Nadie puede llamarse a engaño, porque ya en el mismo anuncio camuflado en el telediario (repetido en dos ediciones distintas, por lo menos) se afirmaba pomposamente que nada menos que 65.000 cuadros pintados al óleo se habían usado para confeccionar la película de animación titulada Loving Vincent dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman a alimón, para presentarnos una ficticia encuesta detectivesca encaminada a esclarecer las extrañas circunstancias de la muerte de Vincent Van Gogh del que hace apenas dos días se ha publicado en la prensa el hallazgo de un nuevo dibujo.
Basándose en un guión escrito por ambos directores con la ayuda de Jacek Dehnel y con el apoyo de diversas entidades públicas polacas se presenta ahora en nuestras pantallas una muestra de la reconocida capacidad polaca de producir interesantes películas de animación lejos del edulcorado Disney y de la violenta animación asiática, buscando la oportunidad de asentar un arte mezcla de cine y dibujo en el que la realidad se reviste de caracteres abstractos.
Cualquier cinéfilo que se precie sabrá que el cine no es ajeno a la figura del pintor holandés y que ya en 1948 Alain Resnais filmó un corto en el que se introducía en el mundo del artista basándose en buena parte de su más que extensa ingente producción pictórica.
Vistos los títulos de crédito y examinados con calma en imdb, resulta evidente que en esta coproducción entre Polonia y la Gran Bretaña debió haber una clara división de trabajos y uno juraría que la idea primigenia fue de Dorota Kobiela, no en vano figura también en diversos aparados artísticos y técnicos: se puede afirmar sin ambages que la idea de presentar al público de este siglo a Vincent Van Gogh a través de sus pinturas con la novedad de animarlas resulta afortunada porque si la personalidad de un pintor de categoría se trasluce en sus pinturas, efectivamente imitar su técnica y aprovechar su enorme fecundidad pictórica para reconstruir una trama con sus escenas es realmente una idea brillante.
El guión nos llevará por un camino de investigación relativa al súbito fallecimiento del pintor que a sus escasos 37 años todavía tenía mucho por pintar, dejando una incógnita relativa a donde hubiese podido llegar en su evolución artística, evidente a cualquiera que haya visto sus cuadros de diferentes años, porque en apenas ocho años de producción pictórica desenfrenada el uso de épocas artísticas queda descartado etimológicamene hablando.
La película se ha realizado en base a una previa rodada en la Gran Bretaña con actores, digitalizando sus interpetaciones e incorporándolas a escenas que intentan mimetizarse con diferentes pinturas de Vincent Van Gogh. Una técnica semejante, supongo, a la que se utilizó para la versión de Tintín que me encantó pero inexplicablemente rebajada de fotogramas por segundo, admitiendo como buenos apenas doce, cuando el mínimo ideal son veinticuatro: para mí, que soy poco amante del cine de animación a trompicones, no deja de ser un demérito. Comprendo que no es lo mismo usar 12 que veinticuatro fotogramas por segundo, pero la diferencia estética es abismal: con doce, la falta de continuidad se establece como bastión inexpugnable que guarda la irrealidad artificial.
De hecho los momentos en que el guión introduce las memorias del pasado acontecido se reflejan por ser pasajes sin colorear y mira por donde, me parecieron más bellos estéticamente que los coloreados, porque el modo de pintar de Van Gogh, que dibujar no sabía, al presentarse a medias revoluciones, refuerza excesivamente los trazos, aunque esto, desde luego, es opinión estética de quien suscribe: nunca he creído que el cine animado con menos fotogramas sea mejor que el dotado de mayor cantidad y no deja de ser triste que por una parte los mejores guiones carezcan de medios y los más flojos y ñoños se sustenten con una economía más potente: nunca he creído, porque se de buena tinta la importancia del presupuesto, que a tal o cual guión le beneficie un formato más pobre de recursos: eso es una falacia consentida y no es ninguna novedad: la fábula de la zorra y las uvas verdes tiene siglos, ya.
Todo ello no obsta a que Loving Vincent sea un producto a considerar, un experimento que dificilmente puede repetirse porque basado en la cantidad de pinturas de Van Gogh, que parecía documentar su existencia cotidiana con ellas, no será posible hallar otra excusa ni otro pintor con semejante características y desde luego el cine no se inventó para estas aventuras. Dorota Kobiela y Hugh Welchman, cada uno en su función respectiva, no destilan cinematografía auténtica buscando expresarse con la cámara: el segundo porque me temo se dedicó a dirigir a unos actores de carne y hueso antes una pantalla de croma y la primera porque tomó esas filmaciones y se dedicó a controlar su transformación a imitaciones de pinturas de Van Gogh en las que ligerísimas variaciones comportarían movimientos, acciones, acaso expresiones emulando las reales de los intérpretes que, luego, reforzaron su acción con la voz en el doblaje final.
