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dimecres, 4 de febrer de 2009

La Tienda de la Esquina



Esta es la historia de Matuschek y Compañía, del Sr. Matuschek y de quienes trabajan para él.
La tienda está casi en la esquina de Andrassy y Balta, en Budapest, Hungría.



Los cinéfilos recalcitrantes con un punto de intolerancia a las malas digestiones somos gente afortunada: tras un mal rato en una sala oscura siempre nos queda el remedio balsámico de acudir al rincón preferido de nuestra estantería para reponer el ánimo, aquietar el pronto colérico y prepararnos para un sueño reparador, felices.

El genial Ernst Lubitsch nos traslada a una ficticia Budapest para ofrecernos su afilada visión de un grupo de gente normal y corriente, personas que trabajan codo con codo en un bazar propiedad del ya veterano Sr. Matuschek.

La historia, basada en un libro de Miklós László , fue adaptada como guión cinematográfico por Samson Raphaelson con la ayuda de Ben Hecht , aunque éste no figure en los títulos de crédito. Actuando Lubitsch como productor, dispuso de libertad para dirigir a su excepcional modo y manera una película hoy casi olvidada, titulada entre nosotros como El Bazar de las Sorpresas (The Shop Around The Corner, 1940 )

Nada más iniciarse la película entramos en situación gracias a unos diálogos inteligentes, bien dichos, con un ritmo endiablado: réplicas y contrarréplicas, marca de la casa, se sucederán desde el primer momento y sin descanso durante poco más de hora y media del metraje. Los trabajadores al servicio del Sr.. Matuschek van llegando a la puerta del bazar a la espera de la llegada del amo, que es quien cada día abre la puerta del negocio. En unos minutos los diferentes caracteres de esos trabajadores han sido perfilados y nos cuenta Lubitsch un poco de cada cual, así como la condición del amo, de entrada edad, casado con una mujer que pretende aparentar tan sólo cuarenta años...

Hay una soterrada crítica laboral en el modo de comportarse del dueño del bazar, Mr. Matuschek (estupendo Frank Morgan) que actúa con cierto paternalismo alternado con una innegable dureza con sus empleados, que le aprecian y temen a un tiempo, en una época en que el empleo no es seguro para nadie.

Pero estamos en los años 40 del pasado siglo y Lubitsch no busca problemas con la censura capitalista de los U.S.A., aunque la toree un poco. O un mucho, según se mire.

Interesan más a Lubitsch las relaciones entre todos esos personajes: las confidencias que el joven y apuesto empleado de más categoría (acaba de confesar que anoche estuvo cenando con el patrón ¡en su casa! ), Alfred Kralik (un ya sobresaliente James Stewart) mantiene con el más veterano Pirovitch (el muy eficiente secundario Felix Bressart ), pronto nos indicarán dos cuestiones: la perentoria necesidad del amable Pirovitch de mantener su empleo en pro de su esposa y dos hijos, y la penuria de ambos, ya que Kralik, en su pretensión de incrementar su educación, pensaba comprar una enciclopedia pero, hallándose ésta fuera de su alcance por el precio, determinó cartearse con una joven con intereses culturales semejantes, hallada a través de un anuncio en un periódico. La corresponsalía entre "Querida amiga" y él le ha conmovido románticamente y se confía en el veterano amigo Pirovitch que no alcanza a entender a esos jóvenes que se aman y ni siquiera se conocen personalmente.

Alternando de forma magnífica las escenas privadas con las tareas propias del bazar, Lubitsch, sin descanso, hace crecer ante nuestra vista las peculiaridades de cada personaje: sus anhelos sentimentales, sus miedos (Pirovitch desaparece cada vez que Matuschek pide una opinión "sincera" ), sus ambiciones, sus necesidades.

Se acerca la navidad y una hermosa joven, Klara Novak (Margaret Sullavan ) aprovecha una pequeña discusión entre el Sr. Matuschek y Kralik para hacerse con un empleo de refuerzo temporal como vendedora, colocando una caja de música-cigarrera que acabará en saldos.... pero la joven permanecerá en la empresa.

Y permanecerá llevando la contraria de forma constante a Kralik, que de inicio ya le tiene ojeriza al sentirse engañado por la joven. Ambos reflejan una lucha de sexos semejante a los polos de dos imanes, que tan pronto se atraen como se repelen, gracias a unos diálogos de antología, mostrando ambos intérpretes lo que más tarde se vendría en denominar "química especial", bajo la atenta tutela y batuta del Director, sabio artífice que, contra lo usual en la época, mantiene impertérrito el plano, alargando la secuencia, desafiando las normas y permitiendo que sus actores declamen incluso de espaldas a cámara.

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El taimado Lubitsch sabe sacar partido excelente de un guión perfecto, dosificando los efectos: mientras nos ha mantenido pendientes de las vicisitudes laborales de los personajes, tratadas con humor e ironía, ha ido apuntando a otra cuestión, principal sobre todo para Kralik, cual es el forzoso encuentro que debe mantener con su querida corresponsal. El chico teme el encuentro ante la incertidumbre de su resultado y solicita la compañía de su amigo Pirovitch para tal lance:

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Mediado pues el metraje, nosotros, espectadores absortos, mirones impenitentes, creemos saberlo ya todo, pero no: Lubitcsh se guarda un as bajo la manga y retorcerá todavía más la venturosa existencia de Kralik, con nuevas dificultades.

Obstáculo que se solventará de forma brillante, nuevamente usando las puertas (señal identitaria de la filmografía de Lubitsch) como medio narrativo ejemplar, dando lugar a frases sentidas y bien dichas, confesiones de padecimientos injustos y celos arrebatados, cegadores de la razón, para volver al punto de la cuestión.

