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diumenge, 30 d’abril de 2017

La Calumnia (La primera)





Esta entrada viene, ocho años más tarde, a completar una serie de tres comentarios en torno a la versión cinematográfica de la obra teatral de Lillian Hellman titulada The Children's Hour y que se conoció por estos lares como La Calumnia, ajustándose de hecho y por derecho a la intención de su autora que había introducido con valentía unos sentimientos lésbicos que para la época de su estreno en Broadway, 20 de noviembre de 1934, eran arriesgados. Para el cine, absolutamente impensable.

Sin embargo, Samuel Goldwyn, viendo que la pieza teatral era un éxito total (691 representaciones, hasta julio de 1936), decidió adquirir los derechos cinematográficos. Otra cuestión era la posibilidad de llevar adelante tal empeño, porque la censura inmediatamente estableció todos los requisitos necesarios para conseguir que la futura película en nada recordara a la "escabrosa" pieza teatral.

Uno no puede menos que admirarse ante el valor de Samuel Goldwyn armado de constancia, tesón y férrea decisión de ganarse sus buenos emolumentos llevando a la pantalla obras literarias de reconocido y sólido prestigio, sin importarle los escollos que la muy timorata administración, pensando en el bien moral de la ciudadanía en general, o sea, aquellos estadounidenses que no podían por cualquier razón asistir a las representaciones teatrales, más libres, iba a disponer como cumplimiento de su alto mandato moralista.

Goldwyn, además de comprar los derechos cinematográficos, se aseguró la colaboración de Lillian Hellman como guionista al servicio de sus estudios; por allí tenía en plantilla a Miriam Hopkins, Merle Oberon y Joel McCrea; este último llevaba tiempo intentando que su patrón fichara a su esposa, Frances Dee y a tal efecto le instó a que viese su última película, The Gay Deception, de la Twentieth Century-Fox, que gustó a Samuel Goldwyn bastante: lo malo, para McCrea, es que se interesó no por su estrella femenina si no por su director, William Wyler, a la sazón terminando contrato y en busca de nuevos aires más permisivos y favorables a sus intereses artísticos.

De hecho, cuando Goldwyn se interesó por contratar a Wyler ya Lillian Hellman había elaborado algún esbozo de guión, lo que indica claramente que el productor estaba muy determinado a llevar al cine la pieza, aunque no pudiese ni siquiera titularla The Children's Hour para evitar cualquier conexión con el texto teatral. Al saber Wyler por su agente que Goldwyn quería contratarle para encargarle una película basada en el famoso drama, pensó que Goldwyn había perdido el buen juicio pues estaba seguro que la oficina censora ejecutora del famoso Código Hays no iba a permitir tamaña osadía. Wyler no imaginaba que ya Lillian Hellman estaba trabajando en ello, modificando el original hasta pulirlo para que pudiese ser exhibido en pantalla.

Lillian Hellman y William Wyler congeniaron de inmediato por cercanía intelectual que les permitió trabajar sin apenas desencuentros: la escritora se sintió liberada cuando el cineasta le aseguró que no le hacían ninguna falta indicaciones relativas a las acciones físicas ni emplazamientos, con lo que la literata pudo dedicarse de pleno a crear la psicología de los personajes.

Wyler se encontró con el reparto hecho en base a las tres estrellas del estudio, Hopkins, Oberon y McCrea, pero, lejos de ser un novato, aprovechó la oportunidad para responsabilizarse de la elección de la niña que causará todo el estropicio: eligió a Bonita Granville, a la sazón una jovencísima veterana de trece años de edad en su décima película. Wyler, entendiendo perfectamente que la intención de Hellman era remarcar la maldad intrínseca de la calumnia, cuidó con esmero el personaje de la pequeña Mary Tilford y por lo tanto dirigió como él sabía a Bonita Granville, que, años más tarde recordaría el espléndido trato que le dió el director, siempre atento y cariñoso, enseñándole cada día aspectos de la interpretación, cómo moverse, cómo escuchar a otro personaje, etc., siempre con amabilidad y paciencia, sin alzar nunca la voz.

