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dissabte, 28 de juny del 2025

Metacine de Serie B



Giulano Montaldo fue un director italiano nacido en 1930 que a principios de los setenta del siglo pasado triunfó con una película, Sacco e Vanzetti, que algún día comentaremos con calma. Dirigió 27 películas de las que 22 estaban inspiradas en guiones propios lo que da fe de su formación como cineasta que si no alcanzó la preciada clasificación de "autor" probablemente fue porque de sus películas apenas cuatro o cinco revisten el interés necesario ni en el momento de su estreno ni mucho menos ahora, pasado medio siglo.

Sin embargo y gracias al desierto de ideas originales que asola este siglo que vivimos es de justicia reconocer a Montaldo que con un presupuesto muy ajustado en 1978 fuese capaz de dirigir para la televisión italiana una película que inesperadamente para todo el mundo -menos para él, imagino- se convirtió en un éxito total que lastimosamente se vió cercenado porque al ser un producto rodado en condiciones económicas mínimas, los contratos de sus intervinientes impidieron la distribución internacional que a buen seguro hubiese reportado pingües beneficios a la cadena televisiva. Justo castigo a su cicatería y falta de visión cinematográfica. Se trata de Circuito chiusso (1978)

El guión, magnífico, repleto de ideas originales y de diálogos acertados, juega con la atención del espectador ofreciendo ideas subliminales que al final se revelarán en realidades asombrosas y lo hace ofreciendo un panorama de sugestiones enriquecedoras de un misterio detectivesco en el que el cine tiene mucho a ver.

Porque durante poco más de hora y media nosotros, como espectadores, vamos a entrar con los personajes de la trama en una sala de cine de reestreno, aquellas salas de los setenta con butacas elementales, pantallas enormes, aseos dentro de la sala tapados con cortinajes y barras de bar al lado de la entrada ofreciendo un refresco, una copita o un café como trago previo y quien sabe si un bocadillo en el entremedio de las dos películas que iban a exhibirse, o quizás, como en el caso que nos ocupa, una sola, un interesante espaguetti-western protagonizado Giulano Gemma, verdadera estrella de los espaguetti western.

Veremos a los espectadores esperando pacientemente a que abran las puertas del cine y luego entrar, pagar su entrada, quizás tomar algo en el bar y acceder a la sala, buscando cada quien su lugar preferido: la sala es muy amplia y la sesión es de media tarde, así que hay sitio de sobras para escoger, porque son apenas 54 espectadores, como muy pronto sabremos con seguridad.

La cámara se mueve entre los espectadores y vemos sus gestos, sus miradas y en algunos casos escuchamos sus palabras y Montaldo va creando un mosaico de personalidades que coinciden en que han acudido a ver la misma película y prácticamente nada más, salvo los que empezamos a intuir tienen más interés en algo tan personal como el cariño y puede que el sexo y, sorpresa, apuntando a una pederastia homosexual poco usual en el cine de la época, deteniéndose con detalle Montaldo en tipos raros que evidentemente no han ido al cine a ver la película, cada cual con sus propios intereses, no todos ilegítimos.

Mezclar la presentación de los protagonistas (es una película coral, efectivamente) con los típicos anuncios proyectados en la gran pantalla mientras las luces todavía están encendidas y ver en este tiempo aquellas publicidades añejas es un punto de interés añadido al indudable placer de entrometerse en lo que les va a ocurrir a una serie de gentes que están haciendo lo mismo que nosotros, que es ver una película. Cine dentro del cine que toma su máxima fuerza cuando en la pantalla se exhibe el western.

De repente, mientras la cámara se pasea por los rostros de los espectadores iluminados por la pantalla, cabe el final de la película que están viendo, suena un disparo, se oye un grito de mujer, se abren las luces y resulta que se ha cometido un asesinato: un hombre que había llegado con un poco de retraso y se había sentado al lado de una pareja de jóvenes enamorados.

Un tipo fornido y alto, que momentos antes estaba mirando de lejos a una mujer solitaria como tirándole los tejos, se incorpora dando órdenes y consigue que los empleados cierren rápidamente las puertas del cine y se identifica como detective de policía y llama solicitando auxilio rápido porque está solo con cincuenta y tres espectadores más los empleados del cine.

Montaldo intensifica a partir del minuto 20 el estudio pormenorizado de todos los que se ven forzados por la policía a permanecer encerrados en el cine: podría hacerlo aprovechando que la policía como es natural les va a interrogar a todos, pero remata la jugada en las interacciones de todos entre los conocidos, los que pretenden pasar desapercibidos, los que admiten no haber ido al cine a ver la película e incluso los pobres empleados que verán como su jornada laboral se extiende mucho más allá de las 24 horas, porque la policía no está dispuesta a dejar que se les escape un asesino que debe estar dentro del cine.

Lo que no sabe la policía es cuánto dentro del cine deberá hurgar para hallar al asesino que puede presumir de escurridizo, porque cuando la policía pone en práctica la habitual representación de lo que ha ocurrido...... actúa de nuevo, dando como resultado que al suspense se añade el pánico de casi todos, menos uno.

El guión, excepcional, nos deja perlas apuntadas de la idiosincrasia de todos los espectadores que son cincuenta y tres y nos hallamos ante un abanico de personalidades muy bien presentados por lo que dicen y por lo que expresan en gestos y hechos sutiles y nos devanamos los sesos como el paciente inspector que se ve encerrado junto con todos los sospechosos en un cine que siempre ofrece la misma película hasta que el alcalde del municipio les lleva una docena de televisores para que puedan pasar el tiempo, días y noches, entretenidos, que comidas y bebidas e incluso tabaco ya les llevaron para reconfortar y alejar las evidentes ganas de amotinarse.

Montaldo mezcla sabiamente los rasgos cinematográficos documentales y los propios del suspense y poco a poco introduce ideas que luego alguien con más dinero y fama aprovechó con más resonancia; no digo que las ideas sean primigenias de Montaldo, pero evidentemente esta película ha tenido visualizadores inteligentes muy lejos de Italia.

Se vale Montaldo de un grupo de intérpretes que no eran de primera fila y es de reconocer que su labor como director cinematográfico es pareja a la de sus recomendaciones a todo el elenco, pues la naturalidad es absoluta en unas gentes que, no lo olvidemos, se hallan encerradas contra su voluntad y en compañía de alguien capaz de cometer impunemente asesinatos.

El misterio será el detonante de lo que acaba por ser un estudio detenido de una sociedad de los años setenta del siglo pasado, un retrato sociológico breve que irá conformándose con el desarrollo de la trama en paralelo a las pesquisas continuadas y forzadas de los elementos policiales que serán coadyuvantes pero no resolutivos y Montaldo lo deja muy evidente por la forma en que cierra la película deteniéndose en la forma en que se deshace el forzoso grupo al fin de su travesía, una vez fuera de la sala de cine que ha sido a la vez su entretenimiento y su cárcel pavorosa.

Una película que ofrece mucho más de lo que uno esperaría de un telefilme con escaso presupuesto; con toda seguridad, de haberse podido exhibir en salas por el mundo, hubiese sido un éxito de la época.


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dilluns, 29 d’abril del 2024

Algo más que una película de acción



Promocionada de forma muy lamentable -no hay más que leer la errónea sinopsis de imdb- probablemente por falta de presupuesto dedicado a la cada vez más imperante mercadotecnia, capaz de erigir en películas estupendas verdaderos truños gracias a serviles voceros de toda clase, la muy británica Dead shot, estrenada a primeros del año pasado, anda desde hace muchos meses transitando por los vericuetos de internet y puede aparecer de improviso en cualquier pantalla casera y para su desgracia y mala suerte del cinéfago llega revestida de tristes advertencias que no le hacen justicia.



No le adjudicaré desde luego mi particular clasificación de imperdible pero podría ser que para algún cinéfago fuese una verdadera sorpresa muy por encima de lo que a priori se puede uno imaginar si ha rascado internet en webs británicas que, por lo leído, también adolecen de críticas escritas sin pensar mucho.

La acción transcurre en el principio de los años setenta del siglo pasado y se basa en hechos que muy bien podrían proceder de alguna verdad porque uno, que peina canas, recuerda las noticias que llegaban de aquellos lugares y aquella época y aunque los creadores de la película, los hermanos Charles y Thomas Guard, que intervienen al alimón tanto como guionistas como directores de la película son lo bastante jóvenes como para no haberlo conocido de primera mano, quizás la novela escrita por Steven Moysey The Road to Balcombe Street contiene datos que se ajusten a unos días de sangre y al parecer en ella se inspiró el primer guionista Ronan Bennett.

Los hermanos Guard deciden rodar su película cuando los pocos protagonistas de los poderes enfrentados a tiros hace cincuenta años que no han muerto siguen manteniendo su cuota de influencia en una situación geopolítica que ha variado muy poco salvo por la pacificación y la ausencia de armas en las negociaciones pues no olvidemos que sigue existiendo Irlanda del Norte, ahora con el añadido del brexit que hace patente para algunos la necesidad de formalizar de una vez por todas la reunificación y evidentemente ésa es una cuestión compleja que se trata de suavizar para evitar el retorno a viejas costumbres, así que los Guard precisamente han ido a tocar una tecla que probablemente muchos desean que no suene.

Lejos de promover ansias de enfrentamientos esta película ofrece una sutil denuncia contra el uso de la violencia física como remedio para superar los problemas porque teóricamente nace de un ansia de venganza que siente el irlandés Michael O'Hara (Colin Morgan, interiorizando el personaje) cuando en su huída ve como su esposa Carol, que está casi que parturienta, es acribillada por el soldado inglés Henry Tempest (Ami Ameen, otro de esos británicos con voz estupenda) que llena de plomo el coche en que ambos circulaban, ignorando que quien está en el vehículo es ella y no él, acusado de seis asesinatos.

Es la historia de una venganza, sí, pero es una historia adornada con una serie de elementos que le otorgan cierta complejidad, porque de una parte a Tempest le manipulan para que entre a formar parte de esas "fuerzas especiales" dedicadas a trabajos sucios en pro de la defensa de los ideales británicos y la seguridad pública y de la otra el ansia de venganza de O'Hara es aprovechado sin escrúpulos por quien desde la sombra le reclutó en su adolescencia para convertirlo en asesino buscando la libertad del pueblo irlandés y así, como quien no dice nada, los hermanos Guard nos susurran lo que ya deberíamos saber: que los que mandan tienen sus intereses y que algunos matan y otros mueren alternándose en sus lugares sin fin porque la violencia no proporciona la paz.

