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dilluns, 21 de setembre de 2009

Las manos en los bolsillos




La que conocemos como Segunda Guerra Mundial provocó en el mundo cinematográfico la aparición de un subgénero que se denominó "cine propaganda", aglutinando diversas obras de distinto calado y condición que tenían como razón de ser última la de infundir ánimos y elevar la moral de los ciudadanos.

Películas de toda clase, tanto bélicas como dramas, thrillers y relatos de espionaje, comedias musicales y pseudo-documentales, servían a un único destino.

Muchísimas de esas películas han caído en el olvido por su falta de calidad, producciones de serie B rodadas precipitadamente y con escaso presupuesto.

Otras, fruto de la mano hábil de buenos directores, permanecen en la memoria cinéfila, vigentes aun los postulados que las sustentan por obra y gracia de excelentes guiones y dominio del lenguaje cinematográfico.

Ya vimos aquí hace tiempo una muestra de la mano del gran Ernst Lubitsch que en 1942, en plena guerra, ofreció una acertadísima visión de los primeros momentos de la sangrienta contienda, la ocupación de Varsovia por Alemania. En su momento, Lubitsch recibió agrias críticas por el tono humorístico de su pieza, siendo así que permanece su mensaje contra aquellos hechos por la refinada ironía y sarcasmo con que retrató el totalitarismo, advirtiéndonos aun de sus peligros.


La cinta de Lubitsch no fue estrenada en España hasta al cabo de muchos años. Otro tanto ocurrió con una película dirigida por otro europeo circunstancialmente emigrado a los Estados Unidos de Norteamérica para evitarse la contienda en tierra propia y seguir luchando, con sus medios, contra el invasor.

De hecho, el estreno se produjo directamente en la televisión; una pena que el trabajo de Jean Renoir, realizado en 1943 con la inestimable colaboración de Dudley Nichols no haya sido presentado, por lo que he podido leer, en pantalla grande.

Hablo, naturalmente, de la película conocida en España como Esta Tierra es Mía (This Land is Mine, 1943 )

(No se confunda el joven cinéfilo con otras dos películas de igual título en España, una dirigida por Henry King y otra por Hugo del Carril )

This Land is Mine fue producida por Renoir y Nichols para la RKO con bastante libertad; ambos se ocuparon del guión, posiblemente en su mayor parte Nichols, con algún añadido o retoque por parte de Renoir, quien se ocupó completamente de la dire
cción cinematográfica, contando con Nichols para algunos detalles de la ambientación, ya que en estudio se recreó un pueblo que es ocupado por las fuerzas invasoras del ejército alemán.

A pesar de la condición de francés de Renoir, con la idea de transmitir al público estadounidense las vivencias de los estados sometidos a invasión, en el inicio se indica que la acción transcurre "en algún lugar de Europa", aunque los apellidos de los personajes pertenecen a genéricos franceses.

Renoir desde el primer momento decidió que el protagonista sería su íntimo amigo Charles Laughton que debía ocuparse de representar al héroe anónimo, un profesor de escuela llamado Albert Lory, hombre de mediana edad, culto, enamorado en secreto de su compañera de claustro Louise Martin (Maureen O'Hara), comprometida con George Lambert (George Sanders), jefe de la estación de trenes en la que trabaja el hermano de Louise, Paul (Kent Smith).

Albert Lory es un pusilánime; más aun: un cobarde que admite su condición y que se halla maniatado por una dominante madre, la señora Emma Lory (Una O'Connor ), que le trata como a un crío acrecentando la natural timidez de Albert y fomentando sus miedos y pánicos al tiempo que le exige una total dedicación.

Las fuerzas germanas hacen presencia en el pueblo a las órdenes de su comandante Erich von Keller (Walter Slezak) y su propósito es apropiarse del núcleo ferroviario y desde él enviar al ejército alemán los víveres y provisiones que los moradores del pueblo deberán buscar en el mercado negro.

Hay dos escenas cabales al inicio de la narración que perfilan con suma eficacia la situación: los profesores se ven obligados a arrancar de los libros de texto unas páginas y entregar una serie de libros de la filosofía clásica, fruto de la censura del invasor, y la madre de Albert le presenta con el desayuno, de sorpresa, una botella de leche, mientras amargamente se queja que, habiendo tantas vacas en el campo, tenga que rogar por un cuarto de leche.

Renoir y Nichols, desde luego, nunca tuvieron en mente producir una película meramente propagandística contra la Alemania nazi.