Ha vuelto la navidad, lo que significa que ha transcurrido un año, y los enamorados desconocidos siguen igual. Otros problemas que se han presentado han sido solventados, pero... ¿Cómo acabará el enredo postal?

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Lubitsch no quiere soltarnos: nos lleva de un lado a otro, pensando en un final feliz, pero nos asalta la duda: ¿Terminará bien, o será una tragedia? ¿Porqué no se arregla ¡ya! esa rencilla? ¿No alcanzarán la paz y la felicidad "nuestros" protagonistas?

Naturalmente, se impondrá un buen final, de aquellos que le hacen llorar a uno de alegría, de felicidad.

El espectador se siente feliz: contento porque todo acabará bien, como debe ser; pero más feliz porque ha asistido a una representación espléndida, plena de talento: un Director que sabe perfectamente lo que tiene entre manos: un guión sin mácula, con el ritmo justo, atendiendo a todos los personajes principales; unos intérpretes que demuestran saber estar, saber mirar, saber escuchar, saber decir sus frases con naturalidad; la historia ha transcurrido de forma tan elegante, plácida, ligera, ágil, que apenas tendrá el mirón conciencia del tiempo pasado. Una maravilla. Un ejemplo a seguir.

Recomendable, como siempre en estos casos, su visionado en v.o.s.e.

p.d.: Después de comprobar una vez más en 1998 la inutilidad de un "remake" , solo queda una lapidaria frase: "Ya no se hacen películas así"


11 comentaris :

  1. Qué joya, qué maravilla, y no ese remake espantoso titulado "Tienes un e-mail". Qué cosa más zafia (le dediqué la correspondiente "tienda").
    La primera vez que vi esta película caí desarmado. ¿Ingenua?, quizá; ¿bienintencionada y melosa?, puede. Pero una delicia.
    Saludos.

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  2. Esta película, como bien dices, 39escalones, desarma a cualquiera: nada más ponerme a revisarla, engancha de nuevo, a pesar de conocer la historia. Hay una cierta gracia en todos los que intervinieron que prende la atención. Parece tan simple y tan sencilla, tan fácil de hacer, que uno tiende a minusvalorarla. Pero cuando te das cuenta que te ha enganchado de nuevo, no queda más remedio que aceptar que sí, es una maravilla.
    Saludos.

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  3. Una absoluta maravilla, llena de diálogos ingeniosos y personajes ingeniosos (porque no se escapa ninguno, empezando por el jefe y acabando por el repartidor) Me encanta la expresión de adoración de James Stewart cada vez que Margaret Sullavan dice una de sus rebuscadas frases (y hay que ver lo bien que las dice, consiguiendo que queden de lo más natural). Compararla con Tienes un e-mail es una aberración, no le llega ni a la suela del zapato. Como dijo Wilder "Nos hemos quedado sin Lubistch. Y lo que es peor, nos hemos quedado sin películas de Lubisch"

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  4. Estoy de acuerdo con todos o la mayor parte de comentarios sobre la película. Los diálogos son geniales y además aporta ideas creativas y con ingenio. Sin duda una buena recomendación para pasar un rato divertido.

    asistencia informatica
    http://www.ainur-asitencia.es

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  5. Alberto Q.
    www.lacoctelera.com/traslaspuertas

    Muy bien Josep por recuperar otro gran clásico del genial Lubitsch y de Stewart.
    No, no se hacen ya películas así. Ni de lejos.

    Saludos

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  6. James Stewart da una lección de saber escuchar, como apuntas, Alicia: apartir del momento en que él "sabe" lo que ella ignora, los encontronazos entre ambos son una delicia porque sí, ella dice unas frases increíbles con una naturalidad pasmosa. Esos diálogos se me hacen imposibles en la realidad, aunque uno nunca sabe... y ahí está el punto en favor de Lubitsch.

    La referencia al vano remake la introduje porque quizás a algún lector le parecería conocida la trama y para dejar constancia una vez más que, como el original, no hay nada...

    Saludos.

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  7. Estos clásicos, Alberto, deben ser nombrados de vez en cuando para evitar que se pierdan en la memoria, porque evidentemente su difusión es injustamente escasa.

    La cuestión es: ¿porqué no se hacen películas así? Arduo tema...

    Saludos.

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  8. Pensar en Lubits, es pensar en la divina mediocridad de los genios. Es decir, es ser consciente de que hay personas (verbigracia el homenajeado en esta maravillosa entrada) que todo lo que hacían, incluso lo que a ellos les pudiera parecer mediano, era sencillamente fantástico.
    Y en segudno lugar adelantarte, que esta peli es una de las que han de servirme de pretexto para una próxima entrada.

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  9. Una absoluta preciosidad, que hubiera debido ser respetada....Entiendo que las nuevas generaciones demanden actualidad en antiguos guiones....pero ¡resultan tan falsos comparados con el original!
    Lubistch es uno de esos directores que no envejecen jamás y sus películas son tan frescas como el día que se filmaron.
    Un abrazote

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  10. Es verdad, Raúl, que la mediocridad de los genios suele estar fuera del alcance de los mortales.

    No te lo creerás, pero así que releí el texto, pensé que la película te iba a ir que ni adrede para uno de tus sugerentes textos, de modo que aguardo impaciente el momento.

    Saludos.

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  11. Esa frescura de Lubitsch, Antonio, asombra incluso al veterano que ya conoce su obra: es lo que tienen las obras clásicas, que envejecen mejor que un buen vino, inmarcesibles y desafiantes al reloj de la vida.

    Un abrazo.

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