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dimarts, 29 de juliol de 2008

La Primera Traición


Orson Welles tenía tan solo veintisiete años cuando dirigió una película basada en un guión escrito por él mismo sobre una novela de Booth Tarkington que había conseguido el Premio Pulitzer en 1919.

Welles acababa de triunfar con su ópera prima Citizen Kane y el éxito le permitió afrontar un rodaje con unos medios de producción desacostumbrados en la RKO, que se puso al servicio de la Mercury Productions, compañía dirigida por Welles en su faceta artística y en su parte más crematística por Jack Moss, un judas don nadie que había entrado en el cine como secretario particular de Gary Cooper y ha pasado a la historia del cine como traidor a la confianza que en él había depositado Orson Welles.

La película, conocida en España como El Cuarto Mandamiento -muestra una vez más de la inveterada costumbre de faltar al respeto al artista- se tituló como la novela The Magnificent Ambersons y fue rodada entre 1941 y 1942.

La trama gira alrededor de una paradigmática familia burguesa de Indianápolis, los Ambersons, de vieja raigambre en la ciudad, siendo los dueños de la mitad del territorio: una familia poderosa con los típicos aires aristocráticos de los ricos inútiles que no trabajan y apenas sirven para otra cosa que festejarse los unos a los otros, creyentes que su situación se perpetuará por derecho propio. El retoño de la familia, un odioso George Minafer Amberson (Tim Holt), malcriado desde niño por su madre Isabel Amberson (Dolores Costello) es la personificación del orgullo e indolencia de la familia, afrentando con arrogancia la llegada a su círculo de amistades del inventor e industrial Eugene Morgan (Joseph Cotten), quien antaño estuvo enamorado de su madre, al tiempo que Fanny Minafer (Agnes Moorehead, fantástica), cuñada de Isabel, bebe los vientos por él.

Eugene Morgan aparece de improviso en la fiesta organizada en honor del fatuo George y lo hará acompañado de su hija Lucy (Anne Baxter), que romperá el corazón de George.

Lo que a primera vista parece un melodrama romántico con diversas ramificaciones de amores y desamores, es reconvertido por Orson Welles en una disección de unas gentes que se creen al margen y por encima de la sociedad; los diálogos, brillantes, caracterizan los principales personajes cebándose especialmente en el joven George que será primero presentado como niño maleducado y luego como joven inepto creído de la inutilidad del esfuerzo como origen de bienestar así como de la necesidad de ocuparse en algo útil para dar sentido a su vida, para él perfecta.

El retrato de Welles se apoya en todos sus trucos cinematográficos ya demostrados en su anterior película: la mansión de los Ambersons se construyó como real pero con la particularidad de las paredes que podían moverse en cualquier dirección para permitir que la cámara pasase de un lugar a otro sin corte en la escena, logrando la unidad de acción que hace más consistente la caligrafía wellesiana. Así como en Ciudadano Kane vemos planos asombrosos por desconocidos, en Los Magníficos Ambersons (¿ven que fácil es traducir un título con respeto?) la cámara pasa más desapercibida, sólo notable al revisarla, y estamos pendientes de los sucesos que ocurrirán en esa familia.

Con la muerte del marido de Isabel se descubrirá que no era tan bueno haciendo negocios, y el declive se iniciará para los Ambersons. Cuando Eugene, que se halla viudo, empieza a cortejar a la también viuda Isabel, reverdeciendo su amor de juventud, la intromisión de la despechada Fanny hará explotar la condición edípica de George que se interpondrá causando la desgracia de los viejos amantes, al tiempo que, despreciando el imbatible paso del tiempo y el advenimiento de la clase industrial como nueva dominante, el aristocrático George acabará recibiendo la lección que todos esperaban ver, aunque ya ninguno de los que la auguraron estén ya para comprobar la veracidad de su profecía.

El barroquismo usado por Welles para categorizar a los Ambersons constituye alegoría de una forma de vida caduca que cede ante la modernidad y el esfuerzo.

La magnífica voz en off de Welles nos ha acompañado en ocasiones puntuales ayudando los saltos temporales de la historia, que ocupa varias décadas, representando gracias a unos intérpretes soberbios un fresco de una sociedad que, cambiante, ve como los señorones falsamente aristocráticos e inútiles acaban por dejar su palacio para albergarse en una triste pensión, debiendo George aceptar trabajos peligrosos para poder subsistir.

La película rodada por Welles alcanzaba una duración de 148 minutos, a todas luces extensa para los usos de la época; después de un primer visionado con público, Welles, que a la sazón estaba en Brasil buscando localizaciones para un documental que nunca fue, aceptó cortes de escenas dejándola en una duración de 131 minutos.

