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dissabte, 8 de febrer de 2020

Unos pendientes significativos




Max Ophüls se hallaba prácticamente en el cénit de su carrera cuando dirigió la que fue su penúltima película contando apenas 51 años de edad y un bagaje teatral, operístico y cinematográfico a sus espaldas que permitía esperar todavía muchas buenas piezas fruto de la exquisita mente de un artista que dominó con una elegancia muy especial las pantallas de la primera mitad del pasado siglo.

En 1953 se estrenaba en Paris la adaptación cinematográfica de una novela escrita por Louise de Vilmorin que la publicó en 1951 y prácticamente dejó que Ophüls la leyera antes de ver la luz: la narración muy corta, se titulaba Madame de... y con el mismo título se presentó la película Madame de... que obtuvo éxito popular y crítico inmediato.

En la adaptación intervino el propio Max Ophüls junto con Marcel Achard y Annette Wademart, ajustándose bastante al original literario pero reconstruyendo todo el ambiente al modo y manera de Ophüls, acostumbrado como estaba a trabajar con textos de buena calidad exponiéndolos en lenguaje cinematográfico rebosante de primorosa elegancia e insuperable atención a los detalles.

La trama explicada de forma sumarial diríase sencilla: una acaudalada dama de la alta sociedad parisina, la Condesa Louise, Madame de..., gasta más de lo que le permite la generosa asignación que le otorga su marido Gérard de..., un aristócrata que ejerce de General del Ejército francés y se ve en el trance de vender de tapadillo unas joyas, nada menos que unos pendientes de diamantes que su esposo le regaló el día que contrajeron matrimonio: los pendientes regresarán a manos del General, que a su vez los regalará a su amante a la que se dispone abandonar y ésta los venderá en Constantinopla, donde un aristócrata italiano, el Barón Fabrizio Donati, diplomático, los adquirirá y llevará consigo en su nuevo destino, en París, donde se enamorará de la dama que los vendió, la Condesa Louise y..........


El cinéfilo de este siglo puede optar entre quedarse en esa superficie de oropeles, lujos y palabras ambiguas y corteses, esos salones grandiosos llenos de músicas de valses y polcas y manjares exquisitos y atender a una historia de amoríos enredados al límite de infidelidades y adulterios o escuchar detenidamente las frases que se van diciendo en sucesivos diálogos y tratar de observar todos los detalles que Max Ophüls va suministrando en la hora y tres cuartos de metraje que mantiene terso, sin caída alguna en el ritmo y enseñándonos como a pesar de apoyarse en un guión muy bien pergeñado no desprecia ni mucho menos la fuerza visual de una cámara bien emplazada y la sutileza de los travellings inmejorables que danzando con los personajes al mismo tiempo nos llevan en volandas a momentos sucesivos y conexos a un desarrollo amoroso que empieza como un juego y quizás acabe como una tragedia sin el hálito de fatalidad que podemos hallar en dramas románticos de la misma época.

Ophüls se vale con maestría de tres intérpretes de primerísima fila: Charles Boyer (el General francés), Danielle Darrieux (Madame de..) y Vittorio de Sica (el Barón Fabrizio) resultan magníficos, absorbentes en la composición de sus personajes y el taimado Ophüls, maestro director de teatro, monaguillo antes que fraile, como director de cine apoya con toda su fuerza su película sobre los hombros de esas tres rutilantes estrellas del firmamento cinematográfico europeo para construir una película en la que además la dirección artística, los decorados, el vestuario y como no, los aderezos, se erigen en un personaje más que nos embelesa visualmente mientras empezamos a sentir una comezón por ése gusanillo que habita dentro de esa manzana tan bella y que al segundo mordisco ya hemos advertido: Ophüls nos insinúa un sustrato psicológicamente rico que contradice toda la alharaca cortesana, socialmente aceptable en una época ciertamente lejana en sus hábitos, mientras con los gestos y el lenguaje corporal los personajes dicen algo diferente a lo que les escuchamos pronunciar, sin desatender punzadas ocasionales y escaramuzas verbales que quizás traten de enmascarar rencillas u odios y porqué no maledicencias interesadas.