Renoir mueve la cámara con sencillez, huyendo de planos efectistas, otorgando una naturalidad a las escenas que con muy buen ritmo nos va mostrando las vicisitudes de ese pueblo sojuzgado, traicionado por sus líderes electos y por sus clases medias, convencidas éstas de la bondad de las intenciones del astuto invasor.

Las interpretaciones de los secundarios son muy ajustadas todas ellas y vista la película, se aprecia el buen trabajo realizado por O'Hara y Sanders, ella realmente confusa ante la calculada ambigüedad de él, hasta que percibe la realidad del pensamiento del colaboracionista que anida en ese representante de la clase media descontenta con el incremento de libertad de las clases trabajadoras.

Tanto Nichols como Renoir describen oportunamente el trasfondo de todos los personajes que envuelven a los protagonistas, que, en opinión de este comentarista, son, clarísimamente, dos, prototipos inolvidables:

Por una parte, se cuidan de retratar con profundidad la psicología de su héroe, un Albert Lory que cada mañana es despertado a voces por su madre que adelanta el reloj al pié de la escalera; Albert baja con el gato de su amada Louise en brazos y lo primero que hace es ajustar la hora del reloj, sin chistar. Albert se aterroriza cuando los aviones bombardean los alrededores, causando las burlas de sus propios alumnos. El director de la escuela, Profesor Sorel (Philip Merivale), trata de infundirle valor, asegurando que el enemigo invasor podrá quemar los libros, pero recordándole que su texto y sus ideas permanecen en ellos, que no deben desfallecer, admitiendo Albert su cobardía al tiempo que su decisión de ocultar en su dormitorio -sin que su madre lo suponga- algunos de los libros prohibidos por los alemanes.

De otra parte, y ahí está en mi opinión el mayor acierto de la película, se cuidan de describir con sumo detalle la personalidad del comandante von Keller.

Apoyados por la impresionante labor interpretativa de Walter Slezak, Renoir y Nichols presentan un malvado nazi que sabe seducir con detalles y palabras cultas; un nazi que conoce los textos de Tácito y sabe recitarlos en latín, dejando boquiabierto al alcalde Henry Manville (Thurston Hall), que adopta una actitud colaboracionista propia del Gobierno de Vichy, un alemán que se declara admirador de Shakespeare, recitando frases de Romeo y Julieta al también colaboracionista George Lambert.

Un hombre culto que sabe decir frases bonitas mientras decide tomar diez rehenes inocentes del pueblo como represalia por un sabotaje realizado por Paul; el mismo hombre elegante y amable que ordenará fusilar a todos los rehenes.

Alejándose del fácil maniqueísmo, Renoir nos retrata un malvado sin excusas; no se trata de un desalmado ignorante movido por su brutalidad: es un hombre refinado, que se mueve como bailando al son de una caja de música alrededor del Alcalde mientras le seduce y amenaza a partes iguales hasta lograr su cómplice sometimiento. Un hombre con estudios que alberga en su interior unas ideas terribles, un desprecio hacia los otros que acabará siendo mortal.

Von Keller se erige por méritos propios en un villano memorable, un oponente formidable, astuto y cruel sin compasión, facilitando que el personaje del héroe anónimo, el cobarde Albert Lory, alcance su mayor dimensión. Es sabido que, en el cine, cuanto mejor descrito está el villano, mejor resulta el héroe. Sin duda, Renoir, cineasta sabio, aplica la ecuación cinematográfica de forma perfecta: su forma de retratar a Von Keller es sutil y delicada, con un lenguaje corporal adecuadísimo a sus fines.

Naturalmente, Charles Laughton se aprovecha a fondo de un personaje bombón que deberá oponerse a tan excelente villano. Dando un verdadero recital tanto de dicción (absolutamente imprescindible la versión original) como de gestualidad oportuna a cada momento, en los medidos ciento y pocos minutos que dura la película, asistimos a la conversión del asustadizo maestrillo burlado por sus alumnos hasta eclosionar su valor imparable cuando tiene la oportunidad de expresar sus ideas libremente, amparado por un tribunal civil que le acusa de un asesinato que no ha cometido.