El resultado, obvio, fue que Bonita Granville obtuvo su única nominación al Oscar como actriz secundaria y que Merle Oberon echara pestes contra Wyler quejándose de atender con excesiva atención a "esa renacuaja", consciente que la niña robaba las escenas con facilidad gracias al apoyo explícito de Wyler.

Wyler, además del elenco, se encontró con un director de fotografía asignado: Greg Toland tardó poco en manifestarle que ni le hacían ninguna falta ni le gustaban las indicaciones del director: usa el objetivo de 45mm, coloca la cámara de ese modo, etcétera, habituales en Wyler cuando trabajó anteriormente: Toland sabía lo que se hacía, porque se había leído el guión y había tomado notas. Wyler quedó encantado de trabajar con un cámara al que no tenía que enseñarle nada, con el que preparaba de antemano los rodajes diarios comentando los diferentes aspectos técnicos: Toland era tan meticuloso como Wyler, así que se entendieron de maravilla.

El escritor Dashiell Hammet -compañero sentimental de Lillian Hellman- leyó, buscando inspiración, un libro que compilaba casos de los tribunales británicos: llamó su atención la historia de dos jóvenes maestras, fundadoras de una escuela para señoritas, acusadas de mostrarse "especialmente afectivas" frente a sus alumnas, según aseguró una tal Jane Cumming, joven alumna, que corrió a decírselo a su abuela, Helen Cumming Gordon, señora de prestigio social, que en dos días consiguió que todas las familias retiraran de la escuela a sus niñas, provocando la ruina de la escuela: hubo un juicio por calumnia que perdieron las profesoras hasta que en posterior apelación ganaron, pero no recibieron satisfacción hasta once años más tarde.

Hammet pensó que la historia daba para una buena pieza, pero sintió que se ajustaba más al estilo de su compañera Lillian.

Hellman ya llevaba tiempo fascinada por la fuerza de los conceptos malévolos y procedió, como sabemos, a escribir su famosa obra, The Children's Hour, sin otorgar a los aspectos lésbicos preponderancia, pues lo que a ella interesaba era, fundamentalmente, la insólita maldad de la pequeña Mary Tilford.

Wyler se encontró pues con una versión remozada por la misma autora sin perder un ápice de potencia en la descripción de lo principal: si acaso, hay un refuerzo en un personaje que en esta primera versión (no podemos olvidar jamás la magistral segunda) concita también los peores deseos del espectador: la tía Lily (Catherine Doucet, espléndida) es casi tan odiosa en su puro egoísmo e hipocresía como la malvada Mary.

Titulada -por imperativos legales- These Three (1936) (Esos tres, 1940) esta primera versión de la obra de Lillian Hellman a manos de William Wyler fue un éxito considerable en su momento, por varias razones:

Wyler, compinchado con Toland, empieza a mostrar una forma de filmar las historias melodramáticas que se aleja de la mera ficción, buscando un realismo en todos los aspectos que trata de reflejar en pantalla una trama que resulte cercana al espectador consiguiendo su identificación por empatía sin que haya rastro de admiración por los personajes y por supuesto de los intérpretes que los representan, lo cual comporta cambios en la forma de trabajar: se acabó la costumbre de buscar el plano que favorezca más a la estrella de cine: la cámara al servicio de la historia, ya que la historia que se cuenta es lo principal: ello conduce a la búsqueda del naturalismo sin que represente, ni mucho menos, el olvido de la caligrafía cinematográfica y el aprovechamiento de los elementos físicos para reforzar la trama.

Naturalmente, tratándose de Wyler, ya existe en These Three el uso de unos interiores elaborados y especialmente las escaleras que refuerzan el poder y la sumisión según el emplazamiento en ellas y la cámara se moverá en distintas alturas según la estatura del personaje y sus sentimientos: Wyler cuida mucho la forma de filmar a Bonita Granville y también a Marcia Mae Jones, la sufrida Rosalie Wells, acorralada anímicamente y filmada de forma que parece prisionera de sus propios errores, casi que falta de aire: Wyler monta unos decorados perfectos en todos los interiores sin que nada en absoluto delate el origen teatral del texto, aunque es forzoso admitir que el guión de Hellman es una maravilla en cuanto a ritmo y a diálogos.

