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dimecres, 10 de juny de 2009

La fatalidad de una bicicleta abandonada



Estoy escribiendo estas líneas el día en que los españoles estamos convocados a las elecciones europeas, para decidir los representantes en el Parlamento Europeo, con sede en un espectacular edificio sito en Strasbourg, capital de Alsacia, ciudad en la que, allá por 1982, estuve de vacaciones, alojado en una buhardilla en la que vivían mi amigo Pedro y su esposa Fina, cursando él su Doctorado en Química en la Universidad francesa; aproveché mucho la estancia disfrutando de Alsacia, bella provincia hoy francesa y antes alemana, y un día me zampé una riquísima "tarte a l'oignon" (a decir verdad, varias, regadas con Riesling) en una casa de comidas ubicada en Mulhouse, justo en la misma calle donde pude leer en una fachada: "aquí nació Wilhelm Weiller, conocido como William Wyler "

Hoy aprovecharé para satisfacer unas deudas pendientes que conmigo mismo contraje por bocazas: consciente de no haber dedicado bastante atención a ese Gran Director europeo que como un volcán erupcionó en el Hollywood dorado y avergonzado de mí mismo por no haber dedicado hasta ahora ningún comentario a cualquiera de las muchas películas en las que Humphrey Bogart, ese actor mítico, erróneamente encasillado por la fama de algunos de sus trabajos, demostró poseer un talento superior incluso a su propio carisma.

Corría el año 1954 cuando el escritor Joseph Hayes publicó, basada en hechos reales, una novela que obtuvo gran reconocimiento popular y que, al año siguiente, 1955, el propio autor adaptó como pieza teatral, presentada en Broadway con gran éxito de crítica y público , siendo sus intérpretes principales Karl Malden y un joven Paul Newman, a las órdenes de Robert Montgomery ejerciendo como director, que consiguió para sí y para la obra los premios Tony de la temporada.

Lógica consecuencia del éxito en las tablas, Hollywood ya tenía adquiridos los derechos para el cine y fue el propio Joseph Hayes el encargado de preparar el guión; los de la Paramount confiaron las riendas en Wyler, que ejercía de productor y director.

Curiosamente, el papel de coprotagonista se le ofreció de inmediato a Humphrey Bogart, en vez de adjudicarlo a Paul Newman, que lo desarrolló al parecer muy bien en las tablas; hubiera significado la presentación en el cine de Paul, que tuvo que aguardar un poco más para la ocasión. Nunca sabremos si lo hubiera hecho mejor.

En cualquier caso, la elección de Bogart produjo dos cambios: En primer lugar, el avejentamiento de su personaje, para adecuarlo a la edad del actor, ya con cincuenta y cuatro años a cuestas y mermada su condición física (esta fue su penúltima actuación en cine). Y en segundo lugar, el rechazo final de Spencer Tracy para representar al protagonista, al no querer ceder Bogart el primer lugar en los títulos de crédito, según cuentan. Esta nimiedad propia del "star system" debió de molestar a Wyler, casi seguro, y zanjó el problema causado por el ego de Bogart contratando a Fredric March, quien le debía su segundo Oscar por su intervención en la película del 46, Los mejores años de nuestra vida, para interpretar el personaje representado por Karl Malden en las tablas escénicas neoyorquinas.

Huelga decir que contra lo esperado, ese inicio tan rocambolesco no hizo mella en el más que sólido, pétreo, Wyler, que inició a finales de 1955 el rodaje de la película conocida en España bajo el título de Horas Desesperadas (The Desperate Hours)

En su doble condición de productor y director, Wyler acometió la adaptación con una fuerte ventaja, cual es el guión escrito por Joseph Hayes sin intromisiones perturbadoras.

Eso ya fue una suerte, porque, como el amable lector no ignorará, en toda película hay dos guiones: uno, el literario, que es el continente de los diálogos y situaciones, con más o menos indicaciones relativas a acciones físicas de los personajes y el lugar en que éstas se desarrollan; y otro, el guión técnico, que, principalmente, contiene los movimientos de cámara, recursos de iluminación, planos, etcétera. Wyler, que actuaba como un perfecto tirano en sus rodajes, una vez admitido como idóneo a sus fines el guión literario, tomaba el resto de las decisiones, ejerciendo perfectamente su función de máxima autoridad, que es la que corresponde al Director.

