Carregant el Bloc...

dimecres, 29 d’agost del 2007

¡Ets tonto, Josep!

He tenido la mala ocurrencia de alquilar el dvd de La Isla (The Island 2005), película dirigida por Michael Bay , ahora que acaba de presentar su última película, Transformers (Transformers 2007) que no he visto ni tampoco veré, por poco que pueda.

Y mira que ya estaba avisado, porque ni La Roca (The Rock 1996) ni Armageddon (Armageddon 1998) me gustaron lo suficiente como para animarme a ver Pearl Harbor (Pearl Harbor 2001)

Pero, sabiendo que la cosa iba de algo así como de una fantasía de cienc
ia ficción relativa a clones de humanos, y sabiendo que el reparto era interesante, pues los protagonistas son Ewan Mc Gregor y Scarlett Johanson , acompañados de los siempre eficaces Steve Buscemi , Sean Bean y Michael Clarke Duncan , aunque el conjunto no sea de primera fila, pensé que la cosa podría resultar.

Pero no: fiasco total.


Michael Bay ciertamente sabe dirigir escenas de acción, aunque haya tomado prestado, para unas escenas, ideas de la saga de Star Wars (carreras de motos, recurrentes en la saga), mezcladas con escenarios de El Quinto Elemento (me niego a referirme a la mayor Blade Runner ).

La propuesta es interesante pero el desarrollo es fallido, porque el guión, ¡ay, el guión! no es más que una excusa para que el director se luzca en las persecuciones, desaprovechando la ocasión de ahondar en la problemática -muy actual, por otra parte- de la ciencia que contempla la complejidad de la clonación de órganos humanos para poder sanar, salvar, o, en su caso, perpetuar la cómoda vida de quienes puedan pagarse la rica medicina.

Aspecto tan interesante hubiera sin duda alguna ofrecido mayor enjundia en otro director/productor alejado de los meros intereses comerciales de Bay, y no dudo que, tarde o temprano, alguien con más cerebro cinematográfico nos permitirá ahondar en un tema tan candente y delicado, no en vano ha suscitado enormes polémicas en la sociedad actual, tanto científica como filosóficamente hablando.

Ciertamente, no soy tan tonto como para esperar de Michael Bay, con sus antecedentes, una obra comprometida; pero, por lo menos, no sé, un poquito seria, vaya.

Vale, vale, lo acepto: ¡soy tonto!

Pero, como diría mi admirado (seguí casi todos sus fabulosos artículos en La Vanguardia) y recién fallecido Paco Umbral , la película es mala de cojones.


Leer más...

dilluns, 27 d’agost del 2007

Una Mirada Solitaria

Para el cinéfilo veterano, Paul Verhoeven se dió a conocer en estos pagos en el año 1973, con una película gamberra que se tituló Delicias Turcas (Turks Fruit 1973) con un éxito de público y crítica tal que la llevó a las puertas del Oscar a la mejor película no U.S.A., cuyo galardón recayó en La Noche Americana (La Nuit Américaine ), del malogrado François Truffaut , para este comentarista, con toda justicia.

Catorce años después, Verhoeven recaló en U.S.A. y realizó otro éxito comercial, Robocop (Robocop 1987), siguiendo otro éxito con Desafío Total (Total Recall 1990), para mí la mejor de su estancia estadounidense, que prolongó con la archipromocionada Instinto Básico (Basic Instint 1992), que no pasa de ser un mero trhiller, para seguir luego con Showgirls (Showgirls 1995), infumable, y levantar algo el vuelo con Starship Troopers: Las Brigadas del Espacio (Starship Troopers 1997), y después de un breve paso por Alemania, volvió en 2006 a su Holanda natal para realizar Zwartboek , titulada en España como El Libro Negro, estrenada hace unos meses.

Debo confesar que, de toda la filmografía indicada, sigo pensando que la mejor es, con mucho, Desafío Total, quizás porque se basa en un buen relato de Philip K. Dick.

Para su retorno holandés, Verhoeven se reunió con Gerard Soeteman , con quien ya co-escribió sus Delicias Turcas, pero olvidando el puntillo gamberro de su juventud, retomando una trama que, inicialmente, se desarrolla en un centro de interés muy holandés, cual es la ocupación germana de Holanda en la Segunda Guerra Mundial con el añadido de la persecución de todas aquellas personas, holandesas o alemanas emigrantes, pertenecientes a la etnia judía.

La historia gira alrededor de Rachel (Carice van Houten ), a la que vemos al iniciar la película ejerciendo de maestra en un kibbutz en Israel y toda la película es un largo flashback, lo que a ojos de este espectador es un error, ya que nos priva de la emoción del peligro, pues sabemos de entrada que ha podido sobrevivir.

Vemos a Rachel oculta en casa de unos holandeses y vemos que pronto adopta el nombre de Ellis, después de contemplar, horrorizada, cómo toda su familia muere acribillada cuando intenta escapar hacia Bélgica, en las prostimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Rachel decide por voluntad propia introducirse en la resistencia y pronto se convierte en espía, al entablar relaciones con un capitán alemán.

La trama gira pues alrededor de las actividades de Rachel / Ellis y es una suerte que la bella y desconocida actriz holandesa sea capaz de soportar sobre sus hombros prácticamente todo el peso de la película.

Al margen de la trama, o quizá mejor dicho, alrededor de la trama, Verhoeven, como ya hizo en Desafío Total, escudriña fríamente el comportamiento humano en circunstancias límite, donde la heroicidad se mezcla con la traición, donde el altruísmo se topa con la avidez, donde el respeto a la vida imbuído por las creencias religiosas cede ante el impulso de acabar con el blasfemo, donde la venganza, en fin, ciega la confianza en los compañeros de viaje.


Los personajes que vemos transitar, tanto en un bando como en el otro, pasan de una camaradería fraternal a una sospecha y de la sospecha al ansia de eliminar al sospechoso, siendo la traición, entendida de formas distintas, la que reina en sus relaciones, así como la voluntad de vejar, incluso de exterminar al contrario, tanto en un bando como en el otro, sin piedad.

La figura del traidor la mueve con habilidad Verhoeven, captando el interés del espectador ante la incertidumbre, con una trama compleja, pese a que, durante toda la película, nos va dando señales que apuntan claramente en una sola dirección, señales que incitan a sospechas confirmadas al final. No hay engaño, pues, y Verhoeven demuestra que todavía tiene el pulso necesario para entretenernos durante casi dos horas y media, aún sabiendo que la solitaria heroína, que padece todas las vejaciones imaginables, acabará de maestra en un kibbutz que, en un guiño final, está cercado por altas vallas para protegerse de posibles percances, en clara alusión a que, pese a todo, Rachel todavía no ha hallado la paz, aunque sabemos que ha sido vengada por su propia mano.

La ambientación, el vestuario, la música, en definitiva los aspectos técnico-artísticos, han sido cuidados con detalles propios de una gran producción al estilo europeo, siendo de agradecer el esfuerzo, que favorece la parte espectacular, dando un resultado convincente en la representación de unos hechos que podrían ser históricos.

Película interesante, pues, aunque adolezca de falta de profundidad en los personajes que en ella viven, aspecto ése poco cuidado, máxime atendida su duración, que hubiera permitido mayor introspección en las motivaciones de los secundarios, ya que la principal, Rachel, se nos ha desnudado y nos ha encandilado con esa mirada solitaria que tiene, llena de pavor y de incomprensión por todo lo que le ocurre sin culpa alguna.

Leer más...

diumenge, 26 d’agost del 2007

Pies Ligeros


Eranse una vez dos personas, que trabajaban en lo mismo : la de más edad, gozaba de un aire elegante y distinguido, fruto de su largo aprendizaje en las tablas escénicas; la más joven, de un dinamismo envidiable, con una sorprendente agilidad que le permitía realizar proezas inverosímiles.

Su trabajo, con una aparente sencillez, siempre ocultó una dedicación estajanovista, una enésima repetición, un ansia de perfeccionismo que encumbró, durante décadas, a ambas personas, habiendo coincidido en el tiempo cinematográfico dada la longevidad de la mayor, Austerlitz, (1899 - 1987), cuya primera aparición en el cine fue en el año 1933, y la aparición de la más joven, Curran, (1912 - 1996) en el año 1942, siguiendo el camino abierto por su colega en las pantallas cinematográficas.

Sus apariciones en la pantalla grande son recordadas por todos los aficionados al Cine Musical con mayúsculas, donde ambas personas lucieron unos pies ligeros, tan ligeros, que parecen trucos de cámara y, aunque ambas estrellas del musical en varias ocasiones se sirvieron para maravillarnos de la técnica cinematográfica, llevándonos a un mundo de fantasía, siempre supieron pisar el suelo encerado como nadie más lo ha conseguido.

Los estudios cinematográficos, astutos ellos, nunca trataron de reunir a las dos estrellas en la misma película y creo que tampoco hubo mayor intención por las partes interesadas, las propias estrellas, quizás con buen sentido, aunque el espectador no acabe de estar de acuerdo ni con los unos ni con los otros.

Que no hicieran una película al alimón no quiere decir, por suerte, que no podamos ver en acción a la mejor pareja de baile de la historia del Cine Musical:

Con todos ustedes, Mr. Frederic Austerlitz Jr. y Mr. Eugene Curran Kelly :




Leer más...

dissabte, 25 d’agost del 2007

CORRE, HOMBRE, CORRE

Han sido varios los actores que, en un momento de sus vidas, han decidido colocarse detrás de la cámara y ejercer, de forma simultánea o no, su oficio de intérprete con la dirección de películas.

Cualquiera puede nombrar excelentes películas dirigidas por actores; sin ir más lejos, este bloc se inició con el comentario de las dos recientes obras de Clint Eastwood, El Díptico de Clint.

Sin embargo, que recuerde este comentarista, pocas son las obras cinematográficas dirigidas por actores que destaquen por su extraña condición de películas inclasificables, raras, que pueden gustar mucho a algunos y que apenas son recordadas con placer por muchos otros, como ocurre, por ejemplo, con la única película de Charles Laughton , grandísimo actor que después de ser aclamado como tal dirigió La Noche del Cazador , generadora de grandes elogios y de críticas atroces a un tiempo.

Cornel Wilde (1915-1989) fue un apuesto actor estadounidense hijo de inmigrantes húngaros nacido según unas fuentes en U.S.A. y según otras en Hungría; dotado de inusual inteligencia, cursó brillantemente estudios de medicina que abandonó por su interés por la escena y practicando con éxito el deporte de la esgrima, rechazando acudir con el equipo estadounidense de esgrima a las Olimpiadas de Berlin en 1936 por el mismo motivo. Estudió con Lee Strasberg.

