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dilluns, 11 de setembre de 2017

Cabaret




Goodbye to Berlin es un libro escrito por Christopher Isherwood para contar sus experiencias vividas en el Berlín de la república Weimar, años treinta del siglo pasado, justo en el advenimiento de los nazionalistas de Adolph Hitler cuya demagogia y populismo obtuvo las consecuencias por casi todos ahora conocidos.

Lo interesante, ahora, es observar que Isherwood publica su libro en 1939, ya de regreso a la Gran Bretaña y a salvo de los desmanes de las vociferantes masas germanas influenciadas por el encanto de sus líderes.

En la novela, compuesta de varios capítulos que relatan episodios en cierta forma autónomos, Isherwood muestra la decadencia de un microcosmos formado por él mismo como espectador, una tal Sally Bowles, cantante inglesa en un cabaret, una rica heredera judía, Natalia Landauer, su pretendiente, y una pareja de homosexuales que luchan por aceptarse en una sociedad dominada lentamente por el ideario nazionalista de Hitler y sus acólitos.

Después de la guerra, en 1951, el dramaturgo londinense nacionalizado estadounidense John Van Druten escribió una obra escénica que tituló I Am a Camera, inspirándose en la primera frase de la novela de Isherwood, que decía: "soy una cámara con el obturador abierto, quieta, grabando, sin pensar". La pieza se estrenó en el Empire Theatre de Broadway el 28 de noviembre de 1951 y permaneció en cartel hasta el 12 de julio de 1952, representando para Julie Harris el primero de sus cinco premios Tony a la mejor actriz.

El éxito de Broadway, como es habitual, propició el rodaje de una película con el mismo título, I Am a Camera en 1955, con la misma protagonista Julie Harris, acompañada por Laurence Harvey y Shelley Winters, película que merecidamente no tuvo éxito: la vi hace bastante tiempo en televisión y está claramente descompensada, con un guión que impide que tan ilustres intérpretes saquen beneficio de una idea muy buena.

Es posible que el fracaso de la película provocara que la obra escénica cayera en el olvido, porque no hay noticia que volviera a representarse en Broadway y en consecuencia un productor avispado como Harold Prince con la colaboración de Ruth Mitchell se hizo con los derechos de representación de la obra y encargó su transformación a musical a sus dos amigos John Kander y Fred Ebb que se basaron en un libreto de Joe Masteroff que adaptaba la pieza de John_Van_Druten, encargándose de la coreografía Ronald Field.

El musical se iba a titular Welcome to Berlin pero en 1966 apenas habían transcurrido veinte años desde que finalizó la guerra y con ella el holocausto y a Harold Prince le pareció más comercial titularlo como Cabaret, no en vano la acción transcurría en su mayor parte en el Kit Kat Klub, el cabaret donde actúa Sally Bowles bajo la atenta mirada del Maestro de Ceremonias, interpretado por un joven Joel Grey.

Cabaret se estrenó el 20 de noviembre de 1966 en el Broadhurst Theatre después de veintiuna representaciones con público escogido previas al estreno oficial. Acabó su primera temporada el seis de septiembre de 1969, alcanzando 1165 representaciones en tres teatros distintos sin interrupciones. Un éxito total que consiguió que la gran mayoría estadounidense aceptara un trágala en el que viajaban de la mano una cantante que se acostaba por dinero y acababa abortando, unas relaciones homosexuales entre hombres, una bisexualidad más que sugerida y todo ello con el advenimiento de un nazionalismo imperante en la sociedad y, para rematarlo, sin final feliz.

Las piezas musicales escritas por John Kander y Fred Ebb eran fantásticas y resulta fácil imaginar a Bob Fosse asistiendo al estreno y maldiciéndose a sí mismo porque estaba muy ocupado dirigiendo su versión de la felliniana Las Noches de Cabiria, que había sido un éxito en Broadway protagonizada por su esposa Gwen Verdon, a la sazón enfadada porque el papel en el cine se lo llevó Shirley McLaine. Pero eso es otra historia.

