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dilluns, 30 de març de 2009

Examen de Cinefilia (Parte XVI)




¿Otro examen de cinefilia?

¿Tan seguido? ¡Si acabamos de pasar uno! ¡No puede ser!

¡Buuuuuhhh!

¡A la huelga cinéfila! ¡A la huelga! ¡A las barricadas!

¡Buuuuuhhh! ¡No hay derecho! ¡Es un abuso!

¡Fuera! ¡Fueraaaaa! ¡Fueeeraaaaa!



¡No se me alboroten!

¿O es que pensaban que con un examen al mes ya había bastante?

¡Nada de eso! Hay que estar siempre a punto de examen, porque nunca se sabe donde vamos a encontrarnos con una pregunta sádicamente indiscreta.... je, je....

Así que presten atención, y vean:

Una irrefutable muestra (datada en 1992) de cómo la sociedad mercantil estadounidense canibaliza mediante vídeos publicitarios, tergiversando impíamente su sentido, sin vergüenza alguna, películas que deberían permanecer en la memoria cinéfila incólumes:








Una sola pregunta: ¿A qué película me refiero como ultrajada por ese anuncio?


La solución, el miércoles, si nada falla...



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dissabte, 28 de març de 2009

Aviso para Claudiófilos



Hace un par de meses publiqué un aviso relativo a una promoción de película en dvd gratis ofertada por el diario El Mundo.

Acabada que ha sido, me pongo a buscar por si hay otra semejante, y no.

Pero el domingo 5 de abril empieza una oferta que a alguno puede resultar interesante.

Se trata de la serie televisiva Yo, Claudio que la amiga Alicia comentó hace poco.

Estos de el Mundo la ofrecen en trece dvd por un precio casi que simbólico, a razón de 0'50 € cada entrega, con lo cual, entera, sale, si mi calcuradora científica no falla, a 6'50 € el paquete completo.

Aquí hay los datos de la oferta.

Ignoro si los dvd serán como deben, es decir, en inglés (inglés del bueno, está claro) con subtítulos, o no.

Me da miedo el apunte de sogemedia, porque me han dado algún que otro disgusto, pero por probar, que no quede.

El que quiera saber más de la serie (hay gente muy joven por todas partes) que vea lo que dice Alicia, pues no pienso repetirlo....

Que aproveche....




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divendres, 27 de març de 2009

Examen de Cinefilia (parte XV)

Casi sin darme cuenta ha transcurrido ya un mes y, mira por donde, la maldita musa me ha recordado que hoy toca examen.

Así que, aprovechando que hoy es viernes y que hay todo un fin de semana por delante, vamos de nuevo a probar que tal andamos de conocimientos cinéfilos.

Hoy, como la prueba es facilísima, la vamos a complicar un poquito:

Los examinandos -todos voluntarios, que conste- deberán no tan sólo averiguar el nombre de una personalidad muy importante para esto del cine - pues nos ha ofrecido con su trabajo momentos verdaderamente inolvidables- si no que, además, como un plus, deberán averiguar los títulos de las películas que se ofrecerán como pistas.

Naturalmente, uno es consciente de dos cosas:

Primero, de la enorme sapiencia de los examinandos, amables lectores.

Segundo, que existe IMBD y que incluso a través de youtube se pueden conseguir datos.

Así que advierto que está totalmente prohibido, so pena de expulsión del aula, hacer cualquier triquiñuela, porque restará emoción a la intriga planteada.




¿Preparados?

¡Ojo! Tomarlo con calma, y comprobar que el navegador ha cargado todo, porque son muchos vídeos...

Mientras la página carga (va lenta, repito, porque hay mucha información: pulsen F5 para recargar...) cojan papel y lápiz para ir apuntando.

¿Preparados?

Vamos allá:

Las pistas están numeradas, conforme a la puntuación:

10
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9
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8
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7
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6
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5
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4
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3
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2
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1
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0
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-1
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¿Qué? ¿Cómo ha ido?

Para los que todavía estén bajo mínimos, o para comprobación, aquí va la solución:

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La persona cuya identidad había que averiguar, es, como no, el gran Raymond Chandler, excelente novelista del género "negro" que nos ha dado, con sus novelas y relatos cortos, tantos buenos ratos de cine, memorables en la mayoría.

Justo ayer, 26 de marzo, se cumplió el cincuenta aniversario de su fallecimiento. Su contribución al cine, bien como novelista, bien como guionista, es merecedora del pequeño homenaje que este comentarista no podía pasar por alto.

Para mayor información, su ficha en la wiki y también en IMDB

Y por lo que hace a los títulos de las películas, ahí van:
10 The Bronze Door 2007
9 The Blue Dahlia 1946
8 The Brasher Doubloon 1947
7 Double Indemnity 1944
6 Strangers on a Train 1951
5 Murder My Sweet 1944
4 Lady in the lake 1947
3 The Big Sleep 1978
2 The Big Sleep 1946
1 Marlowe 1969
0 Farewell my lovely 1975
-1 Lady in the lake 1947
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dimecres, 25 de març de 2009

Strange Fruit




Todos tenemos una idea más o menos aproximada de lo que vienen a significar las siguientes palabras: "Canción protesta"


Como ocurre con tantas otras definiciones, la de Canción Protesta ha ido devaluándose con el tiempo, paralelamente a la mejora de las condiciones sociales que, sin ser todo lo justas que uno quisiera, han conocido tiempos peores.

En la sociedad estadounidense de mediados del siglo pasado el problema del racismo tenía una virulencia que se ha comentado en diversas ocasiones en este bloc.

Los negros estadounidenses tuvieron que luchar durante muchos años del siglo XX para conseguir arrancar, paso a paso, el reconocimiento de sus derechos civiles.

En 1936, un maestro de escuela judío con ideas izquierdistas quedó fuertemente impresionado al ver en los periódicos unas fotografías de un linchamiento de unos negros.

Abel Meeropol, que así se llamaba, compuso una Canción Protesta para denunciar el linchamiento de negros que se admitía sin ambages por la sociedad estadounidense: en una encuesta, seis de cada diez encuestados hallaba aceptable el linchamiento de negros por sus supuestas fechorías.

La canción de Abel Meeropol gustó mucho a Barney Josephson, a la sazón propietario del Cafe Society, club situado en Greenwich Village, feudo de artistas liberales, donde los negros eran tratados igual que los blancos.

Corría el año 1939 cuando la extraordinaria cantante Billie Holiday se presentó en el Cafe Society para actuar: Barney Josephson le dio a conocer la canción compuesta por Meeropol, y le pidió que la cantara para su público.