Por adolecer -y no pudiendo olvidar la segunda y definitiva versión- de algo, esta película falla en su inicio, un poco moroso, y en su final, acomodado al "final feliz" tan propio de la época, quizás impuesto por Samuel Goldwyn, conocedor de su público, al que, no obstante, ofreció la oportunidad de ver una película rompedora para su época, una buena muestra de cine que ningún cinéfilo que se precie debería desechar si acaso la tiene a su alcance, lo cual es casi tan difícil como leer la obra de teatro en que se basa, o el guión literario, que debe existir en alguna parte ignota de momento.









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diumenge, 23 d’abril de 2017

Sant Jordi y la UNC




El día de hoy, 23 de abril, se celebra la festividad de Sant Jordi, San Jorge, Saint George y como quiera que se denomine en la lengua de cada quien y, además, se ha convertido con el paso de los años y la inestimable colaboración y ayuda desinteresada de las editoriales en el día dedicado a los libros.

Hubiese preferido que fuera el día de la lectura, pero eso es porque soy un quisquilloso. Me lo digo yo mismo y así ahorramos...

El caso es que hace unos días, buscando otra cosa en internet, acudo a mi archivo de páginas interesantes y me traslado hasta la web archive.org y, ya que estoy en ella, sintiendo próxima la efemérides de Sant Jordi, me digo a mí mismo: ¿Y si por aquí hay algo de libros libres interesante?

Así que, ni corto ni perezoso, hago click en el icono de los libros y bajando hasta la página 2 me voy al apartado titulado Spanish Drama comprobando que hay contabilizados a esta fecha 11.542 volúmenes y me quedo más que sorprendido, pasmado, al comprobar que la muy eficaz y eficiente Universidad de Carolina del Norte se ha dedicado a digitalizar un buen número de piezas escritas en castellano y en catalán, ediciones algunas que son inalcanzables en los libreros de viejo de Barcelona y que si acaso existen en alguna facultad de por aquí los deben tener en algún recóndito espacio, bien guardadas, no vayan a constiparse.

La página de archivos generales enlazada por sí misma es un tesoro público a descubrir pues dirige a muchísimos lugares digitales que comparten sabiduría compuesta por datos y conocimiento y la UNC, al parecer la universidad más antigua de los Estados Unidos de Norteamérica, no por antigua es tan roñosa, engreída y cicatera como otros lugares en teoría destinados a fomentar la cultura ciudadana.

Puestos a rizar el rizo y ante la enorme cantidad de piezas a hojear, algunas interesantes y otras para mí no tanto, me digo que, ya que en esa categoría de "Spanish Drama" hay casi que de todo, me dispongo a usar el buscador.

Y voy y me digo: ya que se acerca Sant Jordi, busquemos si tienen algo.

Y mira, sí que lo tienen: Sant Jordi mata l'aranya, un juguete cómico, como se les denomina o casi que mejor denominaba, pues el uso me temo ha decaído.

No es una pieza de fácil lectura para quien no domine el catalán y tampoco es que sea una maravilla: pero me quito el sombrero ante el departamento de literatura de la UNC por disponer de tantos libros interesantes para el estudiante y mi gratitud expresa a grado sumo por ofrecer públicamente ese fondo libresco tan peculiar.

Me quedo con las ganas de saber cómo han conseguido disponer de tales piezas: quizás algún turista avisado tropezó con un contenedor en Els Encants y lo mercó pensando en la UNC, pero luego, evidentemente, hay que escanerlo (y muy bien, por cierto) antes de decidir compartirlo urbi et orbi.

Eso que hace la UNC es CULTURA, con mayúsculas.





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divendres, 31 de març de 2017

Ben y los malditos 130 minutos








O más.

Me ha parecido una desafortunada coincidencia para Ben Affleck el conjunto de tres películas que se estrenaron con fecha de 2016 y que he ido viendo a lo largo de la temporada, alguna con más retraso que otra.

