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divendres, 15 de maig de 2015

Lucille se ha quedado sola



Porque B.B.King, que la ha acariciado durante tantos años, se ha ido.





Por suerte, nos queda el recuerdo de su música, sus actuaciones, su estupendo sentido del ritmo. Sus muchas giras, incluyendo siempre España, nos permitieron disfrutar de su arte en vivo y en directo.

Como todos los grandes, el rey del blues no tenía nada que ocultar y no tuvo inconveniente a desgranar su arte en una serie de programas televisivos en los que cualquier aficionado a las seis cuerdas puede comprender los consejos del genial King, más que dispuesto totalmente decidido a transmitir su técnica junto con sus sabios consejos; el arte, claro, ya es algo irrepetible.

Veamos:










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dimecres, 6 de maig de 2015

TC 36 Hoy, dia especial: dos por una: Sed de mal y La conversación




Pues sí, hoy es un día especial, porque coincide en ser el aniversario del genial Orson Welles (que hubiera cumplido los cien) y porque se ha anunciado que se ha designado merecedor del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2015 al cineasta Francis Ford Coppola.

Así que los cinéfilos tenemos motivo de conversación agradable.

Y para recordarlo, qué mejor que dar un vistazo a los títulos de crédito de una película de cada uno, en los cuales la participación del director es innegable, oportuna y magistral demostrando que con una buena grúa y un buen sonido ambiental se puede decir mucho.

Primero, démosle un vistazo al conocidísimo arranque de una indiscutible pieza imperdible del cine negro de la mano de Orson Welles, esa Touch of Evil cuyo título en castellano, Sed de Mal, resulta acertadísimo:



Y después, con toda la intención de evitar la usual llamada a la gran trilogía mafiosa, acudamos, en honor de Francis Ford Coppola, al inicio de una película sobre la que ya nos detuvimos aquí hace un tiempo The Conversation (La conversación) en cuyo arranque el entonces joven Coppola, en una época en que la moda imperante consistía en repartir la pantalla en cuadros y dar dinamismo con montajes variados, se acuerda de los clásicos y monta una grúa inverosímil, iniciática, apenas advertida ni recordada finalizada la estupenda película:





Ahora la duda queda en ver de nuevo una u otra o quizás las dos.... ¿cual elegirías?







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dijous, 30 d’abril de 2015

El francotirador




La pereza o la desidia causada por el aburrimiento que en mayores dosis parece emanar de las pantallas de cine no es excusa, efectivamente, para dejar en el tintero la protesta íntima que remueve el ánimo del cinéfilo veterano que las ha visto de casi todos los colores y que en este siglo que vivimos asiste a una especie de declive de un arte que brilló con luz propia y que ahora se inclina quizás demasiado por las balanzas comerciales y los calzoncillos coloreados.

No creo en las coincidencias pero, como las meigas, haberlas, haylas: el ínclito Bradley Cooper fue avistado en 2011 por el titular de este bloc de notas y la primera sensación ya no fue muy positiva que digamos, pese a comparecer en el mismo engendro quien años ha fuera un buen actor.

La siguiente ocasión de ver a Bradley coincidió con la entrega de los premios Oscar y a pesar de estar acompañado de la que fue para mí una revelación como estupenda actriz (Jennifer Lawrence) en una comedia intrascendente, ya empezó a darme malas vibraciones en la casi certeza que el mozo tiene más propaganda que talento.

Dice el refrán que a la tercera va la vencida y desde luego no es por ello que al año siguiente y de nuevo coincidiendo con la fecha de entrega de los Oscar, mira por donde se me pone delante una vez más el pesado de Bradley, acompañado, eso sí, de dos buenas actrices y dos esforzados comparsas, en lo que fue una verdadera estafa americana basada en un guión que clamaba a los cuatro vientos las diferencias entre un talento como el de David Mamet y el embarullo mental de David O. Russell, también guionista de la anterior. Ni siquiera la soberbia interpretación de la Lawrence justifica una revisión, hecha una vez más, en v.o.s.e., evidenciando los límites de Cooper.

Hete aquí que leyendo artículos en la prensa sobre cine -cada día más sujetos a los designios mercantilistas de las distribuidoras y exhibidoras- llegan noticias que el taimado Bradley Cooper, mucho antes de alcanzar la categoría de estrella popular de su país, se había prometido a sí mismo que un día trabajaría junto a Robert de Niro y, también, que un día trabajaría conjuntamente con su admirado Clint Eastwood, al que seguía desde su infancia.

Cabe suponer que el devenir de la carrera cinematográfica de Clint Eastwood le dio a entender a Cooper que el momento propicio había llegado y con indudable buen olfato comercial aprovechó el tirón popular del llamado héroe americano, Chris Kyle, que falleció en 2013 cumpliendo a rajatabla una cita bíblica (San Mateo, 26:52) cuando había alcanzado gran popularidad después de haber vendido con gran éxito su autobiografía, American Sniper, en la que se vanagloriaba de ser el orgulloso poseedor de un récord: la muerte de 255 personas gracias a su buena puntería con un rifle de muy largo alcance. Sólo 168, según algún registro oficial.

Dando por bueno y sabido que este comentarista que firma al pie es incapaz de distinguir entre quien como trabajo tiene matar con total impunidad - o casi- y un asesino profesional, entrar en excusas que han podido leerse en la prensa este mismo año loando y glorificando tal desempeño para rebatirlas con ánimo crítico quizá sea tarea más propia de otras bitácoras: baste, pues, entender que me parece un ajuste mínimo que, según normas internacionales, los francotiradores en ningún caso serán considerados como prisioneros de guerra.

La guerra, todos lo sabemos, es algo terrible y malvado que sufren usualmente los pobres más que los ricos. En esa contienda, la única postura justificable sería la de quien se defiende de una agresión.

He leído algún comentario de esa película, American Sniper conocida entre nosotros como El Francotirador (sin lo de americano), en el que se aseguraba de una parte que Eastwood la realiza por encargo -lo que, según el propio Cooper es cierto- y de otra que en realidad no pretende ensalzar ni mitificar la figura de ése individuo que puso su destreza y falta de escrúpulos morales al servicio de intereses espurios falsamente presentados como benefactores para su patria, esa mal llamada América que tan presuntuosamente pretenden apropiarse algunos estadounidenses, como si todo el continente fuese suyo.

Me parece una aberración ética la formulación realizada por Eastwood, sobre cuya ideología habría que hablar muy largamente: el apunte de Gran Torino quedaría entre una inflexión y un anticipo de sinceridad.

Lo peor de todo, no obstante, es que la película es mala; aburre; no aporta nada nuevo.

Y sosteniéndose el biopic (que ya se sabe que no suelen gustarme, salvo excepciones) en el trabajo interpretativo de Brandon Cooper, que es inexistente como de costumbre, provisto de un guión ideológicamente insostenible que además carece de profundidad, interés y fuerza de algún personaje que pueda provocar la empatía o por lo menos la simpatía, la trama, por denominarla de algún modo, se reduce a la presentación de diferentes asesinatos que el protagonista comete a sangre fría, convencido como estaba por sus evidentes escasas luces que era el salvador de vidas humanas, como si los que iba aniquilando a kilómetro y medio fuesen especímenes alienígenas, como si esos desgraciados iraquíes no estuviesen intentando sacarse de encima a un ejército invasor.

El viejo Eastwood demuestra que la inexorable senectud ha hecho mella en sus facultades y ha quedado en un mero funcionario que organiza el cotarro pero que no sabe transmitir una idea de forma cinematográfica, ni siquiera justificando lo injustificable: ya en su anterior película se percibía muy claramente que el transcurso de los años pesa en Eastwood restándole imaginación, adocenando su trabajo hasta situarse a un nivel acomodaticio, viviendo, como quien dice, de la fama conquistada años ha.

La película al parecer ha tenido muy buena acogida comercial, sobre todo en los E.E.U.U. de Norteamérica: otro dato a tener en cuenta por los sociólogos y estudiosos de la política.

A mí, pasado un tiempo prudencial, me sigue pareciendo deleznable. Se acabó. No me pillan de nuevo ni el uno ni el otro. Por esas. Y lo siento, porque este bloc lo inicié, precisamente, con Eastwood.








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dilluns, 16 de març de 2015

Feliz cumpleaños, Doña Teresa Berganza




Hoy es el aniversario de la que en opinión de muchísimos aficionados a la música ha sido, mientras no ha querido jubilarse, la más grande mezzosoprano en activo y para mí permanecerá siendo la más grande jamás escuchada.

Gracias a dos discos que me regalaron hace años, conteniendo sendas óperas en las que su interpretación brilla con una maestría indiscutible y una pasión arrolladora, este comentarista se percató que, como asegura ella misma, la ópera es el verdadero espectáculo total porque aúna música, danza, teatro y canto en una sesión que suele permanecer inolvidable, remarcable.

Su intervención en la ópera de Rossini El Barbero de Sevilla ya apareció en este bloc de notas el año pasado así que, para no repetir y abusando de la suerte de haberla hallado en youtube, acudiremos a otra ópera de renombre, también curiosamente ligada a la ciudad de Sevilla.

Supongo que ya todos habrán adivinado que me refiero a Carmen, de Georges Bizet; el otro disco que me descubrió a la Berganza y me dejó rendido a su arte fue una grabación de la ópera datada en 1977, con el maestro Abbado y en compañía de Plácido Domingo interpretando a Don José.

Según la propia Teresa Berganza, en una interesantísima entrevista realizada en la Fundación March en el año 2013 que puede verse aquí aquella representación de Domingo fue memorable y la diva asegura que aquel Don José es suyo y sólo suyo.

En mi opinión de simple aficionado entre ambos cantantes y con la ayuda de Ruggero Raimondi consiguen realizar una representación de la ópera Carmen que nunca jamás podrá ser igualada: ha querido la casualidad que pueda disfrutarla en youtube y puedo asegurar que ha sido un verdadero placer comprobar cómo una grabación de 1980 mantiene, por encima de sus limitadas capacidades técnicas (en comparación con las actuales) una frescura, una pasión, que todavía hacen estremecer.





