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divendres, 29 de gener de 2010

Examen de Cinefilia (parte XXVII)



Había pensado iniciar este año en plan más bonachón, olvidándome de los suplicios, digo, exámenes de cinefilia, pero llega el fin de mes y no se que me pasa, que mi espíritu se revuelve y me parece que alguien lo echaría de menos, así que, contra mi inicial deseo, de momento vamos a seguir con estos ¿amables? ejercicios de memoria cinéfila.

Además, tan sólo llevamos veintisiete contando el presente: no son tantos exámenes, bien mirado...

De todas formas, he decidido mostrarme magnánimo y en consecuencia, aprovechando algún truquillo que he descubierto, volveremos si les place a un ejercicio visual que seguramente será facilísimo de resolver.

Así pues: ¿Estamos despiertos? ¿Tenemos lápiz y papel a disposición?

Se trata de averiguar el nombre y apellidos de una persona que ha contribuído con sus buenas ideas en varias películas. Con desigual resultado, todo hay que decirlo. En este bloc se constató hace ya bastante tiempo.

¡Eso es una pista que allanará el examen, seguro que si!



Ver la primera pista


¿Que? ¿Como ha ido la cosa?

¿Ya lo tienen, no?



¿Nooo?

Vamos a dar más:

Pista 2 [+/-]
El director de una película de la que se han podido ver imágenes en las diapositivas, realizó dos trabajos muy distintos en una fantástica película dirigida por


Pista 3 [+/-]
En tres de las mejores películas producidas aprovechando las ideas del personaje cuya identidad hay que averiguar, actúan tres célebres:


Para quien esté desesperado, aquí dejo la Pista definitiva [+/-]
Cuando uno no sabe donde buscar ya, lo mejor es que se dirija al :


Aunque no lo parezca, todo cuadra perfectamente....




El amigo Raúl que demuestra grandes dotes como buscador y analizador de datos, repite como vencedor, aunque ha tenido la gentileza de dejar abierto el acertijo para quienes acudan con posterioridad. ¡Bravo por él!




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dimecres, 27 de gener de 2010

El Rey del Cuello de Botella







Tal día como hoy, 27 de enero de 1918, nacía en el estado sureño de Mississippi un crío que se llamó Elmore Brooks, hijo ilegítimo de una jovencita de quince años llamada Leola Brooks: el pequeño Elmo
re a los doce años ya hacía música con un extraño instrumento de una sola cuerda y pronto tuvo la suerte que apareciera una guitarra acústica en sus manos, quizá regalo de un hombre, Joe Willie James, de quien el joven tomó el apellido al iniciar lo que sería una fecundísima y corta carrera musical que terminaría abruptamente en 1963 cuando con cuarenta y cinco años su ya de por sí delicado corazón sufrió un tercer infarto posiblemente provocado por la intemperada afición de Elmore a beber wisky.

Elmore James es
considerado el rey de la guitarra de blues tocada con un cuello de botella, bottleneck o slide, consistente en usar un cuello de botella -luego un cilindro de acero- para deslizarlo sobre las cuerdas de la guitarra consiguiendo maravillosos sonidos, alaridos o lamentos muy propios para la música de blues en la que Elmore James es un eslabón básico.

Su influencia como compositor, cantante y guitarrista todavía se puede escuchar en la actualidad en muchísimos nombres de primera fila.

Dado su pronto fallecimiento, no ha resultado posible hallar vídeos para verle actuar en directo, pero sí hay diversas canciones que dan fe de su potencia musical en un género, el blues, del que derivan tantos otros:

It Hurts Me Too


Rollin' and Tumblin'


One Way Out


Got to Move


Coming Home


Conviene resaltar que el sonido de la guitarra de Elmore en muchas ocasiones proviene de una simple guitarra acústica con un pequeño micrófono incorporado en la boca de la guitarra.

La guitarra acústica, para quien no lo sepa, es parecida a la clásica española, un poco más grande, y usa cuerdas metálicas. La guitarra eléctrica dispone de una serie de elementos que substituyen el micrófono y transforman el sonido que se vierte a través de un amplificador. Elmore James también tocó más adelante, con una guitarra eléctrica, rudimentaria en comparación con las actuales, y siempre dio verdaderas clases de la técnica "slide"

Por último, veamos tres ejemplos de conocidos músicos de la actualidad interpretando ¿viejas? piezas de Elmore:

Eric Clapton homenajea en 1994 a Elmore James en una versión de It Hurts Me Too


Bonnie Raitt hace lo propio, cantando y tocando slide en Coming Home


Y el gran Gary Moore, usando un bottleneck de cristal, en su propia versión del tema que iniciaba esta entrada: Dust my broom


Parece que el maestro Elmore James sigue vigente...




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dilluns, 25 de gener de 2010

Una catarsis impersonal



Los mortales de a pie, la gran masa que carecemos del hálito artístico que anida en la genialidad, ni entendemos ni podemos siquiera comprender qué es lo que pasa por el ánimo de un artista: únicamente aproximarnos a su obra reinterpretandola conforme a nuestra propia subjetividad dando como resultado un aprecio mayor o menor que dependerá siempre de la afinidad y del momento vital del espectador.

Los grandes artistas son gentes de otro mundo con unas expectativas particulares; si difícil resulta entenderse a uno mismo, comprender a un artista es tarea titánica.

Los directores de cine suelen mostrarnos en su obra retazos de su vida y su forma de pensar, casi siempre de forma subrepticia; pero en ocasiones llana y simplemente se desnudan ante nosotros mostrando su lado más humano, más cercano a las dudas vitales de cualquiera.

Eso es lo que hizo en 1963 Federico Fellini con su película 8 1/2, rodada como un medio de alejar sus demonios personales en un momento de su vida.

Otro tanto hizo Bob Fosse, rendido admirador de la obra felliniana, cuando en 1979 expuso su vida, virtudes y defectos, en la película All That Jazz

En ambos casos el r
esultado obtenido es espectacular, lo cual no es ciertamente nada sorprendente porque son obras catárticas para un artista, un genio, que, como aseguraba el gran Pablo Picasso, cuando la musa inspiradora se acercaba, siempre les encontraba trabajando. Esas dos grandes películas lo son porque son fruto del sufrimiento del artista que decide poner en la palestra sus inquietudes exorcizando sus demonios personales, vomitando fuera de sí sus angustias logrando que el público espectador sienta de inmediato una cierta afinidad por el genio comprobando que, al fin y al cabo, es humano.