A Bob Fosse se lo llevaban los diablos, porque, además, era muy amigo de ambos autores musicales. Por otra parte, ellos intervinieron, junto con Harold Prince, en una comedia musical titulada Flora, The Red Menace, en la que se presentaba en sociedad una jovencita de diecinueve años que atendía por Liza Minnelli, de la que Kander y Ebb quedaron absolutamente enamorados al comprender que la chica cantaba todas sus canciones justo en la forma que ellos habían imaginado que debían cantarse mientras en sus largas sesiones componían la música y escribían las letras.

El éxito de Cabaret en Broadway, como es lógico, abría las puertas del cine de par en par.

No he podido comprobarlo, pero cualquiera puede imaginar a Bob Fosse mostrándose implacable y pegajoso hasta hacerse con la oportunidad de llevar a la pantalla Cabaret.
Sin duda conocedor de todos los antecedentes de la obra, Fosse trabajó el guión con Jay Allen para dar la forma que el quería a su película. Su visión de un musical llamado a cambiar el concepto cinematográfico del mismo, otorgando a los números musicales una importancia decisiva en la narración de una época determinada que parecía destinada a permanecer en el pasado.

Fosse modificó a su voluntad el formato de la pieza teatral, quitando canciones y poniendo otras, siempre con los mismos autores básicos, no en vano el conjunto, observado desapasionadamente, funciona con una mecánica clásica ya experimentada en la ópera, el espectáculo musical completo que reúne en su seno todas las artes dejando la mera literatura para lo que se conoce como recitativos.

En Cabaret, más que en ningún otro musical, la trama puede seguirse perfectamente por el hilo argumental de las canciones que se cantan y se bailan en el Kit Kat Klub (para ello es muy conveniente poder leer subtituladas las letras de las canciones) y podríamos decir que las escenas meramente habladas servirán para disipar dudas, caso de haberlas, y para complementar detalles, aunque los gestos, el lenguaje corporal y los elementos escénicos son bastantes para definir el curso de los acontecimientos que se van sucediendo en un Berlín en el que el cosmopolitismo y la libertad de costumbres, aún en el seno de una sociedad llena de desigualdades, acabarán por ceder frente a un populismo que se auto identifica públicamente por signos en la vestimenta y gestos multitudinarios, sin que las desigualdades sociales, ahora lo sabemos, llegaran a desaparecer en modo alguno; pero eso es historia que todos deberíamos conocer y parece que muchos ignoran, pero queda para después de la película.

Bob Fosse al tiempo de ocuparse de Cabaret tenía suficiente experiencia en los musicales como para saber que fichar a Joel Grey era una suerte que no debía rechazar y probablemente saber que los autores de la música consideraban a Liza Minnelli como su musa inspiradora debió ser opción imbatible.

Y un verdadero acierto porque sin ellos nada sería igual. He de resistir la tentación de insertar todos los vídeos que hay en la red porque supongo que ya son archiconocidos y enlazaré sólo tres y uno de la pareja protagonista. Es la pieza titulada Money (Dinero) que me lleva a varias consideraciones que sirven perfectamente para aquilatar la película en conjunto:

1.- Cuando se estrenó en España, en octubre de 1972,la película no sufrió cortes de censura. Pero no recuerdo que, viéndola en versión doblada, se ofrecieran subtítulos de las letras de las canciones, con lo cual varios aspectos debían deducirse por lo visto. Leídos los que siguen, sorprende que pasara la censura.

2.- La trama abarca desde la historia personal del muy discreto inglés que se desplaza a Berlín supuestamente para ampliar su experiencia con el alemán hasta las dificultades económicas de una sociedad en la que conviven millonarios con gentes que se despiertan cada día esperando poder llegar a la semana siguiente; unas relaciones que oscilarán entre servicios sexuales remunerados y enamoramientos súbitos, inesperados, afrentando un posicionamiento social que, además, estará mediatizado por el advenimiento de un populacho enfervorizado contemplado por las clases pudientes como medio para quitarse de encima los movimientos sociales y laborales de un comunismo en alza, sin advertir que el populismo empieza matando perros y acaba dando palizas. Y todo ello mientras en el escenario del cabaret los números se suceden mostrando lo que ocurre "fuera".

