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dijous, 22 de maig de 2008

Pigmalion (1)


George Bernard Shaw fue un escritor irlandés devenido en londinense que brilló en los inicios del siglo pasado. Prolífico autor de novelas, ensayos y piezas teatrales, se manifestó constante en las ideas que expuso en toda su obra literaria con tal fuerza y convicción que, a la postre, cuando la Academia de Suecia le otorgó el Premio Nobel distinguiéndolo como escritor, dispuso que el montante del premio se destinara íntegramente a la traducción al inglés de los literatos suecos.

Dos de sus convicciones fueron la ideología pro socialista dictada al amparo de la corriente fabiana y la necesidad imperiosa de cuidar de la lengua inglesa, al punto que en su testamento incluyó un codicilo en el que ordenaba la creación de una fundación en pro de un nuevo alfabeto, lo que acabó tomando forma como un experimento atípico, el alfabeto shaviano

Claro exponente de sus convicciones es la obra Pigmalión, escrita entre 1912 y 1914. Shaw se basa en el mito relatado por Ovidio, en el que Pigmalión, rey, sacerdote y escultor, crea la figura de una bella joven, a la que llamará Galatea, enamorándose de la inerte figura, hasta que ésta, por intercesión divina, cobra vida, colmando de felicidad a Pigmalión.

Shaw, redomado polemista poseedor de un agudo sentido de la ironía, tomará el mito como base para presentarnos una historia donde el amor será cuestión circunstancial, casi ajena: el Profesor Henry Higgins, destacado filólogo y lingüista, experto mundial en fonética inglesa, traba conocimiento mientras se guarece de una imprevista lluvia, con el Coronel Pickering, acaudalado lingüista conocedor de los dialectos hindúes; ambos se admiran mutuamente por su labor sin conocerse personalmente. Testigo de ese encuentro casual será Eliza Doolitle, vendedora callejera de flores, con un deplorable uso del inglés, cuyas expresiones son recogidas en una libreta por Higgins, transcritas en un alfabeto fonético indescriptible.

Higgins invita a Pickering a irse a vivir con él, augurando entusiastas veladas, asegurando a su nuevo amigo -y muy pagado de sí mismo- ser capaz de reconvertir a esa violetera mojada por la lluvia en una perfecta señorita capaz de expresarse correctamente, gracias a sus técnicas en la fonética.

Al día siguiente, Eliza se presentará en casa de Higgins con la pretensión de recibir clases de lengua, haciendo una oferta económica que Higgins no podrá rechazar: un chelín por clase.

Higgins, que está en compañía de Pickering, le dice:

"amigo Pickering: un chelín, en comparación con los ingresos de esa muchacha, equivale a sesenta o setenta guineas pagadas por un millonario... Ella me ofrece dos quintas partes de su ingreso diario... Es espléndido, es enorme. Es la oferta mayor que me han hecho hasta ahora."

Shaw introduce rápidamente un conflicto de clases superado por la comprensión de su alter ego, un Higgins loco por la fonética adulterada del idioma inglés, que no vacila en tomar la decisión de ponerse a trabajar con Eliza para dotarla de un dominio de la lengua del que carece; Pickering le apuesta que en el plazo de seis meses no podrá conseguir educar a Eliza lo suficiente para ser reconocida como una dama en un acto de la sociedad londinense, apuesta aceptada de forma entusiasta por Higgins, ante la incomprensión de la joven, que pretende mejorar su dicción simplemente para acceder al puesto de dependienta en una floristería.

Después de un período de tres meses durante el cual la joven florista será obligada a pronunciar palabras hasta la extenuación en busca de la pronunciación más correcta, Higgins presentará a la joven en sociedad aprovechando una "soirée" en casa de su madre, donde coincidirán con la señora Eynsford Hill, dama venida a menos económicamente, acompañada por sus dos hijos, cayendo el joven Freddie rendidamente enamorado de Eliza, quien consigue hablar correctamente, pero demostrando carecer de la más elemental educación, siendo el experimento un fracaso.

Higgins en todo momento ha afrontado la educación de Eliza como un reto personal, una batalla contra la estulticia representada por los múltiples errores de pronunciación; los brotes de rebeldía de Eliza, extenuada por horas de constante esfuerzo repitiendo interminablemente vocales y consonantes, son incomprendidos por Higgins y por Pickering, adultos que no tienen otro amor conocido que su pasión por la lengua como medio de transmisión de conocimiento; para ellos, Eliza es un diamante en bruto que pulir, una joya que deberán engarzar en la mejor diadema.

