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dilluns, 29 de setembre del 2025

De Ove a Otto



En 2015 se estrenó una película sueca titulada de original En man som heter Ove que recibió su correcta traducción como Un hombre llamado Ove, basada en una novela de Fredrik Backman que al parecer tuvo su éxito popular en Suecia. Relata los sucesos vitales de alguien que ha enviudado hace unos meses y que de propina el destino le coloca en una prejubilación no solicitada ni deseada, lo que produce un estado de ánimo propenso al suicidio, una situación que a priori podría situarnos en un género trágico pero que en manos de Hannes Holm -que actúa como guionista y director- e imagino que siguiendo el curso del ignoto original literario va tomando aires de comedia dramática gracias a la aparición de una serie de personajes que conviven con el protagonista en una misma urbanización con caracteres de comunidad de propietarios de viviendas unifamiliares, lo que acentúa la proximidad y confianza evidentes entre los vecinos.

La película se va convirtiendo paulatinamente en un canto a la vida gracias a la superación de habituales inconvenientes que trufan la existencia de la mayoría de los mortales y provocan la cercanía por solidaridad entre las buenas gentes y queda como un retrato más bien optimista de las relaciones humanas.

Servido por unos intérpretes que no son de primera fila pero hacen lo que pueden, fue la elegida por los suecos para representarles en los premios oscar de su año y por lo tanto fue vista por los miembros de la academia hollywoodiense.

Desde la perspectiva de un veterano aficionado al cine y en la libertad que se ejerce al comentar una película públicamente sin pretender nada más que ofrecer una visión claramente subjetiva en muchas ocasiones uno se topa con sorpresas porque el estúpido titulador español -porque de no ser estúpido será malvado, lo que es peor- ha colocado -una vez más- un título que llama a engaño y probablemente ahuyenta a determinados espectadores entre los que me encuentro.

Tom Hanks cumplió en 2021 sesenta y cinco años que es al parecer la edad de jubilación deseada por muchos mortales pero en el caso de Tom ello no tiene porqué ser así, siempre y cuando se vaya adaptando a los papeles que le permitan ejercer su oficio sin caer en el más espantoso de los ridículos y aunque ha cometido varios errores de bulto en la última década su búsqueda de personajes a interpretar con solvencia y lucimiento tuvo un momento de suerte cuando vió al impertérrito sueco Ove y se percató que tenía la edad y las posibilidades de trabajar muy a gusto exprimiendo a fondo unos detalles que al sueco se le escapan.

Así pues se encomendó a los buenos oficios como productora de su esposa Rita Wilson: adquirieron los derechos y se marcaron un remake en toda regla de un éxito europeo que nadie había visto en el gran mercado estadounidense, operación por otra parte habitual como todo cinéfilo sabe.

El único fallo del matrimonio fue no controlar al titulador español que no tuvo otra ocurrencia que traducir A man called Otto por El peor vecino del mundo, título que demuestra una vez más que ni siquiera se han preocupado de ver la película antes de acometer el desatino.

Hay que suponer que la contribución de David Magee como añadido en el departamento de guión y la elección de Marc Foster como director vienen de las intenciones del matrimonio Hanks & Wilson, porque aunque la mayoría de las situaciones son idénticas, su tratamiento es bien distinto y el ritmo conseguido en pantalla también es más eficaz en el remake estadounidense a pesar que nadie diría que el presupuesto de unos y otros sean muy dispares salvo, claro está, la sección de los emolumentos que, por otra parte, parecen justificados.

Tom Hanks se percató a la primera que el personaje de Ove era un caramelo para un actor de su condición, una oportunidad de lucirse trabajando a gusto porque en ése hombre afectado por una reciente viudez y una jubilación no querida hay muchos matices y complejidades que deben sacarse a la luz con delicadeza, sin estridencias, aflorando desde lo más hondo de su ser, una oportunidad para un actor en busca de un personaje desde hace tiempo, un trabajo que demuestra que, como le ocurrió a Paul Newman, los años ayudan a algunos intérpretes a desembarazarse de lo que aprendieron en las academias y, despojados de tics y vicios, rebanan su ser hasta coincidir con el momento que deben representar para que el espectador se emocione con un personaje creado desde un buen guión y un histrionismo controlado al cien por cien.

Muy bien llevado por la cámara dirigida por Marc Foster, Hanks se toma todo el tiempo del mundo para incorporar a un Otto que hallará su némesis redentora, salvífica y optimista en Marisol (Mariana Treviño, magnífica composición del personaje), una diminuta revolución vital adornada de una irresistible sonrisa que sin complejo alguno le perseguirá con propuestas y solicitudes que consolidarán una relación vecinal íntima que alejará la sensación de soledad e inutilidad que inicialmente embarga a Otto y que forzado por su ejemplar sentido de la solidaridad con sus semejantes deberá ceder y ejercer sus oficios de manitas capaz de arreglar muchas cosas, de chófer e incluso profesor de conducción de automóvil, de canguro y casi de abuelo, un sin parar de momentos que dejan evidente que Otto es más que un buen vecino, alguien a quien todos tienen algo que agradecer.