Muchas gracias, Doña Teresa Berganza, por los maravillosos momentos musicales que nos ha regalado.

Y que cumpla muchos años más.






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dissabte, 7 de març de 2015

El divorcio de Lord Byron Jones






Escuchamos el pitido estridente de un ferrocarril.

La cámara, siempre desde fuera, nos muestra un tren de pasajeros que circula de este a oeste según el implacable sol de mediodía que alumbra el interior en el que vemos a Steve y Nella, una joven pareja blanca dándose arrumacos mientras observa, sonriente, el paisaje agrícola en el que un niño negro circula en una bicicleta, jugando.

Poco más atrás en el mismo tren, puede que en el mismo vagón, Sonny, un hombretón negro sentado en el mismo lado del tren, mira el paisaje y cuando se empiezan a ver casas recoge su somero equipaje: una caja de puros en la que guarda un viejo revólver, pequeño, de cinco tiros. El tipo se levanta antes de llegar a la estación para deslizarse por la puerta del vagón, dándose un revolcón en los hierbajos que festonean la vía férrea.

Quiere la mala suerte que el coche patrulla de la policía esté parado cabe la vía y rápidamente Sonny será interrogado por Willie Joe, extrañado de verlo saltar del tren. La buena suerte será que, con la caída, el revólver ha salido despedido de la caja de puros y el policía sólo verá la caja vacía.

Estamos en Somerton, Tennessee. Tanto la visión de Sonny compartiendo vagón con blancos como el vestido de Nella acreditan la época: ella usa una minifalda sobre la rodilla, apropiada para una joven recién casada y ya se ha dictado la Ley de Derechos Civiles (1964)

No todo es exacto pero hay mucho de cierto: Somerton es una invención de Jesse Hill Ford para evitar problemas al referirse a una historia real acontecida en el pueblo donde vivía, Humboldt, Tennessee, en el año 1955, que sirvió de base a una novela titulada The Liberation of Lord Byron Jones, publicada en 1965 consiguiendo gran éxito de crítica y público.

La fechas a priori son importantes: justo en 1965 se empezaban a notar los efectos de la citada ley que protegía los derechos de la población negra igualándolos a los blancos en algunos aspectos y el responsable de dicha ley fue el entonces Presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson primero vicepresidente de Kennedy y luego Presidente de facto y posteriormente electo (20 de enero de 1965 hasta 20 de enero de 1969) que en los medios de comunicación usualmente era citado por sus iniciales: L.B.J.

Precisamente en el año 1969 William Wyler acababa de rechazar cualquier posibilidad de hacerse cargo de la dirección de Patton (por dos motivos: la presencia de George C. Scott, al que tomó ojeriza por poco profesional años antes [Wyler le hechó del rodaje de Cómo robar un millón... por llegar tarde al rodaje el primer día...] y permanecer medio año en tierras españolas, lo que no era del gusto de su esposa ni le convenía a la ya delicada salud del cineasta, a la sazón contando 67 años de edad y unas cuantas úlceras estomacales) pero seguía manteniendo el deseo de realizar una película de contenido social y más específicamente, racial, tema que nunca había abordado como él quería y que le vino a las manos cuando el productor Ronald Lubin le recomendó que leyese la novela de Jesse Hill Ford. Lubin había comprado los derechos cinematográficos de la exitosa novela junto con Stirling Silliphant que como quien dice acababa de ganar el Oscar al mejor guión adaptado por su trabajo en In the Heat of the Night como ya vimos aquí hace unos años y no encontraban ni estudio que quisiera patrocinarla ni director que quisiera dirigir una película semejante.

Wyler había finiquitado su relación con la Fox y se iniciaba con la Columbia, donde tenía previsto realizar seis películas, tres como director y tres como productor: cuando hubo leído la novela, se entrevistó con el autor y éste le aseguró que todo lo que contaba en el texto era absolutamente real: sólo había cambiado topónimos y nombres, pero los hechos, tal cual habían sucedido.

Con estos mimbres, Wyler inició la que a la postre sería su última película: The Liberation of L.B. Jones estrenada en 1970 y que se conoció en España con el título No se compra el silencio, traducción que proviene de otros países europeos como Francia, Italia y Portugal, cuyo origen se me escapa.

El título original hace referencia directa a un procedimiento inédito por inusual: esa "liberation" se incardina como forma procesal del divorcio y el divorcio, con ser legal en los Estados Unidos  de Norteamérica, no era precisamente práctica común entre la población negra: la prosecución de la liberación del vínculo matrimonial ante la corte de justicia no era, por lo visto, usual entre los negros.

Uno de los protagonistas de la historia, que le da su nombre, George Lord Byron Jones, más conocido popularmente por el acrónimo L.B. Jones, es el negro más rico de Somerton: es quien regenta la funeraria más importante del territorio dando a los negros sepultura tan suntuosa como puedan permitirse pagando a plazos, eso sí, en vida.

L.B. Jones está casado con una joven atractiva y sexy, Emma, que contra todo sentido común mantiene relaciones adúlteras precisamente con un hombre blanco, casado y con tres hijas, nada más y nada menos que el policía Willie Joe, genuino representante de lo que de forma peyorativa los wasp llaman redneck

El entierra muertos, muy digno, acude al que considera mejor abogado de la población, Oman Hedgepath, a la sazón tío de Steve, que acaba de llegar con la intención de asociarse con su tío en el bufete y se sorprende al ver cómo Oman rechaza asistir jurídicamente a L.B. Jones recomendándole que se lo tome con calma y trate de soportar la cornamenta, insistiendo el marido engañado en que el divorcio se tramitará de mutuo acuerdo. Oman se niega y L.B. Jones se va defraudado. Steve se muestra sorprendido ante su tío y mentor por lo que considera inadmisible actitud racista, asegurando que él mismo se hará cargo del divorcio, a lo que Oman responde inmediatamente que ha cambiado de parecer y será él quien se cuide del proceso.

Pero la cosa se complica, porque si un divorcio entre negros de mutuo acuerdo resulta extraño para Oman, la sorpresa y la alarma surge cuando Emma le dice a su esposo que no piensa acceder tan fácilmente a darle el divorcio.



Cuando hablamos de grandes maestros del cine que ya nos han dejado siempre hay una parte de la conversación que se refiere a lo que haya podido ser su último período, sus últimas piezas, su postrera película. William Wyler, grande donde los haya, se despidió de la dirección más de diez años antes de fallecer relativamente joven (79 años. Woody Allen sigue trabajando a esa edad y Clint Eastwood, con 84, parece empecinado en marcar a fuego lento su propio declive) con una película que fue un fracaso comercial absolutamente injusto y ahora veremos el porqué de esta afirmación.

Como es de suponer, la novela de Jesse Hill Ford contempla muchos aspectos que en la película resultan desatendidos, concentrada en los aspectos más sangrantes, violentos y desagradables que se produjeron en Humboldt en 1955: con un metraje medido de una hora y tres cuartos, Wyler concentra sus esfuerzos en la población negra del ficticio poblado de Somerton (los exteriores se rodaron en el vecino condado de Lauderdale) y sus relaciones con los blancos o, más concretamente, con aquellos blancos que ostentan, detentan y en definitiva abusan de una autoridad y prestigio que les viene grande.

En esta ocasión Wyler no ofrece ni siquiera un momento de relajo en la tensión que se irá incrementando con un desarrollo clásico cargado de perfidia y fatalidad: la decisión tomada por L.B. Jones permanecerá inalterable a las presiones no tanto por el amor propio y el orgullo cuanto por la convicción que un desfallecimiento, una huída, significará la pérdida irremisible de una libertad ganada duramente con trabajo, sudor y valeroso empeño de prosperar en una sociedad adversa que, lejos de contemplar la calvinista convicción del funerario como un ejemplo maldice su suerte y envidia su automóvil con aire acondicionado.

El guión reviste una dureza inusitada que comportó en su día el alejamiento de buena parte del público estadounidense en una época en la que los conflictos raciales intensos pertenecían a cualquier archivo de la década con una intensidad hasta entonces desconocida: su rabiosa actualidad por la pertinencia de los hechos ha provocado el recuerdo de este comentarista y el deseo de ver de nuevo una película que en su momento circuló sin grandes alabanzas posiblemente porque Wyler no pudo contar con todos los medios que hubiese requerido una empresa semejante para superar la tristeza de la trama.

Wyler confiaba en que Henry Fonda se hubiera hecho cargo de interpretar al abogado Oman Hedgepath y ello no fue posible por cuestiones de agenda: la composición realizada por Lee J. Cobb es muy buena y efectiva pero el buen actor carece de esa fotogenia que distingue a las estrellas cinematográficas consiguiendo fácilmente la conexión con el patio de butacas: quizás consciente de ello, el personaje de ése lider de su sociedad no acaba de verse retratado con la fuerza precisa para evidenciar la contradicción ética de su conocimiento y su comportamiento, porque será el detonante de la tragedia y también quien procurará que todo quede bien tapado. La pareja de blancos más liberales o menos racistas, Steve y Nella, quedan en meros observadores críticos sin casi frases que sustenten y apoyen incluso las tesis del propio Wyler que, quizás expresamente, hace recaer en el espectador la valoración de lo que ha visto suceder, consciente de su veracidad, sin que aparezca el manido letrero de "basado en hechos reales".


El mantenimiento de la tensión recae sobre dos grandes actores de la segunda fila gloriosa del cine, ocasionalmente secundarios de lujo, aquí dispuestos a batirse el cobre en una composiciones admirables, firmes, sólidas, en dos personajes antagónicos que no hacen más que crecer en oportunas revisiones: Roscoe Lee Browne otorga una dignidad profunda al personaje de L.B. Jones, el marido engañado resuelto a acudir a la justicia a reclamar el mismo derecho que cualquier blanco pueda tener, sin miedo a nada, y Anthony Zerbe consigue hacerse odioso y repugnante como Willie Joe, el policía que satisface su lujuria imponiendo la fuerza bruta y su beneficio personal sin vacilar.

