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divendres, 25 de juliol de 2008

El Bardo y Ken (2000) { II.- La película }



Kenneth Branagh puede ciertamente recibir toda clase de adjetivos pero nadie se atreverá a decir de él que es un cobarde; hay quien opina que adolece de una megalomanía galopante, hay quien le tiene por un iluminado, quien le adjudica una brillante mente y un lugar de privilegio entre los directores de cine de la actualidad.

Nadie podrá decir de él que es un vago. Trabajo y riesgo parecen sus enseñas.

En el año 2000 acometió la difícil empresa de trasladar a la pantalla la primeriza comedia de William Shakespeare Trabajos de Amor Perdidos (Love's Labour's Lost, 2000)

Difícil, porque ya hemos visto, al introducir la pieza teatral, que el texto de la misma es rico en referencias demasiado temporales, fruto de un humor contemporáneo, burlesco en relación a personajes hoy ignotos. De modo que Kenneth probablemente se vio en la tesitura de tener que recortar lo que podríamos denominar chistes privados, quedando un guión demasiado corto para la duración estándar de una película. Quizás entonces (son elucubraciones de este comentarista) se le ocurrió realizar una adaptación libérrima de una obra del Bardo. Ya había apuntado maneras anteriormente, pero seguro que cuando tomando un aqua vitae irlandés con su buen amigo el productor David Barron le explicó que pensaba reconvertir la comedia en un musical al estilo más añejo, el buen David decidió tomarse otra copita.¿Un musical basado en Shakespeare? dijo David; ¿Porqué no? fue la respuesta.

Hay que ser valiente: en la segunda mitad del Siglo XX las adaptaciones de Shakespeare se fueron haciendo más y más libres, primero en los teatros experimentales, después en las grandes salas; incluso en el cine. ¿Pero, un musical?

Claro que Kenneth, que de tonto no tiene un pelo, recabó el auxilio de los mejores compositores y letristas populares del pasado Siglo XX: Irving Berlin, George Gershwin, Cole Porter, Jerome Kern, Ira Gershwin, Oscar Hammerstein II, Desmond Carter, Jimmy McHugh, Dorothy Field y Otto Harbach son sus invencibles armas.

Manteniendo gran parte del texto original y por supuesto el núcleo de la trama shakesperiana, Branagh emprende la traslación a otro medio de la comedia del Bardo: un medio no sólo más moderno, sino diferente, otorgando a la música un valor predominante en la narración. Es evidente que Branagh tiene conciencia de la dificultad del empeño y del riesgo: de entrada, los partidarios acérrimos del clasicismo de Shakespeare abominarán del experimento, aunque muchos ni siquiera se hayan tomado la molestia de leer la obra original, porque lo que es verla representada, como ya se dijo, es harto difícil, por no decir imposible; por otro lado, el género cinematográfico musical, con personajes que, de repente empiezan a cantar y bailar para expresar sus sentimientos, está un tanto caduco para la mayoría de los espectadores (entre los que, afortunadamente no se encuentra este comentarista), aunque recientemente se han alumbrado algunas excepciones.

El ímprobo trabajo de Branagh merece ser considerado de forma detallada en cada una de sus vertientes, ya que, Juan Palomo siempre, dirige, escribe y actúa, cantando y bailando como añadidura.

Su labor como director me parece perfecta, salvo algún pequeño fallo de racord: los movimientos de cámara son elegantes y precisos, enérgicos de ritmo cuando conviene, demostrando que sabe filmar tanto una escena cómica de diálogo como una pieza cantada y bailada, homenajeando de paso a Busby Berkeley aunque sin llegar a tan barroca imaginación, tomando prestadas imágenes más propias de la recatada Esther Williams.

La fotografía de Alex Thomson es luminosa, alegre, sirviendo perfectamente los designios del director incluso en aquellas escenas en las que concurren elementos fantásticos y extraños en una pieza de Shakespeare, manteniendo siempre un cromatismo ejemplar para reforzar lo que se nos cuenta; el montaje de Daniel y Neil Farrell supera con creces la dificultad de las escenas musicales y tanto escenario como atrezzo y vestuario son idóneos para la función.