La vida de ése Otto está trufada de recuerdos que Marc Foster se cuida mucho de ofrecernos a través de flashback que no rompen en absoluto la narración y nos ayudan a entender mejor el personaje (representado en su juventud por un hijo de Tom Hanks: todo queda en casa) y su evolución, así como los diferentes momentos de la actualidad retratan su actitud frente a situaciones muy reales en la sociedad que probablemente requerirían un comportamiento como el mostrado sin alcanzar más allá que mero apunte porque la cinta está dedicada absolutamente a mostrarnos las complejidades de un ser humano muy normal, lo que no significa nunca sencillo.

Esas complejidades advertidas por Tom Hanks a la primera son las que le permiten ofrecer un trabajo interpretativo que probablemente sea el mejor que nos ha mostrado hasta ahora en una carrera larga y lo digo muy consciente que algunas voces se levantarían en contra de esta opinión que se basa en la enorme dificultad que tiene para un actor representar a un hombre común: un hombre que se resiste a ayudar a una vecina a purgar los radiadores porque el marido fue antaño un amigo con el que se disgustó tontamente, con el guarda un enfado infantil, una situación que cambia al pensar en ello detenidamente: pensar, sufrir, sentir, son emociones humanas que el actor debe interpretar y que no está dicha labor al alcance de cualquiera: la mirada, los micro gestos, la expresión corporal apenas insinuada, la composición de un personaje paso a paso, lentamente pero con seguridad y firmeza durante todos los minutos del metraje, es un trabajo que no suele ser aplaudido a menos que haya una exageración, un componente extraordinario: sólo los grandes intérpretes son capaces de elevar su arte por encima del resto afrontando la personificación de una persona normal, ordinaria.

A Tom Hanks le hurtaron sus compañeros de la academia hollywoodiense un galardón, pero la historia y la videoteca le dará su merecido honor.

No diría que es una película imperdible pero desde luego la actuación de Tom Hanks es motivo suficiente para verla (en v.o.s.e., por supuesto) y desde luego es mucho mejor de lo que presupone un título español que pasa a la historia de los despropósitos.

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dilluns, 25 de gener del 2021

G.A. (12)







Nacida el año 1915 en Estocolmo, Suecia, Ingrid Bergman prácticamente no llegó a competir en el olimpo de las actrices con su paisana Greta, sólo diez años mayor que ella, porque ésta se jubiló anticipadamente sustrayéndonos la gozosa posibilidad de contemplarlas a ambas trabajando.

Porque además de gozar de una belleza natural cautivadora, Ingrid Bergman siempre fue una actriz dedicada a su profesión, que se tomó muy en serio y de ello hay 54 películas que pueden dar fe.

Es posible que para las nuevas generaciones de cinéfilos su nombre se vea atado principalmente a la mítica -por diversas razones- Casablanca en la que concentra todas las miradas y no tan sólo las de Rick, pero a poco que hagamos memoria nos vienen de inmediato varias de sus películas, todas muy interesantes y siempre beneficiadas de su presencia.

En este bloc de notas cinéfilas nos hemos referido por ejemplo a su estupendo trabajo en dos comedias de enredo románticas cuales son Indiscreet (Indiscreta, 1958) en la que su compañero es Cary Grant y Cactus flower (Flor de Cactus, 1969) en la que le dá réplica Walter Matthau y hace unos meses, el verano pasado, comentábamos su espléndida actuación en Gaslight (Luz que agoniza, 1945) salvando una versión que sin su presencia perdería buena parte de su atractivo.

El otro día, repasando el historial del bueno de Sidney Lumet -que ha aparecido por aquí recientemente por diversas causas- me percato que tengo por ahí en mi estantería cinéfila su versión de la novela de Agatha Christie Murder on the Orient Express que como es natural estaba aguardando que la viese en su versión original pues ya en su momento, hace casi cincuenta años, la vi doblada al castellano y, la verdad, después de haber visto y comentado la versión -por decir algo- de Branagh, me apetecía recuperarla.

La película de Lumet tiene un par de puntos a reseñar, ni que sea de pasada: una muestra de histrionismo desenfrenado, casi paródico en su extremismo gestual y de vocalización por parte del protagonista Albert Finney (que no me gustó en la versión doblada y tampoco en la original, aunque se aprecia mejor el esfuerzo) y una sorpresa en la versión original, que consiste en la más que memorable actuación de Ingrid Bergman en menos de cinco minutos, dando un recital de expresiones y vocalización llevadas a un punto que a quienes no hayan visto la película les puede parecer inadecuado, pero que, a la postre, resulta pluscuamperfecto.

Señoras y señores, con ustedes, La Bergman:



Cuando estaba revisando la película, por fin en v.o.s.e., me quedé de una pieza al comprobar cómo el maldito Sidney Lumet, una vez más, no cerraba plano y mantenía el foco sobre la insigne Bergman.