Introducido en Broadway como profesor de esgrima para el montaje teatral que Sir Laurence Olivier hizo de Romeo y Julieta en la temporada de 1940, acabó formando parte del elenco, representando el papel de Tibaldo, lo que indica que indudablemente disponía de facultades como actor.

De las tablas a la escena, como salto natural, intervino en películas de distinto corte: aventuras, dramas, thriller, de capa y espada, consiguiendo la nominación al Oscar al mejor actor por su trabajo en Canción Inolvidable (A Song To Remember 1945) por su representación del músico Federico Chopin.


Que era un hombre con ideas propias da fe el hecho que, cuando se le acabó el contrato con los estudios para los que trabajó en diversas películas, prefirió optar por independizarse a mediados de los cincuenta, creando en 1955 su propia compañía productora, Theodora Productions, y ofrecer sus servicios como actor de forma libre, sin ataduras contractuales. Un precursor, no cabe duda, del modo en que actúan hoy las grandes estrellas.

Además de producir, uno de sus intereses fue dirigir, interviniendo como tal en algunas películas, siendo la más destacable de todas ellas la que hoy suscita este comentario:


La Presa Desnuda (The Naked Prey 1966), película producida, dirigida y protagonizada por el mismo Cornel Wilde, que se basó en una historia escrita al alimón por Clint Johnston y Don Peters , ambos nominados por su trabajo al Oscar al mejor guión.

Al parecer, la historia surgió de unos hechos reales acontecidos al pionero John Colter , en los inicios colonizadores de lo que acabó siendo Estados Unidos de Norteamérica.

Cornel Wilde halló grandes beneficios en la producción si la historia se rodaba en Africa y diligentemente se adecuó la historia a la idiosincrasia del continente africano.

Es una película de acción pura, con apenas guión escrito, es decir, con poquísimos diálogos, lo que no obsta para que disponga de un discurso evidente por medio de un acertado montaje y unas escenas cuidadosamente preparadas, siendo de lamentar la imposibilidad de obtener una copia en dvd para gozar de la fotografía en Panavisión, Eastmancolor y Technicolor, fruto del excelente trabajo de H.A.R. Thompson , ya que sólo se puede encontrar en formato VHS y a unos precios que demuestran sin lugar a dudas ser objeto de coleccionistas cinéfilos empedernidos.

(La versión vista es una grabación de la tele de hace años, sin respetar el formato original, sacrilegio común, aunque recuerdo haberla disfrutado en pantalla grande, de las de verdad, en el cine de mi pueblo hace un montón de años. La pantalla, por suerte, todavía está ahí, funcionando.)

La trama que sustenta la película es simple: un cazador con pocos escrúpulos en busca de marfil se sirve de un Hombre cazador profesional en Africa, para llevar a cabo un safari con el objeto de matar cuantos más elefantes pueda; se encuentran c
on unos africanos y el cazador se niega a ofrecerles unos collares y baratijas como obsequio por transitar por sus tierras, pese a la insistente recomendación del Hombre, que ya les conoce de otras expediciones, despreciando y ofendiendo a los africanos. Una vez cazados los elefantes, el Hombre rechaza la proposición de su cliente de dedicarse, como medio más lucrativo, a la caza de africanos para venderlos como esclavos (estamos a finales del siglo XIX). De repente, caen sobre los expedicionarios los africanos antes insultados, que los apresan y los llevan a su poblado.

Allí los negros supervivientes son ejecutados someramente y los blancos dados a unas muertes horrorosas, excepto el Hombre, de quien el jefe de la tribu, sabiendo que les respeta, dice: "Veo en él a un León" "Que muera como un León"

Los africanos dan de beber al Hombre una pócima que ellos mismos han tomado; le desnudan por completo, dejándolo descalzo y, formando un grupo, le llevan a las afueras del poblado; lanzan una flecha y, señalando el lugar donde ha hincado la tierra, le dicen: "a partir de ahí, corre, hombre, corre"


El Hombre empieza a correr, desnudo y descalzo; cuando llega a la flecha, uno de los africanos parte en pos de él; cuando casi le alcanza, intenta desde unos metros atravesarle arrojándole a la espalda una lanza, pero yerra el tiro; el Hombre se detiene, toma la lanza y con ella atraviesa al perseguidor, ante los gritos del grupo que lo ve todo. Toma sus armas, sus zapatos, su odre y su sucinta vestimenta y, raudo, aún desnudo, sigue corriendo, mientras otro perseguidor parte para matarle. Cuando ambos desaparecen de la vista, todo el grupo, media docena más, inicia la mortal carrera de cacería humana.

Cornel Wilde tenía 51 años cuando hizo la película; con una muy buena forma física, realizó personalmente, sin doble alguno, todas las escenas; comió hierbas, insectos, serpientes, y su aspecto se va deteriorando conforme la cacería se desarrolla; parece ser que cayó enfermo, por causa del agotador rodaje, pero insistió en no detenerlo ya que su aspecto físico, fatigado, le convenía al personaje, que corre, tropieza, cae por un salto de agua, pasa hambre, sed y miedo.

Wilde no se detiene a mostrarnos una simple cacería humana; se trata, de inicio, de una oportunidad de honor para el perseguido y de una oportunidad de honor, también, para los perseguidores. Pronto, no obstante, éstos alimentarán deseo de venganza cuando el Hombre, en cada encontronazo con alguno de sus perseguidores, consigue arrebatarle la vida, salvando la propia. Es un juego de honor sangriento; una lucha por la supervivencia, cruel, insertada en el entorno de la jungla y la sabana donde se va desarrollando, con acertadas imágenes naturales donde, a modo de comparación, vemos escenas de depredadores de toda índole, entrecruzándose humanos y animales, persiguiendo ambos el mismo alimento.

Conforme se desarrolla la acción, vamos tomando conocimiento de las distintas personalidades de los perseguidores, sus temores, sus anhelos, su disciplina sangrienta, brutal; de hecho, desde el mismo momento en que la expedición ha sido capturada, apenas hay otros diálogos que frases sueltas en swahili, subtituladas, pues el Hombre no tiene con quien hablar y sus sentimientos de miedo, hambre, cansancio, los interpreta Cornel Wilde corpóreamente y con acciones tales como perseguir una simple lagartija, sin éxito, para poder comérsela, ante la desesperación del Hombre.

Cornel Wilde nos muestra pues no tan sólo una huida ante una persecución, sino que también, atendida la condición de extraño en el entorno del Hombre, aunque conocedor del territorio y sus trampas, no deja de ser una persona en un medio que no es el suyo natural, ofreciéndonos la posibilidad de considerar cuan desnudos, es decir, faltos de todo, nos hallamos cuando carecemos de los medios que consideramos habituales, como la comida, la bebida, el lugar de reposo seguro, la seguridad y el confort al que estamos acostumbrados como si por nacimiento tuviéramos derecho inaleniable a todo lo que nos rodea sin esfuerzo alguno.

El Hombre, desnudo, corre para salvarse de sus perseguidores, pero también debe esforzarse, luchar, para afrentar con éxito la total falta de medios que no halla en un entorno hostil; se nos indica claramente la debilidad del Hombre, civilizado, sin sus acostumbrados medios, cuando la niña que le ayuda, sobreviviente como él a un ataque inesperado de esclavistas, prefiere volver a "su lugar" antes que acompañarle en el regreso a la civilización; la niña pertenece al entorno; el Hombre debe luchar para adaptarse y sobrevivir en un medio extraño, hasta alcanzar, exhausto, el lugar del que partió cuando empieza la película, todavía con sus perseguidores a unos pasos detrás de él....

En poco más de la clásica hora y media, Wilde, aprovechando la adaptación de la anécdota americana a Africa, ha tenido tiempo para mostrarnos rituales de las tribus swahili y watussi, a modo de documental antropológico, nos ha mostrado cuan dura es la vida natural en la jungla y la sabana, con escenas reales de depredadores y presas cazadas -o no- y gracias a un montaje muy apropiado, con la ayuda de Roger Cherrill , ha imprimido un elevado ritmo a la acción, intenso pero no catatónico, huyendo de sustos y recursos fáciles (el videoclip aún no se había inventado), impregnando nuestro ánimo de una tensión que no desfallece hasta que la película acaba, manteniéndonos en vilo constante, espectadores anónimos de un verdadero maratón mortal de necesidad, en el que llegar a la meta no representa la victoria sino la supervivencia.

En definitiva, una pequeña joya, olvidada, casi desconocida, plato de gusto de viejos cinéfilos, sorpresa mayúscula para nuevos cinéfilos, imperdible.

Postdata primera: Ha sido tarea ardua hallar el trailer de The Naked Prey. Ahí lo dejo: espero que funcione. Ignórese la imagen que seguramente sale en su navegador preferido, nada oportuna. Que lo disfruten.

THE NAKED PREY (1966) TRAILER


Postdata segunda: La idea de hacer un comentario de esta enorme película me vino a la mente hace unos días, al ver un anuncio televisivo de un muy promocionado pase de la película Memorias de Africa -para mi, un fiasco- y, mira por donde, al buscar datos documentales (y el trailer), me topé con una serie de comentarios que aseguraban que La Presa desnuda había sido vista y repasada mil veces por Mel Gibson antes de elaborar su pseudo-epopéyica Apocalypto

Y como da la casualidad que dispongo del dvd de Apocalypto, he dedicado más de dos horas de mi tiempo a visionarla, atendido que coincide con los parámetros inciales de este comentario: es una película dirigida por un actor -aunque no aparece en ella, o por lo menos no lo he visto- y es una película también extraña, porque, aunque tiene bastante diálogo, debe verse subtitulada.

Realmente, ahí acaban las coincidencias, salvo que la última media hora de Apocalypto es una especie de remedo de La Presa Desnuda, con más medios, pero con menos inteligencia; con muchos más planos, estilo videoclip, con más ordenador, con algún que otro muñeco aparentando lamentablemente algún animal, y con una falta de lógica interna e histórica del relato que ha suscitado algún que otro comentario de gente experta en antropología denigrando la película. No me extraña. El conjunto, sin ser entendido en historia, resulta ridículo, y ése es un adjetivo peligroso para cualquier película.

Como muestra epopéyica y antropológica de los antiguos habitantes del Centro de América, más que pena, da grima.