Desafortunada, digo, porque es un terceto irregular que seguramente no dejará marca alguna más allá de los comentarios coetáneos:

Su incursión como Batman en la plúmbea Batman v Superman: El amanecer de la justicia que, además, promete ser la primera incursión, dejó al respetable plácidamente dormido ante las nada respetables ínfulas de Zack Snyder, probablemente uno de los directores más sobrevalorados de este siglo que padecemos -cinematográficamente hablando- y mira que tiene competencia por ocupar tan privilegiado lugar.

La cinta de los dos súper héroes con más pedigrí, con un metraje que alcanza las dos horas y media, o sea, 150 minutos de la vida de cada espectador, acaba por ser un marasmo de ideas pseudo filosóficas mal presentadas con unas pretensiones tan hinchadas que acaban por dar pena. Quizás la pléyade de guionistas que se ocupan de una historia tan endeble hubiese salido victoriosa con un metraje más ajustado, digamos de 90 minutitos y ya vale: total, para lo que van a contar, hasta sobran un par. Affleck y Cavill hacen lo que pueden, pero el conjunto es plúmbeo. El montaje, inexistente.

Después, el amigo Ben se pone a las órdenes de Gavin O'Connor (que amenaza con una nueva revisión del moscardón verde [supuestamente por el fracaso del inmediato anterior]) en una cinta con un guión original de Bill Dubuque, El contable que goza de una premisa a priori interesante que se va destruyendo a sí misma conforme van transcurriendo los minutos y la trama se va complicando hasta caer en el ridículo más absoluto con un encuentro de hondas raigambres familiares: el reencuentro de dos hermanos. Una historia que se la de las manos a Gavin cuando decide someterse a la norma no escrita que una película debe durar más de dos horas: en su caso, ocho minutos de regalo, cuando en verdad, le sobrarían bien contados casi veinte minutos. Una vez más, el guión parece someterse a la supuesta rentabilidad comercial del metraje, llegando al absurdo de repetir por tres veces la misma secuencia, obviando algo tan elemental en cine como es la elipsis. Las virtudes clásicas de la economía cinematográfica desechadas, olvidadas. Affleck realiza un buen trabajo como actor, acompañado de Anna Kendrick y J.K. Simmons como excelentes secundarios, y pare usted de contar: sobran dedos y muchos minutos de metraje, una vez más.

Uno esperaría que cuando al fin y al cabo Ben Affleck toma las riendas y se erige en productor y director, amén de guionista que se apoya en una historia del afamado Dennis Lehane, ofreciendo de nuevo su semblante como intérprete principal en la película Vivir de noche esos "problemillas" experimentados en las precedentes estarían solventados y hallaríamos una agilidad más propia de su ópera prima que de la acomodada oscarizada, pero hete aquí que Affleck cae en varios pecadillos cinematográficos que le dejan un poco fuera de combate:

Seguramente, haberse autoelegido como protagonista no fue una buena decisión y ahora se ha dado cuenta, pues renuncia a dirigir y protagonizar la secuela-precuela-o-lo-que-sea de Batman, quizás aprendiendo de errores cometidos: bien por él, aunque sea tarde para el espectador: le falta un director que le corrija en la personificación de ése gángster que pretende ser complejo y no acaba siendo ni siquiera complicado.

El guión, con ser propio, excusa menos la acumulación de lugares comunes y de situaciones que en nada favorecen el desarrollo de la trama, que huele a pretenciosa desde los primeros diez minutos y se va cargando de ínfulas conforma el metraje se desarrolla, muy lentamente, eso sí, como para cargar las tintas y el peso en los sufridos espectadores, que no ven el momento en que haya transcurrido ya la hora y media, que es cuando parece animarse la cuestión, cerca de los malditos ciento treinta minutos de la vida de cada espectador que está a estas alturas casi frotándose los ojos y tapándose la boca ante inminentes bostezos pues nada nuevo se le ha ofrecido.

Tengo para mí que las distribuidoras de cine, espléndidas ellas para con sus clientes los espectadores, fuerzan la maquinaria rechinante hasta conseguir que todas las películas superen las dos horas de duración, no vaya a ser que alguien, después de haber pagado una pasta, declare haberse aburrido durante hora y media: no alcanzo a comprender qué ventajas se obtienen pagando lo mismo por aburrirse durante dos horas, pero me barrunto que buena parte de las películas, con un montaje más ajustado y una duración de hora y media, ganarían en calidad.