Luego, buscando, me topé con un comentario del avieso director:

"Since her part was so small, I decided to film her one big scene, where she talks for almost five minutes, straight, all in one long take. A lot of actresses would have hesitated over that. She loved the idea and made the most of it. She ran the gamut of emotions. I’ve never seen anything like it."

Que viene a ser, más o menos:

"Como su papel era tan pequeño, decidí filmarla en una gran escena, en la que habla durante casi cinco minutos seguidos, todo en una sola larga toma. Muchas actrices habrían dudado al respecto. Le encantó la idea y la aprovechó al máximo. Ella recorrió toda la gama de emociones. Nunca había visto nada igual."

Le dieron su tercer y último premio Oscar, esta vez como mejor actriz secundaria.

Por cierto: Ingrid no quería intervenir en la película y para no desairar a Sidney Lumet, accedió con la condición de ejecutar el papel más corto, con menos líneas de guión, con menos escenas. ¡Ufff!

Imagino que la Bacall, una vez más, la maldijo en secreto.

Pero a mí me encanta esa escena.



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dilluns, 28 de febrer del 2011

G.A. (11)





Nacido en 1924 en Italia, Marcello Mastroianni fue uno de los actores más conocidos de una generación de intérpretes en la que destacar era sumamente difícil porque cuando eclosionaron, a mediados del siglo pasado, era tal la acumulación de talentos tanto masculinos como femeninos que se requeriría un estudio concienzudo para averiguar el origen de dicha feliz circunstancia; feliz para los espectadores, que disfrutaron y siguen disfrutando de dichos talentos, y feliz para los propios intérpretes y para los directores a cuyo servicio estuvieron, con el resultado de películas inolvidables.

Desde muy joven Mastroianni tuvo la vocación de ser actor y por mucho que luego en el cénit de su fama lo negara y le quitara importancia, el trabajo de actor no tan sólo le satisfacía sino que, además, le motivaba de una forma especial, afrontando cada personaje con un estilo muy bien definido aplicando la antiquísima tradición de la Comedia del Arte con una moderación calculada en la gestualidad cuando así lo requería el personaje.

La legendaria y eufemística pereza de Mastroianni, como queriendo restar esfuerzos y méritos a su trabajo, oculta que estuvo casi tres años apreniendo el oficio y que luego, cuando ya había conseguido los primeros papelitos en el cine, después de largas sesiones como figurante o extra, no dudó en ponerse sobre las tablas, eso sí: a las órdenes de Visconti, para intervenir en piezas tales como A vuestro gusto, de Shakespeare, o Un tranvía llamado deseo, de Williams, en la que coincidió con un tal Vittorio Gassman como protagonista. No me puedo ni imaginar cómo serían esas funciones.

Pronto tendría la suerte de cruzarse en el camino de un tal Fellini del que se convirtió en una especie de alter ego y el salto a la fama fue inmediato.

Afortunadamente, el supuestamente vago Mastroianni se tomó muy en serio su trabajo y poco a poco mejorando su arte se convirtió en casi que imprescindible para casi todos los grandes directores italianos del siglo pasado; su seducción natural, nada forzada, conquistó no pocos corazones dentro y fuera de la pantalla y podría decirse que cualquier actriz del siglo pasado se sentía orgullosa y contenta de tener la oportunidad de compartir escena con el bello Marcello, aunque su íntima amiga Sophia Loren es la que en más ocasiones trabajó con Mastroianni y, además, en varias de ellas, a las órdenes de otro genio italiano, Vittorio De Sica, como, por ejemplo, en Matrimonio all'italiana, basada en la célebre pieza teatral Filumena Marturano de Eduardo de Filippo.

Claro que la pareja Loren-Mastroianni, bien mirado, daría para una entrada especial dedicada a ambos y a su espléndida y longeva buena relación


A lo largo de toda su carrera Mastroianni demostró ser capaz de afrontar con enorme capacidad, elegancia, solidez y eficacia cualquier tipo de carácter que se le ofreciera, desde el seductor más caradura al hombre apocado y dominado por sentimientos internos dolorosos, siempre enamorando la cámara, haciendo de su innegable fotogenia no un fin sino un medio para conseguir trascender la pantalla y emocionar al patio de butacas mediante un inmenso repertorio de gestos tan pronto apenas insinuados como de repente explosivos, siempre acertados milimétricamente: uno de los más grandes actores del siglo pasado, capaz de elevar la nota de cualquier película en la que intervino, dotado de una naturalidad desarmante y una sonrisa embrujada.

Mastroianni se convirtió por derecho propio en uno de los actores italianos más cotizados y nunca quiso atender los cantos de sirena que le llamaban desde el otro lado del Atlántico, prefiriendo Europa, donde su colección de premios recibidos es impresionante a lo largo de una extensa carrera de más de cincuenta años y casi ciento cincuenta películas en su haber, no todas excelentes, pero algunas absolutamente imperdibles, una muestra del buen hacer de un actor que supo conseguir tanto en pantalla como detrás de ella la estimación de todos los que coincidieron alguna vez con él en una película, aunque vinieran de muy lejos.









