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dissabte, 23 d’agost de 2008

Calcetines Negros



La foto que encabeza es la respuesta al Examen de Cinefilia (Parte IX)

Además, es para mí la perfecta representación de una diversidad de formas de entender la vida que sustentan el relato de una película que el astuto Billy Wilder, ya en edad de jubilación (los genios, empero, no se jubilan nunca) realizó basándose en una idea de su amigo Samuel A. Taylor que guionizó juntamente con su otro amigo I.A. L. Diamond un trío de ases vencedor en toda regla en el campo de la ironía y el sarcasmo dotado del más brillante humor.

En la foto podemos ver al ejecutivo estadounidense Wendell Armbruster Jr. (Jack Lemmon ) como trata con sus propios calcetines negros ocultar, sin conseguirlo, la visión de los pezones de la londinense señorita Pamela Piggott (Juliet Mills) , desnudos ambos como están encima de unas rocas cabe la isla de Ischia, frente al legendario Vesubio.


¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué pasa después? Trufemos de "spoilers" el comentario, no en vano se trata de una película rodada por el comediante Billy Wilder e
n el año 1972: titulada inapropiadamente en España como ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, Avanti! pertenece a esa saga de muy buenas películas que, formando parte de la filmografía de un gran cineasta, por motivos inexplicables ha sido comúnmente menospreciada como obra menor. Claro que cualquier director actual daría algo más que un dedo por apuntársela en su currículo.

Bajo la apariencia de una comedia amable, el gran Billy despliega un ataque demoledor a la sociedad estadounidense -otro más en su fecunda carrera- con unas cargas de profundidad basadas en diálogos chispeantes, ocurrentes y divertidos, a una velocidad
tan bien dosificada como sólo los genios saben planificar.

Wendell Armbruster Jr. es un acaudalado ejecutivo de la compañía familiar presidida por Wendell Armbruster Sr.,
una amalgama de negocios de todo tipo que le permite hacer esperar a un avión hasta que en su jet privado llega hasta la mismísima escalerilla de acceso. Vestido con su ropa de jugador de golf y provisto de un maletín de mano se introduce en el avión, tomando asiento en primera clase al lado de un obispo que, aterrorizado ante el inminente despegue, no hace más que rezar compulsivamente un rosario. Vemos a Wendell cambiarse de asiento y murmurar unas palabras al oído de un hombre, procediendo ambos a entrar en el aseo del avión. Las azafatas al verlo llaman incluso al comandante de la nave y todos están pendientes de la puerta del aseo que se abre dando paso a los dos hombres, que se han intercambiado atuendo. El obispo vuelve a rezar frenéticamente su rosario, evidentemente escandalizado.

Este inicio, sin palabra alguna, define la socarronería de Wilder.

La sorna e ironía del gran Billy se despliega por momentos y hay que estar muy atento para no perderse ni un detalle, aunque el resultado final no se resiente por la pérdida de alguna broma ya que el conjunto quedará perfectamente dibujado.

Armbruster viaja hasta la bella Ischia con el doloroso deber de recoger los restos de su padre, Wendell Armbruster Sr., que finaliza de forma trágica su décimo veraneo mediterráneo. Quizá por la causa, Wendell se nos antoja un hombre desabrido, malencarado, amargado, que lo quiere todo a la voz de ¡ya! y chocará con la forma de entender la vida de los italianos:

Armbruster: "¿Tres horas para almorzar?"
Carlucci: "Sr. Armbruster... aquí no nos vamos corriendo a la cafetería a comernos un bocadillo con un refresco, aquí vamos piano, piano. Cocinamos nuestras pastas, luego les echamos queso, bebemos vino y amamos" .
Armbruster: "¿Entonces qué hacen por las noches?".
Carlucci: "Volvemos a casa a ver a nuestras esposas."

Carlucci (Clive Revill ) es el director del hotel en el que se hospedaba el finado; llegan a su puerta, y el agrio Wendell dice:

Wendell: No se parece en nada al Ritz.
Carlucci: (Muy orgulloso) Muchas gracias, señor Armbruster.

El estadounidense se queja porque los grifos señalados con la "C" dan agua caliente en vez de fría ("cold") y se exaspera porque su modo de vida choca frontalmente con todo lo que encuentra. Incluso la presencia de una joven británica, londinense por más señas, una tal Pamela Piggott a la que ha conocido en su periplo desde Roma a Ischia, le parece una persecución insoportable. Pero resultará que Pamela es la hija de la acompañante de su padre en el fatídico accidente de coche que acabó con la vida de ambos. Intentando ser amable, después de su metedura de pata, Wendell tratará condescendiente a Pamela, hasta comprender que su padre, el honorable Wendell Sr., mantenía una relación con la difunta Mrs. Piggott.

