Hace muchos años vi en la tele Carta a tres esposas y habiendo leído la pieza dramática de Casona mencionada en la anterior entrada de este bloc de notas de inmediato me surgió una duda, un anhelo de comprobar y saber si había alguna relación más allá de un razonable parecido: y sigo teniéndolo.
Porque uno se pone a ver la película de Joseph L. Mankiewicz titulada A Letter to Three Wives estrenada en 1949 y se queda pensando si será casualidad que el propio Mankiewicz en su excelente faceta de guionista no habría leído o visto representada en alguna parte del off Broadway la pieza de Casona en la que un amigo seduce a las esposas de sus tres amigos de toda la vida. Luego vemos que según imdb figura como guionista Vera Caspary la cual, dicen, adaptó un relato de un tal John Klempner que apareció en la revista Cosmopolitan en 1945 titulado A letter to five wives.
Mankiewicz toma las riendas y siendo uno de los pocos casos en que la unión de guionista y director en un mismo tipo nos ofrece resultados óptimos ya sabemos que habrá momentos que se nos van a quedar grabados en la memoria.
Hay una melodiosa voz en off que nos introduce en la trama: estamos en una ciudad sencilla y tranquila, cerca de la gran ciudad, con su calle mayor llena de comercios y también una zona residencial donde viven, casi vecinos, tres matrimonios que son íntimos amigos: pertenecen a una clase social privilegiada, unos con más dinero que otros, pero todos bastante acomodados: ellas hoy, que es sábado, se van con los niños de un colegio a una excursión por el lago cercano con un barco de pasajeros de paseo y justo cuando van a embarcar aparece corriendo el cartero que les entrega una carta remitida a ellas tres: a Deborah, Rita y Lora Mae, mis mejores amigas, dice, me despido de la ciudad y de vosotras en particular, porque parto en compañía de uno de vuestros maridos. Adios, Addie.
El barco está a punto de zarpar y enfrente hay una desvencijada cabina telefónica, pero las tres saben que en casa no hay marido que valga, porque los tres, Brad, George y Porter, hace horas se despidieron deseando a su mujercita un buen día con todos los chavales en el barco y acordaban acudir esa noche al baile anual del club social.
Valga decir que esa voz en off que nos apuntará circunstancias durante toda la película no es otra sino la de la propia Addie, así que deberemos estar atentos. Muy buena la decisión de convertir al personaje en una voz en off: un macguffin idóneo que incrementa la intriga sin impedir un retrato social interesante que Mankiewicz nos ofrecerá en tres flashback en los que relatará el cómo y el porqué cada una de esas tres esposas considera ensimismada las posibilidades que sea ella y no otra la abandonada por su marido.
Deborah rememora cómo llegó a la ciudad en fecha semejante, vigilias del baile anual y tímida al fin y al cabo, temerosa de causar pobre impresión a las amistades de su marido Brad, con el que se casó mientras ambos estaban prestando servicio en la marina: su presentación en sociedad es un fracaso a su entender por diversas complicaciones que surgen esporádicamente y pese a que Rita y Lora Mae se niegan a dar importancia a los percances dándole calurosa bienvenida, siempre le ha quedado una incertidumbre máxime cuando sabe que Brad flirteó en su juventud con Addie a la que todos, especialmente los varones, tienen en alta estima por su belleza, clase, inteligencia, elegancia y saber estar a bien con todos.
De las tres, Rita es la única que tiene hijos, dos pequeños, y además es también la única que trabaja: es guionista para una cadena de emisoras de radio y su sueldo les permite a ella y a George vivir dónde y cómo lo hacen, porque el sueldo de él, profesor de literatura del instituto local, no daría para tantos gastos: ella recuerda con cierta desazón la cena que organizó en su casa con los señores Manleigh, sus jefes, porque tenía la intención de presentar a su culto esposo como presunto candidato a redactor jefe de la emisora, pero cuando todo parece ir bien la Sra. Manleigh tiene la mala pata de romper un vinilo de una extraordinaria grabación de música de Brahms que George acababa de recibir como obsequio de su amiga Addie con motivo de su cumpleaños, fecha que Rita, absorta en sus planes, olvidó por completo.