Así que en esta película uno puede llegar a ella creyendo que es una película de acción -que lo es- y se encuentra con que el aspecto formal no es lo único que han tenido en cuenta sus creadores.

Los hermanos Guard ruedan de forma muy profesional todas las escenas de acción y también las escenas en las que hay que atender a los diálogos porque allí es donde reside su verdadera intención y aunque lo dejan muy claro, se hecha de menos que refuercen un poco su tesis con un lenguaje visual más cuidado: una vez más, comprobamos que rodar escenas de acción no resulta para el profesional con cierta experiencia muy difícil, pero conseguir con la cámara que la psicología de los personajes traspase la pantalla y llegue a la butaca no es tan sencillo. Esos hermanos están en sus inicios como cineastas y podemos esperar que sus siguientes películas irán mejorando en todos los aspectos.

De momento, demuestran controlar el ritmo y el tempo de la narrativa porque con poco más de hora y media cuentan más de lo que uno esperaba y además saben dirigir a un elenco muy británico en el mejor de los sentidos, que huye de toda exageración y sabe manifestarse con intensidad si necesidad de alharacas aunque por momentos un poco más de intensidad no molestaría.

En definitiva, sirvan estas notas para avisar que, si se encuentran esta pieza de repente, puede que les interese verla de cabo a rabo: será hora y media bien empleada.


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dissabte, 12 de maig del 2018

Feminismo imprevisto: Professor Marston and The Wonder Woman




Esta es una de esas ocasiones en las que uno constata una vez más que no por viejo el diablo es más sabio, contra lo que asevera la mal llamada sabiduría popular y se advierte que los prejuicios van de la mano de la ignorancia y la consecuencia puede ser que en una época dominada por guiones infantiloides que reciben toda la artillería de una mercadotecnia desprovista de cualquier virtud cinematográfica, hay películas muy interesantes con títulos que pueden engañar a cualquier lego en una materia que puede provocar desconfianza por experiencias pasadas.

Así, una película titulada Professor Marston and The Wonder Woman que aparece el mismo año que la extremadamente promocionada Wonder Woman de entrada, sin más datos, le suena al veterano cinéfilo como una especie de subproducto que suele surgir intentando conseguir con escasos medios de todo tipo (materiales e intelectuales) aprovechar el tirón mediático de la homofonía, más en el caso de un producto que recibió titulares en todos los telediarios e incluso críticas solemnes alabando unos aspectos en los que no entraremos porque, sinceramente, no me apetece en absoluto dedicarle más espacio del necesario como previa referencia.

Este título de Professor Marston and The Wonder Woman a cualquiera le suena, de primeras, como si apareciera, al tiempo que una de esas cosas que rodó Nolan, algo titulado como Mister Finger and Batman. O sea, para cualquiera que carezca de buenos conocimientos relativos a los tebeos estadounidenses surgidos en la primera mitad del siglo pasado, como si le dicen que va a llover.

Sólo la curiosidad unida a la casualidad me llevaron a ver, hace unas semanas, en una pantalla amiga aunque pequeña, la última película escrita y dirigida por Angela Robinson. Que a decir verdad, si hubiese consultado datos en imdb con antelación quizás mis propios prejuicios me hubiesen impedido verla, lo que me lleva a reconocer, una vez más, que me equivoco demasiado.

Últimamente afrontar una película en la que guionista y director sean la misma persona me ha deparado pocos momentos felices y más de un cabreo pero desde luego no es el caso que hoy nos ocupa, muy al contrario: el guión escrito por Angela Robinson, un original que se basa en datos dotados de una cierta autenticidad, puede que sea el mejor escrito de la temporada 2017 y digo "puede" porque no he visto todas las películas de 2017, pero de las que recibieron los honores de la famosa academia estadounidense al ser nominadas, no hay una que se le acerque.

¿Porqué ha pasado desapercibida, al punto que no se ha estrenado en España y hay que verla en televisión por cable? Vamos a ello:

En pocas palabras: es un biopic políticamente incorrecto, presentado de forma políticamente incorrecta.

Hay que tener valor para ello, con la que está cayendo en los USA y por extensión en sus clientes fieles. Así le ha ido.

William Moulton Marston fue entre otras cosas co-inventor del polígrafo y autor de los primeros guiones de Wonder Woman, el tebeo basado en una poderosa mujer conocida como Diana Prince y que por estos lares recibió el nombre de Mujer Maravilla.

Si siguen el enlace sin haber tenido ideas previas, como me sucedió, empezarán a querer saber más, así que, de momento, déjenlo quieto. Baste con saber que la realidad del Profesor Marston, nacido en 1893 y fallecido prematuramente a los 53 años, fue harto compleja: brillante intelectual casado con una mujer más inteligente que él, Elizabeth Holloway, ambos mantuvieron con una joven discípula, Olive Byrne, una relación poliamorosa que cristalizó en un hogar con un hombre, dos mujeres y cuatro hijos, paridos por mitad y tratados como propios.

Todo esto, entre 1928 y 1947, fecha en que falleció Marston: las dos mujeres vivieron largos años juntas.

Así que resulta fácil imaginar que un biopic con este material de partida tiene todos los números para acabar sufriendo el rechazo de todos los organismos bien pensantes de la gran mayoría estadounidense de todas la épocas y a lo que parece, la ayudita de unos distribuidores que no han querido darle la oportunidad de enfrentarse a públicos foráneos como el nuestro. De todo hay noticia abundante en internet, incluso de forma previa al estreno de la cinta de acción: lo he visto al documentarme para esta crónica: de haberlo leído antes, antes hubiese visto la película de la Robinson.

Parece que alguna nieta de la familia Marston rechaza la versión de los acontecimientos tal como los relata Angela Robinson en su película, lo que cabe entender como una muestra más que la inteligencia, por desgracia, no se hereda así como así. Porque Angela Robinson no ha pretendido en ningún momento rodar un biopic de tan peculiar conjunto familiar y cabe la posibilidad que haya exagerado algún extremo, pues en el fondo esta película es un alegato feminista en toda regla, determinado desde los primeros minutos de la trama a ensalzar el papel de la mujer y el valor de la misma en la sociedad.

Hay ciertamente una serie de elementos sexuales que, aparte de otorgarle una calificación"R" de la todopoderosa MPAA, se tornan en pacíficas nubes que molestan en la contemplación pacífica del mensaje básico del guión, el empoderamiento de la mujer, siguiendo en buena lógica parte del discurso repetido mil veces por el propio Marston en una época, no lo olvidemos, en que la brillantez de su esposa Elizabeth permanece oculta al no serle concedida plaza en la Universidad de Harvard debiendo contentarse con una facultad de menor prestigio, por el hecho de ser una mujer.

Evidentemente la situación de igualdad sexual ha mejorado en algunos aspectos y en otros resulta claramente mejorable y la película de Angela Robinson no se dedica a protestar poniendo en solfa los defectos actuales como tampoco se limita a denunciar los de la época en que transcurre su trama: el dardo lo envía la guionista y directora al centro mismo de las relaciones humanas haciendo hincapié en la posibilidad que las normas sociales vigentes resulten inútiles para regirlas, poniendo en un plato de la balanza el amor poligámico que une a esas tres personas y en el otro la incomprensión de sus conciudadanos que les fuerza a mentir y disimular valiéndose de argucias simples.

Y todo porque una mujer, la joven Olive, lejos de contentarse con ser la amante de Marston, también querrá satisfacer físicamente su amor por Elizabeth, planteando la pregunta lógica, esperada, ansiada:¿porqué no os puedo amar a ambos a la vez?¿porqué?

Un ataque en toda regla a la institución matrimonial, un torpedo lanzado a la línea de flotación del buque insignia de la sociedad occidental por una muchacha que, además, no tendrá reparo en experimentar sexualmente al punto que influirá notablemente en la construcción de esa Wonder Woman que en sus inicios constituía sentido homenaje de su creador, Marston, a la empoderada jovencita que cambió para siempre su forma de vivir, sin dejar de ser femenina.

Robinson no da puntada sin hilo y la película requiere una atención para no perderse detalle alguno en un desarrollo que mantiene dos cursos paralelos: por un lado la relación interna de los tres personajes presos de una situación inusual y por otro las relaciones de todos ellos con el exterior, sus lugares de trabajo, sus vecinos y por fin, el debate que Marston mantiene defendiendo sus teorías ante la vigilante censora alarmada por el contenido de los primeros tebeos de Wonder Woman, resultado de un éxito comercial que hizo tambalear por momentos la supremacía de Supermán y Batman. Robinson apunta claramente a las diferencias del personaje inventado por Marston y su ulterior evolución y cabe decir, vistas sus últimas intervenciones en pantalla, que la empoderada y bella joven creada por Marston ha cambiado bastante y no a mejor, lo que, evidentemente, no le habrá granjeado alabanzas de parte de los grandes distribuidores.

Angela Robinson filma con esmero su propio guión sin concederse facilidades especiales para lucirse, no en vano el rodaje ocupó veinticinco días justos y se nota que todo estaba ya muy medido y ensayado, con una planificación que permite lucimiento de los tres intérpretes principales, descollando Rebecca Hall en el papel de Elizabeth, seguida de Bella Heathcote como la empoderada Olive, ambas muy bien acompañadas por Luke Evans como el protagonista Marston, componiendo los tres muy bien sus personajes que no son nada fáciles, ajustando matices de naturalidad, haciéndoles creíbles.

La forma de rodar de Angela Robinson resulta placentera visualmente sin estridencias y ayudando al desarrollo de la trama manteniendo el ritmo a pesar que es una película repleta de diálogos muy bien escritos que no se hace larga, sin bache alguno en poco más de hora y tres cuartos de metraje que la directora filma sin alardes pero con un cuidado exquisito en los detalles de conjunto incluída la fotografía a cargo de Bryce Fortner, especialmente en el cuidado de la iluminación los saltos de ejes en los diálogos a tres de los personajes, manteniendo Robinson poco a poco y de forma creciente el foco en la jovencita Olive como muestra de la importancia de su actitud en el devenir del trío.