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divendres, 7 de gener del 2011

G.A. (10)



Decidirse a llamar la atención de los amables lectores sobre las virtudes de algún intérprete de renombre es en ocasiones una tarea ardua porque uno, dubitativo e inseguro, no acaba de inclinarse por ninguna de las muchísimas oportunidades que pueden hallarse cuando ha decidido detenerse por unos instantes y dedicar unas líneas a uno de esos monstruos sagrados del cine.

Nacer en una familia de raigambre aunque sea rozando además la aristocracia no es, como sabemos todos, ninguna ventaja a la hora de situarse delante de una cámara y, adoptando de forma inteligente la personalidad ajena de un personaje de ficción, desarrollar un trabajo que sea merecedor de elogio.

Nacer en el seno de una familia liberal cuando el término casi estaba por inventar, allá por el año 1907, y siendo mujer, no era circunstancia nada frecuente: que se le permita a la chiquilla desarrollar todo su extraño talento y crecer culturalmente con una cierta independencia insolente, ya es una base para lo que luego sucederá.

Lo que pasará será que la niña, Katharine Houghton Hepburn, dotada de un cuerpo atlético y bien formado, una altura por encima de la media en su época y su sexo, unas facciones basadas en un cráneo que diríase cincelado por Leonardo y un cerebro muy bien amueblado, acabará por decidirse a ser artista y, dotada de un talento excepcional, acabará sus días casi centenaria, en 2003, aclamada como una de las más grandes actrices que la cinematografía ha conocido, capaz de afrontar sin miedo y con extrema solvencia tanto la comedia más alocada y brillante como las tragedias clásicas y el drama más punzante y sofisticado, obteniendo nada menos que cuatro Oscar como intérprete principal de doce nominaciones.

Precisamente, uno de los Oscar lo ganó por su trabajo con su compañero Spencer Tracy en la que fue su última película juntos, que ya recordamos en la anterior entrada en esta mini-sección.

Así que, evidentemente, hay mucho donde escoger, porque la grandísima Katharine Hepburn nos dejó muchas horas de goce al verla trabajar; nos detendremos, si os place, en la interpretación que realizó en 1959 a las órdenes de Mankiewicz en la película que ya comentamos hace tiempo, Suddenly, Last Summer, donde Kate consigue encandilarnos al dar voz y cuerpo a la viperina Violet Venable (1) en la que, todavía, hoy, podemos considerar una actuación modélica (2).





p.d.: (Otro día nos ocuparemos de sus compañeros de rodaje)



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divendres, 9 d’abril del 2010

G.A. (9)



Nacido hace ahora ciento diez años en Milwaukee, Winconsin el seno de una familia de raíces irlandesas, el padre vendedor de camiones, católico, y la madre, nacida protestante pero conversa a la Iglesia de la Ciencia Cristiana (una de tantas en los Estados Unidos), el joven Spencer Bonaventure Tracy carecía de antecedentes familiares que le impulsaran a una vocación artística.

Con dieciséis años cumplidos se encontró como compañero de escuela a Pat O'Brien y ambos, al año siguiente, 1917, se enrolaron en el ejército interviniendo en la llamada Primera Guerra Mundial.

Por suerte, el joven que luego se haría famoso permanecería en los astilleros navales durante toda la guerra, trabajando en labores más propias de obrero que de soldado en la base naval de Norfolk.

Terminada que fue la contienda, en 1921 Spencer Tracy inició sus estudios de interpretación.

No fue hasta nueve años más tarde que, trabajando en una obra de teatro en Broadway, Spencer tuvo la inmensa suerte de ser visto por John Ford, quien no dudó un instante en ofrecerle un papel en su película Up The River, donde coincidió con otro novato, un tal Humphrey Bogart. Tracy había intervenido en tres cortometrajes, y desde luego, estrenarse en un largometraje de John Ford, no está al alcance de cualquiera.

La carrera cinematográfica de Spencer Tracy abarca más de setenta títulos rodados entre 1930 y 1967, lo cual es un magnífico promedio, máxime cuando contiene verdaderas joyas de la cinematografía estadounidense del pasado siglo.

Su forma de trabajar, siempre eficaz y aparentemente sencilla, huyendo de histrionismos llamativos, dota de una fuerza y naturalidad a todos los personajes que incorporó a las órdenes de los grandes directores de su época, confiados siempre en la solvencia de Spencer Tracy: sin ser un apuesto galán, su forma de moverse y de actuar conseguía llenar la pantalla y dotar de autenticidad a los personajes y la fiablidad de su trabajo, sin errores, le hizo merecedor del aprecio de los profesionales del medio y de los espectadores que podían muy fácilmente sentirse identificados con aquel tipo de casi metro ochenta que fue envejeciendo con una dignidad asombrosa, tanto si se trataba de representar tipos duros de roer como de hombres profundamente enamorados: es decir, que Spencer Tracy supo lidiar con toda clase de tipos, tanto en la comedia romántica, el cine de aventuras o el cine más serio dramáticamente hablando.

