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dilluns, 29 de desembre del 2025

Una carta disruptiva



Alejandro Casona fue un escritor español que como otros intelectuales puso pies en polvorosa cuando la guerra civil española se le hizo insoportable y después de haber llegado a América en México acabó por domiciliarse en Argentina donde escribió la mayor parte de su obra dramática hasta que ya entrados los años sesenta del siglo pasado regresó a España donde todavía escribió y estrenó una pieza recordada por el aficionado veterano.

Como he relatado en otras ocasiones, la prohibición (tan ligera como provocadora) de leer abundantes piezas de teatro que estaban a mi alcance consiguió que ya en mi primera adolescencia leyera con fruición algunas obras de teatro escritas por Casona y entre ellas está Las tres perfectas casadas que se estrenó en Buenos Aires en 1941.

Nos hallamos ante un melodrama basado en una situación inesperada:tres matrimonios formados por tres amigos inseparables y tres amigas íntimas desde la niñez que se casaron hoy hace dieciocho años en la misma ceremonia se aprestan a cenar celebrando el común aniversario y esperan la llegada del que fue padrino de esas bodas, pero éste no llega: se recibe aviso de que ha fallecido en accidente aeronáutico que llena las noticias de la noche, como llegan a saber los tres maridos, que se disponían a charlar en ausencia de sus esposas, en otra habitación.

El huésped de todos ellos asegura que tiene en su poder una carta del finado para ser leída por los tres amigos en caso de su fallecimiento: la misiva es una despedida que finaliza admitiendo que les engañó a los tres con sus relativas esposas.

La situación cambia drásticamente de pretendida comedia de clase alta a drama personal que cada marido enfrenta a su manera pero todo se agravará cuando al día siguiente el solterón comparece vivito y coleando y tomando a la ligera la certeza de sus aventuras sexuales con la esposas de sus amigos confirmándolas sin ambages.

Lo que ahora denominamos como infidelidades matrimoniales era en 1941 un caso clarísimo de delito de adulterio que no fue eliminado del Código Penal hasta varios años después: en España en 1978, en Argentina en 1995 y en México en 2011, si no yerro en mi documentación para situar en su lugar una propuesta de Alejandro Casona que se podría decir que ha envejecido mal por su temática básica y por emplear Casona un lenguaje que resulta excesivamente correcto causando la sensación de frialdad que no le conviene en absoluto porque lo que pretende el autor es presentar una amplia panoplia de sentimientos que van desde un machismo pretencioso hasta un amor soterrado por temor a los condicionantes sociales propios de una época en la que el adulterio recaía siempre sobre la cabeza de la mujer, quedando libre el hombre, motivo determinante de su derogación en los tres países mencionados, siendo preciso apuntar que todavía existe en diferentes países en la actualidad.

La realidad de los amoríos extra matrimoniales de esas tres perfectas casadas oculta en parte la traición para con los amigos de toda la vida que no queda resuelta como tampoco las consecuencias en los tres matrimonios que evidentemente no eran tan felices como se presuponían pues las tres esposas se dejaron seducir de muy buenas ganas y con un sentimiento que tampoco se ocupan en denegar o declarar como extinto, todo ello en diálogos educados por no decir edulcorados que en su época debieron resultar provocativos y escandalosos por mucho que algunos críticos quisieran negarlo porque abandonando la realidad temporal del adulterio lo cierto es que éste se ha despenalizado definiéndolo como infidelidad que puede ser causa de divorcio pero ante la falta de admisión y conformidad cornúpeta lo cierto es que las infidelidades suelen ir acompañadas de sufrimientos diversos.

No fue hasta 1953 que se estrenó en México Las tres perfectas casadas dirigida por Roberto Gavaldón y protagonizada por estrellas de la época como Arturo de Córdova y Laura Hidalgo, en una versión que logra alejarse de cierta claustrofobia teatral a base de grandes escenarios que nos presentan el conflicto en una clase social alta que representa muy bien los arquetipos diseñados por Casona, con algunos pequeños cambios pero conservando la estructura y buena parte de los diálogos de la obra original.

Gavaldón rueda con elegancia una trama contenida en sus formas probablemente para no traspasar muchas líneas marcadas en la época y entorno en el que se presentaba la película, de cuyo estreno en España no he conseguido noticia alguna, lo que no me extraña atendida la censura imperante en aquel momento.

Los intérpretes componen sus personajes con solvencia, naturalidad y fuerza diciendo sus frases con la convicción necesaria para dejar patentes unas situaciones inesperadas, exasperantes, dolorosas y causantes de angustia sin que hiperbolicen manteniendo una mesura ejemplar que apunta al texto como resolución de una trama que merecería un tratamiento más trágico y se mantiene casi que circunspecta, dejando al espectador la suerte de rememorar todo lo visto y decidir por sí mismo.

Esa película puede verse en youtube a fecha de hoy en el siguiente enlace:




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diumenge, 7 de juliol del 2024

Electra





Intentar acercarse a los mitos tiene algunas consecuencias y la más previsible es que provoque un aumento de la extensión del comentario tanto por la riqueza de conceptos generados por el mito cuanto por la dificultad de aplicar la brevedad que forzosamente implica dejar en el tintero alguna idea, sea buena o mala.

Pero hoy es el cumpleaños de este bloc de notas nacido en 2007 y consciente que no habrá tarta con velas a soplar permítanme los amables lectores que me extienda un poco más de lo habitual ya que vamos a detenernos, ustedes y yo, en el mito de Electra nacido en los tiempos de la Grecia clásica, casi medio siglo antes de que empezáramos a contar los años de la misma forma en occidente, cuando en los hemiciclos pétreos se escuchaban las primeras tragedias que siguen marcando la condición humana.

Dicen los historiadores e investigadores filológicos que más o menos corría el año 418 a.c. cuando en Atenas se estrenaba una tragedia de Sófocles titulada Electra en la que se refieren los sucesos relativos a la muerte de su padre Agamenón a manos de su madre Clitemnestra y el amante de ésta Egisto y la venganza que Electra guarda en su pecho reservada a las manos ejecutoras de su hermano pequeño Orestes, el cual se salvó gracias a ella de la limpieza que Egisto tenía reservada para el linaje de los átridas.

Los mitos griegos son una fuente inagotable de inspiración para los dramaturgos que fundaron el arte de la palabra recitada y, naturalmente, hay más versiones del mito de Electra, entre ellas la de Eurípides que para algunos es anterior y para otros posterior a la de Sófocles, pero nos detendremos un momento en la de Sófocles porque, simplemente, me gusta más su forma de escribir o, para decirlo con propiedad, por la calidad de las traducciones que me han llegado, porque por desgracia no estudié griego en mi lejana juventud y he de fiarme de los traductores, que suelen ser buenos.

La Electra de Sófocles se lee de un tirón aunque no seas amante de los textos dramáticos ni modernos ni clásicos, porque tiene un formato muy ágil y tan sólo se apoya momentáneamente en la figura de los coros tan habitual en el teatro trágico clásico al punto que incluso en alguna pieza de Shakespeare hemos visto ese recurso narrativo.

Esta Electra de hace casi 2.500 años es lo que ahora gentes de poca letra y escaso intelecto vendrían en llamar "una mujer empoderada" porque mantiene a toda costa el ansia de venganza contra su propia madre a la que desprecia acusándola de la muerte de su padre que ella aduce como fleco de la infidelidad conyugal mientras que Clitemnestra impartió su propia justicia sobre Agamenón porque sacrificó a Ifigenia, también conocida como Ifianasia, para complacer a los dioses antes de su partida a la guerra de Troya. Clitemnestra esperó durante diez años a que su esposo volviera (con una amante y dos hijos) para arreglar cuentas sirviéndose de su amante como brazo ejecutor: ello era conocido por el público de la época (a lo que se intuye, bastante culto) y no hace falta que Sófocles se extienda en explicaciones y tan sólo se detiene en la descripción que el desconocido Pedagogo le hace a Clitemnestra de cómo llegó a morir su hijo Orestes, en una competición de cuadrigas que a cualquier cinéfilo le trasladará inmediatamente a la celebérrima secuencia de Ben-Hur, ante el horror de Electra, que confiaba en el retorno de su hermano para que fuese el brazo ejecutor de su venganza, de su justicia particular.

Siendo lo cierto que Orestes se ha valido del convincente lenguaraz Pedagogo para poder acercarse a su madre y llevar a cabo sus propios designios de venganza, su llegada al palacio sorprende y colma de felicidad de Electra, quien con apasionado verbo le convence para que ejecute a su común madre y al amante de ésta por adúlteros y asesinos.

En la pieza de Sófocles todo gira en torno a la figura de Electra capaz de rechazar las ventajas de ser considerada princesa por no querer convivir con su madre y su amante; Electra lamenta la muerte del amado padre y la falta del querido hermano que hurtó a las manos asesinas de Egisto y contra la postura más complaciente de su hermana pequeña Crisótemis, rechaza la posibilidad de contraer matrimonio y tener hijos formando una familia porque se siente atada a su difunto padre y a su ausente hermano, Orestes, cuyo retorno espera ansiosa, rechazando cualquier otra posibilidad. Electra se mantiene firme en su decisión y espera sin temer represalias que podrían ser mortales.

No pasa inadvertida la complejidad de los sentimientos de Electra hacia su padre, apuntados más someramente que los que tiene hacia su hermano, también muy interesantes e igualmente subdesarrollados por Sófocles en una tragedia clásica que ocupa menos de noventa páginas y permanece como un hito de la dramaturgia occidental.


Damos un gran salto en el tiempo y nos plantamos en 1901 cuando Benito Pérez Galdós, que a principios del pasado siglo era un firme candidato a recibir el nobel de literatura por sus magníficas novelas, tiene la mala idea de estrenar una comedia dramática titulada Electra que no guarda influencias del clásico griego porque en el texto galdosiano la figura de Electra no es más que una joven de dieciocho años, es decir muy lejos de gozar de capacidad jurídica alguna y dependiente por completo de las decisiones de sus tutores al ser huérfana y acabará por ser una víctima de intríngulis orquestados por un tiparraco que se las da de beato, amigo de canónigos y abadesas y Galdós, lejos de aminorar la carga, especifica claramente que lo que su obra va a relatar acontece en " el Madrid actual" refiriéndose, claro, al del mes de enero de 1901.