En definitiva, una película que no se ha estrenado en nuestras pantallas pero que de momento puede verse; mejor en v.o.s.e., por supuesto, para disfrutar de la maravillosa dicción de Rebecca Hall; imperdible muestra de cine con ideología propia sin que ello perjudique el resultado final; muestra en fin, de la situación actual del cine estadounidense que algunos artistas siguen haciendo al margen de la industria dedicada únicamente a hacer caja.

Tráiler









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dilluns, 31 d’octubre del 2016

Por insistir que no quede, Don Juan




Si los otros dan la tabarra año tras año, no veo porqué no puedo también yo dar la brasa.

Me ahorro el texto que se puede leer en este enlace

A lo que vamos: ya que no resulta fácil en directo, veámoslo en diferido:






Para quienes piensen que la pieza sólo tiene un reducido interés local, aquí dejo un texto bilingüe







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diumenge, 31 de juliol del 2016

Squirrels to the nuts



O sea, ardillas a las nueces.

No es que sea una frase surrealista: es cinéfila. Pertenece a un clásico procedente de la magia de Lubitsch que algún día habrá que revisitar.

De momento centremos nuestra atención, si les place, en la última película dirigida por un cinéfilo ejemplar conocido de la casa: Peter Bogdanovich.

Bogdanovich junto con su ex-esposa Louise Stratten escribió un guión muy parecido a aquellos que seguramente él tiene en su mesilla de noche para relajarse en alguna noche de insomnio: una comedia clásica; de enredo; de amores que van y vienen; de procacidades exquisitas; de puertas que se abren y cierran; de la eterna lucha de sexos; ni un vodevil ni una alta comedia, pero con la indispensable dosis de locura.

La pieza la titulan ambos ex-cónyuges y asociados She's funny That Way y recibe como traducción Lío de Broadway lo que dice más acerca del infame traductor que de los autores del guión y del director de la película.

Para el cinéfilo, un cúmulo de tópicos conocidos.

Añejos.

De aquellos que indefectiblemente recuerdas con añoranza después de ver alguna estúpida comedia "moderna".



El guión parece dotado de una sinóptica muy simple: un hombre casado y con dos hijos llega a un hotel donde residirá mientras va a dirigir una obra de teatro y en su primera noche concierta una cita con una profesional a la que, a la mañana siguiente, propone entregarle la nada despreciable suma de 30.000 dólares para que pueda dedicarse a lo que más le plazca. Ella decide por fin presentarse a unas pruebas para ser actriz y ¡vaya coincidencia! él es el director de la obra. El autor se enamora de ella mientras la primera actriz, que es la esposa del director, se entusiasma y todos quieren contratarla, incluso el galán que sabe -porque la vió al llegar al hotel- que no es una desconocida para el director, intentando aprovecharse de la circunstancia. Entretanto, la novia del autor es una psicóloga más ida que bien centrada y es la que atiende a la acompañante aspirante a actriz y también a un juez que en su senectud está loco por la profesional y la persigue por donde sea gracias a los movimientos de un más anciano detective que.....

Es un guión clásico, vaya; no es novedoso; lo novedoso, en este siglo, es que los diálogos están afinados, las réplicas tienen un punto de romanticismo y mordacidad, y, lo más sorprendente, que el tempo de la comedia funciona a la perfección.

No hay momentos huecos ni pérdidas de ritmo y los actores, todos ellos, están de rechupete: Owen Wilson soporta impasible todo lo que le va ocurriendo a su personaje, Imogen Poots demuestra una capacidad ilimitada de dominar la cámara en un primer plano que sería insoportable para muchas actrices y Jennifer Aniston realiza su mejor trabajo en décadas, al punto que roba todas las escenas en las que aparece. Está claro que todo ello se debe a la sapiencia de Peter Bogdanovich que con setenta y cinco años demuestra mantener fresco su pulso y rápida su mente: de otro modo no cabe explicarse que, pasadas semanas de la visión de la película, todavía algunas escenas, en el recuerdo, muevan a la risa.

No alcanzo a entender cómo ha sido posible que esta muy buena comedia ha pasado sin pena ni gloria por nuestras pantallas en muy pocos días de exhibición, porque además de sus virtudes que la sitúan sin duda a un nivel de eficacia y clasicismo alto, deja algunas consideraciones de fondo que podrían ser objeto de debate más serio, aunque eso ya no sería una comedia sino un drama políticamente incorrecto, por calificarlo de forma posmoderna. Las frases aparecen como ráfagas de metralleta y algunas tienen más miga de la que parece a primera vista y no puedes atenderlas porque la vorágine te consume pero acabada la función algo surge del poso de risas. Es lo que tiene la comedia clásica que entre bromas y cachondeos clava alguna que otra puya. Los críticos serios de antaño a esto lo denominaban "segunda lectura" y quedaban como unos señores. Ahora, me temo, ya nadie está para una "segunda lectura" porque apenas si pueden entender la primera.

La pieza, que seguramente será difícil verla en pantalla grande, grande, es un bocado exquisito sin más pretensión que divertir haciendo cosquillas allí donde la inteligencia sobrevive recurriendo a mecanismos clásicos pero no obsoletos porque siguen -y seguirán por siempre- funcionando como un reloj al que, desde luego, no todos están capacitados para dar cuerda.

Si tienen la ocasión, sepan que va a ser una hora y media muy bien aprovechada. Se van a reír, seguro. Y cuidado con los "cameos": se nota que a Bogdanovich le aprecian.

Es de esas recomendaciones que uno da seguro de acertarla. Imperdible.

Tráiler


Por cierto: la frase de cabecera, el truhán protagonista la usa de "muleta". Faltaría más.







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dimecres, 20 de gener del 2016

Esos deben ser gigantes






En el otoño de 1960 Harold Prince, que el próximo día treinta va a cumplir ochenta y ocho años, era un joven productor teatral de reconocido éxito cuando uno de sus eventuales colaboradores, un escritor llegado de Boston a Broadway para ayudarle a retocar detalles del musical Tenderloin, le dejó leer su primera obra teatral, en la que, aseguraba, había estado trabajando durante dos largos años.

Prince, que ya había recibido tres galardones Tony por su labor en The Pajama Game (1955), Damn Yankees (1956) y Fiorello! (1960) y dos nominaciones por New Girl in Town (1958) y West Side Story (1958), leída que fue la obra del novel autor, decidió adquirir los derechos de representación de la pieza.

Y se la guardó en un cajón.

Tiempo después, Prince acababa de obtener un éxito con la comedia Take Her, She's Mine (que permaneció en los escenarios prácticamente un año representada en más de cuatrocientas sesiones antes de ser trasladada, cómo no, a la pantalla grande con el mismo título, debido precisamente a su éxito de público) y mientras la comedia iba funcionando Harold viajó hasta los escenarios londinenses y allí quedó prendado por los modos escénicos de la directora Joan Littlewood, triunfadora en los escenarios del East End con Oh! What a Lovely War (que luego llevaría al cine Richard Attenborough) y se le ocurrió que la británica muy bien podía dirigir aquella pieza que un día compró, estrenarla en el East End, foguearla bien, pasarla al West End y de allí a Broadway, saltando el charco.

Es decir, que Harold Prince, el productor teatral de éxito, estaba convencido de la bondad de la obra de teatro del autor novel.

A Joan Littelwood la pieza le gustó y aceptó como propias las ideas de Prince: la obra, con ser de un novicio, al parecer estaba llena de notas y acotaciones y a falta de menos de una semana para el estreno Harold Prince, que viajó adrede a Londres para ello, se percató que la cosa no funcionaba: los intérpretes todavía estaban haciendo ejercicios de aproximación a los personajes, pero no se sabían las líneas de diálogo. Litlewood había trabajado como de costumbre, creyendo en la improvisación y Prince tuvo el pálpito que aquello acabaría mal.

Así fue. La crítica se cebó en un elenco a todas luces inadecuado y falto de preparación, una dirección que no parecía entender la comedia, pero salvaba el texto asegurando que era divertido y que era una pérdida presentarlo de esa forma.

Litlewood aceptó el fracaso, reconociéndolo amargamente y cerrando el Theatre Royale por tiempo indefinido y Harold Prince se volvió con la obra a Broadway como perro con rabo entre las piernas, encontrándose con el autor quien le pidió que fuese él mismo quien dirigiera la obra en Broadway. Ante el comprensible deseo del autor de ver su obra representada en escenario, Prince, que ardía en deseos de estrenarse como director, antes que nada, acudió a una pareja de intérpretes para que le hicieran una lectura de la pieza, para ver cómo sonaba: George C. Scott y Colleen Dewhurst (en aquel momento matrimonio) se mostraron encantados con los personajes protagonistas de la pieza y la lectura fue un verdadero éxito.

Pero a Harold Prince, convencido de la calidad del texto, por mucho que se esforzaba, no le llegaba la inspiración: no tenía ni idea de cómo afrontar la obra: él, productor reconocido en Broadway, atorado por una historia en la que, someramente hablando, Justin Playfair, un neoyorquino bienestante, viudo reciente, se cree que es la personificación auténtica de Sherlock Holmes y su hermano, acosado por deudas de chantaje, encomienda a una psiquiatra que le firme los papeles para internarlo en un manicomio y así hacerse con los bienes de su hermano como administrador.

Claro que ésa sinopsis es muy esquemática.

A George C. Scott, avezado pisa escenarios, el personaje le parecía un bombón para interpretarlo.

Y a la que entonces era su esposa, Colleen Dewhurst, le encantaba la idea de representar a la Dra. Mildred Watson.

Pero no pudo ser.


Watson : Es usted como Don Quijote, cree que todo es distinto de como es.

Holmes: Bueno, el tenía su punto de razón, pero lo llevó demasiado lejos: pensaba que cada molino era un gigante: eso es una locura, pero si el creía que podían serlo, porqué no...

Seres más inteligentes creían que el mundo era plano. ¿Pero y si no lo era? Podía ser redondo...

Y el pan enmohecido ser medicina.

Si nadie se fijara en las cosas, y pensara lo que podría ser, todavía estaríamos en la selva, con los monos.




En realidad, no pudo ser para Colleen Dewhurst.