El resultado es de una extraña belleza deudora de Van Gogh, pero, bien mirado, con una vez basta.
Lo que me dejó enganchado, literal y malditamente repetitivo, fue la versión de un clásico de mi juventud, Vincent, de Don Mclean, cantado por Lianne La Havas, joven cantante británica a la que no conocía de nada hasta los títulos de crédito finales. A ver si ahora, pasándolo a otros, me libro....
Hace mucho, mucho tiempo, cuando el televisor era en blanco y negro y estaba únicamente al alcance de las clases más adineradas, la mayoría de los ciudadanos se hallaba libre de las influencias de los medios de comunicación, a menos que se creyera todo lo que leía en los diarios y oía en la radio, aunque el tiempo destinado a tales menesteres no alcanzaba ni un diez por ciento del que ahora se dedica al omnipresente televisor.
Para evitar pues que la desinformación acabara comportando que el pensamiento fuera libre, se acostumbraba a ofrecer noticiarios filmados como aperitivos de las sesiones dobles de cine, aprovechando que todos estaban sentados y en silencio (y no como ahora, que parlotean como cotorras hasta que no aparece el / la protagonista y comen palomitas durante una hora, que las bolsas son enormes) y se hallaban pendientes de la pantalla.
Después, cuando esa práctica "informativa" cayó en desuso, se mantuvo la buena costumbre de ofrecer un cortometraje a modo de espera para el espectador que llegaba con tiempo de sobra antes de empezar la sesión.
Luego se inventó el espot publicitario y todo se fue al carajo.
La compañía Pixar tiene a bien ofrecer, en muchas ocasiones, un cortometraje como aperitivo a sus películas.
He hallado por la red dos: el primero fue el que antecedía a Wall-E y a fe que su calidad es un buen aperitivo: por si todavía queda quien no lo haya visto, ahí va el enlace:
Ayer se cumplieron cuarenta y tres años del fallecimiento de uno de esos hombres que, surgidos de la nada, alcanzó la cima es su profesión, ligada íntimamente al cine.
Con una biografía que no ha hecho más que crecer desde su fallecimiento, alimentando desde hace años ya toda clase de rumorología, la figura de Walt Disney permanece a los ojos de cualquier cinéfilo como mítica, al lado de los más grandes del Séptimo Arte.
Dejando de lado cuestiones tan bizantinas como su ascendencia originaria del almeriense pueblo de Mojácar, su supuesta criogenización y sus relaciones más o menos interesadas y confusas con Mr. Hoover y la tristemente célebre caza de brujas del Comité de Actividades Antiamericanas, lo cierto es que nadie con un mínimo de información puede negar que Walt Disney ocupa un lugar de honor en el Cine y particularmente en el cine de animación, con una evolución constante en la técnica que nos ha procurado a todos momentos de diversión, entretenimiento, risas y lágrimas.
No es desde luego un bloc de notas como éste el lugar más idóneo para presentar novedades respecto a la figura de Disney, pero sí se puede recordar al personaje insertando algunos de sus cortos más aclamados en los primeros años de una carrera de dimensiones inalcanzables para cualquier otro cineasta.
Estos fueron los tres primeros premios Oscar conseguidos por Disney:
Un buen inicio para alguien que produjo más de quinientas piezas para el cine, creando historias originales y adaptando clásicos de la literatura, consiguiendo muchísimos galardones y levantando de la nada un imperio que factura millones de dólares al año, aunque quizá la calidad de sus productos haya ido mermando en talento intrínseco con el paso del tiempo.
No estoy muy seguro que Walt Disney aprobara aventuras como la que ya se anuncia para el año que viene: El Aprendiz de Brujo
Por curiosidades de la vida, hoy hace justo un año que publiqué un comentario de la -entonces- última película surgida de la factoría Disney-Pixar.
Puede que tal curiosidad sea contemplada con una sonrisa irónica por algún mega ejecutivo de la industria del cine animado, pero es lo que hay.
Sigo siendo tan poco entendido en cine de animación como hace un año pero evidentemente, ello no me quita las ganas de escribir mis sensaciones.