Ophüls nos da una lección magistral de cine clavando cuando puede la cámara y simplemente girándola en su eje sigue a los personajes que interactúan y se desplazan en habitaciones muy espaciosas y la cámara sigue ahí, quieta, tomando el lugar del espectador que lo está observando todo desde su butaca, sin moverse, pero dentro de la acción gracias a Ophüls, que de pronto monta la cámara en una grúa y se lanza a perseguir en travellings absolutamente fantásticos, innovadores incluso para su época y los medios que tenía a su alcance, a unos personajes que vemos tan reales que parecemos conocerlos de antaño.

Luego, Ophüls aplica la narración circular y usa el retorno en diferentes condiciones para puntuar los diversos momentos que componen la trama y lo hace con toda la intención repitiendo secuencias casi idénticas con significados muy distintos y en ello vemos que, más allá de las palabras, con su cámara nos relata una historia que desarrollará asimismo ciñéndose a conceptos visuales adecuados a cada situación, desde los travellings intimistas hasta los casi imperceptibles -pero muy eficaces- picados y contrapicados de alguna escena, tanto como el uso del sonido coadyuvante de una elipsis que, por si hiciera falta, nos muestra el talento de un director que hace de la economía visual un imperio de sensibilidad, elegancia y respeto por el espectador, al que provee de detalles visuales, gestos rápidos, que ayudan no poco a configurar los caracteres de los tres personajes y nos ayudan a entender la realidad de su psicología en un asunto tan íntimo como es la relación amorosa chocando con la defensa del honor social que veremos trivializado y defendido en exceso en ambos extremos, siempre en claro perjuicio de la mujer protagonista, por momentos considerada casi un adorno, un ave de plumaje fabuloso con una pata encadenada en oro de muchos quilates y buena longitud, pero cadena al fin y al cabo, sin que haya ni extrañeza ni vindicación de libertad, en un sometimiento que ahora nos chocará especialmente a pesar que Ophüls se limita a mostrarlo como un elemento más de la distorsión subyacente en una relación aparentemente admitida como provechosa para sus integrantes y súbitamente alterada por un componente inesperado que trastocará una forma de vivir cómoda y plácida en su propia falsedad.

Esta es una película que debería verse por lo menos una vez -naturalmente en v.o.s.e. para disfrutar de esos tres grandísimos intérpretes al cien por cien- porque desde luego en las pantallas actuales raro será que topemos con algo semejante: un lenguaje visual aparentemente sencillo, repleto de detalles (hay que ver la película varias veces para advertirlos todos) que nos ayudan a entender lo que vemos y todo ello de forma bella, agradable y plácida, mientras se procede a diseccionar en vivo y en directo una sociedad aparente que se sirve de las apariencias para ocultar su realidad.

Imprescindible para alimentar, mantener y exacerbar la cinefilia propia y ajena. Si no la han visto:¿a qué esperan?








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dimecres, 29 de gener de 2020

Parásitos




Si uno repasa con cuidado y atención los premios otorgados en los últimos lustros puede llegar a conclusiones que provocan desánimo y desconcierto pero si prestamos atención al detalle, observaremos que hay elementos comunes y uno de ellos es la baja calidad de los guiones en el cine que estamos viendo estrenarse en las pantallas, adoleciendo comúnmente de una especie de desidia o vagancia olvidando que el respetable público ha visto -o ha podido ver- narraciones descabelladas bien urdidas, casi imposibles en la vida real -que en verdad suele ultra pasar largamente la ficción- pero creíbles en el cine por obra y gracia de otros elementos que coadyuvan a sostener una trama, como pueden ser unas buenas actuaciones y una caligrafía cinematográfica bien desarrollada al eje de la película, no otro que el guión.

Seguro que ya lo he apuntado en otra ocasión, pero conviene recordar que los grandes maestros del cine suelen ser muy escrupulosos en cuanto al guión se refiere, aunque sea para obviarlo y modificarlo ajustándolo a sus particulares querencias. Pero nunca -o casi nunca- veremos una gran película con un guión que no esté bien apretado hasta obtener la mayor robustez.