Puede que George C. Scott se quedara con un ejemplar de la obra teatral guardado en su carpeta de pendientes y entre representación teatral y película de resonante éxito, primero coincidió con Paul Newman en la celebrada El buscavidas (1961) y luego obtuvo fama internacional al obtener el premio Oscar al mejor actor por su interpretación del general Patton (1970) y desechar públicamente ir a recogerlo, demostrando, por si hubiera dudas, que los del Atlántico (New York) se sentían muy alejados de los del Pacífico (Hollywood) e iban a su bola.

No perdería mi apuesta si fiara el todo a que, quizás en una cena, George C. Scott se pusiera a leer aquella comedia que tanto le gustaba en la que él se veía siendo un Sherlock muy especial, y resultara que la esposa de Paul, cenando a su lado, quisiera darle la contra réplica leyendo al personaje de esa Dra. Mildred Watson que, de repente, atrapó su ánimo y la enamoró. Seguro que Paul abrió los ojos, George le aseguró que ni en broma cedía el trato, pero Newman lo acababa poniendo sobre la mesa unos billetes, como productor asociado, sin figurar mucho, para complacer a Joanne Woodward, su querida esposa, dejando que George, descubridor al fin y al cabo, se quedara con el plato fuerte.

Colleen y George se divorciaban por última ocasión en febrero de 1972.

La película que produjo Newman junto a otros se tituló, igual que la pieza de teatro, They Might Be Giants y se basaba en el guión que sobre su propia obra realizó James Goldman, que tuvo que esperar once años para ver en pantalla la que fue su primera obra teatral, pieza que, como se ha relatado, jamás se ofreció al público en un teatro, más allá de quince días de fracaso londinense.

Cuando Goldman recibió el encargo de escribir el guión sobre su propia obra, ya había sido aclamado por la posterior El Leon en Invierno, como vimos hace muy poco. Seguramente fue el propio Goldman el que recomendó la contratación de Anthony Harvey como director, ya que sin duda y por mucho que lo pretendiera el propio Harvey, la profusión de notas y acotaciones de Goldman -junto con la flaqueza de Harvey- aseguraban un resultado cercano a las pretensiones del autor.

Con lo que no contaba Goldman era con los gerifaltes de la Universal, que, probablemente espantados al visionar una película que poco tenía de comedia romántica, decidieron cercenarla y remontarla a su gusto: incluso el pánfilo de Harvey, posteriormente, despacharía muy brevemente su experiencia con esta pieza de Goldman, relatando intromisiones de la Universal.

Si sería nefasta la intromisión que Goldman capturó sus derechos y la obra, que se sepa, nunca más ha sido representada e incluso apenas hay rastro de su temprana edición de 1961: dos ejemplares en amazon, yo diría que fotocopias de libretos de actores (a $80), pero ni rastro del guión cinematográfico del que hay que suponer una vez más su pulcra redacción y minuciosa acotación por parte de Goldman, marca de la casa.

No resulta sorprendente que George C. Scott permaneciera tanto tiempo prendado de ése protagonista, antiguo abogado de prestigio y luego famoso juez neoyorquino que, hallándose de repente viudo, pierde la cabeza y se reinventa o renace como el propio Sherlock Holmes, pero no un Sherlock que sea una paráfrasis o un homenaje al invento literario de Conan Doyle, si no, como el propio título apunta, émulo del caballero andante Don Quijote, viendo gigantes donde los demás, vulgo normales, sólo ven molinos.

Una vez más, el texto de Goldman excede las posibilidades cinematográficas de Harvey que se mantiene en una forma de filmar acomodaticia y lejana de todo riesgo, otorgando a esta fábula fantástica un tratamiento de comedia romántica extraña pero nada irreverente ni caótica, apenas excéntrica. El guión bebe de las fuentes clásicas y nos presenta un caballero juicioso, lleno de razones, convencido de ser el famoso Sherlock Holmes, ataviado al punto de gorro de cazador y pipa de espuma de mar, empeñado en dar caza a su archienemigo Moriarty: no hay en la trama misterio alguno más allá de la imposibilidad de hablar de un enfermo psicosomático de la Dra. Watson y el empecinamiento del autoproclamado Holmes alberga aires quijotescos que la facultativa apunta en la frase resaltada más arriba no siendo obstáculo para que ella, partiendo de una conciencia científica, acabe por sucumbir a la magia imaginativa del paciente que le imponen no para que le provea de sanación : para que firme y declare su insania mental: precisamente la veracidad de lo que la mente conoce como cierto es el punto de inflexión del héroe, dispuesto a dudar de una realidad quizás impuesta por una sociedad que no ve más allá de lo que le interesa desdeñando los deseos y ensoñaciones de los ciudadanos: uno se queda embobado, como el protagonista, escuchando las ganas del bibliotecario de ejercer como la Pimpinela Escarlata: ¿por qué no?

El buenísimo trabajo de todos sus intérpretes, encabezados por magistrales composiciones de George C. Scott y Joanne Woodward, permite al aficionado disfrutar de una comedia que de romántica tiene un deje, y de surrealista inocente con puñalada directa al materialismo imperante un mucho más; un texto rico en intenciones, imaginativo, fecundo de ideas mágicas y ensoñaciones de un mundo mejor, una bocanada de optimismo un punto subversivo que al parecer no acabó de complacer a los testaferros del capital que, prestos, procedieron a mangonearla a su antojo, dejando al público una película brillante por momentos y confusa puntualmente, como mal acabada.

Una vez más, John Barry se apunta a la empresa con una banda sonora que sin ser tan especial como la anterior, sigue muy bien la estela marcada por la escritura de James Goldman.

Conociendo la forma de trabajar de Goldman y sabiendo que ni Scott, ni Woodward ni tampoco Newman eran intérpretes dados a renunciar a sus propias ideas, resulta comprensible que, a la postre, esta película, como ocurrió con la obra teatral, haya caído en el más lamentable olvido porque la distribuidora jamás ha tenido la más mínima intención de sacarle partido. En España se estrenó, con el más que lamentable título de El detective y la doctora, directamente en la televisión. El retitulador, una vez más estúpido, ni siquiera se dió cuenta del homenaje cervantino que Goldman nos propina y lo fácil que es su traducción.

¿Vale la pena ver, entonces esa película? Mal que esté cercenada y remontada con inopia, el cinéfilo no debería perdérsela, porque en ella se mantienen escenas bien compuestas y mejor interpretadas, el guión sigue manteniendo su brillantez con algún punto de incoherencia y no tan sólo vale la pena por ver a los protagonistas: los secundarios están muy bien y en grupo se puede intentar reconocer algunas caras que han sido muy populares. Una película maldita, hija de una obra teatral maldita, ambas muy capaces de entrar, por derecho propio, en un menú de rarezas imprescindibles.


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diumenge, 30 de juny del 2013

El chico del periódico






Ahorremos tiempo: ésa es una película que no va a gustar a todo el mundo y por no rehuir el bulto diré que seguramente cuando la vea otra vez me gustará más.

O no.

Otra clarificación será oportuna y nos situará inmediatamente en el contexto:

El título de la película, en inglés The Paperboy (¡Sí: el traductor estaba despierto!) se debe, tal y como lo entiendo, a que uno de los protagonistas, el joven Jack Jansen (muy bueno Zac Efron) sale en la portada de un periódico local -dirigido por su padre, W.W. Jansen (Scott Glenn, como siempre, eficaz)- como sujeto salvado de un ataque de medusas gracias a que su acompañante playera, Charlotte Bless (muy sorprendente Nicole Kidman) se le mea encima de todos y cada uno de los múltiples y variados aguijones, escena que contra lo acostumbrado se nos muestra en todo detalle.

De hecho, la rubia empelucada Charlotte se mea encima del chico apartando a una jovencita que había empezado la labor espontáneamente al verlo en la arena postrado de dolor.

Esa no es desde luego una escena cabal de la trama pero al cinéfilo avezado ya le dará una imagen apropiada de lo que podrá encontrar si se anima a visionar la última película de Lee Daniels basada en una novela de Peter Dexter quien junto al director-productor firma un guión que seguramente no alcanza a desbrozar con claridad todas las líneas que quizás en la novela se traten con mayor profundidad.

¿Es una película recomendable?

De los cobardes nadie se acuerda: véanla.




¿Porqué?

Porque aparte de los citados está el concurso de Matthew McConaughey y John Cusack en sendos personajes poco recomendables para cualquier intérprete que aspire únicamente al reconocimiento popular, tipos complejos que permiten escarbar en un interior nada diáfano: de esos que cualquier actor con dos dedos de frente y una estima por la profesión aspira hallar en su camino: el amigo Matthew lleva unos pocos años elevando el listón y el taimado Cusack roba las escenas demostrando talento con la mirada.

Porque aunque las buenas interpretaciones no sean para usted un reclamo irresistible -como lo son para este comentarista que suscribe- probablemente, ya que esta aquí, gustará de una película estadounidense que, en una palabra, parece europea: o sea, que es una película para adultos en la que no hay maniqueísmo barato y no se sabe muy bien a qué están jugando los personajes y que por momentos desconcierta y sobre todo no intenta dar lecciones de moral a nadie ni explicar nada en concreto.

Porque la forma de rodar de Daniels (que por cierto, resultó nominado en Cannes a la Palma de Oro por su trabajo) es adecuada al fresco sureño, más que marismeño pantanoso, cercano a la ciénaga de Florida, en una mezcolanza en la que caben apuntes raciales y homófobos a partes iguales con una reina rubia que parece sacada directamente de cualquier canal televisivo de esos que inundan la tdt, reclamo de tópicos incomprensibles. Daniels sin duda conoce el oficio de dirigir intérpretes y más aún, sabe convencerlos para que suden la camiseta en unas composiciones dedicadas a personajes que no son refulgentes.

En su contra el enmarañado guión y el recurso a una voz en off que podría haber sido clarificadora y no lo es: parece un añadido para darle empaque y otorgarle el sentido de una historia oral próxima a la realidad, pero no acaba de cuajar resultando falso. El off, como el flashback, son recursos más difíciles de lo que aparentan.

Si se deciden, que sea en versión original subtitulada, aunque la jerga sureña y el acento aplicado parezcan un galimatías: no se preocupen, porque, transcurrido el metraje, seguro que permanecerán preguntándose el porqué de varias cuestiones: Daniels, quizá por defecto, quizá por exceso, deja muchos cabos sueltos. Pero sin duda vale la pena comprobar cómo todavía se puede hacer una película con una intención más allá de la mera diversión, del simple entretenimiento, y no aburrir al personal.