El último producto de Pixar, que en España se presenta con su título inglés Up cuando hubiera sido mucho más adecuada su traducción por ¡Arriba!, (se conoce que el cuñado traductor estará de vacaciones; claro que lo podía haber empeorado...) demuestra, una vez más, que las gentes de la Pixar y más en concreto la pareja de co-directores Pete Docter yBob Peterson, que a su vez son coautores del guión, saben muy bien lo que tienen entre manos. Siguiendo un esquema parecido a la inmediata anterior, los primeros quince minutos se desarrollan casi en silencio, explicando de forma cinematográficamente impecable los avatares que la vida deparó al protagonista, un anciano Carl Fredricksen desde su infancia hasta su senectud.
Que se tenga que esperar a una película de animación para comprobar que todavía hay en Hollywood gentes que conocen el oficio de cineasta es una cuestión a debate. Docter y Peterson se valen de los recursos del cine clásico con una caligrafía sobresaliente para introducirnos en la psicología del personaje mientras vemos transcurrir su vida, consiguiendo emocionarnos, trabarnos un nudo en la garganta y excitar nuestro lacrimal, en una secuencia muy estudiada y trabajada que, no por menos pensada como artificio, deja de ser efectiva en grado superlativo.
A partir de ahí, la aventura se inicia, rebajando el tono imaginario y sustituyéndolo por una verborrea que en algún momento puede llegar a excesiva, porque el anciano se verá forzosamente acompañado por unos parlanchines, un niño de cuyos padres solo tendremos referencias y un perro que habla gracias a un collar. La cháchara de ambos hace gracia por momentos y por momentos también uno desearía hacer como el protagonista, que desenchufa su auricular electrónico para tener algo de paz.
No obstante el tono general adoptado para captar la atención del espectador más joven, entre líneas el adulto sigue leyendo otra película y ahí reside el mayor atractivo para el espectador que ha pagado la(s) entrada(s).
Por eso he titulado el comentario con la más apropiada traslación del original, con ese ¡Arriba! que en una sola palabra define el espíritu emprendedor y comprometido del anciano protagonista que, contra las adversidades, carga con los recuerdos de su vida anterior (metáfora del arrastre de la casa en el aire) hasta que consigue su objetivo, cumplir su promesa vital e iniciar una nueva vida.
La determinación ejemplar del protagonista es un modelo a seguir por el joven que le acompaña; la excusa del viaje, sin embargo, deja de lado la oportunidad de convertirse en iniciático, aspecto olvidado -cabe suponer que voluntariamente- en un guión que flojea en algunos aspectos formales y lógicos de escasa importancia para el niño espectador, pero que seguramente el adulto habrá observado, aunque su importancia no sea muy cabal, excepto la formulación de "un malo" que, bien mirado, no deja de ser una víctima inadaptada de una sociedad que le trató injustamente.
El tratamiento un tanto maniqueísta le quita en mi opinión puntos al resultado final, muy alejado del mensaje ecologista que el año pasado consiguió levantar polvaredas de la mayoría silenciosa ultra conservadora de los U.S.A.. esta película es mucho más acomodaticia y, desde luego, mucho menos poética, quedando este comentarista asombrado por la cantidad de comentarios que elevan por encima de Wall-E a Up, incluso reclamando a voces que le den el Oscar a la mejor película de 2009. Cierto es que las producciones de esta cosecha no han brillado por su valor, pero aun quedan unos cuantos meses, me parece.
Como sea, queda patente que los de Pixar saben tratar con respeto a la audiencia y saben ofrecer productos que contenten a infantes y adultos al mismo tiempo.
Ya he dicho que no soy ni mucho menos un conocedor del cine de animación: pero me la sensación que estos de Pixar saben dibujar mejor los objetos y animales que las personas; por ejemplo, el rostro adulto de Elie, la esposa de Fredricksen, sin haber visto más que tres películas de la factoría, resulta más que conocido. ¿Acaso no tienen dibujantes?. Puede que no tenga importancia para algunos, pero este comentarista ha visto muchas películas de Disney (de su época dorada) y me parece que eran de otro nivel. Superior. Por lo menos artística y técnicamente; de los guiones no hablamos, que sería muy largo. Y no me parece que la excusa del precio de incrementar fotogramas y calidad sea suficiente, atendida la existencia de unos aparatos llamados ordenadores que, aunque algunos no lo sepan, no siempre han existido.
En definitiva, los de Pixar han conseguido de nuevo sobresalir entre la mediocridad del cine hollywoodiense en lo que llevamos de temporada con un producto más que digno, provisto de un guión nada rompedor, alejado de riesgos políticamente incorrectos, que se puede recomendar sin temor a quedar mal con nadie.
Dando tumbos por ahí, buscando, escarbando en la red, he dado con una pequeña joya, algo que se me apareció de repente, cuando buscaba otro material.