Seguramente si preguntara en voz alta quién estaría de acuerdo en que se rodara mañana un refrito de All That Jazz me lloverían las críticas adornadas con los más variados epítetos y ninguno halagüeño: porque hacer una versión de una película tan personal es casi una locura, aparte de innecesaria actividad cinematográfica.

Sin embargo, muchos fueron los aplausos que concitó la idea de traslada
r a las tablas escénicas la película de Fellini reconvirtiéndola además en un musical. El montaje, basado en libreto de Mario Fratti retomado por Arthur Kopit y provisto de música compuesta por Maury Yeston, siendo el primero de los muchos coreógrafos que han intervenido Thommie Walsh (ya que en cada versión los bailes han cambiado significativamente), fue un éxito a principios de los ochenta del pasado siglo. Tanto éxito tuvo, que incluso se ha repuesto en Broadway en este siglo que estamos.

Sin duda los Weinstein, que se la jugaron cuando dirigían la Miramax al entregar a manos del novato Rob Marshall la dirección de Chicago, pensaron que éste era el más apropiado para dirigir la traslación cinematográfica del drama musical y así hace ya casi tres años se inició la rocambolesca pre producción de Nine, recién estrenada en España sin que su título haya sido traducido, pese a ser tan fácil en este caso. (Será que a los traductores de títulos lo que les gusta es meter la pata y claro, con ésta no podían.)

Cuando he adjetivado la pre producción he pretendido nada más despertar la memoria de tantas noticias como se han podido leer: cambios de intérpretes, rechazos, abandonos, dudas, en fin. Nada nuevo en el mundo del cine pero poco ventajoso para una película que parte de un guión escrito con ciertas dificultades por Michael Tolkin, rematado por el ya difunto Anthony Minghella en base al libreto de la pieza escénica, que toma aspectos interesantes del guión de la película de Fellini pero deja en el tintero, americanizándolo, otros aspectos.

Nada más lejos de mi voluntad que establecer comparaciones, siempre odiosas: la película de Fellini ahí está y ese medio punto añadido para construir un musical podríamos decir que no suma pero ayuda a construir un producto distinto. Digamos que los avispados productores de Broadway se aprovecharon de la buena idea de Fellini.

No he tenido la suerte de poder ver en el teatro el drama musical. He comprobado que, a cada versión en diferente ciudad y tiempo, la coreografía era responsabilidad de alguien distinto. Y he tropezado, buscando en la red, con uno de los números más impactantes, ajeno a la película:

Coreografiado por Keith Young, con Jordi Caballero y Carmit Bachar, para un programa televisivo:

Be Italian

Este tío está divagando, puede que piense algún amable lector.

Pero no. Véase un trocito de lo que Rob Marshall ha coreografiado para el mismo tema, cantado por Stacy {Fergie} Ferguson :

Be Italian (Nine, 2009)

Hay una clarísima diferencia: en la película, no hay ningún varón agitándose, apasionado, entre tanta belleza.

El resultado es, en mi opinión, una versión "light", deslumbrante, pero descafeinada, como dejando aparte el componente sexual interactivo, quedando como un mero espectáculo de varietés y no muy original, ya que el uso de la arena como extensión de las bailarinas ya aparece en El Violinista en el Tejado coreografiado por el gran Jerome Robins, adaptado por Tommy Abbot para el cine.

Tanto Fellini como Fosse, en sus respectivas películas, dirigían su propia historia: se reflejaban en cada fotograma y su pulsión era evidente: necesitaban exponerse públicamente en un alarde de exhibicionismo redentor, expiador de sus faltas.

Nada de eso aparece en Nine ya que Rob Marshall no está contándonos "su" historia: está dando forma cinematográfica a un libreto teatral reconvertido en guión y los elementos a su disposición no son, todos ellos, los más adecuados para tal ambicioso fin.

De entrada, la música, salvo cuatro números aceptables, nada tiene de inolvidable: si acaso, Be Italian puede ser recordado por su melodía y por la excelente voz de la apocopada Fergie. Pero no son canciones que vayan a pasar a la memoria popular, seguro. Y los intérpretes las cantan bastante bien, pero ninguno de ellos demuestra dotes de baile remarcables.

Daniel Day-Lewis canturrea pero no baila en absoluto y su personaje, ese Guido Contini, es el eje alrededor del que gira toda la trama: es el alter ego del director; o debería serlo, que no lo es, porque desde luego Marshall no expone nada propio.

Así que estamos frente a un drama musical cuyo protagonista participa a medias porque evidentemente, cuando se trata de dar cuerpo al atormentado Guido, Day-Lewis no tiene ninguna dificultad y entendemos perfectamente el estado de ánimo que le embarga en todo momento.

La recreación de las dudas que asaltan a Guido en un momento de transición de su vida y su relación con distintas mujeres es el núcleo de la trama y Marshall usa muy bien la transfiguración onírica presentando los números musicales con buen ritmo aunque, forzado por la inexistencia de bailarines en el elenco, disimula la carencia gracias a Dion Beebe con su cámara mágica iluminando las escenas apropiadamente y montando las diferentes tomas en la mesa de moviola regida por Claire Simpson y Wyatt Smith que intentan salvar los papeles.

Probablemente esa conversión en musical, añadida a la dispersión de tantas actrices que acompañan al protagonista, comporta que algunos caracteres femeninos queden desdibujados por falta de minutos en escena aunados a falta de fuerza y precisión en el guión: así, Saraghina (Fergie), como mujer que despierta la sexualidad de Guido siendo un niño y Claudia (Nicole Kidman) su actriz favorita, quedan en apenas una aparición espontánea y ninguna de ellas se marca un baile con Guido.

Penélope Cruz resulta sexy en su papel de Carla, la amante obsesionada, cantando y moviéndose bien, aunque su personaje, adornado de un dramatismo complejo -ama a su esposo pero adora a Guido y no pretende romper su matrimonio (estamos en la Italia de los sesenta del siglo pasado, donde no existía el divorcio)- no acaba de perfilarse en buena parte por culpa del guión que no profundiza y que además da toda la sensación de haberse escrito para ser visto por públicos de toda edad: es decir, no para adultos expresamente.