La carga anticlerical orquestada por Galdós en su comedia dramática a lo largo de cinco actos le propició una escandalosa división entre partidarios y adversarios, estos lo bastante poderosos y bien organizados como para impedir que el nobel fuese a para a sus manos al desprestigiarlo con malas artes en ámbitos internacionales.

La pieza dramática de Galdós permanece como una rareza anecdótica para este comentarista, declarado teatrero que, habiendo disfrutado muchísimo viendo a primeros de los setenta del siglo pasado la traslación que de su novela Misericordia hizo Alfredo Mañas con la impresionante actuación de María Fernanda D'Ocón y José Bódalo, esperaba un texto trufado de diálogos mejores de lo que se puede leer, quizás porque en Misericordia el lenguaje es de pobres y en Electra pretende ser de la clase alta madrileña y resulta almibarado, melifluo y falto de energía, y las situaciones casi que increíbles, aunque si uno se traslada a la época de su estreno se comprende el ruido que causó en la sociedad española. Bien cierto es, también, que escribir teatro no es lo mismo que escribir novela y que la maestría en un género no implica facilidad de obtener éxito en otro y si no, que se lo pregunten a Cervantes o a Beethoven.

Nos trasladamos de nuevo a otra época: han pasado treinta años y el 26 de octubre de 1931 se estrena en Broadway la primera de 150 representaciones (hasta 16 de abril de 1932) de la obra de Eugene O'Neill Mourning becomes Electra, una versión del mito griego que O'Neill hace suya de una forma muy peculiar y podemos decirlo porque hemos tenido el placer de disfrutar de dos obras suyas llevadas a la pantalla ( The Iceman Comet (1939) y Long Day's Journey Into Night (1941) y la lectura de su texto siempre ha sido memorable y en esta ocasión hay un componente que nos interesará como cinéfilos que somos.

A diferencia de Galdós, O'Neill sí guarda buena parte de la idea inicial que hallamos en Sófocles y no tan sólo eso: la amplía, la enriquece y la aprovecha para, en su acostumbrada idea de ligar dramaturgia con crítica social, dar unos cuantos palos. No tan severos como los que propina Galdós, es cierto, pero palos al fin y al cabo que se entienden perfectamente al leer su texto que, debido a los intereses ideológicos del autor, se extiende en forma de una larga trilogía que fácilmente ocupa una representación de algo más de cinco horas contando los intermedios, aspecto ése que lógicamente asusta a cualquier productor teatral y que posiblemente sea la razón que esta obra de O'Neill tan sólo se haya representado en Broadway en tres ocasiones que estén registradas en la base de datos de ibdb.

No fue fácil para mí hacerme con esta tragedia de O'Neill, pues su última traducción hallable data de 1952 y se realizó en Argentina, en una gloriosa recopilación de nueve dramas que por suerte compré en el mercado nacional de coleccionista y a un vendedor relativamente cercano: dos volúmenes que iré leyendo poco a poco, conforme vaya encontrando las películas que van ligadas a esas obras, porque O'Neill es un autor que ha sido y es, todavía, prolíficamente llevado a las pantallas, a veces grandes, a veces chicas. Lo apunto no por presumir, que también, sino porque, de estar interesados, ya vale que tomen paciencia: de hecho en alguna biblioteca pública dicen tenerlas.

O'Neill sitúa la acción justo en el final de la guerra civil de los Estados Unidos de Norteamérica y cambia todos los nombres mitológicos guardando sin embargo muchas de sus características: hay una especia de pedagogo en la figura de Seth, el sirviente y hombre para todo de la familia Mannon cuyo patriarca, Ezra Mannon, está al punto de llegar de la guerra donde ha servido como general y trae consigo a su hijo Orin Mannon, que llega algo herido: les esperan con distinta ansiedad Lavinia Mannon, la hija del general y Christine Mannon, esposa de Ezra y madre de los dos hijos mencionados.

La disposición de trilogía de esta tragedia quizás obedece a una idea que rondó en la mente de O'Neill en otra pieza que nunca vió la luz, compuesta de siete sub piezas o capítulos: cada parte podría perfectamente ser representada como función única que sería seguida por la subsiguiente en el relato trágico y así en tres representaciones distintas pero unidas por la misma trama.

Esta idea se me ocurre cuando compruebo que ya desde antes de empezar a leer la tragedia su descripción escénica huele más a cine que a teatro por la exageración de detalles que aporta el dramaturgo, aspecto que ya remarqué anteriormente y que no suele ser habitual ni mucho menos en la literatura teatral: esa minuciosidad que se observa en la descripción inicial requeriría bien un estudio cinematográfico bien un teatro grande y con gran presupuesto, pero es que luego, leyendo los diálogos, hay insertos trufados de indicaciones que no sorprenderían en un guión cinematográfico bien confeccionado, pero sin duda sí resultan extraordinarios en una pieza teatral por bien escrita que esté y ésta, como todas las de O'Neill, es una maravilla leerla. Una verdadera gozada.

Vaya dramaturgo: qué dominio del tempo, qué forma de presentar las situaciones, qué maravilla de crear personajes psicológicamente dotados de una complejidad fantástica, interesantísima. Te pueden caer bien o mal, pero no te dejarán indiferente. Verdaderos bombones para intérpretes de calidad, aún los menores.

No voy a relatar con detalle los aspectos de la trama trágica escrita por O'Neill porque luego me referiré -al fin y al cabo éste es un bloc de notas cinéfilas- a la única película que la ha llevado al cine y no quisiera plantar chivatazos a los amables lectores que hayan resistido hasta aquí, pero baste apuntar que O'Neill se apoya en lo básico de la Electra mitológica tanto en los sucesos como en los caracteres con la particularidad que exacerba discretamente los sentimientos de los jóvenes protagonistas al punto que hablar de síndromes mitológicos no está ni mucho menos fuera de lugar: bien al contrario, me parece explícito, como también resulta evidente la acerada crítica a un modelo de sociedad que era dominante a mediados del siglo XIX y que en 1931 no había sido modificado tanto como O'Neill evidentemente deseaba, así que esta traslación del mito de Electra resulta modélica y ciertamente me parece que no ha perdido vigencia, porque los ajustes sobre el clásico se acomodan en pocos milímetros y la crítica de los aspectos sociales apenas ha variado desde hace noventa años, por desgracia.

Esta magnífica pieza teatral fue representada muy bien a mediados del siglo pasado en España y yo era demasiado pequeño para haber tenido ocasión de disfrutarla, como sí hicieron mis padres (y lo tuve que escuchar a lo largo de varios años) y luego hubo otra versión con un reparto ya no tan atractivo: enfrentarse a los textos de O'Neill no está al alcance de cualquiera y esta pieza en particular, debido a su duración, está reservada sólo a artistas de primer nivel y ahora mismo no los tenemos disponibles, por desgracia. Ni aquí ni en los USA, donde tampoco la representan.

Rosalind Russell literalmente persiguió a Dudley Nichols para conseguir que el magnífico guionista y ocasional director le adjudicara el papel protagonista de la película Sister Kenny que era un biopic de una enfermera que ayudó a muchos enfermos de poliomelitis: a Rosalind la nominaron al oscar a la mejor actriz, pero ella quería interpretar a aquélla enfermera porque un sobrino suyo logró superar la polio siguiendo las recomendaciones. Dudley Nichols le hizo prometer a Rosalind Russell que participaría en su siguiente película y que probablemente sería una traslación de la ya célebre tragedia de O'Neil, Mourning becomes Electra.

Estamos en 1947 y Rosalind Russell ha cumplido 40 años. Ella piensa que hará el papel de Christine Mannon, pero Dudley Nichols, que lleva tiempo trabajando en un guión que permita llevar cinco horas de teatro a dos horas y tres cuartos de cine, siempre que ha escrito los diálogos de Lavinia Mannon tenía en mente a Rosalind Russell. Será Katina Paxinou, contando 47 años, la que hará de Christine: una madre y una hija con sólo siete años de diferencia.

Dudley tiene, en este empeño, una gran ventaja: los diálogos brillantes, tensos de emociones, pasiones y sentimientos, los escribió O'Neill y no se pueden mejorar ni falta que hace intentarlo; las descripciones de los escenarios, están minuciosamente detalladas en la tragedia; algunos movimientos de los personajes, también están muy bien expuestos y relatados por O'Neill. Sólo tiene que decidir lo que deja fuera para aligerar el metraje. Y decidir si rueda en color o en blanco y negro. Y los story board, los emplazamientos de cámara y sus movimientos, travellins, grúas.

Y se equivoca: bastante. Vayamos por lo fácil: la película debería ser en color. O'Neill remarca la diferencia de estado de ánimo entre madre e hija apuntando que Christine luce un espléndido vestido de seda verde mientras su hija Lavinia se viste con ropas oscuras y tristes. La blancura de la mansión Mannon refuerza la sensación que es un mausoleo, un túmulo, y ello se pierde en un blanco y negro que además es adocenado, nada expresionista.

Comete un grave error de reparto de intérpretes: ahí hace falta una Lavinia más joven y despachar bien a Rosalind bien a Katina y también enviar a Michael Redgrave a casa porque con 39 años tampoco da el pego de jovencillo incorporado a filas casi que de casualidad y sus tembleques y temores resultan un tanto difíciles de creer para un tipo hecho y derecho y de 1,90m bien fornidos. Tampoco es ideal el concurso de un casi novato Kirk Douglas como petimetre enamorado desde la infancia de Lavinia porque,con nueve años menos, resulta difícil que jugasen a nada en su infancia respectiva.

Lo peor, lo más lamentable, es que todos esos intérpretes cumplen a la perfección con sus roles, pero hay algo que resulta quebradizo, una sensación de irrealidad incrementada por un tratamiento visual que no consigue evitar la sensación que estamos en lo que en España conocimos en tiempos mejores (cuando TVE se gastaba los dineros públicos en ofrecer cultura teatral de primer nivel) como "Estudio 1" que era teatro bueno bien representado y bien filmado, pero teatro al fin y al cabo.

Así que la pretensión de Dudley de hacer una película sobra la magna obra de O'Neill se queda a medias: eso sí los que somos teatreros olvidaremos por dos horas y tres cuartos que somos cinéfilos y nos refocilaremos con unos textos magníficos y unas actuaciones memorables y sólo lamentaremos, como puede ocurrir en el teatro, que en vez de esta sentados en la mejor fila cinco, estamos sentados en primera fila, donde ves volar los esputos que los esforzados intérpretes sueltan ocasionalmente mientras te deleitan con una vocalización, dicción y declamación alucinantes.