El público le adoraba y sus compañeros de viaje también; nominado en nueve ocasiones al premio Oscar al mejor actor, consiguió la estatuilla en dos ocasiones.

Resulta muy difícil decidirse por una sola de sus actuaciones, pero me he inclinado por ofrecer la que fue su representación póstuma: su última nominación al mejor actor del año por su trabajo en una película que ya se comentó aquí :

Aunque puede que no sea su mejor actuación, creo que verla es todo un homenaje a su larga y fecunda carrera que tan buenos momentos nos deparó:

Vean, si les place, el monólogo de Spencer Tracy en: Guess Who's Coming to Dinner




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dimecres, 10 de març del 2010

G.A. (8)




Poco podía imaginar el vendedor ambulante de carbonato de calcio Mr. Brando que las aficiones artísticas de su esposa Dorothy calaran tan hondo en su primer hijo varón al que dio su mismo nombre: siguiendo la estela marcada por su hermana mayor, Jocelyn, el joven Marlon Brando se inició desde muy temprana edad en las artes escénicas del teatro de aficionados y siguiendo a su hermana abandonó la Nebraska natal encaminando sus pasos a Nueva York, donde recibió clases de la famosa Stella Adler que impartía lecciones basadas en el célebre método de Konstantin Stanislavski.

Marlon Brando, contra lo que se suele pensar -y escribir- nunca fue alumno del Actor's Studio ni falta que le hizo: de su aprendizaje con Stella Adler aprovechó a conciencia las interesantes ideas y consejos y los asimiló a su propia forma de entender la interpretación.

Con apenas veinte años, debutó en 1944 en las tablas escénicas de Broadway obteniendo notable éxito con la pieza I Remember Mama, al que siguieron algunos más que confirmaron la potencia expresiva del joven Marlon.

Como es natural, la industria del cine no pudo sustraerse al fenómeno de las tablas y le sedujo totalmente, al punto que prácticamente abandonó el fatigoso trabajo en directo, por desgracia para los neoyorquinos de la época y por suerte para los cinéfilos.

Para este comentarista, el valor de Marlon Brando como actor queda fijado no en su célebre actuación como Stanley Kowalski en la obra de Tennessee Williams, sino en la fuerza que otorga al carácter de Marco Antonio en la película Julio César, traslación de la obra de Shakespeare gracias al talento de Mankiewicz, donde Brando descolla entre un elenco de primerísimas figuras de la época gracias a este monólogo arrebatador del populacho frente al cadáver de César asesinado:






(Eso es un mitin y no lo que vemos en la tele...)


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dilluns, 1 de febrer del 2010

G.A. (7)





Cuando era poco más que un adolescente tuve la fortuna de poder leer diversas novelas de los clásicos galos: todavía recuerdo la impresión que me causó El Jorobado de Nôtre Dame de Victor Hugo, con la espléndida belleza y sensualidad de la zíngara Esmeralda y el complejo personaje de Cuasimodo, el protagonista que da título con su deformidad a tan entrañable historia.

Mi padre siempre me hablaba de la película que hizo en los años veinte Lon Chaney, llamado El Hombre de las Mil Caras por sus múltiples caracterizaciones y maquillajes, pero cuando pude ver en la televisión la película que en 1939 realizó William Dieterle (sí: antes, en la tele, ofrecían cine del bueno) quedé absolutamente maravillado por el trabajo de Charles Laughton, grandísimo actor británico que no dudó en afrontar un duro rodaje sometiéndose a una caracterización que dificultaba su trabajo.

No podía faltar en esta mini sección el gran Charles Laughton y me ha parecido que su interpretación de Cuasimodo en The Hunchback of Notre Dame (1939), probablemente poco conocida para el cinéfilo joven, resultaría interesante.

Reseñar las grandes cualidades como actor de Laughton no representa ninguna novedad y poco puedo aportar que todos no sepan ya.

Pero quizás sí puedo descubrir un dato que hasta hace bien poco ignoraba y que me complace compartir, por si acaso el amable lector se halle en la misma situación:

En 1948, Charles Laughton participó en una película sumamente curiosa: nueve episodios, dirigidos por distintos directores conforman un relato de la decisión de un periodista, Oliver, que, impulsado por su esposa Martha, busca una serie de historias con un denominador común: la influencia de un chiquillo en las vidas de los entrevistados.

La película se tituló On Our merry way (Una Encuesta llamada Milagro) 1948 y la parte interpretada por Laughton -que ya era una estrella- desapareció en la mesa de montaje: eliminada totalmente.

Parece que, años más tarde, se recuperó esa escena y que aparece en el dvd publicado en España: no puedo decir más, ya que no he visto esa película. Puede que la especialista Gloria, si lo desea, amplíe la información.