Marion Cotillard domina todas las escenas en las que aparece y además canta muy bien los temas que se le confían ofreciendo un recital interpretativo incluso por encima del protagonista, dejando la sensación en el espectador que se le hubiera podido exprimir todavía más.

Marshall cumple con la misión de llevar el drama musical a la pantalla demostrando que ya conoce bien los trucos cinematográficos hasta el extremo de filmar con calidad las intervenciones musicales de Judi Dench (que canta muy bien su fácil canción), Sophía Loren (que más que cantar recita entonando) y la joven Kate Hudson que, como representante estadounidense en la historia, goza de una especie de video clip con aires extremadamente sesenteros del siglo pasado en una versión muy pop de su tema.

Uno tiene la sensación que Marshall recrea con cierta moderación la historia y en ello consiste su mayor error. El conjunto es musicalmente poco consistente y el drama existencialista del protagonista queda un tanto almibarado sin dejar de resultar un desafío para el espectador que debe prestar su atención al discurso, al igual que ocurre en la película de Fellini o en la de Fosse, ésta mucho más atrevida que Nine incluso pasado tanto tiempo.

La conclusión es que la comercialidad se verá mermada injustamente, porque aunque los obstáculos relatados carezcan de suficiente enjundia para adjetivarlos como errores, probablemente alejará de la taquilla a muchos espectadores, acostumbrados a sentarse frente a productos que no requieren pensar.

No diría que es imperdible, pero sí que el cinéfilo amante del género musical debe hacer por verla, más que nada para juzgar por sí mismo y comprender que filmar un musical no es tan fácil como parece: hay obstáculos insalvables.



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divendres, 22 de gener de 2010

La primera de Rob






Empezar cualquier obra de arte con un plato fuerte es un riesgo difícil de asumir: sea un primer capítulo de una novela, una virtuosa introducción de un concierto o, como es el caso, una escena musical con tanta garra.

Porque uno siempre aspira a más conforme se va desarrollando la pieza; es lógico y razonable guardar los números brillantes para otro momento.

Así que este inicio, apenas vislumbrado, encoge el corazón del espectador avisado, porque se teme que a partir de ahí, todo descenderá hasta la banalidad.

Si además el que toma esa decisión es un director novel cuando planifica de antemano su primer largometraje, seguro que más de uno se lleva las manos a la cabeza.

Pero Rob Marshall,
a quien eligieron en última instancia como director, no es ningún tonto. Monaguillo antes que fraile, Rob se inició como bailarín profesional y luego, con el paso de los años y la pérdida de facultades físicas y crecimiento de la ambición, devino en coreógrafo de lustre: seis nominaciones como mejor coreógrafo en su haber por trabajos realizados en Broadway así lo acreditan. Seis desde 1993 hasta 1999. La última, de hecho, como mejor director de un musical (una nueva versión de Cabaret) junto con Sam Mendes, quien declinó la propuesta de dirigir Chicago (Chicago, 2002) porque se hallaba enfrascado en su American Beauty.

La trama se sustenta en origen en una pieza de Maurine Dallas Watkins , cronista de crímenes de un periódico de Chicago, que en 1927 escribió la historia de dos asesinas que conmocionaron la ciudad, que se convirtió en película: Chicago (1927). Más tarde, en 1942, Ginger Rogers representó a la asesina Roxie Hart.

A mediados de los sesenta del pasado siglo, Gwen Verdon, casada con Bob Fosse, se empeñó en que le gustaría interpretar un musical con esa historia: Fosse le fue dando largas a su esposa y ella, como es natural, no se dio por vencida: como una verdadera gota china, insistió, insistió, hasta que al fin Fosse, que se encontró con los derechos de la obra en sus manos, las de su esposa y las de Robert Fryer, no tuvo más alternativa que ponerse a trabajar. Así, en 1975 se estrenó en Broadway el musical Chicago, obteniendo un clamoroso éxito.

Las excelentes composiciones musicales de John Kander y las canciones escritas por Fred Ebb más una adaptación del libreto por parte de Ebb y de Fosse, formaron un conjunto fantástico.

Rob Marshall desde el primer segundo y hasta el último fue consciente del peso de Fosse y compañía en la película con la que iba a estrenarse como director de cine: por eso, en los títulos de crédito, se rinde expreso homenaje a Gwen Verdon, Bob Fosse y Robert Fryer.

Contra la unánime opinión, ese primer número que pueden haber disfrutado, esa canción All That Jazz, no es un homenaje explícito a Fosse, referido a su película con el mismo título; el número musical es un homenaje de Fosse y compañía a la cabaretera Texas Guinan

Lo que en mi opinión sí es un homenaje directo a Fosse es la ambientación de la sala, tanto en ese número como en el que le sigue, ya que se inspira muy claramente en la forma de rodar Fosse "su Cabaret".

Pero aparte de las semblanzas y homenajes, lo cierto es que Rob Marshall despega y toma las riendas de todo el montaje con inspiración propia, sin renunciar a lo conocido.

Basándose en un guión de Bill Condon, Marshall ofrece su visión de una historia ya conocida. Su experiencia como coreógrafo le permite modular de forma excelente los bailes; según cuenta él mismo en el documental que acompaña el dvd, dedicó mes y medio a trabajar con el elenco hasta que moldeados cual barro en sus manos, supieron moverse como él quería.

Tuvo la enorme suerte de contar con Catherine Zeta-Jones quien se había iniciado en los musicales londinenses y sabe bailar y cantar desprendiendo un erotismo y una energía que hacen de su Velma Kelly una adorable asesina capaz incluso de liderar al bellísimo grupo de asesinas de la cárcel donde están aguardando su juicio, en el memorable Tango de la Cárcel

La idea de Marshall consiste en mezclar la mayoría de los números musicales con lo que podríamos llamar la vida real: el personaje de Roxie Hart (interpretado por una esforzada Renée Zellweger que canta bien pero se mueve como una gimnasta) imagina situaciones musicales y su representación toma tintes oníricos gracias a la espléndida paleta de colores fruto del inmejorable trabajo de Dion Beebe que pinta de luces de colores las diferentes escenas siempre adecuando el tono al significado de la escena, admirablemente compuesta en su planificación y montada por Martin Walsh con una sincronía entre realidad y ficción que consigue maravillar a cada revisión de la película.