Porque Albert es un cobarde, como él mismo reconoce: pero no es un colaboracionista; su pánico le atenaza y le impide expresarse libremente; le vemos enamorado de Louise pero incapaz de declararse, sufriendo, convulsionado nerviosamente; Renoir sabe colocar entre Albert y Louise la puerta mosquitera, un obstáculo más que Albert, a modo de coraza de sus sentimientos, interpone en la realidad; la cámara le retrata impasible mientras balbucea y tose con su primer cigarrillo; se muestra airado al conocer una maldita delación, pero vencido por la palabra acusadora; sometido en prisión ante las puertas de la muerte, se dejará seducir por el verbo rico y la brillante estrategia de Von Keller. Percibirá la realidad, en una escena brillantemente dirigida por Renoir, cuando verá fusilar a su querido mentor Sorel.

(Por cierto: en la escena, Laughton, agarrado a los barrotes, actuó con tal verismo que los arrancó de cuajo, según dicen, al ser de decorado; inmediatamente, Laughton se retiró del plató, protestando por haberse quedado "cortado" en su interpretación, maldiciendo al pobre Eugène Lourié, que emigró con Renoir para ejercer de director artístico y co-productor)

Pese a los intentos de Von Keller con la complicidad del fiscal para evitar el juicio, Albert acabará por expresarse con rotundidad, clamando por la libertad secuestrada al pueblo por el invasor, rematando la acción con durísimas frases dedicadas a los colaboracionistas, en un discurso impresionante, muy bien filmado por Renoir que, aprovechando la oratoria exhibida por su héroe, muestra el efecto de su elocuente filípica en el público asistente así como en el jurado que deliberará automáticamente su inocencia.

Pero Albert es consciente que, después de su invectiva al invasor, está sentenciado a muerte. Acude a la escuela, leyendo a sus alumnos los artículos de la Declaración de los Derechos Humanos (que, curiosamente, estaban todavía por ser proclamados) en una escena en mi opinión añadida como propaganda política totalmente innecesaria después de lo oído.

Y, cuando los soldados alemanes le sacan de la escuela para ir a fusilarlo, Albert se desembaraza de ellos y, poniéndose por primera y única vez las manos en los bolsillos del pantalón, sale, tranquilamente, a dar su último paseo, indiferente a su suerte, sabedor que su gesto quedará en nuestra retina para siempre, héroe anónimo que ha sembrado su ejemplo en sus jóvenes alumnos.

Ignoro si ese detalle, las manos en los bolsillos, fue ocurrencia de Laughton o indicación de Renoir; yo hubiera acabado ahí, con un plano largo de Albert paseando indiferente hacia el pelotón de fusilamiento. ¡Magnífico!





Me da en la nariz que la RKO metió baza en algún que otro detalle, buscando enaltecer al público estadounidense, ya que una de las metas era conseguir la suscripción de bonos de guerra, y Renoir no pudo sustraerse totalmente.

Como sea, la película ha soportado perfectamente el paso del tiempo gracias a la intemporalidad que se desprende de su falta de detalle minucioso, elevándose de su condición de mera película propagandística anti nazi para permanecer como un perfecto alegato contra los cantos de sirena que ideologías totalitarias, de uno u otro sentido, todavía se oyen en el aire, amenazando la libertad de los ciudadanos.



18 comentaris :

  1. La leche, compa Josep: te extiendes en tal cúmulo de detalles, que casi la puedo dar por vista, ¿no...? Chistes malos aparte, lo cierto es que bien que tiene que merecer la pena, sobre todo andando suelto Charles Laughton por ahí. Qué monstruo...

    Un fuerte abrazo y buena semana.

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  2. Tengo vagos recuerdos de esta película, que sin duda tendré que procurarme de forma rápida. Por lo tanto, y no pudiendo aportar nada a tu reseña, me ceñiré al hecho de felicitarte por tan excepcional entrada.
    Bravo.

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  3. Debes de tenerla muy reciente, de lo cual me alegro. Acabo de retirarla de la pila de copias porque voy a volver a ver esta magnífica película. Cualquier pequeño defectillo propagandistico que tenga es absolutamente olvidable. La pelicula conmueve, en gran parte debido a ese magnífico Charles Laughton.
    Hay que verla y volver a verla. Te hace pensar mucho y los tiempos que corren necesitan más de una reflexión.
    Creo que en algun sitio la titularon "Esta tierra es mi tierra".
    Un abrazote.

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  4. Tengo un cariño especial a esta película, sobre todo por el personaje de Charles Laugthon, que está soberbio, como es habitual en él, y por esa escena final de la lectura de los derechos humanos que no ha perdido ni un ápice de actualidad.

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  5. Menudo regalo el que nos haces esta vez. Dice Alicia que le tiene cariño al film, es que Laughton se hace querer, y mira que interpretó a gente indeseable... Magnífica reseña, chapeau.
    Saludos.