Claro que igual son imaginaciones mías.


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dimecres, 22 de març de 2017

Beethoven & Dudamel





De casualidad en el último otoño, primeros de octubre de 2016, me enteré que Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simon Bolivar de Venezuela iban a ofrecer la integral de las sinfonías de Ludwig van Beethoven en una gira europea que se iniciaba en el Palau de la Música Catalana a mediados de este mes de marzo y de chiripa pude comprar entradas para asistir a la primera tarde, jornada del domingo 12, para escuchar la interpretación de la Sinfonía 3ª "Heroica" y también la Sinfonía 4ª.

Le tenía muchas ganas a esa formación, jóvenes director y orquesta, desde que les descubrí en youtube hace ya bastante tiempo y desde luego la idea de ofrecer las nueve sinfonías de Beethoven en un todo continuo me pareció excelente y excitante, con el único defecto que no iba a poder asistir a todos los conciertos. Supongo que habrá alguien que sí lo hizo asistiendo al Palau en las cinco jornadas, pues el domingo 12 interpretaron las Sinfonías 1ª y 2ª, con el regalo de las oberturas Egmont y Coriolano en una jornada matinal, por la tarde las citadas, el lunes 13 la Sinfonía 5ª y la 6ª "Pastoral", el martes día 14 las sinfonías 7ª y 8ª y el miércoles cerraba el experimento con la Sinfonía 9ª, acompañados los músicos por el Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau de la Música.

Cualquier aficionado a la música clásica será capaz de comprender que, después de asistir al segundo concierto, me entraron unas ganas tremendas de lamentarme por no haber procurado obtener entradas para todo el ciclo y hete aquí que, llegado a casa abro mi correo y me encuentro publicidad invitándome a ver, en streaming, el concierto a que acababa de asistir.

Tiempo me faltó para entrar en es.medici.tv y comprobar que, gracias a que me había suscrito hace un tiempo, simplemente ingresando una dirección electrónica y una contraseña, podía ver en diferido -y durante cien días- y gratis el concierto que acababa de ver y ¡olé! también el que habían ofrecido a mediodía.

Y por menos de diez euros, podía suscribirme por un mes y asistir virtualmente en directo a los cuatro conciertos restantes. Ni lo pensé. Bueno, sí: pensé que, ante una actitud empresarial semejante, lo menos que podía hacer era darme de alta por un mes.

Aparte del inmenso placer experimentado con ése ciclo sinfónico -que me había procurado yo mismo hace años adquiriendo todas las sinfonías interpretadas por Karajan y la O.F. de Berlin, vinilos que todavía escucho- que cualquier melómano tiene a su alcance por tiempo determinado gratis, sólo con proceder a la inscripción en es.medici.tv, hay alguna consideración que me ha estado hirviendo y mareando y que tengo que sacar y llevar al papel:

Es de agradecer a los actuales gestores del Palau de la Música su buen tino en ofrecer la sala para iniciar este ciclo sinfónico que probablemente acabará siendo reconocido como excelente e histórico, pues tamaña empresa no se acomete ni siquiera cada lustro, que yo sepa. No sería mala idea que la temporada que viene se hiciese lo propio con otro compositor...

El Palau, de rebote, obtiene un prestigio multitudinario, porque al acordar la retransmisión en vivo -y luego en diferido, y gratis por cien días,no lo olvide nadie- con la empresa medici.tv, entra merecidamente en el circuito de música clásica de primera categoría, en un sitio dedicado a la cultura musical con una visión que aúna de forma excelente el negocio y la cultura: muchos deberían tomar nota de la forma de proceder de medici.tv.

Las retransmisiones, producidas por Camera Lucida, con un buen trabajo de Corentin Léconte como realizador, siempre atento a los músicos intervinientes en cada momento, emplazando las cámaras y moviéndolas con agilidad, son un modelo a seguir, con un sonido espectacular, y eso que no puedo verlo ni oirlo en HD a causa de la escasa velocidad de mi conexión a internet.

Chapeau para France Televisions -televisión pública gala- que aprovechando el evidente desinterés de la televisión pública catalana y española aparece como promotora de la retransmisión: aseguraría que apareció el martes, pero no puedo probarlo, porque ya su rótulo está en todos los vídeos.