Puede que no guste mucho, pero no aburrirá a casi nadie.

Para muestra, un botón









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dimarts, 29 de gener del 2013

Killer Joe




Cuando uno tiene la suerte de verse sorprendido al visionar una película a estas alturas del siglo que vivimos puede realmente darse por afortunado y contento: si además acabada la sesión permanece en el interior la sensación que las neuronas no paran quietas intentando encajar todas las impresiones recibidas para asimilarlas y comprenderlas en su justa medida, entonces es que como quien dice, nos ha tocado la lotería, sobre todo si se trata de una película tratada de maldita, apestada para las taquillas y casi que infame, una muestra más de la enorme estulticia de las distribuidoras o de su mala fe que nos oculta buenas piezas quizás con la voluntad clara y manifiesta de impedir que pensemos por nosotros mismos.

En Estados Unidos existe un organismo, la MPAA, que se cuida de calificar moralmente las películas, con el supuesto afán de proteger la moralidad de la sociedad; más que moralidad yo le aplicaría el término moralina hipócrita por cómo desarrollan su trabajo, pero eso ya sería tema para otra entradilla; el caso es que la calificación de "R" es de las peores, pero quiero llamar la atención de todos, antes de empezar, para recordar que las películas de Tarantino suelen recibir esa calificación "R" y a pesar de ello reciben un tratamiento mercadotécnico ejemplar, como hemos podido comprobar recientemente.

Se diría que William Friedkin y Tracy Letts juegan con ventaja respecto a la MPAA porque, habiendo recibido la famosa "R" en su primera colaboración, Bug, en la segunda con toda seguridad decidieron olvidarse de las consecuencias y se pusieron a trabajar con el objetivo de satisfacer su integridad artística porque únicamente contemplando el resultado final como prueba de una autoría a todas luces independiente se puede comprender y entender las formas empleadas en la presentación cinematográfica de una pieza teatral del propio Tracy Letts que se titula Killer Joe dirigida con mano firme por el veterano Fiedkin sobre guión del propio Letts que adapta la obra teatral que hace años triunfó en el off broadway.

No hay engaño posible porque ya desde los primeros minutos el espectador se ve zarandeado visualmente: Chris Smith (Emile Hirsch) en una noche de rayos y truenos rodea chillando y dando golpes la casa-caravana-contenedor donde vive su hermana Dottie (Juno Temple) provocando que el perro, T-Bone, ladre desaforadamente: Dottie se hace la dormida y le abre la puerta su madastra Sharla Smith (Gina Gershon) ofreciéndole una visión directa de su pubis desnudo porque la camiseta de hombre que lleva le llega a la cintura y poco más. Chris discute con su madrastra increpando a su padre, Ansel Smith (Thomas Haden Church) por permitir la desnudez de su esposa mientras le gorrea un canuto de marihuana: buena hierba, dice, a lo que su padre responde: esa mierda me la vendiste tú.

Desde luego los primeros cinco minutos no están rodados pensando en complacer a ningún censor: más bien denotan la clarísima intención de obtener la calificación en poco tiempo y ahorrar trámites. Pero es que además lo que sigue va incrementando la sensación que guionista y director en ningún momento se han planteado una carrera comercial brillante para su obra y uno empieza a suponer que esos dos han querido -y obtenido- una película que entronca íntimamente con la esencia del séptimo arte, aquel que cuenta historias, provoca sensaciones, estimula la imaginación y procura interesantes conversaciones porque, amigos, hay mucha tela que cortar, hay material humano tratado con inteligencia y fuerza visual.

Como algún amable seguidor de este bloc de notas sabrá, me gusta -mucho- leer teatro, así que he dedicado unos días a buscar la pieza original de Letts y lamento decir que ha sido en vano; sin embargo, he hallado una página que alberga de momento el guión original, escrito en inglés: la página se encuentra aquí; hay que pagar para leerlo entero, pero recomendaría no hacerlo hasta haber visto la película no porque haya en ella ningún misterio en particular, pero sí porque la fuerza de la sorpresa, eliminada, modifica el placer de la primera visión.

En la segunda, que tendrá lugar con toda seguridad -y facilidad, porque la película no se verá en los cines españoles y juraría que en la tele tampoco- se podrán apreciar mejor los detalles propios de la labor de Friedkin que en mi opinión no tan sólo se reivindica después de un período triste y largo sino que alcanza cotas de expresividad y calidad nunca antes alcanzadas: con el apoyo de Caleb Deschanel a la cámara, Friedkin desgrana el mejor repertorio de planos de su propia cosecha desde el plano detalle hasta el travelling con la grúa pasando por expresivos picados y contrapicados siempre adecuada la situación de la cámara, la focal utilizada y el encuadre: luego el ritmo visual lo perfecciona Darrin Navarro en la moviola y ya tenemos un ejemplar de caligrafía cinematográfica presto a satisfacer las ansias de cualquier cinéfilo harto de efectos especiales y montajes videocliperos.

La forma de filmar de Friedkin realza y remarca la fuerza intrínseca del guión escrito por Letts: una trama que a priori parece simple: esos cuatro ganapanes mencionados, los Smith, deciden asesinar a la primera señora Smith porque dicen que tiene una póliza de seguros muy cuantiosa y así saldrán de problemas que no relataremos. Para ello, Chris y Ansel se pondrán en contacto con Joe Cooper, conocido como Killer Joe (Matthew McConaughey), de profesión detective de la policía de Texas y de sobresueldo asesino por encargo. Las cosas se torcerán y habrá un poco de jaleo porque Killer Joe tiene muy malas pulgas.

A uno le da la risa floja cuando ha visto Killer Joe y escucha opiniones referidas a la maldad de algunos personajes de ficción que sobrevuelan las pantallas actuales: de verdad de la buena: Killer Joe, acojona.

Mucho.

Letts reviste a ese policía texano de un aura de maldad que le otorga un poder especial: en un momento, Dottie le define certeramente cuando dice: "su mirada hiere". Ese Joe asusta incluso a T-Bone, el perro que ladra a todos y enmudece nada más verle bajar de su coche, con sus botas de piel, su sombrero negro de ala ancha y su sonrisa letal. Un tipo frío y calculador que dará pasaporte a dos personajes sin despeinarse ni perder un tono de voz magníficamente calmado, sereno, dulce y casi que seductor, aunque ése detalle en concreto bien merece la pena imputárselo con toda justicia a un Mattew McConaughey que realiza el mejor de sus trabajos que este cronista haya visto, exprimiendo hasta el último sentido toda la ambivalencia y complejidad moral con que el autor ha creado a su personaje.

Un bombón que el actor sabe aprovechar demostrando que ha alcanzado una fructífera madurez en la que domina el gesto, la mirada, la voz y el tempo, dotando a su personaje de una sensualidad desarmante y turbadora. Pocas veces se podrá ver en pantalla semejante ejemplar de poderío sexual explícito: hay un par de escenas que resultarán inolvidables y que con toda seguridad son las que han provocado que algunas distribuidoras hayan rechazado exhibir la película que no ha tenido la promoción que le correspondería. Friedkin es muy consciente de la importancia de ambas situaciones y las rueda con una fuerza, elegancia y expresividad impresionantes que a nadie pueden dejar indiferente. La presencia del sexo como señal de poder es una constante en el cine negro pero en pocas ocasiones ha sido tan explícito, amenazador y poderoso, coexistiendo con el amor marital y el amor fraternal todos ellos en su expresión más primitiva.

La ambigüedad de la trama deviene en ambivalencia y permite contemplarla desde la óptica de un retrato descarnado de la sociedad actual en el que el dinero propicia actitudes faltas de cualquier moral y ética y asimismo proporciona un foco clásico en el que coinciden los grandes hitos del cine negro en el que la fatalidad de los acontecimientos produce alteraciones que repercuten en los propios intervinientes, presos de sus pasiones y condicionantes vitales con resultados más trágicos que los deseados a priori.

El conjunto de intérpretes realiza un trabajo notabilísimo que se aprecia afortunadamente al ver la película en riguroso y forzado idioma original con subtítulos ya que ni siquiera se ha procedido al doblaje al castellano y tanto su estupenda labor como la forma dinámica de filmar de Friedkin se apartan del original teatral nada aparente formalmente, siendo de justicia señalar una vez más la riqueza de la paleta de colores con que Caleb Deschanel fotografía el interior de esa casa-caravana-contenedor que lo mismo parece un refugio a la tormenta que un lugar de ensueño, que una jaula convertida en trampa mortal.

En definitiva, una película absolutamente imperdible, de aquellas que uno recomienda en la conciencia que tiene todos los requisitos para convertirse en lo que antes se conocía seriamente como "film de culto" porque los cinéfilos se lo iban recomendando de unos a otros hasta conseguir un reconocimiento que la industria y la pacata sociedad le habían negado: uno mira la cartelera de hace un par de años y se asombra que esta película no se exhibiera en España casi tanto como que el superlativo guión de Tracy Letts ni siquiera recibiera una nominación en los premios oscar del año 2012 mientras le daban el premio a Los descendientes. No se la pierdan.







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dilluns, 11 d’abril del 2011

Geu-rim-ja sal-in



En cualquier tipo de arte y quizá más en el cine la inspiración en trabajos ajenos anteriores suscita tanto la comprensión como la crítica más feroz dependiendo no tan sólo del ojo que mira y el cerebro que analiza: el buen resultado obtenido, la sensible mejora, eleva la percepción de mero plagio o copia descarada cuando la identificación es abrumadora;en el marasmo de información que manejamos en este siglo resulta difícil por no decir imposible disponer de una idea que nunca antes se haya expuesto: somos lo que mamamos y suerte tenemos si conseguimos dar una visión propia y distinta de la ajena sobre una misma cuestión porque no debemos olvidar que las opiniones suelen formarse con el sedimento natural de los conocimientos recibidos a base del estudio, ya que las mentes iluminadas repentinamente pertenecen a la quimera de la vagancia, por mucho que ésta sea más abundante de lo esperado y conveniente.