(Lo de los colmillos insertados casi en los orificios nasales para gente que corre por la selva, es una gilipollez [perdón por la expresión] propia de cine palomitero.)

Como película de acción, es inanimada, en el sentido literal: le falta alma, le falta emoción; está bien rodada en las escenas, pero su ritmo interno deja mucho que desear.

Puede que sea una falta de empatía con Gibson como director: su aclamada Bravehart , que también dispongo (en dos cintas de vhs, ya que en una parece no caber), no me gustó absolutamente nada de nada en su primer visionado y me niego a revisarla.

Pero es que Apocalypto me ha parecido un choteo y de mal gusto.

Sólo me ha faltado comprobar cómo el ínclito Mel Gibson, acompañado de Farhad Safinia, coautor del guión, comentan la película en el dvd: juraría, por sus risas y choteos, que estaban demasiado animados para comentar una película desde un punto de vista profesional, que es lo que uno, que ha pagado el dvd, espera encontrar. Más que lamentable, causante de vergüenza ajena; inenarrable. Nunca he visto cosa semejante, y espero no volver a verlo nunca más.

El cine puede ser divertido, incluso muy divertido, pero, como decía Billy Wilder, hacer reír al espectador es una cosa muy, pero que muy seria.

Un suspenso sin posibilidad de recuperación.


Leer más...

dilluns, 20 d’agost del 2007

Anthony Shaffer: La Huella (Sleuth) y El Hombre de Mimbre (The Wicker Man)



Hace unos días, comentando las impresiones de revisitar el Londres de los años 1970 en compañía de Alfred Hitchcock en su película Frenzy, mencioné la oportunidad de dedicar unas líneas al excelente autor y guionista Anthony Shaffer (1926-2001) que es quien aparece a la derecha fotografiado. Anthony Shaffer no fue un autor muy prolífico, pero hay que decir que, por lo menos, en el siglo pasado, tuvo la gran suerte de trabajar en distintas películas que obtuvieron éxito, siendo algunas de ellas verdaderamente notables, de las que este cinéfago (M.M. dixit) califica sin ambages como "imperdibles". Ya consta la opinión relativa a su intervención como guionista en Frenzy. Vayamos ahora, brevemente, a reseñar dos buenas películas creadas también en los primeros años de la década de los 70 del siglo pasado: Inmediatamente después de su colaboración con Hitchcock, Shaffer guionizó una obra teatral de la cual él mismo era el autor: La Huella (Sleuth 1972), que, a la postre, resultó ser la última película rodada por el gran Joseph L. Mankiewicz (1909-1993), director, escritor, guionista y productor de tantas y tan apreciadas películas, muchas de ellas transcripciones al cine de obras teatrales de renombre, un verdadero especialista en llevar a la pantalla sin merma éxitos de las tablas escénicas, siempre con guiones muy bien construidos y escritos, repletos de frases célebres, es decir, películas con un contenido literario sobresaliente, no en vano tradujo a la pantalla obras como Julio César o el Volpone, lo que probablemente suscitará algún que otro comentario en el futuro. Centrándonos pues, en el orden cronológico de esos iniciales años 1970, rememoremos la magnífica colaboración que en La Huella (1972) hicieron Shaffer y Mankiewicz:

La traslación de la obra de teatro al cine es un ejemplo diáfano que las excepciones son las que confirman la regla, en poderosa -y odiosa- comparación con otros casos. En el que nos ocupa, como no podría ser menos, a la poderosa trama que nos atrapará sin remedio hay que añadir la intervención antológica de unos intérpretes que sitúan el listón a una altura difícil de alcanzar. Los personajes son muy pocos, como es de ver en la ficha de imdb; tan pocos, que me permitiré reproducirlos, ahorrando al lector el trámite de acudir a la ficha y quizás conocer, involuntariamente, algún dato que le pueda amargar el visionado de la película, pues se trata de una de esas tramas/acertijo que no conviene en absoluto desgranar.

Los personajes son: Andrew Wyke, (Sir Laurence Olivier), un acaudalado n
ovelista de obras detectivescas, quien vive en una fastuosa mansión repleta de juguetes, juegos y autómatas, quien recibe la visita -previa cita- de un aventajado peluquero, descendiente de italianos, un tal Milo Tindle (Michael Caine), quien mantiene una relación amorosa con la esposa del primero; mediada la película, interviene el Inspector Doppler (Alec Cawthorne), personaje que con su presencia otorga un inesperado giro a la historia que se nos cuenta.

Mankiewicz da a la historia un tratamiento claustrofóbico ya desde el inicio, cuando vemos a Milo acudir a la cita con Andrew y de repente, siguiendo la voz de éste, se interna en un laberinto sin salida alguna; usando planos cenitales, vemos a Milo totalmente perdido mientras Andrew, a la vista, se halla dictando a un magnetofón nuevos párrafos de una novela. A las voces desesperadas de Milo, comprobamos cómo el laberinto tiene trampa, una puerta oculta y simulada, conocida y manejada por Andrew.


Esa primera escena ya nos da una pista de lo que vamos a ver: una trama enredada, con trucos y mentiras, un juego peligroso, desarrollado en un ambiente barroco, repleto de autómatas que ríen las gracias, de baúles con disfraces inverosímiles, de ideas descabelladas, de proposiciones delictuosas: Andrew propone a Milo simular el robo de unas valiosas joyas de su esposa, al objeto de cobrar el seguro, convenciendo a Milo que podrá fácilmente obtener 170.000 libras esterlinas de un perista, dinero con el que satisfacer los caros caprichos de la esposa infiel.
Pero nada es lo que parece, y pronto nos daremos cuenta. En la caza del gato y el ratón, medio en broma medio en serio, llega un momento en que el espectador, confundido, ya no sabe quien es el cazador y quien el cazado.
La Huella (Sleuth 1972) Trailer


La confusión, no obstante, no es tal que pueda producir desinterés; antes al contrario, el texto, muy bien escrito y mejor dicho (se recomienda encarecidamente la versión original, pese al excelente trabajo de doblaje español de: Andrew [Felipe Peña], Milo [Rogelio GHernández] y Doppler [José Luis Sansalvador] ), mantiene la tensión dramática de forma continua y el uso
de los elementos del escenario y los movimientos de cámara fruto de la sobresaliente adaptación cinematográfica de Mankiewicz, otorga una sensación opresora y de constante amenaza que le mantiene a uno pendiente de la narración hasta el final.


La trama nos presenta una lucha sin cuartel entre el afamado escritor y el peluquero enamoradizo, el primero manifestando un desdén por el segundo, al provenir de una clase social inferior al rango que él pretende despreciándole y subestimándole a un tiempo, sacando a la luz unas diferencias irreconciliables entre ambos que, de unas formas primeramente educadas, sociales, pasan intempestivamente a acosarse verbalmente mediante burlas y engaños con el objetivo de vilipendiar al contrario, cuando menos, siendo uno representante de una clase social algo caduca y el otro de la irrupción en los selectos círculos de personas años atrás consideradas como sirvientes o poco más.

La Huella (Sleuth 1972) Escena escala

La Huella es una película de visión obligada, imperdible, una obra importante, con un texto impecable, una dirección ajustadísima que consigue hacernos olvidar su origen teatral, y unas interpretaciones tan sobresalientes de Olivier y Caine, que consiguió las nominaciones al Oscar al mejor director para Mankiewicz y mejor intérprete para los dos actores citados, y no consiguió ninguno de los galardones porque tuvo la mala suerte de coincidir con El Padr
ino en la misma convocatoria.



Al año siguiente, el amigo Anthony Shaffer guionizó una novela escrita por David Pinner, llamada "Ritual", que fue dirigida por Robin Hardy , con el título El Hombre de Mimbre (The Wicker Man 1973), cuya película tardó en estrenarse en España nada más y nada menos que 30 años, ya que se estrenó en el Festival de Sitges de 2003, es decir, cuando ya Shaffner había fallecido.
Este cinéfilo no tuvo conocimiento de esa película hasta que a Nicolas Cage se le ocurrió patrocinar y producir un "remake", que se estrenó hace poco, y que comentaremos de pasada.

La película de 1973, The Wicker Man, se adscribe al género de terror,fantástico y gótico, frecuente en la filmografía británica de inicios de los 70, con múltiples ejemplos que se nos ofrecían de la mano de la productora Hammer, aunque en el caso la productora fue la British Lion, de la mano de Peter Snell, quien consiguió, tras diversas vicisitudes, imponer a su actor preferido, Edward Woodward . para el papel del Sargento Howie, quien se enfrentará a una sociedad que tiene como líder a Lord Summerisle, personaje interpretado magníficamente por Christopher Lee , quien en varias ocasiones se ha manifestado muy complacido por su intervención, por la que apenas cobró salario.

No es de extrañar que la película tardara 30 años en estrenarse en España, dado su contenido y sus formas.

No es, desde luego, una película destinada al gran público, y menos al que ahora abarrota las salas comiendo palomitas; es una película algo compleja, con un uso infrecuente de las canciones, todas ellas portadoras, a través de sus letras, de intenciones que conforman la historia.

Hardy usa una caligrafía cinematográfica muy eficaz, presentando dos formas de entender la vida diametralmente opuestas, con la base -un mcguffin- de la tarea de un policía, fervoroso cristiano, de esclarecer un secuestro de una niña de doce años que vive en una isla cercana a la costa de Escocia, cuyos lugareños, bajo la impronta de un aristócrata misterioso, se dedican a actos de paganismo y a actividades sexuales de forma pública, a los ojos del policía como una recreación de Sodoma y Gomorra.

The Wicker Man (1973) Trailer


La tensión de la película proviene tanto del misterio de lo acontecido con la niña como en el enfrentamiento del policía a las prácticas libidinosas de los lugareños, acompañado todo ello por sucesos inexplicables, incomprensibles, con escenas de alto contenido erótico, como es la magnífica escena donde una sensual Britt Ekland baila desnuda frotándose contra la pared tras la cual el pobre policía resiste como puede la tentación de acudir al cuarto vecino.
No es, desde luego, una película apta para todos los públicos y seguro que la antigua censura fue la causa de su demora en estrenarse en España por escenas semejantes.