Hay que suponer que a la hora de elegir qué partes eliminar del texto original Dudley, sagaz guionista acostumbrado a lidiar con los censores, ya sabía que las partes que repartían collejas a la sociedad no hacía falta conservarlas porque iban a ser motivo de tachaduras y así, una vez más, el contenido social deseado por O'Neill se iba al garete. O quizás Dudley sí dejó buena parte de esas puyas para conseguir que las indisimuladas flechas que dirigen el intelecto del respetable a cuestiones tan complicadas como ardorosas como el incesto de toda clase pudieran colar sin que la censura tomara nota.

En resumen: vean esa película de Nichols con unos intérpretes magníficos como si viesen un fantástico Estudio 1 y piensen en cual sería su decisión ante la oportunidad de ver una película de cinco horas (o cuatro) que sea una digna traslación de la obra de O'Neill. Y si tienen oportunidad, no dejen de leer las obras de teatro mencionadas. No se arrepentirán.


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dijous, 28 de desembre del 2023

Un Macbeth del siglo XXI: bonito y descafeinado.

Macduff.- ¿Mis hijos también?
Ross.- ¡Esposa, hijos, criados, cuanto pudo encontrar!
Macduff.- ¡Y no estar yo allí!¡Mi mujer también muerta!
Ross.- Ya lo dije...
Malcom.- ¡Valor! Y que una gran venganza sea el remedio que cure este mortal dolor...
Macduff.- ¡El no tiene hijos!....

(La tragedia de Macbeth, Acto IV, Escena III, Trad. Luis Astrana Marín)

Denzel Washington, que este 28 de diciembre ha alcanzado los 69 años de edad, lleva desde hace un tiempo buscando afanosamente el papel de su vida sea en una película sea en el teatro (ya comentamos hace seis años que estaba preparando una representación de la muy difícil obra The Iceman Cometh y parece que desde entonces, julio de 2018 no ha vuelto a las tablas de Broadway); en el cine, ha tenido la mala idea de aparecer en sendos remakes desastrosos, uno de Pelham 1,2,3 y otro de Los siete magníficos, intentando que olvidáramos a Walter Matthau y a Yul Brinner, lo cual no sé si era arriesgado o simplemente un gran error de su parte.

Seguro que Denzel, que evidentemente ansía un reconocimiento profesional en una labor de mérito, es conocedor que Orson Welles dirigió y produjo en 1936 una versión de La tragedia de Macbeth con un elenco formado por negros y trasladando la acción de la Escocia medieval a un caribe ficticio titulando la representación como Voodoo Macbeth, cambiando las brujas por hechiceros vudú. Imaginando que cualquiera tomará estos datos como una inocentada, baste acudir a este enlace de Voodoo Macbeth para comprobar que Welles, con 20 años, ya era un experto conocedor del teatro de Shakespeare y lo bastante inteligente como para innovar.

Imagino a Denzel dándole vueltas al cacumen para conseguir el ansiado papel de Macbeth y hasta puedo suponer que lleva con esa idea desde que Kenneth Branagh le otorgó el papel de Don Pedro, Príncipe de Aragón, en la shakesperiana comedia Much Ado About Nothing que ya comentamos en su día aquí en 2008.

En éstas, va y se encuentra digamos que en cualquier fiestorra de Hollywood con Joel Coen y su esposa Frances McDormand, que ya ha cumplido los 66 años y como Denzel lleva tiempo buscando afanosamente incrementar el exagerado número de premios que ha conseguido como actriz y alcanzo a comprender que con los egos subidos a tope ambos llegan a convencer a Joel Coen para que se ocupe de llevar a la pantalla una nueva y definitiva versión de La tragedia de Macbeth que se estrenaría en 2021.

Joel Coen probablemente maldijo cien veces el momento en que se le ocurrió asistir al citado fiestorro, pero no se lo dijo a nadie por no buscarse problemas. O sí, no lo sé.

Joel Coen retoca muy poco el original de Shakespeare y aparte de los dos protagonistas que le toca soportar (una porque es la parienta y el otro porque estamos en el siglo XXI con su maldita corrección política y además se puso muy pesado) logra gracias a la excelente labor de Ellen Chenoweth disponer de un reparto de secundarios muy bueno y de ello te das cuenta en los primeros cinco minutos de ajustado metraje cuando escuchas (en v.o.s.e., claro) a Kathryn Hunter (por cierto, nacida en Nueva York) declamar los versos de las brujas y a Bertie Carvel (del mismo Londres, que reconocí su voz de inmediato -por su protagónico de Dalgliesh- pero no su cara, muy caracterizado) como Banquo y de repente oyes a Denzel Washington ponerse él mismo en ridículo con una declamación que deja en evidencia su poca categoría, incapaz de abandonar su acento estadounidense ni por un momento, lo que también, ¡ay!, le ocurre a Frances McDormand.

Hay un contraste lamentable entre los dos protagonistas y todo el resto de la película y me atrevo a decir que quizás Joel Coen hubiese hecho mejor dejando a la parienta en casa y produciendo y dirigiendo una versión cinematográfica del éxito teatral de Orson Welles de 1936, es decir, todos negros y la acción en el caribe, con lo cual nadie puede pretender que el texto se pronuncie en un inglés medianamente correcto como mínimo y excelente en el mejor de los casos. No me vale tampoco la inclusión de gentes de raza negra en unas tramas históricas que forzosamente les son ajenas, simplemente porque así no se enfada la minoría étnica, lo que es más bien ridículo y demuestra falta de inteligencia: mucho mejor Voodoo Macbeth, donde va a parar.

Si hipotéticamene eliminamos de la memoria el ridículo de Denzel Washington y de Frances McDormand al no poder representar con dignidad unos personajes harto difíciles, cierto, pero al alcance de unos pocos entre los que no se cuentan y debemos recordar que ambos magníficos protagonistas de la versión de 1948 eran los dos asimismo estadounidenses, con lo cual la nacionalidad no es excusa para no domeñar el lenguaje inglés, nos encontramos con un Joel Coen que olvidándose por completo de los protagonistas se centra en ofrecernos unos estilizados escenarios con elegantes movimientos de cámara y unos efectos especiales muy bien logrados y bien ideados, un poco blandos para lo que es la tragedia escrita por Shakespeare y con algún que otro fallo de atrezzo (esos botos que calza Macbeth parecen de Ubrique), servido por el atento ojo avizor de Bruno Dellbonnel y con la musiquita de Carter Burwell, todo muy bonito pero falto de garra: hay crímenes, pero no duelen. O no tanto como debieran.

La pareja protagonista aparte de ser incapaz de declamar de forma aceptable unos diálogos magistrales (porque dudo que lo hagan tan mal adrede) son a todas luces una mala elección, simplemente por su edad: ambos pagarían por cumplir mañana el medio siglo y sin poder disimular que ya están en la categoría de los veteranos entran en el selecto club de intérpretes que hacen el ridículo intentando representar personajes a los que doblan la edad cuanto menos.

Así, cuando Macbeth le dice admirado y apasionado a Lady Macbeth: ¡No des al mundo más que hijos varones, pues de tu temple indomable no pueden salir más que machos! Ves a una ajada McDormand con una mueca que induce a la risa.

Y además deja sin sentido, sin lógica, la frase que encabeza pronunciada por el traidor Macduff que lo es, como sabemos, porque en su cobardía por huir de Macbeth abandona a su suerte a su esposa e hijos y luego se lamenta de no poder vengarse al no tener hijos Macbeth. En esta película, ni los tiene ni los va a tener, por su edad y la de su esposa.

Tengo para mí que Joel Coen se venga de ambos protagonistas olvidándose de la buena idea de Welles al momento de presentar los parlamentos con la voz en off, porque una y otra vez les deja a ambos largar de muy mala manera unos textos que son la prueba de fuego de cualquier intérprete de fuste y esos dos fracasan estrepitosamente en su desempeño. No me puedo creer que Joel Coen haya sido tan maquiavélico.

En definitiva: agarras a Benedict Cumberbatch y a Keira Knightley y mandas a paseo a Denzel con la Frances y te marcas un Macbeth la mar de moderno y seguro que mucho mejor. Avisados quedan.


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dimecres, 27 de desembre del 2023

Macbeth, 1948

Me remontaré en la realización de un designio terrible y fatal.
Antes de las doce se ha de consumar un gran acontecimiento.
De la punta del cuerno de la luna creciente pende una gota de vapor de misteriosa virtud.
Yo la recogeré antes que caiga sobre la tierra,y,destilada por artificios mágicos, hará surgir artificiales espíritus que, por la fuerza de la ilusión, le precipitarán a su ruina. despreciará al hado, se mofará de la muerte y llevará sus esperanzas por encima de la sabiduría, la piedad y el temor. Y vosotras lo sabéis: la confianza es el mayor enemigo de los mortales.

(Hécate a las brujas. La tragedia de Macbeth, Acto II, Escena V. Trad. Luis Astrana Marín)



Resulta curioso comprobar que a pesar de las muchas aseveraciones relativas a la dificultad de representar La tragedia de Macbeth en el teatro sin embargo hay muchas versiones que podemos ver en soporte cinematográfico y también televisivo y si lo pensamos detenidamente llegaremos a la conclusión que la inmediatez del teatro, la representación en directo frente al espectador, es un obstáculo que no todos los intérpretes pueden afrontar sin desfallecer y personificar tan complejos personajes resulta mucho más cómodo y asequible si se puede detener la acción y repetir la interpretación hasta conseguir un resultado aceptable.

Vamos a detenernos, no obstante lo dicho, en una versión acometida por unos intérpretes que ya habían ejecutado su representación de los personajes en un teatro y que nos ofrecen una pieza cinematográfica con algunos defectos y muchas virtudes ya que se aprovechan los usos propios del cine para que algunos detalles apuntados por Shakespeare en su tragedia sean contemplados sin la dificultad inherente a una función teatral.

Naturalmente uno de los objetivos de cualquier director de cine que se dispone a rodar una película basada en una obra de teatro y más si ésta es archiconocida es caer en lo que comúnmente denominamos "teatro filmado" y es muy cierto que hay una parte de espectadores que ante un texto teatral inmediatamente insisten en que la película también lo es. En muchas ocasiones he negado la mayor porque ejemplos hemos visto de películas de origen gloriosamente teatral que no han caído, gracias al talento de un director, en ése defecto que nos recuerda el teatro filmado.