Esa tiranía de Wyler produce la paradoja de ser uno de los Directores que más premios ha conseguido para sus intérpretes, acompañada tal condición de la frecuente negativa de esos ingratos a repetir rodaje con Wyler. La razón, según parece, era que Wyler apenas hablaba con los intérpretes, pero, además, repetía las tomas hasta que quedaba contento con el resultado, siendo las sesiones de rodaje agotadoras. Según el propio Wyler, el buen intérprete acababa por darse cuenta, más tarde o más temprano de lo que debía hacer para representar perfectamente su personaje.

En la decisión de Bogart pudieron influir las ganas de actuar como estrella con Wyler, a cuyas órdenes actuó en 1932 en Dead End como secundario, tanto como demostrar que todavía podía encarnar de forma impecable a un malvado, después de tantos héroes que le introdujeron en el diminuto círculo de los mitos en vida de Hollywood. Y Bogart, ya veterano, sabía que nadie mejor que Wyler para ayudarle en el empeño de despedirse a lo grande. Contar como compañero de fatigas a Fredric March, fue como si le hubiera tocado la lotería sin comprar boleto alguno.

La historia escrita por Joseph Hayes nos cuenta la irrupción en el seno de una familia de clase media estadounidense por parte de tres delincuentes que han escapado de un centro penitenciario.

Wyler nos presenta en las primeras imágenes la vida cotidiana de la familia Hiliard, compuesta por Dan, el padre (Fredric March), Ellie, la madre (Martha Scott), Cindy, la hija mayor (Mary Murphy), ya enamorada de un galán, y Ralph (Richard Eyer), un niño que se considera mayor para dar un beso a su padre. Están desayunando juntos, como toda buena familia norteamericana, y Ralph se va al colegio, dejando su bicicleta tirada en el césped que hay frente a la casa en la que viven, asegurando que la recogerá cuando vuelva del colegio, pues tiene prisa, ahora.

Un descuido que será fatal.

Wyler nos presenta de inmediato el peligro, corporeizado en los tres fugitivos; pero, como haría posteriormente en El Coleccionista, monta cámara en el coche de los fugados y de forma subjetiva, oímos sus comentarios buscando donde esconderse hasta que la cámara se fija en la bicicleta abandonada en el jardín. Ahí hay niños, buen sitio para detenerse.

Glenn Griffin (Humphrey Bogart) lidera el trío formado con su joven hermano Hal (Dewey Martin ) y el sanguinario Sam Kobish (Robert Middleton) que, hallando a Ellie sola en casa, se apoderan de la vivienda, ocultando en el garaje el coche que robaron en su huida.

La irrupción del mundo del hampa en medio de esa confortable urbanización representativa de la clase media reconvierte lo que es el sueño del trabajador honrado en una tenebrosa trampa de la que se podrá salir ocasionalmente, pero a la que se deberá volver por fuerza. Los delincuentes aguardan el regreso de todos los componentes de la familia y les retienen cautivos, bajo amenaza de muerte, hasta que les llegue cierta cantidad de dinero para proseguir con sus fines. De hecho, para continuar el plan de Glenn, que no es otro que ir en busca de un policía para asesinarlo.

Los personajes están perfectamente descritos mediante sus actitudes y diálogos y Wyler consigue enfatizar sus acciones para que, ya en el primer tercio de la película, seamos conscientes del letal peligro que desafortunadamente ha caído sobre esa familia ejemplar.

El chantaje emocional de Glenn sobre Dan se basa en la amenaza de grandes males sobre sus seres más queridos; el peligro más inminente tiene la faz del bruto Sam Kobish (perfecto Robert Middleton en su actuación) que parece un animal enjaulado deseoso de hallar pelea; las miradas de Hal hacia la joven Cindy no pasan desapercibidas a nadie y Glenn está constantemente animándole a que "se divierta" con ella, introduciendo Wyler un sustrato más que erótico de contenido sexual, dolorosamente inoportuno para Dan, que todavía ve a su hija como la adolescente que ya no es.