Billie, cuyo padre había fallecido en Dallas porque ningún hospital quiso atender a un negro, dudaba en cantar la canción, por su letra; finalmente accedió a cantarla en el último lugar del repertorio; Barney hizo que los camareros dejaran de servir, apagó todas las luces excepto un foco sobre Billie, y ella empezó a cantar:





Cuando Billie terminó la canción, el silencio se podía cortar como papel; de repente, alguien empezó un tímido aplauso solitario, y luego, la sala entera atronó aplaudiendo.

Esta es la letra de la canción y su traducción al castellano:


Southern trees bear strange fruit
Blood on the leaves
Blood at the root
Black bodies swinging in the southern breeze
Strange fruit hanging from the poplar trees
Pastoral scene of the gallant south
The bulging eyes and the twisted mouth
The scent of magnolia sweet and fresh
Then the sudden smell of burning flesh
Here is a fruit for the crows to pluck
for the rain to gather
for the wind to suck
for the sun to rot
for the tree to drop
Here is a strange and bitter crop

Árboles sureños llevan una extraña fruta
Sangre en las hojas
Sangre en la raíz
Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña
Fruta extraña colgando de los álamos negros
Escena pastoral del galante Sur
Los ojos abultados y la boca torcida
Esencia de magnolias dulce y fresca
De repente el olor de carne quemada
Aquí hay una fruta para que los cuervos piquen
Para que la lluvia la reúna
Para que el viento la aspire
Para que el sol la descomponga
Para que el árbol la tire
Aquí está una extraña y amarga cosecha

Desde aquel día, Billie Holiday cantó siempre Strange Fruit en los bises de sus conciertos, en una época en que, aun, en algún remoto lugar del sur estadounidense, los árboles amanecían ocasionalmente con un negro colgado de sus ramas. En Alabama, Billie tuvo que salir por piernas del estado porque intentó cantar la canción.

Strange Fruit sí que era una Canción Protesta de las de verdad...


(Información resumidísima extraída de los enlaces insertados, fuentes recomendadas)
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dilluns, 23 de març de 2009

Pelham 1 2 3


La inveterada costumbre de clasificar todo lo que se nos pone por delante ha promovido que en el ámbito de la cinematografía existan diversos tipos o géneros de obras, con independencia de su calidad, minuciosamente or
denadas en divisiones y subdivisiones.

Uno de esos reductos específicos es el que alberga aquellas aventuras basadas en la perpetración de hechos criminales planificados hasta el último detalle: suelen ser atracos perfectos, robos perfectos, atentados perfectos, secuestros perfectos,,. "etcétera perfectos".


Curiosamente, uno de los detalles que unifican todas las obras pertenecientes a ese subgénero, es que, pese a la perfección de la planificación, en más del noventa por ciento de los casos algo acaba quebrando la perfección y los perfectos atracadores, ladrones, secuestradores, etcétera, acaban muertos o encarcelados.

Esa cuestión no empece el interés de una obra bien hecha, porque todo espectador sabe que siempre hay algún resquicio en la moralina imperante en la cinematografía comercial y, en algunas películas, el malo se lleva el botín tan tranquilo, otorgando al final un rasgo de veracidad desacostumbrado.

La posibilidad del éxito criminal, junto con la forma en que la acción es desarrollada (amén de otros factores), acaba por ser decisiva en la buena fortuna del éxito de una película perteneciente al tipo descrito.

Aspectos todos ellos que sin duda fueron contemplados con detenimiento por el cineasta Joseph Sargent, que, habiéndose iniciado en la dirección de episodios televisivos en 1959 y después de muchos trabajos, una buena tarde se reunió con el exitoso guionista Peter Stone para iniciar los habituales trabajos de pre producción de una película que se basaría en una novela escrita por John Godey que relataba detalladamente la comisión de un delito inusual: el secuestro de un tren suburbano, lo que conocemos como "metro", con el nada ideológico fin de obtener beneficio económico rápido y cuantioso.

La película, titulada en España como Pelham, 1 2 3 (The Taking of Pelham One Two Three, 1974), muestra con todo detalle la realización de un secuestro del metro neoyorquino, cometido por cuatro hombres:

Vemos a Mr. Green (Martin Balsam) que viste un sombrero verde, usa gafas y lleva bigote, tomar un metro en una estación: previamente, ha comprobado la hora en su reloj; lleva un paquete, una caja de cartón alargada. Es un hombre algo mayor ya, y está visiblemente resfriado; tiene la mirada huidiza, como queriendo pasar desapercibido.

En la siguiente parada, sube al metro Mr. Grey (Hector Helizondo) que viste una gorra gris, usa gafas y lleva bigote, portando un maletín de considerables dimensiones. Es un tipo altanero, maleducado, chulo y libidinoso, que se insinúa a una jovencita nada más entrar.

Después subirá Mr. Brown (Earl Hindman) que viste un sombrero de piel marrón, usa gafas y lleva bigote, y deja a su lado un paquete alargado con un lazo, apostándose junto a la garita del revisor del metro. Es un hombre fuerte, rudo, que atropella a quien se interpone en su entrada al vagón.


Por último, en la siguiente parada, vemos en el andén a Mr. Blue (Robert Shaw) quien, balanceándose pie sobre pie, espera la llegada del metro: viste sombrero de fieltro azul, usa gafas y lleva bigote y porta un estuche de algún instrumento musical alargado. Tiene una sonrisa fria, gélida, desafiante.

Cuatro tipos con cuatro nombres de colores... or
iginal... ¿verdad, Quentin?

Los cuatro, bajo el liderazgo de Mr. Blue, se harán de inmediato con el dominio del metro: Mr. Green sabe conducirlo, y pronto establecerán contacto con el indolente teniente de la policía del suburbano, Garber (Walter Matthau) quien se queda atónito al conocer lo que demandan los secuestradores: un millón de dólares (en 1974, eso era muchísimo dinero) a entregar en billetes pequeños en el plazo de una hora, a partir de cuyo momento empezarán a matar, uno a uno, a los rehenes, gente que ha tenido la desgracia de tomar ese metro en su desplazamiento por Nueva York.

Sargent demuestra tener muy buen oficio en la forma de contar la historia: estableciendo de inicio la tipología de los personajes la va desarrollando conforme avanza la trama; mueve la cámara con soltura en el escenario interior del ferrocarril suburbano, espacio reducido de dimensiones, rodeado de oscuridad, lugar común que, de repente, se ha convertido para los pasajeros en una jaula de la que no saben si saldrán con vida.

