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dilluns, 15 d’octubre de 2012

Tres mujeres, dos libros, una película



En algunas ocasiones la impresión que deja una película en la memoria del espectador semeja una semilla de curiosidad que va creciendo, germinando, hasta que uno tiene que satisfacerla acercándose a una librería al objeto de ampliar -es un suponer- el placer obtenido con la obra cinematográfica basada en la literaria.

A pesar de haber recibido suficiente información respecto a ella, hasta hace muy poco no ha entrado a formar parte de mi biblioteca la autora Virginia Woolf de cuya existencia tuve el primer indicio gracias al cine, en la tormentosa confrontación de dos monstruos de la escena titulada Quien teme a Virginia Woolf aunque bien mirado (la vi en el cine hace mucho tiempo y no la he revisado) poco cuenta de la celebrada autora de la famosa novela La señora Dalloway, que es la pieza que he leído hace poco.

La señora Dalloway, en edición de bolsillo de Alianza Editorial, traducida por José Luis López Muñoz, es una novela escrita en 1925 en la que a lo largo de trescientas páginas se nos cuenta la jornada de la citada señora Dalloway que se apresta a organizar un festejo en su mansión. El libro me ha resultado aburrido al extremo que para poder terminarlo me he saltado páginas. Puede que en parte se deba a que en la traducción se pierda la supuesta musicalidad que alguno asegura atesoran las descripciones de las calles londinenses de principios del siglo pasado, los vestidos, las mansiones y los parajes y puede que la escasez de diálogos en los que el lector ahonde en la psicología del personaje me haya alejado de la situación óptima para sentir interés por la lectura. También cabe la posibilidad que el tedio de la trama, empeñada en contar minuciosamente los detalles sin interés de una vida cómoda y vacía, fijada únicamente en cuestiones protocolarias y en la revisión de la servidumbre haya sido la causa de mi somnolencia al enfrentarme a la lectura. O puede, simplemente, que carezca de la sensibilidad necesaria para paladear una novela que me ha parecido más victoriana que modernista.

Esta opinión mía relativa a La señora Dalloway con toda seguridad sería tildada de herética -como poco inapropiada y digna de analfabeto- por Michael Cunningham porque según asegura él mismo un buen día se puso a escribir fuertemente inspirado por dicha novela cuando se dijo a sí mismo que el día de la mencionada señora Dalloway ya estaba escrito y descrito de forma magnífica -asegura- por Virginia Woolf y que hacer un refrito era una pérdida de tiempo, así que sin abandonar la inspiración fundamental, es decir, la descripción de una jornada protagonizada por una fémina, decidió modificar el planteamiento, modernizarlo, y describir la jornada de tres mujeres. Tres mujeres en tiempos distintos, con una conexión entre ellas: un libro: un libro que se escribe, un libro que se lee, un libro -varios- que se editan; en definitiva, la literatura como entorno vital íntimo.

Cunningham escribió Las horas en 1998 y tengo a mi vera una edición de bolsillo de El Aleph Editores / Quinteto, traducida por Jaime Zulaika Goicochea que al llegar a la página 22 se descuajaringó físicamente pero cuyo interés se mantuvo hasta la página 213 en que finaliza la estupenda novela en la que intentó recrear la de Woolf y que en realidad la toma como pretexto para realizar una obra mucho más profunda, más imaginativa y por descontado más acorde con nuestro tiempo, dotada de una estructura narrativa en la que se suceden intervalos de tres épocas diferentes -en realidad cuatro- con el simple aviso del título de cada capítulo sin que los saltos temporales supongan merma ni erosionen la capacidad de interesar al lector que permanece atento al devenir de la historia incluso, como era en mi caso, conociendo los detalles y el desenlace del entramado de detalles coincidentes en la vida de sus tres protagonistas: la propia Virginia Woolf, la señora Brown y la señora Dalloway, siendo esta última reconocida así en virtud de un mote cariñoso.

De la señora Woolf, en un estilo más clásico, tomamos conocimiento de sus problemas de cuando escribió su novela La señora Dalloway y en un salto en el tiempo, con recuerdos del pasado, nos ponemos al corriente de los sufrimientos anímicos que la llevan al suicidio en 1941, dieciséis años más tarde.