Wyler demuestra de nuevo conocer al dedillo el secreto de filmar unos interiores consiguiendo que, a pesar de una iluminación natural, la cómoda casa se convierta en una prisión claustrofóbica para sus habitantes habituales, a merced de unos invitados indeseados que deciden quien entra y quien sale.

Con la colaboración de Lee Garmes como director de una fotografía en la que el blanco y negro es rutilante en pantalla panorámica, provista de una profundidad de foco absolutamente expresiva, y el ajustado montaje de su habitual Robert Swink , Wyler imprime tensión al relato con una fuerza demoledora, más allá incluso de las cuatro paredes de la casa, sintiendo el espectador esa ominosa sensación de peligro en los momentos en que el protagonista, Dan, se ve obligado contra su voluntad a abandonar a su familia en manos de esos asesinos confesos para realizar ciertas actividades en beneficio de sus carceleros, adoptando una conducta tensa e inusual que despierta interrogantes en quienes le tratan a diario.

Las personas honradas, trabajadoras, sometidas a la voluntad de unos malhechores que se erigen en sus dueños y señores, capaces de acabar con todo lo que más aprecian. La tergiversación de lo habitual como medio para causar tensión: los ayer encarcelados, hoy huidos, son carceleros; los protegidos por la ley, a cuyo amparo desarrollan sus vidas, pasan a ser simples coadyuvantes, con su propia existencia, del fin último que persiguen los delincuentes; la casa, el hogar, convertida en lugar de secuestro de sus moradores.

Wyler, con buen tino, saca de su caja de trucos la oportuna escalera, elemento que aparece en muchas de sus películas y que usa siempre con inteligencia: en este caso, la escalera separa la parte alta de la casa, con sus habitaciones provistas de llave; una especie de reducto forzado, un rincón donde hablar en relativa tranquilidad. Porque en la planta baja está el peligro; ahí permanecen los delincuentes, amos de la situación. Esa escalera permite descargar la tensión, al disponer Wyler que sólo la familia Hilliard suba sus peldaños, salvo alguna que otra peligrosa excepción. Además, de forma automática, la planta baja se convierte en el lugar donde las amenazas se pronuncian y los hechos violentos suceden. Un buen detalle de la visión de Wyler que sabe conducirnos en nuestra percepción del peligro con mano maestra, manejándonos a su conveniencia sin ocultar nada, con esa sabiduría que sólo los Grandes Maestros del Cine poseen.

La sabiduría cinematográfica de Wyler, como ya he apuntado, suele ser munífica para sus actores:

Bogart demuestra su calidad de actor interpretando a ese desalmado cuya fuga de la cárcel no tiene otro objetivo que la venganza: no busca su libertad: desea satisfacer su odio hacia el policía que le detuvo hace años. Muy alejado de sus caracteres hieráticos del detective Marlowe, Humphrey cumple con creces en la representación del asesino obcecado, astutamente letal, desconfiado de todos como un lobo acosado, sabedor que la policía anda tras sus pasos, personificador de la amenaza que se cierne sobre la familia de Dan.

Fredric March, actor con un registro mucho más amplio, aceptó sin dudar un instante aparecer en los títulos de crédito por debajo de Bogart, porque sabía perfectamente que el protagonista iba a ser él. Falto del carisma de Bogart (carisma, ese concepto tan etéreo e inaprensible), los variados recursos interpretativos de March afloran en la composición de ese padre de familia que, un buen día, al regresar al hogar después de una dura jornada de trabajo, ve derruirse todo aquello por lo que ha luchado, amén de sentir la amenaza constante sobre su esposa y sus dos hijos. Pero Dan no es un hombre cualquiera: en la situación que se le ha impuesto, hallará el valor imprescindible para afrontar el peligro, sacando de la necesidad la fuerza inaudita para mostrarse duro y decidido, incluso ante la sorpresa de su contrincante; March sabe transmitirnos los sentimientos agónicos del personaje, sus miedos y su decisión; temor y valor, adjetivos contrapuestos, toman cuerpo y figura en Dan gracias a la excelente interpretación de Fredric March.

