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dilluns, 13 d’agost de 2007

La Invasión de Jack






Que yo recuerde, esta ha sido la primera ocasión en que tras el visionado no de una, sino de dos adaptaciones cinematográficas de una novela, he sentido la imperiosa necesidad de leer el relato original.

Se trata de una novela corta, escrita por Jack Finney , (1911-1995), que es el venerable anciano que aparece fotografiado junto a estas introductorias líneas.

La novela, publicada inicialmente en forma de relato corto en tres entregas por la editorial estadounidense Collier's Magazine en el año 1955, se tituló The Body Snatchers, y no fue publicada en España hasta el año 2002, gracias al empeño de la Editorial Bibliópolis, en traducción de Lorenzo Luengo, cuya portada, muy acertada, se muestra como agradecimiento a tan buena idea, titulándola correctamente como Los Ladrones de Cuerpos , permitiéndome también crear el enlace a la tienda en la que, a través de internet, pude obtener el preciado ejemplar, que descansa ahora en mi estantería, bien leído que ha sido aprovechando una semana vacacional, después de haberla buscado infructuosamente en las principales librerías de Barcelona, apenas hace tres semanas.

Semejante introducción para un simple comentario parecerá exagerada a ojos de cualquiera, a menos que caiga en l
a cuenta que se halla próxima a estrenar la cuarta adaptación de dicha novela, que al parecer se va a titular La Invasión , en concreto en España el 7 de Septiembre de 2007, lo cual probablemente provocará la emisión en la tele de por lo menos una, sino las tres, adaptaciones cinematográficas que cronológicamente la han precedido.

Así pues, vaya sobre aviso quien esto lea pues se van a divulgar datos no por archisabidos de cinéfilos impetinentes menos esclarecedores de la trama que ha sido capaz de sustentar hasta cuatro distintas versiones cinematográficas.


La novela, compuesta de 21 capítulos, poco más de 230 páginas en la edición citada, se publicó en 1955 en forma de serial de tres partes, y probablemente concitó gran expectación en los lectores del Collier's Magazine. Es una novela corta relatada en primera persona, por el protagonista, Dr. Miles Bennell, médico del pueblo de Santa Mira, en California, atendiendo una clientela heredada de su padre, fallecido, quien inició la consulta en el pueblo. Es un hombre joven, de 28 años, bromista, sarcástico, resignado a no dormir una noche entera sin que le llamen a consulta, y recién divorciado, como su querida amiga Becky Driscoll, amor de juventud.

Becky introduce
lo que va a ser la idea motriz del relato, al pedirle a Bennell que visite a su prima Wilma, quien convive con sus tíos Ira y Aleda Lentz.

Wilma asegura que su tío Ira no es su tío Ira: habla igual, físicamente es igual, pero no es su tío. Y esa sensación de extrañeza le causa un malestar, una angustia, que lleva a Bennell a recomendarle la visita del afamado psicólogo Dr. Mannie Kauffman.

Pronto, la consulta del Dr. Bennell se llena de casos semejantes: niños que no reconocen a sus maestros, a sus padres, esposas que no conocen a sus esposos, etc. Todos los casos son idénticos:parece una suplantación de personas, que son las mismas, pero son diferentes.

Jack Finney nos introduce de forma gradual en la vida apacible del pueblo de Santa Mira, con decripciones detalladas pero concisas, con un estilo sobrio, nada dado a figuras literarias, pleno de acción.


Es fácil compr
ender el éxito de su obra seriada, pues atrapa con eficacia el ánimo del lector, aún de aquel que, como este simple comentarista, conoce la trama y alguno de sus desarrollos en el cine.

El Dr. Bennell recibe una inoportuna llamada de consulta de un convecino, escritor de profesión, llamado Jack Belicec, quien le saca del cine junto con Becky, trasladándose a su casa, donde espera Theodora, esposa de Jack, descubriendo un cuerpo, a primera vista cadáver, tras un concienzudo exámen una especie de feto adulto, con las medidas corporales de Jack, sus facciones a medio dibujar, su corpulencia, pero sin huellas dactilares.
El descubrimiento tensa la situación, introduciendo la terrorífica sensación
que alguien está tratando de suplantar realmente a otros y que la idea del Dr. Mannie Kauffman relativa a una epidemia de psicosis extraña tiene un fundamento imposible de explicar, pero real.