De la señora Brown, con una estructura interna más propia de la clásica novela estadounidense, sabremos de su inadaptación a la vida de casada que vive en un agradable suburbio de 1951, de cómo ha llegado hasta ahí y de la indecisión vital que la lleva a un intento de suicidio mientras acude como lugar de tranquilidad y remanso de paz a la lectura de la novela de la Woolf, La señora Dalloway; la señora Brown se ve a sí misma en una situación semejante, preparando una fiesta, sólo que ella tiene más dudas que convicciones.

De la llamada señora Dalloway, en realidad Clarisa, una editora neoyorquina, sabremos que está preparando una fiesta para agasajar a un íntimo amigo suyo, Richard, poeta que va a ser laureado con un premio muy importante y espera que, a pesar del sida que le tiene casi postrado se sienta con ánimos para salir del tugurio en que vive. Clarisa, que vive maritalmente con su querida Sally, a los dieciocho años estaba locamente enamorada de Richard, pero él la dejó por Louis, amigo íntimo de ambos, relación que tampoco acabó bien.

Cunningham juega sus cartas con una habilidad tremenda: aunque su prosa -por lo menos, traducida- no sea una maravilla sabe dosificar los recursos narrativos y los datos que va ofreciendo para construir un mosaico que lentamente se configura en la imaginación del lector y no tan solo en lo que se refiere a la personalidad de los caracteres que se van desarrollando ya que también por encima de los diferentes episodios, saltando sobre los capítulos que distinguen épocas, forja un entramado de sensaciones que hacen más comprensibles los actos de los personajes porque los sentimos más cercanos.

La estructura formal de Las horas -mucho más que una escena habitual en las calles neoyorquinas, un rodaje en el que participa una estrella femenina que puede ser Meryl Streep o quizás Vanessa Redgrave, pero siempre una actriz de primera categoría apenas entrevista por Clarisa- la estructura formal, digo, huele a cine desde las primeras páginas y se mantiene hasta el final, por lo que, añadido al hecho publicitario de obtener el Pulitzer en 1999, estaba cantado que alguien en Hollywood decidiría rodar una película con semejante material que a gritos reclamaba interés.

Parece ser que Scott Rudin se precipitó a comprar los derechos cinematográficos cuando la novela de Cunningham estaba todavía en galeradas y desde luego quien le avisó debió de recibir una buena propina. Rudin encargó a David Hare que confeccionara el guión y David, después de hablar con Cunningham, realizó un trabajo de adaptación estupendo que se entregó a las manos de Stephen Daldry encargado de dirigir la película titulada, como la novela que la inspira, The Hours (2002) bien traducido su título como Las horas.

Stephen Daldry no es, realmente, un director de cine: de hecho, desde el año 2000 hasta este año 2012 tan sólo ha dirigido cuatro largometrajes aunque eso sí, con un éxito de galardones - nominaciones sin precedentes. Pero si vemos sus películas, se nota bastante que en realidad es un director de teatro que hace cine con una ventaja sobre otros: sin duda, sabe rodearse de un equipo sobresaliente en todos los sentidos; su forma de rodar, de mover la cámara, resulta eficaz, efectiva, resolutoria, apropiada si acaso, pero no excelente, sin apurar hasta la última gota los medios a su alcance que son jugosísimos todos ellos.

Lo que sí hace Daldry muy bien es mover a sus personajes y presentar la escena con recursos visuales que ayudan a reforzar la idea que se trata de transmitir al espectador.

Afrontar el rodaje de Las horas contando con el concurso de Seamus McGarvey como camarógrafo y después llevar el material a la mesa de montaje de Peter Boyle para poner orden, concierto y ritmo a la sucesión de saltos temporales es una ventaja, porque las distintas tonalidades con que Seamus delimita cada época y personaje -años 1925, 1941, 1951 y actual- colaboran al entendimiento visual rápido de la situación y luego Boyle usa las tijeras y la cola de maravilla para dejar al espectador impresionado por la celeridad con que, por ejemplo, un manojo de flores pasa por tres décadas distintas en apenas veinte segundos y todo se entiende y nada resulta extraño, sentando una base que luego explotará Daldry a conciencia y a fondo.

En el año 2002 muchos espectadores ya habían visto montajes imaginativos que requerían la participación atenta del espectador, en algunas ocasiones como excusa o motivo para llamar la atención sin más, de modo que sentarse a ver Las horas con una propuesta en la que el tiempo se ve sometido a la trama como un elemento figurativo pero no importante conlleva la consideración que por encima de las diferentes épocas en las que viven las tres protagonistas persiste un enlace que las une.