3.- La maestría innegable de Bob Fosse en el planteamiento cinematográfico: en Cabaret, los números musicales los veremos desde muy distintos ángulos que incluyen picados, contrapicados, planos generales y profusión de primeros planos: la cámara se mueve sin cesar pero no lo hace para disimular la falta de virtudes de quienes bailan: lo hace para remarcar el mensaje de la canción y lo hace también para conseguir que el espectador se sienta como si estuviese en una butaca del Kit Kat Klub: no tan sólo vemos el escenario desde la platea: también algúin camarero pasa por delante nuestro, reforzando la realidad de la sensación: sólo nos falta el olor característico mezcla de licores, humos y sudores varios.





Las coreografías de Bob Fosse mantienen sus tics (el sombrero, los guantes) y se adecúan perfectamente al ambiente claustrofóbico del Kit kat Klub del que se nos ofrecen vistas de su platea, repleta de mesas con teléfonos para intercomunicarse y de su minimo escenario, pero no de sus bambalinas y siempre parece que no van a caber todos en escena y va Fosse y se saca de la manga unos bailes ya canónicos sobre unas sillas y nos quedamos ojipláticos y con ganas de volver a verlo todo otra vez. No hace falta advertir que, naturalmente, los movimientos se ajustan a la música a la perfección y que la cámara realza la maravilla con unos colores que oscilarán entre la sordidez y la fantasía.

Fosse también sale del cabaret y lo hace de inmediato, pues ya en el inicio abandona el número musical en un montaje paralelo dando la bienvenida a quien llega en tren y luego, cuando ya casi todo el pescado está vendido, como quien dice, se va de excursión al campo, se detiene en un lugar de merendolas al aire libre y nos ofrece una imagen bucólica y angelical que pronto devendrá de pacífica en pavoroso aviso para navegantes, una escena que causó y sigue causando cierta polémica porque todavía hay quien, cuando le señalan la luna, sigue viendo sólo un dedo.



Es ejemplar el uso del número musical para representar cómo el nazionalismo, provisto de trampas y triquiñuelas en las que caer insensatamente las personas de buena fe desprovistas de la información necesaria, atraídas por símbolos gráficos destinados alevosamente a provocar un sentimiento de unidad al tiempo que diferencia los buenos de los malos. Hay que recordar que la canción, Tomorrow belongs to me (El mañana me pertenece), no es en modo alguno una canción popular alemana de la época: es una creación muy intencionada de los magníficos John Kander y Fred Ebb.

Fosse cuida muchísimo los detalles y cuenta con un excelente equipo a cargo de escenarios, vestuario y maquillaje sin reparar en gastos: aún en la cutrez de las míseras vidas de los protagonistas, en esa pensión por habitaciones de lo que antaño fue una casa rica, hay una multitud de cachivaches, de ropas ajadas, de elementos inverosímiles que conforman el mundo de las ensoñaciones de esa estadounidense Sally Brown que deja perplejo al muy británico Brian Roberts y hace sonreir, condescendiente, al acaudalado Max, que percibe de inmediato esas ganas de salir de la miseria que proclama Sally, tanto como su consciencia relativa a la dificultad. Cuando él abandone y regrese a casa ella se quedará empeñada en su triunfo y no se quedará sola..........



Tan absolutamente actual que todavía se sigue representando en teatros del todo el mundo la pieza escénica. La película, imperdible: tanto si te gustan los musicales como si no, imperdible para cualquier cinéfilo.