Hoy las escenas ya no son tan impactantes, pero aún así, su contenido ideológico permanece invariable y precisa un entendimiento que vaya más allá de la simple contemplación de las secuencias, trascenciendo, como pretende -y consigue- el director, la simple apariencia visual, en una opresión anímica de unos personajes que envuelven al protagonista en un mundo para él irreal, impensable, permaneciendo incrédulo de todo lo que en sus pesquisas policiales va descubriendo, atónito, en una microsociedad que se comporta de forma harto peculiar.


Poco a poco, según va avanzando la película, comprobamos cómo el policía está desamparado, llevado de una sensación extraña a otra, imbuyéndose nuestro ánimo de un paroxismo que alcanza su clímax en un final estremecedor, agónico, terrorífico, porque nos han llevado de la mano por una excursión en un mundo donde nada es lo que parece ser y la consecuencia de ello no puede ser más letal, un artificio ominoso creado por Shaffer y muy bien presentado por Hardy, quien en momento alguno pierde el pulso de la narración, aunque, ciertamente, algunas escenas de canciones, en las que hay que estar atento a la letra, lastran un poco la acción que, sin embargo, pronto emerge, consiguiendo mantener al espectador pegado a la silla con escasos medios materiales y con un derroche de talento, siendo el conjunto una película como he dicho extraña, inclasificable, interesante, en definitiva, notable, imperdible.

Como he dicho, debo a Nicolas Cage la oportunidad de haber tomado conocimiento de esa versión primera de El hombre de Mimbre.
Mi gratitud, no obstante, no llega hasta el extremo de dar siquiera un medio aprobado al engendro que, en forma de "remake", nos ha presentado hace unos meses.

The Wicker Man (2006) Trailer


El llamado "remake", de nuevo, para más inri, ya nos indica que se basa en el guión realizado por Shaffer. Cage tenía ganas de hacer algo original -y de sacar beneficio- y produjo la película conocida en España como Wicker Man, cuyo título original sigue siendo The Wicker Man (2006), lo que nuevamente da fe de la inteligencia de los otorgadores de títulos españoles. Para ello contrató los servicios de Neil LaBute , quien además, en un nuevo "tour de force yo me lo guiso yo me lo como", se dispuso a guionizar el guión de Shaffer, craso error, ya que mejor hubiera sido dejarlo intacto y no querer mejorar lo inmejorable. El resultado es una película mediocre, que nunca acaba por suscitar interés, con pasajes que no vienen a cuento, con retornos calcaditos al original, con cambios innecesarios y no conseguidos, con ideas que podrían tener mayor desarrollo y quedan en nada, con unos diálogos insulsos, al uso actual, con un erotismo adaptado al gusto de la inmensa mayoría estadounidense, pálido, en definitiva, convirtiendo una película de terror para adultos en un pasatiempo para adolescentes palomiteros que se divierten con sustos de grajos o cuervos, sin que la entidad del protagonista pase de un pobre hombre que no sabe ni a donde va ni de donde viene, con unos flashback totalmente molestos por inncesarios e inútiles, llegando a un final coincidente con el original sólo en parte, ya que carece de la confrontación ideológica que sustenta la primera versión, con un añadido que parece amenazarnos con más secuelas del mismo horroroso -por lo simple- calado. Totalmente olvidable, salvo para coleccionistas de los muchos y variados fiascos que el sobrino de Coppola está obteniendo los últimos años en su persecución de pingües beneficios sin esfuerzo alguno.

Para cerrar el círculo de las aventuras de Shaffer, exitosas en la década de 1970 y nefasta, de momento, en el siglo XXI, proclamar la esperanza que la segunda revisión de La Huella (Sleuth 2007), con un origen semejante, es decir, auspiciada y producida por Jude Law.

La Huella (Sleuth 2007)Trailer


Dirigida por Kenneth Branagh, guionizada la obra de teatro por Harold Pinter y con la intervención de Michael Caine, ahora en el papel de Andrew Wyke, tenga mayor fortuna que la aventura de Nicolas Cage, aunque uno siempre sienta temor ante la revisión o readaptación de una obra inolvidable, deseando que, en esta ocasión, la excepción a la regla de "nunca segundas partes fueron buenas", nos vaya a proporcionar unos minutos de solaz, que buena falta nos hacen.
Leer más...

dijous, 16 d’agost del 2007

ELVIS PRESLEY




Hoy es un día señalado para los viejos rockeros.

Hoy hace treinta años, ¡glups, 30 años, ya! que falleció ELVIS PRESLEY.

Nada o casi nada se puede añadir que no se sepa ya de la vida del Rey del Rock.

Sólo que sigue siendo el Rey, y que sus discos se siguen vendiendo forjando un mito que no hace sino crecer, conforme pasa el tiempo.

Su carrera cinematográfica, intensa aunque no brillante, acoge una treintena de intervenciones como actor.

Su música, su voz, la hemos oído y la seguiremos oyendo en muchas más películas.

Dejo aquí, como homenaje, una escena de su intervención en su primera película, titulada Love Me Tender (1956), título de una de sus más imperecederas canciones de amor, que todavía hoy, cincuenta años más tarde, consigue emocionar.






Leer más...

dilluns, 13 d’agost del 2007

La Invasión de Jack






Que yo recuerde, esta ha sido la primera ocasión en que tras el visionado no de una, sino de dos adaptaciones cinematográficas de una novela, he sentido la imperiosa necesidad de leer el relato original.

Se trata de una novela corta, escrita por Jack Finney , (1911-1995), que es el venerable anciano que aparece fotografiado junto a estas introductorias líneas.

La novela, publicada inicialmente en forma de relato corto en tres entregas por la editorial estadounidense Collier's Magazine en el año 1955, se tituló The Body Snatchers, y no fue publicada en España hasta el año 2002, gracias al empeño de la Editorial Bibliópolis, en traducción de Lorenzo Luengo, cuya portada, muy acertada, se muestra como agradecimiento a tan buena idea, titulándola correctamente como Los Ladrones de Cuerpos , permitiéndome también crear el enlace a la tienda en la que, a través de internet, pude obtener el preciado ejemplar, que descansa ahora en mi estantería, bien leído que ha sido aprovechando una semana vacacional, después de haberla buscado infructuosamente en las principales librerías de Barcelona, apenas hace tres semanas.

Semejante introducción para un simple comentario parecerá exagerada a ojos de cualquiera, a menos que caiga en l
a cuenta que se halla próxima a estrenar la cuarta adaptación de dicha novela, que al parecer se va a titular La Invasión , en concreto en España el 7 de Septiembre de 2007, lo cual probablemente provocará la emisión en la tele de por lo menos una, sino las tres, adaptaciones cinematográficas que cronológicamente la han precedido.

Así pues, vaya sobre aviso quien esto lea pues se van a divulgar datos no por archisabidos de cinéfilos impetinentes menos esclarecedores de la trama que ha sido capaz de sustentar hasta cuatro distintas versiones cinematográficas.


La novela, compuesta de 21 capítulos, poco más de 230 páginas en la edición citada, se publicó en 1955 en forma de serial de tres partes, y probablemente concitó gran expectación en los lectores del Collier's Magazine. Es una novela corta relatada en primera persona, por el protagonista, Dr. Miles Bennell, médico del pueblo de Santa Mira, en California, atendiendo una clientela heredada de su padre, fallecido, quien inició la consulta en el pueblo. Es un hombre joven, de 28 años, bromista, sarcástico, resignado a no dormir una noche entera sin que le llamen a consulta, y recién divorciado, como su querida amiga Becky Driscoll, amor de juventud.

Becky introduce
lo que va a ser la idea motriz del relato, al pedirle a Bennell que visite a su prima Wilma, quien convive con sus tíos Ira y Aleda Lentz.

Wilma asegura que su tío Ira no es su tío Ira: habla igual, físicamente es igual, pero no es su tío. Y esa sensación de extrañeza le causa un malestar, una angustia, que lleva a Bennell a recomendarle la visita del afamado psicólogo Dr. Mannie Kauffman.

Pronto, la consulta del Dr. Bennell se llena de casos semejantes: niños que no reconocen a sus maestros, a sus padres, esposas que no conocen a sus esposos, etc. Todos los casos son idénticos:parece una suplantación de personas, que son las mismas, pero son diferentes.

Jack Finney nos introduce de forma gradual en la vida apacible del pueblo de Santa Mira, con decripciones detalladas pero concisas, con un estilo sobrio, nada dado a figuras literarias, pleno de acción.


Es fácil compr
ender el éxito de su obra seriada, pues atrapa con eficacia el ánimo del lector, aún de aquel que, como este simple comentarista, conoce la trama y alguno de sus desarrollos en el cine.

El Dr. Bennell recibe una inoportuna llamada de consulta de un convecino, escritor de profesión, llamado Jack Belicec, quien le saca del cine junto con Becky, trasladándose a su casa, donde espera Theodora, esposa de Jack, descubriendo un cuerpo, a primera vista cadáver, tras un concienzudo exámen una especie de feto adulto, con las medidas corporales de Jack, sus facciones a medio dibujar, su corpulencia, pero sin huellas dactilares.
El descubrimiento tensa la situación, introduciendo la terrorífica sensación
que alguien está tratando de suplantar realmente a otros y que la idea del Dr. Mannie Kauffman relativa a una epidemia de psicosis extraña tiene un fundamento imposible de explicar, pero real.

Jack Finney, en apenas cinco capítulos, nos traslada de una apacible Santa Mira a un entorno angustioso, donde la realidad se torna pesadilla para los protagonistas, sabedores de unos extraños sucesos que son negados una y otra vez tanto por la ciencia, representada por el psiquiatra Kauffman, como por las autoridades policiales, que presentan los hechos conocidos de forma harto distinta y con cierta lógica, causando la
incertidumbre y desazón en el Dr. Bennell y sus amigos, impotentes de demostrar, incluso a sí mismos, la verdad de unos hechos que tan pronto parecen inverosímiles como reales, hasta que el descubrimiento de unas extrañas vainas, albergadoras de cuerpos informes, les convence de que están en posesión de la verdad y constatan la amplitud del problema que somete la población, cuyos habitantes van cambiando de forma progresiva e imparable.

El relato toma el cariz de una novela de misterio, aderezada con un componente de ciencia ficción, por la constatación que las vainas parecen haber llegado de otro mundo, según un recorte de periódico de semanas atrás, y nuestros protagonistas devienen en los únicos conocedores de tal circunstancia, lo que les otorga el papel de héroes anónimos, tan grato y tan terrorífico al tiempo, ya que, conforme se nos presentan diversos personajes de la tranquila población de Santa Mira, comprobamos cómo casi todos niegan su condición de extraños, pese a que,
como Jack Finney acertadamente muestra en sus descripciones, la forma de vida habitual de la linda población californiana ha ido cambiando de forma leve pero imparable, constatando nuestro forzado héroe que el interés vital de sus conciudadanos ha desaparecido, al comprobar cómo el desinterés en mantener los negocios, las casas, ha desaparecido, imponiéndose una abulia generalizada que ha paralizado la normal actividad de la población.