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  6. En los tiempos que corremos, inmersos en olvidos selectivos, la lectura de tu extraordinaria entrada supone para mí un seco golpe de consciencia.
    La película la recuerdo vagamente pero, una vez más, me la pones en la bandeja de mis deseos y la necesidad de volverla a ver.

    Te superas en cada post,en cada efecto y en cada regalo que nos ofreces, Josep.

    Un beso.

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  7. La recuerdo de aquellas tarde de televisión en blanco y negro junto a mi padre, escuchando atentos un discurso (hay muchos de esos ante jurados o tribunales estupendos) que en aquel entonces no podiamos escuchar en otra parte.

    Estupendísima reseña, uan abraçada

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  8. Como te lea alguno que yo me sé, Manuel, diciendo que todavía no has visto This Land is Mine, te va a caer una buena.

    Lamento el destripe, pero poco podía imaginar yo que tú aun no la has visto.

    Ponla primera en tus deberes, que ya tardas, porque segurísimo que te va a encantar, pese al destripe.

    Un abrazo.

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  9. Lo cierto es, Raúl, que hace mucho tiempo no la ofrecen en la tele y ya me extraña, más habiendo leído por ahí que el inefable Tarantino, en su promoción de sus bastardos, la menciona.

    Además, ese héroe anónimo e incluso el malvado comandante, te proporcionarán interesantes ideas, seguro.

    Y gracias por el elogio.

    Saludos.

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  10. He de confesarte, Antonio, ahora que nadie nos oye, que siempre repaso -por lo menos una vez- todas las películas que intento glosar, porque mi memoria es más flaca de lo que me gustaría.

    En esta ocasión en concreto, he redescubierto la figura del malvado, tan bien presentada.

    Los títulos fueron varios, incluso antes de su estreno: el que conocemos, fue el tercero...

    Un abrazo.

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  11. Laughton está como siempre, ajustadísimo al papel; en este caso, gozó de la dedicación de Renoir que desde el primer momento diseñó el personaje para ser interpretado por su amigo.

    Pues mira, la escena de los derechos humanos, a mi parecer, sobra; es evidente su inserción publicitaria o propagandística, máxime cuando aun no se habían confeccionado y eran sólo un anteproyecto, tal que la inefable ONU, sobre la cual habría mucho que hablar y aquí no hay espacio.

    Saludos.

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  12. Supongo que Laughton, que aparte de ser un grandísimo actor era un sabio en su vocacion, Alfredo, y prefería los tipos "malos" porque es sabido que suelen ofrecer más campo para un buen actor; este héroe cobarde, con su complejidad, también es todo un bombón para un buen actor, claro.

    No se le iba a escapar a un glotón como Laughton.

    Celebro que te haya gustado: gracias.

    Saludos.

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  13. Lisonjas como las tuyas, Susy, hacen que el esfuerzo se vea recompensado y el placer sea doble. Gracias.

    Espero que disfrutes con la revisión.

    Besos.

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  14. Estos discursos, Alma, me parece que todavía siguen cautivos de esas magistrales escenas, por desgracia: el parlamento que ofrece el héroe frenta al jurado es de los que en un mitin provocarían una soflama.

    Casi juraría que, a dia de hoy, en los USA mismos censurarían ese texto, mira que te digo.

    Celebro que te haya gustado: muchas gracias.

    Una abraçada.

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  15. Josep: respecto a la declaración de los derechos humanos que lee Laughton al final del film, ésta no es Declaración Universal de los Derechos Humanos (puesto que ésta data de 1948, y el film fue rodado en 1942) sino la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano... recuerda que Laughton dice "Fué escrito en una noche de entusiasmo hace ya mucho tiempo: 150 años", con lo cual claramente alude al texto alumbrado por la Revolución Francesa.

    No pienses que las apelaciones al patriotismo eran injerencia de la RKO: Renoir lo hacía con plena conciencia de ello. De hecho Renoir hizo algo muy poco usual en su estilo, como prescindir de los planos secuencia y amoldarse al sistema de plano-contraplano e incluso planos optativos para poder alterar el montaje final: su objetivo era convencer a toda costa al público americano de la necesidad de los paises ocupados de resistir. Renoir incluso hizo previews de la película tras las cuales modificó el montaje final (tengo por casa varias escenas eliminadas de las que aún se conservan fotos).