En medio de productos de muy diversa calidad, fue una sorpresa agradable comprobar cómo de la mente de un joven sevillano, Francisco Antonio Peinado, con la colaboración muy estimable de un grupo de amigos, surge una historia muy bien ideada y mejor contada sirviéndose de las técnicas de la animación, confeccionando un cortometraje que, al documentarme, descubre mi supina ignorancia al respecto al tiempo que me deja más que asombrado, pasmado, por la colección de galardones que ha recogido en su corta andadura por festivales y certámenes:
Una historia muy intensa condensada en menos de diez minutos, un mensaje un tanto desolador, un grito, un alarido que pretende y consigue alertarnos contra la intransigencia y la violencia que suele llevar implícita.
No hay de momento el video en youtube ni en ningún alojamiento al uso -sólo un trailer que nos ahorraremos- pero sí puedo ofrecer dos enlaces a los que el curioso y atento lector podrá acudir para visionar el cortometraje:
Imprescindible para aficionados al cine de animación y para todos aquellos que piensan que de España no pueden salir productos de calidad, para salir de su error.
Hoy, 18 de noviembre de 2008, hace ochenta años que "nació" Mickey Mouse, probablemente el ratoncito más conocido y más dibujado de toda la historia cinematográfica
No he sido muy aficionado a acudir al cine para ver películas de animación, lo reconozco, por lo que el fenómeno Pixar me ha dejado un tanto indiferente hasta que he empezado a leer bitácoras que lo alababan y he alcanzado a ver justo Los Increíbles, por recomendación de Marcbranches, de modo que cuando comentó Faraway la última película de la factoría, me dije que esa sí la vería en el cine.
De modo que hoy, de hecho ayer, en lugar de practicar la buena costumbre de la siesta, me presenté en "mi" cine para asistir al estreno de WALL-E Ha sido una agradabilísima sorpresa constatar que, por causa de unos prejuicios ya olvidados, me he perdido una serie de productos de una factoría de sueños que sabe muy bien lo que tiene entre manos.
Como no soy ni mucho menos entendido, aún ahora me hallo en un mar de dudas acerca de si lo que he visto es una película de dibujos animados o de maquetas animadas, por decirlo de una forma que alguien tan ignorante como yo mismo pueda entender sin esfuerzo añadido a leer.
Pero tanto da; porque como siempre en el cine, lo que importa es el resultado final. Al parecer, según un vídeo en el que hablan dos de los animadores -españoles, por más señas-, la producción alcanzó varios años en su confección.
Wall-E es un robot con una apariencia que nos trae recuerdos cinéfilos: dos ojos -dos lentes, de hecho- muy expresivos que se dedican a buscar basura que empaqueta y apila construyendo al modo egipcio en vez de pirámides montones que semejan rascacielos modernos; su única compañía es una especie de cucaracha, hasta que un buen día descubre azorado el aterrizaje de un robot mucho más avanzado, fuerte y poderoso, que responderá al nombre de Eve.
Wall-E se cobija de frecuentes tormentas de arena en un lugar que ha convertido en refugio donde guarda cachivaches hallados en la basura que incansablemente apila; también ha recuperado una vieja cinta de vhs que reproduce: un pasaje de un añejo musical, donde se ve a una pareja de enamorados danzar.
Los guiños cinéfilos son constantes y numerosos, tanto en imaginería como en sonidos: dejaremos que cada quien los vaya descubriendo.
La primera media hora, no hablada, demuestra un dominio de la expresión cinematográfica apabullante: partiendo de la base que estamos en una película y aceptamos su lógica interna, aprenderemos que el pobre Wall-E es el último de cientos de robots idénticos a él que han ido pereciendo, constituyéndose en repuestos mecánicos de él mismo, que se auto-repara. Pero desprende un sentimiento de soledad impregnado de una dulce ingenuidad. Los sones que apenas emite nos remitirán a otro gran guiño cinéfilo incidiendo en la soledad en un mundo extraño, árido, lleno de escombros que Wall-E se dedica concienzudamente a recoger y apilar, en un sinsentido que remite a su función, su destino. ¿Será su destino apilar millones de escombros y desperdicios por la eternidad? El sentimiento de soledad y desolación impregnan la película, más cuando descubrimos que Wall-E está en el planeta Tierra, nuestro planeta, abandonado por sus habitantes al no poder resistir la ingente inmundicia que ellos mismos han provocado, emigrando al espacio exterior.