En ese vagón de metro convergen todas las miradas de quienes están en la sala de control del suburbano, que siguen atentamente los extrañ
os movimientos del tren en un panel descriptivo de su situación, haciendo cábalas relativas a sus movimientos y paradas, mientras Garber, pasmado, se hace una pegunta en voz alta: una vez hayan cobrado el rescate ¿cómo harán para abandonar el lugar? Porque los túneles están controlados tanto en su interior como en su exterior y por el panel sabrán de inmediato cuando se pare el tren...

Con muy buen pulso se establece rápidamente una diferencia entre la situación bajo tierra y sus repercusiones en el exterior: desde la alcoba del Alcalde, afecto de gripe, que deberá decidir si paga el cuantioso rescate, hasta el despliegue en las calles de Nueva York, con la policía moviéndose rápidamente en una carrera desenfrenada contra el escaso tiempo marcado por Mr. Blue, el contraste se refuerza por la forma de planificación usada por Sargent, que contrapone grandes planos en el exterior a las limitadas secuencias del claustrofóbico vagón del metro.



Todo ello confiere dinamismo a la película: conforme avanza la trama, se van desgranando detalles que implican una perfecta planificación del delito: el desprecio de los criminales por la vida de los demás, muestra de la frialdad de su planteamiento, tiene su lado contrario en la sala de control donde Garber, presa de los nervios, se comunica a la vez con los secuestradores y con las fuerzas policiales de apoyo en el exterior, produciendo el conjunto de las situaciones en el ánimo del espectador la desazón ante la incierta suerte de los viajeros del metro, así como el interrogante respecto a la huida prevista seguramente por los minuciosos delincuentes, todos ellos compañeros de la oscuridad de un túnel cercado policialmente.

Es una cacería extraña, un surrealista cerco del gato al ratón: un ratón que se escabulle y que amenaza al gato con grandes males si no cesa en su persecución.


El guión es bastante sólido: los trazos personales de los individuos que vemos transitar en la pantalla están bien dibujados y representados con la acostumbrada profesionalidad por el grupo de intérpretes escogidos, que aprovechan hasta la última línea de sus apariciones para demostrar que, para un buen actor, no hay papel pequeño. Lástima que flojea un poco con la introducción de unos pocos elementos humorísticos que rebajan la tensión sin venir a cuento.

Sargent, que dirigió alguna que otra película más para el cine, volvió a la televisión donde consiguió sus mayores éxitos, pero dejó para los anales una cinta muy original en su planteamiento, con un ritmo muy acertado, sin pausa alguna, que, revisada ahora después de verla en su estreno hace tantos años, mantiene perfectamente el vigor necesario para entretener al espectador durante los 104 minutos de su metraje, lo cual dice mucho en su favor, harto como está uno de tanta película con efectos especiales huecos de sentido y sentimiento.


Recomendable verla cuanto antes, porque la amenaza del "remake" pende sobre nuestras cabezas.


Trailer:

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divendres, 20 de març de 2009

ESD 11 Four O'Clock





Cuando inicié, hace unos meses, esta sección de Escenas Sin Diálogos, destinada a recordar momentos puramente visuales que cuentan unas emociones sin el concurso de palabras - o en cualquier caso, con las menos posibles - no aquilaté la dificultad de la iniciativa, ya que, pendiendo de un hilo, está siempre la oportunidad de hallar en la red el vídeo adecuado.

Tampoco pensé que algún día acabaría apareciendo en la sección algún fragmento de una obra destinada desde un principio para la televisión.

Son muchas y variadas las voces que se alzan en la bloguería defendiendo a capa y espada que en la televisión actual se encuentran tesoros que no hallamos en la gran pantalla tan a menudo como quisiéramos.

En ocasiones, olvidamos que la televisión hace años ya que demostró su capacidad de ofrecer productos dignos; seguramente porque, perteneciendo a la memoria colectiva, se dan por supuesto en su existencia, del mismo modo que, para algunos, desde siempre ha existido internet. Pero no.

Uno de los más grandes genios cinematográficos nunca tuvo reparo alguno en trabajar para la televisión: bien sea por llenar el bolsillo, bien por experimentar con libertad, Alfred Hitchcock nos dejó gran cantidad de pequeñas piezas televisivas, pequeñas sólo en su formato, que hicieron las delicias de los espectadores de mediados del siglo pasado y que, bien miradas, algunas incluso podrían estrenarse en los cines actuales sin merma de interés, por su desconocimiento del público actual.

Viene toda la parrafada a cuento como introducción a una escena que me ha parecido encaja a la perfección en la sección.


Sin embargo, debo hacer dos advertencias:

1ª.- Que en la escena hay una voz en off totalmente innecesaria, seguramente insertada por orden de los productores televisivos, incapaces de respetar la inteligencia de los televidentes: con verla sin sonido, asunto zanjado. (Estoy seguro que así lo hubiera preferido Hitchcock)


2ª.- Que la escena es la que cierra un episodio televisivo que en 1957 inauguró una serie de la NBC, por lo que constituye un "spoiler" en toda regla.

Esto carece de importancia si uno no pretende ver el episodio entero, pero puede fastidiar a quien, entendiendo más o menos el inglés, quiera verlo, porque voy a insertar las partes que he hallado en youtube.


El episodio se titula Four O'Clock aunque de forma sorprendente en el video aparece titulado como "Pris au Piège" y puedo contar una sinopsis sin desvelar nada: Paul (E.G. Marshall) es un relojero celoso de su mujer que, como venganza contra ella y su ¿amante? prepara una bomba de relojería que explotará a las cuatro en punto....

El episodio televisivo dirigido por Hitchcock dura aproximadamente una hora.

Dado que hoy (si nada falla) es viernes, el lector puede decidir si a lo largo del fin de semana dispone de tiempo para verlo entero o si va directamente a la escena que corresponde a esta sección, que es la incluida en la última parte.

Ustedes deciden...


Four O'Clock, de Alfred Hitchcock:

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Parte 1 de 6
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Parte 2 de 6 ver/ocultar


Parte 3 de 6 ver/ocultar


Parte 4 de 6 ver/ocultar


Parte 5 de 6 ver/ocultar


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Parte 6 de 6, cuyo inicio ha originado este comentario:


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Espero que les haya gustado.....
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dimecres, 18 de març de 2009

Six Shooter




Cuando a primeros de este año me quedé gratamente sorprendido por el primer largometraje rodado por el británico Martin McDonagh, la película In Bruges que oportunamente recibió su correspondiente comentario en este bloc y sabiendo al documentarme que había conseguido llevarse el Oscar de la edición de 2006 al mejor cortometraje por una pieza de poco más de veinte minutos, procuré por todos los medios hallarla, resultando la tarea más ardua de lo que yo esperaba.