Lola Falana, una belleza de la época, irrumpe en pantalla reclamando atención inmediata por su generosa figura pero más aún por el nervio de su interpretación de una mujer joven ambiciosa y desaforada, valiente e intrépida en su grave inconsciencia que acarreará todos los males. Sin llegar al prototipo de mujer fatal sabe aprovechar las pocas escenas en que aparece para dejar su recuerdo imborrable como provocadora de la fatalidad. La presencia imponente de Yaphet Kotto alberga trazos de venganza y fortaleza pero cuando sobresale es en el momento en que Wyler, que siempre fue un maestro de actores, le acerca la cámara al rostro para extraer de él mil sensaciones y ninguna amable.

Wyler en su despedida demuestra ser cierta su afirmación en la que deploraba las críticas miopes de los chicos del Cahiers du Cinema porque no veían en él a un autor, siempre cambiante de estilo: el estilo, decía el maestro, debía acomodarse siempre al servicio de la historia que se narraba. Contando con unos medios más limitados que de costumbre no por ello abandona las virtudes cinematográficas que jalonan su carrera: las elipsis nos evitan momentos verdaderamente desagradables huyendo del exhibicionismo gratuíto: por ejemplo, queda patente una violación consumada cuando vemos a la víctima salir del coche con el vestido mal abotonado y el pelo revuelto y las muertes se nos hurtan incluso de medios planos.

La intención y la fuerza visual siguen como siempre en la pantalla, como sucede en la distinta iluminación de las escenas en los ambientes donde viven los negros más pobres, casi siempre con luz escasa y artificial y los ambientes de los blancos y también los del rico L.B. Jones, casi siempre soleados, luminosos. La fotografía pues al servicio de la intención, tanto como la propia caligrafía del director una vez más desechando los grandes espacios de otras historias más imponentes para centrarse en la angustia reflejada en los ambientes cerrados, próximos. La diferencia principal quizás radique en el uso de unas ópticas más modernas, menos clásicas, abandonando aquellos angulares que le proporcionaban juegos de profundidad de campo: da la sensación que Wyler pretende acercarse a la simplicidad artística propia de un documental como huyendo de la posibilidad que el espectador pueda buscar otra explicación, otra sensación que le aleje de la cruda realidad expuesta de forma diáfana y transparente.

Wyler ofrece un discurso circular pues tres de los componentes de la trama llegan en el mismo tren y partirán también en el mismo tren al finalizar todo: hay un cambio, no obstante: en la partida, Sonny se sentará en la fila de atrás de Steve y Nella, pero ya no estará pendiente de ver de nuevo el paisaje conocido y habrá cambiado de lado.

La banda sonora se la confiaron a Elmer Bernstein y me queda la duda relativa a su oportunidad porque no se significa demasiado con la trama aunque desde luego ayuda a conferir una cierta lejanía documental y objetiva de los hechos presentados reforzando la intención del director de entregar al espectador la facultad u obligación moral de emitir el dictamen relativo a lo visto.

En definitiva, una pieza absolutamente imperdible, rara avis difícil de ver porque al parecer nadie tuvo mucho interés en mantener su exhibición a lo largo de todos estos años, siendo así que, desgraciadamente, no tan sólo permanece como muestra de una realidad doliente del siglo pasado sino que, atendidas las noticias reviste una rabiosa e hiriente actualidad.


Plus:

1.- Hay carteles, pósters, que explican demasiado, como ocurre con algunos tráilers. Aquí hay uno de los que cuenta demasiado. Si no se ha visto la película, mejor no mirarlo. Se diría hecho adrede para que nadie vaya al cine. Póster chivato.

2.- Como suele ocurrir a muchos grandes actores, su buen trabajo al representar a personajes odiosos empañan o perjudican la simpatía que el profesional merece. En otros casos, la sencillez oculta méritos acreditados. Después de ver la película, uno se queda pensando que, seguramente, Roscoe Lee Brown nunca más volvió a ver a Anthony Zerbe. Nada más lejos de la realidad. Ciertamente nunca más coincidieron en ninguna película, pero vaya si construyeron una buena relación, truncada por el fallecimiento de Roscoe. Ambos, acreditados actores de las tablas escénicas y dotados de un bagaje cultural apropiado, seleccionaron textos de poesía, teatro, literatura en general, los hilaron con monólogos propios y construyeron un espectáculo artístico literario con el que desde 1981 que se presentaron en el off broadway y por lo menos hasta 1998, dieron varias giras con la pieza Behind The Broken Words siempre recogiendo muy buenas críticas. En ocasiones así, da gusto y envidia sana comprobar que pantalla y realidad únicamente se unen por el arte.

3.- La película, en inglés, en youtube


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dimecres, 25 de febrer de 2015

TC 35 Hasta que llegó su hora


Hace dos días coincidíamos en destacar el numeroso conjunto de secundarios que comparecen en una de las mejores películas del pasado año, en actuaciones que casi podrían denominarse con esa palabra específica y rara de "cameo" y mira por donde resulta que siendo de advertir, no es ninguna novedad.

En el lejano 1968 pude ver en el mismo cine una película que con el tiempo ha devenido para algunos en obra maestra y que para mí siempre ha sido una gran película con algún que otro exceso: uno, evidente, es llamar a colación en intervenciones de artista invitado a grandes, enormes secundarios de la época del cine clásico, tipos que ya entonces pertenecían por méritos propios a la Historia del Cine.

El apasionado Sergio Leone, fagocitador de westerns de todas las épocas pretéritas y creador con un estilo propio reconocible, agarró el teléfono y convenció nada más y nada menos que a Jack Elam y Woody Strode para que calentaran el patio de butacas en la escena inicial de una de sus películas más ambiciosas, conocida entre nosotros con el título de Hasta que llegó su hora.

La sangre adolescente que ya tenía un hervor cinéfilo se revolvía con esos planos sostenidos y calmados y la tensión que esos malditos ladrones de escenas procuraban atrayendo el interés de un patio de butacas que gritó asombrado coreando el primer tiroteo de la sesión:

Si esto empezaba así........

........ la cosa prometía...

N.B.: Escena inicial, tamaño grande o más grande, aún

La película, que supongo todos habrán visto ya (y si no, pueden verla aquí) cuenta con un reparto fantástico en el que sorprendió, lo que son las cosas, no la belleza de Claudia Cardinale (que también, claro) sino la gélida mirada de Henry Fonda en la primera ocasión que recuerdo haberle visto en color, porque antes lo había visto en muchas películas, pero siempre en la tele y en blanco y negro....

El póster lo tuve en la pared durante años: siempre me gustó.




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diumenge, 22 de febrer de 2015

Esa copita




Uno se sienta en la oscuridad del patio de butacas y abre los ojos para absorber todo lo que la pantalla es capaz de ofrecer.

En algunas, pocas, escasas ocasiones, hay un festival de imágenes bien entrelazadas que de inmediato producen una especie de euforia en el cinéfilo que, hambriento de cine, se frota los dedos porque percibe que quien está al mando se ha decidido por una vez a presentar gráficamente ideas que habrá que ir desgranando lentamente, con fruición.

Uno, que se alinea con los cinéfagos ya sin recato alguno a estas alturas, atisba de repente algo que llama la atención por insólito, desconocido: mecachis en la mar, porque el torbellino acaba de empezar, como quien dice y queda en la retina y en el ánimo suspenso una sensación que algún día habrá que aclarar: hay por ahí una copa diminuta que no ha pasado desapercibida al mirón empedernido, ojo avizor, empecinado en que todo lo que sale en pantalla tiene su porqué...

Esta ha sido la primera ocasión en que quien suscribe ha visto -y degustado- una película de Wes Anderson, del que se tenía noticia leída pero no vista, así que las sensaciones que produce (en realidad, produjo, pues los hechos primigenios acontecieron meses ha) su última película son nuevas absolutamente y ha sido un plato de buen gusto, reconfortante al extremo que, hallándose al alcance el dvd con la versión original, el bis estaba asegurado.

Me refiero, claro está, a The Grand Budapest Hotel (El gran hotel Budapest) que, visto lo visto (que no ha podido ser todo lo deseado) del año pasado, posiblemente sea una de las mejores, sino la mejor producción estadounidense de 2014 (esta noche, si nada falla, veré The Imitation Game) y desde luego una verdadera sorpresa para este cinéfilo que no esperaba cosa semejante.

Dice Anderson en los comunicados mercadotécnicos que se inspiró en sendas novelas del ahora semi desconocido Stefan Zweig para pergeñar un guión que él mismo se ha ocupado en dirigir y no hay porqué desconfiar de su palabra ya que desde el inicio la literatura está presente en esta buena pieza que no puede faltar a ningún cinéfilo que se precie: nos hallamos ante un esquema literariamente conocido por su solidez: en el inicio una jovencita homenajea al "escritor" ante su efigie y de colofón se dispone a leer su novela que será lo que en imágenes veremos, recuerdos de recuerdos de vidas vividas con pasión lo que no quiere decir apasionadamente ya que las formas educadas marcarán la diferencia entre gentes cultas, educadas y tolerantes y bárbaros despóticos y dictatoriales.

Cuando vi la película en el cine me quedé pasmado y declarado incapaz de escribir una sola línea coherente porque la multitud de sensaciones que la misma produce en un ánimo calmado pero atento a la pantalla es parejo a la embriaguez dichosa de quien asiste por primera vez a una bacanal.

Ha tenido que ser la disposición de la tecla de pausa, parar y revisar, la que ponga las cosas en su sitio mínimamente, como (me) ocurre con los libros bien escritos: y entonces, ¡ay! ha aparecido como no podía ser otra forma, el vivo recuerdo de la copita.