Jack Finney, en apenas cinco capítulos, nos traslada de una apacible Santa Mira a un entorno angustioso, donde la realidad se torna pesadilla para los protagonistas, sabedores de unos extraños sucesos que son negados una y otra vez tanto por la ciencia, representada por el psiquiatra Kauffman, como por las autoridades policiales, que presentan los hechos conocidos de forma harto distinta y con cierta lógica, causando la
incertidumbre y desazón en el Dr. Bennell y sus amigos, impotentes de demostrar, incluso a sí mismos, la verdad de unos hechos que tan pronto parecen inverosímiles como reales, hasta que el descubrimiento de unas extrañas vainas, albergadoras de cuerpos informes, les convence de que están en posesión de la verdad y constatan la amplitud del problema que somete la población, cuyos habitantes van cambiando de forma progresiva e imparable.

El relato toma el cariz de una novela de misterio, aderezada con un componente de ciencia ficción, por la constatación que las vainas parecen haber llegado de otro mundo, según un recorte de periódico de semanas atrás, y nuestros protagonistas devienen en los únicos conocedores de tal circunstancia, lo que les otorga el papel de héroes anónimos, tan grato y tan terrorífico al tiempo, ya que, conforme se nos presentan diversos personajes de la tranquila población de Santa Mira, comprobamos cómo casi todos niegan su condición de extraños, pese a que,
como Jack Finney acertadamente muestra en sus descripciones, la forma de vida habitual de la linda población californiana ha ido cambiando de forma leve pero imparable, constatando nuestro forzado héroe que el interés vital de sus conciudadanos ha desaparecido, al comprobar cómo el desinterés en mantener los negocios, las casas, ha desaparecido, imponiéndose una abulia generalizada que ha paralizado la normal actividad de la población.

De forma sutil, tomamos conocimiento, de la mano de Jack Finney, que algo extraño sucede con esos hombres, mujeres y niños, antes vivaces y activos y ahora pasivos e inexpresivos, constituyéndose en un cerco opresor de nuestros protagonistas, que
acaban por verse perseguidos por sus antiguos amigos y conocidos, con el temor de caer rendidos en un conciliador sueño que comporte un despertar amargo, reconvertidos en extraños, pues de tal forma parecen operar las extrañas vainas, tomando el cuerpo y mente de quienes se duermen para apoderarse de ellos y transformarlos en extraños seres sin aliento vital ninguno.

La soledad del héroe, arquetipo universal, la refuerza Jack Finney con un arma invencible, cual es la necesidad de dormir del ser humano, introduciendo una desazón terrorífica en el lector, pues todos somos conscientes que podemos resistir dias sin comer ni beber, pero no muchos días sin dormir, momento de tránsito en el que la voluntad humana, su libre albedrío,
está vacante, y las amenazadoras vainas están al acecho para apropiarse del ser entero.

El terror que imbuye el relato es tal, que ha causado múltiples alabanzas de un escritor posterior como Stephen King, quien sostiene: "Una sola novela le bastó a Finney para sentar las bases de lo que llamamos la moderna novela de terror"

Constatado el peligro, nuestros héroes, la pareja Dr. Bennell y Becky Driscoll, con el matrimonio Belicec, huyen como pueden de Santa Mira, reposando en un motel en la carretera, para, acto seguido, decidir regresar a su pueblo natal, su lugar, para tratar de luchar y vencer la extraña invasión.
Su insensata decisión se revela como tal al comprobar cómo prácticamente
toda la ciudad está ya metamorfoseada, acabando Bennell y Driscoll acorralados en la consulta del doctor, donde claramente se les expone por el psiquiatra Kauffman la realidad de la invasión, que ya conocen, al descubrir, pasmados, que desde camiones llegados a la plaza central se suministran vainas que viajarán a distintos destinos, en una imparable extensión de la plaga cósmica, que va a parasitar el orbe por un plazo de cinco años, para luego viajar en busca de nuevos mundos a explotar, adoptando toda forma viva a su alcance, reconvirtiéndose los seres humanos en meros vegetales de apariencia humana pero sin sentimientos como el odio, el miedo o el amor, alejados de toda pulsión y pasión que definir pueda a un individuo.