El corto, titulado Six Shooter, es un relato de apariencia simple : personas que se conocen en un tren, como metáfora de un viaje mucho más trascendente, vital para ellos; su pasado marcará el desarrollo de un encuentro casual pero definitivo.

Con un guión excelente y una caligrafía cinematográfica depurada, McDonagh apunta formas y maneras que luego se confirmaron en su ópera prima.

Creo que la academia estadounidense acertó al otorgar el Oscar a este cortometraje.

Un acierto al pleno sin que la suerte tuviera nada que ver.

Muy al contrario, ha sido la suerte la que me ha llevado hasta encontrar ese estupendo cortometraje entre el marasmo de youtube, y, raudo y presto, sin más palabras, he aquí el cortometraje en tres (actualizo) una parte:







Visto, creo que huelga añadir nada más: cada cual tiene pues, la palabra.

Espero que los habituales lectores lleguen a disfrutarlo, pues dudo que se mantenga a la vista pública durante mucho tiempo.



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diumenge, 15 de març de 2009

Cincuenta años sin Pres




Jammin' The Blues, cortometraje rodado en 1944, nominado al Oscar, en el que se puede comprobar la superlativa influencia de los negros norteamericanos en la cultura popular, especialmente la música y el baile: el "tap dancing" fue clamorosamente "blanqueado", pero eso sería objeto de un estudio más profundo, y hoy no toca.

Hoy toca recordar la emblemática figura de uno de los mejores saxofonistas del pasado siglo XX, el que con toda justicia fue conocido con el sobrenombre de "Pres", apócope de "President", de nombre real Lester Young, nacido en 1909 y fallecido hace ahora ya cincuenta años, el 15 de marzo de 1959.

Nacido en el seno de una familia de músicos y en el sureño estado de Mississippi, Lester Young aprendió pronto los secretos del ritmo afroamericano del dixie, el blues y el jazz más genuinos, fagocitando acordes uno tras otro y reconvirtiéndolos a su estilo único, incomparable, creador de escuela, con una elegancia armónica indiscutible.

A lo largo de su corta carrera, pues falleció sin cumplir los cincuenta, alternó con casi todos los músicos que forman ya parte de la leyenda musical estadounidense: enumerarlos sería prolijo e innecesario, pues están todos los que uno pueda imaginar.

Tuvo una gran amistad con Billie Holiday -se comenta que el mote de Pres se lo puso ella- y su forma de tocar el saxo representó una novedad por la delicadeza de su etéreo sonido y la sensibilidad de sus armonías, inspirador del estilo "cool" que luego ampliaría al saxo Stan Getz y en la trompeta Miles Davis.

Hombre poco dado a llamar la atención, sufrió el racismo de su época con una introversión que, como a otros, acabó minándole la salud por excesos en la búsqueda de tranquilidad en el alcohol.

Afortunadamente, su amplia discografía nos permite disfrutar todavía de su arte, y tan sólo lamento no haber dado con demasiados vídeos en los que se vea a Pres actuar.

Veámoslo en el quinteto que formó con sus amigos Bill Harris (trombón), Hank Jones (piano), Ray Brown (bajo) y Buddy Rich (batería)

Lester Young Quintet: Pennies from Heaven (1950)



Disfrutemos con algunas grabaciones añejas:

Con su amiga Billie Holiday, interpretando This Year's Kisses


Creando con Teddy Wilson al piano la versión definitiva de All of Me


Y con Nat King Cole (al piano, por supuesto) y Red Callender al bajo, en Tea for Two


Esta reseña solo pretende ser un recordatorio, una rememoranza del genio de Lester Young en el cincuenta anniversario de su fallecimiento; si el amable lector está interesado en saber más y dispone de una hora de su tiempo y del suficiente conocimiento del idioma inglés, aquí tiene un interesantísimo video, conferencia pronunciada por el profesor Douglas Daniels:



Para los cinéfilos, recordar que el protagonista de Round Midnight está ligeramente inspirado por el genial, inolvidable, Pres.

Yo, por mi parte, me pongo a escuchar ahora mismo las grabaciones "piratas" de sus conciertos en el Olivia Davi's Patio Lounge, de Washington D.C. correspondientes a diciembre de 1956, cuatro espléndidos vinilos producidos posteriormente por Norman Granz para su sello Pablo, demostrando que, contra lo esperado, Norman se alegró de la infracción "pirateril" de Lester (bajo contrato en exclusiva) y gracias a ello podemos disfrutar del mejor Pres.





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divendres, 13 de març de 2009

Secundarios de Lujo (12)




Con un físico nada extraordinario, apariencia de hombre normal ya desde su juventud, Martin Balsam (New York 1919 - Roma 1996) fue en pantalla la personificación de cualquier vecino o conocido, no importa cual sea su profesión, ya que afronta perfectamente desempeñar cargos de responsabilidad, acompañar damiselas, convertirse en un criminal por necesidad, embutirse en uniforme militar o trastear por redacciones de periódicos y negociados de justicia.

En cualquier situación, Martin Balsam sabe estar con naturalidad, como si la ocupación que interpreta fuera su verdadero modo de ganarse el pan, dando muestra de poseer un talento para hacer sencillo el hecho de representar a un extraño.

Que Martin Balsam era un buen actor nadie podría dudarlo, cuando ya en sus inicios fue requerido para actuar en el Actor's Studio por Elia Kazan y Lee Strasberg, formando pareja en las tablas con los habituales de la época, Marlon Brando incluido, apareciendo en la televisión en representaciones teatrales primero, luego en diferentes series y episodios, siendo su primera aparición en la gran pantalla como Jurado Nº 1 de 12 Angry Men, dirigida por el también televisivo Sidney Lumet en 1957:



A partir de esa primera aportación al cine, la carrera de Martin Balsam fue imparable, alternando cine y televisión hasta su fallecimiento, constando casi 170 fichas de participaciones diversas.