El conjunto es fascinante pero no logra ocultar la acerada crítica residente en la obra original, donde los tejemanejes de los periodistas, más preocupados por vender periódicos que de otra cosa, dejan a un lado la ética profesional para enaltecer conductas reprobables, ofreciendo carnaza a un público ávido de sensaciones fuertes, punto flaco aprovechado por el avispado Abogado de Roxie, un tal Billy Flynn (Richard Gere, que entona bien pero sigue actuando como siempre), especialista que disfruta manipulando a la prensa

El conjunto de personajes que vemos desfilar carecen del más mínimo escrúpulo: únicamente el marido cornudo de Roxie, Amos (John C. Reilly, fantástico, sorprendente su calidad como actor secundario), es una persona que puede suscitar una reflexiva adhesión del espectador por ese tipo de buena fe al que todos engañan y a quien nadie toma en cuenta, como si realmente se tratara de un hombre invisible, hecho de celofán.

La valentía del libreto, que el guión mantiene, permanece inalterable e incólume al paso del tiempo; si la autora criticó duramente los procedimientos de los felices años veinte de la ciudad de Chicago, cuyos personajes más conocidos son hampones de la talla de Capone, oscureciendo a las buenas gentes, los dardos afilados persisten en el guión de Condon y Marshall los refuerza con su visión esperpéntica, surrealista y burlona, ofreciendo una espectacular, colorida, alucinante y malvada burla de lo que puede llegar a ser un tribunal de justicia, como si fuera un circo de tres pistas.

Marshall deslumbra con sus números musicales y los filma con una precisión y fuerza inolvidables e inimaginables en una ópera prima: su pulso es firme y se nota a la legua que tiene las ideas muy bien forjadas: sabe lo que quiere y sabe cómo obtenerlo. Cuenta con la inapreciable colaboración de Andrew M. Stearn como director artístico, alumbrando un Chicago envejecido, real, y un riquísimo desfile de vestidos a cual más brillante fruto de los bocetos de la diseñadora Colleen Atwood que ajusta el colorido de las telas a usar en la confección a la escena y a la iluminación, ofreciendo un todo asombroso y pletórico de conjunción artística.

Marshall consigue arrancar en este siglo XXI los vítores y aplausos del cinéfilo aficionado al género musical con una obra moderna en su concepción y clásica en su contenido: no rehuye la carga erótica que seguramente incluyó Fosse en el libreto y la refuerza con planos elípticos pero muy inteligibles; la crítica a la excesiva influencia de la prensa amarilla en las decisiones de los jurados de los tribunales persiste y sigue vigente, convirtiendo un musical en una parábola amarga de la actualidad: entre bailes y canciones, señalan con el dedo la podedumbre de una sociedad que toma como espejo a imitar conductas delictuosas y reprobables.

Una película que contiene en sí misma muchas otras: un musical destinado a recordar que en el mundo que vivimos el éxito se alcanza en ocasiones por medios amorales con el beneplácito de parte de la sociedad, más atenta a trapichear y conseguir beneficio sin esfuerzo que por medio de un laborioso trabajo honrado: un espejo distorsionado que refleja esperpénticamente a la prensa voraz de noticias: la sangre fresca deja huérfana de fotos a la Roxie vencedora de una justicia inane vencida por un fullero. Marshall no nos cuenta de hecho nada nuevo, pero lo hace con una convicción y fuerza indiscutibles y un lenguaje cinematográfico que al modo clásico nos permite disfrutar de los números musicales. El montaje en paralelo, como ya he apuntado, excelente, no tan sólo refuerza la interacción entre realidad y fantasía, sino que presenta las escenas musicales realzando detalles enriquecedores que en planos generales se perderían.

Chicago consiguió seis premios Oscar y siete nominaciones en el mismo certamen: cosecha sorprendente e inusual en una ópera prima; tengo para mí que alguno, vistas todas las candidaturas, como se puede comprobar aquí, resulta discutible.

Pero en mi opinión de cinéfago amante de los musicales, su categoría y calidad no han hecho más que crecer con el paso del tiempo; tan sólo puedo señalar como defectos subsanables las intervenciones de Richard Gere y de Renée Zellweger: ambos desempeñan bien sus caracteres pero se hallan faltos de la garra y fuerza de que hacen gala tanto la Zeta-Jones como Reilly, quedando desequilibrada la balanza del elenco interpretativo, en el que brilla también la intervención de la cantante Queen Latifah en un tema muy alejado de su especialidad

Seguramente un Billy Flynn interpretado por Christopher Walken y una Roxie Hart con el cuerpo y voz de Bernadette Peters hubieran sido una elección mucho más afortunada, ¿no? vean un ejemplo

Ese pequeño fallo de reparto y el hecho que aun no hace diez años de su estreno (en mi particular orden) son los únicos obstáculos que me impiden colocar directamente estos fantásticos ciento trece minutos de pasión, colorido, música y baile en la etiqueta de obra maestra; pero no hay duda que dentro del género musical, su lugar está muy cerca de la cabeza.

Sólo me queda desear que dentro de unas horas, el último estreno de la mano de Rob Marshall me emocione igual. Veremos...





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dimecres, 20 de gener de 2010

MM 33 Volver







Volver, la famosísima composición de Alfredo Le Pera, que en su original forma de tango llevó por todo el mundo Carlos Gardel, es aprovechada por Pedro Almodóvar, cuyo buen gusto musical no tiene desperdicio, para dar título a su película del año 2006, y obtener de una gran artista española una versión con aire flamenco que la revitaliza y populariza de nuevo, esta vez entre la cinefilia.

Penélope Cruz da cuerpo y presencia a la magnífica voz de Estrella Morente.



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dilluns, 18 de gener de 2010

Secundarios de Lujo (20)





El joven Redmond O'Brien, nacido en la ciudad de Nueva York en septiembre de 1915, quería a toda costa convertirse en un émulo de Houdini y ser mago en un escenario.

No alcanzó la fama como mago, pero, desde luego, sí que consiguió con su magia encandilarnos a todos los cinéfilos cuando decidió que lo suyo era actuar y, quitando una sola letra, tomó el nombre artístico de Edmond O'Brien.