Como era de esperar Orson Welles dirige y protagoniza en 1948 una versión de Macbeth que desde el primer minuto nos convence de que Welles conoce de memoria todos los entresijos de la célebre tragedia y con la complicidad de sus compañeros del The Mercury Theatre y muy especialmente Jeanette Nolan en su primera película, lleva a la gran pantalla un Macbeth que a nadie dejará indiferente.

Decíamos el otro día que más allá de la definición de la ambición que albergan Macbeth y su esposa Shakespeare pone en juego el concepto de la traición como elemento necesario para que la primera sea satisfecha en la consecución de un fin muy concreto, el de ser rey y alcanzar el máximo poder, pero adrede dejamos en el tintero otro aspecto capital para entender el desarrollo psicológico de ambos protagonistas: el efecto que su propia conciencia tiene en su alma tanto por el reconocimiento del horror de los crímenes cometidos como por el atisbo de arrepentimiento que llega mezclado de dudas relativas a la consecución firme y tranquila del fin pues el poder adquirido con sangre parece llevar consigo la penitencia.

Supongo que la primera decisión tomada por Welles fue aprovechar de forma ideal el más viejo truco del cine: usar la voz en off para lo que en teatro denominamos "parlamentos" que no son sino la forma teatral con que el autor nos transmite a nosotros, espectadores, lo que está pensando un personaje. Welles y la Nolan más que recitar declaman de forma magnífica esos parlamentos mientras la cámara les sigue, les persigue, les examina físicamente en su inquietud expresada en célebres palabras y de esta forma Orson consigue reforzar visualmente lo que de otro modo sería un lastre para la narración cinematográfica. Es algo tan sencillo de adoptar, tan simple, que nadie parece otorgarle la virtud que conlleva, que es dar vida cinematográfica a un truco eminentemente teatral. Nadie lo alaba y pocos lo usan, por desgracia.

Estamos en una tragedia y ya sabemos que en el género la fatalidad estará presente de una manera u otra: el gran Bardo se vale de esos personajes esotéricos para personificar un albur, proponer una trampa, ejecutar una añagaza que siembre la duda en el libre albedrío de Macbeth y su esposa que obnubilados, tardarán en constatar para su perdición, primero ella y después él cuando comprueba que su invencibilidad está sujeta con alfileres a una veleta huidiza.

La tensión anímica provocada por la ambición y los crímenes que la sostienen es compartida por Macbeth y Lady Macbeth y es una consecuencia de otro aspecto a tener en cuenta: el intenso amor que une a ambos cónyuges, la confianza total entre ellos, la búsqueda y hallazgo del absoluto apoyo y fuerza para ejecutar lo necesario para lucir la corona real y Welles y Nolan saben transmitir mediante sutiles gestos y miradas esa compenetración de los dos protagonistas.

Nada es dejado al azar en el guión de Welles que retoca un poco la pieza original posiblemente por una economía que mejor podría adjetivar como precariedad económica y que el entonces ya afamado director y actor solventó como pudo de la mejor forma posible, con la ineludible ayuda de John L. Russell encargándose de dirigir una fotografía en un blanco y negro muy acentuado, quizás más surrealista que expresionista que nos lleva a considerar que estamos no tan sólo ante una tragedia sino también ante una pesadilla por momentos claustrofóbica, coincidente con la creciente sensación que tiene Macbeth de hallarse preso de sus propios crímenes y errores en una espiral anímica reforzada por unos escenarios al límite de un minimalismo forzado por las circunstancias.

Recuerdo haber visto en la tele ese Macbeth wellesiano hace muchos años, en versión doblada y sin conocimiento previo del original teatral: me pareció exagerada y difícil de tragar. Ahora, con muchas películas más en las alforjas y después de haber leído la obra de teatro, vista en su versión original, puedo decir que sigue siendo una película difícil de ver, pero justo en la misma línea en que está la pieza teatral, con la ventaja que los intérpretes realizan un trabajo magnífico y que lo que en una primera visión resultaba indescifrable ahora son elementos que pertenecen a la trama y deben estar ahí, donde Welles los sitúa con una fuerza inesperada para los escasos medios de que dispuso.

No dejen de verla en versión original: no se arrepentirán y no la olvidarán jamás.


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dilluns, 25 de desembre del 2023

La tragedia de Macbeth


Hijo.- ¿Qué es un traidor?
Lady Macduff.- Pues uno que jura y miente.
Hijo.- ¿Y son traidores todos los que hacen eso?
Lady Macduff.- Quienquiera que lo haga es un traidor, y debe ser ahorcado.
Hijo.- ¿Y debe ahorcarse a cuantos juran y mienten?
Lady Macduff.- A todos.
Hijo.- ¿Quién debe ahorcarlos?
Lady Macduff.- Pues los hombres de bien.


Acto IV, Escena II (trad. Luis Astrana Marin)



Todos, quien más quien menos, tenemos alguna idea relacionada con el personaje de Macbeth que cobró fama gracias a la pluma de William Shakespeare quien basándose en personajes reales históricos pertenecientes a la lejana Escocia (tanto física como temporalmente habida cuenta que la tragedia se estrenó en Inglaterra en 1606) nos ofrece una pieza teatral muy breve (cinco actos que en edición tipo biblia de Aguilar no alcanzan sesenta páginas aún con las referencias y anotaciones del traductor), dotada de una fuerza inusitada en los personajes y sus acciones violentas que se concatenan en una sucesión de crímenes a cual más horrendo encaminados a satisfacer una ambición que tan sólo el poder absoluto podrá colmar adecuadamente.

Queda así pues Macbeth en la memoria como ejemplo de una ambición desmesurada si nos atenemos únicamente a las muchas referencias que hallamos por doquier y si acaso ampliamos a Lady Macbeth la designa de ejemplo de consorte tan o más hambrienta de poder que su esposo jurándose ejercer sobre el varón toda la influencia que su indudable talento para la argucia y la estrategia criminal señalarán el camino para satisfacer la ambición que ya será de ambos.

En manos de otro dramaturgo los acontecimientos que originarán las profecías de tres brujas que no fueron llamadas y dejaron simientes en las almas de Macbeth y su amigo Banquo (que históricamente es antepasado de la dinastía de los Estuardo, gobernantes que fueron de Escocia y de Inglaterra) cuando al primero le auguran que será rey de Escocia y al segundo que sin serlo engendrará dinastía real, podría ser la base para un drama de luchas fraticidas muy realista, un argumento básicamente conocido por el público inglés de la época, pero el Bardo por excelencia no se queda ahí y amplía la psicología de los personajes gracias a un trabajo exhaustivo que adorna y completa el interés que provocan Macbeth y su esposa mediante una amplia panoplia en la que todo encaja para causar cambios en las decisiones que tomarán y más en el efecto que sus acciones provocarán en ellos mismos y todo ello sin abandonar un hálito fatalista porque el observador, en este momento más ávido lector que espectador teatral, no puede olvidar que las malvadas nigrománticas no han hecho más que anunciar posibilidades, que no certezas con lo cual el albedrío sigue libre y su deriva de maldad viene dada por la voluntad y ése error de juicio permanece ostensiblemente diáfano durante toda la tragedia, que lo es porque nos relata, como es habitual, un fatum que podría haber sido muy distinto.

No es habitual leer obras de teatro y aún menos los clásicos; aún siendo teatrero confeso, hasta ahora no había leído Macbeth pese a disponer de la magnífica edición de Aguilar de las obras completas desde que la conseguí en mercado de ocasión en septiembre de 1993, así que no puedo exigir conocimiento previo a nadie, pero me animo a invitar a su lectura como paso previo a la contemplación de alguna versión cinematográfica, que las hay, como veremos en otro momento y otro día.

La inusual brevedad de esta tragedia ni por asomo significa que no debamos estar atentos a todo lo que nos van contando, que es mucho y muy interesante y no hay momento escénico ni línea de diálogo que Shakespeare inserte únicamente por lucirse, que no es el caso: aquí su escritura es recia, nada florida y huérfana casi de llamadas a la cultura popular de su época, absolutamente diferente a As you like it, que ya vimos aquí hace años, concentrándose con una fuerza impresionante en Macbeth y su esposa sin abandonar el resto de personajes que son más que meros comparsas o secundarios de lujo piezas de un engranaje que de forma inexorable vemos rodar a un fin intuído.

Uno lee esa tragedia y comprende porqué no ha tenido ocasión de verla en un teatro y no es desde luego por la grandiosidad del escenario: son los complejos protagonistas los que de una parte provocan admiración y de otra más que miedo pánico escénico, porque afrontar su representación no está al alcance de cualquiera; uno andaba pensando que será una tarea difícil cuando se topa con un comentario del traductor abundando en ése aspecto y señalando que, puestos a representar un personaje de Shakespeare, cualquier actor prefiere el que sea menos Macbeth, porque el Bardo lleva al personaje a una desesperación creciente hasta el borde de la locura y se basa precisamente en el sentimiento y certeza de ser un traidor, cuyo apelativo va cargado con el honor propio mancillado por una cobardía inadmisible, puesto todo al servicio de una ambición sin más límite ¡ay! que el incuestionable oráculo que acertará en todo.

La impresionante traducción de Luis Astrana deja en verso las intervenciones de las brujas al ser sus rimas más sencillas y el resto lo leemos en cómoda prosa y uno siente no poder leer el original como desearía, que tampoco debe ser fácil, porque el texto, sin ser compendio de apuntes temporáneos, requiere lectura tranquila y atenta ya que el autor no deja nada al azar y más allá de exponer acontecimientos originados por una ambición también nos propone una reflexión relativa a la traición que, bien mirado, suele ir aparejada a la consecución de un fin que seguramente sin su concurso no sería posible, así que una vez leída con detenimiento esta tragedia podemos llegar a la conclusión que Macbeth, más allá del relato de una ambición, lo es también de una traición: de hecho, de más de una, todas ellas, eso sí, al servicio de la primera.

Muchas son las lecturas que se pueden hacer del texto que no por nada es un clásico: nada de lo que va aconteciendo en el mundo conforme pasan los años le será ajeno, porque mal que nos pese es cierto que en 1606 los ricos se desplazaban en carruajes y ahora lo hacen en aviones particulares, pero la humanidad no ha cambiado tanto y siguen existiendo traidores ambiciosos dispuestos a lo que sea con tal de obtener sus fines y a poco que lo pensemos, es perfectamente comprensible que la co-protagonista, esa Lady Macbeth que le ofrece su apoyo, le ayuda, le da ideas, le reclama su valor guerrero y varonil para ejecutar sus crímenes, esa esposa igualmente ambiciosa de poder, no puede parecernos ni mucho menos lejana a este siglo que vivimos y casi podría decirse que ya en 1606 el Bardo reclamó para la mujer el reconocimiento de cómplice y coautora de unos hechos relacionados con la ambición de ser rey en lugar del rey por los medios que sean necesarios sin parar mientes en su ética pero sí en su oportunidad y beneficio inmediato.