Fue uno de esos secundarios perfectos, siempre en su lugar, dando la réplica y aprovechando los escasos minutos de pantalla para dejar su recuerdo en la memoria del cinéfilo atento, que seguro le recordará, entre otras muchas, en las siguientes películas:



Como detective privado, en Psycho (1960)



Metido en un berenjenal político, en Seven Days in May (1964)



Como militar un tanto excéntrico en Catch-22 (1970)



El mejor amigo de Poirot, en Murder on the Orient Express (1974)



Como Mr. Green en The Taking of Pelham One Two Three (1974)


Tuvo el honor de compartir con Robert Mitchum y Gregory Peck la circunstancia de actuar en las dos versiones de Cape Fear


Uno de esos actores que habremos visto en decenas de películas, muchas notables, que siempre está soportando una escena crucial, como si no hiciera nada.
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dimarts, 10 de març de 2009

Un viejo cascarrabias



La senectud es, según define la R.A.E., el período de la vida humana que sigue a la madurez.

En las civilizaciones antiguas, el anciano recibe tratamiento de honor por sus conocimientos y experiencia adquiridos a lo largo de una vida y se le trata con respeto.

No deja de ser una contradicción que en la época actual, cuando la longevidad es mayor, a los ancianos se les arrincone.

De hecho, cualquier mirada fría e imparcial podrá objetar incluso la definición inicial en según qué casos, ya que algunos individuos llegan a la senectud sin siquiera haber transitado mínimamente por un período de madurez, entendida ésta como situación con una cierta estabilidad emocional.

Es decir, que lo del respeto merecido para los ancianos, en según qué casos, pues mire usted, como que no se lo merecen.

Otro de los componentes de la senectud es la pérdida de facultades, el lento declive propio de la ancianidad, que producirá extrañeza en primer lugar a los más allegados al anciano, a quienes más le quieren, que deberán redefinir su relación, modificando las expectativas, holgándolas con cariño.

Claro que hay viejos que resultan inaguantables porque ellos mismos se lo han buscado, normalmente despues de muchos años de resultar desagradables.

Walt Kowalski es uno de esos viejos cascarrabias que resultan inaguantables para propios y extraños: para propios, porque, según queda claro en las primeras frases de la última película de Clint Eastwood Gran Torino, 2008, sus dos hijos, Mitch y Steve, sentados en el funeral de su madre, ni por un momento toman en serio la posibilidad de llevarse consigo a su padre, aún en el improbable y remoto momento en que él decidiera no vivir solo.

Porque solo se queda Walt después de fallecer su esposa, y esa soledad es tanto buscada como merecida.

Walt Kowalski es un tipo desagradable, huraño con todos, que no hace el más mínimo esfuerzo para ser querido: es un hombre anclado en la guerra de Corea, incapaz de adaptarse a la vida: un inadaptado que incluso mira con desprecio a su familia.

Walt además destila odio racista contra sus vecinos,en su mayoría Hmong, provenientes de Vietnam: les odia, sobre todo, por su incapacidad de abrirse, por su incapacidad de entender que esos "sucios amarillos" han llegado a su vecindario forzados a abandonar su país de origen porque, en un momento dado, se pusieron del lado de los U.S.A.

Y lo que más sorprenderá a Walt es que los hmong lleguen a tenerle respeto y gratitud: a él, que es un hijoputa que les odia a muerte, que mantiene su pedacito ridículo de césped como si fuera una isla estadounidense en medio del mar del japón.

Y ese respeto y esa gratitud persistente conseguirán que Walt empiece a cambiar de ideas.

El guión de Dave Johannson y Nick Schenk es pura anécdota y se cuenta en cuatro líneas de trazo grueso, las mismas que ellos han utilizado par delinear los personajes de esta película que retrata de forma muy simple esas aventuras y desventuras de un veterano de guerra ya anciano que mantiene unos ideales totalmente caducos, apreciados como modernos y ejemplares por un grupo de orientales que todavía no han sabido adaptarse a la vida occidental por completo, manteniendo una visión de la vida repleta de dominaciones, de relaciones entre dominantes y dominados, de algún modo continuando la existencia de señores y siervos, cada uno en su propia escala de valores.

Pero eso no son más que cábalas que uno se puede hacer después de ver la película, porque ni en el guión literario ni en el cinematográfico se atisba nada de lo dicho.

La historia es vulgar y carente de la fuerza esperable en una película de Eastwood; los personajes, incluído el protagonista, están burdamente perfilados; los intérpretes tampoco parecen capaces de sobrevenirse a la falta de diálogos interesantes, acabando algunos secundarios en meros remedos caricaturescos de película de serie Z.

Este comentarista ha quedado impresionado por algunas opiniones que aseguran que Eastwood se despide de su condición de intérprete con un gran trabajo: nada más lejos de la realidad; posiblemente Eastwood hubiera debido abandonar la interpretación hace cuatro años. Su representación de Walt Kowalski no tiene nada de sobresaliente, apenas notable, como de hecho, lo ha sido la mayor parte de la carrera de Eastwood como actor, éxitos comerciales y popularidades aparte.

La labor como director de Eastwood en Gran Torino demuestra que conoce el oficio, pero no alcanza momentos mágicos anteriores y carece de vigor en la puesta en escena; si digo que me gustó más su labor como director en El Intercambio, creo que ya lo he dicho todo, porque la elegancia clásica -y poco innovadora- no aparece por ningún lado y cuando acaba la película uno tiene la sensación de haber pasado un rato distraído ante una pantalla llena de imágenes perfectamente olvidables, que hubieran podido llevar la firma de cualquier otro, ya que carecen de estilo propio y condición distinguible.

Decididos a verla, sin dudarlo, mejor en v.o.s.e., porque se comprueba mejor la auténtica senectud de Eastwood.

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Atención: en los comentarios, puede haber "spoilers"
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Otras películas de Clint Eastwood en este bloc:

El Intercambio (2008)

Banderas de Nuestros Padres (2006)

Cartas desde Iwo Jima (2006)

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dilluns, 9 de març de 2009

Dos mundos diferentes




John Sayles es probablemente el mejor exponente de cineasta independiente de los Estados Unidos de Norteamérica, ese país donde la industria cinematográfica se ha convertido con el paso de los años en un condicionante mediático, cultural y económico-político de proporciones gigantescas, fagocitador incansable de individualidades, sean estas personas físicas sean culturas de otros países.

Contra viento y marea y aprovechando al máximo los escandalosos pecunios que perciben los buenos guionistas, John Sayles, una y otra vez, desde que se inició en el cine de la mano de Roger Corman, ha trabajado como guionista en productos comerciales de toda índole con la declarada intención de obtener medios económicos suficientes para realizar su cine: su propio estilo de cine.

