemos detenernos en cuatro recientes muestras.


Ahí va la tercera:

Ordeal by Innocence (Inocencia trágica) es la penúltima intromisión de la ¿afamada guionista? Sarah Phelps en el mundo inventado por Agatha Christie precisamente en una pieza que ya había recibido dos versiones poco afortunadas, una para el cine y otra para la televisión, ésta con la inesperada aparición de Miss Marple en una trama que jamás contó con la entrañable anciana, bien que manteniendo en buena parte el curso de la novela.

Quizás por esos antecedentes Sarah se atrevió a meter mano de forma inmisericorde en la trama añadiendo conceptos absolutamente inusuales e impensables en toda la obra literaria de Agatha Christie cuales son los abusos tanto hetero como homosexuales en un "agiornamento" bastante arriesgado que pretende mostrar una familia burguesa con varios esqueletos en los armarios y algún que otro cadáver que va apareciendo provocando el incremento de la intriga que sigue en parte el discurso de la novela original con las citadas alteraciones y otras más que culminan en un desenlace muy diferente al que habremos podido leer en la novela y un final que recuerda a una famosa película (dirigida por un argentino en 2009) que sufrió un refrito estadounidense en 2015 como muchos absolutamente innecesario, cuya existencia es signo de los tiempos que corren.

Las modificaciones debidas al ingenio de la guionista de alguna forma pretenden dar a la trama una pátina cercana a los noticieros amarillos de esta época, pero ¡ay! descuidan unas relaciones interpersonales o más bien las alteran dejando de camino una lógica sentimental que ya no tiene lugar, reduciendo en definitiva la riqueza de unos motivos criminales que así, más simples, pierden fuerza narrativa.

A lo que vamos: tres horas de metraje ha necesitado la Phelps para explicar lo que otros ya habían contado en la mitad de tiempo, pero tiene a su favor, una vez más, la comparecencia del aparato de la BBC que no suele escatimar gastos en ninguno de los conceptos, aunque para ellos resulte fácil largarse a la campiña inglesa, alquilar unas semanas una villa de buen ver situada en un paraje envidiable, cabe un lago, y, sin necesidad de cambiar mucho el mobiliario, proceder al rodaje. Vestir los personajes y redondearlo todo con atrezzo de primera calidad son marca de la casa, lo mismo que la composición del elenco, habitualmente con mayoría de solvencia contrastada más la comparecencia de alguna figura destacada.

La ventaja de lo que venimos a conocer con el adjetivo de "coral" es que las actuaciones son fragmentadas a causa de la aglomeración de personajes que pueblan la magnífica villa más los que entran y salen de continuo, con lo que los intérpretes pueden lucirse sin tener que sostener el tipo durante largas escenas. De hecho, esta circunstancia la podemos constatar en casi todas las versiones filmadas de las novelas de Agatha Christie, salvo las protagonizadas por sus detectives preferidos que, lógicamente, tienen su parte del león en los guiones.

En este caso, la diversificación de los personajes como elementos de interés beneficia a todos los intérpretes, encabezados por Bill Nighy, Mathew Goode y Anna Chancellor y no perjudica la narración, bien orquestada por la directora Sandra Goldbacher que sabe mantener la acción a un ritmo correcto durante los tres episodios y demuestra conocer su oficio tanto en lo que hace a la muy correcta dirección de intérpretes como a los movimientos de cámara dentro de la mansión, usando la steady con mucho criterio y ligereza y sin abusar, perceptible únicamente en el recuerdo de las imágenes y secuencias vistas, lo que dice mucho en su favor, pues dedica su apreciable labor a contar la historia con la cámara de la forma más eficaz y sencilla.

Probablemente el formato impone la aparición de momentos que causan una morosidad indeseable que en otras manos hubiesen desaparecido bajo el imperio de las tijeras, pero hay que tener en cuenta que es un producto televisivo y la posibilidad de mantener audiencia durante tres episodios es un factor a priori nada desdeñable para la BBC aunque apostaría un café y un donut a que Sandra estaría encantada de pasarla por moviola y presentarla en salas de cine, porque aún sintiendo que algunas modificaciones del original chirrían, es una buena pieza para llevarse al talego: es de esas ocasiones en las que el guión se ve superado claramente por el resto de los elementos.

Veremos, a fin de año, o a primeros del que viene, si Poirot resiste el embate de la Phelps con la ayuda de Malkovich.

De momento, esta mini serie puede recomendarse, con reservas.







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