Declarando el reticente Bennell su amor por Becky, así como el deseo de compartir los avatares de una incierta vida futura, logran huir, concertados ambos en una estratagema, acabando por descubrir una granja oculta donde las vainas son cultivadas para luego ser distribuidas, provocando un incendio purificador que les liberará del cerco y sometimiento, quedando como meros zombies, vivos sin aliento, sus conciudadanos, acabando el relato con una perspectiva de futuro agradable que permite, al fin, que el lector pueda conciliar el sueño sin más temores.

Los Ladrones de Cuerpos es pues un relato paradigmático de la obra sin
pretensiones que el tiempo ha colocado en un lugar privilegiado, impensable e inimaginable por el propio autor cuando inició su tarea.

El propio Jack Finney se asombró del éxito obtenido, como él mismo afirma e
n una carta enviada a Stephen King el día 24 de Diciembre de 1979:"He leído algunas explicaciones acerca del "significado" de esta historia que no pueden sino divertirme, porque no existe en ella significado alguno; escribí la historia con ánimo de divertir y ése es el único sentido que tiene....(...) La idea de escribir todo un libro para decir que no es tan bueno que todos seamos iguales, que lo bueno es la individualidad, me hace reir."

Probablemente, Finney decía la verdad en su misiva a King; su inicio como
redactor de relatos cortos del magazine Ellery Queen, indica su voluntad de redactar historias de mero entretenimiento; su estilo, como se ha dicho, es breve y conciso y la acción se ve adornada con descripciones ajustadas que ayudan a crear el ambiente donde los personajes se mueven, sin alardes literarios, buscando y obteniendo que el lector se enganche en la historia que se le cuenta. Con toda seguridad, no trataba de forma consciente transmitir mensaje alguno y, como también dice Stephen King, si "la paranoia alcanza su grado máximo", esa sensación está en el lado del lector, que, frente a una historia bien construida, que apunta directamente al terror primigenio de dejar de ser lo que somos -seamos lo que seamos- por una intervención extraña a nuestra voluntad, con unos medios simples pero eficacísimos, casi irrebatibles, otorga la posibilidad de hacer una segunda lectura que trascienda el mero entretenimiento buscado por su autor que, como algunos han apuntado, refleja, de forma inconsciente, las preocupaciones del ciudadano estadounidense medio de los años 50 del pasado siglo, cuyas preocupaciones, de carácter político, al no ser presentadas de forma diáfana sino ambigua, alientan una interpretación que ha trascendido la temporalidad, deviniendo, por ello, la lectura de esa novela corta, un agradable entretenimiento que puede dejar -o no- un poso de reflexión, siendo de todo punto inexcusable su lectura para cualquier amante de los buenos libros y especialmente para cualquier amante del cine.

Porque, como ya se ha dicho, la trama que inventó Jack Finney ha dado
lugar, hasta ahora, a cuatro adaptaciones cinematográficas, habiendo este comentarista visto -y recordado, recientemente- dos de ellas:

La primera, presentada en Febrero de 1956 en U.S.A., lo cual da fe del éxito del relato de Finney, tomó el título en España de La Invasión de los La
drones de Cuerpos, traducción literal del título definitivo estadounidense (Invasion of the Body Snatchers) y fue dirigida magistralmente por Don Siegel, con un acertado guión realizado por Daniel Mainwaring que sigue muy fielmente la estructura de la novela, con algunos cambios predeterminados por la intención del director, que pone sobre el tapete de forma elocuente una segunda lectura de contenido ideológico que, con el tiempo, ha perdido la fuerza de la inmediatez para obtener una pátina intemporal, como ya ocurrió con la novela en la que se basa.

Es una película en blanco y negro, con es
casos medios, de la gloriosísima Serie B, que tan buenos y perdurables frutos dio; en este caso, el productor, Walter Wanger, dueño de una pequeña compañía, obtuvo el pleno al adquirir los derechos cinematográficos de la novela, que puso en manos de los talentos a su alcance, un director todavía lejos de la fama de buen artesano, un guionista forjado en series de televisión, una música eficaz creada por el compositor Carmen Dragon, y unos intérpretes de los que sobresale Kevin McCarthy, en un papel que le haría inolvidable.