Después de obtener gran reconocimiento por su película Lone Star, rodada en 1996, Sayles se dispuso a rodar una película que de inicio sabía no iba a ser comercial en absoluto, por varios motivos:

Primero, por la decisión de filmar una historia con el apoyo y colaboración de intérpretes en su mayoría no estadounidenses, algunos casi que aficionados, y el resto apenas conocidos, con un par de salvedades: además, cada intérprete iba a expresarse en su lengua propia, resultando el inglés totalmente minoritario frente a un castellano de la América Central y una mezcla de idiomas genuinos de los ocupantes de América desde antes de la llegada de los españoles.

Segundo, porque el tema a tratar, el motivo de interés de Sayles, carece de lo que se podría llamar "gancho comercial", dedicado a exponer de forma muy verídica una situación que casi nadie desea conocer.

Esa película, titulada en el original como Hombres Armados y reconvertida en inglés como Men with Guns, 1997, es una clara apuesta de Sayles de dotar al Cine de un sentido social y documental con el verismo posible en una narración inventada sobre una idea ajena, huyendo, según afirma el autor, del género de cine político, ya que Sayles no quiere nada más -y nada menos- que plantear unas preguntas a los espectadores, sin sentir la imperiosa -y arrogante- necesidad de ofrecer una respuesta ya que, como él mismo afirma, "la respuesta la debe hallar cada cual dentro de sí mismo pues yo no la tengo, estando al mismo nivel que el espectador".

El Doctor Humberto Fuentes (Federico Luppi ) es un médico célebre y reconocido tanto profesional como socialmente que dispone de una buena consulta en la capital de un país centroamericano: hace apenas un año que enviudó y se halla próximo a la jubilación; este año desea realizar sus vacaciones en los montes de su país, tierras alejadas de la civilizada urbe donde vive, con el deseo de visitar a unos cuantos médicos que él mismo formó, un pequeño grupo de entusiastas que en su día partieron para los montes a fin de prestar servicios sanitarios básicos en lugares alejados de la cómoda capital, auxiliando a los aldeanos que viven todavía según normas y costumbres de los antepasados, habitantes ancestrales de aquellas tierras, a quienes los ciudadanos capitalinos denominan "indios", con una cierta entonación plena de desprecio.

Pese a las advertencias de uno de sus pacientes, general del ejército, y a las puyas recriminatorias de su hija y su pareja, el Dr. Fuentes, tras un inesperado encuentro con uno de aquellos médicos que desertó de esa salvífica misión, decide comprobar qué ha sido de sus discípulos en el desarrollo de esa gran idea que considera como su legado personal que le convertirá en benefactor de la humanidad.

Los avatares que sufrirá el Dr. Fuentes en el curso de su viaje convierten una expedición personal cuyo fin es comprobar in situ el desarrollo de una idea en un viaje al infierno dantesco cuyas proporciones se van ampliando conforme avanza el camino.

Con un tono casi que documental, Sayles presenta minuciosamente un forma de vida paralela que ha sido totalmente ignorada por el Dr. Fuentes, habituado a su cómoda y lucrativa consulta repleta de señoronas enjoyadas y generales poderosos. Es otro mundo, muy diferente al conocido: a pocos kilómetros de la civilización, apenas entrado en los montes, choca de repente con una realidad que le descoloca en todos los sentidos; los aldeanos, esos indios que son los descendientes de los primeros ocupantes de esas tierras abruptas, viven por debajo del umbral de la pobreza y el buen doctor percibe que, más allá de las necesidades médicas que él pensaba paliar con su espléndido proyecto, hay hambruna como primer problema: no pueden cultivar otra cosa que café, porque de contrario los "hombres armados" aparecen y les castigan sin piedad.

Huyendo del maniqueísmo fácil y del discurso político, Sayles eleva el nivel del dilema cuando al preguntar el Doctor a un indio por la identidad de esos "hombres armados", recibe como respuesta que no es el ejército de los blancos, porque en él también forman parte algunos, muchos, demasiados, indios: "cuando un indio se pone el uniforme, se vuelve blanco". Además, existe otro grupo de "hombres armados": la guerrilla popular, que asimismo condiciona la vida de los aldeanos indios, amenazando a los que considera, justificada o injustificadamente, amigos del ejército, simplemente porque obedecen ante las armas.

La violencia ejercitada en la opresión de los pacíficos es salvaje, dura y sin concesiones; los violentos son quienes determinan la vida de las aldeas, tanto con la fuerza de las armas como con el chantaje emocional de la amenaza del exterminio.

El Dr.Fuentes hallará fortuitamente un guía en el chiquillo llamado Conejo (Dan Rivera González, fantástico el jovencísimo actor), y un contrapunto en un indio desertor del grupo de "hombres armados", Domingo (Damián Delgado ) que lo primero que hará será robar la cartera del Dr. y el medio real que tiene Conejo como pago percibido por su función de guía.

Ante la queja del Dr. por el robo, Conejo tiene una frase definitoria:

Conejo: ¿cuanto dinero le ha robado ése?
Dr.: Cientos llevaba en mi cartera
Conejo:¿Pero usted tiene más dinero, en la ciudad?
Dr. : Pues claro, pero está en el banco.
Conejo:Entonces, ¿de qué se queja? a mí me ha robado todo lo que tenía en el mundo.

El Dr. Fuentes, epónimo de todos nosotros, espectadores de la película, cómodamente sentados ante la pantalla, va conociendo lentamente unas realidades hasta el momento desconocidas; unas verdades incómodas, que desde su afamada consulta ignoraba, orgulloso al aquietar su conciencia con la creación de ese grupo de jóvenes médicos que iban a desarrollar muníficamente sus saberes en beneficio de una población indígena idealizada.

La realidad de los dolorosos hechos que irá descubriendo, descenso a los horrores de un infierno terráqueo, mientras asciende penosamente por los montes, aldea escondida tras otra, le hará tambalear éticamente, estupefacto al escuchar cómo los médicos han sido "desplazados" por inconvenientes, al devenir supuestamente en partidarios de la guerrilla popular contra el ejército regulador de la situación: los "hombres armados" del ejército consideran a los médicos como a sus enemigos, y la guerrilla los mira como representantes del mundo "civilizado", del mundo de "los blancos".

Dos mundos muy diferentes, como entenderá el Dr. al explicar, a la luz de la lumbre, los variadísimos sabores de helados que pueden degustarse en la ciudad, a unos guerrilleros que jamás han comido un helado.... soñando en comer uno un día...