Viene ello a cuento porque acabada de ver la última película de Joon-Ho Bong (que ya conocemos desde que hace años comentamos aquí su ahora refrita Gwoemul, de 2006 ) titulada Gisaengchung (Parásitos) después de haber recibido varios galardones en diversos certámenes, uno mira el poso que ha dejado y se percata que hay muchos agujeros en un guión que uno esperaba fuese mucho mejor pergeñado, no en vano nos hallamos ante un director que suele escribir sus propios guiones, no digo ya los técnicos, sobre el que no hay tacha alguna.

Porque en esta fábula moderna que por su título viene a querer señalar un aprovechamiento de gentes de clase humilde a costa de adinerados personajes no acaba de encajar, por lo menos, en la definición que de parásito nos ofrece la RAE, pues estos personajes que nos presenta Joon-ho puede que sean unos farsantes, pero por lo que vemos, no son siquiera unos timadores: el dinero que obtienen se lo ganan ejerciendo un trabajo para el que no están cualificados, cierto, pero se lo curran: un parásito es el cuñado gorrón que sin mayor mérito que un parentesco impuesto se te bebe el güisqui y se te fuma los habanos, pero no lo seria si te lavara el coche, por poner un ejemplo que nunca va a suceder.

La cuestión es que la trama cojea desde el primer momento, porque se inicia todo con la muestra de confianza que recibe el joven Woo Kim-ki cuando recibe la recomenación de su amigo Min para substituirle como profesor de inglés de la joven Da-Hye Park de la que confiesa estar enamorado y pretender conquistarla en cuanto haya entrado en la Universidad, dejándola en manos de su amigo y confidente porque confía en él, evitando que otros jóvenes ocupen su lugar y traten de llegar, también, al corazón de la adorable jovencita. Inmediatamente veremos cómo esa confianza es traicionada por Woo, lo que dice muy poco de su fiabilidad como amigo y de la fortaleza de su palabra.

A partir de ahí, la inclusión del resto de la familia Kim-ki en el entorno de la familia adinerada, los Park, se desarrolla de una forma que requiere hagamos la vista gorda porque precisamente mucho ingenio no hay en la trama, desestimando cualquier atisbo de profundidad y dejando en pantalla una historieta que se aguanta menos de una hora y a partir de la mitad del metraje, casi dos horas y cuarto, las sorpresas van surgiendo pero de una forma abrupta, muy poco creíble, forzadas, a pesar que Joon-Ho sabe mover la cámara con energía y mantiene la acción con cierta dosis de suspense por saber cómo va a acabar todo, hasta llegar a un final precipitado como pollo descabezado, sin aprovechar la presentación de las enormes diferencias sociales entre los personajes (muy buena, en ese sentido, la larga secuencia del descenso a los húmedos infiernos) que apenas sirve de anécdota pues los apuntes verbales de unas confidencias maritales intervenidas y algún gesto se mantienen en una levedad injustificable y sorprendente en un director que en otras ocasiones ha dado buenos palos a la sociedad (la citada Gwoemul y también, por ejemplo, Salinui chueok [Crónica de un asesino en serie] a comentar en algún momento) y en esta ocasión que parece más propicia nos ofrece una película que adolece de comodidad como si no quisiera servir a cuestión tan actual como es el abismo entre clases sociales, dando la sensación que empezó con unas ideas y por el camino, vaya usted a saber porqué, las fué abandonando en la cuneta.

Una lástima, porque el grupo de intérpretes que maneja, encabezados por el imprescindible Song Kang-Ho que una vez más demuestra dominio de la situación y adaptación al personaje modélica, todos, digo, están perfectos en sus roles, del primero al último, y es de reconocer que la labor de Joon-Ho Bong como director es eficacísima resolviendo todas las escenas con fuerza, brillantez y elegancia y manteniendo el ritmo visual dentro de unas localizaciones angostas, trabajando a conciencia el significado de las escaleras y los niveles en que residen cada uno de los personajes que iremos descubriendo.