    Lo de las manos en los bolsillos apostaría a que es cosa de Laughton. Primero, porque Renoir era un director que respetaba a los actores y les permitía ser creativos. Segundo, porque Laughton estaba implicado en el proyecto desde el principio, incluso antes de redactarse el guión (de hecho, fue cuando Laughton le leyó a Renoir "La Dernière Classe," de Alphonse Daudet, que a Renoir le inspiró el personaje y la situación de la película) y era un actor conocido por "dar vida" a sus personajes, y al que no era preciso que ningún director le "dictara" la actuación. Tercero, el detalle no figura en el guión (que solo especifica que el maestro vuelve sin echar la vista atrás.

    Te hará gracia saber que tanto yo como a otro gran fan de esta película que conozco nos encanta este gesto final... O sea que ya somos tres a los que nos gustan las manos en los bolsillos ;D

    P.S.: Aunque la película nunca fue estrenada comercialmente en España, se habla de ella eu un librillo editado con ocasión de un Ciclo Renoir en Filmoteca Española. Como no tengo a mano dicho folleto, no te puedo confirmar si se llegó a realizar un pase "semiclandestino" en la Filmo. Lo que sí se es que -ciertamente tras su primer pase televisivo en España en 1977, no sé si también con anterioridad- había una copia en celuloide que iba pululando de Cine-club en cine-club.

    P.S. 2: Sin duda, un discurso como el de Laughton en el tribunal sólo se entiende en su circunstancia... nada más acabar la guerra, dudo que los grandes estudios hubieran permitido que se hablara de "la clase trabajadora" como se habla en la película. Queda claro que Albert Lory por poco no se va al paredón cantando "La Internacional", ;p

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  16. Bienvenida, Gloria: Muchísimas gracias por tus aclaraciones que enriquecen la reseña: se nota a leguas que eres una especialista del tema.

    Anduve por la red buscando el guión pero fue en vano y mi inglés tampoco da para mucho más, a decir la verdad, y tengo que confiar en los subtítulos.

    Lo de las manos en los bolsillos creo, como tú, que es acción propia de Laughton, que refuerza magníficamente ese andar hacia su destino atroz. Sigo pensando que Renoir debió acabar la película con un plano alejándose el héroe de tal guisa.

    El discurso en el tribunal ahora no lo rodarían en los U.S.A., segurísimo... :-)

    Saludos.

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  17. Bueno, especialista, lo que se dice especialista, je, je... Es que esta película es mi personal "número uno" cinéfilo: de no haberla visto de chavalina no sería una cinéfila... Y por supuesto, esa película también me convirtió en una fan a muerte del gran Laughton.

    No sé si el guión está en internet. Yo tengo por casa fotocopias de un libro que se editó con varios guiones de Dudley Nicholls, y hay una edición de 1985 de éste guión en "solitario" con fermosas afoticos que por supuesto atesoro (se puede encontrar bastante barata de segunda mano)

    No me lo había planteado, pero te doy toda la razón en que esa salida triunfal de Laughton hubiera sido un final magnífico en si mismo. Aunque imagino que los fans de Maureen O'Hara no nos perdonarían esta opinión ;D... Y la escena en la que ella continúa leyendo los derechos del hombre (y el ciudadano) está pensada para enviar el mensaje de que, aunque al pobre Albert se lo cepiller, ahí está Louise para recoger la antorcha... y, por supuesto, quien venga tras Louise (que está claro que es muy posible que comparta, más tarde o más temprano, el destino de Albert y el profesor Sorel).

    Por cierto, hay una escena en la película (ahora la he estado repasando) en la que Albert aparece, por primera vez, con las manos en los bolsillos, aunque de una manera más casual e inocente: cuando es el único rehén liberado tras la muerte de Paul... Él por supuesto, desconoce las razones de su libertad, pero esta escena le añade al gesto referido un nuevo significado... Albert asume inconscientemente ese gesto como hombre feliz y libre en más de un sentido (ha salido de prisión, pero su charlas en la celda con Sorel también le han abierto horizontes mentales)

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  18. Gloria: si eres especialista, lo eres, y no hay más (ni menos).

    Pues lo siento por los fans de Maureen (entre los que me hallo) pero insisto en mi idea. Después de todo, el papel de Maureen tampoco es nada del otro mundo para su categoría.

    Pues va a ser que tienes razón con la escena de la salida de la cárcel, que supongo también voluntaria y nada casual: no creo que Laughton hiciera nada casual en el cine... :-)

    Y gracias por los datos de los guiones...

    Saludos.

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