El escandalizado Wendell Jr. se pone a gritar frenético contra la figura de su padre que, poco antes de fallecer, tuvo un "lío" con una inglesa. Pamela, orgullosamente ofendida por el trato dado por Wendell a su madre, le aclarará que no fue un amor de un verano, sino un enamoramiento mantenido durante los diez años que se vieron como marido y mujer en Ischia, lo que hará que Wendell, prototípico estadounidense calvinista se derrumbe al conocer la verdadera idiosincrasia de su propio padre que ocultó a su esposa e hijo dilecto tal relación extraconyugal por una década.

Billy Wilder aprovecha el enredo sentimental para arremeter con precisión y sin falsas posturas morales contra la hipocresía de la sociedad estadounidense; el escandalizado Wendell contrasta vivamente con la naturalidad con que Pamela desde el primer momento ha sabido la relación de su madre, admirando y envidiando a un tiempo la felicidad que la misma aportó a la difunta, pese a la necesaria brevedad de los encuentros amorosos, del 15 de julio al 15 de agosto de cada año. Para Wendell Jr. la situación es de clara sorpresa, al comprobar cómo todos los componentes del hotel, desde el director hasta el conserje, el maître, el barman y los músicos de la orquesta recuerdan con cariño a su padre, expresando sinceramente sus condolencias por el fallecimiento, entendiendo que esa expresión sincera de unos para él desconocidos choca contra el multitudinario entierro que se halla preparado en Baltimore, en el que se cuenta con la presencia del Secretario de Estado,Mr. Henry Kissinger, para rendir honores al magnate fallecido.

El comportamiento de Wendell Jr. como omnipotente estadounidense que obtiene allá donde va la aquiescencia de todos se ve mermado por el natural comportamiento de todos esos "extranjeros" que, siguiendo sus cotidianas costumbres, parecen querer entorpecer sus deseos. El orgulloso yanqui se las ve y desea para seguir adelante con su acelerado plan, presentado por Wilder como prototipo del estadounidense que, cegado por su ignorante orgullo, piensa que todos están a su servicio, absorto en su propia importancia, comprobando en su propia carne cuan distinta es la realidad. La falta de respeto del estadounidense por las culturas ajenas se irá diluyendo de forma progresiva al tomar conciencia Wendell Jr. que los demás no tienen la más mínima intención de doblegarse a sus deseos, mientras comprueba estupefacto cómo la figura paterna va cambiando al entender que donde realmente se sentía feliz su padre fue en Ischia, un mes cada año, convirtiéndose de temible tiburón de las finanzas en adorable enamorado de una mujer que siempre le ocultó ser únicamente la manicura del hotel Savoy de Londres.

Un choque de clases sociales y de mentalidades que se muestra diáfano cuando, siguiendo a Pamela, Wendell consiente en bañarse desnudo al alba gozando de la vista del amanecer sobre el Vesubio, como lo hacían sus padres cada mañana. Cuando la desnuda Pamela saluda feliz a unos pescadores, Wendell se saca sus calcetines negros para intentar tapar púdicamente aquello que Pamela con naturalidad asombrosa para él (y más para la época) muestra ella sin recato alguno.

Wilder no deja de meter puyas cuando dice

Carlucci: Dígame, Sr. Armbruster:¿Lo de los calcetines negros, era para guardar luto?


Porque Carlucci ha visto las fotografías de la pareja desnuda que tomó...

No: dejemos cosas en el tintero, para no destrozar el ingeniosísimo guión que entremezcla diversas líneas argumentales para mantener una historia que se sigue, tantos años desde su rodaje, con la misma frescura que si hubiera sido rodada ayer. Un guión fantástico, brillante, que sabe tratar a un tiempo la crítica ácida y corrosiva de una forma de ser y pensar con la presentación de unos personajes inolvidables, aún cuidando los gestos que deberán hacer como parte de su personalidad; con críticas cinéfilas incluídas en guiños de la actualidad de la época e incluyendo tramas de intriga que servirán para divertirnos mientras de nuevo inciden como torpedos en la línea de flotación principal, la forma de ser de los prepotentes estadounidenses; nada se queda al azar y todo tiene un fin concreto que se revela conforme avanza el metraje.

Una historia actual, quizás porque nada parece haber cambiado en tantos años; los estadounidenses no parecen haber aprendido nada de las burlas que Wilder convierte en acerada crítica a una forma de ser y pensar en definitiva provinciana, mostrando un orgullo cerril que impide entender y respetar la importancia de otras formas de ser, sentir y pensar.

Los acontecimientos producirán en Wendell un cambio de mentalidad; la postura de Pamela, que nada quiere de él salvo su cariño, negándose a recibir ayuda económica del potentado estadounidense pese a ser una manicura con ciertas dificultades económicas, le harán entender que el dinero no puede con todo; el aprecio de Carlucci por los difuntos y el honor con que los italianos de Ischia miembros del hotel tratan la memoria de su padre y de su decenal amante, le sorprenderá y, a la postre, aceptará de buen grado que quizás su padre era un hombre afortunado y se aprestará a restituirle como ejemplo, respetando de nuevo la figura paterna, reconciliándose consigo mismo.