No una copichuela, un chupito, no; nada de eso: una copa pequeña, diminuta, delicada, de cristal, que aparece de repente cuando puestos ya en materia, Mr. Moustafá ha invitado al Joven Escritor a cenar para contarle los avatares de su vida: la ofrece cuidadosamente el maître soumiller para que Mr. Moustafá, dueño del hotel y su historia, cate la bebida que va a acompañar los suculentos manjares escogidos para la ocasión, una de esas cenas pulcramente literarias en las que un comensal cuenta a otro riquísimas anécdotas que conforman una azarosa vida y a tal efecto, además, le invita a degustar una bien dispuesta mesa.

Una copita que me llamó la atención en el cine y que me hizo levitar en la seguridad que el director se disponía a regalarnos los sentidos, porque yo jamás había visto servicio semejante.

Porque no lo hay: buscando afanosamente en la red, hallé lugares interesantes que hablan del protocolo de la sumillería y me quedé patidifuso pero no solventé la cuestión fílmica, así que cuando lógicamente me dispuse a repasar la pieza en su versión original el alto en la escena estaba garantizado y mira por dónde resulta que en la misma se observa un fallo de ràcord escandaloso porque la servilleta que protege la manga del sumiller aparece y desaparece como por arte de ensalmo en dos sucesivos saltos de eje, lo que me llevó a declararme tonto por fijarme en detalles nimios que no sirven al conjunto.

(Que digo yo que igual Anderson encargó a su ayudante que filmara el ir y venir de esa copita y luego pasó lo que pasó, que algunos no pasan nunca de ayudantes y es por algo)

Lo que cuenta, no obstante, es la intención y el desarrollo del conjunto: asistido como está Anderson de un elenco que quita el hipo (vaya pandilla de secundarios: dan miedo) se dedica a poner en imágenes una trama que bebe directamente de las fuentes de la novelística clásica de mediado el siglo pasado y medio en risa medio en serio dispone una aventura rocambolesca que sin alterar el ánimo lo mantiene en un breve suspenso interesado por el devenir de un relato que siendo clásico no es caduco, trufado de dobles lecturas y guiños que se van descubriendo lentamente, repleto de referencias ciertas o inventadas que harán las delicias del espectador que, atónito, siente las cosquillas que a su intelecto produce una película que no parece tener más -ni menos- pretensión que la de avivar la imaginación del público.

Alguien, al salir del cine, decía que resultaba una exageración increíble y fuera de toda razón la continuada referencia al pastelero Mendl al igual que los aromas del Air de Panache, pero hete aquí que, meses después, me encuentro con la irrefutable prueba: "cómo hacer la Courtesan au chocolat de Mendl's" lo que demuestra que esta buena pieza de Anderson no tan sólo por una muy eficaz mercadotecnia consigue trascender la pantalla, como ocurre, por ejemplo, con las recetas que nutren a los mafiosos al servicio del clan de los Corleone, pero eso ya si acaso, sería otra entradilla la mar de nutritiva, también.

El cuidado riguroso de Anderson con esta película, el mimo excesivo por los detalles, con la excepción que confirma la regla del fallo de ràcord hallado casualmente, produce una sensación de plenitud en el espectador que de inmediato es consciente de hallarse ante un trabajo bien hecho y medido rigurosamente por el director que incluso se permite jugar con la memoria gráfica del veterano cinéfilo: no hay más que percatarse de la forma en que corren los protagonistas, elevando ostensiblemente las rodillas, exagerando el gesto, recordando su silueta los grandes mimos del cine silente usando su cuerpo para expresarse.


En el apartado interpretativo Anderson, que cuenta como ya he señalado con una banda de secundarios dispuestos a partirse un diente para robar la escena, demuestra tener las ideas muy claras de lo que pretende y desea comunicar y descansa todo el peso de la función en un infra valorado Ralph Fiennes que hay que disfrutar, sí o sí, en versión original y a todo trapo, una demostración -por si había alguna duda- de la enorme panoplia de recursos al alcance del muy versátil británico que nos regala un trabajo perfecto, idóneo al personaje ciertamente complejo y disparatado que lidera toda la aventura, secundado -y nunca tan oportuno el adjetivo- por el joven Tony Revolori que se hace imprescindible y verdadero co-protagonista de una trama por momentos alocada, romántica y siempre maravillosamente irreal que pasa en un suspiro.

Es cuando ya has acabado de verla que te percatas de la estupenda banda sonora, de la acertadísima caligrafía cinematográfica que usa todos los planos imaginables sólo para reforzar la casi surrealista historia y una fotografía que permanece al servicio de la película recreando con esas luces opalinas un ambiente que se identifica como añejo al instante.

Un conjunto absolutamente imperdible que reconcilia la alegría de la fantasía bien hecha con las ideas transitando desde la pantalla hasta el patio de butacas, absorto, sorprendido hasta que la vuelta a la realidad propicia el fin con el cierre del libro que se nos ha leído.

Plus: La página de la película

post-data: dándole vueltas y vueltas, compruebo que el fallo de la servilleta quizás no lo sea exactamente de ràcord, porque lo que se ve es cambiar la botella de champagne de mano derecha a izquierda, permaneciendo la servilleta en la mano, dejando desnuda la botella en la mano izquierda, algo inusual, ciertamente, pero no estrictamente fallo de ràcord, tal como lo entendemos. Un mal servicio del sumiller, en todo caso, pues con la servilleta desplegada roza el plato del comensal, algo que Mr. Gustave hubiera deplorado profundamente...






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diumenge, 8 de febrer de 2015

Don Pedro, Don Manuel y yo





Hoy, amigos, no vamos a hablar de cine: bueno, un poquito sí, pero sólo como referencia vital.... ¿os parece bien?


Norman Tealby (1928)


Tengo en mi colección de vinilos, desde hace muchos años (la grabación es de 1977, pero seguro que lo compré en los ochenta primerizos), una versión del ballet El sombrero de tres picos basado en la célebre novela corta de Don Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) reducido convenientemente a libreto por el hoy casi desconocido Don Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) (del que con malicia aventurera se podría hacer una película semejante a Big Eyes) y musicado por el no menos célebre internacionalmente Don Manuel de Falla (1876-1946)

El disco en cuestión, versión de Seiji Ozawa dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Boston con la intervención de Teresa Berganza (la mejor mezzosoprano que jamás ha existido) lo escuché tantas veces que casi me sé de memoria las notas.

Cuando leí en la contraportada el artículo de José Luis García del Busto, hice lo que entonces podía hacer de inmediato: comprar y leer ávidamente la novela de Don Pedro Antonio, del que ya había leído, cuando hice el bachillerato, El Capitán Veneno.

El sombrero de tres picos no me lo hubiera recomendado mi profesor de Literatura de cuarto porque se habría ganado una bronca y sin ser especialmente beligerante ni atrevida, sigue siendo una pieza corta muy bien escrita que, formando parte como es natural del acervo cultural, puede obtenerse legalmente en diversos enlaces:

El sombrero de tres picos (facsímil, con el prefacio del autor ) (En formato html sin prefacio)

Facsímil de la edición norteamericana de Simon & Schuster (traducida en 1928) con unas magníficas ilustraciones de Norman Tealby

Los facsímiles se pueden descargar: hay un icono en lo alto de la columna izquierda.

Como es natural, lo mismo que me ocurre con el Preludio a la siesta de un Fauno (de Debussy), o el Bolero (de Ravel), por citar dos ejemplos coetáneos o casi, cuando escucho la música me gustaría ver también el ballet.

Ha querido la casualidad que andando por el éter a raíz de haber visto Whiplash buscando ejemplos que se adecuaran a la pasión compulsiva de los protagonistas, hallara, como ya quedó enlazada, una afirmación de la bailarina española Aída Gómez en la que hacía referencia a su relación con el bailarín Antonio, al que de adolescente veía en la televisión en blanco y negro constantemente adulado y de una cosa a otra fui a parar al ballet de El Amor Brujo, también de Falla, que ya vimos hace muy poco, en una película curiosa, Luna de miel. (Esta tediosa explicación se la debía al amigo Víctor, que se preguntaba el porqué, y espero que quede satisfecho con ello)

En la coreografía de El Amor Brujo comparece, coprotagonista, el gran Leonide Massine, que, mira por donde, fue quien, trabajando en los Ballets Rusos de Diaghilev, se encargó de realizar la coreografía, en 1919, del ballet de El sombrero de tres picos, con una escenografía y figurines realizados, a tal efecto por Pablo Picasso, hecho que yo ya conocía, por haber leído en muchas ocasiones la contraportada de mi preciado vinilo.

El mundo es un pañuelo, sí.

Ahora que tenemos internet, que menos que buscar por ahí esa coreografía de Léonide Massine, para la ocasión interpretada por el francés patrick Dupond : La Farruca, Danza del molinero

Lo que pasa es que uno es lo que vulgarmente se llama "culo de mal asiento" y no me quedé muy satisfecho que digamos, así que, volviendo al más reciente origen de todo el tinglado, repasé una vez más la entrevista a Aída Gómez y efectivamente ahí estaba una buena pista para lo que yo quería, justo en el primer párrafo, antes de empezar: hubo un ballet en 1997 y tenía que haber alguna grabación.

Cabe suponer que las relaciones entre grandes bailarines son todo lo fáciles que el momento permita pues los genios tienen su pronto, pero sin duda les caracteriza el trabajo intenso: en el ballet, probablemente el Arte más físico, el esfuerzo será más agotador y el paso del tiempo un lastre a la perfección del empeño: Antonio, sin duda conocedor de la coreografía del colega Massine, decidió realizar la suya propia teniendo en mente la escenografía y los figurines de Picasso y sobre todo la fuerte raíz flamenca de la composición del maestro Falla. La coreografía de Antonio triunfó en 1958, justo un año antes de estrenarse Luna de miel.