De forma sutil, tomamos conocimiento, de la mano de Jack Finney, que algo extraño sucede con esos hombres, mujeres y niños, antes vivaces y activos y ahora pasivos e inexpresivos, constituyéndose en un cerco opresor de nuestros protagonistas, que
acaban por verse perseguidos por sus antiguos amigos y conocidos, con el temor de caer rendidos en un conciliador sueño que comporte un despertar amargo, reconvertidos en extraños, pues de tal forma parecen operar las extrañas vainas, tomando el cuerpo y mente de quienes se duermen para apoderarse de ellos y transformarlos en extraños seres sin aliento vital ninguno.

La soledad del héroe, arquetipo universal, la refuerza Jack Finney con un arma invencible, cual es la necesidad de dormir del ser humano, introduciendo una desazón terrorífica en el lector, pues todos somos conscientes que podemos resistir dias sin comer ni beber, pero no muchos días sin dormir, momento de tránsito en el que la voluntad humana, su libre albedrío,
está vacante, y las amenazadoras vainas están al acecho para apropiarse del ser entero.

El terror que imbuye el relato es tal, que ha causado múltiples alabanzas de un escritor posterior como Stephen King, quien sostiene: "Una sola novela le bastó a Finney para sentar las bases de lo que llamamos la moderna novela de terror"

Constatado el peligro, nuestros héroes, la pareja Dr. Bennell y Becky Driscoll, con el matrimonio Belicec, huyen como pueden de Santa Mira, reposando en un motel en la carretera, para, acto seguido, decidir regresar a su pueblo natal, su lugar, para tratar de luchar y vencer la extraña invasión.
Su insensata decisión se revela como tal al comprobar cómo prácticamente
toda la ciudad está ya metamorfoseada, acabando Bennell y Driscoll acorralados en la consulta del doctor, donde claramente se les expone por el psiquiatra Kauffman la realidad de la invasión, que ya conocen, al descubrir, pasmados, que desde camiones llegados a la plaza central se suministran vainas que viajarán a distintos destinos, en una imparable extensión de la plaga cósmica, que va a parasitar el orbe por un plazo de cinco años, para luego viajar en busca de nuevos mundos a explotar, adoptando toda forma viva a su alcance, reconvirtiéndose los seres humanos en meros vegetales de apariencia humana pero sin sentimientos como el odio, el miedo o el amor, alejados de toda pulsión y pasión que definir pueda a un individuo.

Declarando el reticente Bennell su amor por Becky, así como el deseo de compartir los avatares de una incierta vida futura, logran huir, concertados ambos en una estratagema, acabando por descubrir una granja oculta donde las vainas son cultivadas para luego ser distribuidas, provocando un incendio purificador que les liberará del cerco y sometimiento, quedando como meros zombies, vivos sin aliento, sus conciudadanos, acabando el relato con una perspectiva de futuro agradable que permite, al fin, que el lector pueda conciliar el sueño sin más temores.

Los Ladrones de Cuerpos es pues un relato paradigmático de la obra sin
pretensiones que el tiempo ha colocado en un lugar privilegiado, impensable e inimaginable por el propio autor cuando inició su tarea.

El propio Jack Finney se asombró del éxito obtenido, como él mismo afirma e
n una carta enviada a Stephen King el día 24 de Diciembre de 1979:"He leído algunas explicaciones acerca del "significado" de esta historia que no pueden sino divertirme, porque no existe en ella significado alguno; escribí la historia con ánimo de divertir y ése es el único sentido que tiene....(...) La idea de escribir todo un libro para decir que no es tan bueno que todos seamos iguales, que lo bueno es la individualidad, me hace reir."

Probablemente, Finney decía la verdad en su misiva a King; su inicio como
redactor de relatos cortos del magazine Ellery Queen, indica su voluntad de redactar historias de mero entretenimiento; su estilo, como se ha dicho, es breve y conciso y la acción se ve adornada con descripciones ajustadas que ayudan a crear el ambiente donde los personajes se mueven, sin alardes literarios, buscando y obteniendo que el lector se enganche en la historia que se le cuenta. Con toda seguridad, no trataba de forma consciente transmitir mensaje alguno y, como también dice Stephen King, si "la paranoia alcanza su grado máximo", esa sensación está en el lado del lector, que, frente a una historia bien construida, que apunta directamente al terror primigenio de dejar de ser lo que somos -seamos lo que seamos- por una intervención extraña a nuestra voluntad, con unos medios simples pero eficacísimos, casi irrebatibles, otorga la posibilidad de hacer una segunda lectura que trascienda el mero entretenimiento buscado por su autor que, como algunos han apuntado, refleja, de forma inconsciente, las preocupaciones del ciudadano estadounidense medio de los años 50 del pasado siglo, cuyas preocupaciones, de carácter político, al no ser presentadas de forma diáfana sino ambigua, alientan una interpretación que ha trascendido la temporalidad, deviniendo, por ello, la lectura de esa novela corta, un agradable entretenimiento que puede dejar -o no- un poso de reflexión, siendo de todo punto inexcusable su lectura para cualquier amante de los buenos libros y especialmente para cualquier amante del cine.

Porque, como ya se ha dicho, la trama que inventó Jack Finney ha dado
lugar, hasta ahora, a cuatro adaptaciones cinematográficas, habiendo este comentarista visto -y recordado, recientemente- dos de ellas:

La primera, presentada en Febrero de 1956 en U.S.A., lo cual da fe del éxito del relato de Finney, tomó el título en España de La Invasión de los La
drones de Cuerpos, traducción literal del título definitivo estadounidense (Invasion of the Body Snatchers) y fue dirigida magistralmente por Don Siegel, con un acertado guión realizado por Daniel Mainwaring que sigue muy fielmente la estructura de la novela, con algunos cambios predeterminados por la intención del director, que pone sobre el tapete de forma elocuente una segunda lectura de contenido ideológico que, con el tiempo, ha perdido la fuerza de la inmediatez para obtener una pátina intemporal, como ya ocurrió con la novela en la que se basa.

Es una película en blanco y negro, con es
casos medios, de la gloriosísima Serie B, que tan buenos y perdurables frutos dio; en este caso, el productor, Walter Wanger, dueño de una pequeña compañía, obtuvo el pleno al adquirir los derechos cinematográficos de la novela, que puso en manos de los talentos a su alcance, un director todavía lejos de la fama de buen artesano, un guionista forjado en series de televisión, una música eficaz creada por el compositor Carmen Dragon, y unos intérpretes de los que sobresale Kevin McCarthy, en un papel que le haría inolvidable.

Siegel aprovecha al máximo la estructura narrativa de la novela, ya que
inicia la película en un flashback, donde vemos al Dr. Miles Bennell, al borde del paroxismo, gritando que no está loco y que le dejen expresarse, empezando el relato de unos hechos acontecidos menos de una semana antes, a un psiquiatra que acude a la llamada de la policía para atenderlo. El jueves pasado, dice, tuve que volver a Santa Mira de improviso, cuando estaba en un simposio de medicina, ante los ruegos de mi secretaria, alarmada por la cantidad de pacientes que acudieron a la consulta angustiados, reclamando hablar con el Dr. Bennell, rechazando el desvío al otro médico del lugar.

Cuando Bennell conduce su auto desde la estación hasta su consulta, casi atropella al pequeño jimmy Grimaldi, que se le cruza en la carretera, observando, al parar el coche, que el puesto de verduras y frutas de los Grimaldi está abandonado, cuando apenas dos semanas antes, al partir hacia el congreso, era un negocio boyante: la Sra. Grimaldi le dice que el pequeño no quiere ir al colegio porque tiene miedo, y que el negocio lo han dejado por exceso de trabajo.
Una vez en la consulta, comprueba que sus pacientes anulan, uno tras otro, sus urgentes llamadas, sin que en ningún momento hayan querido explicar a la enfermera su problema, incluyendo la madre del pequeño Grimaldi. entra en escena Becky Driscoll (una muy bella Dana Wynter) quien le solicita vaya a ver a su prima Wilma, que está segura que su tío Ira Lentz no es su tío; en el interín, la pareja se comunica que han "estado en Reno", lo cual les hace compañeros en su condición de divorciados, de forma elíptica. Se encuentran con el poli
cía Sam, quien también es paciente de Bennell, manifestando no ser nada su requerimiento de consulta semana atrás.

De vuelta a la consulta, Bennell recibe consulta del pequeño Jimmy Grimaldi, con su abuela, insistiendo el pequeño, histérico, en que su madre no es su madre. Benell, viendo la coincidencia con lo expuesto por Becky, va a visitar a los Lentz, comprobando como Wilma coincide en las apreciaciones referidas de no ser su tío Ira la misma persona, ante la incomprensión de Bennell, quien acuerda con Wilma una cita con el psiquiatra Kauffman.

La voz en off de Bennell, recurso de Siegel para recordarnos el largo flashback en que consiste la película, nos asegura que en su interior, nace una alarma al comprobar que varios pacientes aducen curaciones insólitas de problemas no expuestos, y algunos aseguran no conocer a sus parientes como tales.


Se encuentra, casualmente, con el psiquiatra Kauffman, en compañía del otro médico del pueblo, y de la conversación conocemos que algo como una epidemia se ha extendido en el pueblo en apenas dos semanas, con multitud de personas que aseguran no reconocer a sus allegados como tales, asegurando Kauffman que la causa probable sea la preocupación por lo que sucede en el mundo. (Recordemos que la película se rueda en la llamada guerra fría)
Antes siquiera de iniciar una romántica cena con Becky, Bennell recibe la llamada de Jack Belicec, quien le muestra en su mesa de billar, un cuerpo informe, adulto, sin huellas dactilares, con la morfología de Belicec, descrito por Bennell como un "ser extraño". Bennell se pregunta, ante sus amigos, si habrá conexión entre el extraño cuerpo y la supuesta epidemia nacida en Santa Mira.