Por eso, cuando los cinéfilos nos enzarzamos en disputas relativas a un refrito, remake o versión, hay que mirar con lupa los antecedentes y aun así el bizantinismo tiene una ventana abierta y seguro que se cuela de rondón. Confiar en que la película que vamos a ver será absolutamente original es ver no la botella medio llena sino a estrenar, cuando ya todos la han catado. Es más sensato adoptar una nueva mirada y dejar de lado como innecesaria la novedad como supuesta virtud por mucho que la mercadotecnia en reiterada demostración de ramplonería y falta de imaginación nos quiera vender el producto como novedoso y original en grado máximo olvidando que nuestros culos han conocido muchas butacas ya y nuestra mente se halla situada un poco más arriba.

No escribo nada nuevo si declaro que apenas tengo experiencias como espectador del cine oriental de este siglo y ello es evidente porque cuando paso un buen rato con una de esas películas que se ruedan cerca del sol naciente me apresto a contarlo, como hice hace ya dos años.

Dos semanas atrás tuve la oportunidad de ver la que se supone es la ópera prima de Park Dae Min, joven guionista que se presentó a un concurso de guiones en Corea del Sur y consiguió ganar el primer premio que, por lo que he podido llegar a saber, consistía en la oportunidad de dirigir una película basada en el citado guión.

Esa sin duda es una buena forma de favorecer la cultura cinematográfica de un país: premiar un guión dándole rodaje. Aplique el amable lector toda clase de sinónimos, comparaciones y paráfrasis siempre teniendo en cuenta que no me refiero a un rodaje de tres al cuarto:no: me refiero a una producción con cara y ojos.

Park Dae Min escribió una trama que bebe en diversas fuentes conocidas de la literatura y del cine occidental y no puedo referirme a fuentes netamente orientales porque, ignorante de mí, las desconozco por completo.

La película, finalmente estrenada en 2009 con el título Geu-rim-ja Sal-in carece que yo sepa de traslación al español y me da la sensación que, como ya ha ocurrido en otras ocasiones, se va a quedar así.

Y no lo merece. Porque sin llegar a corresponderle -en mi opinión- una clasificación como imperdible ni siquiera notable, desde luego que no es prescindible: no para el cinéfilo que gusta de las películas bien narradas que dedican sus esfuerzos a divertir al espectador: películas honestas y honradas que no pretenden ser lo que no son y que fijan su mira dentro de su alcance para acertar de lleno en la diana con precisión.

Esa historia que Park Dae Min nos cuenta viene a ser un divertimento detectivesco con sus gotas de misterio y su poco de acción con algún apunte histórico y social propio de la Corea de principios del siglo pasado, cuando todavía los japoneses mandaban demasiado para el gusto de los coreanos, formando un conjunto leve y liviano, mayormente quieto salvo alguna escena de acción bien resuelta con mano firme por ese director novel que apunta muy buenas maneras.

Hay en la película en todo su metraje la sensación de profesionalidad que uno advierte en piezas fruto de un artesano con varias películas en sus alforjas. No puedo menos que compararla con la anteriormente citada (que yo sepa, todavía pendiente de estreno en España) y sentir un punto de envidia nacional porque se comprueba que esos coreanos están dispuestos a ganarse con esfuerzo un lugar en la cinematografía: si los novatos que salen de sus escuelas de cine tienen el pulso de que hace gala Park Dae Min en su ópera prima y la industria coreana con o sin la ayuda de la administración cultural es capaz de sufragar esas novedades, el futuro no puede ser más que halagüeño para ellos.

En el aspecto técnico y en el apartado artístico es evidente que hay un trabajo considerable y concienzudo, digno de cualquier producción de primera línea; la fotografía es muy buena y los intérpretes, todos ellos bastante jóvenes, demuestran haber trabajado a fondo sus caracteres. Resulta curioso, por otro lado, el fondo musical ecléctico y manteniendo sonoridades reconocibles por el mercado hispano.

La sinopsis sencilla, sin entrar en detalles, consiste en la problemática que se le viene encima al joven estudiante de medicina Gwang Su (Ryu Deok Hwan) cuando se da cuenta que el cadáver desconocido que halló y que ha estado usando para sus prácticas particulares es el hijo de alguien importante, acudiendo al detective Jin Ho (Hwang Jeong Min) que se dedica usualmente a fotografiar cónyuges infieles pero que por una buena recompensa accederá a ayudarle, contando con los artilugios que inventa una Dama científica, Sun Deok (Eom Ji Won). Luego aparecerá algún otro cadáver y alguna disgresión, hasta que todo se pueda resolver, acabando con una puerta abierta a una nueva aventura de esos personajes.

Aplicando la simplicidad occidental uno podría asegurar con poca vergüenza que Park Dae Min bebe en la fuente de Conan Doyle pero reconociendo mi ignorancia y sabiendo, eso sí, que el mundo es un globo, dejaremos de lado la irrogación de ideas buscando imitadores que quizás beban en fuentes ignotas para ahorrarnos un ridículo lamentable: fijémonos en la forma en que Park Dae Min nos cuenta su trama, huyendo como de la peste de cualquier tópico: ni siquiera sus héroes, pese a ser coreanos, saben luchar; su falta de destreza les aleja miles de kilómetros de los acostumbrados superdotados protagonistas de esas cintas de acción que dan saltos inverosímiles y salen triunfadores de agresiones malvadas gracias a bellas coreografías combativas: aquí las peleas son brutas, a lo bestia, torpes y eficaces a ratos, casi diría que originales para los tiempos que corren: muy naturales, vaya. Y los protagonistas van avanzando en su investigación poco a poco y laboriosamente, paso a paso, sin alardes deductivos pero con la aplicación de la observación más elemental.

La trama contiene quizá demasiadas líneas argumentales, aunque claramente su objetivo no reside en adentrarse en la especial psicología de ninguno de sus personajes: por momentos, uno tiene la sensación de estar viendo un lujoso episodio piloto, porque los apuntes se diversifican y se dirigen tanto al pasado como al futuro, mientras el desarrollo de la historia principal sigue su curso.

Provista de una duración ajustada, hora y tres cuartos, se ve en un suspiro sin que aburra en ningún momento gracias al ritmo bastante ágil que Park Dae Min sabe mantener en la mayoría de las escenas, con algún bajón. Como he dicho, no se trata de una imperdible ni siquiera notable, pero sin duda a quien tenga en su ser la vena cinéfila le agradará darle un repasito para pasar un buen rato primero y luego, si se tercia, para reflexionar tranquilamente acerca de la forma en que Corea del Sur afronta su industria cinematográfica en el siglo que vivimos.

Vean, si les place, el trailer, y no busquen más en youtube porque resultan demasiado chivatos.




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divendres, 3 de setembre del 2010

DefendOr




Ni una palabra.

Hasta hace muy poco, no había leído ni una palabra de una película que, para variar, no se ha estrenado en España y que seguramente jamás verá una pantalla española.

Pero es que, además, tampoco hay ni una sola referencia en la revista británica de cine Digital Spy dedicada específicamente al mundo del espectáculo, cuyos artículos conservo desde junio de hace dos años: nada de nada, como si no existiera, en una publicación en la que abundan noticias insustanciales sobre inanes estrenos multimediáticos como las dos últimas de Cruise y Jolie.

Tampoco es que las referencias leídas por casualidad fueran especialmente entusiastas y animaran a una visión apresurada e imprescindible, pero ya sabemos todos de que pie cojeamos y la cinefagia, más que la cinefilia, produce una comezón interna que sólo se apaga saliendo de dudas.

Como añadidura, se trata de una ópera prima: el joven Peter Stebbings, después d
e haberse dedicado a trabajar como actor, un buen día escribió un guión para una antigua compañera de academia y un año después escribió otro y decidió que él mismo lo iba a dirigir. Su primera aventura en solitario.

Defendor (2009) es de esas películas que se van agigantando conforme pasan los días y uno va rememorando tranquilamente instantes, escenas, aun sin la continuidad con que su autor las presenta.

Arthur Poppington (Woody Harrelson) es un lobo solitario dotado de una mente débil y un corazón enorme y ha resuelto dedicar su existencia a cuidar de sus conciudadanos, a luchar constantemente contra los malvados: y para ello ha creado un alter ego, un personaje heroico que llama Defendor: y se ha hecho un traje con un jersey negro y una cinta adhesiva con la que se ata los puños y los tobillos y se planta una enorme letra D en el pecho: se enmascara los ojos con betún y se provee de canicas y un bote de avispas cabreadas y un garrote añejo como armamento suficiente y sale a las anochecidas callejuelas de su barrio donde liberará a una jovencísima prostituta, Kat (Kat Dennings), que está practicando una forzada felación al corrupto detective Chuck (Elias Koteas), creándose de inmediato una relación triangular que se desarrollará tomando derroteros impensables al inicio.

Stebbings demuestra tener ideas y la gracia suficiente para escribirlas y adornarlas con detalles enriquecedores, pues el guión, sin haber podido leerlo, se intuye generoso en apuntes de toda clase y reflexiones sobre algo tan extraño de ver en el cine actual como es el interior de una persona.

Por una vez, diría que estoy de acuerdo con esta institución censora del cine en los U.S.A., la MPAA, que ha calificado la película de Stebbings con la letra "R", alejándola del público familiar y joven, propicio a tragarse palomitas y cualquier producto indigesto que les echen en pantalla.

Porque Defendor, pese a su apariencia, no es una película de acción: desde luego, no es la cansina y reiterada búsqueda de taquilla en base a un tebeo visto mil veces: es lo más lejano a un cine comercial masificado y si me apuran, incluso al adulterado "cine indie", pero definitivamente, caso de ser necesario clasificarla, entra de lleno, en mi opinión, en el cine independiente, de autor.

Otra cuestión es si la calidad alcanzada desde un punto de vista meramente cinematográfico basta para otorgarle pátina inmediata de imperdible pero sin duda alguna es un alivio comprobar que se siguen filmando historias interesantes dirigidas a excitar las neuronas y no el bajo vientre.

Stebbings, que tiene una larga trayectoria como actor televisivo (cincuenta títulos en veinte años dan experiencia) sabía perfectamente cuando escribió Defendor que jamás recibiría el apoyo de los charlatanes usuales y supongo que lo agradeció, porque los expertos en mercadotecnia seguro que hubieran promocionado la película resaltando aspectos circunstanciales y el espectador se hubiera defraudado. Caso de darse cuenta, claro.