El duelo actoral de esos dos grandes del cine clásico en su única película juntos, provocado y exacerbado por Wyler como un elemento más de la historia que nos transmite, consigue que el espectador se identifique profundamente, preso de las circunstancias de esa familia que podría ser la propia. El terror de la casualidad que parte de esa bicicleta abandonada en el jardín no responde a la pregunta que se hace el espectador en ocasiones de su vida cotidiana: ¿porqué a nosotros? cuando el azar, maldito azar, trae la desgracia sobre nuestras cabezas.

Ese terror primigenio, ancestral, a lo desconocido, aun representado por hechos nada sobrenaturales, ese azar maligno, es utilizado por Wyler magistralmente una vez más, conduciéndonos hasta un final sorprendente, sin trampas pero intrigante, definitivo como broche de oro de un retrato de gentes tan distintas que ya para siempre, vista la película, resultarán inolvidables para el cinéfilo que hallará en esta imprescindible muestra del cine negro ocasión perfecta para reconciliarse con el Séptimo Arte.

Disfruten con los primeros minutos:





Muy fácil de hallar en dvd. Imperdible.



13 comentaris :

  1. Querido Josep, dos cosas. Te digo muy en serio que envidio tu claridad y tu rigor estilístico. Este tema sobre Willer me ha gustado muchísimo. Supera con creces cualquier artículo que pudiera aparecer en páginas de revistas especializadas. Como puedes comprender, a estas alturas, te estoy hablando con toda sinceridad. Me alegro enormemente de ser uno de tus lectores y espero seguir siéndolo durante muchos años.....
    La segunda cosa tiene un cariz un poco más frívolo. Creo recordar, desde que visito tu blog, que esta es la primera vez que dejas gotear una chispa de tu humanidad ¡dioses blogueros, Josep descubre un pizco más que plumas coloristas!....Es para celebrarlo ¿no crees?
    Un fuerte abrazote.

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  2. Muchas gracias, amigo Antonio, por tus elogiosas palabras que, aun exageradas, recompensan el esfuerzo destinado a pulir el comentario para que resulte interesante.

    Es un placer tener lectores como tú, tan agradecidos y espero que sí, que sea por muchos años... :-)

    De lo otro, pues no sé; pero si hay que celebrar, celebremos, no faltaría más: tú pon las copas, que yo pongo el cava... ;-)

    Un abrazo.

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  3. Por mucho que se empeñen los directores menos buenos o más efectistas, el terror, el puro miedo, reside en las cosas cotidianas, en el hombre que se introduce sin invitación en tu casa y te obliga o te convierte en un héroe o demuestra tu cobardía. No hay algo que nos asuste más.


    Estupenda crítica Sr. Josep, estupenda y sentida

    Una abraçada

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  4. Es verdad, Alma: lo que más miedo nos da suele ser lo que tenemos más cerca: quizá el susto sea menor, pero el pánico es más profundo.

    Muchas gracias: celebro que te haya gustado.

    Una abraçada.

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  5. De acuerdo con los comentaristas anteriores. Magnífico texto sobre una película imprescindible de un director magnífico, rarito, como todos, pero magnífico. Un tema luego visto hasta la saciedad precisamente por eso mismo, por la irrupción de lo imprevisto, de lo horrible, en una vida plácida, "feliz" y (creemos) rutinaria. Recuerdo "Repentinamente" (o "De repente"), aquella peli con Frank Sinatra en la que ocupan la casa de una familia para preparar un atentado... Más o menos, claro. Mira, me has dado una idea.
    Saludos.

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  6. Muchas gracias, 39escalones. Supongo que buena parte de las posteriores se hallan en deuda con esta de hoy.

    Ese recuerdo tuyo lo oculté adrede, pero bueno... :-)

    Saludos.