Wilder caricaturiza con buena mano a todos los que pasean frente a su cámara: la hermosa Pamela (impresionante Juliet Mills) tiene complejo de gordita, pero adelgaza con los momentos de felicidad que halla con el cada vez más tierno Wendell (Jack Lemmon, como siempre, perfecto), y los personajes italianos, encabezados por Carlucci (una creación magnífica, superlativa, del gran actor australiano Clive Revill), ora tienen ese aire picarón, ora parecen remedos de mafiosos que saben discutir un precio con mucha más maña que el propio ejecutivo Wendell Armbruster Jr., que acaba pagando lo que le piden.

Armbruster: Déjeme a mi, Carlucci, usted no sabe negociar.
......../......
Carlucci:(después que Armbruster acabe pagando lo que le piden) Yo no lo hubiera hecho mejor...


Con muy mala leche, Wilder se mofa, en fin, incluso del entrometimiento del todopoderoso Estado, cuyo representante, el pesado de J.J. Blodgett (Edward Andrews) aparece con un helicóptero de la armada sin haber sido llamado, con la intención de acelerar el trámite de la exportación del cadáver, una burla constante del gran Billy que además no se priva de un ataque frontal:

Blodgett : "¿Baños de lodo?".
Carlucci: "Famosos en el mundo entero, curan el reumatismo, la artritis, neuritis, flebitis, dolencias urinarias, hiperacidez... impotencia."
Blodgett: "¿De veras? vaya... quizá me fueran bien para mi...eeh... 'acidez'."
Carlucci: "Le aseguro que después de los baños tendrá usted la 'acidez' de un chico de 20 años."


Hace cinco días que, como aquella musiquilla que a uno le repite hasta la náusea, me vino a la mente esta magnífica película y, pese a que llevaba casi un año sin verla, decidí dedicarle un comentario; felizmente, mi prudencia me inclinó a revisarla y, aunque recordaba casi la totalidad de los detalles, no puedo menos que agradecer a ese bicho persistente en mi mente la oportunidad de verla de nuevo, pues he constatado que el goce y disfrute siguen incólumes.

Si ya la conocen, repitan; si no la han visto: ¿a qué esperan?



4 comentaris :

  1. Tenía el presentimiento de que tu próximo post iba a ser sobre esta película. Efectivamente, sin ser la mejor de Wilder, es deliciosa, y no deja de ser de agradecer que, a su edad, diera todo un canto de amor a la vida como éste, donde lo importante es disfrutar cada momento, las buenas comidas, y las mujeres rellenitas. Perfecta ironía que acabe con un funeral digno de mandatario de estado el sirviente italiano admirador de los Estados Unidos

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  2. Tú lo has dicho, Alicia: además de la crítica evidente, un canto a la vida que se evidencia en la excelente música de diversos compositores italianos, música napolitana muy romántica que llena muchas de las escenas; Wilder parece embelesado por la cálida luz mediterránea.

    Respecto a las mujeres, sólo puede uno estar de acuerdo con la afirmación de Wendell: ¿te has fijado en todas esas modelos de moda, como Twigy? Cualquier hombre que las abrace acabará lleno de morados.

    Los dardos de Wilder son constantes y certeros, no hay duda.

    Saludos.

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  3. El miercoles pasado nos "regalaron" en la 2 ( están revisando clásicos muy interesantes )ésta preciosa pelicula, llena de todo ese encanto mediterraneo del que hablas, con la picardia o mejor dicho la ironia del maestro Wilder en boca de Carlucci y esa historia de amor tan deliciosa.
    ¡Qué bien lo cuentas ! No falta detalle. Casi revelas el final prácticamente. Claro que ahora si la gente tiene buen gusto a lo mejor la han visto...
    Te diré una cosilla. Yo la ví con mi madre la 1ª vez y la mujer se escandalizaba un poco al ver a Pamela desnuda,¡ y a mi me entró la risa porque era como si ella representase el pudor de ArmBruster..! Por eso y por todo ¡ adoro ésta peli !
    Un placer leerte. Besos. Milady

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  4. Me alegro mucho, Milady, que la hayas disfrutado de nuevo y más que hayas querido contarlo aquí.

    Supongo que habrá tenido una buena audiencia la sesión televisiva, porque lo contrario sería demasiado deprimente.

    Cuando se estrenó el top-less no era ni mucho menos frecuente ni en Italia, ni en España, ni mucho menos en los U.S.A. y no me extrañaría nada que allí hubieran censurado la escena de alguna forma.

    El guión es una pequeña maravilla y el cuidado del personaje de Carlucci es marca de la casa del genial Wilder.

    Besos.

    ResponElimina

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