Cabe decir que Mankiewicz parece ajustar cuentas con el mundo de la radio en una conversación que se va convirtiendo en agrio debate entre el profesor de literatura y la emperifollada Sra. Manleigh que pretende otorgar un lustre exagerado a la radio como medio difusor de conocimientos mientras George va aumentando su ira para desesperación de Rita que ve cómo las posibilidades de obtener nuevos ingresos desaparecen ante el orgullo intelectual de su marido, incapaz de aceptar la rendición de su vocación académica por cuatro cuartos al tiempo que se pregunta dónde estará aquella mujercita adorable que coincidía con él en el aprecio a los grandes literatos de la historia.
Lora Mae recuerda cómo Porter, dueño de la fábrica donde ella trabajaba, empezó a tirarle los tejos: la invita a cenar y ella se lo cuenta a su madre que está pasando el rato con su amiga Sadie, diminuta mujer que trabaja de lo que sea y que toda la ciudad conoce y ella también conoce a todos, no en vano lo mismo está ocupada limpiando que cocinando en casa de algunos del barrio residencial: Lora Mae va a contar que espera que Porter la vaya a buscar y se ve interrumpida por los efectos que los trenes, a toda velocidad, producen en la sencilla casa que tiembla amenazando caerse a pedazos: ella tiene un plan y el plan que ella tiene es convertirse en la esposa de Porter: él todavía no lo sabe, pero el plan de ella acabará surtiendo efecto mientras la cámara de Mankiewicz nos muestra con un poco de humor las penurias de los empleados de Porter: lo hace de ése modo porque si aplicara al lenguaje visual la fuerza crítica que aplicó con las peroratas de George, probablemente la censura se hubiera cebado exigiendo cortes de escenas.
Mankiewicz sabe lo que tiene entre manos y sabe que soterrar una crítica social -ligera, pero crítica a la postre- bajo un envoltorio romántico es buena opción para transmitir ideas al respetable público.
La problemática surgida por causa de la advertencia contenida en la misiva de Addie Ross a sus amigas con toda la mala intención de amargarles una jornada con unos críos se convierte en una exposición de debilidades personales que se sentirán intimidadas en parte por la presencia intuída de esa Addie a la que todos parecen admirar y de otra por su propia inseguridad íntima y personal y por la relación que mantienen con sus maridos respectivos, pero en ningún momento se plantean la posibilidad que el marido huidizo sea el de otra buscando una explicación que las aleje de una incógnita que se mantiene durante todo el metraje, unos cien minutos que pasan rápidamente porque Mankiewicz mantiene un ritmo alto de la narración y no hay ni un momento de flojera y cuando uno repasa mentalmente todo lo que la cámara nos ha ido mostrando queda patente que Mankiewicz ha logrado, una vez más, remarcar cuestiones que a priori no esperarías hallar leyendo una sinopsis que, desde luego, no te ayudará en absoluto a entender cómo acaba la película.
Apuntar que esta fue la última película en la que el soberbio trabajo de Thelma Ritter quedó sin acreditar y que el elenco en su conjunto realiza un trabajo memorable aunque algunos se luzcan más que otros y que aunque no haya escena alguna subida de tono, la simple sospecha hizo que se cualificara como película para adultos.
En definitiva, una película a disfrutar prestando mucha atención a todo lo que se ve y se oye pues conociendo cómo las gastaba el amigo Mankiewicz en su doble condición de guionista y director, no podemos sino asegurar que es una imperdible muestra de cine de autor. De las de verdad.