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  7. Josep, no eres un crítico nada humilde. Y lo sabes. No es que te pavonees tras los halagos que recibes, no. Tu delito es aún mayor. Tú, cuando escribes la entrada, sencillamente sabes que los vas a recibir. Y el caso es que acabas consiguiendo acaparar más atención, que el tema, la película o el motivo sobre el que escribes; y eso te llena de mérito y talento, pero te resta cierta humildad. Sonrío.

    Por lo demás, una película excelente. Ese inicio en el que vemos a la madre de la familia no prestar atención, tal y como haría cualquiera de nosotros, a las terribles noticias que se escuchan en la radio, es desoladora, cuando después conocemos lo que va a ocurrirle a esa familia.

    Cimino (un Cimino en horas bajas, leo por ahí cuando busco completar este comentario) intentó emular a Willer en el año 1990. No lo consiguió, obviamente. Entre otros motivos, ya no porque no contara con el talento de un maestro, sino también porque no contaba con los mismos mimbres; comparar a Rourke con Bogart, es casi obsceno.

    Tendré que hacerme con ella y un día de éstos retratarla, desde mi subjetivo enfoque.

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  8. Raúl, colega, te aseguro que tu buena intención -que supongo- va en sentido erróneo: puede que no sea tan humilde como me pregono, pero desde luego, lo que no soy es un crítico: con ser un buen comentarista me doy por pagado.

    Admito que mi amor propio, llámalo orgullo si quieres, se crece cuando, tras el esfuerzo ímprobo que supone redactar algo con cara y ojos, es del gusto de unos lectores que, por suerte para mí, son todos de muy alto nivel, circunstancia que me obliga a repasar una y mil veces lo que escribo; y admito también que disfruto mucho en ello.

    Lo que no pretendo es acaparar más atención que la película sobre la que versa mi comentario: sí espero, no obstante, disponer de la fuerza necesaria para incitar a una revisión o una primera visión, si es el caso.

    Si te dijera la de veces que repaso, entenderías la humildad que pretendo, porque yo, que soy lo que en catalán llamamos "cagadubtes", nunca estoy seguro de alcanzar el punto justo.

    Aun así, me siento halagado por tu comentario.

    Esta película, seguro, te puede ofrecer una buena base para uno de tus retratos, que ya espero con fruición.

    Saludos.

    p.d.: el refrito es una lacra y una verdadera falta de humildad, mira.. :-)

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  9. Halagarte es lo que pretendía. No te quepa la menor duda.
    Buenas noches.

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  10. I didn't understand the concluding part of your article, could you please explain it more?

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  11. You have tested it and writing form your personal experience or you find some information online?

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  12. Pues ahora que estoy con Wyler y la he visto hace poco debo decir que para mí ha "envejecido" en algunas cosas. La actitud casi "desafiante" al principio del personaje de Fredric March es poco creíble. Y más aún que los secuestradores "dejen" salir a la hija con el novio para evitar suspicacias. "Mira niña, le llamas y le dices que estás mal, cosas de mujeres, que le verás mañana y ya está. Se pone tu padre y dice que es mejor dejarte descansar". A pesar de eso es entretenida y desde luego, mucho mejor que el desafortunado remake (que ese sí lo vi en el cine) que hizo Cimino, donde supuestamente decían que el personaje de Mickey Rourke tenía un coeficiente intelectual elevadísimo y se comportaba como un imbécil nada mas empezar la película.

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  13. Para mí lo único que ha envejecido mal es el vestuario y el atrezzo, David, porque del talento no hablamos para no ofender a nadie de este siglo...

    Esos dos detalles los veo correctos: el padre se erige en macho alfa defensor de su familia demostrando que no es ningún cobarde y a la hija la dejan ir a trabajar para no levantar sospechas ni del noviete ni del trabajo, lo mismo que ocurre con el padre: intentan pasar desapercibidos: el crío, no va a la escuela y me parece recordar que alguien se ocupa de avisar que está enfermo.

    Del refrito ni hablamos, una muestra más de la insensatez de algunos tiburoncillos hollywoodienses.

    Saludos.

    ResponElimina

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