La coreografía de Antonio se basa en la llamada danza bolera que exige formación especializada y un más que considerable esfuerzo físico para dar esa sensación tan engañosa de fácil ligereza.

Después de todos estos avatares acabé hallando lo que buscaba y puedo afirmar que desde que lo encontré, hará quince días, lo he visto por lo menos cuatro veces.

Aquí tenéis, por si no lo conocíais, el ballet de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla, escenario y figurines de Picasso (éstos realizados en ¿Birmingham?), según la coreografía de Antonio, con el que se reinauguró el Teatro Real de Madrid en 1997, retransmitido por TVE y que, tonto de mí, no ví en su momento.

Pablo Picasso (1919)

La compañía de Antonio Márquez con Aída Gómez , ballet completo (40 minutos que pasan en un suspiro) El sombrero de tres picos (1997)

Me faltan palabras para expresar los sentimientos que me produce ésa representación, para mí una obra maestra, redonda, perfecta, increíble: un verdadero regalo para todos los sentidos que me encantaría poder comprar en un dvd con la resolución y el sonido que se merece, porque piezas como ésta no suelen verse a menudo. Espero que os haya gustado tanto como a mí.

Del ballet, de los escenarios y figurines, de la propia novela corta de Alarcón, sin duda hallaréis en la red decenas de sitios donde informaros mejor que aquí, contento con haber proporcionado el aviso de la existencia de esta memorable pieza de arte español por los cuatro costados.

Y ya que estamos en un día especial con excepciones, añadamos un par de propinas:

La versión que con motivo del festival anual BBC PROMS presentó la compañía de Antonio Marquez con Sara Martin en unas condiciones harto difíciles, con un resultado sorprendente que dejó a los británicos entusiasmados: El sombrero de tres picos (2013)

Es de advertir alguna pequeña diferencia entre la velocidad estratosférica de 1997 y la de 2013, no en vano, amigos, transcurren dieciséis años, lo que significa que el gran Antonio Márquez contaba ya con cincuenta tacos de nada que, visto lo visto, hace pensar en Mefistófeles, porque el bailarín, en el mismo festival, lleva adelante la coreografía del Ballet del Bolero (2013)





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dijous, 5 de febrer de 2015

Whiplash




Pablo Picasso desvelaba el secreto del genio: procurar que la inspiración, cuando llegara, le encontrara a uno trabajando.

Ladislao Kubala fue un maestro en el lanzamiento de balones de fútbol a balón parado, consiguiendo con aquellos borceguíes de hace más de medio siglo y aquellas pesadas pelotas de cuero atado unos efectos que sorprendían a los cancerberos enemigos y su arte no era casual: cuando los demás se iban a casa, él quedaba en el campo ensayando una y otra vez, con la izquierda, con la derecha, con la izquierda, con la derecha.

A William Wyler le apodaban "99 takes Willie" porque, en su loco afán por conseguir la toma perfecta, repetía una y otra vez el mismo corte: luego los actores que dirigía obtenían el premio Oscar, pero decidían que era insufrible trabajar de aquella forma y algunos rechazaban repetir con el maestro.

La gran bailarina española Aída Gómez suele recordar su aprendizaje bajo la tutela de Antonio Ruiz Soler y expresa el alto nivel de exigencia del bailarín y coreógrafo que ella comprendió y admitió a sus catorce años porque se dió cuenta que era un genio de la danza y tenía la suerte de aprender de él, directamente.

El talento sólo no basta: hace falta trabajar duro.

El joven Damien Chazelle tenía una idea y a falta de fondos, consiguió convencer al veterano J.K. Simmons para que protagonizara un cortometraje a modo de ensayo general: un profesor de música y su relación profesional con un estudiante: el proyecto, una reducción de un guión más amplio, consiguió triunfar en el festival de Sundance 2013 y como consecuencia obtener fondos para filmar un largometraje, cabe suponer que siguiendo el original.

En buena lógica, Chazelle mantuvo a J.K. Simmons para incorporar al educador musical pero, por motivos que él sabrá, cambió al otro Simmons, Johnny, por el también joven actor Miles Teller para interpretar al educando aspirante a baterista.

Parece ser que Chazelle en su juventud más temprana formó parte de una banda de música y debió quedarle el ánimo prendido por la idea de llevar a la pantalla parte de sus experiencias: las relaciones entre maestro y discípulo no son muy originales ni novedosas en su esencia, no en vano podemos fácilmente remontarnos a los verdaderos clásicos y me refiero expresamente a Pigmalion y por supuesto a su versión cinematográfica por excelencia en el musical de My Fair Lady que ya tratamos aquí hace tiempo.

Falto sin duda de la genialidad de Bernard Shaw, el joven Damien Chazelle nos hurta la posibilidad de contemplar la pasión arrebatadora que el arte puede llegar a producir en personajes sensibles y opta, de forma un tanto sorprendente, por emular a través de su protagonista adulto, Fletcher, unos modos y manejos que a los pocos minutos de iniciarse la película traen a nuestra memoria cinéfila el personaje del sargento Foley, dedicado a machacar -con todo el cariño, eso sí- al aspirante a Oficial y Caballero, Zack Mayo.

Sería desconsiderado y quizás excesivo asegurar que una buena traducción - traición- adaptación del título Whiplash (que lo es de una composición jazzística) para el público español podría ser ajustadamente "La nota con sangre entra" pero no andaríamos muy alejados de la sensación que permanece una vez transcurrida la hora y media larga de metraje que probablemente se antojará más larga a todos aquellos cuya sensibilidad por la música de jazz sea nula, porque Chazelle -seguro amante del jazz- se muestra incapaz de filmar casi nada que no sea en torno a la música, su aprendizaje y ejecución, desechando en mala hora la posibilidad de humanizar su relato en torno a personajes que sienten pasión por la música: hay en la película algunos momentos que le otorgan un sentido especial, pero Chazelle inexplicablemente los aborda con brevedad con un pudor que se antoja excesivo, como no queriendo profundizar en la psicología de unos tipos dotados de perfiles básicamente interesantes, dotados de una pulsión artística que domina su forma de entender la vida.

Así, ese profesor de música que lidera la banda de la escuela, Fletcher, se comporta con los modos de un instructor militar de la vieja escuela creyendo que en la desesperación el genio halla la fuerza para seguir adelante y alumbrar un camino mejor sin saber diferenciar trabajo duro de trato inhumano partiendo de una convicción plausible que define muy bien: nada ha hecho más daño al arte que dos palabras: "buen trabajo".

La conformidad está reñida con el camino a la perfección que siempre producirá en el artista la angustia vital de hallarse o no en él: la duda, la incertidumbre, la falta de seguridad nunca han sido ajenas al alumbramiento de obras maestras y únicamente los necios piensan que aciertan siempre a la primera. Chazelle no se atreve a adentrarse y profundizar en sentimientos dolorosos y felices y simplemente sobrevuela una relación de aprecio y odio entre enseñante y aprendiz, unidos ambos por un destino deseado que les supera condicionando su actitud con unos requiebros en su conducta que no acaban de estar todo lo bien escritos que sería de desear: seguro que la concurrencia de algún guionista con más experiencia y oficio (difícil de hallar en la industria del cine actual) hubiera proporcionado a la trama una solidez e interés más firmes así como unos diálogos más seductores y sensibles.

Chazelle filma bien las escenas de la instrucción musical y de los conciertos pero a pesar de ello el ritmo del conjunto se resiente de la reiteración, casi complaciente, del guión: precisamente recordando el conjunto días después, viene a la memoria lo de "buen trabajo" como causa de satisfacción del joven director y guionista que quizás motivado e impelido por la falta de fondos se conforma con lo rodado y aquí hay que incluir el apartado interpretativo: Miles Teller resulta frío en exceso como estudiante y J.K. Simmons se excede en su composición evidenciando una falta de autoridad del director sobre la que en realidad es la estrella de la película, mal que su trabajo le haya reportado premios y nominaciones como actor secundario, que lo es el bueno de J.K., redomado ladrón de escenas.

Siendo uno de los actores secundarios de más prestigio desde hace ya algunos años y habiendo dado muestras de su buen hacer tanto en el cine como en la televisión, J.K. debería haber recibido galardones por otros trabajos, pero no por éste, por dos razones de una lógica aplastante: primero, porque se le nomina y premia como actor secundario, siendo así que prácticamente aparece en todos los fotogramas de interés: hay protagonistas que salen menos, en otras películas; y segundo, porque lamentablemente, con esta película se sitúa en el grupo -nada despreciable- de buenos actores secundarios que no pueden soportar en sus espaldas, anchas, el peso de una película entera: no por lo menos sin la dirección de un buen director, que no es el caso: los aspavientos de J.K. Simmons acaban por cansar: nos recuerdan mucho, muchísimo, al gran secundario Louis Gossett Jr., pero él aparecía menos en Oficial y Caballero, donde, recordemos, había una trama romántica aparte. Es comprensible el afán de un buen actor por constituirse en estrella de la función pero es un error pretender abarcar más de lo que uno puede: que le den premios con esa sinrazón satisfará el ego del actor pero no nos procura a los cinéfilos amantes de las buenas interpretaciones más placer del que somos capaces de degustar, mal que nos pese, vista la mercadotecnia que ha preparado el camino al estreno.

En definitiva, una película que puede resultar insoportable a quienes no sientan gusto por el jazz ya que van a estar hora y media oyéndolo y un entretenimiento pasable para quienes sepan reconocer de inmediato las notas de Caravan aunque la versión sea mejorable y una oportunidad de comprobar cuan cierto es que la conformidad está a menudo reñida con la excelencia.







