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diumenge, 2 de març de 2008

The Killers (parte II)





La Universal Pictures, que disponía de los derechos cinematográficos del relato corto de Hemingway, decidió producir a través de una filial, la Revue Studios, una nueva versión de la trama destinada originalmente a ser exhibida en la televisión.

El guionista televisivo Gene L. Coon recibió el e
ncargo de escribir el guión literario y para ello se basó libremente tanto en el original de Hemingway como en el guión de la primera versión de 1946, modificando más que el esqueleto de la narración, la forma en que la misma se desarrolla, adecuándolo a los usos y costumbres cinematográficos de la época, más permisiva que dieciocho años antes, aunque sin cuidar -quizás por imposibilidad propia- la fuerza de los personajes que de nuevo vivirán en la trama ya conocida.

El director elegido fue Don Siegel, uno de cuyos trabajos como director ya ha sido comentado aquí, que, con el paso del tiempo, se hallaba al
servicio de la Universal.

Siegel, director acostumbrado a obras de encargo y experto en películas del género negro, así como al formato televisivo 4/3, abordó la realización con su acostumbrado ímpetu y el resultado fue tal que la U
niversal, entendiendo que tanto las escenas de acción como las de contenido sexual (bastante explícito para la época), sobrepasaban la prudencia aconsejable para su exhibición televisiva, decidió, con buen criterio, presentar la película en los cines.


Producida por el propio Don Siegel, éste tuvo la libertad de encargar la composición de la música a un joven y todavía no famoso John Williams aunque usaron para los títulos de crédito iniciales las inolvidables notas que Henry Mancini compuso para Sed de Mal (Touch of Evil) en 1958 (cosas que pasan cuando los derechos son de las empresas); Siegel, con la clara pretensión de apartarse de la clásica caligrafía televisiva, recabó la colaboración del director de fotografía Richard L. Rawlings y del montador Richard Belding y realizó una nueva versión, que absurdamente se tituló en España Código del Hampa (The Killers, 1964), contando como intérpretes principales con Lee Marvin, acompañado en sus correrías por el televisivo Clu Gulager; un inapropiado galán John Cassavetes, una fatal y rubia Angie Dickinson (según cuentan, muy amiga de John F. Kennedy, asesinado durante el rodaje) y, en su última película, Ronald Reagan

Vemos a dos tipos con gafas de sol que
entran en una residencia para invidentes; van bien vestidos, con chaqueta y corbata, y llevan un maletín; son Charlie (Lee Marvin) y su ayudante y socio Lee (Clu Gulager); se presentan ante la secretaria del complejo, invidente, y ya de entrada observamos el empleo de la violencia desatada cuando el cruelmente pizpireto Lee derrama sobre la mesa de oficina de la secretaria Srta. Watson (Virginia Christine, que también tuvo corto papel en la primera versión, a modo de homenaje) el agua de un pequeño florero, al tiempo que Charlie, sin contemplaciones, la amenaza para saber donde se halla un tal Jerry Nichols; ambos se dirigen al aula donde Jerry está dando clases de mecánica a un grupo de invidentes; entretanto, un anciano, que acudirá a la secretaría, sabrá de la visita de los extraños, que campan a sus anchas por el edificio, pues nadie puede verlos, y avisará a Jerry de su amenazadora visita; Jerry les espera detrás de su mesa, quieto, en pie, afrontando los disparos que Charlie y Lee le tiran con unos revólveres con silenciador que llevan en el maletín, abandonando el centro en medio de los invidentes aterrorizados.

Curiosamente, Siegel nos hurta, en esta violenta escena, los efectos naturales del tiroteo, pues las armas apenas hacen ruido, al llevar silenciadores, pero, además, no hay sangre en el cuerpo del asesinado Jerry Nichols. De hecho, apenas hay sangre en toda la película, sin que por ello su violencia merme, fruto de la labor de Siegel.

Los dos asesinos, cumplido el encargo, viajan
en un tren y entonces, abandonada ya la fase inicial del relato, deudora de Hemingway, se inicia el desarrollo de la trama que intentará explicarnos, de nuevo, porqué Jerry Nichols, cuyo verdadero nombre es Johnny North (John Cassavetes), ha permanecido inerme hasta caer, inerte, frente a sus asesinos; Charlie se pregunta porqué les han pagado veinticinco mil dólares por un trabajo tan sencillo, cuando normalmente cobran sólo diez mil; y, habiendo averiguado que su víctima era North, famoso antiguo piloto de coches y sospechoso de un atraco de un millón de dólares, se pregunta también dónde estará el millón, pues ambos asesinos tienen una cosa clara: North no tenía ése millón; nadie se gasta un millón en poco tiempo; y sólo quien ya tiene un millón no se preocupa por saber dónde está un millón de dólares; ambos coinciden en quien les haya contratado, cuya identidad ignoran, debe ser la persona que sí tiene ése millón de dólares.