Siegel aprovecha al máximo la estructura narrativa de la novela, ya que
inicia la película en un flashback, donde vemos al Dr. Miles Bennell, al borde del paroxismo, gritando que no está loco y que le dejen expresarse, empezando el relato de unos hechos acontecidos menos de una semana antes, a un psiquiatra que acude a la llamada de la policía para atenderlo. El jueves pasado, dice, tuve que volver a Santa Mira de improviso, cuando estaba en un simposio de medicina, ante los ruegos de mi secretaria, alarmada por la cantidad de pacientes que acudieron a la consulta angustiados, reclamando hablar con el Dr. Bennell, rechazando el desvío al otro médico del lugar.

Cuando Bennell conduce su auto desde la estación hasta su consulta, casi atropella al pequeño jimmy Grimaldi, que se le cruza en la carretera, observando, al parar el coche, que el puesto de verduras y frutas de los Grimaldi está abandonado, cuando apenas dos semanas antes, al partir hacia el congreso, era un negocio boyante: la Sra. Grimaldi le dice que el pequeño no quiere ir al colegio porque tiene miedo, y que el negocio lo han dejado por exceso de trabajo.
Una vez en la consulta, comprueba que sus pacientes anulan, uno tras otro, sus urgentes llamadas, sin que en ningún momento hayan querido explicar a la enfermera su problema, incluyendo la madre del pequeño Grimaldi. entra en escena Becky Driscoll (una muy bella Dana Wynter) quien le solicita vaya a ver a su prima Wilma, que está segura que su tío Ira Lentz no es su tío; en el interín, la pareja se comunica que han "estado en Reno", lo cual les hace compañeros en su condición de divorciados, de forma elíptica. Se encuentran con el poli
cía Sam, quien también es paciente de Bennell, manifestando no ser nada su requerimiento de consulta semana atrás.

De vuelta a la consulta, Bennell recibe consulta del pequeño Jimmy Grimaldi, con su abuela, insistiendo el pequeño, histérico, en que su madre no es su madre. Benell, viendo la coincidencia con lo expuesto por Becky, va a visitar a los Lentz, comprobando como Wilma coincide en las apreciaciones referidas de no ser su tío Ira la misma persona, ante la incomprensión de Bennell, quien acuerda con Wilma una cita con el psiquiatra Kauffman.

La voz en off de Bennell, recurso de Siegel para recordarnos el largo flashback en que consiste la película, nos asegura que en su interior, nace una alarma al comprobar que varios pacientes aducen curaciones insólitas de problemas no expuestos, y algunos aseguran no conocer a sus parientes como tales.


Se encuentra, casualmente, con el psiquiatra Kauffman, en compañía del otro médico del pueblo, y de la conversación conocemos que algo como una epidemia se ha extendido en el pueblo en apenas dos semanas, con multitud de personas que aseguran no reconocer a sus allegados como tales, asegurando Kauffman que la causa probable sea la preocupación por lo que sucede en el mundo. (Recordemos que la película se rueda en la llamada guerra fría)
Antes siquiera de iniciar una romántica cena con Becky, Bennell recibe la llamada de Jack Belicec, quien le muestra en su mesa de billar, un cuerpo informe, adulto, sin huellas dactilares, con la morfología de Belicec, descrito por Bennell como un "ser extraño". Bennell se pregunta, ante sus amigos, si habrá conexión entre el extraño cuerpo y la supuesta epidemia nacida en Santa Mira.


Sin descanso, Siegel nos va mostrando con su cámara tanto los sucesivos hechos que ocurren alrededor de los habitantes de Santa Mira, como la falsa apariencia de tranquilidad que sus calles ofrecen, impresionándonos con el descubrimiento, en el cobertizo de Bennell, de cuatro vainas que alojan cuatro seres informes con las características de Bennell, Becky y el matrimonio Belicec. Cuatro vainas que han quedado en la retina de cuantos han visto la película.