Es lo que tienen los clásicos: que vas leyendo, leyendo, y te quedas pasmado al ver lo actuales que son.

Carezco de conocimientos para extenderme con el debido rigor respecto a esta célebre pieza y además tan sólo pretendo con estas líneas apuntar la conveniencia de leerla para poder ver alguna que otra versión cinematográfica que de la misma se han hecho, ya que verla en teatro en directo suele ser harto difícil.



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dimarts, 30 de maig del 2023

Una rareza para cinéfilos y románticos irredentos



En muy pocas ocasiones ha sido tan fácil titular un comentario de forma que se ajuste perfectamente a la película objeto del mismo.

Mitchell Leisen podría servirnos como modelo de lo que es o mejor dicho era un cineasta de oficio comprobable y constatable, un director que antes de decir ¡acción! pasó primero por colaborar en los albores del cine como diseñador de vestuarios (su primera incursión acreditada, data de 1919), luego director artístico y al fin director al servicio de la compañía cinematográfica, primero sin acreditar y pronto ya firmando sus obras.

Una de las primeras es la que inspira estas cuatro letras que pretenden llamar la atención sobre una pieza hasta ahora desconocida que merece ser recuperada: se trata de la traslación a la pantalla de cine de una pieza corta de teatro escrita por el dramaturgo italiano Alberto Casella que fue guionizada por Maxwell Anderson y Gladys Lehman, ambos guionistas de larga carrera y coetáneos de Leisen, que realizan un excelente trabajo al mantener unos diálogos bien escritos sin sujetarse ni al tempo ni a la situación de la obra original.

La pieza, titulada Death takes a holiday (La muerte de vacaciones), estrenada en 1934, se mueve en un terreno peligroso por lo inusuakl, proclive a desplazarse hacia el terreno de la parodia, quizás resbalar hasta un terror incómodo y también permanecer sabiamente en una posición indefinida aceptando apuntes de toda clase sin dejarse influenciar por ninguno, manteniendo la fantasía como uno de los ejes de la narración que cabe suponer se ajusta mucho a la obra del dramaturgo añadiendo apenas alguna situación adecuada al lenguaje cinematográfico pero sin añadiduras que traten de enriquecer la insólita propuesta alargando una trama que con una hora y veinte minutos Mitchell Leisen despacha de maravilla.

La situación es la siguiente: la Muerte no acaba de comprender porqué la temen tanto los humanos; no entiende sus sentimientos ni sus actitudes y se le ha ocurrido que durante tres días tomará apariencia humana para averiguar, ocupando el lugar de un humano, qué es lo que se siente en la vida humana ante una serie de vicisitudes, para llegar a saber porqué los humanos nunca aceptan de buen grado el viaje final en su compañía.

Es de ver que la propuesta debe causar no pocas dudas relativas al tratamiento que debe dársele y por suerte en la propia pieza teatral ya se halla el iter dramático que, en manos de un cineasta de oficio como Leisen, encontrará un lenguaje visual acertadísimo a todas las circunstancias que lógicamente se originan por la conversión de esa entidad incorpórea en un especímen humano que, además, tan sólo dispone de tres días para ejercitar un experimento que le saque de inquietudes para él trascendentales.

Digo para él porque esa Muerte que en español tratamos como femenina adopta la figura del Príncipe Sirki que era esperado visitante del palacio del Duque Lambert que acoge distintos huéspedes entre los que se halla la joven Princesa Grazia cuya delicada belleza no puede pasar desapercibida mientras se resiste quedamente a aceptar el compromisos matrimonial que todos dan por hecho, matrimonio con el hijo de Lambert, Corrado.

La Muerte ha decidido que la espléndida finca de Lambert con sus huéspedes será lugar propicio para su experimento y así se la hace saber al Duque Lambert con la advertencia que nadie conocerá el secreto bajo pena de llevárselos a todos un un instante. Tres días, pide, y además, le concede un aplazamiento a Lambert del viaje que iba a producirse esa misma noche.

La surrealista situación es tratada por Leisen con un ritmo ejemplar, sin prisa pero sin pausa, incluso permitiéndose chanzas relativas a los cómicos y afortunados resultados de accidentes que deberían ser mortales pero no lo son porque el ocupado no está por la labor. Está tratando de entender la condición humana y de pronto surge la cuestión del amor, de ése sentimiento que domina las situaciones. Algo para lo que no está preparado.

Leisen ya nos ha apuntado detalles complementarios de lo que va a ocurrir en función de la personalidad de los personajes:demostrando su incipiente maestría como director (con muchos rodajes a sus espaldas en múltiples tareas) remarca brevemente signos que pueden ser considerados triviales pero que luego encajan perfectamente y complementan un todo que supera las dificultades de una historia que bordea el ridículo y lo supera con una elegancia que aleja no tan sólo la parodia sino también el aburrimiento del espectador, enganchado a la imaginativa trama pese a su irrealidad, con un final no por más feliz menos inesperado por su lógica interna que hace añicos cualquier vestigio vital que no se acomode a un romanticismo exacerbado al límite, sin ulterior explicación.

El elenco, encabezado por un joven Fredric March muy bien acompañado por Guy Standing y Evelyn Venable como co protagonistas y un selecto grupo de secundarios de los de antes, lleva a cabo una representación de sus personajes de forma muy convincente, especialmente March y Venable que logran trascender la fisicidad gracias al dominio de las miradas y la voz, ayudando no poco a convertir esta película de bajo presupuesto (esos magnánimos decorados seguro que eran ya usados) en una pequeña maravilla para cinéfilos y también para quienes aman las historias románticas que van más allá de todo.





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diumenge, 15 de gener del 2023

Una carta muy interesante





De vez en cuando una mirada al pasado es reconfortante, especialmente si acudimos al cine clásico en busca de historias consistentes bien narradas y comprobamos que hubo una época en la que los directores de cine (y algunas estrellas de cine también) leían textos de calidad con los que trabajar para llevarlos a la pantalla.

William Somerset Maugham ya fue referenciado en este bloc de notas hace mucho tiempo con motivo del comentario de la última versión de El velo pintado y ha sido un placer releer, en un viejo tomo que adquirí ya de ocasión en 1981, Obras completas, Vol. I, Plaza Janés (inútil buscarlo ahora), uno de sus relatos cortos -40 escasas páginas muy bien aprovechadas, eso sí- que luego se llevó al cine en varias ocasiones y que al documentarme me percato que la pieza en cuestión fue reconvertida en comedia dramática al año de haberse publicado el cuento y que fue la célebre Gladys Cooper la que se encargó de estrenar en los escenarios londinenses The letter (La carta), obra de tres actos -que presupongo muy breves-en la que se desarrolla una trama dramática con cierto suspense que deriva de unos hechos reales ocurridos en el Asia que todavía estaba bajo dominación británica, concretamente en Malasia.

Somerset Maugham seguramente conoció de primera mano los entresijos del original, no en vano sus andanzas le llevaron por aquellas tierras que le surten de magníficos escenarios para sus relatos cortos y novelas, siempre manteniendo su estilo fluído, aparentemente sencillo y poco trabajado pero dotado de profusión de detalles descriptivos presentados de forma sobria, tanto los referentes a los escenarios como los dedicados a perfilar las psicologías de sus personajes, lo cual certifica que hay un talento trabajando para ser capaz de atraer la atención del lector que en su imaginación está viendo desarrollarse una historia de amores despechados, de amores frustrados, de reflexiones que llevan la ética profesional a unos límites indeseables y unos comportamientos nada extraordinarios y sí muy humanos, desde el momento en que el autor no trata de disimular la omnipresente fragilidad de la virtud comúnmente aceptada frente al deseo que obliga a un equilibrio sostenido durante toda la narración y que, abandonando la posibilidad de circunscribirse a la intriga, se decanta por mostrar unos hechos producidos y sus efectos ulteriores sobre los actuantes y sus víctimas.

He buscado el texto de la obra de teatro infructuosamente y seguro que debe ser tan bueno como el relato, no en vano en su primera representación alcanzó la suma de 60 semanas, constituyendo fuente de pingües beneficios para Gladys Cooper que se estrenaba como productora de la función.

Como era de esperar la obra saltó de Londres a Nueva York donde fue reescrita por el afamado Guthrie McClintic que también dirigió las representaciones en el último trimestre de 1927, 104 en total.

De Broadway a Hollywood, como sabemos, el salto era lógico y ya en 1929 se hizo una primera película, pero la que ha quedado en la memoria del cinéfilo es la versión de 1940 The letter basada en un guión escrito por Howard Koch que en buena parte sigue con fidelidad lo que podemos leer en el relato hasta que observamos una serie de cambios y añadidos que, al desconocer la obra teatral, no puedo señalar si son de cosecha propia o no, pero que sin duda completan muy bien el cuento ya conocido.

Bajo el paraguas económico de la Warner Bros y con el trabajo de Hal B. Wallis como ejecutivo, la película viene producida por William Wyler lo que representa una cierta libertad para el conocido como "99 takes Willy" al momento de dirigir su película y desde el primer minuto ya advertimos que el admirado Wyler está muy decidido a dejar su impronta en una cinta que adeuda méritos literarios irrebatibles y que, además, viene precedida de un conocimiento popular por sus representaciones teatrales.

Cada vez resulta más evidente que el aserto que proclama que el teatro es veneno para la pantalla tan sólo acierta cuando el director es alguien incapaz de sacar el jugo a un texto y que cuando el mandamás no se arredra por la magnificencia literaria y la aprovecha para proveerse de ideas que sustenten su caligrafía cinematográfica, el resultado suele ser una maravilla.