Sus primeros pasos fueron en el teatro y especialmente el clásico: iniciarse en las tablas representando a Shakespeare y a las órdenes de grandes intérpretes y directores británicos, como puede verse aquí ya da pistas al espectador acerca de lo que se puede esperar de un actor.

Como es habitual, el salto de las tablas neoyorquinas a los platós de Hollywood no se hizo esperar. El joven Edmond, como quien dice, entró en la meca del cine por la puerta grande.

Iniciar una carrera cinematográfica a las órdenes de William Dieterle, acompañando a grandes intérpretes es un bautizo al alcance de muy pocos:The Hunchback of Notre Dame (el Jorobado de Nôtre Dame, 1939)

Con un currículo grandioso, se me hace difícil detenerme en algunas pocas intervenciones de un intérprete que al fallecer en 1985, con sesenta y nueve años, dejó tras de sí más de un centenar largo de trabajos, todos encomiables. Sin ninguna característica que le hiciera especial, salvo su innegable talento, Edmond O'Brien pertenece por derecho propio a ese puñado de fantásticos actores que sostienen no pocas películas junto a estrellas de renombre.

Le habremos visto en muchos de sus trabajos y su naturalidad, tan fácil y tan difícil a un tiempo, habrá hecho que olvidemos su presencia: es lo que ocurre con los grandes característicos del cine clásico: parece que no actúen y no se les da mérito.

Veámoslo en algunas de las piezas que conforman una filmografía envidiable por los directores, por los compañeros de trabajo y por su resultado final:

Interpretando al detective de una aseguradora, hilo conductor de la estupenda primera versión del relato de Hemingway, del que ya me ocupé aquí, The Killers (Forajidos, 1946)

Ocasionalmente, tuvo la oportunidad de protagonizar alguna cinta estimable: Frank, envenenado, con una semana de vida por delante, busca a su asesino, para averiguar el porqué y hallar un antídoto (sí, ya supongo que les suena la historia) en la película de Rudolph Maté D.O.A. (Con las horas contadas, 1950)

La actriz y directora Ida lupino le confió también un papel protagónico en The Bigamist (El Bígamo, 1953)

Podemos verle en compañía de Michael Redgrave en la primera versión cinematográfica de la famosa novela de Orwell, 1984 (1956)

A las órdenes de John Ford, en su obra maestra The Man Who Shot Liberty Valance (El Hombre que Mató a Liberty Valance, 1962), representando, con su personaje, a la naciente prensa independiente, libre y valiente, aunque un poco aficionado a los licores: Mr. Peabody en acción.

Consiguió un Oscar al mejor secundario en La Condesa Descalza y luego, años más tarde, una justa nominación en un drama de corte político, a las órdenes de John Frakenheimer, Seven Days in May ( 1964)

Lo cierto es que dar un repaso a la carrera de Edmond O'Brien anima no poco a revisar bastantes películas; una de ellas, la ya mítica pieza de Peckinpah The Wild Bunch (Grupo Salvaje, 1969)

En muchas ocasiones nos viene a la mente la coletilla "ya no se hacen películas así", pero de lo que no hay duda es que ya no hay intérpretes secundarios así, como el gran Edmond O'Brien.





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divendres, 15 de gener de 2010

El Corazón Delator




Basado el guión en el homónimo relato de Edgar Allan Poe, he aquí un cortometraje de un principiante, Alfonso S. Suárez , en triple papel de guionista, productor y director, que consiguió convencer al recientemente fallecido Jacino Molina, más conocido por su nombre artístico de Paul Naschy, siempre dispuesto a prestar su apoyo a los nuevos talentos del cine español.

Una buena planificación acompañada de una eficacísima y adecuada fotografía en blanco y negro al servicio de una trama sobradamente conocida y una ajustada interpretación, permiten confiar que algún día algún productor con dinero inicie una aventura en forma de largometraje a disfrutar en la pantalla grande.





Sirva, además, como homenaje tardío pero merecido, a Jacinto Molina.





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dimecres, 13 de gener de 2010

Inane transformación




Ya han pasado los Reyes Magos.

Los que sean lo bastante adultos y observadores de la realidad se dan cuenta, por estas fechas, que los infantes suelen entretenerse con aquellos juguetes más sencillos y menos tecnificados de toda la marabunta que sus majestades habrán dejado en el balcón hace unos días.

Supongo que alguien tendrá la clave de ese comportamiento; una actitud con la que me siento muy identificado a pesar de haber dejado atrás la infancia hace ya demasiado tiempo; una forma de rechazar muy diplomáticamente las alharacas y lucecitas que tratan de ocultar que, en el fondo, la concepción del juguete es fútil, inútil en esencia: aburre. No logra su objetivo.

Aun a riesgo de caer en la presunción de establecer un todo articulado en una sensación particular, presiento que no soy el único adulto que prefiere el fondo a la forma. Espero no estar equivocado; y si así fuera, me inscribiría en una nueva sección del tipo raro: el cinéfilo que prefiere una buena historia bien contada y bien interpretada, aunque la película sea en austero blanco y negro.

He estado dándole vueltas a mi neurona (soy un hombre y ya se sabe que sólo t
enemos una) para tratar de entender un nuevo fenómeno cinematográfico que, lo reconozco, se me escapa.

Asistí hace tres semanas al estreno de Avatar en "mi cine", exhibición
en simple pantalla grande pero con sus habituales dos dimensiones: ancho y alto. El último intento de James Cameron para entrar por la puerta grande en la historia de la cinematografía mundial. Según cuentan las taquillas, el éxito ha sido apabullante. El éxito comercial, claro.

Para mí, un juguete caro, muy caro, lleno de lucecitas, inacabable con más de dos horas y media de metraje repleto de imaginería azul, un mundo irreal muy bien
representado, unos bichos y personajes fantásticos muy logrados, pero nada más.

Una historia basada en un guión del propio Cameron con más agujeros que cien campos de golf unidos en una galaxia imaginada repleta de seres primitivos con esc
asa personalidad, meros arquetipos planos propios de un tebeo para críos, con una acción ilógica en sí misma aun admitiendo la posibilidad de un atisbo de veracidad en el planteamiento que de original no tiene nada.

Podría iniciar un debate sobre las posibles interpretaciones pseudo-filosóficas de la trama, pero sería enriquecer injustificadamente el planteamiento de Cameron, buscando donde no hay.