Retomando pues la trama inicial de 1946, Don Siegel y Gene L. Coon introducen un cambio que modifica el desarrollo de la historia, otorgánd
ole una violencia seca que no se halla en la anterior, entendiendo este comentarista que la distinta forma de enfocar la solución de la misma incógnita, aleja a esta película de lo que podría ser un "remake", aún guardando ciertas similitudes, principalmente por la figura de la mujer fatal, Sheila Farr (encarnada por Angie Dickinson), que abocará a North a un destino impensable.

El afán de los dos asesinos es dilucidar quien tiene el millón de dólares, para quedárselo, dando por entendido que su poseedor es quien les ha contratado para matar a North, y Charlie (un espléndido Lee Marvin, que consiguió el BAFTA por su trabajo, ex-aequo consigo mismo por su trabajo en Cat Ballou), además, quiere entender porqué North asumió pasivamente su asesinato, sin siquiera moverse.


La película se conforma en una serie de retornos al pasado o "flasback" que cronológicamente nos irán presentando las peripecias de North, desde que es literalmente seducido por Sheila, personaje femenino sexualmente más activo, dando una vuelta de tuerca más a la típica mujer fatal: no es el hombre quien perdidamente se enamora de ella; es ella la que consigue enamorar, conquistar y obcecar al varón, llevándole de acá para allá a su antojo, tomando en todo momento la iniciativa, como reflejo de la superación de roles sexuales que se inició en los sesenta del siglo pasado; según contará a la pareja de asesinos el viejo socio de North, un tal Earl Sylvester (Claude Akins), bajo la amenaza latente de mu
erte inminente contra su inicial obstinación en callar, Sheila se presenta de improviso en un circuito de carreras y se lleva con ella a North, y ya nada será igual.

Es una pena que no haya lo que ha venido en llamarse "química" entre los dos intérpretes que incorporan a los dos personajes entorno a cuya relación amorosa girará la trama; Cassavetes y Dickinson no alcanzan a demostrar la pasión cegadora que sus personajes insinúan, restando parte de emoción a la historia.


Quizás consciente de ello, Siegel, con muy buen criterio, hace recaer en las escenas de acción, interpretadas perfectamente por Marvin y Gulager, el máximo interés de la cinta, que se desarrollará con un buen ritmo siempre que intervienen los dos asesinos, enfatizando mediante encuadres cada vez más inclinados, primeros planos ominosos y una muy correcta planificación, las violentas escenas que se sucederán hasta que, al fin, averigüemos donde está el dinero y el porqué la víctima no se resistió a su asesinato.


Deudora como es esta versión de la anterior, nos ha presentado sin embargo con más crudeza una explicación semejante; pero si en la anterior era un extraño a la acción inicial quien trataba de averiguar la solución a la incógnita residente en el relato corto de Hemingway, ahora quienes impulsan la historia son los que, con su acción, la han originado. Sus intereses no inciden en la búsqueda del porqué tanto como en el beneficio que esa resolución deberá llevar aparejada. La historia se nos cuenta desde el punto de vista de dos asesinos, al fin y al cabo, y, lógicamente, sus acciones serán violentas, libres de prejuicios, con una amoralidad indiscutible, concepto éste que no se halla en la anterior; en la versión de Siegel, la única persona normal, ajena al mundo del hampa, es el socio que en su día tuvo North; el resto de los personajes pueden calificarse sin ambages como delincuentes desalmados, otro motivo más que probablemente inclinó a la Universal a declinar su pase televisivo en favor de la gran pantalla; por suerte, la realización del rodaje, en manos del experto Siegel, con el uso de una técnica apropiada y nada televisiva, nos permite disfrutar todavía de una película que, aún siendo una obra menor, supera con creces muchos productos de la mercadotecnia actual, carísima pirotecnia de usar y tirar.





4 comentaris :

  1. Hola, acabo de llegar de mis vacaciones y me estoy poniendo al día. Qué grata sorpresa la de encontrarme con semejante análisis acerca de estas dos joyas del cine. En mi caso preferiero la versión de Siodmark, aunque el comienzo de la de Siegel es impagable. Saludos y una pinturita el post!

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  2. Bien regresado, Budokan: espero que las vacaciones hayan sido provechosas y vuelvas con renovada energía.

    Yo también prefiero la versión de Siodmak, aunque ello no quita que la de Siegel también me guste mucho.

    Saludos.

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  3. Bueno, a mi en realidad me gustó más la version de Siegel, pero bien , gustos son gustos no?
    Saludos, muy bueno el blog

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  4. Gracias, famosos, por la visita.

    Creo que cada versión tiene su punto fuerte; por eso quise comentarlas las dos.

    Ciertamente, sobre gustos y colores, no hay disputas que valgan....

    Saludos

    ResponElimina

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