No por ello Daldry desdeña la posibilidad de recrear magníficamente cada época:

El ambiente inglés propio de las gentes bien estantes en el que se desenvolvió la escritora Virginia Woolf, su forma de vestir y de hablar, de comportarse con propios y extraños, es un episodio de una apariencia formal clásica vista en anteriores ocasiones recreada de modo esperable, ni más ni menos, sin superar ni ceder un ápice cualquier antecedente. A ello no son ni mucho menos ajenas las interpretaciones de Nicole Kidman como Virginia Woolf y de Stephen Dillane como Leonard Woolf y Miranda Richardson como Vanessa, hermana de Virginia.

La vida suburbana, apacible, de una época de crecimiento y prosperidad estadounidense en 1951 está teñida de color de sol para que la señora Brown -estupenda recreación de Julianne Moore- sienta la calidez del hogar con su esposo Dan -John C. Reilly, eficaz como siempre- que justamente celebra su cumpleaños y se comerá el pastel que Laura Brown hará con su hijo Richie. Ella está de nuevo embarazada; recibe la visita de su vecina y amiga de la escuela Kitty -Toni Collette, como es habitual sorprendente, robando escena- que irrumpe con malas noticias acerca de su propia salud; Laura, ante la enfermedad de Kitty, siente acrecentarse su angustia vital: se ve constreñida, limitada; busca en la lectura de la novela La señora Dalloway un consuelo que no halla.

Vemos a Sally -Allison Janney- en la contrastada y grisácea madrugada neoyorquina bajando del metropolitano, llegar a casa y meterse en la cama donde duerme Clarissa -Meryl Streep, en una demostración de dominio del matiz- que apaga el despertador y se levanta: ha decidido que ella misma comprará las flores: las flores para adornar la casa, pues por la tarde ofrece una fiesta en honor de su íntimo amigo Richard -Ed Harris, robando escena a dentelladas- poeta afectado de sida que malvive en un edificio viejo y maloliente: Richard no está muy convencido y Clarisa se obstina en honrarle; ella recibirá de improviso la visita de Louis, antiguo amante de Richard, que sucedió en la cama de éste a la propia Clarissa: ella se derrumba ante Louis (Jeff Daniels, breve y perfecto), viejo amigo, por la preocupación que siente debido al precario estado de salud de Richard y las dudas relativas al éxito de la fiesta que organiza en su honor.

Lógicamente Daldry se ciñe al guión de Hare que forzosamente debe resumir y eliminar datos y escenas que en la obra original escrita enriquecen considerablemente la psicología de los personajes explicando algunos de sus gestos más llamativos -para según qué óptica personal- y se vale de la inventiva visual para describir estados de ánimo: tanto las escenas reales como las imaginadas nunca son gratuitas y la elección del vestuario también tiene su intención: por ejemplo, la presencia de Kitty en la puerta, vestida, maquillada y adornada como para ir a un baile, cuando simplemente acude a entregar unas llaves y pedir un favor, intimida a Laura, que está en su cocina tan ricamente desayunando con una bata y sin maquillar: la relación entre ambas, descrita más ampliamente en la novela, queda diáfana en la película, aunque hay quien ha malentendido algún beso, buscando en el conjunto una defensa de la homosexualidad únicamente porque Cunningham nunca ha tenido problema en declararse homosexual.

Ni el supuesto lesbianismo -más bien comportamiento bisexual- de Virginia Woolf (con un historial más que complicado) ni el lesbianismo actual del personaje de Clarissa -que fue amante de Richard, ahora homosexual- que sigue demasiado enamorada de Richard, ni el beso que estampa Laura en Kitty, pueden reducir Las horas -como pretenden los interesados/as de turno- a un mero alegato en pro de la homosexualidad, porque más allá de las conductas sexuales de los personajes está la consideración de la libertad con que han decidido afrontar su vida, al extremo de controlar incluso su duración y ése nexo vital es el que les une por encima del tiempo y de la época en que les ha tocado vivir: un nexo que se representa por medio de un interés asimismo común: el amor por la letra, por la literatura, por la obra escrita: Virginia sufre pensando en la novela que escribe; Laura sufre y se reconforta leyendo la novela; Clarissa se reconoce a sí misma como parte de la novela que escribió Richard y éste ve en Clarissa, desde hace años, a la señora Dalloway, aquella mujer de ficción que tanto gustaba a su ausente madre: un cierto complejo de Edipo que coincide con la maternal actitud de Clarissa hasta que al fin se enfrenta con la real detentadora del título y regresa, de forma imperceptible, a su condición de amiga, hermana y amante añeja.