Alejandro Casona fue un escritor español que como otros intelectuales puso pies en polvorosa cuando la guerra civil española se le hizo insoportable y después de haber llegado a América en México acabó por domiciliarse en Argentina donde escribió la mayor parte de su obra dramática hasta que ya entrados los años sesenta del siglo pasado regresó a España donde todavía escribió y estrenó una pieza recordada por el aficionado veterano.
Como he relatado en otras ocasiones, la prohibición (tan ligera como provocadora) de leer abundantes piezas de teatro que estaban a mi alcance consiguió que ya en mi primera adolescencia leyera con fruición algunas obras de teatro escritas por Casona y entre ellas está Las tres perfectas casadas que se estrenó en Buenos Aires en 1941.
Nos hallamos ante un melodrama basado en una situación inesperada:tres matrimonios formados por tres amigos inseparables y tres amigas íntimas desde la niñez que se casaron hoy hace dieciocho años en la misma ceremonia se aprestan a cenar celebrando el común aniversario y esperan la llegada del que fue padrino de esas bodas, pero éste no llega: se recibe aviso de que ha fallecido en accidente aeronáutico que llena las noticias de la noche, como llegan a saber los tres maridos, que se disponían a charlar en ausencia de sus esposas, en otra habitación.
El huésped de todos ellos asegura que tiene en su poder una carta del finado para ser leída por los tres amigos en caso de su fallecimiento: la misiva es una despedida que finaliza admitiendo que les engañó a los tres con sus relativas esposas.
La situación cambia drásticamente de pretendida comedia de clase alta a drama personal que cada marido enfrenta a su manera pero todo se agravará cuando al día siguiente el solterón comparece vivito y coleando y tomando a la ligera la certeza de sus aventuras sexuales con la esposas de sus amigos confirmándolas sin ambages.
Lo que ahora denominamos como infidelidades matrimoniales era en 1941 un caso clarísimo de delito de adulterio que no fue eliminado del Código Penal hasta varios años después: en España en 1978, en Argentina en 1995 y en México en 2011, si no yerro en mi documentación para situar en su lugar una propuesta de Alejandro Casona que se podría decir que ha envejecido mal por su temática básica y por emplear Casona un lenguaje que resulta excesivamente correcto causando la sensación de frialdad que no le conviene en absoluto porque lo que pretende el autor es presentar una amplia panoplia de sentimientos que van desde un machismo pretencioso hasta un amor soterrado por temor a los condicionantes sociales propios de una época en la que el adulterio recaía siempre sobre la cabeza de la mujer, quedando libre el hombre, motivo determinante de su derogación en los tres países mencionados, siendo preciso apuntar que todavía existe en diferentes países en la actualidad.
La realidad de los amoríos extra matrimoniales de esas tres perfectas casadas oculta en parte la traición para con los amigos de toda la vida que no queda resuelta como tampoco las consecuencias en los tres matrimonios que evidentemente no eran tan felices como se presuponían pues las tres esposas se dejaron seducir de muy buenas ganas y con un sentimiento que tampoco se ocupan en denegar o declarar como extinto, todo ello en diálogos educados por no decir edulcorados que en su época debieron resultar provocativos y escandalosos por mucho que algunos críticos quisieran negarlo porque abandonando la realidad temporal del adulterio lo cierto es que éste se ha despenalizado definiéndolo como infidelidad que puede ser causa de divorcio pero ante la falta de admisión y conformidad cornúpeta lo cierto es que las infidelidades suelen ir acompañadas de sufrimientos diversos.
No fue hasta 1953 que se estrenó en México Las tres perfectas casadas dirigida por Roberto Gavaldón y protagonizada por estrellas de la época como Arturo de Córdova y Laura Hidalgo, en una versión que logra alejarse de cierta claustrofobia teatral a base de grandes escenarios que nos presentan el conflicto en una clase social alta que representa muy bien los arquetipos diseñados por Casona, con algunos pequeños cambios pero conservando la estructura y buena parte de los diálogos de la obra original.