La ya conocida trama la presenta Branagh trasladándola de época, situándola en una especie de anteguerra europea, insertando unas escenas a modo de documentales "oficiales", forma cotidiana de comunicar noticias en los cines en el siglo pasado, dando pistas al espectador de la situación y entorno en el que se desarrolla la historia principal.

Para mí, esos insertos son lo más flojo de la película y se rematan muy mal con un final que altera el de la comedia del Bardo, conduciendo a un "happy end" que desmerece al conjunto: si las morcillas documentales obedecen a una supuesta necesidad de informar al espectador desconocedor de la pieza teatral, introduciendo a los personajes y explicando algunas de las acciones que van a tomar, entiendo que tal necesidad es una afrenta a la inteligencia del espectador, capaz de reconocer a los personajes y a sus motivaciones y acciones consecuentes con las mismas tan sólo siguiendo con atención lo que muy bien se nos cuenta. Y por lo que hace al añadido final, espúreo, con unas escenas de una contienda y un reencuentro feliz de las cuatro parejas, no puedo más que entenderlo como una enmienda atentatoria a la decidida intención del Bardo de proclamar en esta su primera comedia la supremacía del ingenio femenino por encima del masculino, dando la sensación que Branagh no se atreve a terminar la película dejando a los cuatro varones compuestos y sancionados por su perjurio a permanecer sin la visión salvífica de sus amadas en el plazo de un año. Se podrá objetar que ese final lo único que hace es representar lo que se supone va a ocurrir cuando termina la pieza cómica, pero lo cierto es que el final feliz, Shakespeare, que de teatro sabía mucho más que Branagh, lo orilló a voluntad. Puedo aceptar y acepto los cambios de situación, los bailes, etcétera; pero no que me modifiquen la historia. No que cambien el sentido de un final añejo mucho más moderno -por menos machista- que el que se nos ofrece, con los varones convertidos en héroes de guerra y las damas anhelantes de reencontrarlos.

Lo que sin lugar a dudas salva la película y engancha al espectador es la virtud del elenco: Branagh acostumbra a dar plaza en sus obras a actores estadounidenses, supongo que por cuotas de mercado y ciertamente la inclusión del cómico Nathan Lane dando cuerpo a Costard, el bufón de la corte, es un hallazgo; no diré lo mismo del también estadounidense Alessandro Nivola que cumple meramente su cometido como Rey de Navarra, al igual que Alicia Silverstone como Princesa de Francia y Matthew Lillard como Longaville está discreto.

Nuevamente los británicos se llevan todos los honores: si Branagh está como siempre perfecto en su papel del cortesano Berowne, la guapa Natascha McElhone como Rosalinda le da oportuna réplica, y Adrian Lester demuestra una versatilidad enorme, cantando y bailando con gracia; el atildado Richard Clifford destaca como el correveidile mayordomo Boyet al servicio de la Princesa de Francia y los veteranos Richard Briers como Nathaniel y Geraldine McEwan como Holofernia (en un papel muy oportunamente cambiado de sexo), se lucen en sus cortos papeles. Pero es un estupendo Timothy Spall quien se lleva la palma por su brillantísima interpretación del estrafalario caballero español Don Armado, esperpénticamente hilarante, enamorado de la bella Jacquanetta (la italiana Stefania Rocca) a la que tratará de conseguir con la ayuda de su fiel lacayo Moth, cómicamente personificado por Anthony O'Donnell, sin más que una frase, pero muy efectivo en su función de contrapunto.

Todos ellos muy bien dirigidos por Branagh, faceta en la que realmente descolla, no en vano ha mamado el teatro británico: se nota a poco que uno se fije en los muchos detalles de la actuación de cada uno de los intérpretes. Comprobamos además que disfrutan con su trabajo: desprenden alegría de forma muy natural y eso no se consigue tan fácilmente.