Daldry exprime absolutamente todos y cada uno de los múltiples y variados recursos que su elenco posee, obteniendo del terceto protagonista unas interpretaciones modélicas en cada caso: una injusticia las nominaciones a los Oscar sin quitar merecimiento al de Kidman: en mi opinión, se lo debían haber dado a las tres, exaequo.

Gracias al dvd he podido revisar la película en versión original y puedo asegurar que merece mucho la pena no tan sólo para disfrutar de las tres protagonistas sino que, más aún, para comprobar cómo secundarios como la Collette, Harris o el mismo Dillane componen sus personajes con una convicción y una forma de vocalizar fantásticas.

Es precisamente en las actuaciones donde se reconoce la virtud de Daldry como director de teatro: sabe situar a sus personajes en la escena con perfección y sabe aprovechar las virtudes de la cámara para realzar aspectos que en el teatro pueden resultar arduos: por ejemplo, las manos: las manos que escriben una carta de despedida de un suicidio, o las manos que, ajenas a la complejidad emocional del discurso que escuchamos, proceden a separar con velocidad las claras de las yemas de unos huevos cuyas cáscaras, esas manos, tirarán al cubo de la basura. Daldry sabe conceder a sus actores espacio y tiempo y el resultado es magnífico.

La revisión pausada permite constatar que, efectivamente, la música compuesta por Philip Glass una vez la película se había rodado realza y ayuda considerablemente a sostener la emoción que procura la obra cinematográfica, sujetándose las notas musicales a la trama y al momento sin pretender protagonismo, siendo un acierto del compositor mantener la coda por encima de los cambios de épocas, sirviéndose de otros elementos musicales para remarcar cada momento en particular.

En definitiva, una experiencia a recomendar sin dudarlo: leer la novela de Cunningham y ver la película de Daldry, sin importar mucho el orden, aunque seguramente, para quien no conozca ni la una ni la otra, preferirá ver primero la película y luego ampliar detalles con la novela. En cualquier caso y en cualquier orden, imperdibles ambas.


Tráiler





26 comentaris :

  1. La novela no la he leído, compa Josep, pero sí que ví la peli hace ya algún tiempo, en DVD, y me causó una gratísima impresión, especialmente el trabajo de Ed Harris (qué gran actor este), y dando por descontado que el trío de protagonistas femenino, Kidman incluida, iba a cumplir perfectamente. Igual sería tiempo y ocasión de plantearme seriamente el echarle nuevo ojo; no estaría de más, no...

    Un fuerte abrazo y buena semana.

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    1. Una revisión, Manuel, no te iba a causar menoscabo, porque así como otras películas pasado el tiempo decepcionan, ésta se mantiene perfectamente. Fíjate no obstante que tan sólo han pasado diez años de su estreno y ya me refiero a ella como si fuese más antigua: me temo que me estoy contagiando de las prisas...
      Lo cierto es que recomiendo su revisión y si me apuras también la lectura de Las horas, que te tragarás en un suspiro.

      Un abrazo.

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  2. Guau!! Un texto profuso pero excelente, muy completo, exhaustivo y riguroso.
    Me gustó bastante la película, sin apasionarme, pero bastante. Digamos que es de las que no me importa volver a ver. Eso sí, creo que el tema homosexual no pasa de lo políticamente correcto que únicamente permite el "buen gusto" del público americano.
    Por otro lado, coincido contigo en tus impresiones sobre la Woolf literaria: he visto pocos peñazos superiores.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Alfredo. Es una película de esas que con el tiempo van consiguiendo una pátina de clasicismo, porque se dedica más a sugerir que a señalar; yo creo que el tema de la homosexualidad -leída la novela, algo más explícita y prolija al respecto- tampoco tiene la importancia que algunos le otorgan: antes aseguraría que se hace apología del amor libre, sin ataduras de género, aunque de refilón, porque no creo que sea el tema central, ni mucho menos.