Al decidir dirigirla no es que asumiera un doble riesgo: es que sólo mediante una dirección ajustada la historia toma sentido: hay varios detalles que ayudan no poco a configurar el personaje del héroe, ese chalado y bien intencionado Defendor que vive en un mundo propio y se desenvuelve en el actual con una perspectiva y actitudes lejanas: Arthur es certeramente definido con una frase por la psiquiatra que le examina a requerimiento judicial:

"Eres un buen hombre, con un gran corazón, y por eso todos te quieren"

Un hombre con unos rasgos psicológicos muy complejos, "perfectamente normal, como cualquiera", con la particularidad que cuando se convierte -no se disfraza- en Defendor -no en defender (que sería defensor en castellano) sino en DefendOr, marcando esa letra "O" con sonoridad inexistente, inventada- es mil veces más poderoso, y listo, y ágil, y ...

Un héroe que no pretende dañar a nadie: sólo detener a los malos y salvar a sus víctimas; un aventurero que usa armas inofensivas y graba sus acciones con una cámara que usa ¡cintas vhs! como si fuera una burla a tantas películas repletas de gadgets avanzadísimos y faltas de la inteligencia suficiente para emocionarnos.

Stebbings va mostrando con paciencia los rasgos que conforman la personalidad de Arthur, dosificando saltos al pasado más remoto, retazos de una infancia peculiar, acciones de la semana pasada relatadas por el propio protagonista y hechos que concluyen en un presente que nos devuelve a la realidad después de habernos ilusionado con una fantasía repleta de optimismo pueril.

Cuenta para ello con el encomiable trabajo de Woody Harrelson que durante los cien minutos de metraje absorbe toda la atención consiguiendo que ese personaje se haga realidad y despierte en el espectador la empatía del buen amigo, ése que nunca abandonaríamos en la soledad de la noche oscura.

Harrelson consigue una interpretación modélica, contenida y ajustada a las extravagancias del personaje y dominando la tentación de caer en un histrionismo barato: no puedo menos que acordarme del Oscar que le regalaron a Dustin Hoffman por su apayasada interpretación en Rain Man cada vez que admiro el equilibrio y la contención de Harrelson como Defendor, siguiendo perfectamente las instrucciones de Stebbings que sabe mantenerse constantemente en el filo de una navaja muy afilada compuesta de aceradas sensaciones de comedia de acción dotada de rasgos de humor que el novel director y guionista sabe soslayar con eficacia gracias al personaje de la joven grofa Kat, contrapunto realista del héroe en todo momento.

En definitiva, una película que no pasará por las salas de estreno españolas y que quizás ni siquiera llegue algún día a los televisores, salvo que, aprovechando que ya ha salido a la venta en dvd en países culturamente más avanzados, el cinéfago ávido de sensaciones agradables se procure por sí mismo la satisfacción de comprobar que, en el siglo que vivimos, hay gente capaz de filmar una película interesante aunque no lo suficiente como para desasnar a los distribuidores patrios.

Vean, si les place, el Tráiler




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dilluns, 26 de juliol del 2010

Un viejo políticamente incorrecto



La posibilidad de adquirir cualquier tipo de arma de fuego es una peculiaridad de los U.S.A. que a los europeos nos choca y muy a menudo contemplamos como una costumbre atávica sin importancia, una señal identitaria de una civilización que en realidad y pese al imperialismo multimediático nos sigue quedando bastante lejana en sus rasgos más fundamentales y quizá también fundamentalistas.

Porque el derecho reconocido -y hace muy poco refrendado- de poseer armamento de enorme peligrosidad evidentemente se sustenta en la traslación del derecho de defensa con proporciones inabarcables desde nuestra óptica europea ya que comporta necesariamente una dejación del obligatorio control de la seguridad por parte de la administración que permite al ciudadano disponer de armamento capaz de matar, sea para atacar sea para repeler una agresión.

En Europa se decidió hace ya mucho tiempo que la defensa de la paz ciudadana residía de forma única y exclusiva en la administración liberando al ciudadano de la obligación de guardarse de todo mal.

Hace ya bastantes años se puso de moda un subgénero cinematográfico en el que un personaje se erigía en vigilante vengador, un justiciero callejero que
ajustaba cuentas con delincuentes de toda clase al margen de toda ley: la acción transcurría siempre en los U.S.A. y desde la elegante Europa se miraban aquellas películas como una representación que nunca llegaría a esta orilla del atlántico, porque el civismo europeo no alcanzaba la peligrosidad de las calles estadounidenses cuando el sol palidecía y no estamos hablando de vampiros adolescentes.

Puede que después de más de treinta años algo haya cambiado en este lado y la civilizada sociedad europea haya adoptado unos modos que antes repugnaban y ello ha motivado, es un suponer, a que el novato Daniel Barber haya conseguido dos cosas bastante importantes:

Primero, convencer a Michael Caine a fin que se pusiera a sus órdenes para protagonizar una ópera prima basada en un guión del prácticamente desconocido Gary Young, siendo consciente Caine que iba a cargar sobre sus cansados hombros el peso de toda la película titulada con el nombre de su personaje, es decir, Harry Brown (2009), cuyo titulo en castellano de momento es una incógnita porque, amigos, está pendiente de distribución, como alguna otra que por aquí ha pasado.


(Me parece que voy a tener que abrir una etiqueta para estas misteriosas películas)

Y segundo, obtener los fondos necesarios para pagar todos los gastos, aunque podemos decir sin ambages que la producción es económicamente sostenible, o sea, claramente inserta en la serie B, escasa de medios.

Lo más notable de esta sencilla producción británica es la actuación del elenco, encabezado por Caine como primera figura que atrae al espectador con su fama y carisma merecidísimos y ayudado por los típicos intérpretes británicos que saben estar y decir su texto con solvencia por corto y breve que sea el papel que se les confía: casi podríamos decir que el reparto se compone de Caine y los secundarios, porque el guión centra todas sus peripecias en el personaje de Harry Brown, un antiguo componente de la milicia británica en Irlanda del Norte, ahora retirado, que enviuda al cuarto de hora al fallecer su enferma esposa y se queda solitario con la pérdida de su mejor amigo, a los veinte minutos, en manos de un grupo de jóvenes violentos que aterrorizan a todo el barrio.

El guión escrito por Young es bastante simple en su planteamiento y adolece en mi opinión del acostumbrado defecto primerizo de centrarse en la figura del protagonista dejando casi al margen al resto de personajes, cuando es evidente que la riqueza de los guiones, aparte de la construcción los diálogos, reside principalmente en el conjunto de todos los personajes que pululan por la pantalla.

La forma de rodar de Barber es buena, muy adecuada en cada momento a la escena, sin buscarse complicaciones, acercándose lo bastante a los personajes cuando es necesario en planos medios e incluso primeros planos que resaltan sus sentimientos y sabe retratar muy bien un ambiente urbano degradado usando una paleta de colores muy fríos, cabe que con la estimable colaboración de Martin Ruhe como camarógrafo, y también sabe imprimir fuerza a las escenas de acción, presentando un tumulto con muy pocos elementos; para ser su ópera prima, demuestra oficio y talento, aunque le falta fuerza y garra.

La película en mi opinión no alcanza el notable alto que se le otorga en la ficha de imdb pero me resulta interesante por el viaje en el tiempo que ha representado, un viaje que nos ha traído del oeste atlántico un tipo que algunos han querido semejar al viejo cascarrabias reconvertido en viejo vengador, y a mí me ha parecido un viejo políticamente incorrecto, porque a medio camino de tomarse la justicia por su mano clama airado por la ineficiencia de la policía y porque la historia incide lo suficiente en la ineficacia de la administración como deudora de la responsabilidad de proteger al ciudadano que le ha confiado el único derecho a poseer armas.

Esa crítica que sustenta el relato es lo que resulta más llamativo de la historia del anciano Harry Brown porque parece reflejar un cambio en nuestras sociedades, que se ven abocadas a protestar y a defenderse por sí mismas ante la poca respuesta que ofrece la administración; que se llegue a ver historias de este tipo asentadas en una sociedad europea debería ser objeto de reflexión, porque ello significa que ya ha llegado el problema a un punto que incluso otorga pátina de autenticidad -y con ello afinidad del espectador- a un producto que antes de veía como ficción o, en todo caso, problema lejano.

Es curioso que en España, muy poco tiempo después de la aparición del vigilante vengador, se decidiera disolver una institución civil tan peculiar como los somatenes y que ahora, pasados más de treinta años y coincidiendo con el rodaje de películas como Harry Brown, hayan voces que reclamen la reconstitución de los somatenes, al comprobar la inane condición de una administración que demuestra bien falta de interés bien falta de recursos inadmisibles en cuestión tan primaria como es la propia seguridad, provocando que el ciudadano agredido piense, como lo hace el viejo Harry Brown en la película, que mejor será ocuparse por sí mismo del problema, y esa concepción de la solución por la propia mano puede parecer entretenida como propuesta de cine de acción pero peligrosísima como propuesta seria, cayendo en una incorrección política lamentable, al permanecer la trama entorno al personaje de vengador sin que la denuncia política contra la administración ineficaz ostente fuerza y visibilidad.

En definitiva, una película que se queda a medias entre acción pura y denuncia política, falta de la fuerza necesaria para convertirse en imprescindible pero interesante para provocar alguna que otra reflexión relativa al fondo del asunto.


Tráiler


p.d.: Permítanme una maldad: ¿Porqué será, que no se ha estrenado en España cuando el dvd ya se ha lanzado? ¿Será por cuestiones políticas o económicas?



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dilluns, 9 de març del 2009

Dos mundos diferentes




John Sayles es probablemente el mejor exponente de cineasta independiente de los Estados Unidos de Norteamérica, ese país donde la industria cinematográfica se ha convertido con el paso de los años en un condicionante mediático, cultural y económico-político de proporciones gigantescas, fagocitador incansable de individualidades, sean estas personas físicas sean culturas de otros países.

Contra viento y marea y aprovechando al máximo los escandalosos pecunios que perciben los buenos guionistas, John Sayles, una y otra vez, desde que se inició en el cine de la mano de Roger Corman, ha trabajado como guionista en productos comerciales de toda índole con la declarada intención de obtener medios económicos suficientes para realizar su cine: su propio estilo de cine.