Con la misma idea, con el mismo guión pero mejor trabado y dándole más fuerza, nos hallaríamos sin duda ante otra muestra más de un cine coreano que siempre hay que ver porque aún siendo perfectible, como es el caso, nos ofrece ideas mucho más novedosas que lo que nos llega del otro lado el Atlántico.

Recomendable para los cinéfilos recalcitrantes que podrán decir luego si les ha gustado mucho o poco pero que ciertamente no quedarán indiferentes porque sus elementos de interés son varios y diversos.




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diumenge, 12 de gener de 2020

A traición



Desde que hace ya más de seis años descubrí gracias a la película InFamous (que comentamos aquí) las capacidades histriónicas de Daniel Craig cuando le veo aparecer en un cartel que no sea del epónimo Bond (que también me atrae pero únicamente por motivos tradicionales [por no denominarlos directa y modernamente como frikies]) la curiosidad me impele a comprobar cómo se desenvuelve en un papel alejado de la mera acción, esperando que haya por lo menos unas buenas líneas a escuchar en su rotunda y bien modulada voz que, como buen actor británico, sabe usar a conciencia.

Así que cuando por fin la más cercana cartelera anunció la exhibición de la película Knives Out (Puñales por la espalda) la decisión estaba tomada porque evidentemente con un título así la pieza forzosamente debía pertenecer al género de misterios criminales con detectives por en medio y el reclamo para mí resulta casi irresistible.

Quizás si hubiera averiguado en IMDb datos relativos a director y guionista los prejuicios me hubiesen vencido porque ambos son la misma persona, el inefable Rian Johnson, director y guionista de Looper que como ya dejé escrito hace siete años aquí no me gustó nada de nada, y así pasó con su trabajo en la penúltima de Star Wars, de modo que una vez más he de admitir - y no me duelen prendas en ello - que los prejuicios en el cine hay que guardarlos para después de haber visto una película, lo que anula inmediatamente su posible efectividad, porque en este mundo tan complejo, dependiente de tantos factores, no siempre la experiencia sirve para anticipar las sensaciones que nos va a proveer una nueva película.

No hay que buscar en Knives Out mucha originalidad en su base, tratada en diversas ocasiones por novelistas de la ficción detectivesca, incluso en sus traslaciones a la pantalla: hace año y medio nos deteníamos en una versión de la novela de Agatha Christie Crooked House y no hay duda que Rian Johnson se inspira en el relato para edificar una trama que bebe vientos clásicos al presentarnos una muerte sucedida en un casoplón aislado, residencia del afamado escritor de novelas de crímenes y misterios detectivescos Harlan Thrombey y de su familia entera, sus hijos y nietos y sorprendentemente su madre, apareciendo degollado la mañana siguiente a celebrar su octogésimo quinto aniversario.


La policía comparece acompañada por un afamado detective particular, Benoit Blanc quien asegura haber sido contratado de forma anónima y percibidos por adelantado sus elevados honorarios, así que inician una investigación de mero trámite para la policía, porque el degüello parece acreditado ser de propia mano (la sangre de las carótidas se expande por la habitación sin freno de nadie cercano) y van a declararlo suicidio, aunque el sabueso Benoit se huele circunstancias extrañas empezando por su propia presencia reclamada por persona extraña e ignota, aspecto que quiere esclarecer.

Van a interrogar a todos los presentes en la fiesta del cumpleaños, incluyendo la ama de llaves y la enfermera particular de Harlan, la joven Marta Cabrera que ya se inició como asistenta personal incluso antes de obtener el título de enfermera, declarándose a los detectives como más que enfermera una especie de amiga y confidente de Harlan, quien hallaba en ella la amistad desinteresada que en su familia no existía, todos pendientes de su cuantiosa fortuna.

Será precisamente el ama de llaves quien descubrirá la muerte del señor de la casa cuando le lleva el desayuno con su taza personal que indica claramente su carácter en tres frases: My House, My Rules, My Coffee (Mi casa, Mis normas, Mi café); a partir de aquí, Rian Johnson demuestra haber hecho los deberes porque complementando su propio guión literario enseguida entendemos que ha confeccionado un guión técnico minuciosamente sin dejar nada al azar: siguiendo el sistema de la trama llena de giros, guiños y homenajes a temas ya conocidos pero presentados de una forma limpia, ágil y hasta cierto punto novedosa, la cámara se moverá y será emplazada con toda intencionalidad y podríamos asegurar que los encuadres, todos ellos, no tienen nada de casual y sí mucho de masticados cien veces.