      No sabes el alivio que siento al ver que coincidimos respecto a Woolf, porque me quedé un poco con la sensación de bicho raro, incapaz de hallarle la gracia.... ;-)

      Un abrazo.

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  3. Yo tampoco he leído nada de V.Wolf, aunque estuve tentado tras ver la película de Daldry, que por otra parte me parece excelente. Estupendo post, Josep.

    Saludos
    Roy

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    1. No me extraña nada que sintieras esa comezón literaria, Roy, después de ver la película: para satisfacerla, si llegara el caso, como has leído, mejor inclínate por Las horas, aunque nunca se sabe...
      Y muchas gracias: me alegra que te haya gustado.

      Un abrazo.

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  4. No he leido la Sr. Dalloway, sí Las horas..
    La pelicula tienen en su haber las magnificas interpretaciones de ese reparto de primera, eso no se le puede negar pero tendria que verla de nuevo porque me pareció tan triste y la verdad algo confusa que nos sé si me apetece repetir. A lo peor es que no entiendo los personajes, no me identifico con ninguno..supongo que necesitaria darle otra oportunidad.

    Tu texto cultisimo eso ¡ ni qué dudarlo !a la altura de una obra más profunda que la historia que nos cuenta la novela.

    Besos.

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    1. En eso estamos de acuerdo, Milady: después de ver la película uno no siente alegría, aunque tampoco demsiada tristeza: yo me quedo maravillado por lo que he visto: un reparto de campanillas que me deja asombrado y un guión muy bien escrito.

      Por cierto: hoy he leído que Rupert Everett está representando a Oscar Wilde en una pieza escrita por David Hare, el guionista. Huele a próxima película...

      Besos.

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  5. Plas! Plas! Plas!
    Ovación cerrada.
    Se baja el telón...

    Excelente reseña, Josep, sobre la que estoy de acuerdo punto por punto. Fíjate: este fin de semana, en una conversación con amigos, salío a relucir el espinoso tema de las adaptaciones literarias y yo, precisamente, puse como ejemplo "Las horas " de Daldry (director que, por otra parte, a pesar de su corta carrera, me parece muy interesante), aunque para alguno de los comensales "Las horas" era una película aburrida y sin mucho interés. Yo opino todo lo contrario.

    Yo llegué a Wolf antes de ver "Las horas", sin embargo, he de confesar que "La señora Dalloway" no la había leído (si ésta te ha parecido aburrida, ni se te ocurra acercarte a "Las olas"). Después llegó la película, y con ella, "La señora Dalloway" de Wolf y "Las horas" de Cunningham. La novela ganadora del Pulitzer me gustó. Y mucho. Como bien dices, es más entretenida que la de Wolf.

    Vi "Las horas" en el cine, atraído por un fanatismo incondicional hacia Julian Moore y un cierto interés hacia Daldry tras ver "Billy Elliot". Me fascinó. Cuando la volví a ver en mi casa, en versión original, me sobrecogió. Las actrices están fantásticas, pero todo, absolutamente todo, encaja con una precisión milimétrica. Hasta los sonidos en la cocina (cuando M. Streep elabora la cena) contribuyen a ese ritmo tan sobresaliente que tiene la cinta. Yo creo que es un claro ejemplo de cómo un equipo entero, en estado de gracia, es capaz de convertir una película más en una película sobresaliente. Y qué me dices de los secundarios Ed Harris, Toni Collette, Miranda Richardson, Clare Daines, Allison Janney , John C. Reilly...? Están al servicio de los protagonistas con una brillantez digna de ser destacada, sin sobresalir pero complementando a la perfección.

    Una última apreciación: yo creo que el tema de la homosexualidad se trata con una normalidad ejemplar, de la que muchas películas deberían aprender. No define, per se, a los personajes, porque las problemáticas "sentimentales" que se plantean en la película, son lugares comunes, más allá de la condición sexual de los personajes.

    Bravo!!

    Saludos


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    1. Muchas gracias, deWitt, por tus elogiosas palabras. He de confesarte que me alineo también entre los admiradores de Julianne Moore, a la que no he visto en todo lo que quisiera y desde luego me encanta su trabajo en esta película, a la misma altura que sus dos compañeras de cartel.

      El reparto está magnífico: Daldry, buen director de intérpretes, tiene la suerte de contar con profesionales de primera fila.

