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dilluns, 17 novembre de 2008

Asesinos acomodados


Desde hace casi tres años, diciembre de 2005, he ido siguiendo en la prensa los avatares, circunstancias y avances que se han producido respecto a un luctuoso hecho ocurrido en Barcelona, hasta que hace unos días ha salido la segunda resolución (primera para los mayores de edad) judicial que concierne a los autores de una muerte horrenda, cuya resolución me ha suscitado, cinéfilo al fin y al cabo, la memoria de dos películas: la primera, la famosísima Rope del maestro Hitchcock.

La otra, una película de la que se oye hablar poco -en comparación- y que yo recordaba haber grabado de la televisión hace tiempo, cuando todavía ofrecía películas interesantes, con la extraña sensación que no la había visto, a pesar de disponer de ella.

Nada más fácil que
ir al archivo y recuperar la vieja cinta VHS y darle un vistazo:

Me refiero a una película ya a
ñeja, de 1959. Dirigida por el ecléctico y siempre eficaz Richard Fleischer y basada en una novela de Meyer Levin guionizada por Richard Murphy : se conoció en España bajo el adecuado título de Impulso Criminal (Compulsion, 1959 ) y nos da cuenta de la historia de dos jóvenes, pipiolos de la clase alta de Chicago, que en 1924 decidieron demostrar al mundo y a sí mismos que ellos, aventajados estudiantes, estaban por encima del bien y del mal.

Basada la historia en hechos
reales, los mismos que conmovieron al país en la época y suscitaron también el experimento de Hitchcock (las más largas secuencias jamás rodadas), Fleischer la adopta a sus fines particulares y le da un tratamiento verista, cercano al documental, usando un espléndido blanco y negro basado en la fotografía de William C. Mellor que, con su contraste, refuerza la abstracción de la mera actividad criminal y nos introduce en un pormenorizado estudio de la psicología de unos individuos que, creyéndose intérpretes idóneos de las teorías del Superhombre de Nietzsche , se confabulan para llevar a cabo el secuestro y ulterior asesinato de un niño.

Alejado de lo que hoy sería motivo principal de la película, Fleischer nos ahorra los detalles más escabrosos; no veremos la acción mortífera; ni siquiera se nos permite ver al pobre niño asesinado; pero la descripción de los asesinos es detallada y minuciosa,
abarcando sus entornos familiares y su relación con sus compañeros de estudios.

Judd Steiner ( Dean Stockwell, un actor prolífico donde los haya, con un misterioso e inexplicable declive artístico) es un joven apasionado por la ornitología que ejercita su brillante dialéctica con su profesor de Filosofía del Derecho; es de familia adinerada pero huérfano de madre desde los ocho años y no siente aprecio alguno ni por su padre ni por su hermano mayor, que le recrimina duramente su devoción por su único amigo, otro inteligente vástago de familia acomodada, Arthur Straus (Bradford Dillman ) con el que le une una muy peculiar relación de dependencia: nada más empezar la historia, en su preámbulo, veremos que Judd está dispuesto a atacar las órdenes de Arthur, siempre que sean conforme a lo que tienen pactado.

Esa relación de dependencia entre ambos jóvenes apunta claramente a una homosexualidad latente, oculta y torturada, no confesa, apenas apuntada (recordemos que estamos en 1959 y había censura) pero confirmada por el hecho que a ambos no se les conoce otro amigo y tampoco ninguna relación verídica, no inventada, con ninguna chica. Son dos jóvenes de muy buena familia, con un futuro halagüeño, dotados de mentes brillantes, que, por su condición de hijos faltos de afecto, se pervierten en la creencia de su superioridad que lleva a
parejada el rechazo y desprecio a sus semejantes, vistos como pobres imbéciles sobre los que ejercer su maléfica influencia, conejillos de indias dispuestos para satisfacer sus experimentos desprovistos de sentimientos, buscando alcanzar el poder del Superhombre, más allá de toda norma.

En ningún momento Fleischer retrata a esa imberbe pareja de forma que permita la simpatía del espectador; muy al contrario, imprime a la narración un punto de vista objetivo, como si de un documental se tratara, dejando que nosotros, espectadores atónitos por la maldad que albergan esos privilegiados jóvenes, vayamos conociendo sus motivaciones, horrorizados por las conclusiones que alcanzan, tanto como por la miserable condición de sus convicciones a partir del momento en que son sujetos de sospecha por un error trivial, culpándose el uno al otro sin miramientos, mostrando su egoísta debilidad.

Fleischer no toma partido ni a favor ni en contra de los acomodados asesinos; esas ricas familias huecas de sentimientos son apuntadas como uno más de los elementos que contribuyen al desequilibrio ético de los jóvenes, sin llegar a la categoría de atenuantes, ni siquiera eximentes, de su pavorosa decisión de experimentar su dominio sobre la vida ajena. Esa decisión es suya, propia, y deberá someterse a la Justicia.