La película es espectacular, los efectos especiales son magníficos, pero no hay sentimiento ni pasión, ni apenas emoción alguna que suscite lo que vemos en pantalla; puede que en tres dimensiones mejore el aspecto visual, pero el fondo, la trama, se presentará igualmente vana, porque nunca la forma puede hacer otra cosa que disimular circunstancialmente la falta de fondo.

Hay un antiquísimo proverbio español que lo deja muy claro:

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.


Así pues, dejémoslo claro: la película es mala de remate. Bonita y espectacular, pero mala de remate.

No hace mucho leía en la red un artículo de un bloguero escribiendo de cine -lamento no haber guardado el enlace y ni siquiera recuerdo de qué película trataba- en el que el autor se manifestaba con fuerza en favor del cine puro, decía, donde la imagen debe primar sobre el texto, so pena de convertirse en una especie de teatro filmado.

No estoy muy de acuerdo, seguramente debido a mi inveterada afición por la palabra bien escrita y bien dicha: para mí, el cine sonoro siempre ha representado un avance sobre el cine silente. Me gustan los buenos diálogos y me gustan las buenas actuaciones, como ya habrán apreciado todos los que por aquí vienen.

En la película de Cameron no hay ni de lo uno ni de lo otro. Si los diálogos son risibles, casi tanto como la supuesta ideología -más que nada charlatanerismo barato- de la trama, la carencia del elemento humano me aleja de apreciar el producto.

Nada tengo en contra del uso de la tecnología para recrear mundos imposibles, bichos imaginarios, acciones inventadas. Pero soy antropomórfico por naturaleza: no puedo sustraerme a la figura humana como objeto de emociones y por mucho que me entretengan unos dibujitos complejamente creados, siempre me llega al corazón antes una figura humana fingiendo: nada como un buen intérprete pronunciando con arte un buen diálogo.

El uso de las técnicas de animación para substituir a intérpretes de carne y hueso no tienen, claramente, mi bendición. Si el cine avanza en ese sentido, voy a tener que empezar a comprar más películas de lo acostumbrado, no sea que acaben siendo reliquias de un pasado olvidado las obras en las que un buen ramillete de intérpretes me emocionen, a mí y unos cuantos chalados como yo, y suba el precio por falta de existencias.

Confieso que el abrumador éxito de Avatar me deja perplejo y como no soy tan optimista como sería deseable, me preocupa contemplar un futuro lleno de imágenes creadas en un ordenador muy potente pero falto, como toda máquina, de sentimientos. La multitudinaria aceptación por el espectador medio de productos como Avatar no me parece cuestión baladí: ¿se está deshumanizando el cine? Porque Avatar es tan sólo una punta de lanza, una cumbre de un iceberg que, bajo la línea de flotación, tomada ésta como el promedio de recaudación, contiene no pocos productos que en el recién finiquitado año 2009 han paseado sus andanzas por las pantallas de cine sin que las historias que se hayan presentado alcancen a emocionarme lo más mínimo en su mayoría.

¿Hay un cambio en la predilección del espectador? ¿O resulta que la industria cinematográfica estadounidense se halla carente de ideas que sustenten un buen fondo y lo disimula con formas novedosas? ¿Porqué el espectador medio acepta con agrado tales productos?

¿Soy muy raro?

Porque desde hace tres semanas mi neurona me va diciendo en secreto, sigilosamente, que no tan sólo soy como esos niños que se entretienen horas y horas con el juguete más simple: soy como el niño del cuento de Andersen que, viendo al gran rey Cameron rodeado de un cortejo que alaba sus vestiduras, de repente, grita: ¿Porqué el rey va desnudo?


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dilluns, 11 de gener de 2010

TC (4) Compulsion





En ocasiones, los títulos de crédito, meras letras informativas de quienes colaboran en una película, se transforman en una especie de prólogo que sitúa al espectador en la temática que se va a desarrollar.

Esto ya lo vimos en la anterior entrada de esta sección; vamos ahora a dar un paseo en el tiempo y nos situamos en el año 1959.

Es importante recordar la fecha sobre todo para el joven cinéfilo que no recuerde que, en aquella década, el denominado código Hays estaba muy vigente y vigilante de las posibles infracciones que en el cine pudieran cometerse especialmente apuntando a cuestiones sexuales que la "gran mayoría", eufemismo tergiversador donde los haya, prohibía.

Atender con especial detenimiento las acciones y diálogos que se ofrecen en las primeras imágenes de la estupenda película Compulsion dirigida por Richard Fleischer creo que va a ser una sorpresa para quien no haya visto la película o quizás no recuerde muy bien su inicio:




Este comentarista no recuerda haber visto en películas de mediado el siglo pasado un diálogo tan cargado de conceptos sexuales entre dos varones.


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divendres, 8 de gener de 2010

G.A. (6)




Hay en la historia de la cinematografía personajes inabarcables: no son muchos, pero los que suscitan casi siempre unanimidad en la cinefilia más adicta ceden la preeminencia en aquel chiquillo hijo de padre inventor y madre pianista que nació el seis de mayo de 1915 en el pueblo de Kenosha del frío estado de Wisconsin y falleció dejando muchas ideas por realizar setenta años después, en la soleada California, justo en el Hollywood que tantos disgustos le dio en vida, incapaz la industria de entender a un visionario, un revolucionario del séptimo arte, fagocitador de cualquier idea buena que avistaba para retorcerla y mejorarla casándola con las suyas propias.

Dotado de una recia estatura, un corpachón que se fue haciendo cada vez más grande, fruto de su afición a la buena mesa y los buenos caldos, sus penetrantes y expresivos ojos, su nariz acostumbradamente maquillada y falsificada y una voz única, su cerebro privilegiado que le convirtió desde muy mozo en un genio, hizo que sus trabajos como actor resulten endiabladamente atractivos y consigan emocionar al espectador incluso en las ocasiones en que, falto de dinero para invertir en sus ideas propias, prestaba su arte eterno a películas de otros.

Si Orson Welles hubiera aplicado su genialidad a los negocios, ahora no podríamos disfrutar de actuaciones como la que ofrece en Compulsion, rodada en el año 1959, cuyo comentario se publicó aquí hace tiempo.