      Esta es una de esas películas que, contando con un buen guión y buenos diálogos, es un verdadero caramelo para cualquier intérprete de raza, más allá de famoseos vanos. Una oportunidad que ninguno desperdicia y eso siempre acaba conformando una película imperdible que, evidentemente, hay que disfrutar en v.o.s.e.

      Del tema sexual, que he sacado a colación por el humo que levantó en su día, creo que no es más que una característica que nos ayuda a entender la complejidad de los personajes, como tú dices, con total normalidad.

      Un abrazo.

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  6. Alargas un poco más la entrada y lleva "horas" leer esto (jaja)
    No he leído ninguna de las dos novelas. Sí vi la peli de Las horas. Me gustó (pero me parece que no tanto como a ti). Recuerdo ese "incómodo" beso al que haces mención por parte de Toni Collete... Pero al igual que a ti, no me pareció una peli sobre la homosexualidad o el lesbianismo... De todas formas, y a pesar del "recordatorio" de tu estupenda entrada, la tengo bastante olvidada.
    Ayer vi Margaret... me gustó mucho (no la de Tatcher)...esta: http://www.youtube.com/watch?v=V2UklOhSVpc

    Buenas noches.

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    1. Ya sabes, David, que en ocasiones me paso de frenada... :-)

      No puedo más que recomendarte que leas la novela y revises la película, máxime si apenas la recuerdas: creo que será una experiencia enriquecedora.

      De la que apuntas diré que no la he visto y que estoy esperando a ver si cae por mis andurriales, porque tengo curiosidad por ver a la Paquin de protagonista absoluta.

      Un abrazo.

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  7. Excelente tu reseña -vamos, casi una disección quirúrgica- de la peli y su semilla literaria. Una película de lo más efectiva, sí.

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    1. Una película, Raúl, que proporciona material suficiente sobre el que inspsirarse: con películas así es más fácil, siempre.

      Un abrazo.

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  8. Me gusta la literatura de la Wolf y también,pero menos,el libro de Cunningham,y mucho menos,la película de Dladry.Quizá la culpa (que mal suena esta palabra kafkiana)sea debido a las actrices,sobre todo la Kidman con esa nariz postiza (solo le faltaba las gafas de plástico a lo cotillón).Debo confesar que las películas basada en artistas reales nunca me han gustado porque remarcan en exceso el lado más histriónico del personaje olvidando el otro lado,quizá,el más interesante.Lo hemos visto siempre en películas como Oscar Wilde y su manera excesiva de homosexualismo,como si no hubiera nada más en él.Lo hemos visto en las películas de Freud y su exagerada trascendencia,cuando en la vida real tenía mucho humor,etc.Lo que no me cabe duda es que has escrito un excelente post.

    Abrazos,amigo.

    PD:Una vez escribí algo sobre el cine que no entiende sobre la vida de los escritores.

    http://fmaesteban.blogspot.com.es/search?q=Los+directores+no+entiende

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    1. Está claro, amigo Machuca, que mi postura frente a Woolf no puede ser compartida por todos, porque entonces nadie la hubiera leído. Me haces reir con tu ocurrencia respecto a la nariz de la Kidman, porque los apósitos nasales, como sabes perfectamente, acompañan a grandes intérpretes en muchas ocasiones (Orson y Marlon, sin ir más lejos) y precisamente la Kidman afea su clásico perfil para asemejarse a la Woolf y lo consigue, pero más con su lenguaje corporal que con la simple narizota.
      O sea que respecto a la terna de actrices, no cedo un milímetro y habrá que apuntar esa discordancia para algún día frente a unas birras -o un té- porque esto no puede quedar así.
      Coincido en que sacar a colación a Woolf como personaje y con tan pocos minutos es casi un defecto, pero lo cierto es que la película no versa sobre ése personaje real, tomado únicamente como base de partida: las biografías filmadas no suelen ser buenas películas casi nunca: quizás ahí haya una limitación del género cinematográfico, supeditado a varios factores.
      Gracias por el elogio.
      Luego me paso a leer tu texto. Aguardo, también, el cierre de ese ciclo que has iniciado...

      Un abrazo.

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  9. L'autor ha eliminat aquest comentari.