Y malditos sean por vagos, inanes, ignorantes, todos aquellos que en este país viven supuestamente dedicados a la cultura (y cobran por ello), porque no hay atisbo de interés ni en TV3 ni en TVE, sendas televisiones públicas pagadas con nuestros impuestos, de tomar en consideración un acontecimiento semejante.

Y vagos, ignorantes e inanes todos aquellos politicuchos que se llenan las bocas de la palabra cultura cuando hay elecciones pero que ahora, que se sepa, no han siquiera interrogado ni al Conseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya ni al Ministro de Cultura de España para que nos digan porqué han dejado pasar, como si nada, la oportunidad de apoyar una manifestación cultural que estará durante años siendo vista por miles de melómanos de todo el mundo, porque ése ciclo de Beethoven lo va a ofrecer Dudamel con la Simón Bolivar por tres países de Europa y cabe suponer que luego en América, pero desde luego, la grabación ya está hecha y no va a ser fácil que se repita.

Mucho hablar y poco hacer, como siempre. Y no digo que hubiese sido diferente el tratamiento de tratarse de un partido de fútbol, porque, evidentemente, quien esto lee ya lo sabe sobradamente.

Ya me gustaría ver a quien le corresponde (lo aclaro, por si las dudas: a toda la oposición) requerir a quien manda por una mayor contribución a la cultura. Mucho me temo que ése negociado está vacante, pues no interesa que la ciudadanía sea culta: mejor tonta y maleable, claro está.

Ya lo sabíamos porque pasa con el cine, pero ante oportunidades como la presente, comprobar cómo se desecha tan impropiamente, produce un sentimiento de inenarrable incomprensión, de frustración, máxime cuando el vecino, viéndolas venir, ocupa el lugar que no debería pertenecerle.

Si es que además de ser vagos e inútiles son tontos.

Inexcusable.

Consuélate mientras puedas: Ciclo de Sinfonías de Beethoven











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dimecres, 8 de febrer de 2017

No podrán arrebatármelo




En ocasiones pienso que no lo hacen a propósito y siempre permanece, constante, una duda: ¿tratan de confundirnos?

Uno mira, lee, observa y compara.

Comparar, ¿es malo? ¿es mejor olvidar? ¿siempre?

Depende, dirán; claro, depende. Si comparamos, habrá que establecer unos límites, ¿no?.

Pero resulta que hay mucho ruido, mucha alharaca, mucho buscar el elogio y la admiración para obtener, pura y simplemente, pingües beneficios.

En ocasiones, pienso que me están vendiendo humo. Yo fumé mucho, mucho, mucho, hasta que recibí un toque: no más humo. Y ahora, no trago más.

No sé si es una ventaja o una desventaja pero es indudable que la veteranía conlleva una acumulación de experiencias que, si la memoria no falla, ayudan a conformar una opinión.

Quizás algunos preferirían que no recordáramos cosas que hemos visto.

Por ejemplo, a un tipo flacucho, no muy bien parecido, normalito pero elegante, eso sí, que se ganó la vida con eso del cine. El hombre sabía tocar el piano regulín, regular, cantaba con mucho estilo y swing (según afirmación de Count Basie) y bailaba que parecía flotar.

Claro que tuvo mucha suerte: trabajar con compañeras de tronío y sobre composiciones sólidas como bastiones inexpugnables al paso del tiempo.

Por eso, quizás, se atreve a poner toda su confianza en ella:





I'm Putting All My Eggs In One Basket (Follow the Fleet [Sigamos la flota, 1936])(Irving Berlin)


Pobre tipo, ése Fred: por saber tocar el piano regulín, cantar con swing y bailar como un ángel, ni siquiera le nominaron para un Oscar: los muy estúpidos, esperaron a nominarlo como secundario, en una película catastrófica....

Claro que a Astaire no le hace falta ningún premio: ha quedado como ejemplo de lo que es protagonizar un musical y muy por encima del paso del tiempo y, desde luego, sabe muy bien lo que es poner buena cara a los contratiempos:





Lets Face The Music And Dance (Follow the Fleet [Sigamos la flota, 1936]) (Irving Berlin)

Podríamos estar todo el día así, disfrutando de momentos musicales que pueden ser bien o mal imitados pero difícilmente superados, pero no es tiempo ni lugar... ¿verdad?