10 comentaris :

  1. Una reseña muy completita y estupenda, sire.

    Un musical clásico y moderno a la vez, bien dices. Me impresionó mucho cuando la ví por primera vez...ese escenario y las sillas como único elemento para moverse, tan... diferente a lo que conocíamos de niños, en colorines o en B/N. Yo creo que en la década de los 60 los musicales, dejaron de interesar (no hablo de Broadway), hasta que el señor Fosse vino a darles vida con ésta historia sin final feliz, pero con números inolvidables. Liza en su mejor trabajo y momento...esas piernas, y esos ojos con las enormes pestañas...y la voz. Sus padres supongo..¡orgullosos!.
    Sí que es imperdible, sí.:D

    Hace algunos añitos en mi casa, le dediqué una entrada a éste y algún más... Sweet Charity, y de los 70's..All That Jazz, Chicago, Nine.. pero nada como Cabaret, atrevido, genial...¡irrepetible Mr. Bob Fosse!, esos pasos,el sombrero, los guantes, el moonwalker de Michael Jackson... todo, es un plagio total.
    De la época dorada de los musicales, los de la METRO y los grandes estudios...con aquellos números tan elegantes de Fred Astaire y Ginger pero son otra cosa bien diferente a éste que nos recuerdas.

    Dan ganas de darle un repaso.

    Besos. Milady

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    1. Me alegro que te haya gustado, Milady. Coincido contigo en que, probablemente, sea la mejor película de Liza y a ello no es ajeno el excelente trabajo de todos los partícipes tanto como las innatas facultades suyas.
      He estado viendo algún que otro vídeo de sus shows y ciertamente creo que empezó a bajar demasiado pronto, seguramente por todos sus problemas personales, pero en Cabaret está espléndida.
      Esta es una de esas películas que en cualquier momento pones el dvd porque quieres ver una parte en concreto y acabas viendo todo. O te pones en youtube a ver los números musicales uno detrás de otro, a toda pastilla....
      Besos.

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  2. Peliculón. Y estupenda entrada.

    El resto va por mail.

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    1. Celebro, David, que te haya gustado la entrada. Con películas así, resulta fácil.
      Un abrazo.

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  3. La entrada está a la altura del autor....si señor...la peli, mira la voy a volver a ver que no la tengo nada fresca y este texto tuyo anima a un nuevo visionado, gracias y un saludo

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    1. Me alegro mucho, Víctor, que estas letras te animen a un repaso que, seguramente, será provechoso.
      Un abrazo.

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  4. Ay, mi querido Josep, esta gran entrada me ha colmado de gratos recuerdos. Me encantaron las historias de Isherwood en esa maravilla titulada “Historias de Berlín”. ¿Quién lee ahora estas historias? Y eso que existe un par de ediciones magníficas. La última por parte de Acantilado con una portada magnífica muy a lo Fitzgerald, ya sabes, el tiempo que se va para siempre; “El mundo de ayer” de Stefan Zweig o, cualquier libro del gran Josep Roth. Siempre vuelvo a ellos, como vuelvo al Cabaret de Bob Fosse. Hoy la gente se queda con el “Money, money, money…”. Creo que el viejo Bob ya no baila ni en el cielo porque ya no dejan fumar allí y él bailaba con un cigarro en la boca. Y es cierto, la gran Liza Minnelli, y fíjate que digo “gran” porque, sobre todo, fue una gran actriz y una gran cantante. Su “New York, New York” se lo arrebató Frank Sinatra y se la hizo suya. La pobre Liza tuvo que heredar lo peor de su madre (otra gran actriz y cantante): la maldita esquizofrenia de cuyo remedio recaló en el alcohol y las drogas. Liza no era muy guapa, pero la adorábamos no solo porque era la hija del gran Vicente Minnelli; hoy la cosa va de grandes en un mundo donde hace encoger a la gente hasta el extremo de la estupidez.