Gavaldón rueda con elegancia una trama contenida en sus formas probablemente para no traspasar muchas líneas marcadas en la época y entorno en el que se presentaba la película, de cuyo estreno en España no he conseguido noticia alguna, lo que no me extraña atendida la censura imperante en aquel momento.
Los intérpretes componen sus personajes con solvencia, naturalidad y fuerza diciendo sus frases con la convicción necesaria para dejar patentes unas situaciones inesperadas, exasperantes, dolorosas y causantes de angustia sin que hiperbolicen manteniendo una mesura ejemplar que apunta al texto como resolución de una trama que merecería un tratamiento más trágico y se mantiene casi que circunspecta, dejando al espectador la suerte de rememorar todo lo visto y decidir por sí mismo.
Esa película puede verse en youtube a fecha de hoy en el siguiente enlace:
Como quien dice para celebrar que Alemania había ocupado Francia en un mes y medio Goebbels decidió aprovechar la industria francesa del cine para entretener al francés sometido con aparente guante blando y puño duro en un intento de reemplazar paulatinamente las costumbres y convicciones de los galos abandonados y desasistidos por un ejército inútil y un gobierno que salió por patas con más miedo que honor.
Goebbels fundó con capital alemán la compañía Continental-Films y se aprestó a contratar a Christian-Jaque para que dirigiera tres películas y el afamado director procuró que en su contrato se le diera libertad para rodar sin someterse a órdenes de la empresa ni tampoco a dejar que el montaje final lo hiciera algún productor ideológicamente diferente, lo que, evidentemente, no le daba carta blanca frente a una censura vigilante.
Para la primera película Christian-Jaque propuso -y le aceptaron- una idea basada en una novela corta de Pierre Véry, especializado en temas de intriga de corte criminal, una pieza titulada, como luego lo fue la película L'Assassinat du Père Noel estrenada en Francia en octubre de 1941 y en España nunca, por motivos que podemos imputar al gusto de cada cual que seguramente acertarán porque la censura cerril era omnipresente y ya con el título la cosa pintaba mal.
Sin haber tenido la ocasión de leer la novela original pero teniendo una idea aproximada de su sinopsis argumental, resulta diáfano que la intervención de Charles Spaak comporta una ampliación considerable de todos los aspectos constructivos de un guión que excede de forma brillante una simple y efectiva intriga, lo que no nos puede sorprender porque ya vimos en su momento cómo se las gastaba Spaak en la construcción de personajes secundarios en La kermese heroica que repasamos hace ya más de once años, precisamente otra película que tardó 34 años en estrenarse en España.
Si la inteligencia y habilidad de Spaak se nos hacen patentes en el dibujo de todos los personajes y los diálogos, la labor de Christian-Jaque no es menos sobresaliente porque las alegorías se suceden unas a las otras y rápidamente el espectador percibe que en esta película a priori sencilla nada es lo que pretende ser y que la lógica materialista brilla por su ausencia porque tanto los condicionantes físicos como los anímicos harán que en esa diminuta población las incógnitas y los misterios nos dejen francamente descolocados y la forma de rodar de Christian-Jaque nos aplica una velocidad plácida pero constante, sin un momento de transición en el que reflexionar acerca de lo que estamos viviendo en la pantalla, una sociedad que a estas alturas del siglo que vivimos nos parecerá como poco absurda, imposible, utópica.
Estamos en un pueblo de la Alta Saboya, más arriba de Chamonix, y es la vigilia de la Navidad y la nieve ha caído con tal abundancia que el pueblo ha quedado casi sepultado y definitivamente cercado e incomunicado del resto del mundo porque ninguna carretera de las cuatro que llegan está practicable, lo que significa que los aldeanos están aislados y deberán valerse por sí mismos ante cualquier necesidad.