Pero para el que quiera, aquí está la participación de Laughton que en su momento no apareció en la gran pantalla, dividida en tres partes:

Parte 1

Parte 2

Parte 3


Hay cosas que uno nunca llegará a entender.....



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divendres, 8 de gener del 2010

G.A. (6)




Hay en la historia de la cinematografía personajes inabarcables: no son muchos, pero los que suscitan casi siempre unanimidad en la cinefilia más adicta ceden la preeminencia en aquel chiquillo hijo de padre inventor y madre pianista que nació el seis de mayo de 1915 en el pueblo de Kenosha del frío estado de Wisconsin y falleció dejando muchas ideas por realizar setenta años después, en la soleada California, justo en el Hollywood que tantos disgustos le dio en vida, incapaz la industria de entender a un visionario, un revolucionario del séptimo arte, fagocitador de cualquier idea buena que avistaba para retorcerla y mejorarla casándola con las suyas propias.

Dotado de una recia estatura, un corpachón que se fue haciendo cada vez más grande, fruto de su afición a la buena mesa y los buenos caldos, sus penetrantes y expresivos ojos, su nariz acostumbradamente maquillada y falsificada y una voz única, su cerebro privilegiado que le convirtió desde muy mozo en un genio, hizo que sus trabajos como actor resulten endiabladamente atractivos y consigan emocionar al espectador incluso en las ocasiones en que, falto de dinero para invertir en sus ideas propias, prestaba su arte eterno a películas de otros.

Si Orson Welles hubiera aplicado su genialidad a los negocios, ahora no podríamos disfrutar de actuaciones como la que ofrece en Compulsion, rodada en el año 1959, cuyo comentario se publicó aquí hace tiempo.

Ignoro si algún comentarista del momento alcanzó a ver la película, siguiendo mi recomendación, pero, en cualquier caso, supongo que estará conmigo en que la que sigue es una actuación extraordinaria, merecedora de aparecer en esta sección:







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divendres, 11 de desembre del 2009

G.A. (5)



Según contaba él mismo en su última entrevista del año 1999, uno antes de su defunción, Vittorio Gassman, nacido cerca de Génova en 1922, cuando era un niño sentía la vocación de ser escritor.

Su madre le convenció para acudir a una academia de teatro y allí el joven Vittorio descubrió la que sería su pasión, su vida, su verdadero amor.

Dotado de una figura imponente, atlético, musculado y mucho más alto que el resto de sus compañeros de la Comedia del Arte, Vittorio pronto despuntó como actor principal: no podía pasar desapercibido por su estatura y menos aun por su portentosa voz y el innato dominio que de la misma tenía, aplicándose además en superarse día tras día, en un afán perfeccionista que acabó impulsándole a crear una muy prestigiosa academia para actores.

De hecho, Vittorio Gassman siempre se consideró a sí mismo como actor de teatro, asegurando que sus facciones angulosas y duras no le permitían triunfar en el cine, contemplando sus muchas incursiones cinematográficas como medio para recolectar fondos cuyo destino era el teatro.

Su versatilidad y capacidad de incorporar toda clase de caracteres es ya legendaria y puedo dar fe que su presencia en un escenario imponía, pues tuve la gran suerte de asistir a unos monólogos que representó en el Teatre Grec de Barcelona hace ya muchos años.

De dicha versatilidad queda por suerte constancia cinematográfica, ya que con su amigo Dino Risi como director participó en la película I Mostri de la que, como prueba de la valía del que seguramente fue el mejor actor italiano del pasado siglo, pueden disfrutarse algunos de los fragmentos, narraciones cortas independientes que conforman un fresco de la Italia de aquella lejana época.

He elegido -tras muchas dudas- cuatro de ellos, en los que se puede observar tanto la depurada técnica vocal de Gassman como la exhibición del superlativo control corporal y del gesto: fíjense especialmente en manos y pies.


I Mostri - La Musa


I Mostri - La Raccomandazione


I Mostri - I Due Orfanelli


I Mostri - Il Testamento di Francesco


Once años más tarde, Gassman, de nuevo bajo las órdenes de Risi, dió un verdadero recital en :
Profumo di donna





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divendres, 23 d’octubre del 2009

G.A. (4)



Nacida en abril de 1908 en Massachusetts, Ruth Elisabeth Davis fue una mujer que compensó el escaso metro sesenta que medía con una voluntad férrea para conseguir aquello que deseaba: ser actriz; pero no una actriz cualquiera: ser una gran actriz.

Desde muy jovencita se formó en diversas academias de interpretación; curiosamente, fue rechazada por Eva Le Gallienne , que probablemente el resto de su vida se lamentó de tamaño error.

Porque la joven, que tomó el nombre artístico de Bette Davis, no tardó en debutar en el off-Broadway con apenas quince años, y en 1929 se presentó ya en los escenarios de Broadway. De allí partió en 1930 hacia Hollywood, contratada por los sagaces cazatalentos de la Universal y al año siguiente, 1931, empezó la que sería una larguísima carrera cinematográfica que cuenta con más de un centenar de títulos en su haber, muchos de ellos verdaderamente inolvidables para cualquier cinéfilo.