Ignoro si algún comentarista del momento alcanzó a ver la película, siguiendo mi recomendación, pero, en cualquier caso, supongo que estará conmigo en que la que sigue es una actuación extraordinaria, merecedora de aparecer en esta sección:







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dimecres, 6 de gener de 2010

Tres Reyes de Cine









Esta escena resume en buena parte la intención del gran John Ford cuando a principios de los sesenta se llevó a una pandilla de amigotes al archipiélago de Hawai y, simulando hallarse en la Polinesia, rodar otra de sus comedias en las que nada tiene que ver con la realidad y mucho con los sueños y deseos del cineasta.

Contando con una historia ideada por Edmund Beloin transformada en guión por el excelente Frank S. Nugent, habitual colaborador de Ford, éste se las arregla para presentar con tono desenfadado una trama sencilla pero efectiva en la que comparecen bastantes de las bases ideológicas del gran cineasta.

La película, prese
ntada en España como La Taberna del Irlandés (Donovan's Reef, 1963) es considerada de forma casi unánime por la crítica como una obra menor dentro de la cinematografía fordiana, lo cual viene a significar que, si se estrenara mañana, sería un éxito descomunal de taquilla, visto lo visto el pasado año 2009.

Hay un enorme parentesco entre esa Haleakaloha, isla polinésica fordiana y la aldea de Innisfree que ya comentamos por aquí hace bastante tiempo; un parentesco tan evidente que uno de los barcos que vemos lleva como nombre Innisfree y las referencias no son tan sólo constatables en detalles físicos cuanto en el ambiente idílico que se respira.

Los personajes de la historia tienen un pasado que condiciona su presente; sus vivencias, relatadas oportunamente, nos ayudarán a perfilar sus semblantes: en la forma de dibujarse los perfiles de cada cual se ve la mano de Nugent, tan dado a crear una historia vital de cada carácter que escribía, dosificando la información hasta completar un todo inteligible.

Ford se vale del excelente cámara William H. Clothier que recrea el paraíso terrenal en la isla supuestamente polinésica, lugar mágico donde las necesidades no parecen empañar la alegría de sus habitantes.

John Ford se ocupa también de la producción, por lo que la idea de unas vacaciones en compañía de unos amigos se erige en motivo básico de una película que desprende buen humor en todos sus fotogramas: buena parte del equipo que el año anterior trabajó en The Man Who Shot Liberty Valance se traslada a esa isla perdida en los mares del sur para divertirse de lo lindo con escenas que ya constan en la propia mitología fordiana de la vida en pantalla: peleas, amistades eternas, amores súbitos: tanto da que el protagonista, Donovan (John Wayne) pueda ser, por edad, el padre de su amada Amelia (Elizabeth Allen) y que el padre de ésta, Dr. William Dedham (Jack Warden) en la realidad sólo fuera nueve años mayor que su "hija", porque por en medio hay un tercero, un tal Gilhooley (Lee Marvin) que no duda en saltar de un barco en marcha para asistir, puntual, a la legendaria pelea a trompazo limpio con su íntimo amigo Donovan, justa celebración del cumpleaños de ambos.

Una pelea que todos los habitantes de la isla esperan, sin que nadie, ni los luchadores, sepan a ciencia cierta cómo empezó hace tantos años, cuando eran unos soldados de la infantería de marina.

Tanto da, porque las peleas, como dice un oficial australiano, vienen a ser como una "competición deportiva" y ningún hombre, salvo el Dr. y el cura, parece resistirse a ellas. Ya sabemos que las peleas de Ford suelen reforzar las amistades. Unas amistades que se confabularán para crear una ridícula estratagema que demostrará, una vez más, que todos somos iguales por encima de raza e ideología.

El socarrón de Ford se lo pasa de lo lindo con su troupe de amigos y se carcajea cuando le preguntan porqué en sus películas (en ésta y en The Quiet Man, desde luego) hay una escena en la que el hombre azota el trasero de su amada:

¿Es lo que hacen los franceses, no?
A los franceses les gusta el culo de las mujeres, creo.
Debe ser una influencia francesa en mi cine.

John Ford estaba ya bastante delicado de salud en el rodaje de esta película y Wayne supervisaba los copiones a diario, mientras un buen día Marvin, que empezaba a tener problemas con la bebida, se olvidó que estaba en Hawai por trabajo y agarró el primer avión al continente.

Sin embargo, la magia de Ford consigue que todos trabajen al unísono con una alegría desbordante, un estado de gracia permanente fruto del placer de representar a unos aventureros que conviven en un verdadero galimatías político: una isla con princesa tribal, regida por un gobernador francés, protegida por la marina australiana y dirigida en los negocios y en la salud por tres americanos que un buen día decidieron instalarse a vivir en su particular arcadia, repleta, eso sí, de comerciantes chinos que se desviven por rellenar una máquina tragaperras estropeada. ¿O no?

Y para rematar la jugada, una estirada dama bostoniana que dará un vuelco en su vida y en la de todos a su alcance. Conjugar todos esos elementos sin la maestría irónica de Ford hubiera conducido a una pieza sobrante, pero el resultado final es una explosión de optimismo que anima a pensar que, quizás, un mundo mejor es posible.

Aunque sea en la pantalla únicamente.

Imprescindible, de visión obligada en v.o.s.e., oportunísima en cualquier momento y sobre todo, en esas tardes frías y lluviosas de un invierno que puede ser interior: una píldora perfecta para levantar el ánimo.

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dimarts, 5 de gener de 2010

CARTA A LOS REYES MAGOS









Queridos Reyes Magos:

Este año pasado creo que me he portado bastante bien.

He visto bastantes películas y si los dedos no me fallan ( ya he perdido la cuenta de las veces que no me habéis traído una calculadora), he escrito 51 comentarios sobre ellas, y ya sabéis lo lento que soy escribiendo, así que podéis forjaros una idea del curro, ¿eh? ¿vamos tomando nota?

Además, de todas esas 51 tan sólo en 12 ocasiones las he machacado, desbrozado y metido en la etiqueta de las que no me han gustado: cierto que todas son de este siglo que vivimos, pero ya comprenderéis que no me voy a poner a ver películas antiguas que sé no me van a gustar: que uno es tonto pero no tanto, y los devedeses están a un precio que hay que mirárselo con calma.