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dijous, 22 de gener de 2015

MM 82 Luna de miel



Navegando tranquilamente en las procelosas aguas de youtube en aras de conseguir algún video musical muy determinado -no de esos que ahora salen en las noticias cuando ¡por fin! algún estudioso ha observado tendencias perniciosas para la dignidad femenina- hete aquí que, una vez más, descubro una pieza que desconocía y que por variados motivos me apresuro a comunicar a los amables lectores porque resulta cuando menos curiosa y si es el caso de no conocerla, probablemente sorprenderá:

Porque es una escena musical que pertenece a una película española de 1959.

Porque se basa en una muy conocida composición musical, ya clásica, sobre la que probablemente se ha visto otra película, muy publicitada, casi treinta años más joven.

Porque a poco que uno se detenga a observar con cuidado la trama y la forma de presentarla, creerá que no se estrenó en España en 1959 y errará.

Donde estaba el censor, queda para los investigadores.

Porque la coreografía (en efecto: es un ballet: ¡no se vayan, todavía!) es del célebre Antonio, al que vimos algunos en la tele muchas ocasiones sin acabar de entender su fama y viéndole bailar su creación se entiende.

Porque aparece de contrafigura el no menos célebre bailarín ruso Leonide Massine, muy ágil para sus más de sesenta años.

Porque la escena es la interpretación de la célebre composición de Manuel de Falla El Amor Brujo que se puede ver mas grande aquí

Ha sido toda una sorpresa descubrir en este siglo XXI una película con más de medio siglo a cuestas, española por más señas, sin que hasta ahora la casualidad siquiera me la haya puesto por delante en una sesión sabatina sestera o quizás ocurrió estando ya en brazos de morfeo.

Como he dicho, andaba buscando vídeos musicales y al hallar este Amor Brujo sin referencia previa, reconocí a Antonio y me pareció que la morena elegante ya la había visto en alguna película americana: pensé de inicio que era una película extrangera lo que estaba viendo y más por la forma tan sensual de producirse el baile.

Comprobar que se trata de una película dirigida por Michael Powell teniendo de coguionista a Luis Escobar en una producción para dos productoras españolas de la época ya me dejó atónito.

Luego, tranquilamente, comprobé que la película fue afortunadamente restaurada hace unos años y que un buen samaritano la ha colgado enterita y con buena resolución en youtube: Luna de miel que puede verse (de momento: chiss) más grande, aquí

La película no es nada del otro mundo, con un guión bien entrelazado para sostener cuatro piezas de baile, siendo la mejor la que da origen a esta entradilla, más un ballet (Los amantes de Teruel) coreografiado por el gran Massine sobre música de Teodorakis, muy interesante también, que cierra el conjunto. El resto, fotogramas de museo en la España de mediado siglo pasado y propaganda turística de Toledo, Granada, etc.

No resulta aburrida: la música es buena, los ballets excelentes y la dirección de Powell eficaz como siempre, con marcado tono onírico en las escenas de danza, muy diferentes del resto con una realidad anodina. Imperdible para los aficionados al ballet.



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dissabte, 17 de gener de 2015

Corazones de acero




Los cinéfilos veteranos crecieron en una época en la que en casi cada pueblo había por lo menos un cine y la diversión habitual consistía en llenar las salas las tardes dominicales en sesiones dobles:

¿Qué echan?
Hoy estupendo: una del oeste y una de guerra.
¡Cojonudo! A las cuatro, en la puerta del cine.

Ahora, en este siglo XXI, muchos cines han desaparecido, las sesiones se han reducido lo mismo que las pantallas y los géneros permanecen como adjetivos usados por gentes extrañas que se fijan en detalles que a casi nadie les importan un comino.

Siendo como es la guerra un acontecimiento económico de primera magnitud que comporta daños colaterales cifrados en la muerte de miles de personas -la mayoría de ellas sin posibilidad alguna de obtener beneficios derivados de la contienda- resulta natural que el cine, como las otras artes, le haya dedicado especial atención; a causa de su gravedad, podríamos decir que hay dos grandes formas de afrontar un relato bélico: en serio y en broma; y no se pueden mezclar.

Tomar el enfrentamiento guerrero en broma abarcaría desde la parodia hasta la cinta de acción maniquea, de buenos y malos, mero pretexto para ofrecer imágenes briosas buscando el impacto visual que entretenga.

Las películas bélicas serias acostumbran a contener mensajes pacifistas aunque algunas derivan en meros panfletos publicitarios que intentan justificar lo injustificable.

Quedarse a mitad de camino, en tierra de nadie, indefinido, no suele dar un buen resultado.

Si damos por sentado que Woody Allen es un autor cinematográfico porque dirige películas basadas en guiones propios, deberíamos aceptar que David Ayer es también un autor cinematográfico, pero esa línea argumental nos llevaría a unos derroteros que quizás devendrían en bizantinos.

David Ayer ha escrito nueve guiones y ha dirigido cinco películas basadas en los mismos y está preparando una nueva fechoría, pero no me vuelve a pillar desprevenido, porque me acordaré de su nombre: David Ayer ejerce de juan palomo en la recientemente multi estrenada Fury cuyo título ha sido adaptado -que no traducido- al castellano como Corazones de acero, por el mismo motivo desconocido de siempre, ya que dudo que el encargado lo haya hecho acordándose de la magnífica Furia de Fritz Lang porque cualquier parecido es pura imaginación lisérgica.

La furia del título original está escrita en trazo grueso en el cañón de un carro de combate Sherman del ejército estadounidense interviniente en campaña guerrera en territorio alemán en el año 1945, o sea, cuando ya las fuerzas germanas estaban acorraladas en su propia casa y como quien dice a un paso de la rendición absoluta, mermadas sus fuerzas y su ímpetu inicial.

Ese vehículo acorazado está comandado por un sargento con cuatro hombres, dos conductores y dos artilleros, conviviendo todos en el reducido ámbito de la máquina.

La situación de partida da campo para muchas líneas que podrían resultar interesantes en manos mucho más ágiles, imaginativas, creativas y cuidadosas que las de David Ayer que ya desde los primeros minutos cae en los estereotipos fáciles mezclando sin compasión ideas sensibleras con actos miserables procurando, eso sí, que las acciones de los malos sean, aparte de inverosímiles, más nefastas que ninguna: así, por ejemplo, resulta que los alemanes todavía pueden bombardear con artillería y obuses, pero cuando dan en el blanco lo hacen sobre sus propios conciudadanos, rizando el rizo del chiste que asegura que cuando en una mala película bélica alguien muestra la foto de su novia, está pronto a morir: cuando un alemán siquiera habla con un estadounidense, fijo que palma: ni te digo si, además, le hace una tortilla y le canta canciones al piano: ruina total.

La inanidad del guión es absoluta, oscilando entre frases sueltas que parecen provenir de alguna revista del Reader's Digest y cambios de actitud de los personajes que apuntan a problemas psicológicos graves, todo ello tratado con una superficialidad propia de un tebeo para críos: no cabe la posibilidad que la película de Ayer esté destinada a público infantil pues la poderosa MPAA la calificó como R, así que su destinatario se supone será adulto y sabrá soportar sin sobresaltos los pobres diálogos trufados de tacos, llenos de palabrotas y huecos de sentido y lógica.

La forma en que se desarrolla la trama es tan ligera que pretender sostener un alegato de cualquier clase sobre ella es pura entelequia: además, el guión de Ayer se queda a las puertas de todo: no toma partido ni presenta hechos correctamente, alejándose conforme avanza el tedioso metraje de la posibilidad de situarse en el grupo de películas serias sobre hechos bélicos.

Colocados pues en la tesitura de considerar el producto como un entretenimiento imaginativo, tampoco el resultado obtenido es satisfactorio: el ritmo se resiente por la construcción cinematográfica del camino que sigue el carro de combate en sus aventuras y el hecho que en dos ocasiones, al menos, sea solicitada su actividad como indispensable para una salvación de gentes anónimas, no salva el ridículo ostensible de comprobar que, de repente, las ametralladoras de cada bando disparan ráfagas de colores distintos, como si de láseres se tratara, lo que mueve a risa: uno espera ver aparecer algún Jedi de repente: nada peor que una trazadora insistente para señalar dónde se oculta el tirador; de pena.

Como añadido, los caracteres de los cinco tipos que viven en el Sherman se nos presentan de forma burda y sencilla: apenas sabemos nada de ellos más allá de cuatro frases cortas y rimbombantes que no alcanzan a crear la empatía suficiente para hacernos sufrir por su suerte, no en vano su vida está discurriendo en una guerra: de los otros, nada se sabe, apenas alcanzado a meros figurantes: la irrealidad de algunas acciones tampoco ayuda y la ausencia de unos villanos definidos y conocidos deja a los supuestos héroes muy solitarios.

David Ayer desprecia la posibilidad de recrearse en la estupenda maqueta interior que seguramente se hizo construir para rodar el habitáculo del Sherman, donde la llegada de un novato inexperto ofrece la oportunidad de mostrar, por ejemplo, problemas de convivencia en tan reducido espacio, por no hablar de sentimiento de claustrofobia y pánico, todo lo cual queda fuera de pantalla.

Es de advertir que el elenco obviamente se esfuerza sobremanera para otorgar credibilidad a unos personajes de poca enjundia, mal construidos: da la sensación que todos lamentan hallarse ante lo que hubiera podido ser una buena historia, conscientes de la pérdida de tiempo y esfuerzo.


Guerra sí, pero no honor ni gloria.

Como director David Ayer sabe emplazar la cámara diestramente pero resulta enfático en exceso y le falta ritmo a su caligrafía: entendiendo que es quien manda a todos, no en vano también ejerce como productor, habrá que darle la culpa del tono grisáceo azulado que impregna cada fotograma, seguramente buscando una seriedad que no alcanza, una frialdad que lo aleje del ya conocido Orange/Blue cayendo en el extremo opuesto seguramente sin la aquiescencia de Roman Vasyanov que no pierde detalle y enfoca de maravilla: desventajas del digital: llega uno, después, y lo repinta a su gusto. Mala suerte para los camarógrafos profesionales.