En el relato hallamos la típica representación de un grupo familiar constituído por elementos diversos entre sí cuya interrelación más fuerte es la dependencia del cabeza de familia que a todos provee de medios de subsistencia mediante la concesión de préstamos, subsidios y sinecuras que pronto sabremos le tienen harto y no precisamente por avaricia sino por otras causas que dejaremos en el tintero para no levantar pista alguna y como todo aficionado al género colegirá de inmediato, la enorme herencia que deja tras de sí el citado Harlan será otro elemento de interés en la trama.

Nada nuevo, ciertamente, pero muy bien presentado. El amplio abanico de personajes se erige en película coral una vez más falta de profundidad porque no es tan fácil como parece vestir todos los personajes con datos que mantengan su interés y se claven en la retina del espectador pero por lo menos no cae Rian Johnson en estereotipos trillados y apunta maneras a pesar que los dardos críticos que ofrece sean de escasa consideración: no nos hallamos ante un ejemplar de cine negro con claro contenido social sino ante un juguete bien construído, una representación de un enigma con diálogos bien escritos y tres personajes que concitan la atención del respetable porque de forma clamorosa uno percibe que reciben todos los mimos del director.

Valiéndose con inteligencia del montaje, los encuadres y el flashback, Rian Johnson nos lleva rápidamente a la convicción que no debemos perder de vista la evolución del personaje de Marta Cabrera, esa enfermera de buen corazón que se verá inmersa en una situación inédita para ella, no deseada ni siquiera pretendida, con la dificultad de estar bajo la mirada quisquillosa y paciente de un Benoit Blanc que no pierde detalle y permanece muy atento para desentrañar lo que para él es el mayor misterio: saber quién le ha pagado sus honorarios para averiguar lo que se le antoja diáfano. La evolución del personaje de la enfermera va pareja al desarrollo de la enigmática trama y también, justo es reconocerlo, con el desencanto producido por la caída de las mascarillas (porque no llegan a máscaras) de unos personajes de escasa profundidad servidos, eso sí, por un grupo de intérpretes a los que Rian Johnson les debe buena parte del éxito de su película.

Especialmente a Ana de Armas que carga con el peso de la trama juntamente con Daniel Craig y las intervenciones reveladoras de Christopher Plummer, los tres en los caracteres protagónicos realizando cada uno en su cometido una labor más que encomiable, digna de elogio, porque a pesar que los diálogos están bien escritos y ofrecen oportunidades de lucimiento, hay una contención que se traduce en naturalidad y consecuentemente en credulidad del personaje que obtiene la atención y simpatía del espectador que gozará con todos los detalles y paladeará el subtexto de los gestos y omisiones, especialmente en el último tercio de la película.

Desarrollándose casi toda la película en los interiores de la mansión, Rian Johnson evita la sensación de claustrofobia generalizada pero la reserva aligerada para quien precisa la trama y lo hace sin que en ningún momento haya un sentimiento de teatralidad por el uso de casi un único escenario -aunque con diferentes estancias- y de unos diálogos abundantes y supongo que el cuidado de la dirección artística producida por David Crank merece por lo menos un aplauso porque casi se convierte en un personaje más de la trama.

En definitiva, una película recomendable para los amantes del cine de intriga que el buen aficionado paladeará complacido y más si tiene la suerte de poder verla en su versión original porque el terceto protagonista merece ser disfrutado al cien por cien, aunque tampoco hay que olvidar el concurso de buenísimos intérpretes que hacen las veces de secundarios de lujo, dando más por su trabajo que por las escenas que les encomiendan; una buena pieza que llevarse a los sentidos que resulta fácil recomendar porque se ve en un suspiro gracias al buen ritmo que no decae un momento.









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