Después de obtener gran reconocimiento por su película Lone Star, rodada en 1996, Sayles se dispuso a rodar una película que de inicio sabía no iba a ser comercial en absoluto, por varios motivos:

Primero, por la decisión de filmar una historia con el apoyo y colaboración de intérpretes en su mayoría no estadounidenses, algunos casi que aficionados, y el resto apenas conocidos, con un par de salvedades: además, cada intérprete iba a expresarse en su lengua propia, resultando el inglés totalmente minoritario frente a un castellano de la América Central y una mezcla de idiomas genuinos de los ocupantes de América desde antes de la llegada de los españoles.

Segundo, porque el tema a tratar, el motivo de interés de Sayles, carece de lo que se podría llamar "gancho comercial", dedicado a exponer de forma muy verídica una situación que casi nadie desea conocer.

Esa película, titulada en el original como Hombres Armados y reconvertida en inglés como Men with Guns, 1997, es una clara apuesta de Sayles de dotar al Cine de un sentido social y documental con el verismo posible en una narración inventada sobre una idea ajena, huyendo, según afirma el autor, del género de cine político, ya que Sayles no quiere nada más -y nada menos- que plantear unas preguntas a los espectadores, sin sentir la imperiosa -y arrogante- necesidad de ofrecer una respuesta ya que, como él mismo afirma, "la respuesta la debe hallar cada cual dentro de sí mismo pues yo no la tengo, estando al mismo nivel que el espectador".

El Doctor Humberto Fuentes (Federico Luppi ) es un médico célebre y reconocido tanto profesional como socialmente que dispone de una buena consulta en la capital de un país centroamericano: hace apenas un año que enviudó y se halla próximo a la jubilación; este año desea realizar sus vacaciones en los montes de su país, tierras alejadas de la civilizada urbe donde vive, con el deseo de visitar a unos cuantos médicos que él mismo formó, un pequeño grupo de entusiastas que en su día partieron para los montes a fin de prestar servicios sanitarios básicos en lugares alejados de la cómoda capital, auxiliando a los aldeanos que viven todavía según normas y costumbres de los antepasados, habitantes ancestrales de aquellas tierras, a quienes los ciudadanos capitalinos denominan "indios", con una cierta entonación plena de desprecio.

Pese a las advertencias de uno de sus pacientes, general del ejército, y a las puyas recriminatorias de su hija y su pareja, el Dr. Fuentes, tras un inesperado encuentro con uno de aquellos médicos que desertó de esa salvífica misión, decide comprobar qué ha sido de sus discípulos en el desarrollo de esa gran idea que considera como su legado personal que le convertirá en benefactor de la humanidad.

Los avatares que sufrirá el Dr. Fuentes en el curso de su viaje convierten una expedición personal cuyo fin es comprobar in situ el desarrollo de una idea en un viaje al infierno dantesco cuyas proporciones se van ampliando conforme avanza el camino.

Con un tono casi que documental, Sayles presenta minuciosamente un forma de vida paralela que ha sido totalmente ignorada por el Dr. Fuentes, habituado a su cómoda y lucrativa consulta repleta de señoronas enjoyadas y generales poderosos. Es otro mundo, muy diferente al conocido: a pocos kilómetros de la civilización, apenas entrado en los montes, choca de repente con una realidad que le descoloca en todos los sentidos; los aldeanos, esos indios que son los descendientes de los primeros ocupantes de esas tierras abruptas, viven por debajo del umbral de la pobreza y el buen doctor percibe que, más allá de las necesidades médicas que él pensaba paliar con su espléndido proyecto, hay hambruna como primer problema: no pueden cultivar otra cosa que café, porque de contrario los "hombres armados" aparecen y les castigan sin piedad.

Huyendo del maniqueísmo fácil y del discurso político, Sayles eleva el nivel del dilema cuando al preguntar el Doctor a un indio por la identidad de esos "hombres armados", recibe como respuesta que no es el ejército de los blancos, porque en él también forman parte algunos, muchos, demasiados, indios: "cuando un indio se pone el uniforme, se vuelve blanco". Además, existe otro grupo de "hombres armados": la guerrilla popular, que asimismo condiciona la vida de los aldeanos indios, amenazando a los que considera, justificada o injustificadamente, amigos del ejército, simplemente porque obedecen ante las armas.

La violencia ejercitada en la opresión de los pacíficos es salvaje, dura y sin concesiones; los violentos son quienes determinan la vida de las aldeas, tanto con la fuerza de las armas como con el chantaje emocional de la amenaza del exterminio.

El Dr.Fuentes hallará fortuitamente un guía en el chiquillo llamado Conejo (Dan Rivera González, fantástico el jovencísimo actor), y un contrapunto en un indio desertor del grupo de "hombres armados", Domingo (Damián Delgado ) que lo primero que hará será robar la cartera del Dr. y el medio real que tiene Conejo como pago percibido por su función de guía.

Ante la queja del Dr. por el robo, Conejo tiene una frase definitoria:

Conejo: ¿cuanto dinero le ha robado ése?
Dr.: Cientos llevaba en mi cartera
Conejo:¿Pero usted tiene más dinero, en la ciudad?
Dr. : Pues claro, pero está en el banco.
Conejo:Entonces, ¿de qué se queja? a mí me ha robado todo lo que tenía en el mundo.

El Dr. Fuentes, epónimo de todos nosotros, espectadores de la película, cómodamente sentados ante la pantalla, va conociendo lentamente unas realidades hasta el momento desconocidas; unas verdades incómodas, que desde su afamada consulta ignoraba, orgulloso al aquietar su conciencia con la creación de ese grupo de jóvenes médicos que iban a desarrollar muníficamente sus saberes en beneficio de una población indígena idealizada.

La realidad de los dolorosos hechos que irá descubriendo, descenso a los horrores de un infierno terráqueo, mientras asciende penosamente por los montes, aldea escondida tras otra, le hará tambalear éticamente, estupefacto al escuchar cómo los médicos han sido "desplazados" por inconvenientes, al devenir supuestamente en partidarios de la guerrilla popular contra el ejército regulador de la situación: los "hombres armados" del ejército consideran a los médicos como a sus enemigos, y la guerrilla los mira como representantes del mundo "civilizado", del mundo de "los blancos".

Dos mundos muy diferentes, como entenderá el Dr. al explicar, a la luz de la lumbre, los variadísimos sabores de helados que pueden degustarse en la ciudad, a unos guerrilleros que jamás han comido un helado.... soñando en comer uno un día...

Las figuras del soldado desertor, Domingo, y el encuentro casual con el Padre Portillo (Damián Alcázar) que ha colgado los hábitos a causa de una terrorífica experiencia, completan un cuadro de personajes en una situación límite sin esperanza de una vuelta atrás, presionados por las circunstancias, el miedo, la culpa de atrocidades cometidas y la falta de futuro. Un futuro que se verbaliza en "Cerca del Cielo", lugar utópico donde se asegura que allí no llegan los "hombres armados" y la gente vive en paz.

Sayles configura un paisaje humano muy duro:una lucha despiadada en la que el poderoso extermina sin piedad al débil, esclavizándolo. Dotando de verismo inusual la trama, consigue trascender en su mirada un punto alejada, sin tomar partido, la simple localización del problema, otorgándole una dimensión globalizadora, esa palabra tan de moda. Al no disponer de datos concretos, esa tragedia humana se amplía: esos indios americanos son reflejo de las situaciones iguales que suceden en África y en Asia. La convivencia de una sociedad "occidental" acomodada con unas personas que están en condiciones infrahumanas, esa coincidencia en el mismo globo terráqueo de unos turistas estadounidenses que buscan "ruinas mayas" mientras a su alrededor personas mueren de hambre, produce escalofríos, hiela la médula del espectador, al fin consciente de su suerte por haber nacido en "el otro lado del mundo".

Contra lo habitual, Sayles no toma partido en su discurso: no arremete contra el capitalismo haciendo una fácil y demagógica propuesta pseudoprogresista; no culpa a nadie en concreto; como él mismo dice, no presenta soluciones: sólo presenta el problema.

Pretende que seamos conscientes de una dolorosa realidad, demasiado extendida todavía en este mundo. No busca que nos sintamos mal por nuestra fortuna: pero pretende, y consigue, que nos interroguemos internamente, que evaluemos nuestra actitud vital en relación con los menos favorecidos.

Sayles, director, guionista y montador, ejecuta limpiamente y sin trampas un ejercicio de cine social durísimo, difícil de tragar, incómodo, consiguiendo su objetivo: provocar interrogantes éticos de calado emocional. Incluso tengo para mí que el concurso de Federico Luppi como protagonista se hizo con intención: el argentino, obligado a pronunciar sus frases en un castellano "neutro" , carente de acento, no ofrece una interpretación destacable, resultando bastante apático, con una debilidad emocional evidente, lo que merma la fuerza del personaje, resaltando aun más la presencia de los desgraciados indios, verdaderos protagonistas de la película, junto con los complejos caracteres del desertor Domingo, que por una parte se comporta como amenazador, al disponer de un arma oculta, pero que no duda en entregar unas pastillas como placebo a una joven violada por los "hombres armados" que lleva ya dos años sin hablar con nadie y sufriendo dolor de barriga; Domingo se debate entre el afán de sobrevivir y el remordimiento de los males causados cuando perteneció a los "hombres armados", mientras el Padre Portillo vaga al azar huyendo de sí mismo y de una responsabilidad impuesta por los "hombres armados", con un resultado que le marcará el resto de su vida; ambos hallarán un punto final a su viaje.

Con unos apuntes musicales expresivos y una eficaz fotografía que huye de la postal bella, presentando los intrincados montes como laberintos angostos, Sayles configura el relato como un camino de toma de conciencia del Dr. Humberto Fuentes, que se enfrentará una realidad de sí mismo bien diferente de la que tenía al partir en esas vacaciones que iban a suponer un reencuentro con sus discípulos y que acaban siendo la puerta a un horror desoído voluntariamente, cotidianamente ausente de los medios de comunicación.

Una película muy dura, que reúne todos los despropósitos anticomerciales que imaginarse puedan, pero que, pese a su largo metraje, más de dos horas, es de visión obligada para cualquier cinéfilo consciente que el cine no tan sólo ha de ser divertimento, constituyéndose al fin y al cabo Hombres Armados en un ejemplo sobresaliente de cine de autor, cine independiente con claro mensaje social, lo más alejado que se pueda considerar del denominado eufemísticamente "cine indie". Imprescindible.


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