Los habituales ya saben que manifiesto cierta predilección por Wyler y ello no choca con un mínimo de objetividad porque la verdad es que el maestro no deja pasar una oportunidad de dejar su marca:el arranque de la película sienta las bases de lo que vamos a ver y disfrutar porque son casi tres minutos de cine sin diálogo alguno en los que vemos que una mujer, sin mediar palabra, descerrajar los seis tiros de un revólver a un hombre que cae a los pies de la breve escalera que da acceso a una vivienda emplazada en la jungla, una plantación de caucho, pues hemos visto las cortezas sangrantes bajo una luna llena que de bella pasa a ser ominosa lámpara de una muerte a tiros que despierta y atemoriza a los sirvientes que dormían en hamacas. Wyler mueve la cámara en un travelling lateral hasta que se produce el sobresalto y luego se centra en la protagonista, Leslie Crosbie, que se retirará a sus aposentos hasta que, asegura, llegue su marido.

El personaje de Leslie es un bombón para cualquier actriz que tenga el coraje y el talento de incorporarla sin caer en el ridículo a causa de la dificultad de mostrar sus complejas facetas con naturalidad. Bette Davis ya sabía lo que era trabajar con Wyler: no en vano le consiguió un oscar por Jezabel (1939) y sin duda entendió de inmediato que su actuación iba ser memorable y muy difícil de conseguir.

Hay quien asegura que es la mejor actuación de Bette Davis y si no lo fuera, le faltaría muy poco, porque Wyler nos la presenta con su habitual eficacia con los intérpretes, exprimiéndola al máximo y una gota más, sin contemplaciones, y el resultado es verdaderamente espectacular porque esa Leslie tiene un alma atormentada de deseos inconfesables, de enconos ocultos, de intenciones nada premeditadas, y nos mantiene pendientes sin que la decisión de compadecerla o condenarla se pueda tomar simplemente.

Esa zozobra tiene su contraparte en su marido, Robert Crosbie (Herbert Marshall, como siempre eficaz y sobrio de gestos) que ha de cruzar el Rubicón dejando su hacienda en pos de proteger a una esposa que no le ha tratado con la sinceridad esperable, lo que le mantiene en una bonhomía vacilante mediatizada por una inseguridad que sin duda no merece.

La seguridad la presenta Wyler con pulso firme en una línea retorcida con el personaje de Howard Joyce (James Stephenson, soberbio, tristemente fallecido un año después) que a su condición de amigo de toda la vida de Crosbie une su actividad de abogado del mismo y será su praxis la que ya en el primer momento, observando fríamente al muerto, le haga ver algo que no acaba de cuadrar en las explicaciones que dará Leslie acerca de lo ocurrido; pero Wyler aprovecha el personaje extendiendo y ampliando los detalles íntimos, profesionales y éticos de Joyce ante la disyuntiva que se le presentará y la cámara lo retrata con una atención que supera lo habitual para un personaje secundario, otorgándole una importancia que a primera vista no tiene aunque evidentemente el carácter viene dotado de origen de unos aspectos a desarrollar con detenimiento y Wyler, por supuesto, no iba a rechazar la oportunidad y es de justicia asegurar que Stephenson responde a los requerimientos del director.

Hay dos personajes secundarios que también resultan impresionantes gracias a la cámara de Wyler: el primero, el pasante chino que Joyce tiene en su despacho:Ong Chi Seng (Victor Sen Yung, estupendo) está descrito minuciosamente por Somerset Maugham en su relato y cuando lo ves en pantalla después de haber leído el original lo reconoces en el acto: Wyler lo enriquece, diría que mimándolo, porque es consciente que encierra también un carácter digno de estudio, nada plano, y tiene un jocoso detalle para situar al personaje gracias al vehículo que usa: cuando le vemos arrancar, sabemos de inmediato lo que Wyler quiere comunicarnos sin decir nada; luego, la insistencia en reiterar unos ademanes corteses acaba por ser redundante y casi que amenazante, máxime cuando de un plumazo nos percatamos que su sentido de la ética y la moralidad distan mucho de lo esperable, sin que él pierda la compostura ni un momento.

Luego está la viuda del muerto, una mujer de rasgos asiáticos, que no pronuncia una palabra inteligible, pero que gracias a la fuerza de la mirada y el magnetismo hierático de Gale Sondergaard adquiere una preeminencia que la mirada de Wyler completa con un sentido de amenaza letal, simplemente con el uso del contrapicado leve pero efectivo.

Es lo que tiene el cine clásico: que los secundarios son una gozada, porque los buenos directores no dejan nada al azar ni pierden la oportunidad de usar todos los personajes al servicio de una trama que parecía simple pero que, dota de unos caracteres muy complejos psicológicamente, acabará por ser más que un drama romántico con unas gotas de suspense una tragedia en la que el destino viene reforzado por una irresistible fatalidad.

Las conocidas características de la caligrafía cinematográfica de William Wyler están presentes en los 95 minutos de rodaje que pasan en un suspiro: a las escaleras habituales, que sirven para marcar diferencias entre vida y muerte (la protagonista no acaba de bajar del todo cuando le arrea cuatro tiros a la espalda al que está en el suelo, ya muerto) y la sensación de subir al cadalso y descender a un jardín que deviene en infernal añadiremos la presencia de una luna llena que nos recuerda tanto el tiempo que ha ocurrido desde el inicio de la narración como la sensación de un observador impávido de un destino fatal: todo ha ocurrido con una luna omnipresente, un detalle de Wyler que redondea la narración, muy bien servida por la cámara de Tony Gaudio que ilumina muy bien las escenas oscuras, que son mayoría, siguiendo el tono semi expresionista que Wyler le da a una trama que lo estaba pidiendo a gritos y acierta en todo.

Filmada enteramente en estudio, sin salir a la calle para nada, un ejemplo de pieza cinematográfica que seguramente por su presupuesto encajaría en una serie B (creo que no lo hace por la presencia de la Davis y Marshall) que 82 años más tarde se erige por méritos propios en ejemplo de lo que se puede conseguir con talento y trabajo duro.

Si pueden, lean a Somerset primero y vean la película después. Dudo que se arrepientan ni de lo uno ni de lo otro: literatura y cine de los de verdad.

Película en versión original, sin subtítulos







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dijous, 7 de juliol del 2022

Ella lo sabe



Imagínese la situación: usted acaba de conseguir que una obra de teatro suya se la estrenen nada menos que en un teatro de Broadway con más de mil localidades, en la pieza actúan diez veteranos intérpretes y un principiante y todo el montaje escénico del Forrest Theatre, que abrió sus puertas en 1925 está pendiente, el 23 de noviembre de 1944 del estreno de su primera obra de teatro. La segunda guerra mundial está en su apogeo y los neoyorquinos necesitan distraerse.

La obra tira telón definitivamente el día 25 de noviembre: se ha representado sólo tres días.

Medio año y cuatro obras más fracasadas, el teatro cierra sus puertas.

Usted no se desanima y sigue escribiendo, leyendo, escribiendo, pillando ideas de aquí y de allí y entretanto la guerra acaba de forma estrepitosa y empiezan a conocerse secuelas de la contienda y sobre una historia verídica usted, que mira la sociedad estadounidense con espíritu crítico, escribe su segunda obra de teatro y se la ofrece al mismo productor Herbert H. Harris que sigue trabajando en el mismo teatro, reabierto con el nombre de Coronet Theatre y hay por allí otras gentes que entienden que usted ha escrito una buena obra de teatro: entre ellos, un tal Elia Kazan, director consolidado y con buen olfato para lo que va a ser un éxito absoluto, el primer éxito teatral suyo, señor Arthur Miller, que estaba dispuesto a tirar la toalla si su segunda obra funcionaba igual que la primera.

All my sons se representó 328 veces antes de parar: se estrenó el 29 de enero de 1947 y cerró el 8 de noviembre de 1947 en su primera aparición en Broadway.

Arthur Miller nos presenta un drama con ribetes trágicos y sociológicos y lo hace creando unos personajes muy complejos que se irán desarrollando a lo largo de tres actos que suceden en su gran parte en el patio trasero de la casa de la familia Keller, situada en una ciudad estadounidense indeterminada: Joe Keller es un pequeño industrial que ha prosperado mucho trabajando durante la guerra mundial fabricando piezas mecánicas que acabarán formando parte de aviones de guerra.

Joe está casado con Kate y tienen un hijo, Chris, que está a punto de anunciar que quiere casarse con Ann Deever, hija del socio de Joe y que durante un tiempo fue la prometida de Larry Keller, desaparecido en combate pilotando un avión hace ya casi tres años. El padre de Ann, Herbert Deever, está en la cárcel porque ordenó suministrar una piezas que resultaron defectuosas y causaron accidentes fatales.

Miller construye un entorno de una complejidad y riqueza inusitadas porque a través de unos diálogos potentes, perfectos, poco a poco nos suministra datos relativos al pasado de todos los personajes y no lo hace directamente sino mediante alusiones, referencias cruzadas, más que tejiendo urdiendo una red tupida de hechos, suposiciones y medias verdades que cada individuo afronta de una forma particular.

Hay un orgullo envanecido de Joe cuando asegura que al salir libre del juicio y volver a casa desde el presidio donde estuvo preventivamente -y donde dejó a su socio- aparcó el coche lejos de casa para poder ir andando hasta el domicilio con la cabeza bien alta y a la vista de todo el vecindario.

Hay una cierta desesperación enfermiza en Kate cuando se niega a reconocer la posibilidad que Larry, declarado ausente, pudiese fallecer en su última misión como piloto de guerra y hay una obsesión en solicitar de Ann que reconozca que ella también espera que Larry vuelva.

Pero Ann manifiesta que ha vuelto porque Chris se lo ha pedido por carta y porque, sabemos, tiene razones bien fundadas al suponer que Chris se decidirá ¡al fin! a pedirle matrimonio.

Chris es también un personaje complejo porque es él quien ha regresado de la guerra: es él y no su hermano, que quedó atrás, es él, quien ha ocupado el lugar del primogénito como receptor del fruto del esfuerzo de Joe, esa fábrica que prosperó gracias a la guerra. Chris ama a Ann y le comunica a su padre su deseo de casarse con ella, pero no puede enfrentarse a su madre, Kate, que piensa que Larry está pronto a volver a casa.

La situación romántica de Chris y Ann no es tan sólo una línea colateral que Miller use para avanzar la trama: es un detonante lento pero nos iremos dando cuenta conforme los encuentros entre la pareja se vayan produciendo y comprobaremos cómo es ella, Ann, la que sabe perfectamente lo que quiere y aunque esté confundida en alguna cuestión de cabal importancia, ella lo sabe y ha venido para conseguir que Chris le pida matrimonio, formalmente.

Ann no es una mujer cualquiera: es valiente y decidida y sabe administrar sus movimientos. Parece que Miller no le preste mucha atención y que simplemente sea uno de los personajes femeninos de la trama, pero nada más lejos de la realidad.