Tres meses después, al fin, Eliza será presentada en sociedad, con éxito: vemos su llegada al hogar, donde Higgins y Pickering se felicitarán mutuamente por el éxito de la empresa, ensalzándose mutuamente, indiferentes a Eliza, que, llorosa, atemorizada por su futuro, no dudará en espetarle a Higgins, cuando éste le asegura que, si lo desea, podrá casarse con un millonario:

"Yo vendía flores, pero no me vendo a mí misma. ahora que usted me ha hecho una señorita, ya no soy capaz de vender cosa alguna. ¡Ojalá me hubiese usted dejado donde yo estaba!"


Shaw revierte el mito. Su Pigmalión es distinto. Higgins ha conseguido esculpir una dama bien educada y perfectamente hablada partiendo de una vulgar y tosca florista callejera, pero, conseguido su objetivo, pierde el interés por ella; y tampoco ha estado pensando mientras educaba, cual iba a ser el futuro de Eliza.

Los brillantes diálogos de la pieza son una constante lucha entre Eliza y Higgins, personaje excéntrico y nada caballeroso que se autodefine y exculpa a sí mismo asegurando que trata a todos por igual, sin distinción de clases. Pero Eliza lo tiene claro: la diferencia entre una florista y una dama no reside únicamente en su propia condición y educación: reside en la forma en cada una es tratada por un caballero. Por eso aprecia al Coronel Pickering, que siempre la ha tratado como a una señorita.

Shaw nos relata esa ascensión de clase social por medio de la obtención de una educación superior, permaneciendo la duda del futuro.

Y no contento con ello, crea en el padre de Eliza, el barrendero Doolitle, a un personaje en principio libre, optimista, enemigo acérrimo del trabajo y poseedor de una filosofía vitalista y desvergonzada que pasará de ser un feliz sablista, borrachín y mujeriego, a formar parte de la clase media alta, en virtud de un legado que le proporcionará una renta vitalicia de cuatro mil libras anuales y con ese dinero dejará su libertad en manos de multitud de parientes y amigos antes desconocidos que ocuparán su lugar de felices sablistas importunándole constantemente, incluso convenciendo a su compañera de la conveniencia de contraer matrimonio, viéndose abocado a una indeseada vida burguesa, incapaz de rechazar la lluvia de dinero que, caído del cielo, ha sido su maldición.

La pieza teatral, muy bien escrita, dotada de un fino humor y pletórica de ironía,presenta pues varias líneas en las que Shaw disecciona con su mirada crítica cual bisturí afilado los convencionalismos de la sociedad victoriana al tiempo que hace un indisimulado proselitismo de sus teorías políticas y su pasión por la lengua bien hablada, en el convencimiento que el lenguaje es la herramienta base para la correcta comunicación inteligente de los humanos.

Higgins, desde luego, no es un émulo sentimental de Pigmalión; su única semblanza, en el desarrollo de la acción, es la pasión que le impulsa a dotar a esa joven Eliza de un dominio expresivo del que carece; la actitud de Higgins para con Eliza durante toda la fase de instrucción -manu militari- puede confundirnos en lo esencial: no es un misógino; más bien un misántropo, alejado de todos cuantos le rodean. Su madre, desesperada ante su soltería y malos modos, le pide que no se presente en casa justo el día en que "recibe", ya que le espanta a sus amistades.

Cuando la Sra. Higgins acoje en su casa a la desesperada Eliza, advierte a su hijo que, si no se porta bien con la joven, mandará echarlo. El desesperado Higgins del acto final se da cuenta, de repente, que no podrá acostumbrarse a vivir sin Eliza, y porfiará con ella para convencerla, resistiéndose a perder su compañía pero sin dar el paso que ella espera: Eliza desea ser amada, pero Higgins sólo desea compañía y amistad:

Higgins: ... En verdad, Eliza: ahora eres una señora. Así me gustas. ahora es cuando te suplico que vuelvas a mi casa y no discutamos más. Tú y yo.. y Pickering seremos en adelante tres solterones amigos en vez de dos hombres y una niña boba.