Pronto entendemos que casi todo el pueblo está "transformado" y, ocultos Bennell y Becky en la consulta, aparecen tanto el psiquiatra Kauffman como el propio Jack Belicec, quienes, sosegadamente, les invitan a no resistirse, augurando una vida mejor, sin mied
os, sin problemas, sin ambiciones, sin odio, sin amor. Bennell se resiste rechazando un mundo igual para todos (clara referencia a la "amenaza comunista", presente en la sociedad estadounidense en la época), asegurando preferir rechazar la oferta en aras de poder amar a Becky, obteniendo por respuesta que no puede rechazar la oferta.
La pareja, ya los únicos del pueblo conscientes de no haber sido "transformados", viendo cómo las vainas son distribuidas en la población para destinos en otras ciudades, consiguen evadirse.
Se ocultan en una mina, perseguidos por el pueblo entero, y, no pudiendo resistirse al sueño, Becky acaba también por sufrir la "transformación".
Bennell huye campo a través, hasta encontrar la autopista: sus gritos de auxiio a los conductores no surten efecto alguno; les advierte a gritos que ellos serán los próximos; inten
ta subirse a la caja de un camión y, horrorizado, comprueba que su carga al completo son las fatídicas vainas.
Vuelve la imagen al principio, con un Bennell excitadísimo contando al psiquiatra sus desventuras, recibiendo palabras amables de incomprensión, hasta que llega al hospital un herido por un camión que, al parecer, derramó en el accidente una extrañas vainas, ordenando el psiquiatra que de inmediato se llame a las autoridades.

En una hora y veinte minutos, Siegel ha resumido de forma eficaz la novela, presentándonos los datos más relevantes de la misma, con un ritmo constante, que aprisiona desde el primer minuto al espectador, con una caligrafía cinematográfica ajustadísima, donde no sobra un plano y ninguna secuencia está de más, sin descanso, consiguiendo tenernos en un puño, de principio a fin sin respirar, atentos a todo lo que se nos ofrece en la pantalla, espect
adores sufrientes, identificados con el pobre héroe a la fuerza Bennell, sobre cuyos hombros descansa todo el peso de la película.

El final, vemos, es distinto de la novela; en forma elíptica, se da por sentado que las autoridades van a solucionar el problema de los invasores extraños.

Siegel hace una parábola mediante una segunda lectura de la trama novelesca, introducida de forma eficaz, a sus fines particulares. Pero lo que podría haberse quedado en panfleto anticomunista de la Serie B, como tantos otros hubo, por el tratamiento cinematográfico empleado, en estado de gracia del director, deviene en un clásico intemporal, ya que, vista la película años después y en condiciones sociales totalmente distintas, supera la intención primigenia del director, como ocurre con la intención de entretener del noveli
sta, alcanzando un estado en el que cada cual puede otorgarle una interpretación ideológica, una segunda lectura redundante, que podría, por ejemplo, fácilmente reconvertirse en una crítica al macartismo imperante en el momento de realizarse el filme, clara intención de obtener una uniformidad de pensamiento que, aún de derechas, igualmente comporta la aniquilación del yo, un intento de aprisionar la libertad individual, con el derecho a equivocarse que cada uno ostenta de forma inalienable.

Un verdadero clásico, imperdible, superando el género fantástico, de misterio, de terror, etc., habiendo imprimido en la retina de los recuerdos inolvidables escenas que ningún cinéfilo dejará de reconocer apenas entrevistas.


La segunda adaptación data de 1978. No se trata, en absoluto, de lo que convenimos en llamar "remake" de la película de Siegel. El director, Philip Kaufman (curiosa coincidencia con el apellido del psiquiatra de la novela y de la primera adaptación), con el apoyo de una "major" como United Artist, retomó bajo el mismo título inglés Invasion of the Body Snatchers , mal traducido en España como La Invasión de los Ultracuerpos (señal inequívoca de la aparición de los ejecutivos de medio pelo
y escasas luces), la historia pergeñada por Jack Finney, basándose en un nuevo guión escrito por W.D.Richter, autor también de los guiones de Nickelodeon (1976) y Drácula (1979), a mi humilde entender, fallidas ambas, tanto como la posterior Brubaker (1980), que precisó de media hora más, hasta alcanzar el metraje de una hora y cincuenta minutos, lo que, en mi modesta opinión, lastra el resultado final.
Pero ya se sabe: suben el precio de las entradas del cine y quitan la añorada sesión doble y en compensación (maldita compensación) las películas duran más, no vaya a quejarse alguno.