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  10. Podría suscribir lo que has escrito respecto a “La señora Dalloway” pero respecto a “Las olas” de Virginia Woolf. Curiosamente “La señora Dalloway” comparada con “Las olas” me pareció bastante liviana e incluso interesante. También he leído el libro de Cunningham y he visto la película hace mucho tiempo, pero tengo buen recuerdo. Creo que la película incluso llegó a emocionarme en algunos momentos como cuando el personaje de Julianne Moore le dice a su hijo “tu eres mi niño” o algo así.

    Un saludo

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    1. Supongo, Maribel, que la forma de escribir de Woolf se aparta de mis gustos literarios: la experiencia me ha dejado pocas ganas de probar de nuevo, habiendo todavía tanto por catar.
      La película contiene momentos maravillosos: para mí es una sucesión de estímulos que pretenden ante todo sugerir, incitar y provocar el pensamiento.
      Saludos.

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  11. He suprimido el primer comentario que hice porque me he dado cuenta de que había un spoiler para los que no la han visto.

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  12. Excelente trabajo,amigo Josep. Muy completo. De esos que merece la pena anotar para volver sobre él de cuando en cuando. Y eso que he de decirte que no comparto al cien por cien tus apreciaciones. Aunque bien pensado,creo que eso da igual, pues tu gusto y el mío no tienen porque coincidir.
    Te digo esto por cuanto tanto la sra Dalloway como las olas me parecen dos excelentes novelas. Dos auténticas cargas de profundidad a propósito del costumbrismo,las normas sociales y el ahogo que provocan en quien lo viven. Pero ese ahogo, ese tedio,en ningún caso me alcanzan como lector.
    Dicho esto, comparto muchas de las cosas que dices sobre la película, que es verdad, funciona como un mecanismo de relojería. De los intérpretes mejor no hablar, todos excelentes. Y el conjunto transmite y deja huella a los compases de esa banda sonora que como los protagonistas da vueltas sobre si misma. Estoy contigo en su influencia en el resultado final.

    No he leido la novela de Cunninghan. Pero igual es cuestión de ponerse con ella un día de estos. Un abrazo.

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    Respostes
    1. Por descontado, Víctor, que no tiene porqué haber coincidencia en los gustos: ni cinéfilos ni literarios, ni de cualquier otra clase: lo contrario sería aburridísimo.
      Lo importante, creo, es que podamos expresarnos con libertad y fundamento.
      Seguro que la novela de Cunningham la lees en un plis plás y te vienen muchas ganas de volver a ver la película al finalizar su lectura.
      Resulta curioso que en Las horas, tanto novela como película, muchos ven apología de la homosexualidad, pero nadie parece percibir apología del suicidio, verdadero tema tabú.

      Un abrazo.

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  13. L'autor ha eliminat aquest comentari.

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  14. mi me ha pasado algo similar desde Daldry he llegado a Woolf, pasando inevitablemente por "Las Horas".
    Descubrí a Stephen Daldry con "El lector" y quedé tan impactado por la fuerza de esa película y por la interpretación de la Winslet, que inmediatamente, me puse a explorar la corta obra del director. Y a partir de ahí llegue a "Las horas" y ¡ooooh de nuevo impresionado!
    Aprovecho este momento para felicitarte y suscribir todo lo que comentas ahí arriba respecto a la película. Magnífica.
    Tras ver la película me dije a mi mismo, si un texto de Virginia Woolf ha inspirado semejante novela/película habrá que ir a la fuente... y a por la Woolf. Así que me puse a rebuscar en mi biblioteca y encontré una edición de "Orlando", la misma a la que he ido dando largas durante varios meses, pero a la que le voy a meter mano tras acabar (me quedan un par de sentadas) la novela que en estos momentos estoy disfrutando.
    Ya os comunicaré mis impresiones, porque a pesar de lo asustado que me habéis dejado Maribel y tú con vuestras experiencias con la prosa de Virginia,estoy convencido de que me voy a atrever.

    Saludos.

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    Respostes
    1. Por supuesto, David, que debes atreverte a leer a Woolf, y espero que luego nos cuentes la experiencia: si en el cine hay gustos para todo, ni te digo en literatura.
      Ello no quita que el aprecio a la película de Daldry sea común, porque, efectivamente, en nada se parece a Woolf.
      De hecho, tampoco Las horas de Cunningham se parece en nada a Woolf.
      Lo que sí recomiendo es la lectura de la novela y la posterior revisión de la película: diría que me gustó la película más después de haber leído la novela que en la primera ocasión, sin antecedente alguno.

      Un abrazo.

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