Cierto también que de las 51 comentadas, 16 las he recomendado fervorosamente a los inteligentes lectores que por aquí pasan, lo cual no deja de ser un riesgo, porque por lo menos, los que colaboran, saben de qué hablan, y uno ha de tener cuidadín de no meter la pata, con lo que entiendo hay un punto a mi favor también por el valor del riesgo asumido. (Más o menos, tampoco hay que ponerse quisquilloso, caramba)

Ya sé que las cinco obras maestras reseñadas el año pasado son todas del siglo veinte, pero no podéis quejaros vosotros, con una antigüedad que mis dedos no alcanzan a captar... ¿notáis la ironía?

Y siempre resulta agradable recordar obras maestras, ¿no?. Y tampoco tengo yo la culpa de eso, digo, que sean tan pocas, que yo no soy ni mucho menos un crítico a sueldo de nadie, vaya.

O sea, que, en resumen, me parece que me he portado bien.

Con este preámbulo, vayamos a lo que interesa:

Quiero que este año 2010 me traigáis:

Que el inefable Ministerio de Cultura, en vez de dedicarse a pergeñar leyes en favor de unos pocos, se decida a:

Eliminar el IVA en todos los medios de reproducción de interés cultural, especialmente los devedeses.

Subvencionar a las empresas editoras de devedeses, pero obligándoles a presentar productos serios: es decir, nada de reproducciones en lamentable formato televisivo alterando el formato original; nada de películas en inglés y castellano pero sin subtítulos; nada de largar un devede con un folleto propagandístico de otros devedeses en vez de un librito documental.

Subvencionar la creación de cine fórum en cada población con más de diez mil habitantes, facilitando gratis et amore películas en versión original subtitulada para que todos los que quieran puedan disfrutar del cine en su esencia artística.

Obligar al Instituto Cervantes a publicar on line y gratis, todos los guiones de películas españolas cuya exhibición comercial haya superado los cinco años y no como ahora, que resulta imposible hallar guiones clásicos de grandes películas del siglo pasado.

Así, de paso, algunos podrían tomar modelo y espabilar.

Obligar a TVE, ahora que ya no emite publicidad comercial, a reponer aquellos grandes ciclos de cine del bueno, como antaño. Y alguna serie de calidad, también. ¡Y que anuncien con un mes de antelación la programación! ¡Y que respeten los horarios!

Anular por Real Decreto las subvenciones amiguistas a los bufones de la corte: si uno no vale ni como director de cine, ni como guionista, que se busque un trabajo honrado; seguro que hay gente válida esperando su oportunidad.

Lo mismo vale para todos esos intérpretes que ni saben moverse, ni expresarse corporalmente, ni hay quien les entienda porque no saben ni hablar ni vocalizar: si hay que subvencionarles porque son amiguetes y gritan a favor de uno, mejor ocuparles como peones camineros, que las carreteras nacionales están mal señalizadas en muchos kilómetros y siempre resultaría divertido ver a guaperas, cachas y modelos despampanantes con escote y minifalda quitando hierbajos de los arcenes.

Auditar las cuentas y hacerlas públicas de forma inteligible: un cine malo no debe ser pagado por todos: eso es un agravio comparativo con más del 90% de la población que debe esforzarse en trabajar bien so pena de perder su empleo. Y aun así...

Crear más Escuelas de Cinematografía con muchos más medios y mucho más rigor: mejor pocos, buenos y bien provistos que muchos, malos y peor alimentados.

Favorecer el establecimiento de más Concursos y Festivales de Cine, tanto Largometrajes como Cortometrajes, como lugar idóneo para el descubrimiento de nuevos valores. Con unos Jurados independientes e imparciales, claro.

Subvencionar la reconversión al formato digital de las salas exhibidoras, para que las nuevas tecnologías permitan a todos y no a unos pocos capitalinos, disfrutar del cine que pueda venir, así como la recuperación en formato v.o.s.e. de grandes clásicos que ya sólo se pueden ver en pantallas domésticas: por ejemplo, ya somos pocos los que vimos Ben-Hur en pantalla grande, como debe ser: no hay derecho, no hay derecho.

Iba a pediros también que el cine este año resurja de sus cenizas como el ave fénix, pero no soy tan iluso: sé que es cuestión de tiempo y no creo en esos milagros.

Así que os reclamo que, por lo menos, este 2010 dejéis a mi alcance, y al de mis amigas y amigos de este bloc de notas, un buen montón de buenas películas que no hayamos visto, aunque sean del siglo pasado.

Y si va a ser que no, por lo menos, en vez de carbón, como cada año, dejadme unos bidoncitos de gasolina súper, ¡coño! ¡que el carbón no me sirve para nada!






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dilluns, 4 de gener de 2010

Pigeon : Impossible



Qué mejor que empezar el año con buen humor.

El estadounidense Lucas Martell (que con ése nombre y apellido no me extrañaría nada su ascendencia hispano mediterránea y quizás catalana) se dedica con fortuna al cine de animación a través de la digitalización con ordenador.

El año pasado, 2009, consiguió tres primeros premios en sendos festivales de cine animado, por una historia que parodia con cierto gracejo las aventuras de espías tan al uso.

Una paloma hambrienta pone en dificultades a un agente de la CIA en:

Pigeon: Impossible


Martell dispone de un canal en youtube donde ha explicado los pasos previos a su creación: recomiendo su visita calmada: está aquí



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divendres, 1 de gener de 2010

¡Feliz Año Nuevo 2010!





El joven violinista y director de música Gustavo Dudamel, a quien hasta hace un instante no conocía de nada, dirigiendo a un numerosísimo grupo de músicos formado por dos orquestas de jóvenes, realiza en Caracas, su Sala de Conciertos Simón Bolívar, un Concierto de Año Nuevo en 2007, muy diferente al que solemos ver en la televisión en España.

Una forma novedosa, por lo menos para mí, de iniciar un Año Nuevo.

Un concierto que alberga en su seno una parte con clarísimo contenido cinematográfico; para que luego digan que no hay posibilidad de innovar ni de acercar la música clásica al público consiguiendo emocionarlo, enaltecerlo y divertirlo.

Vean unos fragmentos:







Supongo que habrán reconocido la música...


¡Feliz Año Nuevo 2010!




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