La película cuenta con un mayor presupuesto, no hay duda: interpretada por estrellas del momento como Donald Sutherland, Brooke Adams, Jeff Goldblum, Veronica Cartwright y Leonard Nimoy (el entrañable e imperecedero Mr. Spock trekkiano), con cameos de Don Siegel y de Kevin McCarthy como homenaje a la primera adaptación, y otro cameo que me callo (de aquellos de yo pasaba por aquí, por los estudios Zoetrope, a ver a mi amigo Francis), una buena música fruto del compositor Denny Zeitlin, y unos medios técnicos superiores, esta nueva versión de la trama de Jack Finney se nos presenta totalmente distinta, coincidiendo no obstante con la primera en no respetar el final de la novela.

De inicio se hace ver, en imágenes con fondo musical que, procedentes del espacio, unas esporas llegan a la Tierra, donde vemos como se transforman en una especial flor parásita de otros vegetales, y vemos a la Doctora Elisabeth Driscoll (Brooke Adams) recoger una y llevársela a su domicilio, expresando a su compañero Geoffrey, un dentista bien posicionado, enamorado apasionado y seguidor del deporte del baloncesto en la tele, su extrañeza por la flor hallada, explicándole que se trata de una especie semejante a una epilobulada, dice, del griego epi -sobre- y lobus -vaina- , asegurando que muchas de esa especie son hierbas malas y peligrosas.

Driscoll deja la planta, hermosa, en la mesita de noche. Al día siguiente, despierta comprobando como Geoffrey, poco dado a las labores del hogar, recoge con un cepillo al
go del suelo de la habitación y luego, sin mediar palabra, sale del domicilio de ambos aguardando a que aparezca un camión de la basura para depositar en él el contenido de una caja, al tiempo que parece intercambiar unas palabras con el conductor. Driscoll le llama, pero él desaparece de su vista sin responder a sus requerimientos.

Entretanto, hemos visto al compañero de trabajo de Driscoll, Mathew Bennell (Donald Shuterland), quien es agente de sanidad y consumo, en una escena que nada aporta a la trama, inspeccionar rigurosamente un restaurante de moda, con el resultado que le rompen el parabrisas del coche.

Al día siguiente, ambos se encuentran en la oficina de sanidad pública, y Driscoll manifiesta a Bennell que encuentra raro a Geoffrey. De nuevo Driscoll con Geoffrey, se da cuenta que éste no actúa de forma normal, pues ya no es ni apasionado enamorado ni seguidor del baloncesto, habiendo regalado las entradas de una final a un paciente, dejándola sola por una misteriosa reunión. Driscoll va a cenar con Bennell y le asegura que su compañero es diferente, que ha perdido sentimientos. Quedan en ver a un psiquiatra, el Dr. David Kibner (Leonard Nimoy), al día siguiente.
Bennell recibe confidencias del esposo de su tintorera, asegurando que su esposa está rara, que no es su mujer. Es otra.

Cuando van a un acto público del Dr. Kibner, contándole Driscoll sus sospechas del extraño comportamiento de Geoffrey, un hombre, alocado, (Kevin McCarthy, repitie
ndo una escena conocida), se les echa encima del capó y les dice: se acercan, se acercan, corren peligro, ¡socorro!, saliendo perseguido por una muchedumbre silenciosa, viendo como muere en la calle.

En el acto de Kibner, encuentran a Jack Bellicec (Jeff Goldblum), poeta, crítico con los libros de Kibner; Bennell intenta comunicar a la policía el suceso del hombre fallecido en la vía pública, sin conseguir que nadie le oiga; una mujer, histérica, asegura a Kibner que su esposo no es su esposo, ante la mirada atónita del público; Driscoll la comprende, pero es rechazada por Kibner, quien asegura haber oído en las dos últimas semanas varias versiones de lo que asegura ser fruto de la actual sociedad, donde nadie escucha a nadie, donde nadie toma compromiso por nada.
Bellicec vuelve al negocio familiar, unos baños, donde él y su esposa Nancy (Veronica Cartwright), descubren un cuerpo informe, recubierto de una mucosa peluda, que semeja a Jack, incluso con una herida en la nariz. Bennell acude a su llamada y comprueba que
el ser carece de huellas dactilares. En una sospecha, les recomienda que llamen a Kibner y Bennell acude a casa de Driscoll, donde descubre un cuerpo como el de Driscoll, a quien se lleva de la casa, dormida, más que dormida, aletargada. Llegado Kibner a los baños de los Bellicec, el cuerpo ha desaparecido.