Eliza: Es que yo no tengo vocación para solterona.


Higgins: Tú vente a casa y no te preocupes más.


Eliza: (sonriendo) En fin, por no desairarle...


El final queda abierto, pero Shaw se permite escribir un post-scriptum o epílogo en el que aclarará, con un estilo totalmente diferente, más cercano al ensayo que a la sintaxis de dramaturgo, que, al fin y al cabo, Eliza se casará con el inútil de Freddie, aunque siempre será bien recibida, con gozo, en la casa de Higgins y Pickering.


6 comentaris :

  1. Fenomenal repaso a esta historia mítica. De Shaw siempre recuerdo su anécdota con Isadora Duncan, cuando ésta le sugirió que ambos debían casarse puesto que sus hijos tendrían la inteligencia de él y la belleza de ella. Shaw contestó: mejor no correr el riesgo de que nazcan con mi belleza y su inteligencia.
    Lo dicho, un maestro.
    Saludos

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  2. Gracias, 39escalones; desde luego, Shaw es una fuente de anécdotas: cuando se estrenó Pigmalion, Shaw mandó a Churchil dos invitaciones para el estreno, con una nota:
    "Le mando dos invitaciones, por si acaso tiene algún amigo que pueda acompañarle"

    Y Churchil le respondió:
    "siento no poder asistir, pero agradecería me mandara dos invitaciones para la segunda representación, caso que la haya"

    Desde luego, eran otros tiempos y otra forma de debatir ideas contrarias...

    Saludos.

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  3. Pedazo(s) de post(s), Josep. Desde luego, los irlandeses Bernard Shaw y Oscar Wilde pusieron el listón altísimo en lo que respecta a diálogos ingeniosos. Me gusta mucho Pigmalion, o My fair lady, como prefieras llamarla, sobre todo por esos tres grandes personajes que son Henry Higgins, Eliza Doolittle y el padre de Eliza. Fijáte que no siempre he entendido el final de la misma manera, en algunas ocasiones he pensado que para que Eliza consiga su total desarrollo como persona y mujer debe dejar al profesor Higgins, pero en otras pienso que aunque él se ha portado tan mal con ella, los dos están unidos por una relación muy especial y ella nunca encontrará a nadie tan brillante como él.
    Ssbía lo de la anécdota de Churchill, otro viejo zorro que no se quedaba atrás en lo que a frases brillantes respecta.

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  4. Muchas gracias, Alicia.

    Esos tres personajes son verdaderos bombones.

    Esa forma tuya de entender el final casa perfectamente con el epílogo post-scriptum de Shaw, que asegura que, naturalmente, Eliza se casa con Freddie porque necesita a alguien que la ame locamente, pero que nunca podrá dejar de disfrutar de la compañía de Pickering, que la trata como a una señora, y de Higgins, que seguirá seduciendo su mente.

    Saludos.

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  5. Aquí soy quinto!

    Vaya!! No sabía tantas cosas que he sabido gracias a esta entrada.
    En primer lugar, lo del Nobel y a qué dedicó el dinero recibido.
    Y lo de que Eliza se quedará con el inútil de Freddie... Lo había leído alguna vez, pero no lo recordaba. De hecho, el final de My fair lady me gusta más que el de la obra teatral (que no he leído (ja,ja).. opinión sin conocimiento, qué atrevimiento!)... Vamos, que viendo el final que da Shaw (y luego su apéndice final) donde Henry le dice que no necesita amor sino compañía.. En My fair lady yo (que igual soy sólo yo) quiero creer que se ha enamorado (es lo que me transmite su último tema.. que la compañía se la da ya también el Coronel).

    Por cierto, la voz de Audrey se oye parcialmente en el tema de Espera y verás... En youtube descubrí algunos temas de la película sin el doblaje de Marni.. No lo hace mal la verdad, pero como dice mi mujer, no hay comparación posible.

    Por último, conocía la anécdota de Alfredo,pero no la tuya acerca de Churchill.

    Un abrazo.

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  6. Pues espero, David, que la entrada te haya abierto el apetito por leer la obra original, porque es divertidísima, está muy bien escrita (y traducida) y se lee de un tirón: cuando has visto las películas o las representaciones en teatro, leer el original es una suerte de rememoración muy placentera...

    Un abrazo.

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