De hecho, Arthur Miller escribe con mucha intención todos los diálogos y no deja nada al azar y como se dice, no da puntada sin hilo:el personaje de Kate se debate entre el amor ausente del hijo desaparecido y el de toda una vida al lado de Joe cuyos recovecos conoce sobradamente con una mirada quieta, en ocasiones dubitativa y al punto de la zozobra que resiste amarrada a una fe obligada por el amor materno a Larry, un amor de madre que no aplica totalmente a Chris y menos cuando éste pretende ocupar el sitial de Larry también en el corazón de Ann. Kate se debate y sufre porque duda.

Miller se vale de algún personaje secundario para sentar contradicciones en la aparente calma de esa familia que ha prosperado en la guerra sin mácula y las sombras del pasado sin prisa pero sin pausa se van cerniendo sobre ese patio trasero transitado por vecinos en ocasiones inoportunos y hasta entrometidos forzando situaciones que llevan el drama original a su parte más trágica.

Sin apenas ruido, suavemente, Arthur Miller nos sitúa en consideraciones en las que el deseo de prosperar, de enriquecerse, chocan con una ética deseable: el egoísmo unido a la negación de la responsabilidad se une al engaño fruto de palabras huecas, a la trampa dialéctica, a la excusa necesaria para evadir sentimientos culpables que se reprimen y que Miller hará aflorar en una catarsis mínima cuando la mujer fuerte, Ann, muestre lo que sabe.

Como suele suceder en las obras de teatro clásico, la dimensión que pueden alcanzar los distintos personajes por el modo en que han sido creados y construídos, a través de unos magníficos diálogos, daría para consideraciones que excederían el espacio razonable. Esta segunda pieza dramática de Arthur Miller es en sí misma mérito suficiente para considerar al autor como sobresaliente y su lectura, que se produce del tirón y sin poder abandonar el libro un instante, hace comprender porqué desde el día de su estreno se ha representado en infinidad de ocasiones y casi siempre de la mano de intérpretes teatrales de solera, porque la complejidad de los personajes no permite descuidos y su trama, aún localizada temporalmente con precisión, excede y trasciende épocas y lugares y se puede aplicar perfectamente al día, lo que evidentemente no resulta extraño al tratarse, efectivamente, de un clásico.

Si la obra teatral cerraba su primer paso en Broadway en noviembre de 1947, ya en mayo de 1948 la industria hollywoodiense se aprestaba a estrenar la película titulada como la pieza original All my sons dirigida por Irving Reis a partir de un guión de Chester Erskine que suaviza un poco las aristas lúcidas de Miller y añade alguna escena que en el original no está y que no beneficia en nada al conjunto, pero hemos de entender que bastante hizo la industria del cine estrenando una historia en la que el sistema industrial estadounidense, representado por la figura de Joe Keller, no queda muy bien parado que digamos y ello con el añadido de la práctica inmediatez temporal porque lo que la trama desarrolla hace referencia a situaciones ocurridas menos de cinco años antes: aún en una época en la que la censura se aplicaba con decisión, la pieza de Miller pasó del éxito de las tablas al de la pantalla.

Ello no fue, ciertamente, por obra y gracia ni de su director ni de su guionista: del guión ya hemos apuntado su debilidad frente a la obra original -lo que resulta comprensible hasta cierto punto- y del director podemos decir que racanea desaprovechando las oportunidades que ofrece la pieza original y que seguramente en otras manos hubiese aprovechado para expresar lo que la censura quitó del guión.

La forma de dirigir de Irving Reis resulta eficaz y sabe rehuir el acartonamiento teatral y aunque hay alguna escena fuera de la casa de los Keller, la mayoría de los escenarios del domicilio contribuyen a crear la sensación de opresión física que acompaña a la moral sin que se convierta en lastre para el ritmo la riqueza de los diálogos, en su mayoría mantenidos, para lucimiento de las estrellas de la función, que son Edward G. Robinson y Burt Lancaster, correlativamente como Joe y Chris Keller.

Ambos ofrecen un trabajo encomiable, especialmente Edward G. que una vez más borda el personaje, tan complejo y con una vida interior repleta de sensaciones, miedos y contradicciones: todo lo que Miller pone en el personaje, lo representa Robinson.

Quizás por falta de presupuesto, quizás por desidia del propio estudio, los personajes femeninos en la película quedan un poco débiles en comparación a lo que uno imagina cuando lee la obra original, pese a que se preservan casi todas las líneas de diálogo, pero hay una falta de fuerza en la cámara que mueve Reis cuando filma a esas mujeres que tienen importancia cabal en el desarrollo y término del drama.

Han habido, que sepa, otras versiones filmadas de la obra, pero ninguna como largometraje en condiciones, así que esa sí sería una buena oportunidad para que algún director capaz de leer teatro se ocupara de presentarla en el siglo que vivimos, porque la idea no ha envejecido nada y creo que con unas pocas ganas de hacer un casting decente hay posibilidades, que ya va siendo hora.

Si lo desean, pueden ver en youtube la película de 1948, en la que se pueden activar subtítulos en español:



Y también, como extra, ya que es el aniversario de este bloc de notas (quince años ya), pueden ver una versión española, un Estudio 1 (TVE) de 1973 con el gran Narciso Ibáñez Menta:





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dimecres, 21 d’abril del 2021

El padre





Ha pasado un lustro desde que se estrenara en nuestras latitudes la obra de teatro escrita por Florian Zeller, dramaturgo francés -parisino por más señas- que triunfó allí donde fué representada y siempre con un común denominador: el protagonista, un padre octogenario, era representado por actores de primera fila que en todos los escenarios conseguían arrebatar el ánimo de los espectadores y arrancarles sentidos vítores y aplausos al final de la función.

Seguramente, Florian Zeller, escamado por el escaso resultado obtenido por alguna que otra traslación de piezas dramáticas suyas al cine, decidió que sería él mismo el que se ocupara de dirigir la película The Father que al cabo de cinco años iba a permitirnos a todos conocer de primera mano el porqué del éxito en las tablas y seguramente, también, Anthony Hopkins no dudó ni un instante en aceptar la posibilidad de ocuparse de ése protagonista tan bien escrito, un verdadero bombón para un comediante en edad provecta sin merma de facultades histriónicas.

Ese padre tiene una hija, Anna, y también podríamos asegurar que Olivia Colman ni siquiera tuvo tiempo de pestañear antes de aceptar el papel, un regalo para una actriz veterana que tiene la oportunidad de lucirse junto a un más que experimentado protagonista en una trama intimista muy bien dialogada.

No había transcurrido ni un tercio del metraje (noventa minutos escasos en total) cuando este comentarista se dijo a sí mismo: "esto es una obra de teatro".

Porque no había tomado referencia alguna y ni me acordaba ya del éxito que tuvo en España Héctor Alterio llevando por todas las partes la función de Zeller.

A la media hora, el lastre teatral se hacía muy evidente. Quienes han leído alguna reseña anteriormente en este bloc, saben que me declaro teatrero pero también que considero al cine como un arte perfectamente distinto y que no siempre las obras de teatro funcionan en el cine, por buenas que sean, porque el lenguaje es distinto. Muy distinto.

A pesar que Zeller tiene buenos detalles cinematográficos (el uso del sonido, por ejemplo, esas melodías que sólo oímos cuando el protagonista las escucha en sus auriculares) y que la fotografía encomendada al experimentado Ben Smithard resulta eficaz y oportuna, el relato de los acontecimientos no funciona igual en el cine que supongo lo hacía en la escena teatral, precisamente porque en el teatro hay un espacio físico común entre el espectador y los personajes y en el cine la mentira del objetivo distorsiona y llega a confundir y uno en ocasiones no acaba de saber si lo que ve es una ensoñación, un delirio, un mal recuerdo o qué, porque los trucos escenográficos teatrales no funcionan en el cine, mucho más poderoso y sugerente a la vez que creíble.

Todo más o menos llega a entenderse al finalizar el relato, pero el discurso durante el desarrollo no acaba de funcionar como debiera.

Por otra parte, a diferencia de lo que puede ocurrir en las tablas, en las que la imaginación del espectador producirá sin duda un entendimiento subjetivo importante en el aprecio del fondo de la cuestión, el continente que observamos en la película probablemente causará en muchos espectadores un alejamiento, una falta de identificación imposible porque lo que se nos presenta es en todo caso, un problema de lo que los británicos -como esa familia londinense que vemos en pantalla- llaman "upper class" con posibilidades de vivir en lo que los estadounidenses llaman un "flat" (clarísimo guiño al público del otro lado del atlántico) y acabar sus días en una residencia en medio del bosque, circunstancias que reducen mucho las posibilidades de identificación. Esto en la típica comedia clásica como High Society no causa el mismo efecto porque nadie pretende identificarse realmente, sino reírse.

El drama es otra cosa y aunque Florian Zeller siempre ha manifestado que El padre es una farsa trágica, esa tragedia de un pobre ricachón en unos tiempos como los que vivimos en los que las diferencias sociales se están situando en niveles éticamente inasumibles, no diría que es una broma de mal gusto pero sí desde luego una presentación que tan sólo representa a un pequeño grupo de espectadores. Muy pequeño. Y por añadidura, en lo que se refiere al padecimiento de una enfermedad tan terrible como el alzheimer, tanto para quien la sufre como para los que aman al enfermo, queda un tanto descafeinado, en agua de borrajas, siendo como es difícilmente soportable.

El mejor atractivo de esta película es el reparto: Hopkins y Colman están de fábula (hay que ver esta película en versión original, evidentemente) y los acompañantes también están magníficos y no me importaría ver la función teatral que todos ellos serían capaces de ofrecernos: seguro que disfrutaría más que con la película.

Puede que no sea tan buena como nos han vendido en la mercadotecnia, pero tampoco es tan mala que cualquier alma cinéfila pueda perdérsela así como así. Véanla, si pueden.



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dimecres, 13 de gener del 2021

Largo viaje hacia la noche



Despedimos el año 2017 con una película basada en una obra de teatro de Eugene O'Neill, Aquí está el vendedor de hielo y en mi condición de teatrero confeso la experiencia dió como resultado el afán de poder algún día comentar la que acabó por ser la postrera pieza teatral ofrecida por el genial dramaturgo en la intención expresa de no ser publicada sino hasta 25 años después de su fallecimiento, así que anduve buscando en el mercadillo de ocasiones cabe el Mercado de Sant Antoni de Barcelona y mira por donde en sucesivas expediciones conseguí tanto el libro como una de sus versiones cinematográficas: me refiero, como ya supondrán sin duda, a Long Day's Journey Into Night, muy bien traducida una vez más por Ana Antón Pacheco al castellano bajo el título de Largo viaje hacia la noche.