De pronto, de una inmensa nave descenderá Eve, un robot muy poderoso con formas ovaladas, suaves, en cuya existencia Wall-E verá el remedio a su soledad: almas casi gemelas, Eve es un mecanismo capaz de volar y fulminar con sus rayos cualquier cosa. Wall-E sabrá acercarse a Eve buscando compañía y comprensión en la soledad, hasta que le hará un obsequio que comportará un cambio enorme. Un cambio estructural y formal en la narración.
El lirismo que impregna la primera parte se verá sucedido por escenas de acción muy bien presentadas, con un dinamismo envidiable que hará las delicias del público infantil al tiempo que, en sus incesantes guiños cinéfilos y en el mensaje desolador que ofrece en el trasfondo hará meditar a los adultos.
En la decisión de no ofrecer ya más datos del argumento, baste apuntar:
Que la primera parte es espléndida y gustará mucho más a los adultos que a los infantes, pudiendo constituir con un final apropiado un corto memorable.
Que la dinámica prosecución, con la aparición de muchos más personajes, aún siendo un espectáculo fascinante, adolece de unos momentos de fácil sensiblería, bellos, pero demasiado edulcorados en comparación con el inicio; está claro que se destinan al público infantil (prácticamente inexistente en la sesión a la que asisto, excepto un par en las primeras filas, demasiado cerca de la pantalla, a mi gusto) y alterna emoción, belleza y apuntes románticos.
Que, en conjunto, para unos ojos inexpertos como los míos, es una maravilla el mundo cinematográfico que los de Pixar consiguen, con ambientes muy logrados y planos y secuencias asombrosos.
La conjunción de animación y efectos sonoros es merecedora de cualquier galardón y el guión (con muy pocas líneas habladas) en conjunto es brillante, con múltiples lecturas. No me sorprende que haya levantado ampollas en sectores derechistas de los papanatas de los U.S.A. tan proclives a rechazar la menor crítica al mundo occidental globalizado.
Vayan al cine a verla. Y vayan pronto, no apuren el reloj, o se perderán una propina anticipada de muchos quilates.
Empecemos con una declaración que nadie cree: nunca, hasta hoy, he visto las aventuras de la familia Simpson.
Naturalmente, sí he tenido conocimiento de su existencia, por comentarios en la prensa, y por haber visto algún que otro anuncio relativo a su emisión en la tele.
Por lo tanto, mis sensaciones frente a la película que acabo de ver estrenarse son las de un neófito, o, si se prefiere, de un ignorante total en lo que respecta a la famosísima familia mediática de ficción.
La película, con una duración de poco más de setenta y cinco minutos, nos presenta en forma de dibujos animados una familia compuesta de un padre con una mentalidad de niño egoísta, proclive a las gamberradas, sin respeto para los demás, mentiroso y despreciable, hasta que al final parece darse cuenta que debe cambiar de actitud; su sufrida esposa, inexplicablemente, le soporta; su hijo crece a imagen y semejanza del padre, aún reconociendo que, en ocasiones, quisiera un padre más atento y cariñoso y menos gamberro y metepatas; una hija con conciencia ecológica que descubre el amor por primera vez; y una bebé que, sin hablar, parece la más juiciosa de la familia, ya que el abuelo está majareta.
La historia que se presenta es algo lineal, adornada con algunas anécdotas y sucesos cabe que suponer típicos en las vivencias de la televisiva familia, que, al parecer, lleva ya más de quince años en antena.
A pesar de algunas puyas y chistes a costa de algún personaje conocido, este espectador ha quedado algo decepcionado, ya que esperaba un poco más de mordiente o, por decirlo en castizo, algo más de mala leche, probablemente por el desconocimiento e ignorancia de la idiosincrasia de la serie, o, quizás, porque, proviniendo de los U.S.A., en la película, claramente dirigida a todos los públicos, se haya edulcorado el potencial sarcasmo que, con unos personajes así, nada ejemplares, podría poner en tela de juicio muchos de los comportamientos que a diario vemos en nuestras relaciones sociales, siendo el tratamiento de lo contado un tanto superficial, con escasa ironía y poca profundidad, quedando el espectador novicio con la sensación que el humor es un tanto blanco, sobretodo después de las primeras escenas, prometedoras, entre un gato y un ratón astronautas.
De ese modo, si la pretensión de los autores es la de captar adeptos para la serie televisiva, quizá no hayan dado en el clavo; no obstante, la película técnicamente es muy correcta y su gramática cinematográfica también, por lo que, habida cuenta de la inteligencia de no alargarla mucho más allá de la hora y cuarto, entretiene, aunque no provoca demasiadas carcajadas y apenas alguna sonrisa cómplice.
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