Sin descanso, Siegel nos va mostrando con su cámara tanto los sucesivos hechos que ocurren alrededor de los habitantes de Santa Mira, como la falsa apariencia de tranquilidad que sus calles ofrecen, impresionándonos con el descubrimiento, en el cobertizo de Bennell, de cuatro vainas que alojan cuatro seres informes con las características de Bennell, Becky y el matrimonio Belicec. Cuatro vainas que han quedado en la retina de cuantos han visto la película.

Pronto entendemos que casi todo el pueblo está "transformado" y, ocultos Bennell y Becky en la consulta, aparecen tanto el psiquiatra Kauffman como el propio Jack Belicec, quienes, sosegadamente, les invitan a no resistirse, augurando una vida mejor, sin mied
os, sin problemas, sin ambiciones, sin odio, sin amor. Bennell se resiste rechazando un mundo igual para todos (clara referencia a la "amenaza comunista", presente en la sociedad estadounidense en la época), asegurando preferir rechazar la oferta en aras de poder amar a Becky, obteniendo por respuesta que no puede rechazar la oferta.
La pareja, ya los únicos del pueblo conscientes de no haber sido "transformados", viendo cómo las vainas son distribuidas en la población para destinos en otras ciudades, consiguen evadirse.
Se ocultan en una mina, perseguidos por el pueblo entero, y, no pudiendo resistirse al sueño, Becky acaba también por sufrir la "transformación".
Bennell huye campo a través, hasta encontrar la autopista: sus gritos de auxiio a los conductores no surten efecto alguno; les advierte a gritos que ellos serán los próximos; inten
ta subirse a la caja de un camión y, horrorizado, comprueba que su carga al completo son las fatídicas vainas.
Vuelve la imagen al principio, con un Bennell excitadísimo contando al psiquiatra sus desventuras, recibiendo palabras amables de incomprensión, hasta que llega al hospital un herido por un camión que, al parecer, derramó en el accidente una extrañas vainas, ordenando el psiquiatra que de inmediato se llame a las autoridades.

En una hora y veinte minutos, Siegel ha resumido de forma eficaz la novela, presentándonos los datos más relevantes de la misma, con un ritmo constante, que aprisiona desde el primer minuto al espectador, con una caligrafía cinematográfica ajustadísima, donde no sobra un plano y ninguna secuencia está de más, sin descanso, consiguiendo tenernos en un puño, de principio a fin sin respirar, atentos a todo lo que se nos ofrece en la pantalla, espect
adores sufrientes, identificados con el pobre héroe a la fuerza Bennell, sobre cuyos hombros descansa todo el peso de la película.

El final, vemos, es distinto de la novela; en forma elíptica, se da por sentado que las autoridades van a solucionar el problema de los invasores extraños.

Siegel hace una parábola mediante una segunda lectura de la trama novelesca, introducida de forma eficaz, a sus fines particulares. Pero lo que podría haberse quedado en panfleto anticomunista de la Serie B, como tantos otros hubo, por el tratamiento cinematográfico empleado, en estado de gracia del director, deviene en un clásico intemporal, ya que, vista la película años después y en condiciones sociales totalmente distintas, supera la intención primigenia del director, como ocurre con la intención de entretener del noveli
sta, alcanzando un estado en el que cada cual puede otorgarle una interpretación ideológica, una segunda lectura redundante, que podría, por ejemplo, fácilmente reconvertirse en una crítica al macartismo imperante en el momento de realizarse el filme, clara intención de obtener una uniformidad de pensamiento que, aún de derechas, igualmente comporta la aniquilación del yo, un intento de aprisionar la libertad individual, con el derecho a equivocarse que cada uno ostenta de forma inalienable.

Un verdadero clásico, imperdible, superando el género fantástico, de misterio, de terror, etc., habiendo imprimido en la retina de los recuerdos inolvidables escenas que ningún cinéfilo dejará de reconocer apenas entrevistas.


La segunda adaptación data de 1978. No se trata, en absoluto, de lo que convenimos en llamar "remake" de la película de Siegel. El director, Philip Kaufman (curiosa coincidencia con el apellido del psiquiatra de la novela y de la primera adaptación), con el apoyo de una "major" como United Artist, retomó bajo el mismo título inglés Invasion of the Body Snatchers , mal traducido en España como La Invasión de los Ultracuerpos (señal inequívoca de la aparición de los ejecutivos de medio pelo
y escasas luces), la historia pergeñada por Jack Finney, basándose en un nuevo guión escrito por W.D.Richter, autor también de los guiones de Nickelodeon (1976) y Drácula (1979), a mi humilde entender, fallidas ambas, tanto como la posterior Brubaker (1980), que precisó de media hora más, hasta alcanzar el metraje de una hora y cincuenta minutos, lo que, en mi modesta opinión, lastra el resultado final.
Pero ya se sabe: suben el precio de las entradas del cine y quitan la añorada sesión doble y en compensación (maldita compensación) las películas duran más, no vaya a quejarse alguno.

La película cuenta con un mayor presupuesto, no hay duda: interpretada por estrellas del momento como Donald Sutherland, Brooke Adams, Jeff Goldblum, Veronica Cartwright y Leonard Nimoy (el entrañable e imperecedero Mr. Spock trekkiano), con cameos de Don Siegel y de Kevin McCarthy como homenaje a la primera adaptación, y otro cameo que me callo (de aquellos de yo pasaba por aquí, por los estudios Zoetrope, a ver a mi amigo Francis), una buena música fruto del compositor Denny Zeitlin, y unos medios técnicos superiores, esta nueva versión de la trama de Jack Finney se nos presenta totalmente distinta, coincidiendo no obstante con la primera en no respetar el final de la novela.

De inicio se hace ver, en imágenes con fondo musical que, procedentes del espacio, unas esporas llegan a la Tierra, donde vemos como se transforman en una especial flor parásita de otros vegetales, y vemos a la Doctora Elisabeth Driscoll (Brooke Adams) recoger una y llevársela a su domicilio, expresando a su compañero Geoffrey, un dentista bien posicionado, enamorado apasionado y seguidor del deporte del baloncesto en la tele, su extrañeza por la flor hallada, explicándole que se trata de una especie semejante a una epilobulada, dice, del griego epi -sobre- y lobus -vaina- , asegurando que muchas de esa especie son hierbas malas y peligrosas.

Driscoll deja la planta, hermosa, en la mesita de noche. Al día siguiente, despierta comprobando como Geoffrey, poco dado a las labores del hogar, recoge con un cepillo al
go del suelo de la habitación y luego, sin mediar palabra, sale del domicilio de ambos aguardando a que aparezca un camión de la basura para depositar en él el contenido de una caja, al tiempo que parece intercambiar unas palabras con el conductor. Driscoll le llama, pero él desaparece de su vista sin responder a sus requerimientos.

Entretanto, hemos visto al compañero de trabajo de Driscoll, Mathew Bennell (Donald Shuterland), quien es agente de sanidad y consumo, en una escena que nada aporta a la trama, inspeccionar rigurosamente un restaurante de moda, con el resultado que le rompen el parabrisas del coche.

Al día siguiente, ambos se encuentran en la oficina de sanidad pública, y Driscoll manifiesta a Bennell que encuentra raro a Geoffrey. De nuevo Driscoll con Geoffrey, se da cuenta que éste no actúa de forma normal, pues ya no es ni apasionado enamorado ni seguidor del baloncesto, habiendo regalado las entradas de una final a un paciente, dejándola sola por una misteriosa reunión. Driscoll va a cenar con Bennell y le asegura que su compañero es diferente, que ha perdido sentimientos. Quedan en ver a un psiquiatra, el Dr. David Kibner (Leonard Nimoy), al día siguiente.
Bennell recibe confidencias del esposo de su tintorera, asegurando que su esposa está rara, que no es su mujer. Es otra.

Cuando van a un acto público del Dr. Kibner, contándole Driscoll sus sospechas del extraño comportamiento de Geoffrey, un hombre, alocado, (Kevin McCarthy, repitie
ndo una escena conocida), se les echa encima del capó y les dice: se acercan, se acercan, corren peligro, ¡socorro!, saliendo perseguido por una muchedumbre silenciosa, viendo como muere en la calle.

En el acto de Kibner, encuentran a Jack Bellicec (Jeff Goldblum), poeta, crítico con los libros de Kibner; Bennell intenta comunicar a la policía el suceso del hombre fallecido en la vía pública, sin conseguir que nadie le oiga; una mujer, histérica, asegura a Kibner que su esposo no es su esposo, ante la mirada atónita del público; Driscoll la comprende, pero es rechazada por Kibner, quien asegura haber oído en las dos últimas semanas varias versiones de lo que asegura ser fruto de la actual sociedad, donde nadie escucha a nadie, donde nadie toma compromiso por nada.
Bellicec vuelve al negocio familiar, unos baños, donde él y su esposa Nancy (Veronica Cartwright), descubren un cuerpo informe, recubierto de una mucosa peluda, que semeja a Jack, incluso con una herida en la nariz. Bennell acude a su llamada y comprueba que
el ser carece de huellas dactilares. En una sospecha, les recomienda que llamen a Kibner y Bennell acude a casa de Driscoll, donde descubre un cuerpo como el de Driscoll, a quien se lleva de la casa, dormida, más que dormida, aletargada. Llegado Kibner a los baños de los Bellicec, el cuerpo ha desaparecido.

A todo esto, Kaufman se ha tomado casi una hora en presentarnos el nudo central de la trama, incluyendo algunas escenas que demoran y perjudican el ritmo de la acción.

Los cuatro, Bennell, Driscoll y el matrimonio Bellicec, permanecen en casa de Bennell, donde, durante la noche, se nos muestra cómo de unas vainas dejadas en la terr
aza, van saliendo cuerpos inertes semejantes a los ocupantes de la casa, que huyen despavoridos, siendo perseguidos por una muchedumbre, que profiere alaridos inhumanos. Se separan, y Bennell, y Driscoll acaban refugiándose en su oficina de sanidad y consumo, donde son hallados por Kibner y Jack Bellicec, ya transformado. Bennell acaba con Jack y encierra a Kibner; encuentran a Nancy, quien asegura poder transitar sin peligro reprimiendo sus sentimientos, delatadores de su humanidad. De nuevo se separan, tomando Bennell y Driscoll un taxi conducido por Don Siegel en otro cameo, que les conduce directamente a la policía. Huyen de nuevo, y Bennell, después de ver cómo Driscoll, presa del sueño acaba deshaciéndose literalmente en sus brazos, apareciendo transformada, indendia un almacén donde las vainas son preparadas para embarcar con destino ignoto.