Las figuras del soldado desertor, Domingo, y el encuentro casual con el Padre Portillo (Damián Alcázar) que ha colgado los hábitos a causa de una terrorífica experiencia, completan un cuadro de personajes en una situación límite sin esperanza de una vuelta atrás, presionados por las circunstancias, el miedo, la culpa de atrocidades cometidas y la falta de futuro. Un futuro que se verbaliza en "Cerca del Cielo", lugar utópico donde se asegura que allí no llegan los "hombres armados" y la gente vive en paz.

Sayles configura un paisaje humano muy duro:una lucha despiadada en la que el poderoso extermina sin piedad al débil, esclavizándolo. Dotando de verismo inusual la trama, consigue trascender en su mirada un punto alejada, sin tomar partido, la simple localización del problema, otorgándole una dimensión globalizadora, esa palabra tan de moda. Al no disponer de datos concretos, esa tragedia humana se amplía: esos indios americanos son reflejo de las situaciones iguales que suceden en África y en Asia. La convivencia de una sociedad "occidental" acomodada con unas personas que están en condiciones infrahumanas, esa coincidencia en el mismo globo terráqueo de unos turistas estadounidenses que buscan "ruinas mayas" mientras a su alrededor personas mueren de hambre, produce escalofríos, hiela la médula del espectador, al fin consciente de su suerte por haber nacido en "el otro lado del mundo".

Contra lo habitual, Sayles no toma partido en su discurso: no arremete contra el capitalismo haciendo una fácil y demagógica propuesta pseudoprogresista; no culpa a nadie en concreto; como él mismo dice, no presenta soluciones: sólo presenta el problema.

Pretende que seamos conscientes de una dolorosa realidad, demasiado extendida todavía en este mundo. No busca que nos sintamos mal por nuestra fortuna: pero pretende, y consigue, que nos interroguemos internamente, que evaluemos nuestra actitud vital en relación con los menos favorecidos.

Sayles, director, guionista y montador, ejecuta limpiamente y sin trampas un ejercicio de cine social durísimo, difícil de tragar, incómodo, consiguiendo su objetivo: provocar interrogantes éticos de calado emocional. Incluso tengo para mí que el concurso de Federico Luppi como protagonista se hizo con intención: el argentino, obligado a pronunciar sus frases en un castellano "neutro" , carente de acento, no ofrece una interpretación destacable, resultando bastante apático, con una debilidad emocional evidente, lo que merma la fuerza del personaje, resaltando aun más la presencia de los desgraciados indios, verdaderos protagonistas de la película, junto con los complejos caracteres del desertor Domingo, que por una parte se comporta como amenazador, al disponer de un arma oculta, pero que no duda en entregar unas pastillas como placebo a una joven violada por los "hombres armados" que lleva ya dos años sin hablar con nadie y sufriendo dolor de barriga; Domingo se debate entre el afán de sobrevivir y el remordimiento de los males causados cuando perteneció a los "hombres armados", mientras el Padre Portillo vaga al azar huyendo de sí mismo y de una responsabilidad impuesta por los "hombres armados", con un resultado que le marcará el resto de su vida; ambos hallarán un punto final a su viaje.

Con unos apuntes musicales expresivos y una eficaz fotografía que huye de la postal bella, presentando los intrincados montes como laberintos angostos, Sayles configura el relato como un camino de toma de conciencia del Dr. Humberto Fuentes, que se enfrentará una realidad de sí mismo bien diferente de la que tenía al partir en esas vacaciones que iban a suponer un reencuentro con sus discípulos y que acaban siendo la puerta a un horror desoído voluntariamente, cotidianamente ausente de los medios de comunicación.

Una película muy dura, que reúne todos los despropósitos anticomerciales que imaginarse puedan, pero que, pese a su largo metraje, más de dos horas, es de visión obligada para cualquier cinéfilo consciente que el cine no tan sólo ha de ser divertimento, constituyéndose al fin y al cabo Hombres Armados en un ejemplo sobresaliente de cine de autor, cine independiente con claro mensaje social, lo más alejado que se pueda considerar del denominado eufemísticamente "cine indie". Imprescindible.


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Otras películas de John Sayles en este bloc:




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divendres, 6 de març de 2009

MM 22 Sabrina (1954)

Supongamos que....





Supongamos que después de esta romántica escena, ya no tengo más que decir.... porque Wilder ya lo dice todo....
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dimarts, 3 de març de 2009

El Mapa del Tesoro





Antes que nada, queridos lectores, deberíamos hacer un círculo.

Un círculo formado por todos nosotros, cinéfilos en pena, con las manos entrelazadas a modo de una güija, para así, comunicados nuestros espíritus, poder alcanzar la sabiduría que nos permitiera siquiera suponer las oscuras razones por las que en España, esa piel de toro vieja y apolillada, resulta imposible ver en los cines películas que en nuestro propio país han sido galardonadas en certámenes oficiales dedicados, es un suponer, al Cine.

La descabellada lista de despropósitos de los exhibidores patrios no empieza ni acaba con el próximo estreno de la última película de Eastwood postergada hasta después de la multimediática ceremonia de la academia de cine de los U.S.A.: empieza y no acaba con el ostensible y ostentoso desprecio manifestado hacia cualquier cinematografía que no sea la estadounidense y, por cuota de pantalla, la española, merecimientos aparte.

Hemos de ser los cinéfilos quienes divulguemos, con nuestros propios medios, obras que pueden resultar interesantes en mayor o menor grado, ante el clarísimo hurto que se nos practica de forma ya consuetudinaria, dejándonos sin la libertad de esc
oger por nosotros mismos.

Quiero agradecer a compañeros en la bloguería como 39escalones constituirse en ejemplo irreductible de las ganas de compartir sensaciones producidas por películas desconocidas por no exhibidas.

Algunas serán obras maestras y algunas otras, meros divertimentos que, comparadas con la inundación de cine "made in u.s.a.", resisten el embate muy dignamente.

Y tal y como dice el tópico, mejor dar trigo que predicar:

Kim Ji-Woon es un director de cine perteneciente a la "nueva hornada" de cineastas surgidos en Corea del Sur en los últimos años; se inició en 1998, pero este comentarista no ha visto ninguna de sus seis películas anteriores, por lo que carezco de información (y prejuicios) previos a la visualización de su última película, por la que recibió en el Festival Internacional de Cinema de Catalunya, celebrado en la vecina localidad de Sitges (El Garraf) en octubre de 2008, el galardón al mejor Director por Joheunnom nabbeunnom
isanghannom, 2008 , cuyo título en inglés es The Good The Bad The Weird y que, si por casualidad algún día se llega a exhibir en los cines de España, puede llegar a tener el título de El Bueno, El Malo, El Raro (a menos que intervenga el sobrinito o cuñado de alguien y tenga una de sus espeluznantes ideas)

Está claro que los coreanos, asiáticos ellos, no hacen como los españoles: ellos sí ven todo el cine que quieren; como está claro también que Kim Ji-Woon ha degustado una y otra vez los spaghetti-western que el llorado Sergio Leone rodó en las tierras de Almería (España) justo cuando Kim Ji-Woon nacía y era un bebé en la entonces paupérrima Corea, recién salida de una guerra que convirtió aquel país oriental en un sangriento tablero de ajedrez.