En resumen, más de dos horas difíciles de digerir por culpa de un guión que no merece la pantalla grande que han puesto a su disposición, porque ni alcanza a ser un drama, ni un alegato, ni un concierto pirotécnico, ni una colección de acciones que muevan la adrenalina y emocionen o asombren al espectador, atónito únicamente por el incremento exponencial de soldados alemanes que acaban muriendo, al punto que se hace difícil considerar la credibilidad del conjunto.


Tráiler





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divendres, 2 de gener de 2015

MM 81 Buck Privates y ...... ¿1941?



Interrogantes en un título: mala forma de empezar un curso que se promete incierto pero la cuestión es que dando vueltas por la red me doy de bruces con un vídeo musical que podría pertenecer a una película que ví hace mucho tiempo y apenas recuerdo y hete aquí que, consultada la base de datos y hurgado en lo más hondo que puedo bucear por el éter, quedo en la inopia más supina y con la comezón de la ignorancia no quiero quedar porque me conozco y acabará una cuestión nimia dando la lata durante meses, hasta que la olvide: llevo así desde el año pasado, no son bromas...

Así que me he dicho: de refilón lo pongo como entradilla en momentos musicales, aprovecho que aparece la reconocible jeta de un entonces joven Dan Aykroyd y me siento tranquilamente a esperar que los amables cinéfilos que por aquí aparecen y de vez en cuando opinan me quiten la incerteza de encima.

Porque aunque la música sea adecuada y el grupito más o menos cante sobre fondo musical que intuyo pregrabado, me da en la nariz que esto que se puede ver a continuación:







No es, repito, no es, ninguna escena perteneciente a la película 1941, dirigida por Steven Spielberg en 1979, porque es un vídeo promocional del grupo femenino. ¿Tengo razón?

¿O estoy equivocado y sí pertenece a la película?

¡Sáquenme de dudas, por favor!

Los datos engañan, porque en el elenco aparecen tres hermanas apellidadas Anderson, pero eso, a mi entender, fué una añagaza del espabilado Midas para ahorrarse unos cuartos, porque es evidente que, en el año 1941, sí que estaban triunfando las (auténticas) Andrew Sisters, a la que podemos ver participando en una de esas bobas películas de Abbott y Costello, Buck Privates (Reclutas), precisamente, de 1941:





Como sea, en la época de cambio de decena de 70 a 80 del siglo pasado estas músicas bailables sonaron bastante: ritmos pegadizos y fáciles de recordar, alegres y movidos.

Lo que llama la atención es que, bastantes años más tarde, en 2006, una artista contemporánea se inspire de nuevo en las tres hermanas.






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dimarts, 30 de desembre de 2014

Adeu, 2014



Este año que vamos rematando no ha sido desde luego ninguna maravilla desde el punto de vista meramente cinematográfico: con un poco de maldad y bastante mala idea podríamos decir que no han aparecido valores nuevos que puedan sustituir holgadamente el ostentoso declive de algunos denominados maestros que insisten en seguir trabajando en su senectud cuando quizás lo más prudente sería retirarse a los cuarteles de invierno y disfrutar de las mieles al tiempo que se ahorran rebajar cualitativamente el promedio de su producción: sin llegar a extremos como los de Charles Laughton, colapsado por una única obra maestra, algunos deberían aplicarse la doctrina del mutis silencioso...

Mientras tanto, en la pantalla de al lado, cada día que pasa más grande y con mejor sonido, capaz incluso de conectarse al éter, los productos bien escogidos pueden llenar de satisfacción: hay que elegir sabiamente, claro, pero ahí entra como siempre el factor gusto: la pena es que se pierde la magia de la sala oscura: un día, alguien acabará por solventar ése detalle: tiempo al tiempo...

Pero lo que de verdad ha llamado mi atención este 2014 y estoy seguro que no soy el único, es que, pasiones cinematográficas aparte, parece que estamos en una pendiente de todo tipo, con regresión a formas y formulismos que jamás hubiéramos pensado ver en este siglo.

No siendo este bloc de notas el lugar apropiado ni por descontado tampoco quien lo mantiene idóneo a la tarea de profundizar críticamente en la sociedad como ente global, ya hacía días que meditaba cómo poder expresar gráficamente esa sensación.

Ha sido a raíz de mi visita a la casa de un colega del blogerío que se ma ha ocurrido la mejor forma de solventar mi anhelo.

Víctor en su lista me descubre artistas de la música que no conocía y quedo admirado del poderío de Beth Hart, de cuya existencia no tenía ni idea.

Indagando, como de costumbre, me salta de repente la idea de cómo poner sobre el tapete una alegoría de que los tiempos no han mejorado lo que se esperaba de ellos: la cantante, admiradora confesa de Billie Holiday, realiza una soberbia reinterpretación de un tema que ya se trató en este bloc muy detalladamente a causa de la excepcional conjunción de música, letra, interpretación y contenido marcadamente social: que ahora Beth Hart y su colega Joe Bonamassa se empleen tan a fondo con el añejo tema Strange Fruit y a la vista de lo que está sucediendo últimamente, no me parece casualidad y sí buena intención.

Pero no vayamos a ponernos melodramáticos, que ustedes no estarán hoy por la labor y el llamado ya se ha hecho, así que pasemos a considerar que se han portado bien y que merecen pasar una agradable velada de cambio de año, tratando de dejar atrás lo malo esperando, como siempre, que el nuevo sea mejor.

Vistos que han sido algunos anuncios televisivos, me parece que la perspectiva no es muy halagüeña que digamos, y se me ha ocurrido que, ya que lo encontré, pueden aprovecharse del trepidante concierto que el año pasado, todavía 2013, ofrecieron Beth Hart & Joe Bonamassa en Amsterdam (30/6/2013) y así tienen un par de horitas de buena música.

Y para el día siguiente, o el resopón-anti-resaca-subsiguiente, siempre pueden situarse en la sala típica del concierto de año nuevo, en la famosa ópera de Viena, sólo que, en esta ocasión, serán cinco los músicos que pueden amenizar la velada, en un concierto irrepetible




¡Feliz Año Nuevo!










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diumenge, 28 de desembre de 2014

De mayor quiero ser....



Dicen que empezar llamando la atención es un arte difícil, pero, a poco que uno busque cuatro vídeos de nada y la esquiva suerte acompañe en su permanencia, no resulta muy arduo confeccionar un ligero artificio, un acertijo cuyos componentes, estoy seguro, por lo menos picarán la curiosidad de mis amabilísimos lectores:

Si de inicios se trata, veamos un par de escenas bien administradas que, habiendo sido ofrecidas en momentos dispares, constituyen un todo y van a servir como una buena primera pista relativa a lo que me gustaría ser de mayor:



- ¿Y a quién le importa lo que quieras ser de mayor?

- ¡Va! ¡Que es broma, que sólo es un entretenimiento!


Aconsejo encarecidamente seguir el ordinal propuesto, o sea, no saltarse las pistas, porque no hay premio ni competición (al final daré la respuesta), pero sí un iter a proponer que espero será del agrado de todos:

1ª a) Primera parte de la primera pista

1ª b) Segunda parte de la primera pista

El inicio habrá resultado estimulante, espero.

2ª Otra escena poco habitual es la inserción de momentos musicales que tienen su importancia dentro de la trama: gracias a que la duración lo permite, podemos disfrutar de una excelente versión de una canción clásica del folclore Silver Dagger cantada espléndidamente por una guapa joven ante un público más que interesado, interesante.

3ª Aunque nada tan placentero como ejercer de mirón y observar, maravillado, los extraordinarios y alambicados sucesos que se producen en un tranquilo paraje a una serie de tipos humanos que, desde la constatación de la ficción, alcanzan cotas inusuales.

4ª Para el ojo avezado del buen fisonomista esta cuarta pista será definitiva y si no fuera ése el caso, desde luego que siempre podrá servir dar un vistazo a esta recolección de escenas que ocurren en la campiña como aperitivo y acicate a llevarse al coleto una pequeña muestra de historias ni espectaculares ni aburridas, con un aliciente extra que produce al tiempo admiración y confianza en el futuro.

5ª Por suerte y por desgracia, todo a un tiempo, podemos comprobar, pasmados, que en nuestro país hay atractivas jóvenes capaces de ejercer con poderío su oficio sin arredrarse un ápice ni dejarse amilanar, aunque ello lo tengan que demostrar allende nuestras fronteras y en un tiempo cronificado con exactitud y en compañía de lobos: amistosos, pero lobos al fin y al cabo, prestos a robar a dentelladas la escena: ojiplático quedé, oigan.

6ª Que la permeabilidad es una virtud, pese a su escasez, no es ninguna novedad, sobre todo cuando uno se mueve en ciertos ámbitos en los que el eclecticismo no es denigrado y así se puede hallar placer en una aventurilla literaria y al fin visual debida a la voluntad de una gran escritora recientemente fallecida a avanzada edad que, casi por capricho y deseo de unir su nombre a una colega admirada, nos dejó un regalo que, como es natural en otros países, podemos ver en pantalla muy bien servido por gentes absolutamente permeables a un buen texto.

7ª Esta va a ser una pista redundante por dos motivos (por lo menos) y me sabe mal ponerlo tan clarito y diáfano, pero es que este año que estamos acabando me ha dejado blandengue, sin brío, con poca alegría, casi como si estuviera un poco perdido o quizás únicamente despistado.

8ª Que por cierto, este año 2014 no habrá sido muy bueno cinematográficamente, pero desde luego que ha estado corriendo por ahí una pandilla de rufianes liderada por un sobrino al que no hay que quitarle un ojo de encima, mientras con el otro se vigila el alrededor constantemente, por si las moscas.

9ª Ya llevamos ocho pistas dispuestas y seguro que la solución la sabrá todo el mundo: esto habrá quedado como la caza de la gata que quiere atrapar al ratón pero en plan mucho más tranquilo y pacífico.