    Si nos fijamos bien en el actor Joe Grey: su peinado, su maquillaje, sus gestos inquietantes, etc., nos recuerda a ese personaje de esmoquin, sobrero y bastón que dirige a toda la troupe al final de esa gran película de Fellini Ocho y medio, y es que el viejo Bob quedó tan cautivado por ese personaje creado por el maestro de Rimini, que creó a Emcee (Joe Grey) que ganó un Óscar. Y no te lo pierdas, mi querido Josep; en 1997 David Lynch creó un inquietante personaje para su película “Carretera perdida” un tipo llamado Mystery Man, que va maquillado como un mimo y peinado con mucha gomina. Lynch hace homenaje al personaje de Fellini (también su maestro) y al Emcee de Fosse, pero con toques más escalofriantes. Mystery Man estaba magistralmente interpretado por Robert Blake, ese actor olvidado que conocimos en A sangre fría, la obra maestra de otro de los “grandes”; Richard Brooks. Interpretó a Perry uno de los asesinos de aquella pobre familia que habitaba en medio de la nada, pero también, Robert Blake se introdujo en todas nuestras casas a mediados de los setenta con la serie “Baretta”. ¿Por dónde iba? Ah, sí, que Robert Blake, nada más terminar el rodaje de Carretera perdida se le fue la olla y asesinó a su mujer. David Lynch dijo que él no tenía la culpa de nada. Robert se libró de una merecida condena sin saber todavía el motivo de la absolución. Creo que ahora se va de copas con O. J. Simpson.

    Adiós a Berlín. Ay, son los últimos días de la República de Weimar. La ciudad se halla atrapada en la siniestra calma de un huracán apocalíptico, la breve ventana encajada entre la Primera Guerra Mundial y el trueno del implacable Tercer Reich. La inocencia se perderá, como lágrimas en la lluvia. Isherwood dijo: “Soy una cámara con el obturador abierto, pasivo por completo, que rueda sin pensar”, y Bob no baila porque la tristeza llega hasta el cielo.

    Un fuerte abrazo, amigo mío.

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    1. Amigo Paco, esas reflexiones y recuerdos tuyos relativos al Emcee complementan de modo maravilloso esta reseña y enlazarlos con el pobre Blake, que descubrí precisamente como Baretta, muestra un recorrido vital y cinéfilo abundante en detalles que suelen pasar desapercibidos.
      Siempre he pensado que Fosse murió demasiado pronto y que su marcha en algún modo dejó a Liza más huérfana que nunca: el espectáculo Liza que le montó Bob era estupendo, pero necesitaba a alguien como ella para triunfar. New York New York la escribieron Kander y Ebb para Liza, pero el tuno de Frankie, un superviviente nato, supo vivir lo bastante como para aprovecharse y hacerla suya. Cosas de la vida...
      Un abrazo.
      p.d.: si Blake va de copas con Simpson... ¿quien las paga?

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    2. Pagan las copas con el dinero que ganaron en sus mediáticos juicios televisados. Ni la serie Perry Mason tuvo tanta audiencia. El caso de O. J. Simpson fue todo un escándalo por todo lo que hizo tan descaradamente (asesinó a su mujer y luego se dio a la fuga con un coche esquivando las balas de la policía y atropellando a todo lo que se le ponía por delante), y salió absuelto y como un héroe, igual que aquel tipo en la película de Buñuel "El fantasma de la libertad", que se puso en una azotea con una escopeta con mira telescópica y empezó a matar a diestro y siniestro. Lo cogen y en el juicio lo toman por un héroe. Al salir a la calle la multitud quiere un autógrafo. Buñuel criticaba el absurdo del mundo moderno, y el caso de O. J. Simpson demostró lo irracional de la justicia. A Robert Blake le ocurrió lo mismo, pero sin conducir como Stallone en la película “Cobra”; asesinó a su mujer por celos. El tema es harto complejo, amigo mío. En los buenos años del surrealismo André Breton dijo que el acto surrealista más verdadero sería salir a la calle con pistola en mano y disparar al azar entre la multitud. Con los años se arrepentiría de ese tratado, pero la sociedad ya le pisaba los talones a Kafka.

      Un abrazo

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    3. Convencido estaba, amigo Paco, que ambos dos populares asesinos habían caído en la bancarrota, de ahí la apostilla.
      Ciertamente, por lo que añades, la sociedad acaba por presentar en la realidad casos que parecían exageraciones en la pantalla: siempre me pregunto quién imitará a quien. Pero lo que es seguro es que, mal que me pese, hay movimientos que pasado más de medio siglo parecen rebrotar: mismos modos, ideas similares...
      Un abrazo.

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