Recordando Kim Ji-Woon sus tiempos de adolescencia, cuando debió ver en el cine esas películas del mítico oeste reconvertido por Leone, decidió rendir homenaje a ese subgénero inicial que ha devenido a la primera fila y, con una forma de rodar tanto técnica como estilísticamente muy alejada, con la ayuda de su compañero Kim Min-suk, presenta con modos nuevos y en orientales tierras lejanas una historia que desde el primer momento hace repicar esa campanilla cinéfila que despierta recuerdos de antaño.

El Bueno, El Malo, El Raro no es lo que denominamos "remake", porque la historia es original; pero la construcción de la trama, esos tres personajes solitarios en su empeño, sus virtudes y defectos, indefectiblemente nos recordarán los prototípicos creados por Leone.

La definición, suponiendo que ésta sea necesaria, que no lo es, sería que Kim Ji-Woon ha querido rendir homenaje al maestro Leone: yo diría que lo ha conseguido, a su modo y manera.

Que una película actual contenga guiños a obras anteriores no es ninguna novedad, pues desde siempre disponemos de ejemplos de autores que en sus obras han querido homenajear a quienes de un modo u otro consideran sus maestros.

Kim ji-Woon, con un arranque excepcional, dinámico, pone las cartas sobre la mesa: un trío poderoso boca arriba y un par de cartas boca abajo que descubrirá cuando le convenga.





Este es un western que en vez de transcurrir por los desiertos de Almería se desarrolla por los desiertos de Manchuria en la época en que los japoneses todavía tenían la tendencia de incrementar sus posesiones manu militari. Una tierra de nadie en la que los facinerosos campan a sus anchas, armados hasta los dientes, donde los cazadores de recompensas se baten el cuero a tiros con los malhechores; una época lejana, en los albores del siglo pasado, cuando las correrías se hacían a caballo o en motocicleta, cuando el tren era asaltado con frecuencia.

Hay un mcguffin principal: un mapa que señala un punto de la enorme y vasta Manchuria: lo que señala, nadie lo sabe. Pero todos matarán por conseguirlo y poseerlo.

Y hay también dos motivos que moverán a dos de los personajes: a Park Do-Woon (El Bueno) (Jung Woo-sung) le motiva conseguir la captura de cualquier delincuente, pues su oficio es el de caza recompensas: el premio que conseguirá si captura, vivo o muerto, a Park Chang-yi (El Malo) (Byung-hung Lee) es suficiente como para emprender camino en su busca, aunque no desdeñará considerar la entrega de Kang-ho Song (El Raro) (Yoon Tae-goo, al que ya vimos en Host ),ladrón de trenes también buscado y perseguido por la Justicia. Y persiste otro motivo, más personal: El Malo pretende erigirse en el más famoso bandido de toda Manchuria (y parte del extranjero) pero en su interior se siente humillado por haber sido derrotado, años atrás, por el famoso y desconocido Cortador de Manos, terrible villano, a quien nadie que siga vivo recuerda.

Kim Ji-Woon demuestra conocer los más recónditos secretos de la cinematografía aplicada al cine de acción: los movimientos de cámara vertiginosos, con estética muy moderna, los increíbles traveling fruto de la aplicación de medios informáticos, el uso de la steedy-cam, no representan ninguna dificultad para el director coreano. En concreto, el uso de la cámara en mano es sobresaliente, ya que, contra lo que ocurre en la mareante última versión de las andanzas del Sr. Bourne
, esa cámara subjetiva sigue perfectamente a los personajes en medio del fragor de las peleas y de sus andanzas persecutorias sin causar dolor de cabeza a nadie.

La técnica cinematográfica aplicada por Kim Ji-Woon es para este comentarista novedosa en su vertiente del género western por antonomasia, pero no me atrevo a criticarla en demasía porque acabaría semejando un "outsider", un purista snob, ya que sensaciones parecidas me reportaron en su día las películas de Leone, con esos planos intensos, detenidos, esos zoom ya anticuados, y luego han surgido como espuma críticos que deben saber mucho y en su sapiencia han elevado al italiano a la cúspide: quien sabe lo que dirá la crítica dentro de diez años de este western oriental: uno ya no sabe a qué atenerse y quizás sí sea mejor renovarse que morir.

La película es sobre todo muy honrada: pretende únicamente entretener y puedo asegurar que lo consigue. La música rememora el antecedente y ayuda a disponer el ánimo para la acción y los intérpretes ofrecen una corporeidad encomiable, ya que desde luego sus caracteres no están delineados con profundidad, diría que concienzuda y concisamente asépticos, carentes de muchas emociones, salvo el rey de la función, que es El Raro.

Es cierto que una visión detenida hallará algún que otro error de bulto y lo peor es su metraje, para mi gusto excesivo, ya que dos horas y cuarto de acción acaba agotando y cansando un poco. Pero como dice un amigo mío, amante del cine de acción sin más, ya que pagas tu entrada, por lo menos que dure un buen rato. Cine pues de entretenimiento, para pasar el rato, como tantas otras que hemos visto el pasado año simplemente porque eran producciones estadounidenses, resultando atroces en mi opinión, no resistiendo la comparación con este digno producto proveniente de lugar tan alejado como Corea.

Así que ya lo saben: si buscan un producto entretenido, acción a raudales y espectáculo visual bien concebido y desarrollado, atrévanse a dejar atrás todos sus prejuicios y vean una historia de western en plena estepa manchuriana.

Ver tráiler


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dilluns, 2 de març de 2009

ESD 10 Bullit



Dedicado a todos los jóvenes cinéfilos que se quedan absortos en las escenas de persecución callejera, ahí va el origen de los orígenes:




Peter Yates, William A. Fraker, Frank P. Keller y Lalo Schifrin, igual a Bullit, 1968.

Sin palabras.

Tres semanas de rodaje, sin palabras.

Más datos, aquí.

No puedo decir nada más.... ¿y vosotros?




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