Bette Davis consiguió ser nominada al Oscar nada menos que en diecinueve ocasiones, alzándose con dos estatuillas doradas en 1936 y 1939. Un envidiable palmarés.

Tengo para mí que si no le otorgaron más estatuillas fue debido a los pocos amigos que pudo mantener a lo largo de sus cincuenta y ocho años de carrera, falleciendo en 1989.

Sin ser una belleza canónica, destacaba por una buena figura pero sobre todo por unas dotes interpretativas que convergen en sus hipnóticos ojos, capaces de expresar sentimientos como ninguna otra actriz ha podido imitar.

Su dominio del melodrama fue total; los personajes que abordó solían ser mujeres de una extraordinaria fuerza, hasta el extremo que yo mismo, disfrutando de tantas películas protagonizadas por Bette en la televisión de mi juventud, caí en la confusión de aborrecer a la actriz por la acostumbrada maldad majestuosamente enérgica con que Bette Davis revestía esos caracteres imborrables del Cine con mayúsculas.

Es ponerse uno a buscar vídeos de películas de Bette Davis y quedarse irremediablemente enganchado a la pantalla, porque tantos años después de su fallecimiento, revisando alguna que otra obra irrepetible, uno tiene la sensación que la técnica interpretativa de Bette Davis, una extraordinaria normalidad adornada con un magnetismo que llena la pantalla, no ha pasado en absoluto de moda, manteniéndose vigente la fascinación que despertó en las salas de cine del mundo entero, repletas de admiradores que acudían a "ver una de la Davis".

Veámosla en un retazo de una interpretación antológica, a mi entender merecedora del Oscar, aunque otros no pensaron igual:


The Little Foxes (1941)



plus:


Curiosamente, en 1981, cuando ya Bette Davis era una anciana, pudo disfrutar de un homenaje en forma de canción que obtuvo gran fama, titulada, precisamente, Bette Davis Eyes





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divendres, 11 de setembre del 2009

G.A. (3)



En esta sección dedicada a las grandes actuaciones no puede en modo alguno representar ninguna sorpresa que aparezca en ella el que, en mi humilde opinión, fue el más grande intérprete del siglo pasado.

El británico (no podía ser de otro lugar, está claro) Sir Laurence Olivier constituye, todavía hoy, un clarísimo caso de genialidad aplicada a una vocación, más que a una profesión.

Conocidísima su fama como actor shakesperiano en una Inglaterra provista de grandísimos actores, su cualificación como número uno de todos ellos no fue una cuestión de mercadotecnia, como podría muy bien ocurrir en nuestros días.

Sin ir más lejos, el también muy renombrado Sir Ralph Richardson, afirmaba sin ninguna falta modestia que la capacidad histriónica de Olivier estaba muy por encima de cualquiera de sus coetáneos.

Por ejemplo, su aclamada interpretación de Otelo, en la que se inventó un acento para dar más carácter al personaje creado por el Bardo, es alabada por Richardson asegurando que tan sólo Olivier era capaz de declamar el texto imprimiéndole una fuerza semejante, una capacidad de expresar un ánimo airado movido por el demonio de los celos

Resulta injusto considerar a Olivier tan solo (que ironía) como un modélico y excelentísimo intérprete de la obra shakesperiana.

Olivier trabajó mucho en el cine, por suerte para los amantes de las buenas interpretaciones. Desde que trabajó con Wyler en Cumbres Borrascosas, aprendió a domeñar sus instintos teatrales y nos ofreció más que remarcables inolvidables interpretaciones en películas de todo tipo.

Mi admiración por Olivier me llevaría a insertar muchísimos vídeos, pero me contentaré con uno solo, que demuestra que el gran Laurence Olivier albergaba una versatilidad inalcanzable para el resto de los humanos.

Es probable que los amigos lectores que además suelen dejar comentarios, hayan visto la película, pero sin duda pocos se acordarían de ella sin este recordatorio, porque su visión no es frecuente ni mucho menos en la televisión. Ahí la descubrí yo hace muchos años:

The entertainer


En mi opinión, cualquier escuela de interpretación debería tener una asignatura llamada, simplemente, Larry.




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dimecres, 5 d’agost del 2009

G.A. (2)





Poco podía pensar el oficial británico Ernest Hartley, destinado en Darjeeling, India, que su hermosa niñita, nacida en aquel lejano destino en 1913, alcanzaría fama y renombre por sus sobresalientes cualidades como actriz.

Con apenas tres añitos, Vivian Mary Hartley debutó en el grupo de teatro aficionado que su madre, Gertrude Robinson, había organizado, cabe suponer que para distraer momentos de abulia en el exótico país en que las obligaciones castrenses de su marido le habían llevado a vivir.