Acaba la película con el encuentro de Nancy con Bennell, quien, señalándola con el dedo, emite un grito inhumano que también ha pasado a la memoria cinéfila impenitente.

Kaufman nos presenta un horizonte dantesco ya que su final rompe tanto con la novela como con la anterior adaptación, significando el triunfo de los invasores espaciales, o, lo que es lo mismo, la pérdida de las cualidades innatas en la humanidad, cuales son los sentimientos que nos hacen únicos y diferentes al tiempo, aunque desliza la suposición, en boca de Nancy, que las plantas también tienen sentimientos. Ignoramos el porqué de la invasión y, como en la primera versión, se nos priva de la consideración novelesca de una caducidad en la nueva vida "transformada", caducidad, cuando menos, impulsora de la necesidad alienígena de parasitar la humanidad; es una cinta de terror, con un ritmo lento por la inclusión de escenas innecesarias, probablemente fruto del guión inadecuado, que con unos buenos recortes hubiera mejorado, alcanzando la categoría de mítica de la primera adaptación; su desolador mensaje cae en saco roto, por la falta de esperanza que alienta, faltándole ése espíritu de premonición que en otras películas que acaban mal persiste a modo de advertencia sobra la errática conducta humana que puede causar perjuicios en el futuro; no es una alegoría de la que se pueda sacar una enseñanza, o, por lo menos, este cinéfilo no la ha visto en las diversas ocasiones en que ha visionado la película. Es pues una buena película de terror con elementos de ciencia ficción, pero nada más. Recomendable, pero no imperdible.

Hay una tercera adaptación, dirigida por Abel Ferrara en 1993, Secuestradores de Cuerpos (Body Snatchers ), de la que nada puedo decir pues no recuerdo haberla visto.

Y pronto, en sus pantallas, la cuarta adaptación, de la que dejo un trailer, con Nicole Kidman, Daniel Craig y Jeremy Northam, con la intervención, cabe suponer que a título de homenaje, de Verónica Cartwright, pero con la inexcusable inclusión, salvo por intereses crematísticos, de un infante entre los personajes, lo que parece ser tónica común en busca de público infantil, cuando no ya meramente adolescente, provocando a este pobre cinéfilo la sensación que mi admirada Nicole ha perdido el norte que señaló en sus magníficas actuaciones de hace apenas unos cuatro años, metiéndose en un camino de bajada que inició con Embrujada, con productos multisala, cine palomitero rentable al minuto y desechable a los dos meses. ¡Ojalá equivoque el presagio!
Leer más...

diumenge, 5 d’agost del 2007

La Insoportable Levedad del Guión.



















Los dos señores que encabezan este sencillo comentario son los responsables de la pérdida de muchos minutos de holganza y entretenimiento para miles de personas: para los rusos, a razón de 134 minutos por cabeza; para el resto, a razón de 167 minutos. La diferencia, pues, en favor de los rusos, que, gracias a una censura absurda, se han ahorrado un rato de sopor.

Robert De Niro se equivocó cuando decidió llevar al cine una historia de Eric Roth, que ya había mostrado su talento en guiones tan magníficos como Mr.Jones, Forrest Gump, Alí y Munich, todos ellos, en opinión de este humilde espectador, verdaderas muestras de lo que podría haber sido y no fue. Por si quedan dudas: lo de "magníficos" es una ironía, una chanza.

El resultado de la colaboración Robert & Eric ha sido una devastadora película larguísima, que uno no sabe al final si hay que tomarla como intento épico de relatar el nacimiento de la famosísima y multimediática CIA en términos de alabanza o, por el contrario, en términos críticos.

Uno, partiendo de una lógica interna que seguramente no será compartida por todos, se queda en la indecisión de no saber a qué atenerse: si se trata de alabanzas, el retrato de los personajes es increíble, por lo poco preparados que resultan y por la inconsistencia de las diversas y múltiples historietas que se entrecruzan para formar un todo inverosímil; si se trata de criticar, tampoco la lógica de las situaciones ayuda, a menos que uno admita, sin más ambages, que los que toman las decisiones importantes, como la de escoger a los miembros del servicio secreto, son poco menos que tontos, dadas las escasas cualidades que adornan a los candidatos; hasta el extremo que da la sensación que la cinta la haya producido el FBI, cuyo representante es el único que sale bien parado de todos los que pululan por la pantalla.

Sea como sea, la película aburre y uno no para de mirar el reloj, deseoso de que las insensatas aventuras de todos cuantos aparecen en la historia acaben ya de una vez por todas.

De Niro nos presenta una estructura fílmica que pretende ser compleja, con diferentes flashback, que entorpece el desarrollo de la acción; probablemente, si hubiera presentado la historia de forma lineal, con orden cronológico, el ritmo interno de la película hubiera sido mejor.

Parece que la intervención como productor ejecutivo de Francis Ford Coppola no ha servido de nada en lo que a caligrafía se refiere, probablemente porque, De Niro, quizás engreído por su fama (de actor, para mí, sobrevalorado), no haya querido admitir consejos. Y así le va, y así nos va a los sufridos espectadores.

Ocurren muchas cosas en la historia, demasiadas, y muchas de ellas carecen de entendimiento, al no facilitar al espectador datos que las hagan inteligibles, provocando un esfuerzo de imaginación que distrae del seguimiento de la acción que se nos ofrece. Lo que, como hace unos días glosábamos como virtud de Hitchcock, el poner al espectador en conocimiento de lo que ocurre, se convierte, por su ausencia, en grave defecto de una trama que da la sensación de ofrecer un mosaico de vivencias que otorgue un aliento épico, acabando por ser un aliento agotado tras un maratón de secuencias inacabadas, inexplicadas y de verdades a medias, cuando no mentiras, hasta el extremo que, vista la película, uno no entiende la razón de ser de la censura rusa, siendo así que sus servicios secretos alcanzan una eficacia y virtud de la que adolecen los miembros de la que acabará siendo conocida como CIA, sin el artículo precedente "la", expresión correspondiente al final de la película, remate final de un desvarío tremendo que, a ojos de un europeo, hace comprensibles las muchísimas meteduras de pata con que la historia real ha adornado las actividades de los servicios secretos de U.S.A.: lo que mal empieza, mal acaba.

Me quedo con las ganas de destripar más a fondo la película, pero, por una parte, atendido su reciente estreno en España, bajo el título de El Buen Pastor (The Good Sepherd ), el 4 de abril de este mismo año 2007, me parece poco oportuno por si alguien no la ha visto y se atreve con el empeño y, por otra parte, atendido su extremo metraje y la multidud de personajes con historietas fácilmente desmontables, sería éste un post demasiado largo sólo para poner al descubierto las inconsistencias de la soporífera trama.

Sirva pues, este comentario, para inaugurar la sección de las películas que a este espectador no le han gustado.

Leer más...

divendres, 3 d’agost del 2007

La Dalia Negra

El amigo Brian De Palma nos ofrece una nueva ocasión de venerar el cine clásico que a él tanto le gusta, al sentarnos a ver su última película La Dalia Negra (The Black Dahlia ).

La película resiste porque se la compara con la mayoría del cine actual, lleno de acción y efectos especiales sin alma, pero su calidad intrínseca va a la baja cuando uno la compara con las joyas que tiene en la estantería, incluso con alguna película moderna, como L.A. Confidential, fruto del mismo novelista, James Ellroy, aunque, a nuestro pesar, el que se ha metido en la faena de guionizar la idea primigenia ha sido el señor Josh Friedman, que ya nos aburrió -particularmente, por lo menos- en la promocionada Guerra de los Mundos, otro fiasco - opinión particular- de adaptación de mejor novela, en ése caso, del clásico H.G. Wells.


El guión es importantísimo en este caso, pues la trama presenta una similitud con las historias clásicas del cine negro al uso de las basadas en historias de Raimond Chandler, como Adiós Muñeca (Farewell, My lovely) o el Sueño Eterno (The Big Sleep), con un desarrollo complejo de la historia, a retales, que alcanza su eclosión en un final que ata cabos y uno se da cuenta que casi todo ha estado a la vista cuando acaba la película, encajando perfectamente.

Es lo malo que tiene enfrentarse a una historia interesante con unos precedentes como los citados; al pobre cinéfilo le vienen a la memoria ejemplos que difícilmente resisten la comparación, y el guión, pese a sustentarse sobre una trama interesante, no ha sido desarrollado con la fuerza y convicción precisas, por no hablar de unos diálogos carentes de la acidez, ironía o amargura que suelen adornar semejantes proyectos.

El amigo De Palma lo ha intentado y podemos decir que lo ha conseguido a medias; la película, sin llegar a ser brillante, merece no obstante un aprobado alto, aunque el ritmo empleado es un tanto lento, falto de tensión por momentos.

Quizás la elección de los intérpretes no sea la mejor, pues Josh Hartnett, Scarlett Johansson y Aaron Eckhart realizan un trabajo correcto sin grandes alardes, exento de pasión y, francamente, Hilary Swank, muy bella, aparece un tanto distante, como si la cosa no fuera con ella.

Son, naturalmente, apreciaciones particulares, pero creo que con la buena historia que debe ser la novela original, le falta algo de garra a la película.


Porque la trama realmente es compleja y hasta el final no aparece el entendimiento de la historia, lo que, unido a una narración cinematográfica carente de nervio, con un pulso poco adecuado, y al escaso interés que despiertan los personajes en tránsito por la historia, en buena parte a causa de la poca convicción mostrada por los intérpretes, que no acaban de despertar los personajes, presos de unos diálogos anodinos, como es el caso de la mujer fatal que resulta poco más que una simple ninfómana, completándose en un conjunto que deja la sensación de obra inacabada.

Interesantes los aspectos técnicos y artísticos: recreación de los ambientes de Holywood años 40, buena fotografía sin ser sobresaliente, y vestuario y música aceptables.

El aprobado alto que se le otorga se debe básicamente a la valentía de rodar una película sin trucos modernos, afrontando directamente al interés del espectador en desentrañar un
a trama compleja que requiere el máximo interés para seguirla; no pasa de ahí por la falta de nervio y porque ninguno de los personajes se nos mete en el alma causando ni animadversión, ni simpatía, siendo esa frialdad, esa falta de conexión con el espectador, lo que reduce la película a una obra interesante, sí, pero no imprescindible, a un nivel inferior, por ejemplo, invocando trabajos del mismo De Palma, como Los Intocables (pronto una secuela en sus pantallas) o Vestida para Matar.