El traidor Jack Moss para contentar a los gerifaltes de la RKO se ocupó de recortar aún más el metraje, con la ayuda de Robert Wise, que fue el jefe de montaje, quien más tarde aseguró que Moss tiraba a la papelera los telegramas urgentes remitidos por Welles dando instrucciones y que cuando Orson conseguía comunicar por teléfono con los estudios, desatendía las llamadas del director de la película. La audacia llegó hasta el extremo de cambiar el final previsto y escrito por Welles, presentándose un "happy end" descafeinado, en el que intervino también Joseph Cotten, quien solo obtuvo el perdón de Welles después de mucho tiempo y miles de cartas disculpándose por la afrenta. Orson nunca más volvió a hablar ni con Moss ni con Wise.

Maldito sea mil veces quien quemó los metros desechados alegando que no había sitio para ellos en el archivo de la RKO. Claro que ahora, cuando deben recordarlo, seguro que tienen un merecido dolor de tripas.

A pesar de la traición y olvidando el lamentable final que no casa con el espíritu de la película (aunque coincide con el de la novela, evidentemente de tono e intención bien distintos), una obra muy interesante y estimable, claro ejemplo de una caligrafía cinematográfica sobresaliente al servicio de una idea propia que luce por encima de la adversidad.



7 comentaris :

  1. Pues si, Josep, maldito sea mil veces quien quemó los metros desechados. Me encanta esta película, aunque es muy distinta a Ciudadano Kane. Me encanta la escena en la que se muestra cómo ha ido pasando el tiempo mostrando la evolución de las modas. Cierto que el final no pega para nada con el resto de la película, pero aún así es una maravilla. Además, si no recuerdo mal fue la primera vez en que me fijé en el nombre de Orson Welles, a la que se acaba su maravillosa voz le dice a un micrófono colgante " Yo dirigí la película. Mi nombre es Orson Welles"

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  2. Ya veo, Alicia que, además, gozas de una buena memoria.

    Según dicen, es la primera película en la que los títulos de crédito son hablados y ciertamente se cierran como recuerdas, con la magnífica voz de Orson.

    Saludos.

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  3. que tinguis molt bon estiu Josep!! portaré molt poc equipatge, no ho dubtis :)

    una abraçda

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  4. Aunque ésta, compa Josep, no goza del impresionante cartel de otras joyas del maestro, no deja de ser una excelente película (o intentona de película, visto lo visto -o, más bien, dejado de ver lo no visto-). Qué lástima de pelis masacradas por negociantes poco escrupulosos (y me acuerdo ahora, cómo no, y salvando las distancias, de una de mis pelis favoritas "de todas todas", El sur, de Érice...).

    Un fuerte abrazo.

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  5. Buena comparación, Manuel: lástima que Erice se haya rendido; una verdadera lástima.

    Un abrazo.

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  6. La he visto por 1ª vez hace unos dias en la TDT no recuerdo dónde exactamente y a pesar de que ya hacia unos minutos que habia empezado me atrapó.
    Tengo que confesar que estaba con un ojo abierto y otro cerrado en el sofá ( hora de siesta )y gradualmente me incorporé y abrí los ojos como platos y tiene cierto mérito porque no me habia tomado el café... Parece una cosa
    ( tal como nos lo describes) y luego resulta ser otra...
    un retrato de una sociedad y unos personajes caducos. El joven consigue irritarnos hasta el limite de la bofetada que le daria ¡ zas en toda la cara ! y la madre más por consentirle...y esa tia ¡ magnifica Moorehead ! el sufrimiento hecho mujer..!¡ Qué desperdicio de vidas !
    Y la paradoja de ser atropellado por la maquina del progreso..Sin embargo me gusta hasta el último minuto con ese micrófono colgante...Todo muy intenso.
    Welles era un genio, sin duda.

    Al repasar tu lista la he visto y no he resistido la tentación...Me asombro de lo que aprendo contigo ( de tí ).

    Un beso. Milady

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  7. No me extraña nada, Milady, que acaparara tu atención de inmediato y acelerara tus neuronas cinéfilas, porque la mano de Orson es alargada y llega hasta este siglo que lamentablemente ha olvidado sus enseñanzas.
    Esa es una película que crece con las revisiones porque en la primera -afortunada tú por acabar de descubrirla- forzosamente dejamos en la cuneta detalles que luego nos harán admirar más aún la excelente labor del conjunto.
    Me alegro mucho que te hayas detenido en mi texto que intenta rememorar las sensaciones que la película suscita; nada aprendes conmigo, querida Irene A., : yo sólo consigo que lo que tú ya sabes se te haga evidente de forma consciente.

    Besos y buenas noches.

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