Está claro que lo visto y paladeado nadie lo puede arrebatar: Fred se lo cantó a Ginger en 1937, pero no lo bailaron hasta doce años después, cuando ya ella había tomado su camino e incluso, ella sí, había conseguido su estatuilla dorada:




They Can't Take That Away From Me (George & Ira Gershwin)(Shall We Dance [Ritmo Loco, 1937] & The Barkleys of Broadway (Vuelve a mí, 1949])


Otrosí: A Irving Berlin le dieron un Oscar por White Christmas y le nominaron en varias ocasiones; al genial George Gershwin, le nominaron una vez, precisamente por They Can't Take That Away From Me. Al mediocre Justin Hurwitz le acaban de nominar ¡dos veces! por unas composiciones que nadie recordará dentro de tres años.

¿Seguro que no lo hacen a propósito?







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dimarts, 24 de gener de 2017

Matewan




En las estribaciones de los Montes Apalaches, cabe los meandros del río Tug Fork que durante varios kilómetros se erige en frontera natural que marca los límites entre los estados de Virginia Oriental (West Virginia) y Kentucky se halla la aldea, más que municipio, de Matewan, menos de dos kilómetros cuadrados de superficie y medio millar de habitantes que esperan llegue la temporada turística porque otra cosa no queda ya en la zona.

El carbón acabó hace tiempo, dejando amargos recuerdos históricos. La bituminosa antracita situó en el mapa una zona rural distante apenas 700 Kms de la capital Washington, un lugar donde durante el día únicamente se veían mujeres mal vestidas y niños harapientos: los hombres estaban en su mayoría bajo tierra, hurgando las entrañas en busca del negro carbón, luchando en la oscuridad contra los gases y los desprendimientos. De eso hace ya un siglo.

Las condiciones de los mineros, hace cien años, en Matewan como en toda Virginia Oriental, eran lo más parecido a la esclavitud existente en la práctica en las plantaciones de la vecina Alabama cuando terminó la llamada Guerra de Secesión y los esclavos emancipados, liberados de cadenas físicas, se encontraron con que los dueños de las tierras eran también los dueños de las barracas donde vivían y de los establecimientos donde podían comprar lo necesario para vivir, siempre a un precio que acababa por dejarles en deuda con sus antiguos dueños.

Esa barbaridad, ese despropósito que se practicaba en Matewan hace cien años, provocó lo que terminó conociéndose como La Masacre de Matewan, en la que murieron una docena de personas, a tiros. Eran sindicalistas en ciernes acechados por mercenarios disfrazados de detectives al servicio de las compañías mineras, propietarias de las minas, de las tierras adyacentes, de las pocas viviendas y los escasos establecimientos comerciales, donde el precio de las alubias iba acorde con el precio del carbón, siempre superándolo un poco.

Unos hechos históricos conocidos como la Guerra del Carbón, comprensiva de diversos enfrentamientos sangrientos, se iniciaron en ese pequeño núcleo de mineros compuesto de algunos hombres, varias viudas y pocos niños, contando todos ellos con un elegido alcalde (Cabell Testerman) y un agente de la ley (Sid Hatfield) que, conscientes de su responsabilidad para con sus vecinos, decidieron protegerlos frente a los desmanes tiránicos, posesivos, injustos, de la Stone Mountain Coal Corporation. Terminaron con la llamada Batalla de Blair Mountain pero arrancaron en Matewan, el 19 de mayo de 1920. Matewan, un poblacho fundado en 1895, cuando se descubrió que podía haber carbón en la zona.

No fue hasta 1993 que Matewan obtuvo el reconocimiento de lugar histórico, pero antes, el director John Sayles consiguió estrenar una película con el toponímico título Matewan (1987), proyecto personal del autor que llevaba años intentando realizar, siempre aplazado por falta de financiación.