Gertrude se cuidó mucho que la pequeña creciera con la compañía de clásicos ingleses como Lewis Carroll y Rudyard Kipling, y tan pronto como la niña alcanzó edad suficiente la enviaron a un internado, el Convento del Sagrado Corazón, donde, casualidades de la vida, su mejor amiga fue la que luego conoceríamos com Maureen O'Sullivan, cuyas películas de Tarzán la protagonista de hoy devoraría, ilusionada también por ser actriz.

Quiso la fortuna de todos nosotros, cinéfilos, que sus padres le permitieran entrar en la Real Academia de Arte Dramático en Londres, y de ahí, sin duda, le vinieron a la que luego conoceríamos todos como Vivien Leigh los buenos oficios teatrales que rindieron a sus pies a Laurence Olivier, con quien estuvo casada veinte años.

Todavía habrá en Londres alguna persona que podría contar sus impresiones después de haber visto a Vivien Leigh en el escenario, pues trabajó muchísimo en el teatro, justo allí donde no hay trampa ni cartón, ni repetición que valga, donde una actriz debe comerse la platea entera de primero y el anfiteatro de postre.

Quienes como este comentarista no tuvieron ni siquiera la posibilidad de disfrutar el arte de Vivien en directo, bien podemos agradecer la perdurabilidad del celuloide que nos permite, hoy, disfrutar de actuaciones magistrales como la que sigue:

Vivien Leigh, acompañada de Karl Malden:

(A street car named Desire, 1951)





Pensar que falleció a los 53 años ¡de tuberculosis! dejándonos huérfanos de su arte en plena madurez, es constatar, una vez más, que la parca tiene mucho de cinéfila (y de avara).




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divendres, 10 de juliol del 2009

G.A. (1)


Renovarse o morir, dicen.

Celebrando el inicio del tercer año de este bloc de notas, introduciré una nueva sección en la que me dedicaré a mostrar trabajos interpretativos que en mi opinión merezcan ser recordados, mediante la inserción de vídeos
-con el permiso de youtube- en los que podamos disfrutar de momentos memorables de intérpretes que pueden resultar desconocidos a los actuales cinéfilos, en buena parte por su ausencia en los medios audiovisuales actuales.

El cinéfilo veterano tendrá la oportunidad de refrescar su memoria y si alguien con intención piensa que las comparaciones son odiosas, no puedo más que anticiparme en darle la razón: son odiosas, sobre todo para algunos que cobran una millonada simplemente por mostrar el careto.

La llamaré G.A., acrónimo de Grandes Actuaciones.

Y para empezar, qué mejor que mostrar el trabajo excelente de un actor nacido en la Gran Bretaña y que, pese a una carrera cinematográfica superlativa, nunca recibió un Oscar por ninguna de sus interpretaciones.

Un actor grande entre los grandes, que no pasó por escuela ni academia alguna: lo mucho que supo lo aprendió trabajando muy duro desde jovencito; seguramente albergando en su interior un diamante en bruto de muchísimos quilates, lo fue puliendo con los años y este comentarista no puede menos que elucubrar a qué nivel hubiera llegado si se hubieran cruzado en su vida, en el momento oportuno, buenos maestros de la interpretación que sin duda hubieran incrementado hasta extremos insospechables las innatas y geniales dotes del sujeto, poseedor, como veremos, de un reloj interno ajustadísimo a la réplica y de un lenguaje corporal irresistible.

Archibald Alexander Leach, más conocido como Cary Grant, acompañado como casi siempre por un elenco que quita el hipo, demuestra que la naturalidad apabullante de su extraordinario trabajo era un don y un saber estar al alcance sólo de los elegidos.

De la escena que sigue, no puedo menos que recordar un comentario -no diría si leído u oído en algún programa de Garci- que resulta certero: Cary mira a su oponente en escena, Jimmy, sabedor que será a este a quien le darán el Oscar, porque desde siempre simular un estado digamos que "anormal" ha gozado de las mayores simpatías de los miembros de la academia hollywoodiense, ciegos ante la dificultad que comporta actuar sin que lo parezca, técnica que Cary Grant dominó como pocos.

Cary, como luego nos enseñaría en sus lecciones filmadas otro gran británico, sabe además "escuchar" como nadie. Fíjese el amable lector en sus manos debajo de la mesa, por ejemplo.

Disfruten de la escena mientras youtube lo permita:




Supongo que pueden alzarse voces reclamando más escenas de Cary Grant, incluso como más apropiadas a su saber; esta me ha parecido siempre grande, porque, aun reconociendo el buen trabajo de Stewart, me reafirmo en que el Oscar debería haber sido para Cary. En cualquier caso, no renuncio en modo alguno a insertar otras más adelante.


p.d.: Segurísimo que Raúl, autor de esta entrada, estará de acuerdo conmigo. (O quizá no: veremos...)

p.d. 2: Ni en esta inaugural ni en las que puedan seguir, es mi intención glosar las películas a las que puedan pertenecer las escenas elegidas. Eso lo dejo para otro momento, ya que mi capacidad de síntesis, como el amable lector no ignora, es nula. Y evidentemente, una pieza como la presente, avalada por tantos genios, no se puede despachar en veinte líneas.

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