10ª Espero que estas sencillas pistas hayan resultado claras, diáfanas y explicativas y sino, pensemos que se trata tan sólo de un juego espero que estimulante a la par que informativo.

11ª Si no os parece que hay datos suficientes, me quedaré como el amigo George, escuchando gentilmente vuestros comentarios.


¿Eh? Ah, sí: que dije que al final dejaría la respuesta...

Ahí va.



¡Uy! ¡No! ¿En que estaría yo pensando?

Se ha escapado, eso no es, no es.....

A ver... ¡sí! Aquí está ...

evidentemente, yo, de mayor, quiero ser director de casting de la televisión británica, a poder ser, de la mismísima BBC: debe ser un trabajo tranquilo disponer de semejante cartera de veteranos y de una increíble fuente de nuevos intérpretes capaces de sacar adelante cualquier trabajo, sea de héroe, sea de criminal, siempre escuchando con clase, expresando con el cuerpo y pronunciando de una forma absolutamente maravillosa..... la única dificultad, la única actividad estresante, debe ser dejarse convencer por los agentes artísticos y, luego, decidir..... ¡muy duro, sí!







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divendres, 26 de desembre de 2014

Pérdida





Todos conocemos aquella frase concerniente a la insensatez humana que produce una vez y otra y otra más la sensación de inutilidad de la experiencia porque acabas de darte tres veces con la misma piedra, pedrusco e incluso pantano cenagoso y asfixiante del que sales con la promesa de que nunca, pero nunca, volverá a atraparte. En vano.

Parece que errar forma parte de la condición humana y, si no fuera porque me ha llevado unas horas ataviarme en la forma más prudente,
ahora mismo me sacaría la cubierta para saludar a un tipo que de sus pifias hace gloriosos negocios en una constante que me resulta incomprensible y diría que fuera del alcance de mis entendederas si no fuese porque de casualidad hallé un alma casi gemela, en lengua sajona, lo que me dió las fuerzas para sacarme de dentro una espina mal clavada.

He de reconocer que aparte de protegerme por si las moscas mi actual atavío me sirve para ocultar mi faz ya que me siento avergonzado de ser tan incauto y confiado, por no llamarme directamente tonto del culo, pues avisado por mis experiencias anteriores debí hacer caso del tilín-tilín que me decía: Josep, que vas al matadero, que es época de matanza, y no te libras.

Mucho insistir en ver en riguroso v.o.s.e. (lo que equivale a un traslado a la capital) la última película de David Fincher, creído de lo que había leído en malditas críticas que ya tengo en la lista negra, para luego encontrarme, una vez más, con que el susodicho sigue sin haber encontrado sus tijeras, suponiendo que alguna vez las tuvo, que ya es mucho suponer: pero vayamos por partes, pues pese a la introducción dudo que haya ablandado voluntades y espero que las razones servirán para poner las cosas en su punto.

Maldiciendo una vez más al retitulador que ha transformado Gone Girl en Perdida y advirtiendo que hay algo más que similitud entre el póster promocional y el que se usó para la película de 2007 Gone Baby Gone (dirigida por Ben Affleck, de la que ya hablamos aquí) y sabiendo que Fincher está detrás del innecesario refrito de una serie televisiva deslumbrante (de la que hablamos aquí) y también de la reiterativa y desperdiciable copia de un thriller nórdico (que también tratamos aquí), llego a la conclusión que no tan sólo he tropezado varias veces sino que, además, en las últimas, ya era consciente de donde me iba a meter. La curiosidad mata al gato dicen, y al cinéfilo tonto, añado yo.

Fincher se basa en lo que parece haber sido un best-seller, o sea, un superventas, escrito por una tal Gillian Flyn que desde luego de tonta no debe tener un pelo porque es la que además se ha cuidado de escribir el guión literario basado en su novela. La escritora sin duda ha sabido seducir al director o quizás es que éste realmente ni siquiera se ha leído dos veces el guión y alguien se habrá cuidado de confeccionar el guión cinematográfico, porque los diálogos de la película dan verdadera pena, tan triviales y vulgares que no suscitan interés alguno por ningún personaje, dejados de la mano de los intérpretes que, esforzados, vienen a constituir el único aliciente de la pieza, sin merecer más galardones que la simple mención, tampoco vayamos a llamar a engaño a un nuevo incauto.

De las trampas y pifias del guión podemos hablar en otro momento con el peligro de desvelar partes de la trama que los charlatanes de turno han pretendido reconvertir en una cumbre más del thriller del siglo.

La historia discurre alrededor de todo lo que le ocurre a un hombre que, advertido por un vecino que tiene al gato doméstico fuera de casa, regresa y se encuentra al minino hambriento en el jardín y a la esposa ausente del hogar, con trazas de haber ocurrido algo violento en el salón, rota una mesa de cristal: llega la policía, su hermana, los suegros, los vecinos, el lío que se monta, y Fincher que deja pasar el rato hasta que uno, que no ve avanzar la acción, mira el reloj como suele y se percata ¡ay madre! que ya llevamos una hora y todavía no ha pasado nada inusual: sólo preparativos. Fincher, como ya me pasó con su aclamadísima Zodiac, vuelve a aburrirme y miro a mi alrededor buscando caras iluminadas por la tensión y no hallo ninguna.

A partir de la hora y pico parece que la cosa se anima un poco, pero en realidad no es sino hasta muy cerca de las dos horas cuando la trama empieza a tener giros interesantes, pero son tan tramposos, falsos, ilógicos, que uno, harto de que le tomen el pelo, ya no está por dejarse convencer por un director que necesita dos horas y media para explicar una historieta que hemos visto más interesante, mejor contada y mejor interpretadas en no pocas ocasiones antes.

Si me dicen que Fincher es el director apropiado para quienes no hayan visto nunca jamás una película en blanco y negro, les aplaudo la afirmación y no necesito mentar nombre alguno. Seguramente, quienes compraron masivamente la novela escrita por la tal Flynn no han leído nada publicado a mediados del pasado siglo en los U.S.A. pero se tragan toda la publicidad que les lanzan desde los medios de comunicación y propaganda masiva.

No hay nada sobresaliente en esta película de Fincher desde el punto de vista meramente cinematográfico. Ni representación visual que refuerce la psicología de los personajes, más allá de los primeros planos que soporta estoicamente Affleck y domina estupendamente su oponente Rosamund Pike (un acierto de casting que hay que reconocerle a Fincher, al apartar a Reese Witherspoon, que permanece como productora) ni ritmo adecuado a la trama que va contando, ya de por sí perezosa y pagada de sí misma, sin tener lo que hay que tener una vez terminado el rodaje: unas buenas tijeras para aligerar un trago indigesto que se alarga en exceso: un día presentan, si es el caso, la versión “uncut” y harán falta tres devedeses para contener todo el desvarío hueco de contenido: Fincher, de nuevo, se muestra encantado de haberse conocido, como esos invitados inesperados que dan la lata estropeando lo que a priori podría haber sido una velada entretenida, poco novedosa pero agradable.

La idea base, el esqueleto que sustenta toda la trama, no aporta novedades al género y se viene a erigir en una amalgama de tópicos que cualquier cinéfilo y más aún lector empedernido de novela negra se sabe al dedillo aunque al momento no sea capaz de señalar orígenes determinados, porque todos son elementos recurrentes: que haya un culpable, un falso culpable, una víctima, alguien con determinación criminal capaz de llegar al asesinato a sangre fría y unos policías que oscilan entre previsibles y estereotipados, no son, desde luego, motivos ni para ir al cine ni para leer una novela: lo importante, como siempre, es la forma, el modo.

Ya se ha convertido casi en una cuestión bizantina, sobada al extremo pero nunca desgastada, la convicción que es muy difícil ser original de las temáticas, porque siglos de cultura y la facilidad de acceso que ahora disponemos para conocerla nos sitúan en la tesitura de aceptar que son muy interesantes nuevas versiones de temas conocidos y que el calificativo de refrito no se debe aplicar en todos los casos, mal que hay piezas modélicas que malmeten cualquier mala copia.

En el caso que nos ocupa, Fincher, mandamás al fin y al cabo, en mi opinión debería haber sometido la arrogancia de la escritora Flynn y la hubiera debido plantar en la puerta de los guionistas, procurándose unos diálogos más apropiados y pertinentes para dibujar la psicología de los personajes que permanecen muy flojos en la pantalla sin acabar de obtener la empatía necesaria ni siquiera el desprecio, lo cual es todavía más fácil. Por no hablar de la estructura lógica de las situaciones, con huecos, agujeros o puntos de fuga que producirían carcajadas sino fuera porque el aburrimiento ya puede con todo y no hay, desde luego, punto de ironía en la presentación. Las formas, en este caso, no ayudan a sobrellevar la sensación que estás asistiendo a una función artificial y artificiosa de una historia que ya has visto en mejores condiciones.

Eso sí: no sé si hay que agradecérselo a Flynn, autora del estropicio o al director, que como siempre digo es el máximo responsable, pero he de reconocer que el final me dejó desorientado, ojiplático, tontorrón y creyente que incluso nos habían colado, sin aparentarlo, una historia contada en un largo -larguísimo- flashback, todo por una melena rubia reconocible...

En definitiva un tropezón más en mi relación de cinéfilo con David Fincher sin que en mi defensa pueda emitir alegato alguno porque ya iba avisado: procuraré enmendarme más por lo que me importa que por otra cosa, advertido como estoy que a pesar de que mis sensaciones son casi que exclusivas (hay cierto crítico estadounidense al que tampoco le gustó demasiado) ello no empece a que después de la pérdida lamentable de dos horas y media, alcance a comprender que ésta no es más que mi opinión, que dejo aquí escrita para recordatorio propio y como advertencia por si alguien, fiado de su coincidencia con mis gustos, decide buenamente ahorrarse el aburrimiento.







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