Leer más...

dimecres, 1 d’agost del 2007

Frenesí




En 1971, un ya anciano Alfred Hitchcock (1899-1980), después de trece años de haberse molestado en dirigir una película, se tomó la satisfacción de trasladarse a su Londres natal para realizar la que sería, a posteriori, su penúltima gracia que nos otorgó en una fecundísima carrera cinematográfica.

Entiende este espectador que el amigo Alfred lo hizo para dar con un canto en los dientes a los académicos de Hollywood, después que en el año 1968 le otorgaran el Premio Memorial Irving Thalberg, a modo de consolación, por no haberle dado ningún Oscar directo por su trabajo en las cinco ocasiones en que fue nominado, la primera de las cuales data del año 1941, por Rebeca, filmada en 1940, es decir, treinta y dos años antes de la que va a ocupar estas líneas.

Tenía ya pues Alfred sus buenos 72 años cuando regresó, fílmicamente hablando a Gran Bretaña, dando origen a una aviesa pregunta: ¿Ha venido a Gran Bretaña con el fin de conseguir que le nombren "Sir"?, cuya respuesta, por parte del genial Alfred, no tiene desperdicio: "Eso es una tontería; cuando te hacen Sir, sólo te llaman Sir Alfred o Sir George los chóferes y los camareros; tus verdaderos amigos te siguen llamando canalla"

La ironía de Sir Alfred, porque acabó sus días con el título en el bolsillo, resplandece a lo largo de toda su película, aún en el propio trailer promocional de la misma, donde aparece como un cadáver flotando, que habla, introduciéndonos en la película, retomando la idea primigenia de mandar un mensaje a Hollywood: ¡Todavía estoy vivo!





Desde luego, bien vivito y coleando, y con su humor característico a tope; un humor irónico, negro, negrísimo, diría que insultantemente negro.

En Frenesí, como se tituló acertadamente en España, su penúltima película, estrenada en 1972, Frenzy , hallamos, realmente, un frenesí hitchcokiano desaforado.

Habida cuenta que Alfred ya llevaba un marcapasos y que su esposa y colaboradora Alma sufrió durante la preparación del rodaje un infarto de miocardio, cabe suponer que para el viejo taimado esa era una ocasión que no podía perder.

La burla, la ironía, hace aparición nada más empezar la película, cuando vemos a un político pregonando las virtudes de las obras realizadas para conseguir que el rio Támesis, a cuya orilla está arengando a un grupo de londinenses, el rio, digo, sea de nuevo tan limpio como años atrás, fruto de no sé qué depuradoras, asegurando que pronto volverán a pescar en él los londinenses, cuando, ante los gritos de la concurrencia, se observa flotando en el rio un cadáver, de mujer, desnuda, con una corbata anudada al cuello.

Inmediatamente sabemos que hay un asesino de mujeres, que el populacho compara con el famoso Jack el Destripador. Y acto seguido vemos a un hombre anudarse una corbata.

El McGuffin está servido. Alfred vuelve a la historia del falso culpable, porque, aún no terminado el primer tercio de la película, el espectador sabe perfectamente quien es el asesino de la corbata, y, además, es el único que lo sabe, pues el amigo Alfred ha construido una serie de escenas concatenadas a la perfección, para incriminar al inocente a ojos de los demás personajes de la historia.

De hecho, lo que menos importa es quien es el asesino; lo importante es que Alfred, nuevamente, nos mete en la piel del inocente falso culpable, y vaya si ya estábamos avisados, pero no podemos sustraernos a la magia del genio.

Para ello, Hitchcock nos deja otra lección de cine, mientras nos lleva de un lado a otro de su amado Londres y muy especialmente del barrio del Covent Garden, como un homenaje a sus callejuelas intrincadas, lugar donde su padre tuvo su negocio. Un recuerdo de familia.

En el dvd, completo con un interesante documental de los de verdad, explicando algunos de los "trucos" del maestro, hay una frase de Peter Bogdanovich que resume todo: Hitchcok dirige como un novicio, experimentando, sin miedo, nuevas formas de caligrafía cinematográfica, hallazgos fruto de su endemoniada inteligencia fílmica y su maravilloso ojo, capaz de saber lo que capta la cámara, aunque esté plácidamente sentados a unos metros del cámara.

Como de costumbre, la caligrafía de Alfred tan sólo asoma cuando uno ya ha visto la película y se dedica a repasarla con calma, lo que da fe de la efectividad de su trabajo.

Mantiene la cámara quieta, en plano fijo, hasta que, por medio del sonido, la acción nos hiela la sangre: vemos una pared, pero estamos viendo cómo una mujer acaba por descubrir un cadáver, sólo por la fuerza de la sugestión y del conocimiento de que el cadáver existe.

Alfred nos estimula mentalmente. Nos hace cómplices de su ojo que todo lo ve. Nos mete en la historia, así, como sin hacer nada. Sencillo, difícil, impensable en otro director. Nos tiene en un puño. Pero no nos engaña: nos lo enseña todo, pero sólo a nosotros.

Esa es la virtud de Hitchcock: todo lo que filma, lo hace siempre pensando en el espectador, al que respeta en su inteligencia, pero al que manipula en su ánimo con la facilidad de un encantador de serpientes.

Los movimientos de cámara, una vez más, son de enciclopedia; las secuencias, cuando deben ser largas, parecen interminables, y todavía no se había inventado la steedy-camera; Alfred demuestra por enésima, a sus 72 años, que el oficio no es que lo conozca, es que parece haberlo inventado él, con la elección de los lugares apropiados para rodar las escenas, los más adecuados objetivos de cámara, el mejor plano picado.

Curiosamente, Frenesí es la primera -y única- película de Hitchcock que se calificó como no apta para menores de 13 años, a causa de los varios desnudos que forzosamente deben salir en pantalla, y por una escena de violación con ulterior asesinato con una complejidad de montaje, con profusión de planos cortos y primeros planos que, al parecer, tardó tres días en rodar entera; naturalmente, como era su costumbre, existía hecho el guión cinematográfico en dibujos, el "story-board", pero, como siempre, a la hora del rodaje, Alfred lo tenía todo ya en el cerebro. Los actores, agotados y los técnicos al borde del paroxismo, pudieron filmarla gracias a que habían visto y repasado una y otra vez los dibujitos de marras. Nunca más en un cine se ha visto una violación tan real, tan espeluznante.


Otro tanto ocurrió en una secuencia que ha acabado por ser paradigmática del humor negro destilado por Alfred, cual es la que ocurre en la caja de un camión que transporta sacos de patatas, uno de ellos con cadáver incluído, secuencia agotadora para el actor (tres días más de rodaje frenético) que interpreta al asesino; secuencia de nuevo con centenares de planos cortos y primeros planos, secuencia que el espectador vive intensamente, con retazos de humor verdaderamente macabro, y que, al final, resultará ser esclarecedora, y, por ende, nada gratuita.

La forma en que Hitchcock nos cuenta la historia es más que enrevesada, alambicada, con múltiples vericuetos, pero nos lleva de la mano de forma maestra, y siempre estamos al tanto de lo que está pasando; asistimos también a chanzas descaradas contra la "nouvelle cuisine" que a buen seguro desagradaba al glotón de Alfred, y, nuevamente, son escenas sin las cuales la comprensión de la historia quedaría coja para el espectador.

La trama, proviniente de una historia de Arthur La Bern llamada "Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square", fue adecuadamente guionizada por Anthony Shaffer, quien escribió los diálogos y, de acuerdo con Hitchcock, modificó alguno de los sucesos que se nos cuentan. Sí, ése Anthony Shaffer, guionista de Sleuth (La Huella), Wicker Man (El Hombre de Mimbre), Asesinato en el Orient Express, Muerte en el Nilo, etc; ya sabemos que Alfred no se andaba con chiquitas a la hora de escoger a sus guionistas; algún día habrá que hablar de Shaffer.

Hitchcock nos cuenta pues, como quien dice, la historia de siempre, con un falso culpable que no hace más que complicarse la vida con sus acciones en realidad fútiles, huyendo de unos acontecimientos que le desbordan, algunos casuales, otros buscados por su verdadero enemigo, el culpable. Es el juego del gato y el ratón, y, hasta el final, parece que el ratón va a perder, provocando la lástima y simpatía del espectador, inmerso en una pesadilla ajena.

Lo cuenta a su modo, medio en broma, medio en serio, ya que también se cuida de investigar la figura del asesino en serie, que, en 1971, todavía no se había tratado en el cine en la forma en que ahora es habitual y mucho menos en el tipo de asesino sádico de personalidad compleja, amistoso y simpático para unos, letal para las mujeres.

Combina de forma maestra los planos más explícitos con las elipsis más eficaces, como, cuando antes de que vaya a suceder la segunda violación, que no veremos, sabemos que va a ocurrir pues oímos la misma frase:¿Sabes que eres mi tipo de mujer?

El cine de Hitchcock no deja nada al azar y el uso de todos los medios es el más adecuado al fin que persigue, y ese fin no es otro que, con la complicidad exigida y mágicamente conseguida del espectador, nos cuenta una historia de forma magistral, sin puntos muertos, sin pérdida, sin descanso, sin reiteraciones vanas, sin redundancias, con un ritmo endiablado pero sin atropellar, constante, sin que la infinita variedad de recursos fílmicos devenga en una forma de pretender asombrar a nadie fútilmente, con una eficacia demoledora.

Es el cine de Sir Alfred; es cine en estado puro; por eso se cuidó mucho de buscar actores prácticamente desconocidos, a fin de dar mayor veracidad a los personajes, anónimos, y proceder él mismo con mayor libertad.

Quizá la falta de interpretaciones soberbias sea el único defecto de esta película, lo que impide calificarla como de obra maestra, como ocurre en otra muestra de humor macabro, ¿Pero quien mató a Harry?, aunque bien mirado, ¿a quien le importa? Es, ciertamente, una de esas películas imprescindibles para cualquier cinéfil@, una lección de cine compendiada en algo menos de dos horas de placer.

Más que recomendable, obligatorio comprar el dvd, garantía asegurada de por vida.

(P.D.: Dedicado este comentario a mi amigo Lluis M.C., con quien tuve el gozo de asistir al estreno de Frenesí en el fenecido cine Fantasio de Barcelona, una calurosa tarde de verano.)
Leer más...
Print Friendly and PDF
Aunque el artículo sea antiguo, puedes dejar tu opinión: se reciben y se leen todas.