La perfecta conjunción entre la historia y la música sin apenas momentos de transición evidentes, con una continuidad envidiable, hace que la hora y media que dura la función pase en un suspiro, dejándonos con una sonrisa en los labios. El buen hacer de Kenneth Branagh consigue derribar los prejuicios y sólo una mirada shakesperiana intransigente, encastillada, impedirá al cinéfilo amante de los musicales, eso sí, disfrutar de un buen espectáculo: buena música y risas están aseguradas, porque el texto del Bardo es sobresaliente, la historia es divertida y la música está muy bien interpretada y aceptablemente cantada y bailada.

p.d.: señalar la lamentable presentación en dvd: los señores de la filmax han ahorrado tanto en los subtítulos, que, aparte de constituir un texto capado penosamente, si uno ve la película doblada al castellano, las letras de las canciones, cantadas por los actores en inglés, carecen de subtitulado, perdiéndose el trabajo de selección de Branagh al buscarlas por su intención e inserción en la comedia. Lamentable y penoso.



8 comentaris :

  1. Tan sólo quisiera añadir, Josep, que la fusión de las canciones con el texto queda de lo mas armoniosa, ya que las canciones podrían perfectamente haber sido escritas por Shakespeare, aunque con ello algunos personajes como el que interpreta Branagh perdieran protagonismo, ya que su famosa lengua mordaz a la que hacen mención en la obra desaparece. Pero por todo lo demás, a la que llegla el momento en que cantan You can't take that away from me me produce una sensación tan extraña, como de dulce tristeza, que todas las dudas o reparos que pudiera tener sobre la película se me olvidan y -como dice la canción- ya no puedo apartarme de ella

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  2. A riesgo de ser lapidado en público con monolitos tamaño "2001" por los dos mayores kennypsicópatas del bloguerío (el posteador y la comentarista nº1), he decir que apenas recuerdo la película, aunque la sensación que me dejó es de ser un producto simpático y muy menor, aparte de soportar algunos miscastings escandalosos. Lo siento, pero ver a Alicia Siverstone o al insoportable Matthew Lillard me alejaron considrablemente de las bonanzas del film. Eso, y que ya sabeis todos que yo soy del club "no me lo digas cantando"; uséase, que a mí los musicales... Saludos.

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  3. Extraordinario post. Me gustó mucho la película, todo Branagh en general.
    Saludos

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  4. Desde luego, Alicia, conociendo un poco como trabaja Branagh, seguro que la elección de las canciones no se decidió por su fama anterior: las letras de las canciones van que ni ex-profeso, como bien apuntas, y siendo como son las melodías destacadísimas composiciones, el conjunto es espléndido, sí.
    Mira si me engancha, que mientras redactaba el comentario mantuve la película como sonido de fondo, porque las nueve piezas musicales me encantan. Como soy muy lento escribiendo, casi que la oi dos veces... porque dejaba de escribir y me ponía a ver la película...

    Saludos.

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  5. No temas, Marcbranches, tal lapidación: creo que el monolito lo tienen reservado para rodar Odisea 2030 o algo así...

    El desechar el musical de entrada es un serio obstáculo para disfrutar de esta película, evidentemente.

    Lo de la Silverstone y del Lillard está claro; pero es que, como digo, los mejores son los característicos: no en vano son los únicos que se hacen cargo de forma individual de una canción, siendo así que los "protagonistas" comparten "estrellato" en todo momento.

    Saludos.

    p.d.: en todo caso, kennyfilos... :-)

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  6. Muchas gracias, 39escalones. Creo que es una película muy entretenida, con ritmo y amable en todos los sentidos, que no es poco.

    Saludos.

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  7. No he visto la peli, compa Josep, pero tengo muy claro que, más allá de las bondades de su texto de soporte y de lo mejor o peor que me pueda caer Branagh (no muy bien, he de confesarlo), si aparece por ahí la señora McElhone (que me tiene totalmente "arrebatao" desde la que ví en El show de Truman...), no hay más que discutir. De cabeza...

    Un fuerte abrazo.

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  8. A poco que degustes el musical, amigo Manuel, te gustará sin duda esta película: canciones inolvidables y humor se dan la mano, con lo que el buen rato está asegurado.

    Un abrazo.

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