Con una duración aúrea de poco más de hora y media, Fleischer, durante la primera hora, nos ha contado el cómo y quizás el porqué de un horrible hecho: el asesinat
o cometido con alevosía sobre una víctima indefensa.

Entra entonces en juego la decisión de la familia de contratar al mejor Abogado para intentar salvar a sus vástagos: el penalista Jonathan Wilk (Orson Welles , nuevamente arruinado y con buena relación con Fleischer, ya que al año anterior colaboró como narrador de la excelente The Vikings), Letrado conocido por dedicarse de forma única y exclusiva a procedimientos que llevan aparejada la posibilidad de una condena a muerte, tomará la dirección de la defensa de ambos asesinos y la historia sufrirá una alteración importante.

Wilk es contrario a la pena de muerte: su aceptación del caso, clarísima la culpabilidad de los jóvenes asesinos, se produce más por su interés de evitarles la pena de muerte que por su fe en la inocencia o condición de excusable de su atroz acto. Valiéndose de su experiencia y conocimiento de la Ley, Wilk disertará sobre la conveniencia de la aplicación de la pena capital en un monólogo de casi diez minutos que lleva a cabo de forma impecable, en un alegato inesperado en una película de la época, máxime atendidos los sesenta minutos que preceden.

Un grito de protesta contra la aplicación de la pena de muerte que alcanza categoría de heroicidad pues se produce en la vista judicial de un clarísimo caso que repugna al ciudadano, conocedor de la culpabilidad de los asesinos, desprovistos de cualquier atisbo de ética, imbuídos de una frialdad sobrecogedora por el desprecio con que observan a sus convecinos.

Un giro en la acción sorprendente que demuestra la energía social del guión tan bien presentado por Fleischer con un arrojo infrecuente en aquella época; una vuelta de tuerca más en el estudio del entorno y consecuencias de un luctuoso suceso que, cincuenta años más tarde, observamos atónitos, incapaces de comprender cómo una persona puede hallar diversión en privar de vida a un semejante.

Esa incomprensión de la terrible actividad de esos jóvenes ociosos y acomodados, acostumbrados a que nada material les falte, pervive en el espectador actual - quiero creer - a pesar que es habitual contemplar en la pantalla una violencia desaforada y desatinada donde el desprecio por la integridad física es norma; la confusión entre un producto de entretenimiento y una forma de entender la vida puede llegar a ser atroz, como inhumanos los resultados de trivializar la violencia hasta conferir a la misma una cotidianeidad muy peligrosa tan alejada de una mínima ética y de un fundamental respeto hacia los demás como poseedores del mismo derecho a la vida y a la integridad física.

Richard Fleischer, ese buen cineasta, con obras muy dignas en diversos géneros, supo llevar a buen término una historia trágica, basada en hechos reales, de una forma realista y veraz. Seguramente hay que agradecer a Richard D. Zanuck que realizara tan bien su trabajo como productor, porque, empezando por la colaboración del compositor Lionel Newman y siguiendo con la acertadísima elección de los intérpretes principales, el conjunto, sin alcanzar cotas de obra maestra, sí deviene en un muy interesante ejercicio cinematográfico alrededor del asesinato y de su más conveniente castigo.

Si además del genial Orson Welles, en un papel secundario (por su duración, que no por su intensidad) que se come la pantalla en un monólogo inesperado, hubieran participado otros buenos secundarios, con ese mismo excelente guión, digo, el resultado hubiera sido mucho más que imperdible; en cualquier caso, obra indispensable para la estantería del cinéfilo. Sin duda. Justo al lado de La Soga.






4 comentaris:

  1. Pues esta me falta... La conozco a través del hilo temático de "La soga" pero aún no la he visto. Qué pena que la tele (que no sea de pago, e incluso ésta) apenas ponga ya cine interesante...
    Tomo nota.
    Saludos.

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  2. No me extraña que no hayas podido verla, 39escalones. A su antigüedad hay que añadirle la competencia -que no es tal- de la pieza de Hitchcock más la poca cinefilia de los programadores de TV.

    Creo que vale la pena revisarla y no tendrás dificultades en hallarla, espero.

    Saludos.

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  3. Pues una de tantas, compa Josep, cuya existencia ni siquiera conocía. Y lo cierto es que exhibe una buena pinta -más allá de lo bien que tú la glosas, que todo hay que decirlo- que la hace más que atractiva. Será cuestión de, al menos, intentarlo. Que La soga, y que me perdone el amigo Hitch, ya está demasiado vista (perdí la cuenta hace ya algunos visionados...).

    Un fuerte abrazo y buena semana.

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  4. Es que esta es una película "maldita" por alguna razón que se me escapa, Manuel.

    Y estoy segurísimo que te encantará verla si tienes ocasión. Me apostaría una de fino con jamón a que, acabada, repites para ver el monólogo de Orson.

    Un abrazo.

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