¿Tienen esos franceses algún problema? Pues no: todos están en sus ocupaciones habituales que la nieve no les impide desarrollar: el maestro trata con disciplina y rigor a sus alumnos en una relación de complicidades y el viejo Cornusse sigue empeñado en conseguir su obra maestra, el mejor globo terráqueo que habrá hecho en su vida y la casa solariega del poblacho recibe de sorpresa el retorno de su dueño, un aristócrata que ha dado la vuelta al mundo buscando el amor de su vida y llega pidiendo al farmacéutico una poción que ¡ay! éste sabe se aplica para la lepra y se corre la voz por el villorrio, mientras la mare Michel se presenta en cualquier parte preguntando, como siempre, si alguien ha visto a su gatito, extraviado quién sabe desde cuanto tiempo hace ya.
Estamos ante unos personajes que cabrían mejor en una película surrealista que en un policial al uso, porque cada uno goza de unas peculiaridades excéntricas que a nadie sorprenden, lo que nos convence que esa sociedad aislada del mundo es muy particular: las puertas no se cierran, la gente deambula de una parte a otra compartiendo cuitas y cotilleos y los chavales hacen travesuras corriendo entre las nieves y nadie parece tomarse en serio nada de lo que observan con cierta displicencia, hasta que al cura alguien le ha dejado en el suelo de un garrotazo y luego, en la misa del gallo, cuando acabada ésta la banda escolar dirigida por el maestro se dedica a tocar con gran alboroto proclamando una laicidad en provocación anual no por conocida menos protestada y celebrada, resulta que la joya de la parroquia ha desaparecido y todos apuntan a que ha sido Papa Noel el que lo ha robado, pero nadie lo cree, porque todos saben que, desde hace treinta años, el bueno de Cornusse se disfraza de Papá Noel y se dedica a visitar todas las casas del villorrio que tienen algún infante bajo su techo y Cornusse es una institución llena de bondad y, en noches como esa, también de chupitos de licores varios, no en vano en cada casa que visita debe hacer los honores.
La riqueza de detalles es tal que habría que desgranarla en varios folios y no es ése el cometido de este comentarista, realmente asombrado por un guión que extrañamente hasta ahora era total y absolutamente desconocido y su visión en pantalla nos podría permitir un animadísimo debate en el que tomar en consideración las evidentes alegorías políticas de la situación real en que Christian-Jaque rodaba su película, una Francia ocupada bajo el manto protector del régimen nazi, con unas supuestas libertades que no eran tales y unos delitos que parecen imposibles pero que suceden y que no se podrán resolver sin la ayuda de los que están fuera, pero cerca, del poblado.
Cada personaje tiene su carácter muy peculiar, individual, diferente, pero esos detalles no tan sólo son aceptados por todos sino que son relativizados con respeto a la idiosincrasia de cada individuo y todos se unirán con espanto y asombro cuando unos críos, buscando a Papá Noel porque no se ha presentado en su casa, lo hallan tendido en la nieve, muerto.
El misterio queda servido y la intriga provoca que entre todos se pongan a buscar al responsable, porque la ayuda policial no alcanza a llegar al pueblo y con cierta ansiedad esa sociedad idílica empieza a sospechar que alberga un monstruo en su seno.
Christian-Jaque se vale de la nieve como causa de una cierta sensación creciente de claustrofobia que se verá trufada de descubrimientos que de alguna forma romperán levemente el surrealismo antecedente, pero no lo bastante como para desestimar las alegorías plantadas con la evidente intención de superar una censura que a todas luces ni se percató.
Esta es una película descubierta por casualidad y sorprende no haber tenido conocimiento de la misma anteriormente porque sin duda goza de un guión superlativo, inimaginable en el siglo que padecemos lleno de estulticia y falta de ideas, un director que sabe usar la cámara para reforzar y mostrar unas ideas que nos apresarán desde los primeros minutos y unos intérpretes que ayudan no poco a mantener el nivel de ficción pletórica de una falta de realidad que permite lecturas muy diferentes y ninguna descabellada del todo, lo que, en definitiva, es lo que cabe esperar de una obra artística y ésta, créanme, lo es. Y de primera. No se la pierdan.
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