John Sayles escribe un guión basándose en los hechos históricos añadiendo una ficción que los amplía e incardina en el nacimiento de los movimientos sociales laborales, en los primeros momentos en que el trabajador empezaba a ser consciente que la dejación de la individualidad y la construcción de la unión podrían otorgarle la fuerza requerida para plantear el reconocimiento de derechos negados por las mercantiles y los poderosos propietarios.

La aparición de los sindicatos de trabajadores en la minería, con las particularidades propias de la zona, una escasa libertad próxima a una verdadera esclavitud y un despotismo exacerbado, conllevan la prohibición de afiliarse al sindicato so pena de perder trabajo y hogar, todo en uno, quedando además en deuda con la empresa, que substituye mineros blancos por negros y también por inmigrantes italianos, que no tienen ni idea de la minería, pobres desgraciados expertos en coser zapatos.

Sayles introduce dos personajes ficticios sobre los que apoya una trama que sortea muy bien los peligros de un drama social y laboral histórico: consigue no aburrir en ningún momento y mantener la atención en el desarrollo de los acontecimientos. Sus héroes son un joven minero que hace las veces de relator -con lo cual la película toma el carácter de largo flashback al tiempo que se erige en testimonio de la historia- y un sindicalista, un tipo que estuvo en la Guerra Mundial recién acabada y consiguió regresar a casa sin haber matado a ningún trabajador de los que se hallaban combatiendo en el otro lado de las barricadas: en la guerra, dice, sólo vio trabajadores disparando contra trabajadores.

Ese sindicalista, Joe Kenehan, es un pacifista convencido que la unión hace la fuerza, que el individualismo que se halla en el desprecio por los negros y los italianos no tiene lugar: que el enemigo no son los otros trabajadores traídos por la empresa bajo el mismo trabajo esclavista: el enemigo es quien pretende imponer esas reglas propias de la esclavitud a todos los trabajadores teóricamente libres.

Sayles, autor cinematográfico con ideas propias, no da hilo sin puntada y recrea en unos hechos pasados una parábola aplicable a su tiempo y por desgracia al nuestro. El director se apoya en su propio guión para decir más que insinuar y se vale de todos los medios a su alcance para evidenciar tratos injustos basados en vicios ajenos: señala sin duda el beneficio que la unión aportará a la comunidad y muestra con eficacia el camino que lleva al convencimiento de todos mediante personajes escritos y retratados con suma eficacia: vemos los anhelos y el sufrimiento de cada uno, sus ambiciones y traiciones, su camaradería creciente hasta el fin.

No es ésta una película cómoda, sin embargo, carente de optimismo y dotada de un final trágico aderezado con apuntes del relator que remata la trama como una admonición simbólica. No es extraño que Sayles tuviese dificultades para obtener financiación: se constata en los títulos finales, con un listado casi interminable de agradecimientos.

Sayles aprovecha los escasos medios a su alcance para desarrollar una historia que tampoco precisa de alardes para mantener la atención, presa del discurso del guión: la excelente labor de Haskell Wexler en la fotografía y la banda sonora elegida por Sayles coadyuvan no poco a dar fuerza y cohesión al relato. Los intérpretes, encabezados por el joven Will Oldman -que realiza un excelente trabajo con dieciséis años- y por el entonces novato Chris Cooper (novato en el cine, porque en teatro acababa de trabajar con Lauren Bacall, nada menos que con Dulce pájaro de juventud) que empezó con buen pie su carrera cinematográfica dando cuerpo a ese sindicalista pacifista cuyos ojos vienen a ser los del director y los del público espectador, en suma, apoyados por intérpretes tan conocidos como Mary McDonell y David Strathairn -amigo de juventud de Sayles- componiendo un sorprendente sheriff.

En definitiva, una película ejemplar de lo que debe ser el cine comprometido socialmente, sirviéndose del arte para denunciar y poner en evidencia cuestiones que atañen a todos, sin cargar las tintas, sin buscar efectismos fáciles ni provocaciones que caen en saco roto: un cine que cuenta una dolorosa ficción muy cercana a la realidad y lo hace sin aburrir, sin apologías ni mesianismos, con sencillez pero escribiendo en la pantalla con buena caligrafía y eficacia una trama que trasciende el localismo y deviene en internacional.






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