Ustedes me dirán: pues llegas tarde, simplón, porque ya estamos como quien dice a mediados de enero y tu intención de repetir la jugada va con retraso.

Y yo aclararé: muy cierto; tan cierto como que la lectura del texto y ulterior visionado de la cinta ocurrieron el verano pasado ambas y su demora se debe en gran parte a que se trata de una tragedia tan intensa que decidí aparcarla un poco y si ahora la despacho es por no querer guardarla más dentro de mí: tengo que hacer limpieza.

No es ésta la primera ocasión que declaro mi afición a leer teatro y saben que me viene desde muy niño, o sea que son muchos años de brega: jamás en toda mi vida me había topado con un texto como el parido por Eugene O'Neill en esta obra maestra del teatro del siglo pasado y mira que ya había tenido ocasión de conocer al autor tres años antes con un par de piezas de indudable fortaleza.

Dicen los que entienden que O'Neill decidió escribir Largo viaje hacia la noche como una especie de catarsis personal, íntima, vomitando todos los dolores de su vida en un texto magnífico, impresionante, articulado de una forma que a un tiempo aprisiona y acongoja el ánimo del lector dejándolo cautivo y dolido, consternado y compungido al punto que pese a la munificencia del libreto me faltaban fuerzas para devorarlo de una tacada porque si en la anterior no hay ningún momento de chanza en ésta ni siquiera dispone el lector de un minuto en el que pueda apuntarse una ilusión por efímera que sea.

Una previa: si no conocen la obra ni la película, ni se les ocurra consultar la wikipedia.

O'Neill nos presenta una familia de cuatro miembros: un matrimonio con dos hijos ya mayores de edad que conviven en el verano de 1912 en una casa cerca del mar servidos por una cocinera -que no veremos- y una doncella y un chófer del que tan sólo tendremos referencias. Una vez más, O'Neill adereza su pieza dramática con ricas y minuciosas descripciones que obviamente ayudan al lector a situarse físicamente en la pieza y a los posibles intérpretes, escenógrafos y directores a establecer el continente con propiedad al contenido y éste consiste en cuatro personajes -la mucama apenas ejerce de oyente en una escena- que iremos conociendo poco a poco, lentamente, gracias a unos diálogos dotados de una densidad y longitud que casi podrían considerarse en ocasiones verdaderos monólogos.

Es una verdadera contienda verbal la que se desarrolla en un campo cerrado, acotado, y el omnipresente calor y la sed oprimen el ánimo de cuatro personajes que se enfrentan entre sí, que se espían, se lamentan de su propia actitud y de la ajena y vuelven a empezar a hostigarse sin gritos ni malos modos pero con expresiones hirientes sin abandonar las buenas maneras, con una frialdad que congela el ánimo: el desprecio se alterna con el arrepentimiento y la disculpa y cada vez que parece que va a amainar surge de nuevo el negro nubarrón que anuncia tempestades irrefrenables, palabras que el lector va llenando de significado entendiendo la triste condición de todos y cada uno de los miembros de una familia muy especial.

O'Neill puso el alma en la tragedia y le salió una obra maestra en la que las lecturas son múltiples, variadas, intensas, ricas. La pieza, con ser de difícil digestión, es lo que en teatro algunos llaman "un bombón" porque sin duda a cualquier intérprete de raza le apetece y mucho acometerla: desde su estreno en Estocolmo (antes de lo previsto por su autor, que la confió a su esposa con la indicación de no representarla antes del cuarto de siglo de su defunción que ocurrió en 1953) en 1956 ha sido representada en muchas ocasiones en todo el mundo y en muchas de esas representaciones encontraremos nombres muy conocidos: el primer reparto de Broadway, en 1956, contaba con Fredric March, Florence Eldridge, Jason Robards Jr. y Bradford Dillman más la pipiola Katharine Ross bajo la dirección del gran Jesús Quintero y estuvieron representando la obra desde el 7 de noviembre de 1956 hasta el 29 de marzo de 1958, 390 representaciones inaudito y prolongado éxito para una tragedia de armas tomar.

En España también se ha representado por los primeros espadas de la escena: en la última ocasión, el Teatro Marquina de Madrid ofreció el recital que dió la pareja catalana formada por Mario Gas y Vicky Peña en 2014 bajo la dirección de Juan José Afonso y una escenografía minimalista al parecer inspirada o copiada de la que años atrás usó Ingmar Bergman en Estocolmo en 1988.

Naturalmente la acostumbrada relación más parasitaria que simbiótica de Hollywood con Broadway no se hizo esperar y el bueno de Sidney Lumet que como ya sabemos se estrenaba como actor de teatro en Dead End y después de ejercer como director teatral emprendió carrera en el cine, ya tenía en sus alforjas una buena versión cinematográfica de una obra de teatro de Reginald Rose en 1957 y en su frenesí de teatrero cinematográfico contaba también con una versión de la anterior obra de O'Neill, The Iceman Cometh (versión televisiva de 1960, protagonizada por Jason Robards Jr. ¡ojo! que todavía no he podido ver) para calentar motores, como quien dice, por si hiciera falta.

Así que la elección de Sidney Lumet para acometer la primera versión cinematográfica era de una lógica aplastante: nadie mejor que él, en 1962, para dirigir un rodaje que se aventuraba tenso y sudoroso máxime cuando con muy buen criterio (los amantes del teatro también existimos y tenemos derecho a disfrutarlo en buenas condiciones) Lumet carece de guión escrito por nadie para la película: se basa en el texto de O'Neill y en paz. ¡Viva!¡Hurra!

Apostaría cualquier cosa a que Jason Robards Jr. (que no lo olvidemos, protagoniza dos años antes The Iceman Cometh) persiguió a Lumet día y noche hasta estar seguro que iba a repetir el papel Jamie Tyrone, el primogénito de los Tyrone, Mary (Katharine Hepburn) y James (Ralph Richardson) y hermano mayor de Edmund (Dean Stockwell, sustituyendo en el personaje a su colega Bradford Dillman, con el que compartió cartel en la inolvidable Compulsión, que vimos aquí) y vista la película, es perfectamente comprensible.

El reparto es un lujo superlativo, inconmensurable: cuatro titanes que desarrollan unos personajes escritos con una fuerza imparable crecen ante nuestros ojos mostrando todos los recovecos del alma humana más triste, desalentadamente en una progresión que atenaza el ánimo del transido espectador casi falto de aliento ante una familia a la que vemos como si estuviésemos entre ellos porque el taimado Lumet despliega todo su profundo conocimiento de la obra teatral a través de una cámara que siempre está emplazada donde debe y la mayoría de las ocasiones es presionando al sufrido intérprete que suda tinta china porque Sidney (¿pero es que no vas a cortar plano, Sidney?) aguanta lo indecible moviendo la cámara en secuencias tensas hasta que el parlamento (casi un monólogo, como apuntamos antes) termina y es el turno de apretarle las clavijas a otro sin descuidar que también existen los planos medios en los que caben ambos parientes en árido debate y también ¡oh, sí! también hay que saber actuar escuchando el largo parlamento del colega, que aquí no hay descanso para nadie.

La película, en su versión más fidedigna al original, dura casi tres horas (hay por ahí versiones "editadas por ignorantes sabelotodo" que duran menos) y es cierto que produce un cierto cansancio en el espectador, pero no se debe a nada más que la dureza del texto: lo mismo que leer la pieza de un tirón se hace duro, ver la película entera no es plato fácil salvo para los que disfrutamos de las excelentes interpretaciones del cuarteto en escena.

Lumet respeta el texto por entero pero no se ajusta a los cánones teatrales en lo que hace a la representación: a la que puede sale de la casa veraniega y se sirve de una muy buena fotografía de la mano de Boris Kaufman para servirnos un blanco y negro lleno de matices, lo bastante aséptico para disponer una apariencia ligeramente abstracta pero sin inclinarse por el uso de una paleta mínima que reforzara la tragedia considerando muy oportunamente que con el texto la catarsis ya va bien servida y no requiere mayor aderezo.

La buena mano teatral de Lumet en la dirección de intérpretes es fundamental en esta película porque pese a las enormes facultades histriónicas de todos ellos y muy especialmente de Kate y Ralph, el texto se las trae y la profesionalidad de ambos se trasluce en el comedimiento y naturalidad que saben imprimir a todo momento y ahí, evidentemente, está el buen hacer que se somete a la supervisión de alguien que observa y ayuda como hace Lumet, que arranca de ese cuarteto la mejor esencia para servirnos una representación de un texto teatral sobresaliente con todos los merecimientos absolutamente cumplidos.

Es indispensable, evidentemente, ver esta película en versión original: para los que andamos cojos con el inglés es una ventaja haber leído antes la obra de teatro porque los parlamentos son largos y densos y saber de qué va todo es una ventaja. No obstante, para los que no apetezcan leer el texto dramático, puede que una versión bien doblada sea suficiente. Pero se perderán irremisiblemente la excelente composición que Ralph Richardson hace de un actor ya retirado y la grandiosa actuación de Katharine Hepburn que merece todos los calificativos elogiosos que a uno se le puedan ocurrir: no es tan sólo que diga el texto de una forma imaginativamente magnífica, tensa, apasionada, dubitativa cuando toca: es que, además, nos regala con todo un recital de expresión corporal, matices casi imperceptibles, miradas que delatan un alma que sufre, sonrisas que buscan un perdón baldío de un corazón endurecido.

Absolutamente imperdible para el cinéfilo amante de los buenos textos bien llevados a la pantalla, rendido admirador del trabajo bien hecho y buscador impertérrito de grandes actuaciones, que las hubo y todavía podemos disfrutarlas. No digo que es una obra maestra del cine porque tres horas de tragedia densa son un exceso cinematográfico y trato de ser objetivo en la calificación, pero subjetivamente es una maravilla de cine al servicio del teatro pues no pierde la esencia del lenguaje cinematográfico.

p.d.: se me olvidaba: muy buenas las composiciones de André Previn, con un estilo jazzístico que curiosamente no choca con la pieza teatral.

Vídeo de la película de 1962 (se pueden activar subtítulos):







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