A todo esto, Kaufman se ha tomado casi una hora en presentarnos el nudo central de la trama, incluyendo algunas escenas que demoran y perjudican el ritmo de la acción.

Los cuatro, Bennell, Driscoll y el matrimonio Bellicec, permanecen en casa de Bennell, donde, durante la noche, se nos muestra cómo de unas vainas dejadas en la terr
aza, van saliendo cuerpos inertes semejantes a los ocupantes de la casa, que huyen despavoridos, siendo perseguidos por una muchedumbre, que profiere alaridos inhumanos. Se separan, y Bennell, y Driscoll acaban refugiándose en su oficina de sanidad y consumo, donde son hallados por Kibner y Jack Bellicec, ya transformado. Bennell acaba con Jack y encierra a Kibner; encuentran a Nancy, quien asegura poder transitar sin peligro reprimiendo sus sentimientos, delatadores de su humanidad. De nuevo se separan, tomando Bennell y Driscoll un taxi conducido por Don Siegel en otro cameo, que les conduce directamente a la policía. Huyen de nuevo, y Bennell, después de ver cómo Driscoll, presa del sueño acaba deshaciéndose literalmente en sus brazos, apareciendo transformada, indendia un almacén donde las vainas son preparadas para embarcar con destino ignoto.

Acaba la película con el encuentro de Nancy con Bennell, quien, señalándola con el dedo, emite un grito inhumano que también ha pasado a la memoria cinéfila impenitente.

Kaufman nos presenta un horizonte dantesco ya que su final rompe tanto con la novela como con la anterior adaptación, significando el triunfo de los invasores espaciales, o, lo que es lo mismo, la pérdida de las cualidades innatas en la humanidad, cuales son los sentimientos que nos hacen únicos y diferentes al tiempo, aunque desliza la suposición, en boca de Nancy, que las plantas también tienen sentimientos. Ignoramos el porqué de la invasión y, como en la primera versión, se nos priva de la consideración novelesca de una caducidad en la nueva vida "transformada", caducidad, cuando menos, impulsora de la necesidad alienígena de parasitar la humanidad; es una cinta de terror, con un ritmo lento por la inclusión de escenas innecesarias, probablemente fruto del guión inadecuado, que con unos buenos recortes hubiera mejorado, alcanzando la categoría de mítica de la primera adaptación; su desolador mensaje cae en saco roto, por la falta de esperanza que alienta, faltándole ése espíritu de premonición que en otras películas que acaban mal persiste a modo de advertencia sobra la errática conducta humana que puede causar perjuicios en el futuro; no es una alegoría de la que se pueda sacar una enseñanza, o, por lo menos, este cinéfilo no la ha visto en las diversas ocasiones en que ha visionado la película. Es pues una buena película de terror con elementos de ciencia ficción, pero nada más. Recomendable, pero no imperdible.

Hay una tercera adaptación, dirigida por Abel Ferrara en 1993, Secuestradores de Cuerpos (Body Snatchers ), de la que nada puedo decir pues no recuerdo haberla visto.

Y pronto, en sus pantallas, la cuarta adaptación, de la que dejo un trailer, con Nicole Kidman, Daniel Craig y Jeremy Northam, con la intervención, cabe suponer que a título de homenaje, de Verónica Cartwright, pero con la inexcusable inclusión, salvo por intereses crematísticos, de un infante entre los personajes, lo que parece ser tónica común en busca de público infantil, cuando no ya meramente adolescente, provocando a este pobre cinéfilo la sensación que mi admirada Nicole ha perdido el norte que señaló en sus magníficas actuaciones de hace apenas unos cuatro años, metiéndose en un camino de bajada que inició con Embrujada, con productos multisala, cine palomitero rentable al minuto y desechable a los dos meses. ¡Ojalá equivoque el presagio!

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